Nudos marinos en el Club de las 500
Esta es una de esas fotos que recibe multitud de visitas. Parece tener su encanto el buscar información sobre Nudos marinos. Hoy le damos la bienvenida en el Club de las 500
Esta es una de esas fotos que recibe multitud de visitas. Parece tener su encanto el buscar información sobre Nudos marinos. Hoy le damos la bienvenida en el Club de las 500
Este relato comenzó en La mensajera
Es curioso como reaccionamos ante las desgracias ajenas. Nuestra curiosidad nos puede y siempre queremos verlo todo con nuestros ojos, queremos ser testigos y dar nuestra opinión, aunque a la hora de la verdad no hagamos nada. Somos espectadores natos, mirones a los que la desgracia ajena atrae más que nada.
Con los gritos y los avisos se disparó ese sucio instinto de la gente que estaba en el centro comercial. El corrillo alrededor de la mujer caída iba en aumento pese a los esfuerzos de los agentes de seguridad, que intentaban convencer a los clientes para que se fueran a otro lado. La chica estaba bocabajo. Nadie la había movido. La ambulancia llegó pasado un rato. Comprobaron que estaba muerta, que no se podía hacer nada por ella. A su alrededor decenas de teorías eran formuladas por expertos instantáneos en el tema, gente que con un solo dato, el de la mujer muerta, montaban su teoría de la conspiración, veían sus peones negros y blancos y los movían por el tablero de la vida. Solo una persona en todo el centro comercial no parecía interesada. Ni siquiera estaba en esa planta. Mientras esto sucedía una mujer arrastraba a su hija en dirección opuesta. Iban contra corriente, aunque pasados unos metros ya nadie parecía saber lo que en esos instantes acontecía en la planta baja y se dedicaban a sus compras habituales, a mirar escaparates y probarse ropa que seguramente no comprarían.
La niña lloraba desconsoladamente. No ofrecía mucha resistencia a su madre pero tampoco cesaba su llanto. En la mano libre tenía un par de bolsas que arrastraba por el suelo. En un momento dado se pararon. La mujer se puso frente a su hija y cogió un pañuelo de su bolso para obligarla a sonarse. La chiquilla lo hizo. La tensión entre ambas era palpable.
- ¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué le has dicho eso a la joven? ¿Qué es lo que te pasa? — le gritó la madre.
- Yo no lo hice. Yo solo le dije lo que me dijeron las luces. Yo no quería que le pasara nada. Yo solo quería ayudarla — respondió la niña llevándose las manos a los ojos mientras seguía gimoteando. Su respiración aún era agitada. Algunas personas las miraban con curiosidad al pasar pero seguían su camino sin más. Ver a una madre reprender a su hija no es algo extraordinario. Sucede todos los días, en todos lados. Forma parte de nuestra vida.
- Y deja de hablar de luces. No hay ninguna luz. Deja de decir mentiras. Me estás asustando.
- Si hay luces. Yo las vi. Vinieron y me hablaron. Son muy bonitas, como fuegos artificiales que lanzan chispas. Yo las vi — confirmó la niña.
- No. No las hay. Basta ya. Déjalo. Se lo voy a decir a tu padre. Hoy te has pasado, has ido muy lejos — le reprendió la madre.
- Pero …
- Pero nada. Déjalo ya. Nos vamos.
La mujer volvió a agarrar a su hija del brazo y cuando comenzó a tirar de ella la niña se quedó completamente quieta, como absorta, con la vista clavada en algún lugar perdido. Ella intentó moverla pero sin éxito. Le gritó para que se pusiera a andar pero la niña no parecía estar escuchando, parecía estar ida. Tras unos instantes una chispa volvió a lucir en sus ojos y empezó a llorar con más fuerza.
- ¿Y ahora qué? ¿Qué te pasa? Muévete que nos vamos, deja de comportarte como un bebé.
- No. No. No. No quiero. No quiero. Dejadme en paz. Marchaos. No quiero hablar con vosotros. Marchaos ya — decía la niña hablando con alguien que no estaba allí. La madre miraba a su alrededor desconcertada, sin saber que hacer. Una mujer la miraba con el gesto fruncido, seguramente pensando lo mala madre que era, lo mal que estaba tratando a la niña. Ella no sabía que hacer, no sabía como reaccionar. Era un mal día.
- Vamonos. A casa. Ahora — trató de razonar con su hija. Trató de convencerla para que reaccionara y se pusiera en marcha.
- No mamá, mejor nos quedamos aquí. No quiero irme. No quiero que nos vayamos — gritaba la niña bastante alterada.
- ¿Por qué? ¿Qué te han dicho esta vez?
- Nada. No me han dicho nada — mintió la niña.
- Entonces nos vamos.
- No. Nos quedamos aquí. No podemos salir.
- Ya está. Ya tengo suficiente. Vamos — y arrastró a la niña hacia uno de los ascensores que llevaban al aparcamiento. La empujó hacia el interior y bloqueó la puerta para que no pudiera salirse. La chiquilla forcejeaba y lloraba intentando escaparse. La puerta se cerró y la madre respiró aliviada.
- Vas a morir mamá. Vas a morir. Me han dicho que al llegar al garaje morirás, que te dará un infarto. Han venido a buscarte. No quiero que vayamos al coche. No quiero — gritó la niña.
El ascensor volaba hacia su destino. La mujer miró a su hija asombrada mientras bajaban y sentía un hormigueo en el estómago. Intentó pulsar el botón para detener el ascensor. Lo intentó. De verdad que sí. En algún lugar dentro de ella algo se rompió. Nunca llegó a hacerlo. Su hija fue lo último que vio mientras caía en el piso del ascensor y la puerta se abría en el garaje. Entonces pudo ver las luces.
Este relato continúa en Un marido abatido
Este es el fondo de escritorio más popular de mi colección. No ha tardado mucho en conseguir su puesto en el Club de las 500. La foto la hice el año pasado cuando visité el Keukenhof.
Este relato comenzó en La mensajera
Había pasado un rato pero aún seguía con la impresión del suceso que habían presenciado anteriormente. La niña parecía más tranquila y había dejado de llorar. Ambas llevaban bolsas con las cosas que compraron, ropa y algo de maquillaje. Las rebajas incitan al consumo de quienes se dejan atrapar por ellas. Vas a una tienda con una idea muy clara de lo que quieres y sales posiblemente con un montón de cosas que no necesitas y sin aquello que buscabas. Le pasa a todo el mundo.
Entre la multitud del centro comercial te vuelves un desconocido. Nadie te mira, nadie te presta atención más allá de un instante y puedes moverte libremente. Ahora que terminaron de comprar subieron a la planta alta, a la zona de bares y restaurantes. Se sentaron en una cafetería que siempre está llena, con mucho movimiento y una falsa terraza en el exterior, en la amplia avenida cubierta de la galería. Pidieron chocolate con churros y la madre empezó a mirar las cosas que llevaba en las bolsas y enseñarle a su hija las que eran para ellas. Ambas parecían felices y despreocupadas pero no era así. La madre seguía dándole vueltas a la acción de su hija, seguía sin llegar a comprender como la niña había señalado al hombre, le había dicho que iba a morir atropellado y un poco más tarde así sucedió. Estas cosas no suceden en el mundo corriente. Esto es cosa de películas y relatos pero no te pasan a ti. Pero sucedió. Ella lo había presenciado. Lo podía negar tanto como quisiera y tratar de olvidarlo aunque había un hombre muerto de por medio. Una vida sesgada.
Al poco llegaron los churros y el chocolate y ambas se lanzaron a comerlos. Los agarraban con una de esas pequeñas servilletas que ponen en las cafeterías y que siempre tienen el nombre y la dirección del local. Si te paras a pensarlo no es algo que sirva de mucho porque nadie se las lleva para llamar más tarde y preguntar algo. A una cafetería se entra, se come y te vas. No le das más vueltas. Los churros estaban muy calientes pero eso no las detuvo. No hablaban. De cuando en cuando miraban hacia una televisión colgada del techo en la que daban vídeos musicales. Pronto no quedaron churros y la niña se acabó también su chocolate.
– ¿Quieres más churros? — le preguntó la madre
– No, ya estoy llena. Estaban riquísimos. ¿Podemos comprar golosinas en esa tienda? — y señaló hacia un local justo enfrente especializado en gominolas y frutos secos.
– Sí, ahora cuando pague vamos. No, mejor aún, si quieres vete tú primero y así vas eligiendo lo que quieres. Yo voy en un segundo.
La niña sonrió y salió disparada hacia la tienda. El camarero ya estaba en camino con el pequeño plato en el que traen la cuenta. Ella sacó el monedero, rebuscó entre las monedas y pagó dejando un poco de propina, lo justo. Tres céntimos. Como decía su hermana, eso es un duro de los de antes. A ella nadie le daba propina por su trabajo y si alguien la merecía era ella. Continuamente lanzaba miradas hacia el local donde se encontraba su hija para asegurarse que no se marchaba. Cuando ya se levantaba vio que se había echado a llorar y se echaba las manos a los ojos. Agarró las bolsas y cruzó la distancia que las separaba, que no era mucha. Entró en el local y la niña lloraba mientras una mujer trataba de calmarla.
– ¿Qué te pasa mi amor? ¿Te han hecho algo? — le preguntó la madre sin prestar mucha atención a la mujer que estaba junto a su hija. La chiquilla negó con la cabeza mientras gimoteaba y aspiraba los mocos. Parecía desolada, mucho más mayor de lo que realmente era. Se giró hacia la mujer y le preguntó:
– ¿Usted vio lo que le ha sucedido?
– No. Yo estaba comprando cuando he visto que la niña se echaba a llorar y como miraba hacia mi he venido a ver que le pasaba — dijo la desconocida, una chica rubia y bastante atractiva de aspecto cuidado y una melena preciosa.
En eso la niña señaló hacia la mujer mientras aún seguía llorando
– Ella también, mamá. Ella también. Es la hermana. Ella es la hermana — dijo mientras se echaba a llorar nuevamente.
– ¿Qué dice su hija? ¿a qué se refiere?
– A nada. Cosas de niñas. No le haga caso — estaba perdiendo el color y solo le apetecía salir de allí dentro lo antes posible y marcharse a casa. Aquel día se había convertido en una pesadilla que quería terminar.
– No mamá. Es la hermana. Ella es la hermana del señor que murió atropellado. De Arturo.
Ahora la que puso cara de sorpresa fue la desconocida. Primero las miró extrañada y después, poco a poco fue torciendo el gesto.
– ¿Qué sabe ella de Arturo? ¿Por qué conocen a mi hermano? ¿Acaso esto es un juego o una cámara oculta? — preguntó un poco alterada.
– No sé de donde ha sacado mi hija ese nombre. Se está refiriendo a un hombre que nos cruzamos hace un rato. Después de hablar con nosotros salió al aparcamiento a buscar su coche y lo atropellaron. Murió allí o al menos eso decían los de seguridad. Nosotros lo vimos en el suelo.
– Sí se llamaba Arturo. Arturo Pérez. Como ella. Ella es su hermana. Ellos me lo han dicho — dijo mientras la señalaba con el dedo.
– Esta es una broma de muy mal gusto — les gritó perdiendo la compostura. Sus ojos comenzaban a volverse acuosos. Estaba a punto de echarse a llorar. También se podía notar por el tono en falsete de su voz. Se dio la vuelta y se marchó corriendo sin volverse a mirarlas.
– ¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué has dicho eso? — le preguntó la madre con un tono de voz un poco enfadado.
– Porque las luces me lo han dicho —Se echó a llorar de nuevo y entre sollozos dijo — Las luces dicen que ella también va a morir ahora, que han vuelto para recogerla.
La madre miró horrorizada hacia su hija. No se podía creer lo que estaba escuchando. Debía estar soñando, esto no podía ser real. Pero justo en ese instante se comenzaron a oír gritos que llegaban desde abajo, gente pidiendo una ambulancia, otros simplemente dando órdenes y exigiendo a los mirones que se apartaran. Agarró por el brazo a la niña y fueron a las escaleras. Desde arriba podían verlo todo. En la planta baja, tirada en el suelo estaba la mujer con la que habían hablado hasta hacía unos momentos. Estaba de espaldas. A su alrededor se congregaba una muchedumbre curiosa. La niña volvía a llorar.
Tiró de su hija y se volvió para buscar las escaleras que estaban en el otro extremo del centro comercial. Ella también lloraba, en silencio.
Este relato continúa en Hazle caso
Otro molino de viento que llega el Club de las 500. En esta ocasión es el Molino de viento van Piet ubicado en Alkmaar, una ciudad al norte de Amsterdam famosa por su mercado del queso, el cual se celebra entre abril y septiembre los viernes de 9 a 12 de la mañana y un evento que vale la pena ver. El Molino de viento van Piet se puede visitar por dentro.
Un solo dedo lo señalaba. Era el dedo de una niña de siete u ocho años. Se mantenía fijo en él y acaparaba la atención de la gente que pasaba a su lado porque estaba acompañado de un grito constante y agudo. Era una tarde de verano, de esas con calor pegajoso y desagradable que te invita a permanecer en casa o en algún lugar con aire acondicionado y mantenerte lo más lejos posible del exterior, por eso estaba en un centro comercial, los nuevos templos dedicados al consumo que han crecido como setas por todas las ciudades y en los que las hordas de clase media malgastan sus vidas.
La chiquilla llevaba un vestidito rosa que le llegaba hasta un poco por debajo de las rodillas y unos zapatos blancos con calcetines del mismo color. En su mano, esa con la que lo señalaba, tenía unas pulseras con cuentas como las de los hippies, hecha con algún juego para crearte tus propios abalorios y que supuestamente estimulan la creatividad de los niños. De nada sirve tanta estimulación si después los aparcas delante de una televisión durante horas para que no te molesten.
La madre volvió corriendo del escaparate donde estaba mirando ropa y le lanzó una mirada asesina preguntando a la niña que le había hecho el hombre malo. La chiquilla se lanzó en brazos de su progenitora. No era un bebé o un niño pequeño incapaz de articular sus pensamientos, era una niña que ya debería saber leer y escribir y que podía hablar perfectamente. En lugar de hablar seguía llorando y llorando. Su madre volvió a fijarse en el hombre, de alrededor de cuarenta años, bien vestido y algo nervioso. Se frotaba las manos continuamente y se veía que estaba por marcharse y dejarlas allí.
Tras lo que pareció una eternidad la niña volvió a señalarlo con el dedo y lo dijo:
– Este señor va a morir hoy — A los dos adultos les cogió el mensaje por sorpresa. Él se esperaba otro tipo de acusación que sabía falsa y por eso se había puesto tan nervioso y ella también creía que los llantos eran por algún tipo de abuso.
– ¿Qué dices María? ¿Quién te lo ha dicho? ¿Cómo lo sabes?
– Unas luces muy bonitas que estaban a su lado. Va a morir hoy. Lo van a atropellar. Las luces han venido a buscarlo para llevarlo hacia otro lugar.
La sorpresa en las caras de la madre y el hombre eran evidentes. Él comenzó a relajarse, dejó las manos caídas y una pequeña sonrisa comenzó a romper la seriedad de su rostro. Ya nadie parecía prestarles atención.
– María, me has dado un susto de muerte. Discúlpate y vamos — dijo la madre.
– No se preocupe señora, son cosas de niños — le dijo y se volvió para marcharse.
La chiquilla y la madre se quedaron mirándolo mientras andaba por la galería en dirección a la salida. Llegó a la puerta principal y salió al aparcamiento. Seguramente aún iba pensando en lo que acababa de sucederle, riéndose de aquella bobería. Su coche estaba en la segunda o la tercera fila hacia la derecha, no muy lejos de la puerta. Aún tenía la sonrisa tonta en la boca cuando recibió el golpe. No lo vio venir. Fue un impacto limpio, que lo lanzó por el aire y al caer se golpeó la espalda contra el capó del vehículo. Su cuerpo adoptó una posición extraña, anómala. El coche frenó bruscamente. Era un Opel azul metálico tuneado, con las ruedas más grandes que el modelo original y alerones por todos lados. De su interior salía una música machacón a un volumen demasiado alto.
El hombre quedó tirado en el suelo mientras un pequeño río de sangre se comenzaba a formar. Los de seguridad corrían hacia el lugar hablando por sus emisoras, informando de lo ocurrido. La gente corría también y una señora que estaba muy cerca con su carrito de la compra gritaba histérica. El conductor era poco más que un niño, con el pelo cortado de forma extraña y mechas rubias. En su cara resaltaba un piercing en una de las mejillas y un tatuaje asomaba por su cuello. Del asiento del acompañante salió una chica que estaba a punto de comenzar a llorar. Su aspecto era el de una barbie indecente y deformada, falta de ropa y sobrada en carnes. Iba demasiado maquillada.
Los ojos del hombre se volvían vidriosos por momentos. Los de seguridad le tocaron el cuello para ver si tenía pulso. Por la cara del que lo hizo todos supieron que estaba muerto. El joven se echó a correr dejando su coche y a todo el mundo allí. Aullaba mientras lo hacía. Su chica se mordía las uñas al lado del cadáver mientras un río de lágrimas le estropeaba el maquillaje y le daba el aspecto de una muñeca sucia.
La mujer con la niña salió al exterior y vieron la multitud agolpada en torno al cuerpo y el coche. Ella ya sabía quien estaba allí pero necesitaba verlo con sus ojos. Se abrió paso y cuando por fin pudo ver a la persona atropellada reconoció al hombre al que su hija había señalado. No se dio cuenta que aún llevaba a la niña de la mano y que ella también lo estaba viendo todo. La madre se cubría la boca con su mano libre. La hija lloraba silenciosamente. La niña vio algo que los demás no pudieron ver, las mismas luces que le habían dicho lo que iba a suceder y que ahora revoloteaban alegremente en el lugar. En lugar de tres eran cuatro. Hicieron círculos alrededor de la niña y le susurraron que no se preocupara, que todo estaba bien. También le agradecieron la ayuda prestada y después de eso salieron disparadas hacia el cielo perdiéndose rápidamente entre las nubes que lo cubrían.
La madre y la hija volvieron a entrar en el centro comercial. Ambas iban en silencio. Una lloraba y la otra aún no había asimilado lo que acababa de suceder frente a sus ojos. Todo había sido muy extraño.
Este relato continúa en Quizás sea una pesadilla
Viviendo en los Países Bajos uno está rodeado de molinos de viento y terminas asociándolos con el paisaje. No quedan muchos pero los que hay se cuidan con mimo. Hoy recibimos a este Molino de viento en el Club de las 500.
Gracias, gracias por tantos buenos ratos, momentos únicos, silencios llenos de sentido. Gracias por todo y hasta siempre
No quería empezar con algo negativo. Quería que al menos un pedacito de esta anotación sea positivo y alegre.
Hoy no tenéis por qué leer lo que voy a escribir. Lo hago para mí. Para mi cuaderno de recuerdos porque dentro de un año volveré aquí y no sé si mi memoria seguirá siendo tan buena pero no quiero arriesgarme a olvidar nada. Este es un acto de puro egoísmo. Esta es una mierda de semana. Ya nada la puede cambiar. Es y será una mierda. Todo por culpa de un Lunes Negro, un día de esos que no se merece nadie. Este es el relato de lo que sucedió en momentos puntuales y de como me afectó.
La semana comenzó a las siete y media cuando me desperté. Me duché, vestí, desayuné y salí con tiempo hacia la estación de tren porque hacía frío y tardo más tiempo con la bici. Afuera todo estaba helado. Por la ventana de mi dormitorio pude ver a una vecina quitando el hielo de los cristales de su coche. Salí por la parte de atrás y avancé despreocupado hacia la estación de tren. Iba escuchando un Podcast de cine. Hacía frío y de repente comenzó a llover, un agua helada, casi a cero grados que quemaba al golpearte el rostro. Al pasar bajo un puente paré la bicicleta y me puse el chubasquero. Seguí mi camino y llegué a la estación con un par de minutos. Subí al tren. Doblé la bicicleta y cuando me iba a sentar me palpé el bolsillo trasero del vaquero. Allí no estaba la cartera. Perdí un latido cuando me di cuenta de lo que eso significaba. Comprobé mis bolsillos pero no había nada. Tampoco en la mochila. Bajé del tren antes de que se cerrasen las puertas y analicé mis alternativas. O se me había perdido o la dejé olvidada en casa. Como había parado para colocarme el chubasquero no estaba muy seguro. Volví a casa siguiendo la misma ruta, mirando atentamente al suelo por si la veía por algún lado. Cuando llegué al puente paré y perdí un par de minutos rastreando la hierba. No había nada. Seguí hacia mi casa y al llegar miré en la mesa, en la cocina y en aquellos lugares donde suelo dejarla. No estaba. Subí al baño y rebusqué en los pantalones sucios. Tampoco estaba allí. No la vi en el dormitorio de invitados que es el lugar donde suelo cambiarme y tirar las cosas sobre la cama. Comencé a ponerme nervioso, asumiendo que estaba perdida y que tendría que avisar inmediatamente al banco y la policía. Miré en la mesa del ordenador y estaba escondida entre papeles. Respiré aliviado. Comprobé la hora y pensé que podría llegar a tiempo para el siguiente tren. Salí de casa y volví a la estación llevando el chubasquero puesto. La lluvia mojaba los guantes y el frío me entumecía las manos. En mi cara no sentía nada. Llegué a la estación y pude ver el tren saliendo en dirección a Hilversum, un minuto antes de tiempo. Me dio un montón de rabia. Cuando estoy allí nunca sucede, siempre se retrasa y el día que solo aspiras a que sea puntual, el conductor decide irse antes. Tuve que esperar veinte minutos por el siguiente tren. Me subí desde que llegó, doblé la bicicleta y me senté a esperar. A la hora de partida no salimos. Cinco minutos más tarde nos dijeron que estaba roto y no sabían cuanto tardarían en arreglar la avería. Nos recomendaron tomar otro diferente. Bajé y caminé hacia el andén que nos habían dicho con los otros pasajeros. Cuando ya estábamos acomodados dijeron en ese tren que habían reparado el primero y que saldría antes. Volví a cambiarme de tren. Con más de un cuarto de hora de retraso nos pusimos en camino. Ya eran más de las diez de la mañana. Al llegar a Hilversum comenzó a llover fuerte, justo en el momento en el que salía de la estación. Llegué al trabajo empapado y muerto de frío cerca de las once. Estaba de muy mal humor y por culpa de tanto retraso no había podido acudir a una reunión muy importante.
Me crucé con mi jefe y le comenté que era una mierda de lunes y que todo me salía del revés, que era uno de esos días en que mejor te quedas en la cama. Le dije que esperaba que el día fuera a peor. Después de eso llamé a mi madre. Siempre llamo por la tarde pero de alguna manera sabía que tenía que ser por la mañana. Me tomó tres intentos conseguir la conexión. Las dos primeras llamadas se perdieron en los tres mil kilómetros de distancia. Tenía un mal presentimiento y mi madre me lo confirmó. Se me hundió el mundo. Por la tarde iban al veterinario pero no tenían esperanzas. Corté, busqué un despacho vacío y me eché a llorar.
La gente que me conoce dice que se sabe inmediatamente mi estado de ánimo, que soy como un libro abierto. Cuando estoy contento hay un campo de energía que irradia de mí y cuando estoy triste se vuelve un agujero negro. Todos lo sintieron y optaron por esquivarme. No podía concentrarme ni trabajar pero hice un esfuerzo. Por la tarde mi compañero de despacho se fue pronto a casa. Supongo que le acojonaba el mal rollo que había allí dentro. La gente que se pasaba para preguntar algo me miraban a los ojos y se iban casi sin hablar. Cuando me quedé solo cerré la puerta y escribí el texto de anoche. Lo hice sin mirar a la pantalla, llorando sin poder parar. No lo revisé ni lo corregí en ese instante. Lo guardé como borrador en GMail y seguí dejando pasar el tiempo. Intercambié un par de mensajes con mi mejor amigo contándole lo que pasaba.
A la hora de marcharme, mientras andaba hacia la bicicleta lo supe. Justo en ese preciso momento sucedió. No puedo explicar como lo sé pero fue como si un trozo dentro de mi se derritiera y desapareció dejando un vacío enorme. Acababa de morir. En la calle estábamos por debajo de cero grados. Fui a la estación llorando. Las lágrimas duelen cuando hace tanto frío. Se te hielan en la cara. Yo no podía dejar de llorar. Cuando llegué a la estación vi en las pantallas que el tren que debería haber salido quince minutos antes iba retrasado. Fui al andén y las luces rojas de la parte trasera dejaban la estación. Me quedé completamente solo en el andén. Dos minutos más tarde llegó otro tren, el que yo iba a tomar. No había más nadie allí así que fui la única persona que se subió, algo muy extraño. Estaba en un vagón completamente vacío llorando mientras intentaba calmarme escuchando música, el extraño viaje de Fangoria. Llegué a Utrecht y me fui a casa.
Al entrar largué la bici en el suelo y fui directo a llamar a mi madre. Me contó como fue todo llorando. Yo también lloraba. Ninguno de los dos podía hablar. Imagino que es muy difícil de entender para gente que jamás haya convivido con animales en casa, se convierten en parte de la familia. Así es como me sentía. Uno de los seres más importantes de mi vida se había ido. Me venían a la memoria momentos que pasamos juntos, pequeñas aventuras, desastres caseros, trastadas divertidas. Los años que vivimos en la Isleta, los que estuvimos en el sur de la isla, como se alegraba cuando me veía en el aeropuerto y como sabía desde un día antes que me marchaba de vuelta a Holanda. Recordé estas pasadas navidades, cuando ya temíamos que el final estuviera cerca, recién salida de una operación. Recordé las mañanas que se venía a mi cama y el rato que pasábamos juntos.
Después de la conversación mandé un mensaje a mi tío con siete palabras y dos frases. Escribí un correo para mi mejor amigo con otras siete palabras y dos frases. El primer mensaje fue en español y el segundo en inglés. Escogí las fotos llorando y después de acabar me fui a ver la tele para intentar distraerme. No pude. Encendí una vela que ardió durante toda la noche. Me fui a dormir completamente hundido. Tardé horas en poder dormirme. Ha sido un Lunes Negro.
Esta mañana me desperté mucho antes que de costumbre y me fui a trabajar. He estado todo el día sin pararme a pensar, concentrado en mis tareas. Ha sido un día muy productivo. He hecho todo lo que tenía para esta semana y aún más. Al volver a casa pensé en lo que quería decir y en como hacerlo. También en lo que tengo escrito. La semana ya estaba preparada. Durante el fin de semana lo escribí casi todo. Saldrá más adelante. Improvisaré el resto de los días. Seguramente serán historias tristes que reflejen como me siento.