Monthly Archive for August, 2007

El fin de la semana en Gran Canaria

Y como sucede casi siempre, todo lo bueno se acaba y mañana por la mañana volveré a los Países Bajos. Me iré con mi carga de sol, mi piel morena y mi anciano trolley lleno de comida canaria para sobrevivir al otoño. En esta ocasión la agenda ha estado más llena que en otras ocasiones y he encadenado citas con unos y otros y de alguna manera he logrado salpicar entre tanto evento siete películas de las que tres son españolas.

De nuevo, agradecer públicamente a todos los que acudieron a esas citas por su tiempo y su conversación. En diciembre habrá una nueva oportunidad para departir frente a un café o una cerveza.

Poco más que decir. Pronto soplarán vientos de cambio por esta bitácora, dejaremos atrás el precioso naranja y las imágenes turísticas y llegarán colores más propios, crecerán las setas y caerán las hojas.

No os olvidéis que estamos en los últimos días para donar …

Jefferson Memorial y Washington Monument

Comenzamos una nueva serie de fotografías y en esta ocasión volvemos a cruzar el océano Atlántico para visitar los Estados Unidos de América. Durante las próximas semanas recorreremos la capital de dicho país, Washington D.C. y podremos descubrir la grandiosidad de sus monumentos y lo familiares que nos resultan por haber aparecido en infinidad de películas.

He visitado Washington D.C. en varias ocasiones y he pasado en aquel lugar grandes periodos de tiempo. Tengo familia por allí y es parada obligatoria cuando voy a Estados Unidos. Me gusta mucho la ciudad, es perfecta para fotografiarla. Transmite frialdad y eficiencia, la diligencia de toda la maquinaria burocrática de un imperio. No es un lugar para ir de noche pero es perfecta para visitar durante el día. Al caer la tarde se vacía y se queda a la espera del día siguiente para volver a recuperar sus ciudadanos.

En esta foto, la cual estoy usando en la actualidad como fondo de escritorio de dos de mis ordenadores, podemos ver el Jefferson Memorial y el Washington Monument, dos de los hitos que hay que ver en la ciudad. La foto la tomé mientras paseábamos por la cuenca Tidal del río Potomac en dirección al Jefferson Memorial. Era una mañana de diciembre muy fría y con unos colores preciosos. En los próximos días volveremos a pasar por ambos monumentos y los veremos con más detalle.

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El autoestopista

Mil campanas suenan en tu corazón
que difícil es pedir perdón
ni tu ni nadie, nadie
puede cambiarme

Se miraban mientras cantaban el estribillo a pulmón abierto. Pese a llevar años escuchando y cantando esta canción no se cansaban nunca de oírla. Es un clásico, superó la barrera de lo efímero y entró en el paraíso de las canciones que perdurarán por siempre. La canción continuaba sonando y ellas seguían cantando, ahora con la conductora más atenta al coche. Eran amigas desde siempre o al menos eso les parecía. Juntas atravesaron los años turbios del instituto y la universidad, se graduaron con honores y ahora trabajaban en la misma empresa. Lo sabían todo la una de la otra, no tenían secretos ni querían tenerlos. Son amigas, las mejores, amigas para siempre.

Seguían cantando cuando vieron a un joven en la cuneta de la carretera haciendo autoestop. Levantaba el dedo y a sus pies tenía una mochila. Debía ser siete u ocho años más joven que ellas. Tenía buen aspecto.

¿Lo recogemos? — Preguntó María José
— dijo María Jesús

Frenaron sacando el coche ligeramente de la calzada y el chico agarró la mochila y comenzó a correr hacia el vehículo. Venía sonriendo. Abrió la puerta trasera y lanzó en el interior la mochila, entrando tras ella. Era alto, más alto que ellas, de pelo castaño y con unas gafas de pasta que le daban un aspecto como de intelectual. Tenía un hoyuelo pronunciado y sus ojos parecían brillar con luz propia, una luz verde e intensa que hipnotizaba. Su chaqueta moldeaba una figura de deportista y sus manos grandes y con unas uñas muy hermosas y cuidadas lo situaban fuera del entorno de los trabajos manuales. Cerró la puerta del coche y saludó:

Hola, me llamo Javi. Gracias por parar y recogerme
Yo me llamo María José — dijo la conductora — pero todo el mundo me llama María
Y yo soy María Jesús y también me puedes llamar María — le dijo la chica que iba en el asiento del acompañante.
Si a ambas os tengo que llamar María seguro que nunca se sabe a cual me refiero — les dijo medio en broma, mirando a una a través del espejo retrovisor y a la otra a la cara.
No te preocupes. Nosotras lo sabremos — respondieron al unísono

El coche estaba arrancando y reincorporándose a la carretera. No había tráfico ninguno, era un camino que a otras horas del día tenía mucho tráfico pero no al anochecer, cuando la gente ya ha vuelto a casa y descansa esperando el día siguiente.

¿Hacia dónde vas? — Preguntó María José
A Madrid — dijo Javi
Es tu día de suerte, nosotras también vamos hacia allí. Haremos el viaje juntos — le dijo María Jesús
Genial

Subió el volumen del equipo de música y comenzó a sonar la canción de Mil campanas y ambas se pusieron a cantar como si él no estuviera allí. Era un tanto surrealista ir en aquel coche, con aquellas mujeres que daban la impresión de estar volviendo de una excursión, tan felices y dicharacheras y tan entregadas a la canción. Al terminar pasó un segundo y volvió a comenzar la misma canción y ellas volvieron a cantarla, como si fuera la primera vez, como si no la hubieran escuchado unos instantes antes. Cuando acabó volvió a comenzar y de nuevo volvieron a cantar, siempre haciendo los mismos gestos, siempre volviendo las caras a mirarse en el mismo instante, estaban empezando a parecerle un disco rallado pero no dijo nada.

Diez minutos más tarde y tras otras tres tandas de la canción las interrumpió. Hasta ese momento ellas parecían ignorarle, cantaban sin parar y al terminar la canción se reían y volvían a cantar al comenzar de nuevo. Justo estaba acabando en ese instante cuando les dijo:

¿Siempre escucháis la misma canción?
¿Por qué? ¿No te gusta? — le dijo María algo, no se acordaba si María José o María Jesús. Comenzaba a darle la impresión que el viaje iba a ser muy largo y duro hasta Madrid. No le costaba dinero pero aquello sería como una jornada en el purgatorio, con aquellas dos cantando todo el tiempo la misma canción.
Sí me gusta pero es extraño que solo escuchéis una canción. No sé, no es lo habitual. Es más normal que la gente escuche la radio o tenga alguna selección de canciones o el disco de un grupo pero no una única canción — les dijo tratando de parecer amigable y comprensivo.
A nosotras solo nos gusta esta canción y por eso solo la escuchamos. Además, es uno de los éxitos del momento — dijo María Jesús
Fue un éxito hace veinte años por lo menos, no es una canción nueva. Ese grupo ya ni existe. Se separaron. Carlos Berlanga murió y Alaska y Nacho Canut formaron un grupo nuevo, Fangoria. La época de Alaska y Dinarama quedó hace mucho tiempo atrás — trató de no sonar pedante y procuró enfocarlo desde el punto de vista informativo. Esto era historia de la música española y aunque muy anterior a su época, lo sabía ya que forma parte del conocimiento urbano, son casi una leyenda.

El coche comenzó a detenerse de nuevo. María Jesús y María José parecían estar enfadándose. La música ya no sonaba. En el coche la temperatura estaba descendiendo rápidamente. Al hablar de nuevo, se formó una pequeña nube de humo.

Quizás sea mejor que me baje. Gracias por recogerme. Seguiré andando — dijo mientras comenzaba a tirar de su mochila para sacarla del coche.
Te odiamos — dijeron al unísono

El coche comenzaba a desvencijarse, el asiento en el que estaba no era más que un manojo de muelles oxidados, el volante y la radio desaparecieron, también el cristal delantero y el trasero. Ellas comenzaron a perder trozos de carne y el pelo se les caía transformándose en fantasmas horribles. En su lado no había puerta y aterrorizado buscó salir lo antes posible. Dejó la mochila atrás y al girarse se cortó con algún saliente. Recogió la mano instintivamente y la protegió con su pecho. Inmediatamente comenzó a sangrar abundantemente. No se detuvo ni a mirarla. Siguió intentando salir. Las jóvenes ya no existían, eran dos figuras horrorosas que lo miraban con cuencas de ojos vacías. De nuevo comenzó la música aunque en esta ocasión venía de ninguna parte, parecía estar en el aire. Estaba aterrorizado. Cayó fuera de lo que parecían ser los restos de un vehículo que había sufrido un accidente en aquel lugar y vio que seguía en el mismo sitio que lo habían recogido, únicamente unos metros más adelante, en el lugar en el que había visto los restos del coche.

Se levantó como pudo y se echó a correr por la carretera, alejándose del lugar. La música seguía sonando en su cabeza, cada vez más alta.

Detente — escuchó también dentro de su cabeza. Frente a él estaban los dos espíritus y no quiso dejar de correr. Quería escapar, huir de aquel lugar y no volver a mirar atrás. Vio las sombras comenzar a moverse en su dirección y no pudo hacer nada por evitar que lo alcanzaran.

Lo golpearon con saña. Embestían y con sus golpes iban desgarrándolo, provocándole heridas, mientras él gritaba y les pedía que lo dejaran en paz. Después de un rato se quedó quieto, callado, muerto, tirado en la cuneta con una expresión de pánico en su cara y uno de sus ojos al lado del cuerpo. Ellas volvieron al coche y la música sonó de nuevo. Cantaban felices y en unos instantes el coche fantasmal se puso en movimiento y desapareció.

Nidos de pájaros tejedores en el Club de las 500

Nidos de pájaros tejedores

Nidos de pájaros tejedores, originally uploaded by sulaco_rm.

Si no me equivoco, esta es la primera foto del viaje a Sudáfrica que consigue entrar en el club de las 500. Es una imagen espectacular de un montón de nidos sobre el cauce de un riachuelo medio seco y aunque no lo podáis ver, había un cocodrilo debajo esperando que algún polluelo caiga para merendárselo. La primera vez que vimos la foto fue en la anotación Nidos de pájaros tejedores.

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El sol de la vida

La playa es como un tranquilizante. Me relaja. Y mira que he ido veces, posiblemente tantas o más que cualquiera que lea esta bitácora. Crecí tirado en la playa y salvo por un año en el que perdí el color, me llené de granos y me volví algo místico, siempre he estado sobre la arena tanto tiempo como puedo. Es lo único que realmente añoro en Holanda de mi tierra Canaria. El Sol de todos los meses del año, el ruido del mar golpeando contra la orilla y el olor del mar. El Sol de invierno es suave y juguetón, el de primavera es joven y alocado, aún no lo suficientemente fuerte como para expulsarte de la playa a la hora de comer e incapaz de aguantar hasta muy tarde pero mostrando señales de su poder. El Sol de verano es el rey, es una máquina de matar, potente, cálido y constante. A las horas del mediodía se vuelve imposible convirtiendo la arena en un infierno del que es difícil escapar. A este Sol lo acompañan los alisios, unos vientos que antaño se aprovechaban para viajar a América y hoy nos golpean con saña usando los granos de arena como pequeños proyectiles. El Sol de otoño es un Sol cansado, que ha perdido su rabia y ya no está acompañado por el viento, es un Sol de paz, de reconciliación, con rojos atardeceres y que aparece rodeado de colores mágicos por la mañana. Estos son los cuatro Soles que visito cinco veces al año. Nos reencontramos como viejos amigos. En la playa. Salvo en verano, lo habitual es que al llegar a la playa haya muy poca gente o directamente esté vacía. Tienes para ti una inmensa extensión de arena y puedes escuchar los sonidos del mar sin problemas. En ocasiones viene gente pero no en las cantidades y con las actitudes de los veraneantes, esas hordas maleducadas que no dudarán en pisotearte si te pones en su camino. El Sol del verano es el único que les gusta y es una suerte ya que nos quedan los otros tres Soles para los que realmente lo adoramos.

No entiendo como se puede vivir en las Canarias y no ir a la playa todos los fines de semana. Yo lo hacía. En verano doce horas, en otoño y primavera ocho horas y en invierno cinco horas, pero siempre en la playa. Preferentemente Solo, en ocasiones acompañado, aunque la verdadera experiencia es aquella en la que Solo estás Tú y el Sol. Es una comunicación religiosa con el objeto que nos dio la vida. Haz de mover tu toballa y rotar para seguir su marcha, que raramente es lineal. Sabes que entre ambos hay un vínculo muy fuerte, casi de familia. Al acabar el día, cuando el Sol se pierde por el mar para buscar otras personas con las que entablar una conversación, lo observas definir su forma y en esos instantes finales te permite mirarlo cara a cara, ver su hermoso aspecto y su cambiante forma.

Los Soles holandeses son distintos. El de invierno casi no existe. Pasa de puntillas por aquella tierra y es tan débil que apenas puede dar algo de luz. El de primavera lucha contra la obscuridad y la vence, gana cuatro minutos por día en su batalla y comienza a calentar aunque caprichosamente, unos días sí y otros no. Puede regalarnos una semana asombrosamente deliciosa y a la siguiente marcharse hacia otros lares y devolvernos al gélido invierno. El Sol de verano es el triunfo de la luz, es luz y más luz, con o sin calor, pero siempre omnipresente. Su luz llega a las cuatro de la mañana y se marcha a las once y media de la noche. No siempre calienta lo suficiente pero no le importa, lo que le gusta es el recordarnos que aunque en invierno pierde la batalla, en verano humilla y derrota a las sombras. Es un Sol fuerte que anula el azul del cielo y lo vuelve blanquecino y bajo su embrujo los giraSoles crecen inmensos para mirarlo mejor, cara a cara. A este Sol le sigue otro otoñal, un Sol que se aburre y pierde el interés por nosotros y se deja quitar cuatro minutos de luz al día. Es un Sol que aunque prefiere no calentar aún es capaz de regalarnos algún día memorable, de esos en los que tenemos que correr al supermercado, comprar la carne y organizar la barbacoa para pasar todo el día en la calle. Es también un Sol que cuando se va por el horizonte se nota su ausencia porque la temperatura cae diez grados en función de minutos. El Sol del otoño es el Sol de los colores, el Sol que las plantas despiden regalándole sus colores más hermosos, abandonando el monótono verde y substituyéndolo por tonos caquis, ocres y dejando que sus hojas caigan y corran en libertad por calles, canales y campos.

El Sol lo es todo. Estos días en que pasamos tanto tiempo juntos lo siento sobre mi piel, me estudia, me acaricia y vuelve a pintar mi piel con los colores que a el le gusta. El Sol me da la energía que me llevará a lo largo de todo el otoño sin flaquear. Esta no es la primera ni será la última vez que me pregunte: ¿Es Dios el Sol?

Nieve en Hilversum II en el club de las 500

Arbol nevado

Hubo una época en la que me dio por aplicar millones de filtros sobre las fotos y jugar con ellas, cambiándolas a mi antojo. Por suerte parece que lo he superado. Una de las fotos que sufrió este castigo apareció en la anotación Nieve en Hilversum II y hoy le damos la bienvenida al club de las 500.

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Después de todo somos de carne

Ayer veía una película en el cine y en un momento determinado hay una escena tan hermosa que se me saltaron las lágrimas. No había diálogos, no moría nadie, no era el típico momento de llorar provocado a postas. Era únicamente una imagen bellísima, una forma de expresión que fue capaz de revolver algo en mi interior y tocar en el punto preciso. Al hilo de esto me quedé pensando en lo relativo que es todo, en como somos seis mil millones de máquinas independientes que aunque están programadas con las mismas instrucciones son capaces de funcionar en modos totalmente distintos. Hay gente que no llora nunca, que parecen incapaces de expresar emociones de esa forma y ni siquiera sabemos si tienen otro mecanismo interior que les ayuda a liberar la presión, porque al final el llorar no es más que una válvula. Yo no creo ser del tipo llorón pero sí que no tengo problemas en soltarme cuando en alguna historia hay un momento dramático, o en un buen libro en el momento trágico en que se nos muere alguno de los protagonistas y ya los sientes como parte de ti. También he llorado en lugares tan hermosos que saturan todos mis sentidos. Recuerdo una puesta de sol en Ameland, una de las pequeñas islas del norte de Holanda, un sol rojo y enorme que se escondía y en el agua veíamos focas nadando y jugando entre ellas. Fue algo que no se puede expresar con palabras, algo increíble. También me sucedió en Omán, estando en Sur, un sitio inhóspito en el que la naturaleza manda y en el que el sol sale a una velocidad de vértigo. Pasamos de la oscuridad completa a plena luz del día en menos de cinco minutos, con una gama de colores fascinante. De nuevo fue algo muy hermoso. En Sudáfrica lloré tras ver los leones, leopardos, elefantes, búfalos, rinocerontes, cocodrilos, jirafas. Nunca pensé que llegaría a ver esos animales en libertad y estar allí aquel día fue mágico.

Se puede llorar por rabia pero yo no soy muy de esos. Prefiero el ataque y la destrucción total. Doy vueltas buscando el punto débil del enemigo y cuando lo encuentro golpeo sin parar hasta destruirlo. No suelo detenerme cuando he vencido. Prefiero no dar oportunidades para la venganza. Solo hay una oportunidad para enseñar a tus enemigos la lección y ha de ser claramente comprendida. En España esto parece ser algo que tenemos que hacer continuamente, sobre todo en el terreno laboral. Mi experiencia de trabajo pre-holandesa es que siempre estábamos metidos en alguna guerra contra alguien, ya fuera dentro del departamento, o de la empresa o contra otros. Nunca perdí una de esas guerras y los que recibieron el palo aún se deben acordar. Puedo entender a los tipos que están en medio de refriegas en Países inestables y toman cada día las decisiones de las que penden las vidas de unos y otros. Yo podría hacerlo. No me temblaría el pulso. Evaluaría a mi enemigo, buscaría sus puntos débiles y golpearía a fondo. Por supuesto me sobrarían las convenciones que se han firmado para hacer de las guerras un ejercicio civilizado, yo prefiero más el juego sucio, las artimañas y el despliegue de una maldad sin límites. Por suerte no estoy en una de esas situaciones y en Holanda no hay guerras en la empresa. Funcionamos como un equipo, avanzamos lentamente sin dejar a nadie atrás. Es algo que antes me sacaba de quicio pero a lo que he terminado por acostumbrarme. No hay celos contra otros, no hay juego sucio para ponerte la zancadilla, no hay marrones volando esperando golpear al despistado, cada uno hace su trabajo y punto.

Volvamos al asunto del comienzo. El llorar. Pese a lo que se pueda creer no es nada malo, no hay nada de lo que avergonzarse. Llorar es una de las maneras que tiene la máquina sobre la que funcionamos para liberar energía que le sobra, para reajustarse y recuperar el equilibrio. Muchas veces sucede en situaciones extremas, de tristeza o alegría máxima, de dolor, de desesperación y aquello que dispara el mecanismo puede ser algo muy simple y sencillo. No dudes en llorar si te lo pide el cuerpo.

Canal en Amsterdam en el club de las 500

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He revisado la bitácora y aún no he conseguido encontrar el día que apareció esta foto por primera vez, pero lo cierto es que está en uno de los álbumes y estoy convencido que ya la hemos visto. Hoy entra en el club de las 500 y es una calle en la parte nueva de la ciudad, la zona que están restaurando por detrás de la estación central.

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Otro tranquilo viaje a Gran Canaria

Lo malo de viajar en esta época del siglo veintiuno es que la cantidad de tiempo adicional que necesitas antes y después de comenzar el viaje es por lo general mucho mayor que la duración del mismo. Si es un vuelo charter suele ser peor. Mi viaje a Gran Canaria comenzó a las doce y veinte del medio día aunque mi avión salía a las cinco menos diez. Necesitaba una hora y media para ir al aeropuerto y dos horas y media en el mismo esperando para subirme en el cilindro. Gracias a Dios la tecnología va con nosotros a todas partes y puedo matar las horas muertas con Internet a través del teléfono o del portatil, escuchar audiobooks, reírme con los Podcast de la BBC radio y cuando todo lo demás falla, jugar al Pac-Man o a Doom en mi teléfono móvil.

El autobús llegó exactamente a la hora y como yo me había entretenido despidiéndome de mis vecinos casi lo pierdo. Estamos aún con los horarios de verano y eso se nota en la frecuencia del servicio, limitada a cuatro autobuses por hora. Como normalmente pasan seis y la espera es como máximo de diez minutos, lo de los quince minutos actuales parece un suplicio. Yo vivo en un barrio periférico de la ciudad y tener seis autobuses por hora es lo normal. Si vives más al centro la frecuencia se dispara porque cada línea que pase por delante de tu casa es más que probable que tenga un número similar de autobuses. Si eres universitario en la ciudad de Utrecht, entonces usas unos autobuses triples que tienen una frecuencia de minuto y medio. De lo que se trata es que la gente use el transporte público y no vaya en coche y lo consiguen.

Volviendo al tema, llegué a la estación, compré el billete para el tren y tenía diez minutos para tomar el siguiente Intercity a Rotterdam, una línea que tiene una frecuencia de quince minutos. Llegó puntual como un reloj, elegí un vagón cerca del final y me dediqué a la exploración de la red de redes durante los cuarenta minutos del viaje. La estación central de Rotterdam no ha cambiado en el año que ha transcurrido desde la última vez que pasé por allí. Sigue en obras y la entrada principal es zona de guerra. En su interior, miles de personas se mueven sincronizadamente hacia o desde los diferentes trenes que llegan y salen a cada instante. El autobús para ir al aeropuerto es el número 33 y está saliendo de la estación a mano derecha. Son muy frecuentes y no pasaron ni cinco minutos cuando llegó uno. Lo esperábamos varias personas con maletas. El viaje transcurre entre barriadas de la ciudad que nunca visitan los turistas. En un punto deerminado aparecieron tres tipos corriendo y bloquearon todas las salidas de la guagua. La gente echó mano a su cartera y comenzó a sacar los billetes. Era una revisión sorpresa. En Utrecht nunca las he visto pero en Rotterdam ya me he gozado dos y eso que no voy a menudo. Uno de los pasajeros no tenía billete, un rubito con cara de niño y no hubo piedad. Multa implacable y una lección que quizás aprenda. Todo esto pasó en dos o tres minutos. Volvimos a ponernos en marcha y sin más incidencias llegamos al aeropuerto, una bombonera preciosa y pequeña del que despegan unos diez vuelos diarios.

Me acerqué al mostrador de Neckermann con el gusanillo en el estómago. Siempre pienso que no van a tener mi billete. Todavía no me creo que yo llamo a alguien, hablo con la persona por teléfono, le doy tres datos y cinco días más tarde voy al aeropuerto y mi billete está esperando que lo pague y lo recoja. Nunca me han fallado. En España nunca vi nada así.

Facturé y pedí un asiento cerca del final del avión en ventana. Ya os lo he dicho. Este es el truco más viejo del mundo para conseguir asiento sin nadie a tu lado porque llenan el avión de adelante a atrás. Almorcé en la terraza del aeropuerto mirando un avión de Transavia que acababa de llegar y que se marcharía en dirección a Turquía. Después pasé el control de seguridad de cachondeo. Delante de mi cuatro chicas sin bolsas para guardar los cosméticos y cargadas con los mismos. El guardia les dice que metan los neceseres tal cual en una bolsa de plástico y así cuela. Lo hicieron y pasaron. En el aeropuerto de Schiphol no lo habrían permitido, o en el de Barcelona, Madrid, Roma o Gran Canaria. Se ve que esta gente no se cree la paranoia que se ha impuesto en los otros aeropuertos. Es una pena que no pueda ver a las chicas al volver a Holanda, porque seguro que donde les toque las dejarán sin cosméticos y ellas no se podrán explicar como puede ser que a la ida las dejaron pasar con sus peligrosos productos explosivos y a la vuelta no. También vi que si llevabas agua o algún refresco no había ningún problema, que lo entrabas sin más. En fin, ojalá hubiera más aeropuertos como este.

El charter en el que vamos a Gran Canaria es un vuelo compartido con Maastricht. Medio avión se llenó en dicho aeropuerto y la otra tanda en este. Desde Rotterdam enfilamos hacia el sur, hacia las islas Canarias. Estaba el día despejado y tuvimos unas vistas preciosas del mastodóntico puerto de la ciudad, de los sistemas de contención del mar y de Zeeland, la región holandesa más bonita. Después me concentré en mi portátil y casi sin darme cuenta transcurrieron las cuatro horas de vuelo.

Aterrizamos y nada más detenernos todo el mundo en pie, cargando sus cosas y dispuesto a salir. Todos salvo yo que sé perfectamente que pasarán más de cinco minutos hasta que lo logres, así que para qué nos agobiamos. Es como si pensaran que el avión se vuelve a marchar con ellos dentro, se ponen nerviosos y no dejan de mirar a un lado y al otro del pasillo para ver si algo se mueve.

Mi viejo y castigado trolley llegó sin problemas y mis padres ya me estaban esperando en la entrada del aeropuerto. Tengo que cambiar ese trolley y comprarme uno nuevo. Está cayéndose a cachos. Me da pena porque tiene un historial IMPECABLE. Siete años de continuos viajes, cuatro continentes, cerca de veinte aviones por año y jamás se ha extraviado, siempre ha llegado conmigo. Seguro que el próximo que me compre no tiene la suerte de este …

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