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El Hogar no es donde vives sino donde te comprenden

Home is not where you live
but where they understand you.

Christian Morgenstern

Seguramente de no haber visitado la fábrica de cerveza Guinness en Dublín nunca me habría tropezado con esta frase con la que me siento totalmente identificado. Si esto es cierto para todos, lo es aún más para los emigrantes, para aquellos que como yo nos liamos la manta a la cabeza y dejamos nuestra tierra para perseguir nuestros sueños. Arribamos a mundos distintos, a veces inhóspitos, a veces acogedores y una de las primeras tareas que tienes que culminar es la de crear tu nuevo hogar, identificarte con el sitio y aprender a amarlo.

En este proceso de aprendizaje, de conocimiento mutuo que sucede entre Uno y el Nuevo Mundo, es fundamental encontrar gente con la que te identifiques y lanzar tus garfios para abordarlos porque sin amigos es prácticamente seguro que fracasarás. Con el tiempo puede que llegues a ese estado en el que te sientes tan a gusto pese a tener el corazón partío y saber que cuando estás aquí añoras a los de allá y cuando llegas allá quieres volver aquí porque esta es también tu casa.

Es a partir de ese punto cuando nuestra casa está en donde nos comprenden, no donde vivimos. La llevamos a cuesta con nosotros y aunque pueda parecer lo contrario, no es una carga pesada, es algo que ni siquiera notamos. Cuando miro hacia atrás y repaso todos los años que llevo en los Países Bajos, me doy cuenta que pude haber elegido el quedarme en Gran Canaria y seguir en mi trabajo, pude haber elegido irme a la Península a trabajar o emigrar hacia otro país. Todas las puertas estaban abiertas y fue la mano del destino la que eligió por mi. No me arrepiento ni de un solo minuto de ello. Aquí o allá, siempre estoy en casa porque en ambos sitios tengo buenos compañeros de viaje que me comprenden.

Esa línea que nos separa

Cruzando la línea

Cruzando la línea, originally uploaded by sulaco_rm.

En nuestra programación genética alguien debió cometer un error y por culpa de eso siempre estamos creando barreras, creando líneas que nos separan a unos de otros. Esa línea que nos separa no podemos verla pero siempre está ahí, entre hombres y mujeres, ricos y pobres, blancos y negros, azules y amarillos, incultos y letrados, pon el grupo que quieras y siempre hay otro que equilibra la balanza. Quizás se trate de eso, de equilibrio y es la forma cachonda que tuvo quien quiera que nos haya creado para implementar el Orden, empotrarlo dentro del Caos.

Un pequeño grupo de gente es capaz de cruzar esas líneas, de ir del blanco al negro, del punto A al B y no tienen ningún problema en funcionar entre dos mundos, lo ven como algo natural. Esto no se puede aprender, se nace con ello. Muchos creen que lo tienen pero en realidad no es así. Viven sus vidas en su pequeño universo cerrado y de boquilla se jactan de su inmensa apertura, su facilidad para la integración, para la mezcla mientras la realidad, si la dejaran manifestarse, demostraría que no es así.

El monje de la foto iba a cruzar una línea, una real y no imaginaria, una línea que separa un edificio construido hace veinte siglos del mundo actual, del siglo veintiuno. Yo lo fotografié desde el otro lado, desde el pasado, estando en el interior de aquel mágico lugar que fue construido en tiempos muy anteriores a la fotografía digital, a la era de los ordenadores, la sociedad de la información y todas esas cosas con las que nos hemos rodeado para evitar ver a otros seres humanos y así no tener que permitirles cruzar las líneas que dibujamos a nuestro alrededor.

Cada día que pasa descubro alguna línea que inconscientemente he creado y procuro romperlas, borrarlas para tener más espacio y ser más libre, porque las líneas, por inocentes que parezcan, se retuercen y convierten en círculos que nos atrapan y nos limitan.

Ajustando la bitácora

Hoy he realizado algunos pequeños cambios en los cimientos de la bitácora. Todo comenzó con una chorradita y al final han sido varias cosillas que quería hacer desde tiempos inmemoriales y que paso a enumerar:

  1. K2 v1.0 RC6. Ahora estamos sobre la última versión del K2, que es lo que sostiene el aspecto de la página y ayuda a colocar las dos columnas laterales y algunas otras cosillas. He tenido que ajustar algunos tornillos y por lo que parece todo se ve bien pero si alguien nota algo, ya sabéis para qué sirven los comentarios.
  2. Gravatars. Aquellos que tengan un gravatar vinculado a la dirección de correo que usan para comentar, verán que la imagen que el duende que está escondido por ahí detrás añadirá su imagen al comentario. En caso de no tener una, lo cual me temo que sucede con el 99% de los comentaristas, que aquí sois todos muy Web 2.0 para mandar correíllos invitándome una y otra vez al Fasebuc o al maispase pero después, las cosillas estas interesantes no las adoptáis. Así que quien tenga uno, identificará unívocamente sus comentarios con su imagen elegida y para los demás, el señor duende elegirá una imagen que también es única y la pondrá en todos sus comentarios. La elección es aleatoria y no se puede cambiar.
  3. TinyMCE en los comentarios. El pequeño y elitista grupo que comenta habitualmente verá que la ventana en la que dejan sus apreciados comentarios ha cambiado y ahora les permite añadir negrita, cursiva, subrayado o incluso poner un enlace de forma muy visual y sencilla. Aprovecho para recordar mi tolerancia CERO con los comentarios que tienen enlaces que no usan código html.
  4. Super Cache. He cambiado a los esclavos que mantienen la cache y he puesto a unos más rápidos y poderosos. Igual hasta notáis un incremento de la velocidad de carga.
  5. PHP 5. Después de años usando PHP 4, he cambiado a la versión 5 que soluciona algunos errores que tenía con algunos plugin de la bitácora. Igual hasta el sistema de refresco de página cuando se escribe un comentario vuelve a funcionar y así no os dedicáis a mandar comentarios duplicados.

Por lo demás, he quitado el mensaje que imploraba a los usuarios de Internet Explorer que se cambien a Firefox. Ya hemos conseguido una gran masa crítica y podemos relajarnos un poco.

Vuelvo a repetirlo. Si alguno nota algo raro, que me deje un mensaje en los comentarios.

Cuestión de perspectiva

El otro día charlaba con unos amigos en el jardín y mientras trabajábamos juntos para vaciar el barril de cerveza Jupiler de mi PerfectDraft hablábamos de lo distintas que son las cosas según la perspectiva con que se miren. La conversación giraba en torno a la facilidad con la que intentamos ahorrar en unas cosas y derrochamos dinero en otras. Los ejemplos eran variados.

Pongamos el nuevo disco de Madonna. En Holanda se compra por 9.99 euros, lo mismo que te puede costar si lo descargas de iTunes. Aún así hay gente que te dice que es caro y prefieren descargarlo de Internet. Esa misma gente va al cine, paga 9 euros por cada entrada, paga diez euros por un cubo de palomitas de maíz y dos refrescos con más agua y hielo que otra cosa y ni siquiera son capaces de ver que el CD lo tendrás toda tu vida y lo otro te dura dos horas y es un atraco a mano armada. Siguiendo con el mismo ejemplo salió a relucir un ex-compañero fumador que siempre se metía conmigo por mi gasto en cine. Yo pago dieciocho euros al mes y tengo un abono ilimitado que por ejemplo en abril me ha servido para ir nueve veces al cine, con lo que mis cuentas me dan dos euros por película. Él se gasta casi cincuenta euros al mes en picadura para liarse sus cigarrillos y todavía no se da cuenta de quién está tirando el dinero.

Esta diferencia de perspectiva puede darse también en la misma persona. En mi mente y en la de muchos están esos colegas que no se compran una camiseta y andan que parecen mendigos por la calle mientras que tienen el coche más caro, más equipado, más metrosexual de los disponibles. No comen pero cada vez que salen a la calle miran con orgullo su preciosidad. Para ellos gastarse dinero en cosas pequeñas y necesarias resulta un derroche pero tirarlo en algo que sólo sirve para que la gente te mire les parece vital. Esos mismos me miran como un bicho raro porque no tengo coche y me muevo siempre con el transporte público. Aún les preocupa más que no sienta la necesidad de tener un vehículo propio, vivo feliz escuchando mis audiobooks en el tren, jugando con mi teléfono móvil y disfrutando con mi bicicleta para moverme por el país.

Otra de esas diferencias de perspectivas venía a cuento de un amigo que siempre se mete conmigo porque tengo un iBook, un ordenador apple. Lo compré hace casi tres años y vivo tan feliz desde entonces. No tengo güindous ni lo necesito y no siento que haya perdido nada. Él, en estos tres años, se ha comprado tres ordenadores, los cuales vende perdiendo dinero para comprar el nuevo porque necesita estar a la última, y lo más curioso que esa última debe ser cuestión de hardware porque en todos sus equipos ha tenido siempre güindous equispe. Yo me gasté mucho menos dinero que él y si quisiera vender mi ordenador, conseguiría más dinero del que este pobre desgraciado logra y sigo siendo capaz de realizar las mismas tareas que hacía el primer día.

Tendemos a aplicar un criterio para las grandes cosas, los objetivos a largo plazo y otro totalmente distinto para las pequeñas cosas del día a día. Ni siquiera nos damos cuenta, es algo natural.

Desde mi perspectiva, vivir en España es un craso error. Siempre que paso por allí de vacaciones escucho las historias de amigos y conocidos, las quejas por trabajos malos, sueldos miserables, coste alto de vida y lo comparo con la mía, en el extranjero, con un sueldo excelente que se incrementa un par de veces al año, sin hacer horas extras, sin tener que aguantar las gilipolleces de un jefe cabrón, ahorrando cada vez más, viajando por el mundo y ellos lo ven desde su perspectiva, las pasan canutas pero viven en un país con mejor calidad de vida, mejor clima y eso al parecer lo compensa y yo sigo sin entender por qué mi calidad de vida es peor.

Todas y cada una de nuestras decisiones diarias determinan la perspectiva con la que miramos la vida. Ahorramos o gastamos, hacemos esto o aquello, vivimos aquí o allá, tenemos unos amigos u otros y en ocasiones quizás debamos mirar las cosas desde otra perspectiva, otro ángulo para aclararnos o para cambiar, ya sea a mejor o a peor, pero al menos seguir evolucionando.

Distorsiones de primavera

Distorsiones de primavera

Le damos la bienvenida a la primavera cambiando el aspecto y volviéndonos un poco más ligeros e insubstanciales. En los próximos tres meses estaremos de esta guisa, entre tonos verdes y celestes y con unas cuantas flores en la imagen de la parte superior. Hay cuatro portadas distintas que se alternarán por estas tierras. Las imágenes de la cabecera fueron seleccionadas entre las que tomé el año pasado cuando visité el Keukenhof. No he cambiado mucho y por lo tanto no espero que existan muchas cosas rotas pero si alguien encuentra algo que me lo diga. Está revisado con Safari, Firefox y Camino, tanto en OSX como en Ubuntu. Al mismo tiempo he actualizado a la última y recién salida versión de WordPress y es posible que esto también añada algún tipo de comportamiento divertido o inusual.

Finalmente, esta anotación hace el número DOS MIL QUINIENTOS. Un número redondo y desorbitado. Felicitar a todos los que han estado ahí desde el comienzo, aguantando mis boberías.

Para aquellos que lo vean todo mezclado, no está de mal recordaos que sería conveniente vaciar la caché de vuestro navegador

El país de las grúas

No sé si los españoles se dan cuenta de lo que están haciendo a su país pero os puedo asegurar que lo que está sucediendo aquí no tiene equivalencia en ninguno de los grandes países europeos. En un año he estado en Barcelona, Madrid, Ávila, Segovia, Salamanca, Málaga, Gran Canaria y Sevilla. En todos esos lugares hay un desmadre absoluto de nuevos edificios que crecen como setas y que cambian la orografía del lugar. Lo de Madrid es tan grave que ya desde el aire se puede ver otra ciudad, una nueva y de barriadas inmensas que crece en las afueras. En Málaga no han dejado un metro de tierra al aire libre, en todos lados han crecido edificios, que se ensañan con el mar, al que están acosando y en las otras ciudades, tanto de lo mismo. Uno se da cuenta también al mirar las fotos que hace y pasarse la tarde quitando grúas de las mismas, no una, ni dos, sino seis o siete. En cualquier dirección que apuntes, allí están.

Entre los años 2002 y 2004 en Utrecht, la ciudad en la que vivo, se aprobó el plan de ordenación urbana de los próximos veinticinco años. Fue una consulta popular en la que los ciudadanos tuvieron que elegir entre una ciudad pequeña y con edificios grandes en el centro o una ciudad más grande pero en la que está prohibido construir edificios salvo en un area muy limitada. Ganó la segunda opción. Cuando uno llega a Utrecht, sea desde donde sea, ve siempre la torre de la catedral y se asombra porque casi no hay torres de más de tres plantas. Únicamente en el centro hay algunos edificios de seis pisos y en la zona industrial se han permitido torres de oficinas de más de diez y menos de veinte. También sabemos perfectamente como va a crecer la ciudad ya que ese plan de ordenación urbana que se aprobó determina cuando, como y de qué tipo son las viviendas que se irán construyendo a lo largo de estos veinticinco años. Las áreas de nueva construcción irán naciendo acompañadas del tren, autopistas y demás sistemas de transporte público para que desde el primer día la gente que decida vivir allí pueda ir y volver al trabajo sin coche.

Uno puede hacer una foto desde el DOM, ese magnífico campanario que es una seña de identidad de la ciudad, y no toparse en la misma con ninguna grúa. Aún así, los holandeses tienen la sensación de haber permitido construir demasiado y los oirás quejarse por el descontrol que hay. Yo les explico que cuando era pequeño e iba a Puerto Rico, en el sur de Gran Canaria, pasábamos por Maspalomas y había un inmenso erial. Ahora es una ciudad llamada Campo Internacional y no han tenido bastante con eso por lo que atacaron Meloneras, una de las mejores playas de la isla y la han convertido en lugar de apiñamiento de moles con todo-incluido, bestialidades que nunca se debieron haber permitido. También les cuento que en la ciudad de las Palmas tenemos Siete Palmas, la Minilla y otros nuevos barrios de los que ni siquiera me sé el nombre y en los que abundan los edificios altísimos porque aquí la gente gusta de vivir en colmenas.

Ya es muy tarde para salvar todas esas ciudades y conociendo a los españoles, es muy tarde para salvar muchas otras zonas. Aquí, en España, vale todo, se permite todo y se consiente todo. Las leyes están hechas para saltárselas. Mientras el campo se vacía las ciudades seguirán engordando, el cemento seguirá ganando terreno y un buen puñado de desgraciados se enriquecerán con este crimen. Es lo que hay.

Vacaciones antes de Semana Santa

Son solo siete días de diferencia y podría parecer que las cosas son prácticamente iguales, pero esa semana de distancia hace que en la playa en muchas ocasiones esté completamente solo, Yo, el Sol y el Mar y cuando los heraldos anuncien oficialmente las vacaciones, entonces habrá una marabunta luchando por conseguir un metro cuadrado de arena, niños corriendo pisoteando las toballas ajenas, ancianas sin vergüenza lavando los cacharros en el agua sin que les importe el que la estén contaminando, pequeños delincuentes agarrados durante horas a las duchas y lavapies derrochando el agua mientras las bestias de sus madres les ríen la gracia y los alientan a seguir por ese camino de subnormalismo.

Son solo siete días pero no tienen precio. Respirar el olor del mar y no el de la tortilla de los que están a tu lado, escuchar los sonidos que hace el agua al romper en la orilla sin los gritos de la verdulera de turno llamando a su Ayoze, Kevin Costner o ese estúpido nombre que le ha puesto siguiendo alguna moda extendida en los polígonos en los que viven. Poder ver el fondo del agua y disfrutar con su limpieza sin tener que esquivar bolsas, restos de comida y las caquitas del niño, todo eso no tiene precio.

Son solo siete días y a veces los amigos me preguntan por qué no retraso mis vacaciones y así coincido con las de Semana santa y no parecen comprender que no solo mi billete es dos veces más barato, la calidad del entorno es diez veces mejor, no padezco ningún tipo de atascos de tráfico para llegar a los lugares que me gustan, no tengo agobios de ningún tipo y cuando vuelvo a casa y comienzo a trabajar, allí también me acompañará el silencio porque algunos se habrán ido de vacaciones. La cantidad de días que yo tengo no está vinculada a fiestas nacionales porque en Holanda casi no las hay y mis treinta y nueve días laborables los puedo repartir como quiero y por eso elijo la semana antes de Semana Santa.

Son solo siete días pero parecen dos universos distintos.

Ruidos

Toda mi vida salvo en los años que he pasado en Holanda se escuchaba el ruido del mar desde mi habitación. En las tres casas que he vivido en Gran Canaria el mar estaba cerca, presente, y además de olerlo por la noche su ruido de fondo era el que me ayudaba a coger el sueño. Ahora cuando vengo de visita a Gran Canaria me duermo casi al instante, es como si mi cuerpo recuperara esa banda sonora que me falta allá y celebrara su regreso.

En los Países Bajos, en mi casa, hay una asombrosa falta de ruidos. La casa está tan bien aislada que raramente escuchas nada que provenga de fuera y solo de cuando en cuando en el verano, al dormir con la ventana abierta me da la impresión de oír algún tren carguero que pasa durante la madrugada y ni siquiera estoy seguro que sea real, ya que las vías están a casi un kilómetro y es un ruido muy lejano. En el invierno no hay sonidos extraños, sólo la oscuridad más absoluta y el vacío de la ausencia de ruidos. Si se interrumpe esta paz, posiblemente sea el rumor del agua al correr por las tuberías de la calefacción y esto tampoco pasa a menudo porque a la medianoche se apaga y a menos que la casa se enfríe por debajo de cierto umbral, no arrancará hasta diez minutos antes de despertarme.

Me gusta ese silencio tan poderoso, saber que no hay ruidos de coches, motos de escape libre, gente gritando por la calle y demás. En los años que viví en Hilversum, en pleno centro de la ciudad y en una de las calles de bares de copas, los viernes y sábados por la noche eran una sinfonía de sonidos extraños que cruzaban limpiamente a través de las paredes de madera de la vieja casa en la que vivía. A veces eran conversaciones a gritos entre borrachos, otras alguna moto, pitas de vehículos, peleas de novios y de cuando en cuando las sirenas de la policía o los bomberos. No tengo grandes problemas para dormir y una vez me acostumbro a los ruidos, mi cerebro es capaz de aislarlos y ni me entero pero sigo prefiriendo el ruido del mar al romper contra las rocas, esa serenata suave en ocasiones y brava en otras que parece no tener fin y que no tiene dos movimientos iguales.

La contaminación acústica ha pasado a formar parte de nuestras vidas. He estado en multitud de sitios y en todos hay sonidos distintos que la gente ya ni siquiera nota. En Nueva York era la continua presencia de las sirenas de los bomberos. No sé como se las apañan pero cada poco tiempo hay un coche de ellos en la calle haciendo ruido a destajo. En Washington era la cercanía del aeropuerto Washington National y su constante flujo de aviones. En Nueva Orleans el tranvía que pasaba por Charles St. y que parecía rodar dentro de la habitación. En Sudáfrica no era contaminación acústica, era un exceso de naturaleza, con miles de animales gritando tan pronto salía el sol y en el desierto de Omán, en Sur, allí también se escuchaba el mar y un viento insidioso que parecía no parar. En Lanzarote la banda sonora estaba compuesta por viento y más viento y en Madrid o Barcelona escuchaba el tráfico incesante por esas autopistas en que se han convertido las avenidas de las grandes ciudades. En todos los sitios hay algún tipo de ruido y salvo en contadas ocasiones, es nuestra sociedad la que los produce. Allí a donde voy, al acostarme presto atención a los ruidos del lugar, procuro identificarlos y reconocerlos para dormirme tranquilo. Es algo que quizás uno hace inconscientemente pero que a mí me gusta paladear, separar los unos de los otros y una vez ha terminado mi inventario, me duermo sin más problemas.

La banda sonora de la naturaleza parece crear música, ya sea con los pájaros cantando, con las olas del mar, con el viento silbando o con las hojas de un gran árbol rozándose entre ellas. No es así con los ruidos producidos por el hombre. Son rudos, repetitivos, violentos y adolecen de gracia alguna. Aún así tenemos que convivir con ellos.

He VOTAO

Votar o no votar, esa es siempre la cuestión cuando llegan las elecciones y uno es un pobre inmigrante casi en la indigencia. Lo del voto gratuito es un mito que a nosotros casi se nos escapa. Al ser un ciudadano español legalmente registrado como residente en otro país, siempre me llega toda la documentación y los panfletos para que vote por correo y para hacerlo he de elegir el partido con el que quiero perpetrar mi atrocidad, meter la papeleta en el sobre correspondiente, meter este en otro sobre algo mayor, añadir un papel que certifica que soy yo aunque no lo sea e ir con eso a correos. Después tengo que enviar la carta por correo certificado con no se qué vainas más con lo que me levantan unos nueve eurolos, poner el recibo con la pasta gastada en el sobre, cerrarlo y mandarlo.

Si tienes suerte y hay buena voluntad del gobierno reinante en España, es posible que un año más tarde te llegue una carta por correo certificado y en su interior tendrás un cheque con el dinero que te gastaste. En mi caso, ese cheque solo ha llegado una vez, en las anteriores elecciones generales. En todas las que hubo entre el año 2000 y el 2004, alguien se quedó con la pasta, alguien robó ese dinero y se lo apropió ilícitamente. Además, tendré que acudir a una oficina de mi banco y creo que me cobrarán alguna comisión por ingresar el cheque lo que hace que ni me moleste y lo tire a la basura porque mi tiempo no tiene precio y ya casi no quedan oficinas bancarias por el país.

Este año he pasado del tema y me he dirigido al Consulado español en Amsterdam, el cual está en Frederiksplein, muy cerca de la casa donde vivía mi amigo el Turco. El consulado solo abre un sábado al mes, el primero de cada serie mensual y únicamente por dos horas y media, con lo que se impone un madrugón del copón para poder llegar a tiempo y votar. Si eliges esta opción, comprueban tu pasaporte, te hacen un papel que dice que has votao que no sé muy bien si sirve para algo y sellan tu sobre cerrado como para garantizar que nadie lo abrirá y manipulará. Después se lo quedan y aquí paz y en el cielo cristianos.

Esta campaña electoral me está pillando de refilón. No veo debates, no leo información de ningún tipo referente a la misma y mi opinión sobre ambos candidatos es que dan pena, tanto el de la izquierdona como el de la derechona. Pese a todo, no he querido dejar de ejercer mi deber constitucional y ya está consumado. Hace cuatro años, el recuento de las elecciones me pilló volando. Despegué de Holanda con un presidente y un candidato supuestamente favorito y llegué a España con otro ganador. Esta vez es probable que de nuevo me pille el recuento en el aire. Espero que así sea porque no mola nada el llegar a España y en lugar de tener los programas esos de puteo y zorrones te tienes que mascar con unos señores serios y aburridos que analizan algo que ellos llaman la realidad aunque a mí no me lo parece.