A Home at the End of the World

A veces veo alguna película anunciada en la filmoteca del poblacho y voy a verla sin más. A veces me llevo un palo que me deja escardado durante semanas y a veces salgo de la sala con la sensación de haber visto una buena película. Esto último fue lo que me sucedió con Una casa en el fin del mundoA Home at the end of the World de la que desconozco su título en español.

La historia es un poco retorcida. Dos chicos se conocen de pequeños y flirtean un poco entre ellos, con pajillas y tal de por medio, aunque por avatares de la vida acaban como hermanastros. Más adelante, vuelven a vivir juntos y el fuego entre ellos se aviva, aunque a uno no le van las mariposas sino las almejas y acaba enamorándose de la compañera de piso del amanerado. Los tres establecerán un triángulo en el que la amistad triunfa sobre los instintos carnales.

El director de todo esto es Michael Mayer, un director que se estrenaba en el oficio con esta película y que lo ha hecho bastante bien. Al frente hay un trío encabezado por Colin Farrell, al que le cogí una tirria increíble en gAyLEXANDER. Aquí hace del hermano atontado y medio totorota y lo hace francamente bien, sobre todo por su incapacidad para expresar emociones, que aquí le va al pelo. Es también el queso en este sandwich, haciendo de colchón entre los otros dos protagonistas, que son Robin Wright Penn, una chica que está teniendo una madurez bastante interesante y que aquí está que se sale. Se ve que le gustan los papeles con algo de substancia y no esas cosas que se hacen últimamente en Hollywood en donde la madurez de una actriz se mide por los centímetros cúbicos de silicona que lleva en las tetas. El tercero en discordia es un tal Dallas Roberts, al que yo no conocía y que lo hace muy bien. Está muy creíble como flor de loto enajenada mentalmente y enamorada hasta las chacras de su hermanastro. Un poco en segundo plano pero también con un papel bastante importante aparece Sissy Spacek, una de las grandes damas del cine americano actual y que sencillamente abruma con su interpretación.

En definitiva, si sois capaces de ver un drama y tenéis la capacidad de abstracción suficiente para disfrutar con una buena película, entonces merece la pena. Si vuestro cerebro embrutecido no va más allá de la línea del bikini de Yola Berrocal y de los sopapos de cualquier chulo de discoteca, entonces ahorraros la pasta y gastárosla en putas.
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