Alta Velocidad

Mi indiferencia natural me lleva por caminos desconocidos y a veces hasta consigue sorprenderme. Después de volver de vacaciones de Navidad en mi empresa estaban buscando a alguien para dar un curso en algún lugar de Alemania de un producto que no vendemos hace dos años. Tenemos un departamento de formación y tal pero ellos parece que andan muy liados tocándose los huevos y mirándose el ombligo y de alguna manera mi nombre terminó aflorando. ?ltimamente ya ni me sorprende. Si uno compara la descripción de mi trabajo con lo que en realidad estoy haciendo, no hay color. Soy lo más versátil que han contratado en mucho tiempo: hago mi tarea y además traduzco, dirijo, controlo, manipulo, soluciono y todo lo que me echen por delante. Así que me ofrecieron el ir a ese lugar alemán a dar este curso de un producto muerto del que alguien se olvidó de informar a ese cliente.

El cansancio de los aviones y las eternas esperas en aeropuertos me ha hecho elegir esta vez el tren como medio de transporte. Tengo que ir a la ciudad de Kaizerslautern (que vete a saber como se dice en español e incluso en catalán) y calculando tiempos resulta que tardo lo mismo cogiendo un tren de alta velocidad y encima veo paisaje. La experiencia del ICE es increíble. Yo estoy acostumbrado a las velocidades supersónicas que me estiran la piel siempre que viajo en el Vaporetto de bleuge, una máquina increíble que en ocasiones ha superado incluso los cuarenta y cinco kilómetros por hora. Siempre creí que eso era lo más pero estaba muy equivocado y está claro que iba a ciegas. Este cacharro corre que se las pela una vez dejas atrás colonia. No veo ni los árboles y cruzamos tunel tras tunel a unas velocidades pasmosas. Cada rato pasa un viejete con un carro vendiendo chucherías y café, algo que no veía desde hace cinco años en que eliminaron ese servicio de los trenes Intercity holandeses. La vuelta a casa la haré en un medio más tradicional, en un coche ya que hay un compañero en el lugar al que me dirijo y él me retornará a la patria del queso amarillo y las rubias de metro noventa.

Mi empresa, habitualmente rácana con los billetes de avión es espléndida con los de tren y me han montado un viaje en primera clase. Los asientos en todos los trenes han sido brutalmente cómodos, de hecho creo que debería comprar de esos para mi casa, con su mesita, su conexión para el cargador del portátil, sus botones para manejar la tele y esos cabezales que te arropan y te dejan echarte una siestita sin reventarte la columna. Mientras cruzaba Alemania a más de trescientos kilómetros no dejaban de llegarme llamadas con los desastres más recientes y los llantos de mi jefe y uno que es de natural chimpúnico lo solucionaba todo sobre la marcha sin una mísera duda.

Ya sé que esperáis que ponga a parir a las azafatas sin bragas y demás pero no va a ser posible porque no las hay y la puta eficiencia alemana no admite críticas. Este cacharro va puntual como un reloj suizo. Me sorprende el ver nieve en los campos ya que en holanda nos conformamos con el frío sin escarcha y ni de coña conseguimos que nos cuaje la nieve más de dos días. Cuando comenzó a nevar y el ICE iba a todo meter cortando la nieve (más de trescientos kilómetros según los paneles de información), con los copos juntándose y simulando rallas de ruido sobre un cielo entre despejado y nublado y con un sol blanco que lo iluminaba todo, flipé en colores.

Lo que sí quiero resaltar es el puro lujo María que tienen los trenes alemanes si los comparamos con los holandeses. Los españoles los dejamos fuera de la competición porque sería muy injusto. Una cosa que me llamó la atención es que en los trenes de alta velocidad alemanes, que están por todos lados y recorren el país de cabo a rabo, cuando llegan a una estación no pasa nada. La gente entra y sale de los mismos, busca su asiento y ya está. En España se monta un espectáculo tercermundista en las estaciones (por ejemplo en Madrid) con un montón de arretrancos ubicados en cada una de las puertas (creo que las llaman azafatas) y representando un papelón del quince con todos esos coñillos que ponen allí nada más que para el disfrute visual de los pervertidos que viajan en el tren. Por algo España sigue en el tercer mundo y bajando.

El relato del viaje continúa en Kaiserslautern

4 opiniones en “Alta Velocidad”

  1. Me encanta viajar en tren. Es una de las cosas que más me gustan, excepto un tremendo viaje Madrid-Murcia que tardamos casi 10 horas, memorable

  2. Yo también adoro los trenes. El traqueteo, la velocidad, las estaciones con todas las cosas que pasan en ellas y el saber que la gente viene y va a tu alrededor y nunca se sabe lo que te va a tocar.

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