1. El comienzo

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En realidad hemos existido desde siempre aunque no haya sido hasta recientemente que hayamos empezado a comprender la razón de nuestra existencia. Estamos asociados a la historia de los humanos, hemos luchado con ellos en muchas guerras y en ocasiones ni siquiera éramos conscientes de lo que somos. No sé por qué hablo de los humanos como algo lejano. Nosotros también lo somos, solo que hemos evolucionado en una dirección inesperada. Esta es mi historia, el relato de mi vida y de lo que sucedió una vez acabó. Es también la historia de los míos, humanos o no, la historia de la relación entre ambos grupos y de la batalla que estamos librando.

Nací en la isla de Gran Canaria en febrero del año 1975 y mis padres me pusieron de nombre Francisco, aunque desde el principio todo el mundo me llamó Paco. Comencé mi vida en este mundo corriendo por las calles de la Isleta, uno de los barrios de la ciudad de las Palmas. Allí, los chiquillos de mi calle luchaban con los de una urbanización llamada EPO en guerras eternas que duraban uno o dos días. Pasábamos del amor al odio en poco tiempo, siendo grandes amigos y aún más grandes enemigos. También jugábamos con ellos a Policías y Ladrones, al Pañuelito, a Churro y cuando no éramos suficientes, solo nos bastaba una pelota para dar balonazos en la calle hasta cansarnos. En aquella época no había Internet y la gente no se preocupaba tanto por los niños. Éramos libres de salir a la calle después de hacer los deberes y de movernos por las mismas. Íbamos solos al colegio y regresábamos de la misma manera y no se escuchaban historias de raptos o desapariciones. Quizás éramos más inocentes. En aquel mundo idílico te podías desplazar sin problemas ni miedos y al cruzar las calles, las pequeñas vías de la Isleta te protegían y lo podías hacer sin demasiado riesgo, aunque de cuando en cuando oías hablar de algún chiquillo de la escuela atropellado. En la calle, la banda cubría un rango de edad bastante amplio. Teníamos desde los novatos de pocos años a los puretones casi en la mayoría de edad que estaban en la parte superior de la pirámide social y dominaban al resto. Ellos decidían los juegos.

Antes de cenar, nuestras madres se asomaban a las ventanas y gritaban nuestros nombres con saña, momento en el que sabíamos que teníamos que regresar a casa. El primer aviso era también el último ya que con el segundo no te librabas de una buena tunda así que cuando una de las madres comenzaba a gritar, todos corríamos hacia nuestras respectivas casas, a las cuales entrábamos abriendo el gancho, algo que de alguna manera desapareció y ahora solo tenemos esas puertas de doble, triple o cuádruple anclaje, con cerraduras de seguridad que convierten cada casa en una fortaleza. Lo más extraño que sucedía en la calle solo ocurría entre semana, cuando todos estábamos en el colegio y de una casa sacaban a pasear a un niño que nosotros, sin crueldad y seguramente con desconocimiento de causa, dábamos por sentado que era subnormal. Lo vi en muy pocas ocasiones y cuando sucedía me fascinaba el blanco de su piel, seguramente el producto de no rozar la luz del sol prácticamente nunca.

Algunos domingos íbamos en manada al cine Litoral, comprábamos golosinas a la vieja que las vendía en la puerta, nos hacíamos con una entrada y nos sentábamos todos juntos esperando que cerraran las ventanas para crear la oscuridad necesaria para la película. Nunca eran películas de estreno pero tampoco nos importaba ya que ni siquiera sabíamos qué era eso. Otras veces nos íbamos al cine Victoria, más lujoso y en el que las golosinas las adquirías en un estanco que estaba frente al mismo. En este cine siempre ponían un programa doble y entre las películas actuaban payasos mientras nosotros aullábamos de pura risa. Para llegar al cine Victoria teníamos que cruzar la Plaza de España, el único lugar en el que nuestras madres nos rogaban que fuéramos cuidadosos, ya que estaba lleno de drogadictos, un ente abstracto que parecía definir a los que no se duchaban ni cambiaban la ropa con frecuencia y parecían tener problemas de concentración. Estaban siempre en un lado de la plaza, esperando algo, fumando y hablando entre ellos, aunque sus conversaciones eran como a cámara lenta, ya que todos hablaban como si estuvieran muy lejos y tenían que hacer un gran esfuerzo.

Durante la semana íbamos a clases, de nueve a doce y de dos y media a cuatro y media. Mi colegio era el Galicia y como ya dije, salía solo de casa e iba andando. A medio camino me encontraba con algún amigo y continuábamos juntos. A veces regresábamos dando un rodeo, perdiéndonos por la montaña buscando alguna aventura. Tenía dos rutas. Podía ir por el campillo y después seguir por la Nueva Isleta, un enorme laberinto de bloques de pisos con paredes de papel en los que todo el mundo tendía la ropa hacia la calle y siempre había gente gritando o podía subir por Rosiana, una calle con algo de tráfico pero más entretenida ya que pasaba por delante de varios negocios y en particular de la papelería de los padres del Mórcoba, que era un chiquillo sin cuello y como con hombreras por el que todos sentíamos una enorme curiosidad, por supuesto aliñada con algo de alivio porque mejor que le pase a él que a mí y maldad por su incapacidad para no poder girar la cabeza, lo que hacía que lo llamáramos para obligarlo a girarse de cuerpo entero.

La Isleta era un lugar pacífico y agradable, con calles llenas de casas terreras, de una, dos o como mucho tres plantas en las que vivían familias, todas pintadas de colores diversos y algunas con azulejos o mármol en su fachada. Era un barrio en el que no se veían muchos gatos pero sí que abundaban los perros, que salían de las casas para mear en la acera sin que nadie se preocupara por recogerlo. En el tramo de mi calle teníamos dos tiendas y un estanco. En un extremo de la calle estaba la tienda de Lucianito, un hombre que siempre parecía estar a punto de darte un golpe y en el medio teníamos la tienda de Gregorito, un hombre encantador que a veces nos daba golosinas. El estanco era de Falita y para todos los chiquillos era el lugar más mágico ya que estaba lleno de chucherías. Nuestra calle era un universo pequeño y cerrado en el que nuestras vidas transcurrían plácidamente. No puedo imaginar un mejor lugar para crecer, un sitio en el que eras libre y en el que no habían grandes peligros.

En su momento siempre me pareció normal pero ahora me doy cuenta que mi calle estaba llena de familias con niños y por supuesto había un grupúsculo del que yo formaba parte en el que sus integrantes teníamos más o menos la misma edad. Todos vivíamos en casas en las que también habitaban nuestros abuelos y según fuimos adquiriendo consciencia, descubrimos que en la tele o la radio se referían a nosotros como Clase Media. Fuimos una legión de niños que crecimos sin ser muy conscientes que la generación anterior a la nuestra lo pasó muy mal por la miseria que hubo después de la Guerra Civil y los cuarenta años de dictadura, que llegó a su fin el año en el que yo nací.

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4 respuesta a “1. El comienzo”

  1. Hombre, esta serie de relatos prometen ya que el protagonista es de la misma generación que la mía. Parece mentira que en aquella misma época, en el otro extremo de la península las cosas sucedieran de la misma forma, en este caso jugando a canicas en la plaza o dando balonazos en el callejón de al lado. La verdad es que nos pasábamos todo el día en la calle y nuestras madres sólo nos veían el pelo a la hora de comer y de cenar.

  2. Doverinto, pues sí, ahora los chiquillos prácticamente no pisan la calle y cuando lo hacen, van escoltados por uno de los progenitores (o ambos).

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