Archivo de August, 2005

Pyjama Parties!

Pyjama Parties!

Pyjama Parties!, originally uploaded by sulaco_rm.

Entre la fauna extraña que pude ver en la cabalgata, los de esta barca eran de premio. La empresa que promocionan tiene una página web en construcción y no me quedó muy claro el concepto. Por lo que yo entiendo, si eres fondón, puretón o Dios no quiso que tuvieras un cuerpo danone, entonces siempre podrás acudir a una de estas Pyjama Parties! En las que más gente igual de normal que tú se relaciona y entre todos lo pasaréis bomba.

El toque rosado de sus boas y gorros supongo que fue en honor del Gay Parade ya que en dicho grupo lo que habían eran parejas casadas desde antes de la reconquista. Genial el colega con el paraguas rosado en plan Mary Poppins. Se ve claramente que el paraguas sufre de exceso de peso y no logra remontar el vuelo. Como en ocasiones anteriores, daros un garbeo por la foto en flickr para ver las notas sobre la misma.

Hay más información sobre Amsterdam en la anotación Guía para el turismo en Amsterdam y Holanda y también puedes ver el Álbum de fotos de Amsterdam

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Mobieltje Telefoon Uit

Y seguimos recuperando cosillas. En este caso se trata de lo que me sucedió cuando perdí el móvil en la ciudad. Inicialmente esta historia apareció en Distorsiones en el año 2003.

La frase anterior es la que indica en el cine o en el avión que hay que apagar los teléfonos móviles. Está escrita en holandés y espero que viéndola sepáis apreciar como es que no he conseguido aprender la jodida lengua tras tres años en éste país. Resumiendo, significa FUERA MÓVILES. Y así es como me he quedado Yo durante unos días. Sin móvil. No sabéis la alegría que siente uno cuando se sabe no controlable. Esto viene a cuento de que hace poco, por circunstancias que no os voy a relatar, en un lugar que no viene a cuento, perdí mi móvil.

¡OH! Los españoles sabéis lo que eso significa en España. A comprarse uno nuevo. No hay posibilidad de que quien lo encuentre y lo devuelva. Sin embargo, para ciertas cosas éste es primer mundo. Hace cerca de un año Yo me encontré uno en la calle y lo devolví (era un Motorola horroroso) y ahora me llegó mi turno. Así que antes de que me diera cuenta de que lo hubiera perdido, me manda un correo mi amigo Indonesio informándome del evento y dándome el teléfono de la persona que lo tenía. Llamo y lo coge la voz más dulce y femenina que he podido escuchar y comenzamos a flirtear y a hablar. Era la voz con la que todos soñamos cuando vemos los anuncios de los números 906 en la tele. Sensual, con un descafeinado acento inglés, arrastrando las sílabas como si las disfrutara, en fin, que os voy a contar que no os podáis imaginar. Tras un ratillo, me pregunta donde vivo y cuando le digo que en Hilversum, me dice que es una casualidad, pero que trabaja en el villorrio y que si no tengo prisa, lo puedo recoger el lunes tras el trabajo.

Yo supercontento le pregunto donde es su curro y me dice que es POLICÍA EN HILVERSUM. ¡Dios! Una mujer policía encontró mi móvil. Quedamos para recogerlo el lunes. Comprenderéis como pasé los días hasta el evento. Lo primero que hice fue bajarme de Internet ese clásico de la música romántica que es el TOA TOA TOA TE NECESITO TOA, de Jesulín de Ubrique y aprenderme la letra de memoria. Con una mujer policía solo vale la artillería pesada. Después pasé las noches fantaseando con las esposas, como me iba a meter en una celda y a castigarme por ser un chico malo, con su uniforme de poli buena, ese pelo rubio que yo me imaginaba cayendo sobre la camisa de policía en la forma de una gran coleta a lo Lara Croft, esos guantes negros de cuero, esas botas policíacas …. ¡Uhmmmmmm! ¡Lekker! Sólo hay una fantasía sexual mejor que la de la mujer policía, que TODOS hemos tenido, reconocerlo cabroncetes.

La única mejor es la de las dos adolescentes japonesas vestidas con traje de internado con grandes chupa-chups en la boca, acosándote sexualmente y pidiendo hacerte guarrerías sexuales. Lo de las japonesas nos puede a todos. Que tendrán esas chiquillas quetodas parecen igual de pervertidas. Debe ser la leche que les dan o ya me diréis. ¿Qué nunca se te había ocurrido? Pues a qué esperas. Corre a comprar un uniforme de instituto a tu novia/esposa/compañera, píntale unas pecas en la cara, que chupe un buen chupa-chups, unos calcetines blancos horrorosos hasta las rodillas, zapatos de monja … y a taladrarla toda.

En fin, retornando al tema principal, llega el lunes y me preparo para el evento. Mis gallumbos de Snoopy con el mensaje claro de @ YOUR SERVICE, la mejor de mis colonias, doble ración de desodorante, mi camiseta de Camilo Sesto, que mola MAZO, cuarto kilo de gomina con peinado agresivamente casual y la mejor de mis sonrisas conseguida a base de blanqueador dental. Así que paso el día viviendo sin vivir en mí en el trabajo, pensando en ese momento en el que la Ley y el Orden se encargarán de mí. Malvivo durante horas hasta que llega el momento, corro, que digo corro, vuelo con mi bicicleta por el centro de la ciudad al encuentro de la mujer policía, esquivo viejas en bicicleta, salto semáforos en rojo, subo por aceras, salto escaleras y finalmente llego alGroest, a la calle principal en donde se encuentra la comisaría de policía y el centro de todas mis perversiones en las últimas 72 horas.

Me paro un momento para tomar resuello, hago una última comprobación de olor de sobacos, boca y ajuste final del peinado. Todo listo, abro la puerta y entro en la comisaría, me acerco a la oficial de guardia, rubia, guapísima, todo morbo mientras por mi cerebro cruzan a alta velocidad las imágenes de ésta y todas las mujeres policías de Hilversum haciendome pupita, llego junto a ella, alza la cabeza, lo puedo ver lentamente mientras sus pestañas se levantan despacio para lanzarme una mirada directa y cuandosu pupila verde contacta con mi pupila marrón, me pregunta que quiero. Yo ahí ya podía fundir hielo con las manos. Le cuento que vengo a ver a su compañera (mantendremos su nombre en secreto para proteger la identidad de terceros) y me mira, sonríe pícaramente lo que eleva mi temperatura por encima de los 60 grados, se levanta, se va a la habitación de al lado mientras yo quedo allí hirviendo,y cuando vuelve … … … cuando vuelve trae un sobre a mi nombre en las manos. Se me cayó el mundo al suelo. Me lo da y dice que el móvil está dentro. Todas mis fantasías pal carajo. Será zorra de mierda la muy asquerosa. Todas estas calenturas para un puto sobre. Salí de allí echando fuego por la boca, me fui al super y me compré una bolsa de hielo para enfriar los huevos más rápidamente.

It’s a gay, gay, world

It's a gay, gay, world

It’s a gay, gay, world, originally uploaded by sulaco_rm.

He de decir que una de las cosas que más me llamó la atención de la comunidad del Julandro en el pasado Ámsterdam Gay Parade fue la poca calidad del material. Yo debo ver mucho cine y por eso tengo todo esto muy idealizado. Siempre nos los retratan como metrosexuales de mierda, que se cuidan mucho, todo cremas y demás y después uno ve pasar una barca engalanada y se encuentra con esta banda de individuos medio fondones y que dan más pena que otra cosa. Tendréis que ver la foto en flickr para leer las anotaciones que he puesto sobre la foto remarcando algunos puntos de interés.

También tenía muy creído el mito de los paquetones de los individuos a los que les gusta tener relaciones eróticas con personas de su mismo sexo, porque vista la imagen, yo no veo mucho bulto, al contrario de lo que sucede en el cine, que siempre te salen con unos airbag de susto.

No seré yo el que tire la piedra pero lo de los calcetines blancos como que queda muy hortera y más viniendo de una gente que lo del estilo lo llevan muy en la sangre, que me acuerdo que el año pasado hubo un programa en España en el que un grupo que había sufrido una intoxicación por ramalazos intentaba encauzar la vida de un hetero y supuestamente los tíos tenían mucho arte y estilo, aunque personalmente yo los ví como unas locazas en el único programa que tuve la desgracia de ver en mis vacaciones por aquellas tierras.

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Hospital Insular

Esta historia la escribí en Marzo del 2003. Estaba en la versión anterior del web Distorsiones. En ella se hace referencia de otra que nunca ha salido publicada en la bitácora y que quizás algún día me decida a subirla. Pertenece a estas grandes historias que vengo arrastrando desde tiempos inmemoriales.

Primera Parte
Prácticamente ha pasado un año desde que narré la historia de E.T…. … aquello ocurrió a finales de Abril. Inmediatamente después de aquella historia, contacté con intelectuales del sistema sanitario español para que me informaran de los efectos devastadores sobre mi salud de los desmayos producidos al viajar borracho encaramado al volante de una bicicleta holandesa. Los contactos preliminares fueron francamente fascinantes. De dos opiniones médicas “solventes” obtuve dos desahucios, daban por finalizado mi camino en éste católico mundo de Dios. Los términos científicos empleados para definir mi estado me produjeron ansiedad y pánico, sólo aliviado por pensar que fui tan afortunado de vivir para ver a Yola Berrocal mejorarse su cuerpo con silicona.

Uno de los diagnósticos fue de crisis sincopaidal de los registros anteriores debida a los bajos flujos pleistocénicos, y el otro, más simple, era estás jodido.
Con este bagaje, viaje a Canarias y moviendo contactos conseguí una cita en el Hospital Insular con uno de los médicos del departamento de Cardiología. Me encamino una mañana al mismo.

Ir a ese hospital es siempre un ejercicio fascinante. No hay aparcamientos, porque llevan milenios en obras, así que hay que buscarse la vida y aparcar en los solares circundantes, pagando peaje al minusválido de turno y al hijoputa pordiosero que te amenaza con rallarte el coche si no le das algo por “vigilarlo”. Así que por ahorrarme un par de euros aparco a quince kilómetros del hospital y me aproximo al mismo andando.

El mero hecho de pasear en esa zona es un acto terrorífico. Siempre he creído que por esa parte de la ciudad se han realizado experimentos nucleares y la gente ha sufrido mutaciones genéticas que se tardarán siglos en evaluar. La nueva especie que ha surgido en los alrededores del hospital es de película gore. De repente te ves una mujer andando por la calle o crees que es una mujer porque lleva un traje pero carece de formas claras, más allá del tipo cilíndrico de sus más de 200 kilos. No camina, se balancea lanzando unos apéndices grotescamente gordos hacia delante, mientras suda y se le acumula el sudor en su bigote y vestido de lycra con colores más propios de una señal de tráfico ajustado a su carne ¿es hombre o mujer?

De repente veo que tras ella viene el Burbujitas, un ente que consigue reunir en sí mismo el mal de San Vito, todo tipo de tembleques y tics, unos ojos bizcos que miran en sentidos divergentes, unos retazos de dentadura con un par de dientes podridos y torcidos que luchan por salir de esa boca negra como la noche y que genera continuamente burbujitas que vuelan al viento. El burbujitas siempre ha sido un clásico del barrio de Triana y definitivamente uno de mis freaks favoritos. Algún día contaré la historia que me sucedió con él una tarde en la playa de Puerto Rico cuando tomaba el sol tranquilamente y este bicho entró en mi vida.

Más adelante me cruzo con una madre quinceañera gritando a su Kevin Costner de Jesús para que deje de saltar a la carretera a esquivar coches, no porque lo puedan atropellar, sino porque se puede ensuciar pisando una de las múltiples cagadas de perro que adornan la zona. El niño, de unos cinco años, luce un corte de perro a lo legionario romano, con la moña teñida de azul, y de sus orejas cuelgan varios pendientes. La madre resplandece con su chándal Nike, su piercing en la boca y su tatuaje que deja entrever en el ombligo. En fin, alguna vez teníamos que tener una generación perdida y para España es esa….

Llego finalmente a la entrada del hospital. Cuanto más te aproximas, más traperos hay por los alrededores y la fauna de vendedores de ciegos, de lotería, de primitivas se incrementa exponencialmente. En la puerta del renovado hospital confluyen todos, con sus gritos tratando de llamar la atención de sus compradores.

Como llego temprano, me apresto a esperar en la puerta a que sea la hora. Entro en modo de observación y detecto algo raro. ¿Qué es eso? ¿Un hombre? ¿Una mujer? ¿Un maricón? Parece mujer pero tiene pelo en el pecho y tetas de silicona. Fuma como un macho y tiene un vozarrón de cojones. Se pasea altanero/a de un lado de la puerta al otro luciendo su vaquero ajustado para mostrar paquete, su camisa de mujer floreada abierta en el pecho para mostrar su esplendorosa mata de pelo entre las tetas y cuando finalmente poso mis ojos en su cara, me horrorizo viendo los destrozos que el maquillaje puede hacer al asentarse en la base de los cañones de la barba. De repente, detiene su marcha, se gira y grita: ¡Estoy aquí Marrrrrrríííííaaaaaaaaa! ¡Ven pa’ca hija’la’gran’puta! ¡Madre, no me hagas calentarme que te doy dos yoyas! Agarra a la anciana por el brazo y la arrastra en dirección a la parada de guagua más cercana, conminándola a comportarse decentemente ¡sic!

Tras el revuelo viene la calma, que se ve interrumpida cuando un enfermero saca a una señora en silla de ruedas. Su hijo se marcha y aparece al poco con un vehículo todoterreno. Le dice que se suba y la pobre mujer, trata desesperadamente de levantarse de la silla, entre temblores de todo su cuerpo. Tras conseguirlo, se queda balanceándose en el aire, tratando de reorientarse para poder encaramarse a dicho vehículo. El hijo le reprocha la lentitud, mientras mantiene una conversación con su teléfono móvil y el enfermero, al que la actitud del interdicho le está tocando los huevos, levanta a la mujer en volandas y la sienta en el coche.

Finalmente decido que he visto demasiado y entro en el hospital. Averiguo en donde se encuentra la sección de cardiología y allí me dirijo.

Segunda parte
Podríamos pensar que mis tribulaciones acabaron al cruzar el arco de entrada del hospital pero nada más lejos de la realidad. En primer lugar, moverse dentro de un hospital no es sencillo. Hay que esquivar a todos esos individuos con enfermedades exóticas que se pasean con un goteo de un lado a otro para esparcir sus virus. También hay que explicar el motivo por el que acudes al hospital a todo hijo de vecino que se sienta en una mesa a la entrada de cada planta y que disfrutan enormemente mandándote de una a otra hasta que finalmente se apiadan de ti y te encaminan al sitio adecuado.

Consigo llegar a cardiología y contacto con el personal para que sepan que ando allí y puedan llamarme. Me dicen que me siente a esperar, que ya me avisarán. Miro las filas de asientos y escojo una vacía, ante la perspectiva de sentarme al lado de un colega en sus últimos días de vida o de una anciana más para allá que para acá. Me planto en mi asiento, miro alrededor … y … ¡Horror! Al otro lado del corredor, justo enfrente de Cardiología tenemos la sección de Enfermedades Víricas y Tropicales.

Se me dispara el pulso y miro con nuevos ojos a los que están sentados esperando. ¿Para qué están allí? ¿Para el cardiólogo, o para el otro? ¿Se escaparán los virus de ese lado del hospital a menudo? ¿Qué mente enfermiza puede haber realizado la distribución de éste hospital? Tantas preguntas sin respuesta…

Me mantengo en alerta máxima oteando los alrededores cuando aparece Ella. Una negra, vestida con su traje típico africano, negra, negra, negra, con ese cuerpo moldeado a base de hartarse a comer, esos michelines y michelones que le permiten bambolearse mientras camina. Viene directa hacia mí y se sienta enfrente de mí. Al instante tengo todas las alarmas sonando en mi cabeza, empiezo a sudar, me tiemblan las manos. Presto atención y veo que su piel está salpicada de unos sarpullidos como granos, pero abiertos y supurando pus o algún otro tipo de líquido. ¿Qué hago? ¿Me cambio de sitio? ¿Estaré contaminado ya? Trato de analizar todos los escenarios y mis probabilidades de sobrevivir a este incidente. Mientras tanto me levanto a interesarme por un póster en el que se describe alguna gilipollez que supuestamente debe alargar tu vida y aprovecho para sentarme en las antípodas de la colega. Ella, agarra una revista vieja y comienza a abanicarse, por si el virus no se ha extendido lo suficiente por el área.

Desgraciadamente al alejarme de ella me tuve que aproximar a la órbita del colega terminal. El hombre, de cara arrugada cual pasa, no deja de estornudar, o más bien de carraspear y escupir en un pañuelo que se guarda siempre en el bolsillo de su camisa. Sus ataques de tos se producen a intervalos regulares y puesto que está frente a mí, puedo respirar esa brisilla que sobreviene a sus estertores terminales. Continúo fascinado observando la muerte en directo de este pobre diablo hasta que se abre la puerta y una enfermera lo llama. Mientras celebro los nuevos territorios obtenidos en la sala de espera,
aparece una de estas simpáticas abuelas portuguesas y se siente en mi mismo banco. ¿qué habré hecho Yo para merecer esto?

En estas andamos cuando se abre la puerta de la zona de enfermedades víricas y tropicales y una enfermera se dirige a la negra. Comienzan ambas a gritar, cada una en su idioma. La enfermera trata de averiguar si la paciente tiene el expediente y la otra la mira con cara de espantada, posiblemente preguntándose que es un expediente. Me pregunto por qué los guionistas de Tarzan nunca vieron este tipo de escenas antes de escribir el guión, porque la comunicación entre ambas brilla por su ausencia. Ambas gritan, supongo que para hacerse entender mejor. Toda la atención de la gente en la sala está ahora sobre ellas. Han conseguido el minuto de oro, con la máxima audiencia de la jornada. La negra comienza a mostrar síntomas de desánimo mientras la enfermera continúa con su repertorio de preguntas ¿se dará en algún momento cuenta de que la otra no habla su idioma? Este pedazo de profesional parece habituada a este tipo de encuentros y se mantiene siguiendo su guión escrupulosamente.

La enfermera intenta una nueva línea de acción: ¿Trajiste los papeles para el análisis que te dio el doctor? Le pregunta. La otra la sigue mirando, perpleja y continúa con su monótona respuesta: “Yo Español hablo no. Yo enferma. Yo medico venir decir aquí” algunos de los intelectuales que se encuentran en los alrededores comienzan a aproximarse para dar su docta opinión y solucionar el conflicto internacional. A todas estas yo sigo fascinado con las supuraciones de la colega, pero parece que soy el único interesado en saber si esta mujer es una bomba biológica andante.
Con un grupo de personas tratando de averiguar algo de la pobre paciente y ésta última posiblemente pensando en echarse a correr y escapar de toda esta gente que parece disfrutar acosándola la enfermera finalmente se rinde: “Bueno, vamos para dentro que ya te haremos análisis de cualquier cosa“. Eso es nivel, eso es profesionalidad. Que viva al sistema sanitario. La reacción de la enfermera calma la situación y se dirige con la mujer al área de víricas y tropicales.

Este pequeño interludio anima las conversaciones en la zona. De repente todo el mundo es un experto y relatan situaciones parecidas. Yo trato de mantenerme al margen y mantengo un perfil bajo para que nadie contacte conmigo. En esas andamos cuando la enfermera menciona mi nombre y accedo al interior de la consulta.

Tercera parte
Llegamos finalmente a la consulta del médico. Todos mis sufrimientos y todas mis expectativas quedan plasmadas en ese instante en que entro y me siento ante él. Le cuento mi problema, y el cardiólogo decide hacerme un electrocardiograma. Avisa a una enfermera y tengo que esperar un poco hasta que una de las salas esté libre. Mientras tanto la enfermera se dedica a rellenar un informe plagado de cuestiones personales que normalmente rehusamos responder.

Queda una sala libre, la número 3 y me llevan allí. El médico les explica que quiere un electro sencillo, sin hostias ni similares y me dice que él vuelve a su despacho y cuando esté hecho, que se lo lleve para echarle un vistazo. Me quedo en manos de dos enfermeras, que inmediatamente comienzan a preguntarme por mi vida en los Países Bajos y mis aventuras en esas salvajes tierras.

Me piden que me quite la camisa y cuando lo hago, me tumbo en una camilla. Se marcha la enfermera y aparece con unos artilugios pleistocénicos, como peras, que supuestamente son los sensores que me aplican en el pecho para tomar las medidas. Las dichosas peras tienen una especie de bolsa que genera un vacío y es lo que permite adherir las ventosas metálicas al pecho. La colega comienza la tarea y tras un par de intentos infructuosos me dice que aguarde un momento y desaparece. Vuelve al cabo de un rato con una maquinilla Gillette y crema de afeitar y me dice amistosamente que me va a afeitar el pecho porque con los pelos no se fijan las ventosas y no pueden hacer el electro.

Comprenderéis mi estupor. Me levanto de la camilla y le digo que si se quiere afeitar algo que se afeite los pelos del coño porque a mí el pecho no me lo toca. La enfermera parece no comprender y sigue empeñada en afeitarme, a lo que yo me niego repetidamente. Habrése visto semejante desvergüenza. Uno va allí a que le hagan un chequeo y estas se meten a depiladoras profesionales. Ante la bulla que montábamos se comenzaron a congregar otras enfermeras que abandonaban a sus pacientes y se venían a nuestra sala para meter baza en el entierro. Todas aportaban sus doctas opiniones profesionales y erre que erre, seguían empeñadas en afeitarme, a lo que yo me negaba una y otra vez. A todas estas, yo a pecho descubierto, con todas las lobas comentando las ventajas del pecho sin pelo.

Finalmente aparece el médico y al explicarle la situación les dice que nones, que usen ventosas de usar y tirar que son adhesivas que a mí sólo me van a hacer un electrocardiograma y no veinte, como parece desprenderse de las opiniones de las colegas, que esperan verme convertido en un asiduo visitante, o eso parece.

Tras este cruce de amenazas, tuvimos que esperar un rato a que mi corazón recuperara el ritmo normal de funcionamiento. Alcanzado éste, me hacen el dichoso electro y con el papel en la mano vuelvo a la consulta del médico. El médico, tras chequearlo, confirma mis peores sospechas, lo que yo más me temía: No tengo nada, estoy más fresco que una rosa. En fin, que todo este jaleo para nada.

Hot chicks

Hot chicks

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Como ya he dicho, esto del Amsterdam Gay Parade es más que nada una forma de promoción de compañías holandesas que saben que tienen una audiencia de millón y medio de personas en una sola tarde. Así que no es raro el encontrarse fauna de lo más variada.

Las de la foto iban en una barca de mujeres y despertaban gran interés, debido posiblemente a ese sueño de todo hombre de curar a un grupo de bolleras y recuperarlas para el sexo admitido y patrocinado por la Santa Madre Iglesia. Yo dudo mucho que las que iban de pié sean tortilleras reales, más bien creo que eran chicas Go-Gó, pero lo que si es cierto es que las dos que van tiradas en el cojín se arrearon un morreo de esos con sobamiento de lengua e intercambio de fluidos de los que se recuerdan en muchas noches calenturientas. Por culpa del arbolito y sus ramas no pude hacer una foto y plasmar para la posteridad semejante momento.

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El monzón en Hilversum

El viernes vivimos un suceso extraordinario en Hilversum. A la hora de comer me fui a pasear como siempre. En lugar de la habitual caminata decidimos ir al centro de la ciudad ya que era el último día de un compañero portugués y pensamos que estaría bien tomarnos unas birrillas en el villorrio. Fuimos con las bicis. Yo en la Macarena, esa hembra todoterreno que se ha vuelto mi compañera inseparable y que ahora que voy a tener que viajar en tren todos los días me volverá bici-dependiente y los otros dos iban en la bicicleta del colega holandés, con el portugués sentado en la parte de atrás a lo machote. En esto de las bicicletas hay muchas teorías. Cuando uno es hombre y lo llevan, se sienta en la parte de atrás poniendo un pie a cada lado y los huevos en medio, mientras que cuando una es hembra se sienta en plan amazona, con los dos pies cayendo del mismo lado.

La etiqueta de los pasajeros de bicicleta obliga a que cuando se detienen por algún motivo, el transportado se baja y en el momento en el que vuelven a arrancar, espera a que el individuo que gasta su energía para producir el movimiento arranque y cuando tiene un poco de velocidad el pasajero salta detrás y vuelve a reposicionarse. Si uno lo hace en el estilo de las amazonas es mucho más fácil, pero cuando vais corriendo detrás de una bici y tenéis que saltar sobre ella en movimiento y las joyas de la familia aterrizan entre hierros os puedo asegurar que no es una experiencia agradable. La otra bicicleta, con el peso combinado de aquellos dos iba con la llanta prácticamente tocando el suelo.

Una vez en el centro, primero hicimos unas compras y cuando íbamos hacia el bar se hizo de noche. Literalmente la luz desapareció y un manto de obscuridad recubrió la ciudad. Inmediatamente las luces del alumbrado público se dispararon. Con la misma velocidad que calló la noche comenzó a llover. No era la típica lluvia holandesa, suave y persistente. Aquello era el diluvio universal. Las puertas del cielo se abrieron y caía el agua a mantas. Nos quedamos en las puertas del centro comercial mirando hacia fuera. Llovía y llovía sin parar, cada vez más. Veíamos a la gente correr por la calle para protegerse, las madres venir lanzadas hacia nosotros con sus cochitos, cargando sus vástagos. Con la seguridad que da la protección de nuestro refugio, situado a cuatro escalones de la calle, nos reíamos mirando como los pobres infelices a los que les había pillado la lluvia en bicicleta pasaban totalmente mojados.

Aquello siguió durante eones, aunque en realidad lo podemos cuantificar en una hora. Tras media hora de lluvia las alcantarillas de la calle comenzaron a mostrar síntomas de fatiga, exhaustas por la cantidad de agua que se veían obligadas a tragar. Tras tres cuartos de hora la calle era un río de unos diez centímetros de profundidad, algo que no había visto nunca en este país. Me recordaba a esas inundaciones tan típicas de las Canarias, que siempre pasan los dos días que llueve al año. Recuerdo ver ratas ahogadas al final de la calle Luján Pérez en la Isleta o como se suspendían las clases en mi instituto por culpa de las inundaciones en la parte baja de la ciudad. También recuerdo que fue uno de esos días de lluvias infinitas, con el instituto cerrado, cuando nos fuimos a unos grandes almacenes y nos bailamos todos los cassettes del True Blue de Madonna. En aquella época yo era menor de edad e inconsciente. Ahora no lo haría, aunque también estoy convencido que esos mismos almacenes han terminado por recuperar su dinero a base de sablearme siempre que he tenido que comprar algo en ellos.

Volviendo a nuestra ciudad y a la actualidad, tras una hora el río era de unos treinta centímetros. En un instante volvió la luz y la lluvia cesó totalmente. Igual que llegó se fue. Dejó una calle totalmente inundada. Decidimos comprarnos unos chubasqueros de plástico porque seguía cayendo una ligera llovizna, lo suficiente para empaparte y resultar molesta. Conseguimos unos ponchos de plástico de bolsa de basura amarillos. Nos los pusimos y salimos al encuentro de nuestras bicicletas. El portugués decidió volver en guagua. Nosotros salimos de allí, con las ruedas metidas en el agua. El panorama era desolador. Las calles adyacentes al centro de la ciudad estaban también inundadas. En nuestra ruta hacia la empresa teníamos que pasar por un túnel en el que el carril bici ocupa ambos laterales y se encuentra como un metro sobre el nivel al que discurre la carretera. El tunel estaba cerrado y el agua casi llegaba a la altura del carril bici. A la entrada del túnel aparecía un vehículo solitario, totalmente metido en casi un metro de agua, con su dueño llorando fuera y dándose golpes en la cabeza, intuyo que desesperado.

En ese momento una guagua decidió que aquello era moco de pavo y el conductor se lanzó en picado hacia el túnel. El golpe con el agua fue monstruoso. Además de levantar una marejada, reventó el parachoques delantero al colisionar con la barrera acuática. La guagua consiguió salir por el otro extremo, bastante dañada y con el pasaje de la misma en pleno ataque de pánico. Nosotros esperamos a que las olas dejaran de salpicar nuestro carril y cruzamos. La foto que adorna esta entrada es desde ese otro lado. Lo siento por la calidad pero es lo que da de sí la mierda de cámara del móvil. Ese pequeño punto que se ve en el otro extremo es el vehículo que estaba detenido allí.

Tras pasar el túnel vino lo peor. La calle por la que habitualmente vamos hasta el trabajo tenía más de treinta centímetros de agua. Al pedalear metía los pies completamente en el agua. Suerte que mis botas son de las buenas y están preparadas para estas coñas. Cruzamos una calle completamente anegada, con la gente tratando desesperadamente de bloquear el agua que entraba por sus puertas. Algunos nos gritaban algo, pero con la concentración que llevaba para no darme un baño no era capaz de traducir los mensajes. Tras un montón de esfuerzo y cruzar un paisaje dantesco llegamos a la oficina. El portugués tuvo que venir andando, también medio histérico. Lo que pasó en nuestra ciudad es lo que viven los habitantes de la India durante el monzón, pero no lo que se espera del Norte de Europa y menos aún en verano.

Esta estación está siendo antológica. Tenemos una temperatura cinco grados inferior a la media histórica. Estoy usando la calefacción de la casa en Agosto, llueve todos los putos días durante horas y es raro el día que he conseguido ver el sol. El viernes pensé que una perturbación del espacio-tiempo nos había afectado y en lugar de en Hilversum estábamos en Bangalore, cruzando esas calles azotadas por la temporada de lluvias. El clima se ha vuelto loco y no creo que haya nadie haciendo algo por remediarlo.

tunel inundado

Keep on dancing!

Keep on dancing!

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Si ayer echábamos una mirada nostálgica a la mejor música de todos los tiempos, hoy nos vamos al baile. Nada que ver con lo de hoy en día, con esas salas llenas de gente pasada de pastillas tomando agua compulsivamente mientras un ritmo repetitivo y machacón y un volumen ensordecedor les revienta las pocas neuronas que aún tienen operativas y que gracias a una serie de desgraciadas reconversiones educativas han logrado hacer de estos jóvenes una masa de incultos descerebrados sin futuro.

Antes el baile era poesía en movimiento, era creatividad, fantasía y una buena dosis de gusto hortera. En esta foto creo que queda plasmado perfectamente. La chocha agitando el hulahoop en el aire mientras mueve la cadera y calienta a las masas, las enormes bolas de árbol de navidad y la purpurina que cae del cielo, el chaval agitando la bandera mientras el otro se marca unos pasos de baile a lo John Travolta con su dedito al aire, dedo que parece esperar a recibir el anillo que gira, que no ese otro anillo que una banda de julandrones tardó tres años, once horas y mucho tedio para deshacerse de él.

Aquellos eran los tiempos de clásicos como Flashdance, Grease o Fiebre del Sábado noche entre otras, eran los años de ir a la discoteca a lucirse como un palomo. Para mí fue la época de la discoteca Amnesia, del Pepe McDonald, el Coto, la Wilson, B-52 y otras cuyo nombre ya he olvidado. Varios de mis amigos vienen de esos años, de las charlas en el Pachichi tomando cerveza a precios asequibles para estudiantes para después entrar en la disco sólo a bailar. Nos sabíamos los pioneros de una nueva era. Los ordenadores comenzaban a entrar en las casas, Internet aún estaba por llegar, los multicines eran lo último en tecnología y todo parecía ir sobre ruedas hacia ese futuro en el que tendríamos robots que nos harían casi todo, hablaríamos a los ordenadores y gastaríamos nuestras vidas en sesudas tareas que sólo nuestros evolucionados cerebros serían capaces de ejecutar.

Miro a la chica de la foto y con mucha nostalgia le digo: Keep on dancing!

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The Island – La Isla

Atención: Si no habéis visto The Island os sugiero que no sigáis leyendo porque os puedo descubrir algunos de los inexistentes grandes momentos y desvelar parte de la trama. Quedaros con esta versión resumida sobre mi opinión: A un hijoputa le dan un montón de dinero y hace una mierda de película que aburre hasta a las palomitas de maíz del cine y chimpún.

Mantente lejos de la IslaAhora que ya se puede hablar claramente, lo repetiré por si os queda alguna duda: La Isla es una mierda. Mira que fui al cine con pocas esperanzas de ver algo bueno, después de haber leído y escuchado crítica tras crítica poniéndola de vuelta y media. Tras una hora en la sala, uno sólo quiere marcharse y que acabe la pesadilla. Es tan mala que te hace vomitar tus propias tripas y pisotearlas mientras esperas que alguien avise al 112 y te saquen de allí y te lleven a un hospital en donde pedirás llorando que te corten las partes del cerebro afectadas por este panfleto publicitario infumable.

La cosa empieza muy bien con un refrito de Gattaca, THX 1138, La fuga de Logan y Metrópolis entre otras. Se nota que el hijoputa del guionista se fue al videoclub y se sacó unas cuantas cintas, cogió ideas de aquí y de allí y las mezcló. Todos nos resulta vagamente familiar por supuesto, ya que hemos visto el mismo cine que ese tío. La mayor innovación en esta parte son los tonos blancos de todo y todos muy en plan Apple.

Después de unos minutos comienza el tedio. No saben como desarrollar la trama y el director está negado para mover actores y exprimirlos. Tanto Ewan McGregor como Scarlett Johansson vagan por la pantalla sin saber muy bien lo que están haciendo o por qué lo hacen y eso se nota. Tienen diálogos absurdos que lo único que despiertan es la indignación de quien los escucha. Ponen muecas que ni se ajustan a las expresiones que tienen que mostrar. Es una payasada sin más.

Después de un rato en este plan, con algo malo pero no pésimo, ese cabrón llamado Michael Bay del que aún recordamos con estremecimientos de terror aquel bodrio intragable que fue Pearl Harbor decidió que ya era hora de hacer lo que mejor se le da, que son las escenas de acción sin ton ni son. Así que tenemos más de hora y media de pallufadas hasta el infinito con frecuentes anuncios comerciales de productos que desde ya animo a boicotear. Lo poco que habían dado de sí los actores se va al traste. Ewan McGregor y Scarlett Johansson se la pasan corriendo, salvando la vida una y otra vez en situaciones extremas e imposibles que no cree nadie, en una ciudad del año 2019 en la que todos los coches, casas, ropas y similares son del 2004 salvo los cuatro que aparecen en primer plano. Los persigue por ese mega escenario catastrófico Djimon Hounsou en un papel de puta pena que termina de joder al final cuando le sale el ramalazo de Teresa de Calcuta y decide ponerse del lado de los buenos, demostrando tener un corazoncito que jodió totalmente su papel. El otro malo, su jefillo, era un nulo Sean Bean, con menos músculos en la cara que los que pueda tener una estatua. Su actuación es tan plana que hay veces en las que me parece ver los hilos del muñeco que están usando.

Ewan McGregor y Scarlett Johansson sobreviven a caídas desde lo alto de rascacielos sin rasguños, sobreviven a choques brutales en los que el resto de la basca del coche muere, sobreviven a eso y mil cosas más todo sin despeinarse y casi sin ensuciarse, por no decir que se escaparon de una supuesta isla de super-mega alta seguridad casi sin hacer esfuerzo y saliendo de picnic y durmiendo en unas ruinas que encontraron cerca mientras eran buscados con helicópteros de super tecnología del 2000, aún operativos en el 2019 y pilotados por un equipo de mercenarios de élite más inútiles que el señor rompetechos. Y cuando llegan al final, cuando ya te importa todo una mierda y sólo quieres salir de allí e irte a bañar tu rabia con cerveza, entonces salvan a la humanidad, al universo y a todos los pokemon de la isla y ponen una parodia de la canción de los gemidos de Gladiator mientras una cámara gira como loca sobre todos los pokemon rescatados y todo el mundo se abraza y se chupan las pollas unos a otros entre arcadas y vómitos del público, que corre hacia las salidas para escapar de semejante disparate.

Así que he de decir que coincido con ese ochenta por ciento de críticos de cine norteamericano que han declarado esta película perniciosa para la salud y mala de rematar. A todos aquellos que estáis en mi lista de enemigos, por favor id a verla y que os cunda. Los que sean capaces de bloquear su cerebro y dejarlo descansando en casa, que se arriesguen, aunque les sugiero pegarse un Nolotil antes de ir al cine para minimizar los daños colaterales. Para el resto, ahorraros el sufrimiento. Sobre la puntuación que le he dado, decir que un punto es por Scarlett Johansson que es una belleza y una delicia de mujer y el otro medio punto es por Ewan McGregor, al que a pesar de todo, aprecio. Y para acabar, me gustaría deletrear mi opinión sobre esta película para aquellos que sigan teniendo alguna duda: M-I-E-R-D-A.
gallifantemedio gallifante

Sing, baby, sing!

Sing, baby, sing!

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Hoy ponemos en marcha la máquina del tiempo y retrocedemos a finales de los setenta y principios de los ochenta, cuando la música Disco vivía la edad de Oro y el Pop comenzaba a calentar motores. Para ver las notas sobre la foto os recomiendo que hagáis clic sobre la misma.

La diva que canta no es otra que Diana Ross, o uno de sus múltiples clones con un pequeño defecto de fabricación que los dota de pene en lugar del habitual coño. Hubo algún problema en la factoría y salieron muchísimos modelos con este fallo. A pesar de esa oculta anomalía, el tío cantaba de puta madre y se movía como la Diana. Fijaos en los tipos todos rapados con camisetas rojas y el cabezón entre la niebla, además de la bailarina Go-Gó alzando la mano. Esta es una de mis fotos favoritas de esta serie.

Aprovecho este momento para explicar un poco mis retorcidas raíces musicales que tanta polémica suscitan. Yo me crié escuchando música de la Motown, música negra que traían mis tíos desde Estados Unidos. Así que mientras la tropa aquí estaba super puesta en Gabinete Caligari, la Unión, Mecano y similares, yo lo que conocía eran los discos de Marvin Gaye, Diana Ross & The Supremes, Michael Jackson, Lionel Richie, Stevie Wonder o the Commodores, por nombrar unos pocos. Recuerdo esas colecciones de singles, todos con unas portadas espectaculares en las que unos tíos y unas tías con unos pelucones del quince sonreían con esos pedazo de piños enormes y blanqueados con Blanco Nuclear. Oír esta música marcó mi vida. Aún hoy en día, si he de elegir entre la bazofia actual y cualquiera de esas viejas leyendas, siempre acabo con los clásicos.

El daño fue tan grande que en la actualidad, es decir mismamente en este momento, mi canción favorita es This is my life de Shirley Bassey, canción que he descubierto gracias a los anuncios de la cerveza Amstel Light y que llevo días escuchando sin prisa pero sin pausa.

Vistos los comentarios en algunas entradas de esta bitácora y la forma en la que algunos defienden a esos nuevos grupos que a mí no me dicen nada, supongo que me verán como un viejo dinosaurio caminando entre ellos. Por mi parte, ¡que coño!, que viva Gloria Gaynor, Bonnie Tyler, Queen y todos esos grupos y solistas que hacían una música genial.

Hay más información sobre Amsterdam en la anotación Guía para el turismo en Amsterdam y Holanda y también puedes ver el Álbum de fotos de Amsterdam

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