Análisis científico

Esta historia es la continuación de Comenzó como una brisa . Sería conveniente que te la leyeras antes de continuar.

Hembra del género Horrorosus
Algo está podrido en este lugar. Algo desentona, no está bien colocado. Cuando caminamos allí notamos una sensación extraña, un deja vù, la misma sensación que tenemos al mirar dos fotos tratando de buscar las diferencias que sabemos que existen sin poder encontrarlas. Nos movemos entre la gente tratando de encontrar la pieza perdida, la llave que abra la puerta.

Miramos atentamente a las mujeres. Decidimos diseccionar científicamente una de ellas para ver si encontramos eso que perturba nuestro cerebro. Comenzamos por el nivel de aplicación, el séptimo nivel en el modelo OSI. Comprobamos la funcionalidad de la hembra. Tiene dos brazos, dos piernas, tronco, un cabezón, dos tetas como dos carretas, un hocico de arretranco, nada que nos pueda alarmar o que pueda ser considerado extraño. Puesto que sólo miramos el interfaz con el que nos comunicamos sin realizar una abstracción profunda, no podemos valorar más nada. La mujer parece normal desde cualquier punto de vista. Tendremos que seguir profundizando más para ver si existe alguna diferencia.

Descendemos hasta el sexto nivel, el nivel de presentación. Nos fijamos meticulosamente en la hembra. Tiene unas grandes uñas pintadas con un elaborado dibujo. Su pelo, teñido de rubio pajoso, ese color tan falso que sólo se encuentra de forma natural en los países nórdicos y que da el canto en cualquier otro lugar. Lo lleva recortado de una forma caprichosa, como si hubieran dejado caer aquí y allí la tijera esperando que las leyes aleatorias obraran un milagro. Su ceja negra, tupida y enorme la delata, separando su cara en dos. Su cutis, grasiento y cubierto desigualmente por capaz de cremas que prometen mejorar su aspecto y dotarla de esa aura de virgen ninfómana que vemos en todos los anuncios. Su sombra de ojos oscura le confiere un toque de muerta en vida. Sus ojos, delineados hasta el infinito con un lápiz negro la ponen a medio camino entre yonqui y santa. Sus pómulos cubiertos por unos polvos azules que realizan un gracioso degradado hacia las patillas muestran varios claros en donde el maquillaje se ha caído por acción del sudor. Sus labios, ostentóreamente rosados, clamando al cielo, podrían servir de faro en cualquier isla desierta. Su bigote ofende al que la mira. Medio cargado de polvos que tratan de camuflarlo con la piel, se presenta intratable salvo para la magia de una máquina de afeitar. Definitivamente, esta hembra o está en celo o es una zurriaga pero aún no podemos sacar conclusiones. No hay nada en ella que no podamos encontrar en cualquier otro lugar.

Abandonamos el nivel de presentación y optamos por analizar el nivel de sesión, la quinta capa de la cebolla que estamos pelando. En esta área nos fijamos en la vestimenta, la forma en la que seleccionando la ropa se comunica con nosotros. La chica ha optado por tonos brillantes y variados. En su top se alternan los rosados, los amarillos, los púrpuras, compitiendo entre ellos por llamar la atención. Esta prenda también nos muestra una cierta afinidad por las tallas más pequeñas que lo debido, puesto que la susodicha se esfuerza por mantener la carne firme en el asador. El top, hecho con menos tela de la que debiera, permite apreciar el glorioso piercing del ombligo, una sutil combinación de abalorios que cuelga cual araña del techo de cualquier gran palacio. En la zona media, una minifalda en tonos azules, y verdes limón, deja ver la braguita tanto por la parte superior como por la inferior. Si acusábamos falta de tela en la prenda anterior, en esta mejor no hacer comentarios. Cubre sus piernas con algo que otrora fue una media y que ahora no es más que una enredadera de la que surgen los nudos y desgarros que pueblan su orografía. El conjunto se remata con un bolso de metacrilato que en momentos de calor puede ser usado como abanico, unos zapatos de tacón de aguja con los tacones doblados por la presión y que tienen un simulacro de geranio de plástico en su parte superior y unas muestras variadas de anillos y esclavas en las manos. Aunque globalmente llama la atención, no queremos precipitarnos en nuestro razonamiento y tendremos que seguir el estudio.

Descendemos otro peldaño en la escala OSI y llegamos al nivel de transporte. Aquí nos abstraemos de lo que puebla la superficie del sujeto y miramos por primera vez el contenido, expresado en este caso por el vocabulario que muestra al hablar así como la forma en la que maneja el idioma. Nos sentamos a escuchar y comprobamos con horror como la interfecta carece de las capacidades necesarias para completar las palabras o juntarlas de una forma coherente. Eleva el tono de voz gritando a sus compañeras mientras trata de enviarles la información que quiere transmitir. Sus carencias idiomáticas son claras. Su vocabulario, mínimo. Parece mostrar cierta afinidad por las palabrotas y por la repetición de ciertas interjecciones para expresar estados de humor. Su tono de voz es alto aunque no claro. Podríamos concluir que posee un nivel de educación medio tirando a bajo o que sus capacidades intelectuales están seriamente mermadas. Quizás no sea así y simplemente estemos comprobando el resultado de la lasitud del sistema educativo en estos momentos.

Llegados aquí lo mejor es continuar y acabar con el análisis. Lo siguiente a comprobar es el nivel de red, aquí se definen las capacidades comunicativas del sujeto. Hemos visto anteriormente que carece de una interfaz clara de comunicación, así que en este nivel se deben subsanar las deficiencias. Prestando atención vemos que en este ejemplo se tratan de compensar las carencias mediante la agresividad y la ordinariez. Se busca el conflicto constantemente tanto con los miembros del grupo en el que está incluida como con los elementos a su alrededor. Comentarios soeces, insultos, golpes a las amigas, todo vale para enviar la información. Hay algo podrido en esta mujer, algo que la manda miles de años atrás en la escala evolutiva. Posee una agresividad propia de un animal en cautividad e impropia de los humanos. Se contradice al vestir y maquillarse como una puta, tratando de llamar la atención y después insultando a quien osa posar los ojos sobre ella. Es en este nivel en donde las pequeñas contradicciones que hemos encontrado hasta el momento empiezan a agruparse y tomar forma.

Ya próximos al final, estudiamos el segundo nivel, el nivel de enlace, aquel en el que la feminidad hace acto de presencia. La pertenencia al genero femenino se muestra en este nivel. Es aquí donde la ropa, el maquillaje, la forma de comunicarse y todo lo que hemos visto hasta ahora se agrupan en tramas que tratan de mostrar lo que puede dar de sí esta mujer. Sus características femeninas son controladas a muy bajo nivel. Pese a sus carencias, trata de llamar la atención de los machos próximos y al no conseguirlo descarga su ira y su decepción sobre ellos. Esa falta de autocontrol es lo que la vuelve tan peligrosa. En la distancia que separa dos pasos puedes pasar del adjetivo ?guapo?? al ?gilipollas??. Es aquí, a muy bajo nivel, donde la inestabilidad de los niveles anteriores nos aterra y entristece.

Sólo queda una capa, la más básica, el primer nivel, el nivel físico. Desprovista de todo lo demás sólo queda la carne, el sustrato sobre el que alzar el edificio que es la persona. Carne abundante, excesivamente abundante. Carne que cubre y recubre los huesos, los ahoga, los hace desaparecer. Carne que anula la forma humana. Materia que adopta formas extrañas y que no se ven habitualmente en la naturaleza. Al fijarnos en ella y en sus amigas, vemos que todas están cortadas por el mismo patrón: el patrón Michelín. Masas de carne en forma de cilindros se agolpan para dotarla de forma semi-humana. Su barriga, monstruosa y de la que cuelga el piercing, es superior en tamaño a sus tetas, lo cual es digno de admirar porque las mismas son bien grandes y mantienen su forma caídas sobre el lecho grasiento que es el vientre. Sus brazos poseen unas bolsas de energía auxiliar en forma de colgajos. Sus dedos tratan de semejar los dedos humanos, sólo que el exceso de carne los deforma y los convierte en garras. Sus muslos son tan grandes y amorfos que podemos comprender que las medias no sean capaces de cumplir su cometido y se colapsen. Sus tobillos, anormalment anchos, sostienen el peso de toda la estructura, a costa de romper los tacones de los zapatos, que nunca fueron diseñados para soportar el peso de un paquidermo.

Así que analizada la población femenina, hemos encontrado anomalías que no pueden ser explicadas mediante las teorías del azar. Hay demasiadas de estas mujeres, hay algo que está rotundamente mal en Vecindario. No sabemos como llamarlo, así que lo definiremos inicialmente como el síndrome de las Mujeres Michelín.

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