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Son los kilómetros que hemos hecho hoy con la bicicleta. El turco, en un acto milagroso y sin parangón en todos los años que llevo en estas tierras semi-sumergidas, decidió que ya era hora de estrenar la bicicleta que compró hace cerca de dos años y que nunca había usado. Al igual que la Poderosa, es una bicicleta de Montaña. Como él siempre ha sido más pijo que yo, se gastó más pasta y la compró más ligera, con unos frenos hidráulicos que son una chulada y en general, más hermosa. Ya en carretera descubrimos que también se le puede añadir el calificativo de más lenta, algo que lo ha molestado bastante. Quien me iba a decir a mí, que mi bicicleta es más capaz que la suya. Sólo por eso el día ha merecido la pena.

Como el turco nunca había estado por los alrededores de Hilversum, pese a haber vivido en la ciudad casi cinco años, opté por un paseo clásico. Primero fuimos a Gooilust y Coverbos, dos bosques maravillosos que hay junto a la ciudad y después enfilamos hacia Loosdrecht, un pueblo junto a un lago que es una auténtica monada. Paramos para comernos un bocadillo y tomar unas bebidas en una de las terrazas mientras las chochas pasaban frente a nosotros. Loosdrecht es muy pijo. De hecho, estuvimos en la tienda de coches Porsche de segunda mano babeando y mirando lo que jamás podremos tener. El mercado está que se sale. Un Porsche con doscientos cincuenta mil kilómetros sólo vale veinticinco mil euros. Regalado. El coche está casi sin usar. No tiene más de seis vueltas completas a la tierra por el ecuador.

Tras la pausa, proseguimos ruta hacia Loenen y Breukelen. Esta zona es toda de palacios con sus yates aparcados en la puerta. También está la entrada al lago de Loosdrecht, que por tener un nivel bastante más alto que los canales que lo rodean, tiene unas puertas estancas por las que tienen que pasar todos los ricos y famosos con sus yates. Justo en ese sitio también hay un puente y por la puta ley de Murphy nos pilló con el puente alzado. Tardan como veinte minutos en hacer la operación. Primero se meten todos los barcos que quieren salir del lago y que entran en el compartimiento estanco, los bajan hasta el nivel del resto de los canales y una vez han salido entran los que van hacia el lago y se repite el proceso. Estábamos allí mirando cuando el pollardón millonario del primer yate, un pedazo de barco de al menos quince metros, con más espacio útil que mi casa, se cayó al agua al ir a soltar las amarras. Nosotros lo estábamos mirando y nos partimos la polla de risa. El tío gritaba como una maricona vieja desde el agua mientras permanecía entre dos barcos que tendían a pegarse. Desde ambos barcos lo intentaron ayudar pero sin mucho éxito. Gemía y lloraba pero no tenía fuerza alguna para alzarse a la cubierta. A todas estas, todos los que esperábamos para cruzar el puente, que éramos más de cien, nos desmoñábamos de la desgracia ajena, que sabe mejor cuando le pasa a un tipo con dinero. Vinieron con una zodiac pero tampoco se pudo subir. Seguía en ese agua turbia, lamentándose de su mala suerte. Al final con una cuerda y un atajo de hombres de verdad lo subieron a su barco. El tipo en seguida se puso en plan aquí no pasa nada y yo soy el cangríl del lago, pero estaba marcado y acabó por meterse en un camarote para no seguir paseando su humillación y escarnio.

Tras estos momentos de diversión inesperada y que me pillaron sin una puta cámara para inmortalizarlos, proseguimos viaje. Nos perdimos cerca de Maarsen y tras algunas peripecias, retornamos a la senda de la verdad, aunque algo desviados. El turco a esas alturas se me quejaba de que le dolía el culete por culpa de su sillín profesional. Mañana ese no se sienta ni para cagar. Entre lamentos del turco y vacas preñadas llegamos de vuelta a Hilversum. Acabamos en una heladería italiana, pegándome un drie bolletjes de pistacho, bosvrucht y stracciatela. De alguna manera me las apañé para que el turco me pagara los quince euros que me debía, lo cual sí que merece un par de padres nuestros esta noche, porque estas cosas pasan muy de cuando en cuando.