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Arquitectura Efímera

Hoy quiero que deis un paseo conmigo por lo que han sido nueve meses contando pequeños cuentos, cada uno inspirado en una canción y siempre acompañados de una foto. Me ha tomado un tiempo completar esta serie que desde su comienzo tomó vida propia y siguió caprichosos caminos, asomando y escondiéndose a su gusto. La idea vino del disco Arquitectura Efímera de Fangoria y los títulos de las historias corresponden a las canciones de dicho disco.

Es también lo más íntimo que encontraréis en ésta bitácora. Cada historia surgió de un estado anímico, de una imagen que quedó grabada en mi retina, de una frase oída al pasar por una esquina. Todas ellas forman una unidad llamada Arquitectura Efímera y me gustaría que esta anotación sirva como índice y como presentación de cada una de ellas. Me gustaría también dar las gracias a todos los que me han dado su opinión sobre las mismas, la mayor parte de las veces usando métodos que no dejan huella en la bitácora.

AdiósEl arte de decir que noEn otro mundoEntre mil dudas
Interior de una nave espacial abandonadaHoy aquí, mañana veteLa diferencia entre la fe y la cienciaLa mano en el fuego
Miro la vida pasarNadie mejor que túRetorciendo palabrasTeatro del dolor

Miro la vida pasar

Mientras tanto miro la vida pasar
y no sabes cuánto cuesta creer que no volverás …

La mano en el fuego

… no lo hago solo por ti
y no me voy a arrepentir …

Interior de una nave espacial abandonada

Hoy me ha dado por pensar …
que estás más lejos que ayer …
y sigo esperando …

Nadie mejor que tú

Nadie mejor que tú podrá …
… decidir cambiar
Nadie mejor que tú para encontrar …
… otra realidad

Retorciendo palabras

… de que sirve un futuro ideal
construido en terreno ilegal …
o un pasado que me hace dudar … del presente

Hoy aquí, mañana vete

… y no sé como pudiste hacerlo
no sé por qué dijiste aquello …
pero lo nuestro ha terminado
no quiero volverte a ver …

En otro mundo

… sabes que yo estoy en otro mundo
con un sueño eterno inalcanzable
piensas que es posible conquistarme …

Entre mil dudas

Entre mil dudas naufragué
entre tus brazos me olvidé
perdido el norte me encontré
entre la angustia y el placer

La diferencia entre la fe y la ciencia

Cual será la diferencia
entre el fe y la ciencia.
Somos santos y demonios
somos invencibles.

Teatro del dolor

… que mal final de un mal guión
que absurda decisión
por eso aquí se acaba la función.

El arte de decir que no

… el arte de decir que no de forma natural
la ciencia del perfecto adiós, tajante y sin dudar …

Adiós

… adiós, adiós, adiós
volveremos a vernos
adiós, adiós, adiós
te echaremos de menos …

Adiós

Adiós

El eco de los tacones al golpear el suelo salpicaba sus oídos mientras caminaba a lo largo del pasillo, un túnel infinitamente blanco, como corresponde a los hospitales. Una única lágrima remoloneaba en su mejilla, dejándose querer, sin terminar de caer. Su agitada respiración añadía un contrapunto al sonido de los tacones. Si se cruzó con alguien, ella no lo vio. La envolvía una burbuja de irrealidad.

Atrás quedaba toda una vida, en aquel lecho neutro y aséptico que trataba de inspirar una sensación de limpieza y lo único que lograba era provocar la lástima del que lo visitaba. No quiso girar la cabeza. Allí dejaba un amigo, un amante, un esposo, una parte de su vida o quizás el todo. Sujetaba el crucifijo entre sus manos y en ese momento supo que éste final no acababa nada, que la vida sigue y aunque queramos no nos podemos bajar. Sabía que en el futuro trataría de reponerse y también sabía que no es tan fácil olvidar como pensaba. La eternidad del morir viviendo era lo que le deparaba el futuro.

Llegó a la puerta y la abrió para enfrentarse a su familia. De algún lugar sacó una sonrisa y la dibujó en su rostro cuidadosamente. Arrancó la lágrima con el puño de su camisa y se enfrentó a la realidad. No le hizo falta decir nada. Todos corrieron a abrazarla, entre sollozos. En su cabeza pensamientos sueltos revoloteaban sin sentido. ¿Qué le diría cuando lo encontrara en la eternidad? ¿Qué sonará dónde él esté? ¿Que pensará de sus sueños en común? ¿Jugará alguien a ser su dueño?

El mundo real la arrastraba de vuelta. En su cara aparecían nuevamente las lágrimas, aunque esta vez venían en torrente. Trataba de comprender lo que le decían pero no atinaba a responder adecuadamente. Alguien o algo la sujetaba con fuerza.

Cuando abrió los ojos estaba en el suelo. Parecía que le habían dado con un martillo en su cabeza. Una punzada de dolor le cortaba el aliento. Un montón de gente la miraba desde arriba, con caras de preocupación y de susto. Una enfermera agitaba el aire frente a su cara, como tratando de espantar malos espíritus. Recordó por qué estaba allí. Ya lo echaba de menos y eso que se acababa de marchar.

¿Estaría él caminando hacia la luz? ¿Habría alguna luz? Su profunda fe se estremeció con las dudas que nunca antes había tenido. Hasta ahora todo lo que acontecía entre la vida y la muerte había sido teoría, lo había visto siempre desde lejos, tras la barricada. Pero esta vez era distinta. Había sucedido junto a ella y no podía esconderse o negarlo. No es lo mismo confortar a otros que padecerlo en tu propia carne. No encontraba consuelo. Su corazón se rasgaba y por las brechas que surgían se le escapaba la certeza que tanto necesitaba. Sus sentimientos parecían negarse a comprender lo que su mente racional les decía. El presente era un lugar en el que no quería estar y el futuro ya no valía nada. Quería volver al pasado, volver con él y pasar allí los eones, hasta que juntos emprendieran el camino hacia el otro lado. Sintió una ciega rabia por su desfachatez, por dejarla atrás y marcharse de esa forma. La rabia quedó ahogada por su amor. Él nunca la habría dejado. Él se fue obligado, después de luchar incansablemente contra un cáncer que siempre quiso ganar y al que fue imposible derrotar.

Se incorporó y consiguió sentarse en una de las sillas de la sala con la ayuda de los suyos. Puso la cabeza entre sus manos y se dejó ir. Los sollozos que hasta ahora había tratado de retener escaparon aliviando su dolor y humanizando su rostro. Lo iba a echar mucho de menos.

… adiós, adiós, adiós
volveremos a vernos
adiós, adiós, adiós
te echaremos de menos …

Aquí concluyen las historias inspiradas en el disco Arquitectura Efímera. Para leer más historias de esta serie, haced clic en este enlace.

El arte de decir que no

El arte de decir que no

Al cruzar el pórtico retrocedí mil años. El aroma del incienso me cubrió completamente, despertando recuerdos dormidos desde siempre. La multitud se movía bulliciosamente y yo me dejaba llevar por ellos. Imaginaba como debía ser cuando Aladino andaba por ese mismo callejón, portando su lámpara. Aladino y el genio, maravillándose con los exóticos productos que los vendedores voceaban continuamente. Todos me miraban con una amplia sonrisa y gesticulaban para que entrara en su tienda. Todos me veían como una fuente de ingresos, fuente apetitosa y fácil de engañar.

Presentía que por esas mismas calles paseó Gulliver en alguno de sus viajes alrededor del mundo. Junto a mí podía sentir los fantasmas de todos los que en los últimos dos mil años habían estado allí. En aquel lugar el pasado se unía al presente y al futuro, formando una entidad única.

La marea humana me llevó hacia un recoveco en el que un viejo vendía sus frutas. Sentado en el suelo, su cara ilustraba la historia del lugar. Un pellejo curtido por el sol y el calor, unas manos nudosas acostumbradas al trabajo duro, unos músculos sin grasa, preparados para tan duro ambiente. El hombre vestía una chilaba blanca, inmaculadamente blanca. A pesar de estar sentado en el suelo no se veía ni una sola mancha en su ropa, ni un atisbo de suciedad. Desplegó una enorme sonrisa al verme, una sonrisa que enseñaba sin complejos los vacíos entre sus dientes. Me enganchó con su sonrisa. A veces es tan fácil claudicar.

Comenzó a ofrecerme todo tipo de frutas. Naranjas, mangos, aguacates, papayas. Yo gesticulaba diciendo que no, pero el no se rendía. Hablaba rápidamente, en árabe, seguramente alabando las bondades de sus productos. Yo no entendía nada y movía frenéticamente la cabeza, tratando de hacerle entender que no quería comprar fruta. El seguía repitiendo su letanía de forma infatigable. A mí no me gusta perder los papeles ni el sitio y el me estaba llevando a su campo de batalla. Me sentí impotente.

En un descuido me agarró la mano. Ahora era oficialmente su prisionero. De vez en cuando chapurreaba alguna palabra en algo que parecía inglés, pero yo seguía sin entenderlo. Mientras me incitaba a comprar sus productos, mi mente flotaba hacia otros mundos, tratando de imaginar la cantidad de mentiras, traiciones y promesas vacías que se habían forjado en aquellas calles a lo largo de la historia. Yo solo era el penúltimo eslabón de una cadena que no tenía fin. El hombre debía ser uno de los fantasmas que moraban en aquel lugar y todos sabemos que es muy difícil tratar con fantasmas de oficio.

Sentí que me sacudía la mano y volví a prestarle atención. Se estaba enfadando porque yo no reaccionaba. Es la forma en la que me defiendo. Un mecanismo de supervivencia como otro cualquiera. Cuando la batalla está perdida, me quedo quieto y espero a que acabe todo. Siempre me ha funcionado. No podía comunicarme con él, aunque eso no parecía detenerlo. Me gustaría poder decirle que no sin sentirme mal, pero eso es algo que no puedo hacer.

Nadie nos prestaba atención. El mundo continuaba su cansina marcha y nosotros no éramos más que una pequeña grieta en el engranaje, un suspiro en un océano de vientos. Miré a los ojos al viejo y vi en ellos vida, pasión, historia, sufrimiento, rabia, odio. Vi tantas cosas que me asusté un poco. Decidí rendirme. Señalé al montón de aguacates que tenía y le indiqué tres con los dedos. La sonrisa del viejo se ensanchó hasta el infinito. Había vencido y lo sabía. Ya podía añadir una nueva muesca en su bandolera. Otro iluso que caía en sus garras. El hombre me los puso en la mano y los tuve que poner en una de las bolsas que llevaba. Me decía algo, repitiéndolo lentamente pero yo no lo entendía. Supongo que era el precio que tenía que pagar, pero yo no conseguía comprenderlo. Hacía grandes gestos. Supongo que quería que negociáramos el precio, pero yo no valgo para eso. Saqué un billete de mi cartera y se lo dí. En su cara vi que no estaba contento con mi actitud. Él esperaba que yo participara en el juego del regateo, que alargara nuestro contacto y que gritara e hiciera como que me marchaba. Yo no hice nada de eso. Me quedé esperando a que me devolviera el cambio, si es que había algo que devolver. Negociar puede ser al final un maldito ejercicio, sobre todo cuando lo has de hacer con gente como yo, gente que no sabe como hacerlo.

El hombre asumió que no iba a haber ningún regateo y entre murmullos y maldiciones metió la mano en el bolsillo y sacó un fajo de billetes. Escogió unos cuantos y me los dio. Yo dejé de existir para él en ese instante. Comenzó a buscar una nueva víctima.

… el arte de decir que no de forma natural
la ciencia del perfecto adiós, tajante y sin dudar …

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Teatro del dolor

La diferencia entre la fe y la ciencia
Miró las llamas comerse la foto. Así acababa todo. Sin embargo, quemando las fotos no obtuvo la satisfacción deseada. Un huracán barrió sus recuerdos y lo lanzó de nuevo a revivir los momentos de felicidad, los momentos que esa foto representaba. Eran otros tiempos. Todos eran felices, eran jóvenes y no se preocupaban, no eran conscientes de que mientras estaban allí, en aquella fiesta, posando para la foto, avanzaba el tiempo, que la vida es sólo una charada.

Vivió de nuevo aquel momento, se encontró de nuevo con sus amigos, bebiendo, en una de esas fiestas de sábado a las que solía acudir y en las que siempre representaba su papel, ahora lo sabía, ese gran papel en el que como siempre estaba muy bien. Que gran actor de tragicomedia que fue siempre. Si entonces hubiera sabido lo que ahora conocía, que mal final de un gran guión podría haber evitado. Todo habría sido distinto. Ella no lo habría dejado, su amor no habría ardido igual que ahora ardía la foto. Lo peor que le puede pasar a uno es vivir el futuro. Sobre todo cuando este no es como lo habíamos soñado. Añoramos el pasado, queremos revivirlo para cambiar cosas y evitar lo inevitable. No nos damos cuenta de que por mucho que cambiemos, seguiremos tomando absurdas decisiones que nos llevarán a donde no queremos ir.

Su corazón roto se negaba a reconocer lo inevitable. Que la función había acabado, que después de que se apaga la ovación final, sólo queda la soledad. Eso es lo único que tenía ahora. Ella se había ido, sus amigos, los mismos que juraron estar siempre con él, también se marcharon y lo dejaron, siguieron con sus vidas, sin mirar atrás. El telón había caído. Ahora sólo sentía su decepción y humillación y pensaba que no podía llegar más bajo. La vida enseña sus lecciones a palos y cuando crees que ya has tocado fondo, te muestra fosas insondables y te lanza a ellas. El mundo es un escenario donde todo empieza y acaba, y no somos más que marionetas que corren por el sin poder controlar sus vidas.

Confiaba en que el fuego que ahora consumía sus recuerdos lo purificara, le abriera las puertas de una nueva obra, con nuevos actores. Nuevas esperanzas e ilusiones. Esta vez haría lo imposible para que todo saliera bien. No se podía permitir más errores. Estaba cansado de llegar al final de la función, de ver como todos abandonaban el teatro dejándolo atrás. Quería marcharse con ellos, ser uno más, formar parte del público. Maldijo su suerte y allí mismo, frente a las llamas, juró que no volvería a cometer errores.

Su gran amor debía seguir ahí fuera, esperando, sin saber que sus vidas estaban destinadas a encontrarse. Tenía que seguir buscando y tenía que hacerlo mejor. Esta no era la primera vez que lo quemaba todo, aunque siempre esperaba que fuese la última. Siempre deseaba hasta las lágrimas el poder dejar este teatro del dolor en el que le había tocado vivir. Ansiaba lo que la vida siempre le había negado: ser una persona normal. Ser un gran actor no le había valido de nada, no le había traído la felicidad, ni el amor, ni todo aquello por lo que lloraba. El dinero, la fama, no sirven si al llegar la noche no hay alguien a quien amar, alguien que te espere y te de la bienvenida al entrar en el hogar.

A lo lejos sonaban unas campanadas que anunciaban algo, algún oscuro presagio, quizás más dolor. Su sonido llegó flotando por el aire y lo despertó de su ensimismamiento. Miró la caja y entre lágrimas cogió otra foto y la echó al fuego.

… que mal final de un mal guión
que absurda decisión
por eso aquí se acaba la función.

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La diferencia entre la fe y la ciencia

La diferencia entre la fe y la ciencia
Cruzaba las calles corriendo sin mirar atrás. Tampoco miraba a los lados o hacia los vehículos. Sólo corría. Murmuraba algo ininteligible. Esquivaba a los que se ponían en su camino, obstáculos entre él y su meta. Su carrera llegó a su fin al alcanzar la puerta de la iglesia. Chocó contra ella debido a la inercia que llevaba su cuerpo.

La iglesia era un sobrio edificio emplazado en el centro del pueblo con un puntiagudo campanario que señalaba la puerta principal y sentenciaba el punto más alto de la zona. Un diseño arquitectónico robusto y sin los adornos tan del gusto de las gentes del sur de Europa. Como decía el párroco, Dios no gusta de adornos en su casa. El gusto del Señor por la simplicidad no parecía alcanzar a la casa del párroco, situada junto a la Iglesia y de un lujo exquisito.

La puerta de la Iglesia estaba cerrada, como es habitual en los países nórdicos. La casa de Dios sólo se abre cuando hay misa. El resto del tiempo Dios no admite visitas. Dios no quiere que lo importunen a deshora.

En su desesperación comenzó a aporrear la puerta, mientras lágrimas de rabia corrían por su cara. El salmo que rumiaba cambió y comenzó a repetir: “abran la puerta, abran la puerta, por favor“. Había roto mil barreras para llegar allí y no iba a rendirse por una cerradura. Ya no pensaba. Sólo sabía que tenía que entrar allí, tenía que llegar al altar, alzar sus ojos y preguntárselo a la cara.

Preguntarle por qué no quería que él fuera feliz, preguntarle por qué no tenía derecho a cabalgar en busca del Grial, o a visitar mundos por descubrir. Quería que fuese Dios quien le respondiera, que le dijera a la cara lo que un atajo de médicos rodeados de máquinas le habían dicho hacía unas horas. Quería pedirle, rogarle, implorarle que le dejara estar, que le permitiera disfrutar de los pequeños detalles cotidianos, que le dejara querer sin sufrir, amar sin dudar, vivir las cosas que había soñado y que nunca había tenido ocasión de hacer.

Quería el tiempo que la ciencia le negaba. Quería la vida que un atajo de fríos y calculadores médicos le habían dicho que ya no tenía. Quería un sí entre tanto no. Un quiero frente a los no puedes. Un mañana para la noche que le auguraban. ¡Quería vivir! ¡Quería seguir viviendo! Llegar a viejo y tener nietos que lo importunaran, quería ser el cascarrabias del barrio, el viejo belicoso que amenazaba a los niños con su bastón.

¿Por qué no podía disfrutar de eso?¿Por qué se le negaba?¿Por qué a él y no a otro? Era tanto lo que quería reprochar.

Sin embargo estaba allí, golpeando una puerta cerrada que lo separaba de su Dios, que le impedía hablar con él, negociar con su fe. Los puños comenzaban a dolerle y los ojos se le habían secado. Ya no tenía lágrimas que llorar. Su rabia se iba consumiendo agotada por la impotencia, la frustración de saber que no había nada que hacer, que su destino estaba escrito.

Con la llegada del ocaso comenzaron a encenderse las luces de la calle. La iglesia también se iluminó, cobrando vida. Las luces la agrandaban, la hacían más majestuosas. Por el rabillo del ojo sintió que una lampara se había encendido sobre un pequeño cartel que estaba a un lado del portal. Se dirigió hacia el. Había un mensaje escrito en la pared. No acertaba a distinguirlo así que tuvo que aproximarse. Era solamente una palabra y estaba en inglés.

Believe“. “Cree“. Algo muy dentro de él le decía que era un mensaje para él. Que su fe no había podido mover la puerta pero había recibido una respuesta a sus dudas. Miró hacia atrás, hacia la calle y vio un grupo de gente que caminaba hacia él. Allí estaban ellos. Su esposa, sus padres, su familia, sus amigos. Todos venían a buscarlo. “Cree”. El mensaje taladró su corazón. Se limpió la cara con la manga de la camisa. Un montón de brazos lo rodearon abrazándolo…

Cual será la diferencia
entre el fe y la ciencia.
Somos santos y demonios
somos invencibles.

Entre mil dudas

Entre mil dudas
Se le cayó el mundo encima. Todas eran tan hermosas. Se veía naufragando entre mil dudas,
incapaz de abrir los ojos y elegir una docena de ellas. Tenía que regalarle flores y tenían que ser las flores perfectas, porque hoy era el día en el que o le abría los ojos y esquivaba la decepción final o se estrellaba.

Seguía frente a las flores, mirándolas una a una y encontrándolas imperfectas, indignas de su destinataria. Sabía que le iba a decir algo que cambiaría lo suyo para siempre y que era posible que estuviera haciendo daño por hacer, pero así de dura es la vida, cuando das amor, das dolor también.

La empleada se estaba empezando a poner nerviosa. El hombre tocaba todas las flores pero no se decidía por ninguna. A veces cogía una en sus manos, pero al poco la devolvía a su sitio. Eran unos tulipanes preciosos y no entendía que era lo que le pasaba a ese hombre. Miró hacia el interior de la tienda pero su compañera no estaba a la vista. Hubiera preferido que ella viniera y lo espantara. Decidió darle algo más de tiempo. Quizás se aburriera y se fuera, porque estaba claro que no iba a comprar.

El no terminaba de decidirse. ¿Debía coger los tulipanes Passionale? Con ellos estaría cantando su amor por ella a los cuatro vientos, le entregaría un mensaje positivo y la prepararía para darle la mala noticia. O quizás fueran más apropiados los tulipanes Yokohama. Sobrios y honestos, le darían a entender que decía la verdad y que le estaba haciendo un favor al decírselo de esa manera. ¿Yokohama o Passionale? Quizás una mezcla de ambos, pero entonces su mensaje quedaría diluido. No estaría mandando señales claras y precisas. El no quería arrancarle el alma y que ella pensara que le faltaba valor. Lo que quería era que cuando naufragara se echara entre sus brazos para olvidar, quería convertirse en el Norte que la ayudara a volver. La duda parecía haberse instalado en su corazón. No encontraba salida al dilema. Miró hacia el mostrador y vio a la dependienta, que en ese momento lo observaba con atención. Se fijó en su reloj y se dio cuenta que llevaba más de diez minutos allí y aún no había comprado. Supuso que ella estaría pensando que era alguno de esos elementos que pululan por las calles sin nada mejor que hacer y que se dedican a matar el tiempo en cualquier lado. Se sintió culpable por su torpe indecisión. Le hizo un gesto con la mano para que ella se acercara.

Se le bajó la tensión cuando el cliente la llamó. Ahora si que no había alternativa. Tendría que ir y hablar con él. Se llevó la mano al pecho y tocó la pequeña cruz que colgaba de su cuello y le recordó al Cristo que era una buena persona y que velara por ella. Disfrazó su cara con la más profesional de las sonrisas y se acercó a él.

- “¿Puedo ayudarle, caballero?” - Trató de establecer unas fronteras claras y precisas desde el principio, así que se refirió a él con la forma más formal que pudo recordar.
- “Quizás sí. No termino de decidirme. ¿Debería comprar un ramo de tulipanes Passionale o Yokohama?
- “¿Por qué no los mezcla? Ambos son muy hermosos y el contraste realzará aún más su belleza” - Se sorprendió a sí misma cuando le molestó escuchar de sus propios labios la mentira que decía cada día a decenas de clientes cuando querían saber su opiníon. Ella prefería los tulipanes Passionale. Incluso su nombre era hermoso. Tan sugestivos y tan frágiles al mismo tiempo. Le daban ganas de cogerlos y abrazarlos para que duraran etérnamente.

El se quedó pensativo mirándolos. Escuchaba la respiración de la chica a su lado. Sabía que era la hora de la verdad. Ya no había escapatoria.

- “Está bien. Póngame dos docenas de los Passionale

Ella los comenzó a escoger y el sentía que con cada uno de ellos una vela se encendía. Esperaba que estas velas aportaran algo de luz a su vida.

Entre mil dudas naufragué
entre tus brazos me olvidé
perdido el norte me encontré
entre la angustia y el placer

En otro mundo

En otro mundo
Los primeros canarios que llegaron a Luisiana en 1777 se encontraron en otro mundo. Al bajar de los barcos, esos setecientos hombres y mujeres canarias abrieron sus bocas con asombro. Ellos habían dejado atrás una tierra árida, yerma, en donde se luchaba por sacar algo que comer de la tierra. Lo que se encontraron fue como un sueño inalcanzable, un lugar en el que parecía no haber distancia entre sus sueños más salvajes y la realidad.

El verde era el color predominante. Había verde por doquier. La vegetación crecía en todos lados. Y si no había verde, entonces era agua. Solamente mirando al mar habían visto tanta agua anteriormente. Pero esa era agua salada que no podían usar. Aquí era agua dulce. Miraban y miraban tratando de ver si despertaban del sueño que estaban viviendo. No podía ser real, debían estar en la profundidad de lo insondable, en los reinos oníricos.

Cuando pasaron los primeros días en esta tierra vieron que su vida sería muy dura. Había agua y había vegetación, pero también habían miles de animales que nunca creyeron que pudieran existir. Las serpientes y los caimanes los aterrorizaron, al igual que las enormes arañas, los murciélagos, las nutrias y el resto de seres que los miraban desde la espesura. Pronto comprobaron que cuando plantaban, todas esas bestias se esmeraban en robarles los frutos.

El agua, esa bendición, pronto demostró ser un poco caprichosa, cambiando de nivel bruscamente. Tras perder sus primeras casas con las crecidas del Misisipi aprendieron a construir en lugares más altos.

Los barcos se marcharon y los dejaron solos, rodeados de esa selva. Aprendieron muchas cosas de los indios, que aunque al principio los aceptaron a regañadientes, después descubrieron que estas gentes sencillas solo querían vivir su sueño en el nuevo mundo.

Para los curas fue distinto. Veían a los nativos como causas perdidas y motivo de perdición para los suyos. Los arengaban para que acabaran con ellos en el nombre del Señor, objetando que su mera existencia lastimaba sus pobres corazones y podía anular sus voluntades. La audacia y la crueldad de estos supuestos servidores del Señor no tuvo límites. Buscaban el oro de estas pobres gentes y después los mataban. La mezcla de soldadesca y clero creaba un monstruo imposible de detener. Allí por donde pasaban desaparecía la vida inteligente.

Los canarios mientras tanto continuaron con sus sencillas vidas. Aprendieron a reponerse a todas las catástrofes naturales, a los caprichos del misisipi, a las inclemencias del clima, a los animales venenosos, al nepotismo de sus gobernantes. Una vez se asentaron en esas tierras las vieron como suyas. Pero no perdieron sus raíces. Mantuvieron su idioma y sus costumbres. Se convirtieron en una anomalía en medio de un país tan grande como los Estados Unidos. Fueron de los últimos en abandonar su idioma, bien entrado el siglo veinte. Los americanos abusaron de su inocencia y bondad. Les dieron las peores tierras, les anegaron sus terrenos con la excusa de salvar Nueva Orleans de las inundaciones, sin compensarlos de ninguna manera. Estas pobres gentes, orgullosos descendientes de canarios se repusieron siempre, levantándose del suelo una y otra vez.

Aún hoy día, en el condado de San Bernardo, al suroeste de Nueva Orleans, se mantiene el núcleo original, con sus nombres y apellidos españoles, con sus costumbres canarias, y aunque dejaron sus islas más de doscientos años atrás, todos los siguen llamando “los Isleños”.

Sirva este pequeño recordatorio para honrarlos y para dar a conocer su historia.

… sabes que yo estoy en otro mundo
con un sueño eterno inalcanzable
piensas que es posible conquistarme …

Hoy aquí, mañana vete

Hoy aquí, mañana vete
El día comenzó como cualquier otro día. Tras el susto producido por el despertador se quedó mirando el techo un par de minutos, confiando en que sea un sueño dentro de otro y poder seguir durmiendo un rato más. Nunca es así.
Tras levantarse, ducha, desayuno frugal y coger la bicicleta para ir al trabajo. Diez minutos de paseo (o tortura según la temperatura y la estación del año) y llegó a su empresa. Un edificio amplio y vetusto que parece tener nostalgia de los años pasados, un lugar fuera de tono en esta ciudad tan futurista.

Como siempre el aparcamiento de las bicicletas está lleno. Nunca deja de sorprenderle la cantidad de gente que aún teniendo coche prefiere venir a trabajar en bici. Encuentra un hueco moviendo unas cuantas y empotra la suya entre ellas. Sabe que a sus dueños no les gustará lo que ha hecho y sólo espera que no sean de los que se desquitan desinflando las ruedas o aflojando los frenos.

Entra en la oficina en donde todo el mundo parece muy ocupado. La secretaria, que lo ve llegar, le da las buenas tardes, con su deje cínico, restregándole en la cara que venga a trabajar tan tarde. Le corresponde piropeándola, llamándola vieja de una forma sutil, aunque sabe que ella es incapaz de detectar su desprecio.

Entra en su despacho. Su jefe lo está esperando. No es buena señal. El jefe espanta a su compañero invitándolo a que se pierda unos minutos en los laboratorios. Otra mala señal. Sólo nos separan de la manada cuando hay malas noticias. El adopta un sufrido aire de indiferencia y se dedica a conectar su portátil en la base. Con la mejor de sus sonrisas, aprendida tras horas frente al espejo, mira a los ojos a su superior.

El hombre le rehuye la mirada. Mala señal. Le dice que se siente. Un sutil cambio de color comienza a modificar la tonalidad de su piel. La sangre se refugia en el interior y un barniz pálido lo cubre completamente.

- “¿Recuerdas la reunión que tuviste la semana pasada con los Comerciales?” - le preguntó directamente.
- “Sí. Fue sobre el nuevo proyecto” - se quedó en guardia.
- “Bien. No sé como pudiste hacerlo, no sé como dijiste aquello, pero tuviste que meter la pata”. El reproche fue crudo y sincero. No lo acompañó con frases vacías ni con gestos superfluos. Únicamente la información relevante.
- “Pero …” - comenzó a defenderse aunque su jefe lo paró en seco
- “No hay pero que valga. No quiero volverte a ver. Vete y no vuelvas más”

La frase sonó tan fúnebre y definitiva que ni se molestó en plantarle cara y optar por defenderse. En su lugar se quedó quieto, mirándolo a los ojos. Era la única defensa posible. El otro le rehuyó la mirada por segunda vez.

- “Todo pudo haber sido perfecto. No sabes el daño que nos has hecho” - las palabras del hombre sonaban a disculpa.

Su cerebro trataba de centrarse en algo. Enfocó la vista en los lápices y trató de aclararse las ideas. No parecía funcionar. Un odio irracional lo embargaba. El color volvía a su rostro. Un exceso de color. Del pálido estaba pasando a un rojo airado. Un pequeño tic comenzó a levantarle el labio.

- “¿Me puedes dejar solo unos momentos?” - preguntó, aunque se temía la respuesta.
- “No. Me quedaré contigo y te acompañaré a la salida. Aquí tengo el formulario que hay que rellenar para los burócratas de Recursos Humanos. Si no te importa me gustaría ir verificando todos los puntos de la lista que me han dado”.

Se sintió humillado. Ni siquiera le permitían el desahogarse a solas. Se tuvo que tragar las lágrimas porque no quería darle el gusto de verlo llorar. Sacó fuerzas de donde pudo y colaboró para acabar lo antes posible la vejación.

Cuando salieron al pasillo había un corrillo en la máquina de café. Miraban descaradamente hacia ellos. Supo que lo sabían. Todos lo sabían. Les lanzó una mirada despreocupada acompañada de una sonrisa cínica. Eso pareció descolocarlos. Ellos se esperaban verlo acabado, hundido, perdido y en su lugar lo veían sonriendo y triunfante. El corro de buitres se enfrascó en murmullos para analizar la nueva información.

Avanzaron hacia la salida. La secretaria le dijo Adiós. Ni se molestó en responderle. Su desprecio por ella salió a la superficie y la mujer se vio reflejada en él, vio lo que él pensaba de ella y de su forma parasitaria de vida, inmiscuyéndose en el trabajo de los demás y corriendo con los chismes a los jefes para medrar y mantener el puesto. Ese era su trabajo. Ese y el de poner folios en la fotocopiadora.

En la puerta, entregó el pase de seguridad y se marchó. No miró atrás. Llegó al aparcamiento y de una patada tiró todas las bicicletas que estaban alrededor de la suya. Salió sin rumbo fijo, sin saber a donde iría.

… y no sé como pudiste hacerlo
no sé por qué dijiste aquello …
pero lo nuestro ha terminado
no quiero volverte a ver …

Retorciendo palabras

Retorciendo palabras
La bruma lo cubría todo. Una espesa capa se extendía hasta el horizonte formando un paisaje plano y monótono. Desde la atalaya en la que se encontraba trataba de atisbar algo aunque sin éxito. Todo lo que se podía ver era efímero y sin ningún valor. Quizás fuera mejor así.

Unas horas atrás en aquel mismo lugar miles de hombres habían defendido su tierra frente a los agresores. Su honor y su orgullo les impedía regalar estas yermas laderas incapaces de dar fruto. El orgullo los mantuvo unidos incluso cuando supieron a ciencia cierta que estaban perdidos, que la hora de la derrota estaba cerca. Se agruparon y siguieron luchando juntos, hasta que el último de ellos gritó por última vez el nombre de su nación. Se defendieron atacando a un ejercito que era diez veces más grande que el de ellos. Pidieron a su Dios que hiciera por ellos lo que ellos ya no podían hacer, pero su Dios es el mismo que el nuestro y ayer estaba de nuestro lado.

Ahora, al amanecer, el Dios misericorde lo cubría todo y dándole un aspecto fantasmal y hermoso a aquel terreno. Me pregunto si realmente estas tierras merecen la pena. Toda la sangre que hemos tenido que derramar para complacer a nuestro rey, para que sus trovadores ingenien grandes historias retorciendo palabras de amor y muerte con las que amodorrar a la plebe, para que los arpíos cortesanos se froten las manos pensando en el gran reino que podrán conseguir si eliminan al rey y a sus herederos.

Cuentan los ancianos que cuando en las mañanas hay bruma es señal de que el verano se agota y el otoño está al caer. Debemos estar a las puertas del mismo.

En su cerebro sonaban voces futuras y pasadas que lloraban por los hombres muertos, que le recordaban que era un arquitecto de edificios fugaces y que todo lo que había ganado hoy se perdería mañana. Una lágrima serpenteó por su cara, tímida y apocada, sabedora que estaba fuera de lugar. La dejó continuar su camino, sorprendiéndose por su emotividad.

Era la hora de tomar decisiones. Tenía que encargar a sus hombres que quitaran a los cadáveres todo lo de valor que aún pudieran tener y que los amontonaran para quemarlos. En este lugar tan árido sería imposible enterrarlos, pero tampoco podían dejarlos allí. El obispo no se lo perdonaría. Así que el fuego era el último homenaje digno que podía regalar a estos pobres infelices.

La guerra es injusta. Hoy fue él quien mereció morir. Un extranjero en tierras extrañas de las que sólo antojaba su nombre y la fama que reportarían a su señor y a sí mismo. Un emisario de la muerte que cayó como una plaga sobre este pequeño mundo y lo asoló. También mereció morir en batallas anteriores, decenas de veces, pero la suerte siempre estuvo con él, siempre se mantuvo a su lado. Su aureola de campeón creció al mismo ritmo conque la muerte lo evitaba.

Sabía que el sólo era un decimal, un trocito sin valor en la historia del hombre, pero eso no lo consolaba. Odiaba lo que hacía pero una y otra vez lo volvía hacer. Todos decían de él lo que él mismo no se atrevía a pensar.

A lo lejos el sol salía tímidamente por el horizonte. Un sol rojo que se comía la bruma y dejaba ver lo que habían hecho. Se dio la vuelta y se recogío en su caseta. Sus lugartenientes lo miraban silenciosamente mientras esperaban que comenzara a impartir órdenes.

… de que sirve un futuro ideal
construido en terreno ilegal …
o un pasado que me hace dudar … del presente