Monthly Archive for March, 2005

Qatar segunda parte

Esta historia arranca en Comienzo del viaje y continúa en Arabia Saudita y Qatar primera parte. Los caprichos de Google te pueden haber traído directamente hasta aquí, así que te sugiero que lo leas todo desde el comienzo.

A la mañana siguiente, desayuno y continuación del viaje hacia Omán, ya que técnicamente estoy en tránsito. El desayuno fue muy copioso, aunque después de un rato buscando el bacon me acordé que estaba en un país musulmán y que esta gente considera a los cochinos como animales impuros. Me tuve que conformar con unas salchichas de Dios sabe que carne. Había un queso tierno (denominación que le damos en las Canarias, creo que en la península lo llaman queso fresco). Como soy fans de ese tipo de queso, cogí bastante para darme un atracón. Que desilusión más grande. Estaba hecho de leche de algún tipo de animal que sólo producía mala leche, con un sabor agrio y fortísimo. Era intragable. Debía ser leche de burra o de azafata acabada.

El viaje al aeropuerto fue tan terrorífico como el de ida, sólo que en esta ocasión había luz y podía ver bien todo lo malo que podía sucederme. El conductor trató de mantener una conversación conmigo, pero he perdido mucha práctica con el inglés hindú y no le entendía la mitad de las cosas que me decía. Entre la musiquilla que le ponen los hindúes al hablar inglés y su pronunciación, siempre me ha costado un huevo entenderles. Al principio creía que eran deficiencias mías, dado lo limitado de mi cultura, pero tratando con gentes de otros mundos y universos he descubierto que es un problema global. Cuando el hombre aquel me dejó en el aeropuerto, pasé los controles de seguridad antes de facturar (lo nunca visto para mí) y me dirigí a facturación. La chica que me atendió le costaba comprender que mi maleta estaba facturada directamente así que se desapareció y se fue a buscarla. Aparentemente la encontró, porque cuando volvió me dijo que todo estaba en orden y que mi maleta volaría conmigo. Mientras esperaba que volviera de su cacería de mi equipaje, comenzaron a gritar como locos en el otro mostrador. Era una familia de tres miembros y pretendían meter en un avión algo así como doscientos kilos de equipaje. El carrito en el que lo habían llevado todo estaba tan cargado que se volcó allí mismo. Jamás pensé que se hiciesen maletas del tamaño de ataúdes, pero hoy os lo puedo confirmar. Los hindúes gritaban en inglés a la encargada, que les gritaba diciendo que sobre su chocho muerto facturaban aquello. Los gritos continuaron por un rato y de buenas a primeras, cesaron y facturaron sin problemas. Según acabó la crisis en aquel mostrador comenzó otra en otro, exactamente por los mismos motivos. Aquellos maletones eran tan grandes que tenían que pasarlos por una cinta especial, cinta en la que se puede dejar un coche y también entraría. Visto que estaba tan amena la zona, me quedé un rato para gozarme los pleitos.

Pasé otro control de seguridad, control de pasaportes y un nuevo control de seguridad, momento en el que llegué a la terminal de salidas. Otra tienda gigante de productos libres de impuestos que a mí me siguen pareciendo caros. Vamos a ver almas mías. Yo compro en el supermercado una bolsa de 250 gramos de M&Ms por un euro cuarenta y nueve céntimos. Si vosotros me la intentáis vender libre de impuestos por tres euros, creo que prefiero seguir pagándolos y ahorrarme la mitad. Vosotros sabréis cual es vuestro modelo de negocio, pero esta claro que no me incluye a mí como cliente.

Mientras esperaba por el avión me fijé en un grupo de beduinos que estaban cerca de mí rezando como cosacos. Yo que llegaba traumatizado porque no me había puesto desodorante, por carecer de él y aquellos despedían un olor a humanidad que aromatizaba toda la terminal. Uno de ellos iba totalmente tapado con una manta raída. El pobre se agitaba convulsivamente mientras rezaba. Otro llevaba una chilaba color verde pistacho y sobre esta un chaleco de traje de ejecutivo europeo. El efecto era desternillante. Completaba el conjunto con un trapo de cocina viejo y deshilado que se había puesto en el cabezón de cualquier manera. Si mi madre lo ve, le quita el trapo y se lo tira a la basura, ocasionando un incidente internacional de dantescas proporciones. El mejor del grupo era un viejo sin dientes, con algo de barba, calvo, vestido siguiendo la moda zarrapastrosa que sus compañeros también secundaban y que además de llevar una sábana con todos sus enseres de mano, sábana que hacía un ato que se echaba a la espalda, el colega cargaba dos garrafas de gasolina. No subieron a mi avión, pero espero que alguien comprobara que lo que llevaba allí era agua y no combustible inflamable. En conjunto, era lo más parecido a un grupo de terroristas de Al-Qaeda que tendré el gusto de ver en mi vida, o al menos eso espero. Vamos, es que yo no dejaba de mirarlos y pensar: “Si no son terroristas, que baje Dios y lo vea“. Por afinidad cultural y supongo que por instinto de supervivencia todos los europeos y norteamericanos terminamos arrinconados en una esquina de la terminal. Da ánimos saber que hay otros que sufren como uno.

Al final resultó que todos íbamos en el mismo avión. Como hora y media antes de que saliera el vuelo la gente empezó a entrar en la sala de espera. No lo habían anunciado, pero allí se acercaban y entraban. Cuando faltaba una hora o así, un italiano fue a preguntar y le dijeron que era posible. Fue la desbandada de los europeos. Nos metimos todos allí, rodeados de hindúes y otros asiáticos. Había mucho moro con chilaba totalmente blanca hasta los tobillos y un par de mujeres-burka, a las que traté de no mirar para no empezar como el día anterior.

Cuando llegó la hora, nos metieron en una jardinera, nos llevaron a pie de aeroplano y embarcamos. En esta ocasión era un Airbus 320 de Qatar Airlines, así que no me quejo en cuanto a tamaño del avión. Como curiosidad decir que sólo se embarca por la puerta de atrás. Justo delante de mí iba una mora con una niña. La mora sentó a su hija en el asiento de al lado, hasta que llegó su legítimo propietario. La mora dijo algo en árabe, supongo que algo como “de aquí no me mueve ni tu puta madre cabrón” y se enzarzaron a pelear. Vino la azafata y el hombre tenía razón. La mora viajaba con un bebe, o sea, pagando medio billete y sin tener derecho a asiento. Creo que eso se puede hacer hasta que el niño cumple los tres años. Pues nada, que la niña aquella estaba más bien cerca de los nueve y ni de coña la podía llevar en brazos. La azafata gritó, uniendo sus gritos a los de los otros, después vinieron los de personal de tierra y aquello era el festival de los gritos. Todos hacen gestos medio amenazadores, pero no les he visto llegar a las manos. En mi instituto por menos repartían hostias, pero aquí da la impresión que es más teatro que otra cosa. Como mezclaban el inglés con el árabe me enteré que la mujer había mentido en cuanto a la edad de su hija para ahorrarse medio billete. También que el avión iba lleno. Según pasaban los minutos parece que el avión ya no iba tan lleno y finalmente acomodaron al tipo aquel en otro sitio y aquí paz y en el cielo católicos.

Ya en vuelo la azafata, que había quedado algo tocada con la discusión, se negó en redondo a darle comida a la niña puesto que no tenía billete. Pensé que la madre empezaría la segunda parte de las guerras Chof, pero uno que no quería comer le pasó su opíparo menú y listo. Al lado mío iba uno con chilaba blanca. Super moro. Super total. Le eché dos bendiciones para que Dios le perdone por rezar con el rito equivocado. El moro no quiso comer, sólo tomó té. Lo mismo sucedió con otros moros que llevaban la chilaba blanca. Como soy rápido en sacar conclusiones, empiezo a creer que el propietario de ese tipo de color de chilaba tiene ciertas restricciones que no tiene el resto. Me seguiré fijando.

El relato continúa en Omán primera parte - Llegada a Moscate

Academia de rácanos

Buena parte del encanto de vivir por estas tierras tan al norte es que uno nunca deja de sorprenderse con la gente. Los españoles siempre hemos estado estigmatizados con un montón de tópicos que parece ser que modelan nuestro quehacer diario. En el resto de Europa también tienen sus topicazos aunque como en nuestro caso, no siempre son acertados. Los holandeses siempre han tenido fama de conservadores y tradicionalistas y sin embargo han conformado una de las sociedades más liberales de Europa.

En lo que sí que hay mucha razón es en el racanerismo neerlandés. Esta gente le da tres vueltas de tuerca al tío Gilito sin que se les cambe la peluca. El último avance en racaneo tiene que ver con el ADSL. Uno de los proveedores ha estado ofreciendo desde enero ADSL, con módem Wifi gratis y un adaptador Wifi USB para el ordenador. Cuando te apuntas, resulta que te empiezan a cobrar a partir del momento en el que uses el sistema por primera vez. Como lo del Wifi está muy extendido y por defecto las redes inalámbricas están desprotegidas, la gente lo primero que hace es comprobar si hay redes desprotegidas cerca de tu casa. Si te puedes conectar a una de esas, entonces no activas el servicio y estás chupando ancho de banda de otros gratuitamente todo lo que puedas. Conozco a muchos que han estado así durante meses, parasitando su vecindario. Uno de estos individuos llegó al extremo de cambiar el ordenador de habitación y de planta en su casa para tener mejor cobertura. El mismo individuo me contaba esta semana medio amargado que durante la Semana Santa (que aquí es de vacaciones en los colegios pero no hay días festivos salvo el lunes de Pascua) se quedó sin alternativas gratuitas y se vio obligado a conectar su módem a la línea y empezar a pagar por un servicio que contrató allá por Enero pero que hasta ahora no había utilizado. El hombre estaba indignado con su vecindario y le parecía atroz que la gente se vaya de vacaciones y apaguen sus equipos sin tener en cuenta a los que se les han colgado por la jeta. Traté de explicarle que es él quien está obrando mal pero no hubo manera. En lo que sí que coincido con él es en que es mala suerte quedarse sin redes Wifi desprotegidas a su alrededor. Un chequeo el pasado fin de semana en mi casa mostraba al menos cuatro redes desprotegidas disponibles en mi vecindario.

Qatar primera parte

Esta historia arrancó en Comienzo del viaje y continúa en Arabia Saudita. Si has llegado aquí por caminos misteriosos, te sugiero que la leas desde el principio.

Mi siguiente parada era Doha, la capital de Qatar. El vuelo desde Damman es de escasamente media hora. Aproveché ese tiempo para intimar con mi compañera de asiento, una hindú que comía comida especial, uséase, comida hindú. La próxima vez yo también la voy a pedir, que le pusieron un arroz con curry que olía mejor que mi comida y al final le dieron un Chapati que ni os cuento. La mujer comía un poco molesta, porque yo babeaba a su lado. La tía se pasó toda la escala en Arabia acicalándose en el baño. Según me contó más tarde, vivía en los Estados Unidos con sus hijos y venía a ver a su marido, el cangril de Bombay, que trabaja ahora en Qatar. Previamente vivieron veinte años en Kuwait, hasta que un señor malo con bigote les metió el miedo en el cuerpo. Dicen que ese señor está ahora en prisión, pero también decían que su país tenía armas químicas y nucleares, así que permitidme que dude ya que la fuente de ambas noticias es la misma.

Por culpa de ser un vuelo tan corto, el aguilucho no cogió altura y aquello más que un viaje fue un paseo en batidora. Nos agitábamos que era cosa fina. La hindú intentó darse los últimos toques, pero desistió porque estaba claro que iba a terminar pintada como Sara Montiel.

Al aterrizar, nos avisaron que la única forma de salir del aeropuerto era mediante taxi. El edificio es muy bonito, pero no tiene “fingers” o pasarelas, así que los aviones aparcan y después llevan al pasaje mediante guaguas a la terminal. Cuando bajo me encuentro que hay como cinco cochazos de la muerte, con sus moros con chilaba blanca a su lado. Aparentemente si eres del país y tienes un poco de influencia, está permitido que te recojan a pie de escalera. Los moros gritaban los nombres de los que buscaban, pero no tuvieron mucha suerte. Cuando nos largaron en la terminal, comenzó la carrera para conseguir visado. La cosa no estaba muy clara y todos nos preguntábamos para ver si alguien lo tenía claro. Había uno que decía que salíamos sin más y otros que decían que teníamos que ir a una ventanilla que no tenía muy buena pinta. Como los europeos nos manteníamos agrupados en el medio de la sala, finalmente enviaron un emisario que nos informó del procedimiento a seguir. Teníamos que rellenar un impreso y pagar al policía por un visado instantáneo de tres semanas. Se podía pagar con tarjeta de crédito. Rellené el dichoso papel y me puse en la cola, justo detrás de un portugués que también venía a ver a papuchi. Cuando estábamos haciendo cola para recibir el infame sello en nuestros pasaportes llegó un avión procedente de Tailandia. Nunca pensé que pudiera entrar tanta gente en un Boeing 747. Aquellos eran como ochocientos. Todos eran clónicos. Tenían la misma pinta, cosa natural si pensamos que en los países asiáticos tienen muy desarrollado lo del fotocopiado. Los del aeropuerto los trataban a patadas, como auténtico ganado. Está claro que aquí los que visten chilaba blanca son los autóctonos, los principitos y los hindúes, filipinos, tailandeses, malayos e indonesios son los esclavos que lo mantienen todo en funcionamiento.

Bueno, después de pasar el control asumí que tengo que perder el pasaporte para conseguir uno nuevo o en mi próxima visita a Estados Unidos recibiré unas cuantas sesiones en Guantánamo. Justo al lado del sello del servicio de inmigración norteamericano tengo un maravilloso sello que dice que he visitado Qatar. Según se pasa dicho control hay una tienda libre de impuestos en la que parece que el tabaco es muy barato. Después te encuentras todas las maletas desperdigadas por el suelo sin orden ni concierto. Tuve que pedir ayuda a uno de los artífices de aquel desorden, que no encontró mi equipaje. Una mirada cuidadosa a mi resguardo me descubrió la segunda sorpresa que me tenía reservada la hijaputa que trastocó mi facturación pulsando botones a diestro y siniestro. Mi equipaje estaba facturado directamente hasta Omán. Justo cuando estaba cerrando la maleta en mi casa tuve un mal presentimiento y se me ocurrió echar unos calzoncillos y unos calcetines en mi mochila de mano. Ese detalle providencial me salvará de andar con los mismos gallumbos durante cuarenta y ocho horas. Como no tenía equipaje que rescatar, los porteadores que acosaban a la gente sin descanso no pudieron hacer nada conmigo. Curiosamente se pasa la aduana después de comprar en la tienda libre de impuestos. Me imagino que no te obligarán a pagarlos en ese instante, pero tampoco me fijé mucho. Se deja la terminal de llegadas volviendo a pasar un control de seguridad. Delante de mí, dos tías con burka negro a las que sólo se les veían los ojos y los pinreles. Empiezo a creer que esto de los burkas puede ser adictivo. Como no ves nada, todo hay que dejárselo a la imaginación y yo otra cosa no, pero imaginación tengo una poca. Miras los ojos de la tía, después le miras el dedo gordo y el resto con imaginación. Dedito coqueto, con uña pintada y cuidado, posible chocha del martes de sabor dulzón. Dedito obeso y descuidado, posible orco nada apetecible excepto para aquellos que se follan cualquier cosa. Dedito con unos cuantos pelos asociados, sabor sabrosón, una osita que abriga mucho en invierno. Dedito largo y estilizado, mala persona, posiblemente ruin y poco de fiar, que en las pelis animadas de Walt Disney siempre ponen a los malos con los dedos largos y delgados, que uno tiene mucho cine a sus espaldas y ya conoce las pautas.

Retornando al tema, tras pasar el último control de seguridad y poco menos que empalmado de los pensamientos calenturientos con tanto pinrel, salgo y me encuentro con una multitud que grita y mira hacia mí. Muchos de ellos agitan un papel con el nombre de un occidental. Algo terrorífico. Como los del hotel me han mandado transporte, los tengo que mirar y eso los exalta aún más. Voy con todos los pelos de punta hacia la puerta de salida y no veo mi nombre en ninguno de los papeles. Al final del todo, un guardia de seguridad nos protege de la marabunta. Hay un americano allí que me explica que él tampoco ha visto su nombre y debería haber alguien esperándolo. El hombre llevaba dos días viajando: Colombia – Estados Unidos – Ámsterdam – Qatar. Llamo al hotel y me dicen que la persona que me debería recoger tendría que estar allí. Les explico que estoy acorralado junto al de seguridad y me informan que ellos se encargarán de todo, que no me preocupe de nada. Tras veinte minutos esperando, aparece el tipo. Le deseo suerte al americano y le ofrezco venirse a mi hotel.

El viaje desde el aeropuerto hasta el hotel fue intenso. El código de circulación parece ser bastante flexible. Los cambios de carril, la invasión de carriles en sentido contrario, el saltarse semáforos y no parar en stops parece ser práctica comúnmente aceptada. Iba con los pelos de punta, mientras aquel tipo se jugaba mi vida por la carretera. Parecen existir dos tipos de taxi. Los chachones, última generación, full extras que son los que usan los moros naturales del país y unos trastos cochambrosos de hace mil años, sin aire acondicionado que parecen ser el medio de transporte para los esclavos que tienen en el país. Otra cosa que noté es el uso intensivo de la pita. Todo el mundo conduce tocando la pita (o el claxon, para los más pulidos) todo el tiempo. Supongo que significará algo, pero dado lo corto de mis trayectos en el país, no pude deducir la pauta.

Llegué al hotel temblando como un pajarito. Entré en la habitación y me encerré a cal y canto, rendido. En total fueron doce horas desde que salí de mi casa hasta que entré en la habitación del hotel. Ni en mil millones de años adivinaríais lo que había en la habitación. En el baño tenían bidé, pero como los del pasado. No estas cosas nuevas que tienen el chorrillo que apuntaba a los bajos en la parte delantera, sino de los de tipo fuente. Me faltó tiempo para abrirlo y ver esa pequeña fuente desafiar la gravedad. La cisterna del retrete era un tanto peculiar. Me imagino que el agua es un elemento bastante escaso y lo ponen complicado. La cisterna funcionaba como una manivela a la que hay que dar repetidamente para que salga el agua. Así que le das una vez y sale un poquito, le vuelves a dar y lo mismo, le das por tercera vez y un chorrillo. Cuando le coges el ritmo y le das cuatro o cinco veces seguida con velocidad, entonces funciona como es debido.

Así llegue al final del día, entretenido entre la cisterna y el bidé.

El relato del viaje continúa en Qatar segunda parte

Más setas en el bosque

Setas en Hilversum

Otra de las setas que fotografié el pasado otoño. Esta era bastante pequeña y aunque con una forma muy extraña, yo la encuentro bien bonita.

Arabia Saudita

Esta historia arrancó en Comienzo del viaje. Si has llegado aquí por caminos misteriosos, te sugiero que la leas desde el principio.

El avión hacia una escala en Damman, ciudad perteneciente al reino alauita. Nada más entrar en el aparato, miro a mi alrededor y comienzo a contar posibles terroristas de acuerdo a mis estándares. No se me escapaba ni uno. Todos eran terroristas en potencia. Por Dios, aquello pintaba muy mal. Me imagino que si en vez de ser yo es uno de los tipos que trabajan en el servicio de inmigración norteamericano, al hombre le daría un jamacullo y no llegaría ni a la fila número cinco. Un cuarenta por ciento o más de la gente que estaba en el avión eran posibles terroristas. Aparte de eso, lo único reseñable del vuelo fue toda la nieve que vi sobre Austria y Turquía y decir que esquivamos Irak, aunque la línea más corta es cruzando su cielo. Arabia Saudita desde el aire es una extensión de nada. No hay ciudades, no hay carreteras, no hay nada. Solo en la costa se ven las instalaciones petrolíferas y vestigios de civilización. Antes de aterrizar nos dijeron que los saudíes no permiten que se usen teléfonos móviles durante la escala técnica y que tampoco estamos autorizados a bajarnos del avión. También les recordaron a los que descendían que el reino alauita se queda en posesión de los pasaportes de sus visitantes y que les serán devueltos cuando se marchen y que la importación de alcohol en el país de Mahoma está totalmente prohibida. Vi a más de uno bebiéndose los frascos de colonia …. je je ….

Odio los aviones grandes en el despegue y en el aterrizaje. Yo estoy muy acostumbrado al Boeing 737 y a los Airbus 319-320-321, que son aviones pequeños y manejables. El trasto en el que iba era un Boeing 767, monstruosamente grande y que cuando despega se agita como una coctelera, por no decir que siempre me da la impresión de que nos quedaremos sin pista antes de despegar. El aterrizaje en esos pajarracos tampoco es agradable. Pegan tal golpe contra el suelo que siempre se abre algún compartimiento superior y se esparce el contenido. Como es bien sabido que estas cosas siempre suceden cerca de mí para que las pueda contar, confirmar que se cayó todo y que uno de los bolsos le dio un buen coscorrón a un hombre. Se me ha olvidado comentar que entre los que me rodeaban había un tipo con el mal de San Vito facial. Hacía muecas continuamente, de todo tipo y manera. Tenía tantos tics en la cara que siempre innovaba cosas nuevas, debido a las infinitas permutaciones que se podían conseguir con sus movimientos básicos. El que iba sentado al lado de él iba flipando. Yo también. El hombre era más entretenido que la película que ponían. Hasta cuando se durmió siguió haciéndolos. Además de los tics era un mórcoba, término por el que nos referíamos en el colegio a uno de los niños que no tenía cuello y al que el cabezón le surgía directamente de los hombros. Como no quiero que nadie me diga que soy un cabrón insensible quiero afirmar públicamente que yo no fui quien le puso el mote y quiero que sepáis que ese niño era un soberano hijoputa, un chivato y un cabrón que clavaba puñales por la espalda. A mí nunca me la jugó porque no estaba en mi clase, pero os puedo poner en contacto con gente que lo odia profundamente. Dicho esto, decir que me solidarizo con todas las personas que sufren ese mal y que espero que la medicina les encuentre una solución para su problema en un futuro cercano.

Cuando empezó a descender el pasaje, vi que muchas de las mujeres que se iban no bajaban inmediatamente. Comenzaron una operación de camuflaje intensivo acoplándose todo tipo de telas a su cuerpo. Una que iba delante de mí en la cola de embarque y que tenía muy buen tipo, se puso una especie de burka, unas extensiones a la falda que le llegaba en Holanda un poco por debajo de las rodillas y un montón de accesorios más. Pasó de ejecutiva agresiva en plan Working Girls a dama invisible. Cuando finalmente se fue, parecía un fantasma de tanta tela como llevaba. El mismo milagro que sucedió con ella le pasó a otras mujeres. Además adoptaron una actitud sumisa y andaban con la cabeza agachada. Líbreme Dios de influiros y convenceros para que dejéis esa religión, pero vaya mierda de sociedad cuando las mujeres han de pasar por eso.

Ya que no se me permitía la evangelización en suelo árabe, recé por ellos y colgué mi cruz en la ventana para que bendijera el país. Justo frente al aeropuerto tienen una MACRO-mezquita, casi tan grande como la terminal.

Tras bajarse la gente, se abrió la puerta de atrás del avión y entraron como cuarenta hindúes y filipinos a limpiar el cacharro conmigo dentro. Me pareció super violento. Había uno que debía ser el jefillo que los trataba como esclavos. Os confirmo que mientras pueda no usaré un baño de avión. Lo limpiaron en un minuto y medio, después de haber sido usado al menos cien veces en las casi siete horas de viaje. Los esclavos aquellos arramblaron con toda la basura y según acabaron, cerraron puertas y continuamos viaje. No se subió nadie en esa escala. Comentar que Arabia Saudita parece un poco sucia. Hay polvo por todos lados. Debe ser la arena del desierto que lo impregna todo….

El relato del viaje continúa en Qatar primera parte

Las últimas dos semanas en Distorsiones

Parece que últimamente me muevo entre viajes.Tendré que poner un contador con los kilómetros que estoy haciendo por vía aérea, porque creo que en lo que va de año ya he superado holgadamente los veinte mil … y por eso ando siempre hablando de los aeropuertos. La categoría de Viajes viene por tanto bien cargada, con Otra vez en un aeropuerto en donde hablo de los aeropuertos de Schiphol y de Málaga, Choque de culturas con algo que vi cuando iba hacia el aeropuerto, La angustia de la incertidumbre con el preaviso de que me podían mandar a Omán a trabajar, Misión: Oriente Medio que fue la confirmación oficial de mi viaje, Misión cumplida, en donde avisaba de mi retorno e Introducción al Arabian Tour cuyo título lo dice todo. También hubo algo de tiempo para hablar de Cine en Constantine y White Noise - Más allá dos cintas que pasarán sin pena ni gloria por las carteleras. Debido a una petición, hice una pequeña Guía no definitiva de la cocina holandesa en la sección Cocinillas y puse otra foto de setas en Más setas en el bosque. Finalmente he puesto una foto del contenido de la bolsa de mi portátil en What’s in your bag? dentro de la categoría de Tecnología.

Así que prepararos para un aluvión de anotaciones sobre el viaje a Omán y podéis seguir contribuyendo con vuestros generosos regalos. Os recuerdo que la lista de cosas que ansío la podéis encontrar en:
- Wishlist en Amazon UK
- Wishlist en Amazon USA

Comienzo del viaje

Como ya avisé, comencé mi viaje de evangelización por tierras herejes. El comienzo fue tan problemático como era de esperar. A las nueve y media de la mañana me subo al tren para ir al aeropuerto. Quince minutos más tarde tengo que conmutar a otro tren en una estación llamada Weesp. Cuando llegamos, el otro tren era pequeñito y estaba hasta la bandera. ¿Nos detuvo eso a los pasajeros que queríamos subir? PozNo. Empujando y presionando logramos entrar. Mencionar que el revisor tuvo que cerrar la puerta del vagón en el que me encontraba a base de comprimirnos estilo japonés. Entre los más de veinte que llenábamos aquel pequeño recinto a uno le olían los pinreles. Nunca supimos quien fue, pero ahí queda para la posteridad. Era un olor a queso curado que daba fatiga y más con aquel aire tan viciado. En cada una de las estaciones que siguieron continuó subiendo gente. Lo mejor fue cuando en la última estación antes del aeropuerto se subió una banda de adolescentes judíos, todos con su gorrito en la cabeza. En esos momentos ya éramos más de cuarenta y muchos con equipaje. Llegamos a Schiphol sudados y sobados. En la estación del aeropuerto se produjo la desbandada máxima. Dejamos el tren vacío.

Por motivos desconocidos nos obligan a facturar tres horas antes para los vuelos a países herejes y terroristas. Ya me tocaban los huevos las más de dos horas que hay que pasarse en el aeropuerto para ir a los Estados Unidos, pero esto es lo más. Como KLM ha optado por la auto-facturación, me tuve que pelear con una de esas máquinas. Conseguí ventana, aunque al final del avión y cuando casi he terminado y estoy a un paso de sujetar la tarjeta de embarque en mis manos, la máquina me pregunta si tengo visado para entrar en Qatar. Por supuesto que no, pero como no quiero cagarla, llamo a la tía que anda por allí ayudando a los pasajeros. Ella tiene menos idea que yo, pero me dice que tengo que ir a un mostrador determinado y empieza a pulsar botones aleatoriamente en la pantalla. Resultado: obtuve mi tarjeta de embarque y otro pequeño detalle que ya mencionaré.

Me acerco a donde me indicó y les tengo que explicar la historia completa, culpando a su compañera y señalándola continuamente para que viera que hablamos de ella y no del tiempo. Las dos nuevas consultan el ordenador, consultan compañeras, llaman por teléfono y llegan a la conclusión de que podré comprar un visado en el aeropuerto al llegar. Como los de la agencia de viajes me habían dicho que en facturación de KLM me darían un visado de un día, les doy la nueva información. Nueva batida de gestiones telefónicas e informáticas aunque sin éxito.

Paso el control de seguridad y me dirijo a la puerta de embarque, aunque faltan más de dos horas para que despeguemos. Me siento a leer y de repente anuncian un cambio de puerta. Como todos estábamos ya allí, nos vamos en manada a la nueva puerta. Esto en un aeropuerto de provincias es simplemente correr el culo cien metros, pero en ese universo que es Schiphol nos supuso andar veinte minutos, porque nos enviaron al extremo opuesto. Nos instalamos en la nueva sala y cuando queda poco más de una hora vuelven a anunciar un cambio de puerta, que casualmente vuelve a ser la original. Otros veinte minutos de paseo. La gente ya empieza a estar un poco cansada de tanto meneo. Me imagino que lo harán para que compremos algo en las cien mil tiendas libres-de-impuestos que tienen allí y que venden un veinte por ciento más caro que las tiendas en las que se pagan impuestos.

Pasamos el control de pasaporte y pa’ dentro. Me fijé que viajaban conmigo otros españoles: una mujer con pasaporte diplomático que iba leyendo el Quijote y un par de adolescentes que supongo iban a pasar la semana santa con papuchi. Es lo bueno lo que tienen los núcleos familiares disgregados, que los niños conocen mundo. Así sin más comenzó la aventura.


El relato de este viaje continúa en Arabia Saudita

Arabian Tour – Indice

Este será el índice con todos los episodios de los que constará el Arabian Tour. Según vayan siendo publicados iré actualizando los enlaces. Además de esta entrada, al comienzo de cada capítulo se hará referencia al orden adecuado y todos estarán agrupados en una nueva categoría, llamada Arabian Tour.

El siguiente es el orden de lectura correcto:

What’s in your bag?

In my bag
No voy a ser menos que bleuge y otros cientos de frikis, así que yo también pongo lo que hay en mi mochila. La foto muestra parte del contenido de la bolsa del portátil, todo lo que me llevé a Omán. Si hacéis clic en la foto podréis ver las notas sobre cada cosa, aunque por desgracia están en inglés.

He incluido la foto en el grupo What’s in your bag? de flickr.