Monthly Archive for November, 2005

A History of Violence

A history of violenceUn título tan extraño te echa un poco para atrás y te hace plantearte si merece la pena ir al cine a ver algo que probablemente no sea más que un calco de cualquier programa de sucesos de esos que abundan en la caja tonta. Sin embargo el saber que está avalado por David Cronenberg, un director por el que siempre he sentido bastante respeto elimina las dudas de un plumazo.

Hay historias que han de ser contadas de una forma tangencial, que se deben ir desplegando poco a poco hasta que sin darnos cuenta hallamos caído en sus garras y no podamos despegar los ojos de la pantalla. Aquí tenemos una de esas. Comienza como cualquier road movie, con una parejita de delincuentes comunes haciendo de las suyas en algún lugar perdido de los Estados Unidos, uno de esos pueblos en los que el tiempo parece haberse detenido. No vemos como transcurrió la cosa, sólo somos testigos de su resultado. Desde ahí saltamos a una familia típica americana, pareja con dos hijos. Todos felices en sus mediocres vidas, todos con pequeños problemas que les parecen enormes. Y en algún lugar de la línea de su vida algo se tuerce, algo que no debería haber ocurrido en un millón de vidas paralelas pasa en esta que estamos viendo y comienza el Armagedón de esta familia, una espiral de violencia contenida pero insoslayable. Viajamos con ellos en este camino a la perdición y somos testigos de sus desgracias. Nada es lo que parece y todo aquello en lo que habías creído se rompe en pedazos frente a tus ojos.

Llevar a buen puerto una historia rara y con unos personajes que deben ser tan flexibles no es cosa fácil. Hace falta un buen guión, un buen director para que la cosa funcione y unos actores competentes. Esta película lo tiene todo. No sólo David Cronenberg ha logrado que nos la creamos, la interpretación de Viggo Mortensen y Maria Bello como la pareja protagonista está muy lograda. Los vemos en los buenos y en los malos tiempos y siempre creemos en ellos, algo que no siempre sucede. Los secundarios también realizan una tarea soberbia, aportando la profundidad adecuada a sus interpretaciones.

En definitiva, que no todo es cine de palomitas, que también hay cine pensado para gente que quiere disfrutar con una historia, que le apetece adentrarse en territorios ajenos y salir indemne de ellos. Ni se os ocurra ir con esos amigos descerebrados y simplones que todos tenemos, esos que comen, trabajan, beben, follan y ven fútbol. No podrán entenderla. Ir solos o bien acompañados.
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Remeros

Remeros

Remeros, originally uploaded by sulaco_rm.

Un grupo de remeros avanza por el canal entre los veleros. Esto es trabajo en equipo, todos unidos por una misma causa.

Hay más información sobre Holanda en la anotación Guía para el turismo en Amsterdam y Holanda y también puedes ver el Álbum de fotos del Ámsterdam Sail 2005 o el Álbum de fotos de Amsterdam

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Metrosexual

Estás sentado en un local de copas, envuelto en esa emponzoñada capa de humo con la que los fumadores nos bendicen, esnifando ese olor maldito que se adherirá a tu ropa y la volverá inservible, que se pegará incluso a tu alma. Es una noche cualquiera de un fin de semana en Valencia. El local está ambientado con gran culto por el detalle, con carteles luminosos en las paredes que anuncian grupos famosos y otros desconocidos. Las paredes están pintadas en uno de esos colores que no podemos nombrar y mucho menos definir, una mezcla de todos que por alguna razón no produce el negro que en teoría debería ser el resultado esperado.

Bebemos cerveza alemana al ritmo de sones tribales, música con un volumen lo suficientemente alto para que te obligue a gritar si quieres ser oído, lo cual siempre es bueno porque ejercitas las cuerdas vocales y además siempre puedes hacerte el sordo ante las cosas que no quieres responder. La conversación discurre por los canales habituales, esos meandros que tan pronto son transcendentes como vulgares, saltando del coño de aquella a la fascinación y el éxtasis que nos puede exaltar al escuchar sonidos creados por alguien a quien idolatramos. Juntamos nuestras almas en esos rituales de manada que afianzan nuestros lazos con la especie y nos unen a ese todo que no sabemos definir pero que llamamos humanidad.

Estamos allí, en comunión con la especie cuando de algún lugar situado al otro lado del local lo vemos venir. No es ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco, pero exhuma algo anómalo que nos vuelve suspicaces desde el primer instante. Sus andares de geisha patosa lo delatan, esos movimientos de ánsar borracho fruto de mover los pies sin levantarlos del suelo, avanzando como cualquier muñeca de Famosa camino del portal. Acompaña dichos meneos con el agitamiento de las manos, un meneo alocado y similar al que hacía la gente al bailar en los felices veinte, aquella época dorada que sucedió el siglo pasado y de la que tanto se ha hablado en cine y que sin conocer añoramos.

Dejas de prestarle atención cuando una de esas hembras de rompe y rasga entra en el local, una de esas mujeres que son guapas hasta con el uniforme de cajeras de hipermercado, una chica que además lo sabe y que folla con quien quiere y cuando quiere, aunque al final se dejará llevar por la tontería y acabará con cualquier bruto descendiente del cerdo que le amargará los días y le destrozará la belleza a golpe de disgusto. Estas mujeres son estrellas fugaces, tienen una belleza efímera que además las ciega y las hace creer que conquistarán el mundo. Por desgracia, su autosuficiencia y su fe en que nada les puede ir mal las llevará por mal camino y acabarán con esos hombres, esas bestias que se cruzan en sus vidas y que nadie sabe muy bien por qué eligen. Son las ironías de la vida. Ellas lo podrían tener todo si quisieran y terminarán en el desguace de la sociedad como resultado de su propio destino, que está desde el principio torcido.

Cuando su instante de gloria ha pasado retomamos la conversación donde la dejamos y al rato vuelve a pasar aquel que lleva andares tan raros. Esta vez me fijo en sus zapatos, deportivos y de último modelo, planos y con descarados colores. Los arrastra cansinamente en su extraño caminar. Su pantalón es de diseño, roto en lugares casuales e imposibles, perfecto en color y forma y descuidadamente colocado para que parezca que se está cayendo aunque nunca alcanza a tocar el suelo. Esos pantalones llevan mucha tecnología encima y duran una temporada, el tiempo en el que pasan de ser fantásticos a vulgares, porque la moda es cruel y no permite que las ropas crucen el umbral de las temporadas. Es la maldición consumista de nuestro tiempo. En la antigüedad uno podía estar con los mismos harapos media vida y ahora nos vemos impelidos a renegar de ellos tras unos meses, a saltar al ruedo del consumo y equiparnos una y otra vez con prendas que usaremos unas pocas veces. Modas tan extrañas que nos fuerzan a comprarnos cosas de marca y a tapar después esta con chapas para no sentirnos avergonzados mientras justificamos con nuestros colegas que en realidad hemos comprado esa ropa porque es de mejor calidad y nos gusta más su diseño. Esto lo decimos mirando hacia la chapa que cubre el cocodrilo del jersey de nuestro interlocutor, chapa que lanza su proclama inconformista y exótica al espacio: yo te saludo, María.

El chaval no lleva cinto, accesorio totalmente fuera del circuito fashion actual y condenado a ser usado por viejos y descastados como un servidor, que le siguen viendo utilidad. La ausencia de este complemento cuya misión es la de sujetar el pantalón en su sitio se nota en la caidita del mismo, en ese ombligo al aire que parece la puerta por la que podemos entrar a otra galaxia.

En sus manos carga unas copas de colores extraños, líquidos de diseño cuya existencia es tan fugaz como la de la ropa y que reciben nombres distintos en cada ciudad. En su cara muestra el esplendor máximo del metrosexualismo, una cuidada barba recortada al milímetro y teñida de pelirrojo, barba exactamente del mismo tamaño que el pelo que puebla su testa, el cual tiene el mismo tono de color. Su apariencia es la de un pervertido monje medieval que ha caído en los brazos del maligno. Sus ojos ligeramente pintados y sus impecables manos lo sitúan en la órbita de esos que han forjado el legendario grupo de los metrosexuales. Sin embargo, su camiseta de diseño lo expulsa de entre esa elite. Cayendo desde sus hombros con un descuidado toque perfeccionista, pasea con orgullo una leyenda que dice: Yo la chupo. Está escrito en cristiano y en alemán, o al menos eso deduzco al asimilar el mensaje en mi idioma. Es por esa camiseta que podemos gritar al cielo algo que ya nos temíamos desde el principio:
Metrosexual NO, julandrón de mierda.

Camino de Sudáfrica

Al final ha tenido que pasar. Cuando leáis estas líneas yo estaré cruzando los cielos de Europa y África. Los próximos días los pasaré en algún remoto lugar de Sudáfrica trabajando, un sitio llamado Richard’s Bay situado en el medio de la nada. Espero tener oportunidad de hacer millones de fotos y disfrutar por allá abajo.

Como afro-europeo que soy, es para mí un honor y un privilegio el pisar el continente que tan cerca está de donde nací. Os he dejado escrito varías cosillas y si es posible continuaré escribiendo desde allí, así que no tenéis que preocupaos.

No seáis malos y portaos bien.

Putas sucias y rastreras

Heme aquí de nuevo en la difícil tesitura en que me pone mi proverbial capacidad de observación y mi locuacidad más propia de un pescadero. Desde ya aviso que todo lo que aquí se especula ha sido verificado siguiendo rigurosos métodos científicos y como cualquier trabajo de campo que se precie, está sujeto a errores fruto de la muestra en la que se basa. Aquellos o aquellas que se sientan aludidos pueden contener su ira y reservarla para mejores empresas ya que esta batalla la tenéis perdida de antemano. No soy yo quien se deja convencer por verdades ajenas y renuncia a la propia. El tiempo y la mala leche me han moldeado así y ahora es muy difícil el poder cambiar algo tan básico.

Tras el título de esta anotación, Putas sucias y rastreras, el cual quiero repetir en este momento para que nos quede claro que no estamos hablando de asuntos críticos para la seguridad nacional, se enmascara una raza de mujeres de dudosa virtud y aún menor caridad. Estamos hablando de una especie que no sólo no está en peligro de extinción sino que se expande peligrosamente y contamina todo lo que toca, provocando la ira y el rencor de aquellos ciudadanos comunes que como yo sólo aspiramos a una vida simple y sin problemas en la que todo suceda como estaba previsto.

La primera vez que en el cáliz de mi espíritu se condensó este pensamiento fue en una parada de guagua (o autobús para aquellos que desconocen esta palabra). Estaba yo esperando que llegara el transporte púbico y había otras personas en la parada. La última en llegar fue una maruja de patio de verduleras. Una holandesa de esas de pelo rubio pajoso con una ralla negra pintada alrededor de los ojos para asustar al prójimo y con un hocico de malaje que me obligaba a cantarle aquello de mala, mala, mala eres mientras palmeaba y las otras personas que estaban en la parada me hacían los coros. La tal señora, si es que le podemos otorgar dicho calificativo se colocó al final de la cola y cuando apareció en el horizonte la guagua se adelantó a codazos rompiendo la fila y apoderándose de la primera posición. Los hombres que allí estábamos y la señora que esperaba pacientemente sentada le echamos una mirada reprobatoria que por supuesto se la trajo bien al fresco, resbalando por su asquerosa jeta. Cuando se abrió la puerta y pudimos acceder al vehículo, ateridos como estábamos ya que aquí arriba el rigor invernal no es algo teórico sino que ha sido fehacientemente probado y sufrido, la interdicta entró y entonces comenzó la segunda fase de la maldita y asquerosa actitud que la ha hecho merecedora del calificativo de hoy. Todo el mundo en la parada tenía su bono preparado o en su defecto llevaba el dinero en la mano, todo el mundo menos ella. Al entrar se detuvo frente al conductor, se quitó los guantes, tranquila y cuidadosamente abrió su bolso y comenzó a rebuscar entre toda la mierda que llevaba su monedero. Nosotros mientras tanto esperábamos fuera sujetos a las inclemencias del tiempo e impotentes ante tamaña desfachatez. Al encontrar el lugar en el que guardaba sus monedas, ese putrefacto dinero con el que espero la entierren, lo sacó y comenzó a juntar unidades de uno, dos y cinco céntimos para completar el euro y sesenta céntimos que le costaba el billete. Fue una operación infinitamente larga y que agotó la paciencia de todos. La hija de puta es que no sabía ni contar. Seguía acumulando monedas y cuando ya estábamos cerca del final se le acabaron, a falta de unos escasos tres céntimos. La maldije al compás de mis compañeros de batalla, maldita seas una y mil veces, maldita seas entre todas las mujeres pero a ella no le importó ya que vive por este tipo de momentos y sabía desde el comienzo que no tendría suficiente. Se guardó las putas monedas y volvió a comenzar a contar, esta vez utilizando monedas de diez, veinte y cincuenta céntimos. El conductor reflejaba en el iris de sus ojos el odio y el asco que todos sentíamos por ella en aquel momento. Por intentar, incluso trató de entablar conversación con el hombre para alargar su momento de triunfo, aunque este no se dejó embaucar y la despachó para el interior. Toda su operación tomó un par de minutos. El resto cedimos el paso a la señora y entramos en unos segundos.

Leyendo el párrafo anterior tendríais que haber adquirido una buena idea del tipo de hembras que reciben dicho título. Os las podéis encontrar en cualquier lado, en la cola del supermercado, en tiendas o al ir a comprar un billete de tren en una máquina. Siempre se comportan de la misma forma y siempre lo hacen con plena consciencia, ya que su acto de maldad no es aleatorio ni gratuito sino de esos que fuerzan a confesar el pecado y son punitivos, penitencia que en su caso no sería otra que la de reventarse el cabezón a hostias contra un muro de hormigón.

Además de existir como entes aislados, las putas sucias y rastreras actúan en manadas. El día que me crucé con la que ha motivado esta anotación subieron un grupo a la guagua, una en cada parada, porque se comunican entre ellas y se sincronizan para maximizar el daño y su particular gozo. Cada una de las que se subía lo hacía siempre en primer lugar y en todas las ocasiones jodía a los que esperaban fuera y a los que esperaban dentro retardando a postas algo tan sencillo como puede ser el usar un transporte público. Huelga decir que ha sido el viaje más largo de los que he hecho hasta ahora y también el que más me ha encabronado. Ellas se reían a carcajadas y parloteaban planeando su siguiente movimiento cuando llegaran al centro de la ciudad porque tenían claro que aquel día iban a joder al prójimo.

No puedo estimar cuantas de estas malas bestias existen entre la población pero considero que son más de las que deberíamos tolerar. No existen mecanismos de defensa ante estos bichos, salvo la paciencia y el mal de ojo, que no funciona tan bien como a uno le gustaría. Tampoco he visto (aún) la versión masculina de estos seres, pero seguro que los hay.

Así que quiero advertirlos contra ellas y quiero que quede constancia en este anodino diario que os he visto y os he reconocido y sé muy bien lo que hacéis. Y sabed que recordaré vuestras caras y os acusaré ante el altísimo y pagaréis por todo lo que habéis hecho. Y rezaré para que vuestra maldita estirpe se agote en su propia saña y acabe revolcándose en los fangos de la ignominia. He dicho.

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Ancla

Ancla

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Uno necesita puntos fijos para tener cierta estabilidad. La foto de hoy es de un ancla. Al igual que nosotros, los barcos tampoco se pueden mantener estables por sí mismos y buscan la ayuda de agentes externos. Para ello está el ancla. Este ancla es de alguno de los cientos de barcos que visitaron Ámsterdam durante el Sail 2005.

Hay más información sobre Holanda en la anotación Guía para el turismo en Amsterdam y Holanda y también puedes ver el Álbum de fotos del Ámsterdam Sail 2005 o el Álbum de fotos de Amsterdam

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Match Point

matchpointWoody Allen es uno de los pocos directores americanos que hacen lo que quieren y quizás por eso no se le respeta lo suficiente en su país. Sus películas no están dirigidas a los típicos quinceañeros descerebrados ni a la generación del chimpún. Es cine en el que el guión es el eje sobre el que giran unos actores que procuran dar lo mejor de sí mismos. Como nunca ha hecho grandes esfuerzos para que sus películas recauden cientos de millones ahora lo tiene muy crudo para conseguir financiación en los Estados Unidos y ha terminado recurriendo a Europa para financiar su cine. Este hombre es además bastante prolífico y cada año vuelve a las pantallas con una película. Esperemos que pueda seguir haciéndolo durante mucho tiempo porque es una brisa de aire fresco en la emponzoñada nube del cine actual.

Match Point es la bola que decide un partido de tenis, es la diferencia entre ganar y perder. En esta película se habla de tenis, se habla de juego y se habla de ganar y perder. Es el juego de la vida. Está ambientada en la elitista alta sociedad londinense, gente acostumbrada a ir a la Ópera, a acudir a exposiciones y a ver como sus errores son subsanados por papuchi y mamuchi. En Match Point un joven entrenador de tenis conoce a una niña rica y termina enamorándose de otra pobre. Debe decidir entre mantenerse entre los ricos y ver como su vida mejora para siempre o elegir el amor y un futuro incierto. Esa será su bola de partido.

Como en todo el cine de Woody Allen, los guiones son esenciales. Aquí no hay grandes efectos especiales, no hay persecuciones espectaculares ni similares. Hay momentos cotidianos vistos desde la óptica de este hombre. Los diálogos son afilados y las escenas se suceden sin pausa llevándonos en volandas hacia un final en cierta forma inesperado. Para hacer todo esto creíble hacen falta buenos actores, algo en lo que este director no ha tenido problemas jamás. Prácticamente nadie se resiste a su llamada. Todos saben que no habrán grandes salarios, que no alcanzarán grandes audiencias pero también que podrán ejercer su profesión y mucha gente se fijará en ellos. Entre los cuatro jóvenes protagonistas resaltan Scarlett Johansson y Jonathan Rhys-Meyers. La primera es tan jodidamente hermosa que te duele mirarla y ella es consciente de esto. Encandila a la cámara en todos sus planos, juega con los espectadores y trata de enamorarnos continuamente. Además es que se pasa media película fornicando y eso mola. Jonathan Rhys-Meyers se sabe un chico con suerte y trata de aprovecharla al máximo, follándose todo lo que se mueve y tiene papaya, que en este caso son las dos protagonistas. Los otros dos, la esposa de este interpretada por Emily Mortimer y su hermano sólo pueden seguirles el juego. Tendré que volver a ver la película en su versión original, porque la traducción al español machaca los acentos y aquí tenemos un chico irlandés, dos jóvenes de la alta sociedad británica y una joven americana. Es una pena que al traducir todos hablen español de la meseta, perdiéndose todo el encanto de las diferentes entonaciones.

A estas alturas ya todos tenemos muy claro si nos gusta este tipo de cine o no. Los que prefieren las palomitas, gritos, móviles sonando y las putitas de barriada con la minifalda por encima de las bragas, mejor os quedáis en casa u os gastáis el dinero en otra cosa. El resto, aquellos capaces de apreciar el buen cine deberíais haberla visto ya.
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Policías criticando

Policías criticando

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Me pregunto a quien estaban despellejando estas dos. Por la foto se ve que era alguien conocido por ambas y que a los caballos no les interesaba en absoluto la conversación. Mientras ellas andan distraídas, son los caballos los que parecen estar controlando a la multitud y vigilándonos atentamente.

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Creando hogar

Bueno, como no dejáis de preguntar, he aquí una nueva actualización sobre el estado de mi casa, aunque hay poco que contar. La cocina está casi operativa. Las cosas están en posición y todo salvo el lavavajillas funciona. La razón para la falta de operación de este último no es otra que la ausencia de algún tipo de anillo mágico que va en la conexión de dicho trasto con el desagüe y que el señor que realiza las obras no puede poner hasta dentro de unos días. Los azulejos ya están comprados y con un poco de suerte y Dios mediante estarán en su posición definitiva antes de que me vuelva a España por Navidad. El hombre que me está trabajando está oficialmente retirado y hace esto como hobby. A pesar de ello trabaja cinco días a la semana y está muy solicitado. Si es lo que yo pienso, que la cagué hasta el fondo al hacerme teleco e informático, unas mierdas de profesiones sin futuro. Me tenía que haber dedicado a labores manuales que dan más dinero, más prestigio social y encima te sirven hasta para ganar guita una vez te retiras.

También antes de esa importante fecha se habrá completado el reemplazo del calentador que sirve tanto para la calefacción centralizada como para el agua caliente, CV-Ketel que se llama por aquí y que seguro que tiene un nombre que yo desconozco en nuestra idioma, ignorancia la mía fruto quizás de haberme criado en las Canarias, un paraíso en el que esos lujos no son necesarios.

Un día antes de mi irremediable vuelta al hogar por Navidad debería llegar la cama, ese lugar en el que a partir de enero pasaré un tercio de mi vida y que espero me dure bastantes años. La elección de la cama tuvo tela. Creo que he visto todas las tiendas de Utrecht y no exagero y si no, preguntarle a mis padres, que estaban hasta los mismísimos. Mi padre desde la segunda me decía que esa era perfecta y que fuera a pagar pero yo no desfallecí y seguimos haciendo kilómetros a la búsqueda del tálamo adecuado. Pagas una fianza y el resto después de que te la han puesto en el hogar, lo cual sucede ocho semanas más tarde si está de Dios. Unos días más tarde me dijeron que el color maravilloso que había pedido ya no estaba disponible en la fábrica, oficialmente en Suiza aunque me temo que esto es puro cuento y que seguro que viene de china. Tuve que volver a la tienda y elegir un nuevo color, aún más maravilloso que el primero. Espero que los visitantes que tengan a bien el pasar por mi casa el año que viene muestren la dignidad suficiente para arrodillarse ante mi cama y besarla, que la pobre bien que se lo merece.

Aún tengo que encontrar el baño que vaya a juego con mi hogar, cosa no sencilla y aún más complicado será encontrar al especialista en demolición y recreación de baños. Yo casi que prefiero que los mismos que me vendan las piezas me las instalen y pagar por un servicio completo. Me da a mí que no me meteré en estos berenjenales hasta Enero por lo menos, que imagino que cuando hagan el baño mi casa será zona de guerra total.

Otro aspecto que sigue pendiente es el de las lámparas de la planta baja. Cada rincón tienen su luz y es muy difícil dar con ella. Temporalmente he puesto las lámparas más cutres y baratas de Ikea, hasta que consiga dar con esos detalles luminosos que me convenzan y enamoren. Necesitaré al menos dos lámparas de techo y una o dos de suelo y mesa, además de la luz de la cocina, la cual no me preocupa enormemente porque ese es un espacio funcional y seguro que doy con algo rápidamente.

Sobre mi cocina decir que todos los intelectuales que hasta ahora han tenido el honor y el privilegio de verla se quedan sin palabras, abobancados. Todo el mundo se esperaba algo chichón y risquero, más del estilo del que escribo y en su lugar se encuentran con un lujo María de esos de quedarte con la boca abierta. Hay mucha ingeniería por detrás de ese diseño, muchas decisiones críticas que fueron tomadas en milisegundos, muchas comprobaciones para elegir la madera adecuada, combinarla con el pollo de la cocina y demás. Está tan bonita que me planteo el hacer una más gitana en el cuarto de las bicicletas y dejar esta para museo y para hacerme cada año la foto oficial de la postal navideña, porque se merece ser enviada en postales.

Otros muebles también están llegando a la casa según los encuentro y ahora estoy a la busca y captura de una mesa estilosa, algo de madera con aplomo, diseño vanguardista y unas sillas de decir ¡Ooooohh! Si además va a juego con mi iBook más que mejor. El sofá del salón también será sacrificado en aras del progreso. Dejaremos atrás este cutre sofá de Ikea que tan bien nos ha servido durante los últimos cinco años y en el que tantos de vosotros habéis dormido y lo sustituiremos por uno que esté a la altura de mis gustos.

Un detalle que llama la atención de los visitantes es la enfermiza ausencia de cuadros o cualquier objeto colgado de las paredes. No me van. Me gustan desnudas, sin nada colgado y así es como van a seguir por mucho tiempo. Por no haber no hay ni espejos, salvo el de la entrada, ese que tantos me han pedido que elimine.