Hancock
Todos los veranos tenemos un puñado de películas que son las que revientan taquillas, agotan palomitas de maíz y mueven masas de descerebrados hacia los cines para ver lo más grande. El tiempo, ese arma mágica contra la que no hay defensa, pone posteriormente a todas estas películas en su sitio y pronto las olvidamos. Es un producto de consumo instantáneo, usar y desechar y así hay que tomárselo, sin más expectativas. Uno de los reyes de este cine insubstancial y vulgar es Will Smith y la última de sus películas se llama Hancock, título que por alguna obscura y retorcida razón siempre me hace sonreír porque yo escucho hand y cock o lo que es lo mismo, mano y polla o eso que entre los intelectuales denominamos como gayola.
Un hijoputa julay se ensaña con los malos para liberar su intención sexual
No hay mucho que contar. Una especie de desecho humano hijoputa y cabrón que tiene la suerte de ser una especie de superhéroe del reverso poligonero se busca enemigos entre la gente a la que pretende ayudar hasta que conoce a un julay medio retardado que se empeña en limpiar su imagen y convertirlo en una bella persona. En medio de esta campaña las cosas se complican, los malvados se multiplican y los efectos especiales se reproducen hasta el infinito y más allá.
Lo cierto es que la cosa empezó muy bien y pintaba fantástica. Teníamos una visión retorcida y diferente de algo que vemos varias veces al año en el cine y el guión parecía marchar como la seda. Sorprendía el que existieran personajes con algo de profundidad y una dinámica más bien propia del buen cine. Por desgracia, alguno de los miembros del equipo de producción se dio cuenta y en cierto momento la película se va al carajo por el camino de los efectos especiales y la ordinariez. En la parte final, uno no sabe si está de nuevo reviviendo la pesadilla de Transformers con una serie de sucesivas decepciones a cargo de todos y cada uno de los protagonistas. Podría haber quedado como una buena película y acabó convertida en una payasada.
Salvo por lo agradable que es pasar un rato en una sala con aire acondicionado o si eres seguidor del cine con efectos especiales a porrillo no hay muchas más razones para ver esta película totalmente prescindible.

Nuestras vidas están construidas sobre una línea que mayormente es suave pero que de cuando en cuando tiene saltos bruscos según los eventos excepcionales que ocurran en ella. Algunos somos capaces de disfrutar hasta de las cosas más nimias y verlas como pequeñas maravillas y otros se apoltronan en su monotonía y sienten pánico a salir de ella. Solo vivimos una vez así que cada uno ha de elegir como quiere que sea su huella en el mundo. Esta pequeña e inocua reflexión nos sirve para presentar la película 
Resulta paradójico que el cine de animación, originalmente pensado para los pequeñines de la casa, se haya terminado convirtiendo en el que nos enseña las historias más interesantes y además consigue mantener el balance entre adultos y niños. Son un puñado de películas cada año y casi siempre merecen la pena. Ayuda mucho el usar solo las voces de los actores y el poder desplegar la imaginación de los artistas que crean las animaciones. La última de estas películas que he visto es 
Hace más de dos años y medio hablábamos por aquí de 
Hay una mezcla extraña que ha surgido en los últimos años en Hollywood y en la que al mismo tiempo tenemos comedia y drama, tratado de una forma algo diferente al estilo de las comedias románticas. Son películas de humor bastante zafio y que no se quedan en la educada línea que todos tememos traspasar. Van mucho más allá y en ocasiones pueden llegar a ofender a los espíritus sensibles por el lenguaje o la representación visual que se hace. En este grupo de cine basto y grosero y al mismo tiempo entretenido y bien pensado se encuentra
Estando en Gran Canaria y puesto que había visto prácticamente todo lo que estaba en ese momento en la cartelera española, descubrí una película de nombre extraño y de la que nunca había oído hablar. Una de las tardes en las que me apetecía ver algo de cine me arriesgué y fui a ver
Yo me quedé atascado en los Juegos Reunidos Geyper y lo de las cartas nunca se me ha dado. Me aburren las partidas interminables a esos extraños juegos plagados de reglas y en donde uno ha de vencer al contrario ayudado por su destreza y conocimiento del juego y la suerte al recibir sus cartas. Tampoco es que lo lamente. No me he perdido nada y posiblemente he aprovechado muchísimo mejor las horas que les dedican algunos en otros menesteres. Mi confusión con las cartas viene también del hecho de tener una baraja distinta a la del resto del universo. Uno crece con bastos, espadas, copas y oros y cuando recién ha descubierto los tocamientos se entera que hay otra con más cartas y otros símbolos y ahí me quedé. Quizás por eso, la película
Es difícil no creer que nuestro sino está ya escrito cuando en la misma semana coincide que vas a ver el musical 
El cine británico siempre ha sido muy interesante. Les encantan las tramas que arrastran un fuerte contenido social y al mismo tiempo tienen una visión irónica y desenfadada de la vida. Te das cuenta que te están contando algo serio pero el envoltorio lo hace parecer insubstancial y no es hasta que han pasado un par de horas que esas ideas vuelven a tu cabeza debidamente procesadas. Si además puedes ver estas películas en versión original, disfrutas con ese delicioso acento inglés, tan distinto del americano y con pequeños giros idiomáticos que le dan una vidilla inexistente en el otro lado del atlántico. Hace poco fui a ver