Archive for the 'El turco' Category

Hasta la vista, amigo

Este fin de semana pasado estuve con el Turco. El próximo domingo abandonará Holanda definitivamente y volverá a Turquía. Allí se casará el mes que viene con una presentadora de televisión. Aquellos que han seguido su vida y obras seguramente encontrarán este final, el auténtico, más falso que muchas de las cosas que yo he escrito sobre él. Le debo acabar todas sus historias pendientes y creo que me sentaré un día de estos para trabajar en ellas. El Turco ha sido durante todos estos años nórdicos uno de mis mejores amigos. Hemos pasado un montón de cosas juntos. Andamos diez kilómetros mar adentro hasta alcanzar la isla de Ameland, estuvimos en Madrid de fin de semana largo, hemos visitado Bélgica, Alemania y prácticamente toda Holanda. No era extraño encontrarnos de copas por Hilversum o Ámsterdam. He ido con él al cine más veces que con cualquier otra persona en los últimos seis años. Estuvimos juntos en el concierto de Madonna, en otro de Eminem y vimos a Elvis Costello en Utrecht, visitamos el gran Circo de Asia y alucinamos con los trapecistas cabezudos norcoreanos. Nos lo pasamos bomba en Duinrel con Helen y navegamos en lagos y canales en más de una ocasión. Recorrimos Giethoorn en nuestra falúa medio hundida por el peso de Helen.

Resulta extraño pensar que alguien que ha sido como un hermano durante todos estos años ya no estará ahí para escuchar tus neuras, que no descubriremos nuevos lugares ni nos reiremos juntos en cualquier peluquería chic de Ámsterdam mientras él intenta que le corte el pelo la chocha que hemos visto y acaba siendo atendido por la maricona fea y lasciva que se esconde en la trastienda.

El domingo nos sentamos como siempre en la cafetería que está junto al hotel Ámstel y recordamos todos esos momentos. Volvimos a vivir escenas increíbles con un montón de gente que pasó por este país y que ya volvieron a los suyos. Es oficial: soy el único que queda de aquella remesa que llegó a los Países Bajos en el año 2000. Todos han sucumbido a la morriña, al deseo de echar raíces, volver a escuchar su propio idioma y vivir en sus países de origen. Únicamente un descastado como yo parece que permanecerá en estas tierras. Me alegro por el Turco porque sé que eso es lo que él quiere pero también me da pena perder un compañero de viaje. Ámsterdam se me va a hacer una ciudad extraña, vacía de amigos. No creo que vuelva a menudo por allí. Hay plazas, locales, rincones, que asocio con los míos y ya no quedará ninguno de ellos.

Por supuesto que intentaré por todos los medios ir a la boda del turco. Ni él me lo perdonaría ni yo deseo faltar. Sé que serán más de trescientos turcos y un único español, el único bautizado y con la religión adecuada para ir al cielo. Su boda promete ser el evento más fastuoso del año 2006 en el hemisferio norte. La flor y nata del famoseo otomano estará allí. Si puedo pasaré unos días en Estambul para hacer algo de turismo. El Turco ya me ha dicho que tengo donde quedarme, que sus padres ya han reservado una habitación para mí en su casa pero me parece muy fuerte quedarme allí. En estos años he conocido a toda su familia. Su hermana vivió en Holanda casi un año y de vez en cuando nos reíamos de ella. La pobre chiquilla nos debe odiar a muerte por las trastadas que le hacíamos. A la madre del Turco la llevé en una ocasión a Groeneveld en un día de invierno con todo helado y alucinó con los canales congelados y el castillo recubierto de hielo. Esa mujer hace las albóndigas de cordero más ricas que he comido en mi vida.

El Turco se va pero deja una puerta abierta a su regreso. No va a vender su casa. La alquilará. Si alguien está dispuesto a gastarse dos mil quinientos euros al mes podrá vivir en un apartamento de lujo con un dormitorio y medio en una de las zonas más exclusivas de Ámsterdam, con vistas directas al canal Ámstel y a cinco minutos de Rembrandtplein. Ya le he dicho que me parece una pasada lo que pide pero como él dice, el apartamento tiene hasta Home Cinema y ¿quién no está dispuesto a pagar un poco más por esos caprichos? Yo le respondí que Yo no lo estaba y me dijo que yo soy un gitano y no cuento, que cualquier ejecutivo estiloso que venga a trabajar a la ciudad conseguirá que su empresa le pague dicha casa. El Home cinema lo compró de segunda mano a través de una de esas páginas web de venta de todo tipo de objetos. Tuve el placer de acompañarlo el día que lo fue a buscar. El vendedor vivía en una barriada marginal de Ámsterdam, al Sur de la ciudad, todo antenas parabólicas y gente con pinta de maleantes en las aceras. Nosotros con nuestros politos de marca, nuestras gafas de sol fashion y en el BeMeTa del turco con los cristales bajos y escuchando 50 cents a todo meter. Cuando llegamos a la casa del tipo y compramos el Home Cinema yo flipé. Aquel tío seguro que vende cosas robadas porque la casa era un enorme almacén. Nos dijo que permaneciéramos en contacto, que de cuando en cuando tiene cosas interesantes para vender y nosotros parecemos gente guapa. Salimos de allí a escape. Siempre me pasan estas cosas cuando nos embarcamos en aventuras.

El sábado cuando nos reunimos en su casa yo ya le expresé mi poco interés en salir a la calle. Prefería tomar unas cervezas en la seguridad del hogar.

- ¿Por qué? - me preguntó.

- Asómate a la ventana y lo descubrirás - le dije.

Aquel día era el Amsterdam Gay Parade y la cabalgata de barcos pasa por delante de su casa. Nos asomamos al balcón y nos encontramos un canal abarrotado de embarcaciones y todo tipo de julandrones desmelenados. Estuvimos toda la tarde tirando rollos de papel higiénico y recogiendo las cosas que nos lanzaban desde los barcos. Aquello fue un despiporre. El domingo pensamos que la cosa estaría más tranquila y nos atrevimos a ir a Rembrandtplein. Fue un tremendo error. Había un escenario y en el mismo cuatro locazas cantaban canciones de Abba mientras un par de miles de tíos con la cabeza rapada y la mitad de ellos con pantalones que dejaban ver sus culos coreaban aquellos clásicos y nos lanzaban miradas lascivas. Tuvimos que escurrir el bulto rápidamente. Acabamos en el Burger King, como siempre, comiéndonos un menú y quejándonos por todo. Tantos años y aún no hemos conseguido que en dicho restaurante de comida rápida mejoren el servicio. También arrastramos al menos una despedida del mismo. Tantos recuerdos.

Los cambios siempre llegan en tandas. Este miércoles es casi seguro que tendré un nuevo puesto en mi empresa, el domingo se marcha un gran amigo y todo mi mundo está experimentando una transformación. Seguro que será muy interesante ver lo que sucede en las próximas semanas.

Duchas, [malos] olores y algo sobre mí y mi mundo

Estos días han sido muy movidos. Me los he pasado visitando amigos para aprovechar y darme una ducha gratuita. También he ido en varias ocasiones a casa del turco ya que seguía en su país y tengo las llaves de su casa. Aquí mucha gente se cree que todo lo que sucede es falso y lo que se cuenta no es auténtico. Sin embargo, al menos un lector ha tenido el dudoso privilegio de venir conmigo un día a casa de este hombre y pudo ver el lujo y boato en el que vive, así como sus múltiples botellas de alcohol con las que se caga en los muertos de su religión y rompe con ella. El baño del turco es el más lujoso de los que he visitado pero tiene un pequeño problema. Cuando se marchó a su país en diciembre apagó la calefacción de su casa para ahorrar dinero y no he sido capaz de volver a encenderla. El resultado es que la casa está a unos saludables cuatro o cinco grados y darte una ducha es una operación de alto riesgo. Hay que planificarlo todo cuidadosamente, colocar la ropa y la toalla en el lugar adecuado, abrir el agua para que se vaya calentando y en el momento adecuado desnudarse y saltar en la bañera corriendo para darte la ducha. Al acabar no es tan duro porque el cuarto de baño acaba ahumado y a una buena temperatura y se puede salir, secarte, vestirte y coger el piro antes de que te cale el frío. Yo creía que lo de no poder encender su calefacción era por culpa de mi ignorancia y mis limitaciones obvias con la tecnología (no hay más que ver lo mal que se presenta esta página en navegadores tan mierdosos como ese producido por microzof hace como 4 años). El turco volvió esta semana y cuando entró a su casa casi le da un jamacuyo. Trató por activa y por pasiva de encender el puto cacharro y no hubo manera. Finalmente decidió llamar a un técnico que le confirmó que por dejarlo apagado todo el invierno el trasto se había medio escoñado y la broma le costó ochenta euros. El lado bueno de la historia es que al menos este año le bajarán la factura por consumo de gas y electricidad, que por culpa de tener la calefacción a máxima potencia el invierno pasado durante seis meses ahora está pagando doscientos cuarenta y nueve euros mensuales solo en energía. Volveré a hablar del turco próximamente porque ha retornado con algunas historias interesantes que espero poder contar.

Otra ducha visitada fue la de Dani, no el de las historias sino el que vive en Nijmegen. En este caso era un baño normal y la calefacción funcionaba perfectamente. Antes de la ducha nos tomamos una cervecita Grolsch Kanon con unos escasos 11,6% de volumen alcohólico que hace que cada cerveza sea como tomarse una botella de vino y que me dejó con la lengua fuera. es un cañonazo de que te cagas. Suerte que estaba enconchinado por la cena porque si no caigo muerto allí mismo. De hecho la segunda historia der Dani que publiqué esta semana fue escrita una hora más tarde cuando volvía en tren a mi casa y aún estaba bajo los efectos de tremendo brebaje.

El último baño que quiero mencionar ha sido el del chino. Pese a mi reticencia al final me tuve que tragar mi orgullo y pedirle al chino que me dejara duchar en su casa. Procuré ir después de la cena para que no me intoxique con alguna mierda de esas que come. Aún tengo pesadillas con las cagadas de caniche que me obligó a comer no hace mucho. Después de la tertulia de cortesía me acompañó al baño. Fue abrir la puerta y supe que ese era el mayor error cometido últimamente. Ya era demasiado tarde y había que apechugar. Me fui a su casa con toalla, champú y todo lo necesario porque quería minimizar al máximo el contacto con las cosas que allí podía encontrar y al menos en eso acerté. Lo primero que me llamó la atención era el mal olor que había allí dentro. El baño del chino no tiene ventanas pero aún así la peste no era normal. Levantó la tapa del retrete y casi me vomito allí mismo. Había un líquido negro, como alquitrán del que yo juraría que salían burbujas. Me dijo que un par de días antes se había roto la cisterna y no podía bajarla. Y una mierda pa’ él. Aquello llevaba roto seguro que semanas o meses porque el agua no se cuaja así de un día para otro. Cerró el retrete pidiéndome que no lo usara (¡sic!) y me dejó allí dentro. Puse mis cosas sobre la lavadora y me fijo en el lavamanos, lugar en el que algo no estaba bien. En el lugar donde la gente suele poner el jabón se encontraba una mata de pelo negro. era como un manojo grasiento y repugnante que decoraba el lavamanos. Otro lugar que no debería tocar. Saqué las cholas de playa para ponérmelas en la ducha ya que algo me dijo en mi casa que mejor me las llevaba. De nuevo he de decir que hice muy bien. Cuando abrí la mampara para entrar descubrí el complejo macrouniverso de algo similar a las algas marinas que había en el desagüe. Los pelos acumulados durante meses y meses se habían agrupado allí formando una mata que se mecía al ritmo del agua. Me recordaba a los documentales estos marinos en los que siempre te ponen el plano de las algas meneándose suavemente. Era algo asqueroso. Batí mi marca personal y me duché en menos que canta un gallo, literalmente. Salí de allí a escape sintiéndome aún más sucio de lo que había entrado. Tuve que volver a ser cortés y educado con el chino durante diez minutos más antes de salir a escape hacia mi casa. No voy a criticar más que el hombre es amigo pero allí no vuelvo a entrar en el baño en lo que me queda de vida.

Junto con las duchas en viviendas ajenas el otro tema que me ha tenido obsesionado estas dos semanas ha sido el olor, o el mal olor. Saber que no me podía duchar por las mañanas me hacía sentir sucio y rastrero y mis aguzados sentidos me tenían todo el día en vilo porque me daba la impresión de que apestaba. Nadie parece haber notado nada o al menos nadie ha dicho nada pero yo he andado con este Sanbenito todos estos días. No he usado la bicicleta para no sudar, he reducido al mínimo las caminatas y he estado moviéndome a cámara lenta para evitar al máximo la generación de sudor y su posterior maceración. Ni con esas, por las tardes cuando volvía en el tren siempre intuía que todo el mundo me evitaba porque apestaba. Cualquier persona que se tocara la nariz o virara la cara conseguía que me pusiera colorado. Llegaba a mi casa y lo primero que hacía era darme un chas-chás en la cocina. Gracias a dios esto ya ha finalizado y ya puedo volver a ir al trabajo en bicicleta. La próxima casa me la compro con el baño reformado porque no vuelvo a pasar por esto.

Quiero también aprovechar el aquí y ahora para avisar a los canarios de mi próxima visita. La idea es ir desde el 25 o el 26 hasta el 1 o el 2 de abril. A la vuelta comenzaré en mi nuevo puesto en la oficina, en la nueva compañía, en un entorno nuevo y con compañeros de trabajo distintos y quiero relajarme y disfrutar del sol antes de que suceda esto para empezar al 120% con los nuevos retos. Aún no nos han dicho más nada desde que se hicieron los anuncios y tuvimos las reuniones preliminares. Sólo sé que de los treinta y pico que formarán parte del nuevo equipo hay unos cuantos jefes que me tienen en gracia y a los que he hecho ya algunos favores así que espero que los tengan en cuenta. De hecho creo que esa generosidad natural y mi desapego a la hora de ayudar gente con problemas han tenido parte de la culpa porque algunos que darían hasta el coño de sus esposas por estar en ese equipo han quedado relegados a las divisiones inferiores y yo que soy feliz en cualquier rincón con internet y cobertura para mi teléfono DECT he ganado el premio gordo. Tendré que demostrarles que no se han equivocado, algo que seguro que consigo sin más problemas. La rumorología que abunda por las máquinas de café me sitúa en Suecia en los próximos meses. Espero saber algo más la semana que viene, antes de irme de vacaciones. Como suele ser habitual se terminará sabiendo por aquí ya que a estas alturas de mi vida en la red no me voy a guardar esas cosillas para mí y mis sesenta vidas interiores.

Una última reflexión. Un par de amigos me han dicho algo de lo que yo soy inconsciente. Me siguen diciendo que me siente y escriba un libro o algún tipo de texto más largo porque mi prosa según ellos es aceptable tirando a buena y sobresale de la mediocridad en la que nos movemos por este universo. Yo ni entro ni salgo en lo de la calidad de mi escritura aunque siempre he pensado que es francamente mejorable pero sí que estoy de acuerdo en lo de que algún día debería escribir un libro. Mi problema es el tiempo y el esfuerzo. Tendría que sacar el tiempo de otros sitios y siempre me ha dado pereza. Por ejemplo, no me veo dejando de escribir en la bitácora porque me divierte y me relaja, lo mismo que cocinar. Creo que este verano trataré de coger un día a la semana para revisitar todo lo que he escrito en estos años y escribir el libro de mi vida, un libro lleno de individuos legendarios y de historias cochambrosas. Veremos que tal queda si llego a terminarlo, que esa es otra.

El cafelito

Mi amigo el turco es un pedazo de pan, musulmán pero pan al fin y al cabo. El chiquillo es que tiene un corazón más grande que los pechos de Pamela Anderson. Ya he comentado en alguna ocasión que suele ir a remar los sábados por la mañana. Eso es capacidad de sacrificio. Se levanta a las ocho y media para remar con otras cinco personas por los canales de Ámsterdam. Haga frío o calor allí están ellos dando el callo. Es mi héroe. Mientras esto sucede yo estoy soltando ventosidades y revolcándome en mi cama con mi manta eléctrica a todo meter mientras la calefacción de mi casa se espabila y comienza a preparar la casa para el advenimiento del amo y señor de la misma, momento que no suele suceder antes de las diez de la mañana de un sábado cualquiera.

Ya empiezo a divagar. Estábamos en que el turco va a remar los sábados. Ahora tiene un profesor. Creo que ya dije la razón por la que lo cambiaron y como no quiero repetirme, mirad los archivos con atención que seguro que está escrito. El equipo de remo lo forman cuatro holandesas de esas que igual cogen un saco de papas de cincuenta kilos que escalan el Teide en bicicleta, o sea, unas mujeres de corre que te pillan y junto a ellas un francés y mi colega. El francés como buen gabacho que es parece amanerado, producto de la perniciosa forma que tienen de hablar, que independientemente del idioma que usen siempre da la impresión que tienen la boca llena de lefa y les da miedo escupirla. El día que esa gente aprenda a vocalizar y a usar todas las partes de su boca conquistarán la vieja Europa y le daremos por el traste a nuestros amigos del águila y el cañón. Por el momento nos tenemos que conformar con lo que tenemos. Un domingo cualquiera de este otoño el francés, después de estar más de medio año remando con el otomano lo invita a que se pase por su casa para tomar un cafelito y de paso conocer a su novia, una holandesa que por lo que cuenta es la chocha del martes venida a más, prima de top model y con unos genes que ya los quisieran para sí los Borbones o los Austria e incluso en la casa de Alba. Le dice que se pase a las dos y media y así confraterniza con esos bellezones neerlandeses.

No hace falta recordaos que mi amigo por un coño va a misa si es necesario, que se pierde por un cuerpo con bragas y con plenas facultades para eso que unos denominan hacer el amor y que no es más que follar, el restriegue de sudores de cuerpos sin otro objeto que el mero asesinato de unos millones de espermatozoides que de no ser por esto habrían acabado en cualquier servilleta o taza de retrete y que así al menos morirán viendo de lejos ese óvulo que no podrán alcanzar. El turco me lo cuenta el sábado más exitado que los tampones de Scarlett Johannson. Sueña con ese momento al día siguiente en que su encanto y belleza exterior derribarán las barreras de un tremendo bellezón y esta se tirará al suelo arrancándose la ropa y gritándole que la posea. Me da hasta envidia. El sábado no toma alcohol para preparar su espíritu y que sus chacras den lo máximo al día siguiente. En lugar de ver fútbol se empapa dos horas de programación del canal de televisión de música clásica. Todas sus células están adoctrinadas y son conscientes de lo importante que es este momento para ellas.

A la mañana siguiente se levanta y pasa las horas acicalándose. Se pone hasta desodorante, algo inaudito en este hombre. Se afeita dos veces y pasa al menos en tres ocasiones por la ducha. Se pone los mejores gallumbos y coloca el paquetillo con cinta métrica, ajustándolo al milímetro. El mejor de sus desgarbados pantalones de diseño, esos todos rotos y que compra siempre por más de doscientos eurolos, la camisa por fuera para que se vea la marca y la etiqueta con el precio, etiqueta que hay que quitarle cuando se lava y volver a coser con posterioridad. Está como un palmito. Descubre una peluquería que abre en domingos y acude raudo a tirar treinta euros y que le hagan un retoque. A las dos y media está en la puerta de la casa del francés, uno de esos edificios viejos y estrechos con escaleras empinadas y que parecen a punto de caerse. En lugar de llamar al timbre los avisa con el móvil, algo con muchísimo más estilo y glamour. Le abren y sube las escaleras despacio y controlando la respiración, que no es hora de estropear el concepto antes de tiempo. Cuando llega a la tercera planta le espera en la puerta una vieja cuarentona (aunque más cerca de los cincuenta que de los cuarenta). Intuye que se ha equivocado y vuelve a llamar. El teléfono suena en el interior de la casa y la doña le da la bienvenida. Se presenta y le dice que es la novia del otro.

El cielo en peso cae sobre mi colega. Donde está esa chocha fruto de los mejores genes, esa diosa de la que supuestamente es el novio porque lo que tiene delante no es más que una vieja más cascada que los fogones del Titanic y con la que uno no echa un kiki ni con las luces apagadas. No la vamos a describir porque sería cruel pero decir que la señora más que patas de gallo las tenía de avestruz.

El turco encuentra al francés y le dice que donde está la chorba esa top model. Se lo dice mientras agita la pelvis con movimientos reflejos de su organismo, que está sintonizado para fornicar y ya anda en los previos. El francés se disculpa y dice que no ha venido porque había salido de juerga la noche anterior y anda algo cansada. Cuando nuestro héroe está por marcharse el otro lo detiene y le dice que antes de tomar el cafelito tienen que mover una cómoda que está en el piso de abajo y que hay que subir a este, nada del otro mundo, un trabajillo de un par de minutos. Bajan al lugar y el susodicho mueble es un pedazo de trasto enorme de por lo menos cien años y hecho con madera maciza. Aquello debe pesar un huevo y parte del otro. Le pregunta si la vieja los va a ayudar y el francés le confirma que no.

Estuvieron tres horas moviendo aquel trasto escaleras arriba, ciento ochenta minutos de sudor y ni tan siquiera un puto vaso de agua. Cuando acabaron eran cerca de las seis, el hombre estaba que no se sentía las piernas y como recompensa le ofrecieron un cafelito. Se lo tomó y le dieron puerta. Esto no se le olvidará mientras viva. Volvió a casa dolorido, sudado y con la misma carga de esperma que tenía por la mañana. Lo podríamos calificar de fracaso rotundo y nos quedaríamos cortos. El hombre no quiere ni oír hablar de franceses y modelos.

La llave

El turco vuelve a casa después de una semana exiliado en el norte del país trabajando para que echen a la puta calle una nueva remesa de empleados de banco. Por lo que cuenta sé que el treinta por ciento de los empleados de esa división no dan un puto palo al agua. O no lo daban, porque desde que se corrió el rumor de que los tíos que andaban por la oficina estaban haciendo el informe para largar lastre, la gente trabaja como nunca, tanto que por primera vez en muchos años todo el mundo se ha puesto al día y no hay cosas pendientes. El tiro les está saliendo por la culata ya que ahora los jefes han visto aún más claro que allí hay mucho gandul.

En el camino de vuelta ha parado a cenar en un oneroso restaurante con sus compañeros de oficina, gastos que por supuesto pagará el cliente para el que trabajan. El hombre este lleva más de tres meses sin comer nada cocinado en su casa, exactamente el tiempo que hace que se marchó la turca de su hermana. Cuando se pasa por su hogar, lo cual sucede muy raramente, sale a comer fuera o se pilla la cena en el servicio de cantina de la empresa, que está a menos de cien metros del apartamento en el que vive y en donde hay almuerzos y cenas gratis todos los días de la semana (para sus empleados, se entiende).

Llega casi a la medianoche al hogar y cuando va a abrir la puerta se da cuenta que no encuentra las llaves. Vuelve al garaje y revisa el coche de arriba abajo. Es en ese momento cuando nota que tampoco tiene su chaqueta. Llama a uno de sus colegas y le pregunta si está en su coche o si se acuerda de haberla visto. Obtiene una respuesta negativa y un rictus de preocupación le deforma la cara. Sin alternativa decide intentar entrar en la casa y le toca al vecino para por lo menos cruzar el portal. Una vez dentro, el vecino le ayuda a buscar el número de teléfonos de un cerrajero. Como uno no puede por la jeta reventar puertas, avisan también a la policía para que se persone y de su venia para el suceso. Llegan media hora más tarde, al mismo tiempo que el profesional que se va a encargar del trabajo. El hombre saca sus herramientas, las dispone en el suelo y empieza a arrearle macanazos a la puerta con saña y odio, como debe ser en estos casos.

Si unimos el ligero incremento del nivel de ruido al hecho de que la policía ha dejado el coche en la calle con las luces encendidas, entenderéis perfectamente el que se comience a acumular una multitud de ingleses borrachos en la puerta, que la gente es muy curiosa. Dentro del edificio han bajado todos los vecinos y se apelotonan en el estrecho pasillo. Una de las señoras de edad respetable o eso que informalmente solemos denominar vieja sale disparada a su casa y vuelve con café para todos y vasos de plástico. La tipa está muy preparada para este tipo de situaciones porque es la encargada de suministrar bebidas en las juntas de vecinos. Todo el mundo parece tener algo que decir y aconsejan al cerrajero sobre la forma más idónea de llevar a buen puerto su tarea. El hombre debe estar acostumbrado porque se pasa por el forro las sugerencias y sigue a lo suyo, repartiendo mandoblazos que retumban en todo el edificio. Un par de perros ladran alterados por el ruido.

El turco conoce a casi todos sus vecinos. Al único que no había tenido el gusto de ser presentado es a uno nuevo que vive justo encima de su apartamento. Resulta ser un abogado de un carísimo bufete. El abogado conoce el precio de compra de todas las casas e ilustra a mi amigo con dicha información, además de los porcentajes de revalorización de las viviendas de esas calles. Le lava tanto el tarro que mi amigo está pensando en vender y hacer caja. Eso y que se ha dado cuenta que quiere tener un jardín, un porche en el que sentarse en verano a tomar una cervecita fresca y a disfrutar de las vistas de los coños de las vecinas al volver a casa en bicicleta y esas pequeñas cosas que hacen tan agradable el vivir en barriadas de clase media. Mientras charlan el follón es de escándalo, con perros aullando, un tipo destrozando la puerta para abrirla y la gente subiendo el tono de voz para dejarse oír. La policía decide marcharse y dejarlos solos ya que todo está en orden y de paso espantan a la multitud de borrachos de la puerta, que siguen esperando que saquen el cadáver para hacerle unas cuantas fotos con la cámara de sus teléfonos móviles. .

La operación de apertura de la puerta acabó alrededor de la una y media de la mañana. Existe un segundo juego de llaves de dicha puerta pero se lo llevó la turca de la hermana cuando se volvió a Turquía. No veas el rebote que se cogió el hombre cuando se dio cuenta de ello. La bromita salió por doscientos euros y eso sin contar con la reparación de la puerta y el nuevo cilindro para la cerradura.

Cine, bragas y ropa de invierno

Entre los pasos que he dado estos días para recuperar la normalidad está el salir de nuevo con el turco. Llevábamos tres semanas sin vernos así que el sábado quedamos. El turco también ha estado ocupado en este tiempo. Ha recibido visitas de algunos amigos de su propia raza y ha trabajado como un burro en lo que mejor sabe hacer: preparar informes para que echen a empleados de bancos. Trabaja tanto que lo de la semana de sesenta horas laborales le parece un sueño. Este lunes me ha dicho que tendrá la primera reunión a las siete de la mañana y que no cree que acaben antes de las once de la noche. Es una vida muy dura. Tienen que satisfacer a gerentes, directores y demás miasma y al mismo tiempo pasar tanto tiempo como puedan con los clientes porque su empresa consultora les cobra por horas. La semana pasada uno de sus compañeros se queja de dolor de estómago pero lo achaca al pescado que cenó el día anterior. Según él, no pudo ni dormir del dolor. Durante el día sigue trabajando y con dolor en la barriga. Por la noche conduce dos horas para volver a Ámsterdam. A la mañana siguiente va a urgencias y lo ingresan inmediatamente con apendicitis y directo a la sala de operación. El turco me dice que tiene suerte porque a él ya se lo han quitado, aunque quizás no sea mucha suerte porque al menos el otro se va a pegar una semana de vacaciones en la clínica.

Nos vemos en un Media Markt que está junto al estadio Amsterdam Arena, el templo del Ajax. Igual que las chicas se lo pasan bomba yendo de compras, nosotros vamos de tiendas de deportes y de electrónica y la zona del estadio es el paraíso. Nos hacemos el Media Markt completo, derritiéndonos de placer con toda esa tecnología. Yo pude contenerme pero mi amigo sucumbió y compró algo. Después nos fuimos a Decathlon a mirar abrigos y lo que se preste. Esas tiendas son alucinantes. Hay frikis en cualquier rincón. Los ganadores fueron un tío vestido con leotardos en la sección de ropa para correr y una tía con tacones de aguja y chandal en la sección de lencería femenina, a donde fuimos a oler todas las bragas, como hace todo el mundo. Cuando una guarrilla se va a los probadores a ver que tal le quedan las susodichas se monta un pelotón de guardia y cuando las vuelve a poner en su sitio saltan todos como hienas para pillarlas.

Terminamos en un Perrys, otra tienda enorme con más ropa deportiva. Después de revisar la lencería y tirarnos un par de veces desde el tobogán que tienen en la primera planta y que te lleva hasta la planta baja :-) nos centramos en la sección de ropa de invierno. No pude resistirme más y salí de allí con mi nuevo abrigo de invierno, una chaqueta espectacular marca Columbia con más tecnología encima de la que podáis soñar y que me ha costado un riñón y el presupuesto para toda la carne que pensaba consumir este mes. Salí de la tienda con mi instinto consumista satisfecho y después de pasarnos por casa de mi colega tiramos para el centro. La razón de la visita a su casa era para ver su nueva silla de diseño en la que se puede follar de más de cincuenta formas. El puto trasto le ha costado mil euros. Diseñado en alemania. Yo lo he encontrado incómodo. Ahora solo le falta encontrar una guarra que lo quiera probar, que el hombre está desesperado. Creo que robó por lo menos dos braguitas en las tiendas. Hace poco estuve en negociaciones y casi le conseguí una rusa pero la tía se rajó al final, asustada por lo de la raza otomana. Si alguna quiere realizar labores humanitarias, que se venga a Holanda que si es capaz de despatarrarse y practicar unas cuantas de las posturas posibles en la nueva silla, tiene garantizado alojamiento, cenas en restaurantes glamurosos y de propina, una gira turística por los lugares que hemos hecho famosos. La única condición que pone el turco es que no hable mucho, porque odia a las mujeres parlanchinas.

Como digo, tras ver la famosa silla nos fuimos al centro de copas y cine. Amsterdam estaba llena de gente vestida de naranja. Jugaba la selección nacional contra Italia. Para un español resulta imposible de entender. En nuestro país la gente ve el partido, se junta, grita y demás pero todo muy aséptico, salvo el tipo ese del bombo, al que vimos una vez en un partido de la copa Davis y era más salido que los dientes del Pozi. Los holandeses se visten completamente de naranja, se pintan el pelo, la cara, las manos, y se desmelenan. El centro de Ámsterdam era un desfile de disfraces naranjas, con gente gritando y emborrachándose antes de ir hacia el estadio, a donde llegan bien templados.

Como siempre que veo a mi amigo, estuvimos en el Burger King y como suele suceder casi nos liamos a hostias. En esta ocasión fue porque el pollaboba del empleado no nos preguntó el tamaño del menú y nos lo puso gigante. Hace tres semanas, la última vez que quedamos la bronca fue por el motivo opuesto. Nos lo pusieron normal y el lo quería gigante. Samantha ya no trabaja allí. Terminamos pegándonos la hamburguesa, el cuarto de kilo de papas fritas y los tres cuartos de litro de Cola. Más tarde en el cine comprimimos un par de cervezas en nuestros estómagos junto con un cubo de palomitas. No sé ni como no exploté. Le tocaba elegir a mi amigo y terminamos en Doom, película de la que ya hablaré. Lo mejor fue que estamos en la sala, totalmente llena de tíos y de repente aparece una pareja. La sala en peso abucheandolos. Una tía que se deja convencer por su pareja para ir a una peli de ese tipo está claro que o es tonta del culo o ha sido lobotomizada o no tiene ninguna autoestima por ella misma. Ya en el cartel de la película ponen bien claro que no está recomendada para mujeres de cualquier edad. ¿Alguien ha visto alguna vez una tía jugando al Doom? (Es una pregunta retórica así que no tenéis que responder).

Tras la peli nos fuimos a tomar más copas y terminamos la noche persiguiendo lesbianas por las calles de Amsterdam, un deporte que dicen que será Olímpico el año que viene y en el que tenemos grandes esperanzas de conseguir medalla en la modalidad de equipo, sobre todo con el tiempo y la dedicación que le ponemos al tema. Es muy sacrificado el tener que localizarlas primero, seguirlas y finalmente irritarlas. Es todo un arte pero por suerte estoy aprendiendo de uno de los grandes maestros.

Wadlopen

Sigo tirando de archivo para sobrevivir estos días. Hoy recordamos algo que apareció por primera vez en Agosto del 2002 en mi lista de distribución. Aquel fue un verano legendario, lleno de curiosas actividades al aire libre.

Cuando escuché por primera vez que había algo llamado Wadlopen, que podríamos traducir como vadear supe que teníamos que hacerlo. Es un tipo de actividad al aire libre en la que se camina en marea baja mar adentro. Tuvimos que ir a un sitio llamado Westernieland para hacerlo, bastante al norte del país.

Como sucede con muchas cosas en este país nos tuvimos que apuntar casi cuatro meses antes, eligiendo un sábado aleatoriamente. Es una ruleta rusa porque te puede pillar un día de lluvia y frío o un día genial. Debido al peligro que presenta solo se puede realizar con guías. Un sábado bien de madrugada arrancamos el turco, el indonesio y yo. No se si lo he nombrado en ocasiones anteriores pero de turco tiene poco. Es rubio y con ojos azules. Siempre he sospechado que dice que es turco para ocultar algún terrible crimen que cometió en su país de origen y como los turcos son marrulleros y por dinero te dan cualquier cosa, pues le concedieron un pasaporte de semejante país, que no es algo que uno pueda pasear con orgullo por el mundo.

Tras dos horas en coche llegamos allá arriba y acudimos al punto de encuentro, lugar en el que teníamos que pagar y enterarnos de como iba a ser la movida.

Nosotros creíamos que éramos los únicos chiflados que se meten a conducir un sábado de Julio a las cinco de la mañana así que nos sorprendió encontrarnos con unas cien personas. De hecho, éramos tantos que nos dividieron en dos equipos. Teníamos que conducir hasta la costa, en donde estaba el punto de partida.

Tras darnos unas pocas instrucciones en Holandés comenzamos a andar. La primera parte era fácil. Caminando entre campos de hierba hacia el mar. Nos habían recomendado que lleváramos pantalones cortos y botas de talón alto y una muda extra de ropa para cambiarnos al finalizar, lo cual hicimos.

Pasados unos minutos andando por la hierba llegamos al lodo. Solo se le puede calificar de esta manera. Era una arena tan fina y tan empapada en agua que era como lodo fresco. Al meter el pie se te enterraba en ella. Andar en esas condiciones daba un poco de asco y la gente procuraba no ensuciarse. A los diez minutos descubrimos que eso no era posible. En el siguiente tramo los pies se te enterraban hasta la rodilla en aquella mierda. Algunos se caían y se cubrían de fango, por ejemplo nuestro colega indonesio. El pobre se ve que no estaba capacitado para andar por este tipo de terrenos. Yo no parecía tener mas problemas que el asco a la sustancia pero podía seguir haciendo fotos y riéndome de la gente. Lo mismo el turco, que parecía haber nacido para andar en dichas tierras. La experiencia era sacrificada pero agradable. Caminábamos mar adentro, dejando la costa atrás, rodeados de mejillones y otros bichos que nos miraban pasar con asombro.

Tras un descanso el guía nos dijo que íbamos a pasar una zona muy dura. Comenzamos poco a poco. Íbamos los tres andando y hablando, prestando atención al suelo. Tras un rato nos damos cuenta que el indonesio no está con nosotros. Miramos hacia atrás y lo vemos como a unos 100 metros y con algo en la mano. Según se va acercando descubrimos que se le había roto la bota e iba caminando con una bota y con un calcetín en el otro pie. Traía una cara de amargura tremenda, lo cual alentó aun mas nuestra crueldad característica y nos reímos aún con más ganas de él. Más tarde me enteré que estaba amargado porque ese era el único par de zapatos que tenía junto con unas zapatillas deportivas. Nunca dejaran de sorprenderme estas razas exóticas por lo rastreras y rácanas que son. Un español cualquiera, hasta el más pobre, tiene multitud de zapatos de los cuales usa dos o tres pares y el resto los mantiene en reserva. Cualquier mujer española se mueve por encima de la decena de pares de zapatos. Y estos asiáticos con un par de zapatos sobreviven dos años. Claro, el hombre iba amargado por el estipendio que tenia que realizar por culpa de la caminata.

Solo habían pasado 45 minutos desde que habíamos empezado y se suponía que iba a durar dos horas y media así que le preguntamos si quería volver pero nos dijo que no le importaba seguir (otra muestra clara de su racanería ya que la única razón es que ya no le devolvían el dinero por lo que decidió seguir hasta las puertas del averno si hacía falta). La naturaleza agarrada del asiático lo obligaba a seguír cargando la bota destrozada, manteniendo la esperanza de que se pudiera reparar. El turco y Yo nos partíamos la polla de risa a sus espaldas, a su lado, de frente, en cualquier sitio. El resto de los caminantes, como mayormente eran holandeses y suelen ser muy respetuosos con la gente nos miraban y no decían nada. La gente me veía regodeándome y haciendo fotos con aquel pobre desgraciado y debían pensar que soy un poco cabrón, algo que seguramente es cierto.

Seguimos andando con el amigo cojeando a nuestro lado por unos paisajes muy bellos. La marea al retirarse deja unos inmensos campos de berberechos, almejas y mejillones. Pasada media hora más llegamos a un nuevo punto bastante problemático. De repente veo que la mujer a mi izquierda comienza a tener problemas y a hundirse en el fango. El marido en vez de ayudarla se reía de ella y la pobre seguía hundiéndose en el fango, a punto de llorar. Yo aproveché para hacerle unas cuantas fotos.

En eso que supero la zona difícil cubriéndome únicamente de barro hasta las rodillas y veo que el turco esta enterrado en el barro hasta la cintura. Me río de él desde mi atalaya y él venga a llamarme cabrón e hijoputa. Llega donde estoy sin requerir de mi ayuda y en esto vemos que el indonesio se nos esta hundiendo, llegándole el barro casi hasta el hombro, la mano que sostiene la bota fuera del agua tratando de salvarla a cualquier precio y con una cara de penita que no puede con ella, mirando para nosotros pero sin decir nada y cada vez mas cubierto de mierda. Nos miraba con unos ojillos como los Gremlins buenos, acristalados y a punto de romper en lágrimas. En ese momento tuve que tomar una de las decisiones mas duras de mi vida y espero que Dios lo recuerde cuando lo encuentre a las puertas del cielo. Tuve que decidir si tomar una foto del pollaboba aquel hundiéndose o ayudarlo a salir del barro. Por una vez esa pequeña mancha de bondad que hay en mi corazón se impuso y decidí renunciar a la foto y ayudar al capullo. Le eché una mano y logré sacarlo de aquella mierda aunque lo obligué a tirar la bota rota en el fango, en donde desapareció engullida por la sustancia. Me queda la satisfacción de haber ayudado a un amigo y de tener unas cuantas fotos con la bota en la mano y de la pobre mujer que se vio en problemas.

Tras semejante evento el indonesio no volvió a levantar la cabeza. Estaba claro que era uno de los peores días de su vida y uno de los mejores para nosotros, que disfrutamos enormemente con la desgracia ajena. Continuamos la caminata y tras dos horas y media paramos a descansar a dos kilómetros de la costa, en un lugar que parecía una playa sólo que mar adentro. Algunos aprovecharon para bañarse y relajarse al sol. En eso el guía pasa por nuestra zona y se para a hablar con nosotros. Viene un holandés y le pregunta que cuanto falta para acabar. El guía responde que como el día estaba bueno y a la gente parecía que le gustaba caminar había decidido prolongar la caminata y no creía que volviéramos antes de cuatro horas. El indonesio poco menos que se nos echó a llorar al pensar que tendría que seguir renqueando por hora y media más. Al holandés le entró un berrinche porque había quedado con su mujer en el punto de llegada y ahora ella tendría que esperarlo allí todo este tiempo. El guía le respondió más o menos que se la sudaba.

Comenzamos esta etapa de vuelta con el indonesio desmoralizado y yo y el turco más felices que el Pupas. Pasamos cerca de un barco de la policía que nos vigilaba. El barco estaba atracado a más de dos kilómetros de la orilla. Supongo que lo hacen por si sucede algo. En esta segunda parte tuvimos que cruzar unos vados en los que el agua nos llegaba hasta los hombros. Fue mi bautismo en el mar del Norte. Te metías en el agua a vadear y veías como el agua iba subiendo peligrosamente de nivel. Primero hasta los tobillos y poco a poco alcanzaba los huevos, luego cuando ya habías renunciado a salvar la camisa y mantenerla seca te concentrabas en que la cámara no se mojara. Algunas de las mujeres gritaban como bellacas porque hay que reconocer que el agua estaba fresquilla. Salías de cada vado con los huevos del tamaño de M&Ms y temblando como un pajarito.

El trayecto de vuelta transcurrió entre vados y en el tramo final de nuevo en el lodazal donde el indonesio rompió el zapato. Cuando llegamos a tierra firme descubrimos que los abrevaderos de ovejas que había en aquel sitio eran los lugares de aseo prometidos por la organización. Así que espantamos a las putas ovejas y nos pusimos a limpiarnos como podíamos oliendo la agradable fragancia de la mierda de dichos bichos. El indonesio entre lágrimas tiró la otra bota a la basura. El turco, que no se había traído una muda extra de zapatos limpios, andaba amargado porque tendría que conducir descalzo todo el camino de vuelta así que le presté mis zapatos deportivos para que condujera y yo volví descalzo. Nos metimos en el coche apestando a barro (que tiene un olor similar al de las cloacas) y a mierda de oveja y comenzamos el retorno a casa. En el camino, como dábamos asco, nos daba un poco de cosa entrar en algún restaurante a comer y terminamos en un MacAuto, lo cual nos permitió comer en el coche.

El indonesio decidió no volver a realizar ese tipo de actividades y en la actualidad se ha vuelto a comprar otros zapatos en una tienda de ofertas de baja calidad.

El gran circo de Asia: Ovations!

Recuperamos otra de esas historias legendarias que fueron publicadas a través de la lista de correo. Hoy nos remontamos hasta Octubre del 2002 y narramos el día que fuimos al circo.

Parece que hay cierto consenso en que soy verdulero y vulgar. Por eso, algunos de mis colegas se empeñan infructuosamente en elevar mi nivel cultural. En esta ocasión, que sucedió un día antes de marcharme a España de vacaciones de verano mi amigo el turco decidió que yo necesitaba ir al circo, pero no a un circo cualquiera, sino al THE GREAT CIRCUS OF ASIA: OVATIONS! formado por dos compañías: Nugzarov, the sensational horse theatre y the National Circus of Pyongyang, North Korea. Ambas compañías han recibido un montón de premios por su espectáculo y en esta visita a Holanda, en lugar de la clásica carpa a la que la palabra circo nos tiene acostumbrado, actuaban en un teatro al que le habían quitado el patio de butacas para poder situar la pista del circo.

En fin, que un sábado a medio día nos vamos pa’l circo con entradas para los mejores asientos posibles, porque eso sí, a mí se me puede intentar culturizar pero con estilo y no en gallinero que en esas cosas soy muy sensible.

Yo andaba un poco mosca con el hecho de que no hubiera payasos ni animales (salvo los caballos). Al menos cuando llegamos el teatro tenía muy buena pinta: situado en Ámsterdam, el Koninklijk Theater Carré tiene a sus espaldas más de 100 años (fue inaugurado en 1887). Casualmente esa fue la calle en la que posteriormente se compró el turco su casa.

El espectáculo constaba de dos partes. Primero los rusos con su show de caballos y después los norcoreanos.

El show de los rusos fue increíble. Se subían a los caballos en movimiento, se bajaban, saltaban de uno a otro, se movían como pulgas alrededor de los caballos. En fin, algo de otra galaxia. Los rusos eran extremadamente ágiles y la ve
rdad que su espectáculo merece la pena.

Cuando acabaron y tras una pausa para preparar el teatro comenzaron los norcoreanos su espectáculo de trapecistas. La gran decepción fue que usaban red, con la ilusión que yo traía de que alguno se estampara contra el suelo, motivo por el cual traje la cámara para hincharme a hacer fotos si pasaba. Pero bueno nunca llueve a gusto de todos.

Al salir los coreanos todos mis sensores y alarmas se dispararon. Había algo raro allí algo que no cuadraba y no me refiero a los doscientos policías políticos para que no se escapen. Me refiero a su anatomía.

Todos sabemos que hay distintos colores y formas en este mundo. Los norcoreanos sobresalían por esos tremendos CABEZONES cuadrados. Cristo bendito. Si parecían pelotas de Bádminton gigantes. Es que no me extraña que sean tan buenos trapecistas. A ver quien puede competir con esa gente cuando están volando por el aire. Con ese cabezón el centro del equilibrio está claro donde se encuentra.

La otra cosa en que pensaba es en esas pobres mujeres que paren sin cesárea esos trullos. Tiene que doler largar por el coño semejantes cabezudos.

Bueno, el cabezón mayor era el encargado del cuádruple salto mortal. Un compañero lo impulsaba, lo lanzaba por el aire desde un pequeño trapecio, daba cuatro vueltas y lo agarraba otro. Se sube el supercabezudo al trapecio, comienza a coger fuerza y zás, sale disparado por el aire. Da 1, 2, 3 y 4 vueltas pero el que lo tiene que recibir no lo puede agarrar (lo crean o no se le escapó la cabeza) y cae a la red. .. … … que decepción. YO me daba de hostias pensando lo bien que habrían quedado mis fotos si no hubiera habido red. Se levanta de la red un poco desmoralizado se dirige de nuevo al trapecio y a comenzar de nuevo.

Tras coger carrerilla sale disparado de nuevo y tras las cuatro vueltas de rigor, que con semejante mollera levantaba una ventolera de cojones, el receptor lo agarra pero se le resbala y cae.

Abajo los de seguridad política se ponen nerviosos y el chiquillo como que los mira con carita de pena. El que tenía que recogerlo en el aire le dice algo en coreano y el chaval casi se echa a llorar. El que lo recogía tenía el barrigón coreano más grande que he visto en mi vida. El hijoputa seguro que se comía la comida de los que fallaban y le debía estar diciendo a este pobre que ya esa noche no cenaba.

Se sube el pobrecillo de nuevo al trampolín arrastrando esa testa y tras coger carrerilla, salta y esta vez es que ni se tocaron. Se queda un rato tirado en la red, yo creo que llorando y el barriguitas gritándole que se volvía loco todo fuera de sí.

El joven no se rendía y vuelve a subirse. Mi amigo el turco, muy agudo me dice que ahora lo consigue y ya verás como la gente aplaude como loca. Dicho y hecho. Salta, lo logra, lo agarra el tripas, y aquello fue el acabose. Las holandesas poco menos que se arrancaban pelos del coño para tirárselos. Acaba la exhibición aérea, bajan al suelo, se ponen un gorro típico coreano con una cinta de varios metros justo en el centro de la testa y se ponen todos en formación de ataque.

Al grito del cabecilla comienzan a mover las cabezas en plan niña del exorcista y las cintas comienzan a girar alrededor de aquellos helipuertos. De la ventolera tan grande me tuve que agarrar a la butaca porque pensé que nos echábamos a volar. Aquellos continuaban dale que te pego con las cabezas, acelerando y acelerando y aquellas cintas dando vueltas como locas y las madres agarrando a los hijos y agarrándose ellas mismas a donde podían para evitar salir despedidas. No os lo creeréis pero yo calculo que se renovó todo el aire del teatro en menos de 15 segundos.

Cuando acabaron aplaudimos como descosidos porque eso sí que fue impresionante. Nunca pensé que los músculos del cuello pudieran aguantar tanta tensión. Por descontado agarré un resfriado, algo lógico con esos airotes.

En fin, que salimos de allí aún con los ojos irritados de esa corriente tan fuerte y volvimos a casa más contentos que el carajo.

Sábado de otoño

Voy paseando con el turco y al cruzar delante de una peluquería en la que dos tías de muy buen supuestamente trabajan el hombre se me para en seco, retrocede, abre la puerta y les pregunta si lo pueden pelar, tocar su sedosa cabellera rubia y regocijarse con esa maravilla de pelo otomano. Las peluqueras resultan ser unas bordes del quince y le dicen que sin cita ni de coña aunque no tienen gente en la peluquería. Nos despedimos de malos modos no sin antes recordarles que son unas putas rastreras y que lo que se hace en este mundo se paga en el próximo.

Vemos otra peluquería, de diseño total. La persona afeminada que la atiende se ofrece a pelarlo, pero cuando lo ve haciendo molinos de viento con las manos y nota la mancha de aceite en el suelo mi amigo pierde el interés. A todas estas, mientras paseamos me va haciendo fotos continuamente. Según él es porque ya va siendo hora de aprender a manejar la cámara de mil euros que se compró y que nunca había usado. Según yo, este hijoputa seguro que ha abierto una bitácora para criticarme y reírse de mí porque le jode que yo hable de él en la mía. Le he repetido hasta la saciedad que él es lo más entrañable que hay por esta página pero no hay forma y aunque no me prohíbe escribir sobre él, no le mola (lo que no podemos decir de otros que leen esto que me tienen muy muy vetado y por cuya culpa no tengo contenido de calidad).

Seguimos avanzando por Utrechtsestraat y entramos aquí y allí a mirar electrodomésticos y tecnología, algo que es muy de machos. El turco se lamenta porque no liga. Yo lo miro con su camiseta de diseño color celeste, la cual le costó más de cincuenta euros, sus pantalones de diseño de más de doscientos euros, su chaqueta deportiva como la que puede llevar cualquier gilipollas del club naútico de ciudad costera que le costó un potosí, sus zapatos exclusivos y se lo repito: me avergüenzo de caminar con él. Como puede pretender ligar si parece sacado de cualquier revista de consulta de dentista. Le paso una mano por el hombro para que deje de hacerme fotos y para darle soporte emocional, que es algo como muy de hombres metrosexuales de mierda.

Entramos en un bar a tomar unas copas mientras vagamos sin rumbo fijos, llevados por la marea del tedio de un sábado. Las tiendas han comenzado a cerrar y la luz desaparece por momentos. Acabamos en el cine y tras la peli optamos por cenar. El turco me dice que le han recomendado uno llamado Café de Jaren. Al llegar a la puerta me ve retroceder con los ojos desorbitados y me niego rotundamente a entrar. Es uno de esos antros para pijos, todo diseño y arquitectura de esa inútil. Yo ya he tenido muchas experiencias terribles con este tipo de sitios y hace años que juré no volver a entrar jamás en otro. El turco se da un paseo por el interior mientras yo espero en la puerta. Una vez se convence de que yo no pisaré el local nos marchamos. Andamos hasta el Restaurant Szmulewicz, un sitio algo escondido en el que se come muy bien. Está hasta la bandera y el tipo nos dice que tendremos que esperar media hora. Pasamos olímpicamente y nos vamos. En uno de los callejones de Rembrandtplein hay un amasijo de bares de ambiente, o eso que en la Isleta se llama bares de maricones. El turco me está contando que la noche anterior salió por aquella zona. Yo me paro a mirarlo. Él me hace unas cuantas fotos con las casas y los canales de fondo. No me extraña que no ligue si se mete en esos bares. No hay más que ver la bandera del arco iris y la muñeca Barbie Putorra en la puerta de los mismos para saber que no son locales aprobados por el Opus.

De nuevo en Utrechtsestraat buscamos un español muy famoso llamado Restaruante Pata negra para cenar tapas. El sitio está aún más lleno que el anterior. La camarera me dice que ni se sabe cuanto tendremos que esperar. Desistimos de comida española y nos vamos a un italiano que está justo enfrente llamado Il Boccalino. En este sitio ya hemos comido pero la experiencia de ayer creo que hará que no volvamos en un tiempo. El camarero tardó como media hora en cogernos el pedido. Yo opté por una sopita de cebolla y una pizza y mi amigo por unos caracoles y pizza. Hasta que llegaron los primeros platos pudieron transcurrir tranquilamente cuarenta minutos. En la espera aquel hombre seguía haciéndome fotos. A nuestro alrededor habían tres mesas en las que parejas de chicas cenaban. Nosotros únicamente pensamos lo peor así que asumimos su tortillerismo. El turco les hacía señales pero ellas no respondían. Le expliqué que si yo fuera tía y veo a un pajarraco vestido como él y haciendo fotos de otro tío que sucede que es atractivo, interesante y con carisma, pues yo pensaría que son una pareja de julandrones, puesto que no es normal que un machote le haga fotos a otro. Mano de santo. Guardó la cámara y no volvió a intentarlo. Agotamos todos los temas de conversación esperando las putas pizzas. Para cuando aparecieron ya habíamos hecho la digestión de la sopita y los caracoles y comenzábamos a estar de mala sangre. Acabamos las pizzas y optamos por saltarnos el café en ese sitio.

Nos fuimos al Grand Café Hogesluis junto al hotel Amstel y a menos de cien metros de casa del turco. El camarero del turno de noche está enamorado de mi amigo y nos atiende siempre como a príncipes. El turco sacó la cámara y le hizo unas cuantas fotos con lo que se debe haber ganado el amor eterno de este pobre hombre. En este sitio el capuchino es excelente. Me encanta su ambiente sofisticadamente tranquilo y es un gustazo tirarte los peíllos en la misma silla en la que Brad Pitt o George Clooney estuvieron sentados. Ya bien entrada la noche nos despedimos. El otoño ha llegado y pese a que durante el día alcanzamos temperaturas cercanas a los veinte grados, por la noche hay un pelete que no veas y se nota la bajada de temperatura.

El fondo de armario

El domingo me pasé la mañana desempaquetando y vaciando cajas y por la tarde ya estaba un poco hasta los mismísimos así que opté por ir a Ámsterdam a visitar al turco y de paso relajarme un poco e ir de compras. Mientras paseaba por la calle Kalverstraat comprando cosillas que necesito para mi casa hablé con el turco que parecía estar en medio de una crisis. Al limpiar la pecera de la tortuga, una mala bestia enorme extremadamente agresiva y que me tiene una tirria de morirse a pesar de que soy yo el que le compra la comida porque mi amigo nunca tiene tiempo, como decía, mientras limpiaba la pecera de dicho bicho se le derramaron unos cuantos litros de agua por el parqué de puro lujo María y al tratar de impedir el luctuoso suceso se escapó el bicho y no conseguía dar con ella. El turco corría por la casa a dos velas, buscando el bicho y tratando de secar aquello. Me ofrecí a ayudarlo pero me dijo que el se las bastaba para superar la crisis. Ya lo he convencido de que se tiene que deshacer de ese animal y enviarlo a una de esas granjas que por treinta euros se los quedan y prometen cuidarlos los más de cien años que les quedan aunque más tarde las venden a los restaurantes chinos para que hagan sopita de tortuga, destino que yo celebraré con gran algarabía.

Cuando me encontré con mi colega fuimos al cine y luego una sesión corta de cervezas. Andando por la calle nos cruzamos con una tía que paseaba un hurón amarrado con una correa de perro. La chorba, una tipa de esas que producen hasta mareos de lo guapa que era, iba toda seria con su hurón, sabedora que estaba llamando la atención de toda la parroquia, que la señalaba y la seguía para ver como se desenvolvía el bicho en la calle. El hurón resplandecía de lo limpio y arreglado que iba. Un poco más adelante nos cruzamos con otra beba aún más guapa. Esta llevaba un gato también con una correa de perro y de nuevo lo paseaba por la calle como si tal cosa. El gato parecía una figura de porcelana de lo cuidado y pulcro que lo tenía y era capaz de desenvolverse con la correa como si de un perro se tratara.

Las señales están ahí y todos las pueden ver. Es el problema de nuestro tiempo, la maldición de comienzos del tercer milenio: El fondo de armario.

Llevamos unos años que no dejan de salir machos del armario. Se salen de todos los estamentos. Los ricos, los pobres, los listos, los tontos, los de derecha, izquierda, centro y por salir, se salen hasta los curas. Y claro, de tanta gente que ha salido nos hemos quedado con el armario vacío y las hembras han de desarrollar estrategias creativas para llamar la atención de los pocos que siguen dentro, aterrorizados por su suerte. Ahora ya no vale una cara bonita y un coño dispuesto a despatarrarse a la mínima señal, hay que ser creativa, llamar la atención, vender el producto, desarrollar estrategias de marketing creativo. La época en la que la cosa venía rodada se ha acabado, ya no hay princesas en este mundo, sólo principitos como el de las galletas, con sus leotardos, su ramalazo y su orgullo homo. En estos tiempos oscuros lo que mola es ser metrosexual de mierda, que no es más que ser pajarón pero con ropa de marca y colonia cara y a fuerza de ver metrosexuales de esos por la tele se nos han escapado casi todos los machos del armario, sobre todo la masa de descerebrados y pollabobas que únicamente saben seguir las modas y que tarde o temprano se darán cuenta de que ese dolor persistente que sienten al sentarse es porque se están introduciendo cosas por el ojete que quizás no deberían meterse.

A pesar que estas hembras buscan un hombre de verdad como locas y de que mi amigo el turco no deja de enviar señales para que vean que está disponible, estas no calan en la fauna femenina. Yo lo achaco a los polos Lacroste y a las zapatillas Nique de las caras, porque parece que se está vendiendo a sí mismo como metrosexual y las féminas huyen de él como de la mierda. Ya le he dicho que se deje barba, se compre una camiseta floreada y se la abotone dejando entrever la matilla de pelo en el pecho y que sea un poquito más rudo. Le he sacado tarjeta amarilla en dos ocasiones y ni aún así. Un día se me presentó con un polo rosado, pulóver color pistacho y pantalones de pinzas. Parecía el niño repelente de cualquier serie de dibujos animados o el primito maricón de Mafalda. Le dije que mantuviera al menos cuatro pasos de distancia conmigo al andar por la calle porque me niego a que me asocien con algo tan andrógino. Otro día llega de la misma guisa pero con otros colores y trata de sostener la teoría de que iba muy cassual porque llevaba el polito por fuera de los pantalones. ¡Un poquito de Por favor!

Esta semana me ha dicho que ha roto con su novia fantasma de Francia y que necesita unidad femenina urgentemente. Preferiblemente que sea holandesa y que viva en Ámsterdam aunque a estas alturas cualquiera le vale, así que si tenemos voluntarias por favor que lo digan que este hombre ya está agarrándose al pomo del armario y como nos descuidemos se nos sale y lo perdemos para siempre y ya no queda tanto fondo de armario como para que nos podamos permitir una pérdida semejante. El turco es un partidazo de que te cagas. Rubio, de complexión deportiva pero sin músculos atrofiantes como esos pollardones que matan horas en el gimnasio para asemejarse a patéticas versiones de la Masa, simpático, le gustan las hembras que hablan poco y follan mucho y está más que dispuesto a manteneros y dotaros de una Viza Oro.