9. Richards Bay – Miércoles de calvario

memorias de sudáfrica 2005

Ya sé que es más cómodo comenzar más cerca del final ya que así caminamos menos pero te ruego y te pido que eches el freno y retrocedas al comienzo de los tiempos, al menos para esta historia qu e echó a andar con la Memorias de Sudáfrica. Camino al fin del mundo y después siguió Por fin en uMhlathuze, Mi vida en uMhlathuze, Es un mundo lleno de zulúes , Hluhluwe Imfolozi Park, Greater St. Lucia Wetland Park, Richards Bay y una cena para recordar y llegó hasta Richards Bay – Martes negro.

El miércoles me jugaba todas mis cartas para poder volver a Holanda esa semana. Ya sé que muchos dirán que mejor te quedas allí y tal pero lo cierto es que el miércoles de la semana siguiente venían a mi casa a instalarme la nueva caldera mixta y cancelar la cita después de haberla hecho dos meses antes no era una opción válida. Con el invierno ya encima, quería tener mi calentador funcionando a todo trapo y ahorrando un veinticinco por ciento de energía.

Ese miércoles teníamos que actualizar todo el software del otro cliente. Por rabia con los que nos montaron el cirio el día anterior y nos engañaron no comunicando toda la información decidimos no ir por su empresa aquel día, para mostrarles un poco de desprecio y que captaran el mensaje. Los llamamos y les dijimos que si tenían problemas, que se jodieran por estar haciendo cosas no permitidas con nuestros servidores. Me pasé gran parte de la mañana con las chicas zulúes de la recepción. Me contaron que en su pueblo es la mujer la que lo hace todo. Ellas crían a los niños, llevan la casa, trabajan y sacan adelante el clan familiar. Sus maridos son guerreros que han de protegerlas de cualquier peligro. Ahora que han entrado en una sociedad más avanzada, ellos aún no han encontrado su sitio y se dedican al alcoholismo y la delincuencia. Algunos trabajan pero son los menos y están mal vistos. Para las mujeres zulúes es normal el tener que hacerlo todo y no les extraña que mientras ellas van por la calle con un perolo sobre la cabeza con veinticinco litros de agua y controlan cinco chiquillos que las siguen y corretean por todos lados mientras vuelven a casa, sus maridos se tocan los huevos y no hacen ningún esfuerzo por ayudarlas. Había una mujer limpiando los jardines del complejo de edificios en el que me movía que llevaba pintada la cara de blanco, una pintura como sucia. Parecía una mezcla entre fantasma de poca monta y folclórica en programa del corazón. Los blancos me dijeron que hacía eso para indicar a los machos en disposición de follársela que tenía la regla y ese chocho no valía la pena, porque según ellos esta gente no practica la penetración en vaginas con derrames sanguíneos. La explicación me dejó tan contento pero por si acaso les pregunté a las chicas de la recepción. Su historia fue totalmente distinta: la mujer se ponía ese ungüento blanco asesorada por el brujo de su tribu para evitar quemarse por el sol ya que trabaja en el jardín. El producto que pone sobre su cara está hecho de ciertos lodos que le proporciona el brujo y que debidamente mezclados con agua y extendidos sobre el careto, te transforman en folclórica fantasmal. Esta explicación también me dejó tan contento aunque despertó la duda sobre estos dos mundos condenados a entenderse y que pese a estar tan cerca uno del otro son tan ignorantes.

Por la tarde, a las cuatro cero cero tumbamos el primer nodo, el central y en quince minutos lo recuperábamos sin problemas. Mientras nosotros hacíamos esto teníamos dos equipos en los nodos dos y tres. Esos también se recuperaron y comenzamos con las estaciones remotas, salpicadas por toda la costa de aquella zona del país. Durante las siguientes horas fueron cayendo uno a uno y volviendo a la vida con una nueva versión de software. Todos salvo dos que dieron problemas y en donde tuvimos que aplicar algo de magia para resucitarlos. Cerca de las ocho nos faltaba solo uno y el tipo que tenía que hacerlo es un pejiguera de cojones, un gandul que se para a hablar hasta con las piedras y por eso no había terminado. El hombre ese funciona con pilas de las baratas porque se queda sin energía media hora después de entrar a trabajar y se pasa el resto del día hablando y tomando café. Visto que el cabrón pretendía que lo esperáramos decidimos dejarlo tirado y marcharnos a cenar, que las cocinas de los restaurantes cierran pronto y no era plan. ?l se rebotó un poco cuando le comunicamos la buena nueva pero se tuvo que joder.

Al ser noche cerrada y estar a veintipico kilómetros de la ciudad con un gueto entre nosotros y la misma, los de seguridad nos escoltaron de vuelta. Dos vehículos de esos que suelen ir a la guerra a matar a la morisma, uno delante y el otro detrás de nosotros, con negros feroces encaramados en ellos con unas metralletas impresionantes. Esos negros son zulúes, guerreros. Las empresas de seguridad los contratan porque para este tipo de trabajo son los mejores. Aquellos antes de preguntar se aseguran de incorporarte unos cuantos agujeros nuevos y una vez dejas de moverte vienen a hablar contigo. Los tíos además son chulos de cojones, supongo que porque ellos siguen haciendo lo que un buen hombre zulú debe de hacer.

La gente que vive en las chabolas a lo largo del camino se escondían a nuestro paso y los que llegamos a ver procuraban caer sobre las luces de los vehículos para que se viera que no llevaban arma ni suponían ningún peligro. A la salida del gueto nos despedimos de nuestra escolta y nos encaminamos a uno de los restaurantes en los que ya había comido, uno que se encuentra sobre la bahía y tiene unas vistas del puerto y la ciudad preciosas. Ese día no llovía y cenamos en la terraza. El atracón de comida lo regamos con cervezas africanas (yo, ellos preferían Amstel holandesa pero yo no viajo hasta allá abajo para tomar cervezas de mi país). En los sitios en los que cenábamos siempre hay que dejar alrededor de un diez por ciento de propina, que es lo que se llevan los camareros porque parece ser que su sueldo es miserable (y en algunos casos me han dicho que trabajan solo por las propinas). El resultado de esto es que la camarera o el camarero que te toca se desvive para que te sientas contento. La tía que estaba en nuestra zona, además de estar como para untarla con nocilla y merendar, cada vez que venía parecía Kim Basinger en nueve polvos y media corrida. Se restregaba y se agitaba como una bandera en un mástil. Era una cosa increíble. Tenía unos pezones como chinchetas de duros y unas micro-bragas que no dejaban ningún espacio a la imaginación. Una vez consiguió nuestro dinero ni nos miró más la muy puta y centró su atención en los que aún no habían pagado. Sobre las once de la noche nos dedicamos a llamar a nuestros jefes para informar del éxito de la misión, que si uno se jode y trabaja hasta tarde lo menos que ellos pueden hacer es mamarse esas llamadas fuera de hora.

Si conseguía que aquel sistema funcionara bien hasta el viernes (o sea dos días), entonces podría marcharme sin problemas. Los sudafricanos querían cuatro días de prueba pero con encanto y con sibilinas palabras conseguí rebajarlos a dos. Ellos ni se dieron cuenta de que se las metí doblada. Como este famoso parche número siete era vital, también informé a los programadores holandeses, americanos y japoneses que como aquello no funcionara tarde o temprano me verían la jeta y les cortaría los huevos uno a uno y los pisotearía, freiría, asaría y aplastaría para asegurarme que ningún hijoputa con título de médico se los volvía a pegar. A mi jefe, hombre cándido donde los haya, le dije que como yo no saliera de Sudáfrica esa semana se podía olvidar de mí en dos meses porque pensaba agarrarme una depresión y al jefe de mi jefe le dije que ya podía movilizar a las tropas de rescate porque allí se podía montar el Belén como me tuviese que quedar. Es siempre bueno tener a la gente despierta y mantener el espíritu de alegría y felicidad alto. Las llamadas entre jefillos de aquí y de allá se sucedían y todos estaban consternados, palabrota que no tengo ni puta idea sobre lo que significa pero que a los jefes les llena la boca.

Esa noche me fui a dormir más tranquilo sabiendo que de una forma o de otra me quedaban cuarenta y ocho horas en sudáfrica. Antes de cerrar los ojos y encontrarme con Morfeo apagué el móvil por si algún amigo sentía la imperiosa necesidad de enviarme un mensaje.

Ha sido bien duro pero habiendo llegado hasta aquí quiero darte ánimos y reconfortarte porque el final está bien cerca y pronto podrás cerrar este capítulo de mi vida y seguir adelante. Te invito a que continúes con esta historia en Richards Bay – jueves de pasión