Adiós

Adiós

El eco de los tacones al golpear el suelo salpicaba sus oídos mientras caminaba a lo largo del pasillo, un túnel infinitamente blanco, como corresponde a los hospitales. Una única lágrima remoloneaba en su mejilla, dejándose querer, sin terminar de caer. Su agitada respiración añadía un contrapunto al sonido de los tacones. Si se cruzó con alguien, ella no lo vio. La envolvía una burbuja de irrealidad.

Atrás quedaba toda una vida, en aquel lecho neutro y aséptico que trataba de inspirar una sensación de limpieza y lo único que lograba era provocar la lástima del que lo visitaba. No quiso girar la cabeza. Allí dejaba un amigo, un amante, un esposo, una parte de su vida o quizás el todo. Sujetaba el crucifijo entre sus manos y en ese momento supo que éste final no acababa nada, que la vida sigue y aunque queramos no nos podemos bajar. Sabía que en el futuro trataría de reponerse y también sabía que no es tan fácil olvidar como pensaba. La eternidad del morir viviendo era lo que le deparaba el futuro.

Llegó a la puerta y la abrió para enfrentarse a su familia. De algún lugar sacó una sonrisa y la dibujó en su rostro cuidadosamente. Arrancó la lágrima con el puño de su camisa y se enfrentó a la realidad. No le hizo falta decir nada. Todos corrieron a abrazarla, entre sollozos. En su cabeza pensamientos sueltos revoloteaban sin sentido. ¿Qué le diría cuando lo encontrara en la eternidad? ¿Qué sonará dónde él esté? ¿Que pensará de sus sueños en común? ¿Jugará alguien a ser su dueño?

El mundo real la arrastraba de vuelta. En su cara aparecían nuevamente las lágrimas, aunque esta vez venían en torrente. Trataba de comprender lo que le decían pero no atinaba a responder adecuadamente. Alguien o algo la sujetaba con fuerza.

Cuando abrió los ojos estaba en el suelo. Parecía que le habían dado con un martillo en su cabeza. Una punzada de dolor le cortaba el aliento. Un montón de gente la miraba desde arriba, con caras de preocupación y de susto. Una enfermera agitaba el aire frente a su cara, como tratando de espantar malos espíritus. Recordó por qué estaba allí. Ya lo echaba de menos y eso que se acababa de marchar.

¿Estaría él caminando hacia la luz? ¿Habría alguna luz? Su profunda fe se estremeció con las dudas que nunca antes había tenido. Hasta ahora todo lo que acontecía entre la vida y la muerte había sido teoría, lo había visto siempre desde lejos, tras la barricada. Pero esta vez era distinta. Había sucedido junto a ella y no podía esconderse o negarlo. No es lo mismo confortar a otros que padecerlo en tu propia carne. No encontraba consuelo. Su corazón se rasgaba y por las brechas que surgían se le escapaba la certeza que tanto necesitaba. Sus sentimientos parecían negarse a comprender lo que su mente racional les decía. El presente era un lugar en el que no quería estar y el futuro ya no valía nada. Quería volver al pasado, volver con él y pasar allí los eones, hasta que juntos emprendieran el camino hacia el otro lado. Sintió una ciega rabia por su desfachatez, por dejarla atrás y marcharse de esa forma. La rabia quedó ahogada por su amor. ?l nunca la habría dejado. ?l se fue obligado, después de luchar incansablemente contra un cáncer que siempre quiso ganar y al que fue imposible derrotar.

Se incorporó y consiguió sentarse en una de las sillas de la sala con la ayuda de los suyos. Puso la cabeza entre sus manos y se dejó ir. Los sollozos que hasta ahora había tratado de retener escaparon aliviando su dolor y humanizando su rostro. Lo iba a echar mucho de menos.

… adiós, adiós, adiós
volveremos a vernos
adiós, adiós, adiós
te echaremos de menos …

Aquí concluyen las historias inspiradas en el disco Arquitectura Efímera. Para leer más historias de esta serie, haced clic en este enlace.