Archive for the 'El turco' CategoryPage 2 of 5

El fondo de armario

El domingo me pasé la mañana desempaquetando y vaciando cajas y por la tarde ya estaba un poco hasta los mismísimos así que opté por ir a Ámsterdam a visitar al turco y de paso relajarme un poco e ir de compras. Mientras paseaba por la calle Kalverstraat comprando cosillas que necesito para mi casa hablé con el turco que parecía estar en medio de una crisis. Al limpiar la pecera de la tortuga, una mala bestia enorme extremadamente agresiva y que me tiene una tirria de morirse a pesar de que soy yo el que le compra la comida porque mi amigo nunca tiene tiempo, como decía, mientras limpiaba la pecera de dicho bicho se le derramaron unos cuantos litros de agua por el parqué de puro lujo María y al tratar de impedir el luctuoso suceso se escapó el bicho y no conseguía dar con ella. El turco corría por la casa a dos velas, buscando el bicho y tratando de secar aquello. Me ofrecí a ayudarlo pero me dijo que el se las bastaba para superar la crisis. Ya lo he convencido de que se tiene que deshacer de ese animal y enviarlo a una de esas granjas que por treinta euros se los quedan y prometen cuidarlos los más de cien años que les quedan aunque más tarde las venden a los restaurantes chinos para que hagan sopita de tortuga, destino que yo celebraré con gran algarabía.

Cuando me encontré con mi colega fuimos al cine y luego una sesión corta de cervezas. Andando por la calle nos cruzamos con una tía que paseaba un hurón amarrado con una correa de perro. La chorba, una tipa de esas que producen hasta mareos de lo guapa que era, iba toda seria con su hurón, sabedora que estaba llamando la atención de toda la parroquia, que la señalaba y la seguía para ver como se desenvolvía el bicho en la calle. El hurón resplandecía de lo limpio y arreglado que iba. Un poco más adelante nos cruzamos con otra beba aún más guapa. Esta llevaba un gato también con una correa de perro y de nuevo lo paseaba por la calle como si tal cosa. El gato parecía una figura de porcelana de lo cuidado y pulcro que lo tenía y era capaz de desenvolverse con la correa como si de un perro se tratara.

Las señales están ahí y todos las pueden ver. Es el problema de nuestro tiempo, la maldición de comienzos del tercer milenio: El fondo de armario.

Llevamos unos años que no dejan de salir machos del armario. Se salen de todos los estamentos. Los ricos, los pobres, los listos, los tontos, los de derecha, izquierda, centro y por salir, se salen hasta los curas. Y claro, de tanta gente que ha salido nos hemos quedado con el armario vacío y las hembras han de desarrollar estrategias creativas para llamar la atención de los pocos que siguen dentro, aterrorizados por su suerte. Ahora ya no vale una cara bonita y un coño dispuesto a despatarrarse a la mínima señal, hay que ser creativa, llamar la atención, vender el producto, desarrollar estrategias de marketing creativo. La época en la que la cosa venía rodada se ha acabado, ya no hay princesas en este mundo, sólo principitos como el de las galletas, con sus leotardos, su ramalazo y su orgullo homo. En estos tiempos oscuros lo que mola es ser metrosexual de mierda, que no es más que ser pajarón pero con ropa de marca y colonia cara y a fuerza de ver metrosexuales de esos por la tele se nos han escapado casi todos los machos del armario, sobre todo la masa de descerebrados y pollabobas que únicamente saben seguir las modas y que tarde o temprano se darán cuenta de que ese dolor persistente que sienten al sentarse es porque se están introduciendo cosas por el ojete que quizás no deberían meterse.

A pesar que estas hembras buscan un hombre de verdad como locas y de que mi amigo el turco no deja de enviar señales para que vean que está disponible, estas no calan en la fauna femenina. Yo lo achaco a los polos Lacroste y a las zapatillas Nique de las caras, porque parece que se está vendiendo a sí mismo como metrosexual y las féminas huyen de él como de la mierda. Ya le he dicho que se deje barba, se compre una camiseta floreada y se la abotone dejando entrever la matilla de pelo en el pecho y que sea un poquito más rudo. Le he sacado tarjeta amarilla en dos ocasiones y ni aún así. Un día se me presentó con un polo rosado, pulóver color pistacho y pantalones de pinzas. Parecía el niño repelente de cualquier serie de dibujos animados o el primito maricón de Mafalda. Le dije que mantuviera al menos cuatro pasos de distancia conmigo al andar por la calle porque me niego a que me asocien con algo tan andrógino. Otro día llega de la misma guisa pero con otros colores y trata de sostener la teoría de que iba muy cassual porque llevaba el polito por fuera de los pantalones. ¡Un poquito de Por favor!

Esta semana me ha dicho que ha roto con su novia fantasma de Francia y que necesita unidad femenina urgentemente. Preferiblemente que sea holandesa y que viva en Ámsterdam aunque a estas alturas cualquiera le vale, así que si tenemos voluntarias por favor que lo digan que este hombre ya está agarrándose al pomo del armario y como nos descuidemos se nos sale y lo perdemos para siempre y ya no queda tanto fondo de armario como para que nos podamos permitir una pérdida semejante. El turco es un partidazo de que te cagas. Rubio, de complexión deportiva pero sin músculos atrofiantes como esos pollardones que matan horas en el gimnasio para asemejarse a patéticas versiones de la Masa, simpático, le gustan las hembras que hablan poco y follan mucho y está más que dispuesto a manteneros y dotaros de una Viza Oro.

La mudanza

El sábado por la mañana me levanté temprano. Desmonté el ordenador, que fue lo último y me fui a alquilar la camioneta de mudanza. Para aquellos que viven la vida feliz sin hacer copias de seguridad de sus cosas, decirles que tengo todas mis fotos en tres formatos diferentes. La colección completa está en flickr, también están en el disco duro de mi equipo y en DVDs. Todos los documentos, el correo de los últimos ocho años y demás también tienen sus respectivas copias de seguridad, actualizadas el viernes. A menudo me llegan los correos de los llorones que por culpa de algún virus lo han perdido todo. Siempre sois los mismos y nunca os tomáis la molestia de realizar copias de seguridad. Joderos. Volviendo a la mudanza, una vez alquilada la furgoneta, recogí a mi amigo el holandés y comenzamos a trabajar. Decidimos hacerlo en dos fases: primero bajar las cosas a la calle y después cargar la furgoneta. El turco llegó cuando acabábamos de comenzar. La china de mi vecina se pegó un punto y nos ayudó a bajar las cosas, acto que la redime a mis ojos y a los ojos de mis amigos. Puede que tenga que ver el que le arreglé el ordenador el fin de semana pasado. Bajarlo todo a la calle fue un latazo. Las escaleras holandesas no son muy amigables y tener que mover cosas pesadas por esos minúsculos escalones es una actividad de muy alto riesgo.

La china se quejaba de que mi casa olía raro y mis amigos se quejaban de que al pasar frente a la casa de la china apestaba que no veas. Nunca llueve a gusto de todos. Mi casa no huele a nada y quizás ese es el problema. La casa de la china huele a los mejunjes que cocina para ella, su hija y los ilegales de turno, en este caso es otra chica a la que pudimos vislumbrar brevemente antes de que la china le ordenara encerrarse en la casa y permanecer allí hasta nuevas órdenes. Con todo en la calle aparcamos la furgoneta cerca y la llenamos en media hora. Tanto el holandés como el turco parecen ser especialistas en este tipo de cosas y se dedicaban a repartir órdenes y discutir entre ellos sobre la estrategia a seguir, ignorándome completamente. De alguna manera logramos meterlo todo salvo la Poderosa, mi bicicleta grande. Esta última tuvo que viajar en el bemeta del turco. Partimos hacia mi nueva casa con un regusto amargo en el estómago.

El proceso de descarga fue mucho más simple y conseguimos terminarlo casi sin problemas. El único suceso luctuoso fue una caja que se le cayó al otomano y que resultó en una fuente de cristal rota. Terminada la mudanza, nos sentamos a descansar por unos minutos en el parque de niños que hay tras mi casa, ya que aún no tengo mesa y sillas para el jardín. Los invité a unas cervezas Heineken pero no hubo mucho éxito. Trataron de bebérselas pero al parecer estaban caducadas. Seguro que tiene mucho que ver el que yo no tomo esa marca y haciendo memoria creo que las compró er cuñao la última vez que estuvieron por este país, hace al menos dos años.

Antes de romper la comunidad de la mudanza visitamos la casa del chino para comparar y poder criticar a gusto. El asiático nos hizo la gira completa y omitió el uso de las habitaciones. Yo ya me encargué de iluminar a los otros, así que ellos le preguntaban y el otro tuvo que decir la verdad.

Llevé al holandés a su casa, pasé por una tienda macro-ferretería para comprar algunas cosillas, devolví la furgoneta y volví a mi casa para gastar lo que quedaba de la tarde montando los pocos muebles que tengo y sacando las cosas de las cajas. Por la noche caí rendido en la cama en mi primera noche en mi nueva casa.

Moby Dick III

Esta es la tercera y última parte de lo que sucedió el día que fuimos a un parque de atracciones acuático. La cosa comenzó con Moby Dick en donde nos montamos en una montaña rusa y casi no lo contamos y continuó en Moby Dick II, historia en la que fuimos testigos de otro suceso extraordinario. El departamento de Grandes Historias de esta bitácora tiene el placer de ofreceros un sucedido que apareció por primera vez un cinco de noviembre del 2002.

Dejamos la historia anterior tras arrasar con la atracción del Bobsleigh e íbamos a comer. Elegimos un restaurante de Shoarma. Siempre hemos tenido nuestras dudas sobre si el turco es realmente turco o no, porque eso de que sea rubio y turco no encaja. Los empleados del bar, eran turcos auténticos, así que jaleé al turco para que hablara con ellos en su lengua materna y nos demostrara que realmente es de ese país. Y bueno, flipé en tres dimensiones porque el cabrón habla turco.

Tras acabar la comida, nos fuimos a los toboganes acuáticos. Anunciados por el parque como los más grandes de Europa con más de un kilómetro de toboganes, fue una tremenda decepción. No son los más grandes, al menos si incluimos a España como parte de Europa, pero bueno, estaban bien. Algo que llamaba la atención es que están totalmente cerrados lo que les permite abrir todo el año. Por desgracia para nosotros y dado que ese fue uno de los días más calurosos del año, aquello era una sauna. Entramos y lo primero es que nos obligan a descalzarnos y cambiarnos en unos probadores en los que el suelo daba asco y una surinamesa pasaba cada rato una fregona hedionda moviendo aquella agua repugnante de lado a lado en la sala y lavándote los pies con la misma, porque la muy cerda no se preocupaba de la gente.

Tras este acto bautismal entramos en la sala principal de los toboganes y tras refrescar el cuerpo en el agua clorada subimos al primer tobogán. La británica recelaba a esas alturas bastante de nosotros y especialmente de mis ideas. Así y todo, la convencí para que se lanzara por uno de los toboganes. Yo me tiré por el paralelo, no sólo por mi seguridad, sino para llegar abajo antes y reírme con la bajada de la colega. Así que me tiro y mientras estamos esperando abajo se oye un zumbido saliendo del tubo del tobogán, un ruido que iba en aumento como si el aire fuera súbitamente expulsado del tubo, un ruido similar al de una olla cuando el pitorro comienza a girar. Yo y el turco nos pusimos a un lado protegidos por un panel. Había gente aún en la piscina cuando aquello cayó sobre ellos. Fue un golpe sordo, seco, que desplazó casi toda el agua de la piscina fuera, bañando a la gente que allí esperaba. Ella puso su cara más inocente, a lo Steve Urkell y dijo: ¿He sido Yo? Nosotros nos partíamos la polla de risa, sobre todo ahora que estaba con el bañador puesto. Era una versión folclórica de un misil balístico intercontinental con tropecientas mil cabezas nucleares.

Voy a hacer un inciso aquí para describirla cruel y brevemente. Aquellos que sean sensibles, se pueden saltar este párrafo. Vista de arriba abajo no es muy alta, aunque se encuentra enormemente agrandada hacia los lados, con unas nalgas que son la envidia de jamones Navidul y unas prominencias pectorales que hace que parezcan trillizas o la mismísima santísima trinidad al completo. Cada teta tiene vida propia, su propio cerebro y carácter. Uno se puede tomar un par de cervezas y verla y pensar que son un grupo de tías hablando entre ellas. Recuerdo que la primera vez que la vio el turco, al que yo ya había preparado previamente para suavizar el shock, comenzó a balbucear como cuando era un bebé y a babear moviendo los labios con ese movimiento reflejo de los chiquillos cuando buscan el pecho de su madre. Si hay algo por lo que no se tienen que preocupar sus hijos, cuando los haya es por la leche. Hay para todos.

Ahora que todos tenemos la imagen fresca, podemos continuar. Uno de los toboganes era de esos en los que te tiras con un flotador. Había flotadores individuales y para dos. El turco, que a veces compite en maldad conmigo la comenzó a animar para que nos tiráramos todos juntos. Su argumento era que como ella no quería hacerlo sola sería más divertido si nos lanzábamos juntos. Había un cartel que prohibía el uso de los flotadores para más de dos personas pero como dijo el hombre, esa regla era sólo para holandeses y nosotros éramos todos pobres ignorantes extranjeros que no entienden el holandés y si no haber puesto el mensaje en inglés.

Subimos y pusimos el flotador en el tobogán. Elegimos uno que se llamaba “noche” porque supusimos que sería bastante oscuro y le daría más emoción a la cosa. El que se encontraba a su lado se llamaba “día” y efectivamente parecía tener más luz.

Nuestro primer problema fue logístico. ¿Como subirnos todos en esa cosa?, porque no es que seamos pequeños infantes sino que somos entidades completamente desarrolladas (bueno, quizás mi cerebro aún no lo esté ;-)) y allí no cabíamos. El turco, que es más listo que el hambre, se aplicó la parte delantera. Decir que el flotador tiene forma de ocho, “8” con sus dos agujeritos y todo. Mi amigo se montó en el agujero pequeño y lo pusimos por delante, la inglesa se apropió del trasero (otro trasero más que añadir al suyo propio) y para mí no quedaba más que el medio, la unión de ambos círculos. Ese flotador era digno de verse. Parecía a punto de reventar aunque no por mi culpa, que yo estaba en el entorno de los 69 ese día y en ese entorno sigo, para que conste por escrito.

Me encajo como puedo entre el chichi, las trillizas británicas y la espalda turca, sin espacio casi para respirar. Cuando ya estamos colocados descubrimos que aquello no avanza. Estamos totalmente anclados al tobogán por el peso así que nos tenemos que levantar y acercarlo al borde del tobogán y proceder a colocarnos de nuevo. Tras ello y ejerciendo una enorme presión sobre los laterales del tobogán conseguimos arrancar y empezar a movernos. Tras avanzar unos metros aquello se dispara y de repente, quedamos totalmente a oscuras moviéndonos a una velocidad de vértigo y por el contrapeso que llevábamos atrás se nos levanta el flotador y comienza a hacer el caballito. Yo me notaba en el aire, cuasi estampado contra la parte superior del tobogán y veía que el musulmán trataba desesperadamente de bajar el flotador. Girábamos continuamente a oscuras, aumentando y aumentando nuestra velocidad, arrastrando todo el aire a nuestro paso. Me agarré al turco como pude porque a estas alturas aquello era como un toro loco girando arriba y abajo y escuchando las risas de la británica por detrás de nosotros y sus ¡oh dear!

Saltaban chispas entre el flotador y las paredes del tobogán debido a la fricción producida por nuestra velocidad. Seguíamos en caída libre sin posibilidad alguna de controlar aquel artilugio. Tras lo que me parecieron años se comenzó a vislumbrar algo de luz al final del túnel. Alcanzamos la luz en un pis-pas y salimos despedidos a la piscina, la cruzamos completamente y nos estampamos contra la pared del fondo de la misma arrastrando a una niña que allí se encontraba. Nosotros caímos al agua y comenzamos a reírnos compulsivamente sin poder parar, mientras el encargado de ese tobogán nos echaba un rollo en holandés, posiblemente sobre el número de personas autorizadas a subirse por flotador, pero lo ignoramos olímpicamente y continuamos con nuestro cachondeo.

Tras esta caída, la inglesa juró y perjuró que no se subía más con nosotros a nada y se marchó a una piscina ubicada en el exterior a relajarse mientras nosotros continuamos disfrutando de las atracciones el resto de la tarde.

Cuando nos cansamos, terminamos con ella en la piscina exterior, al solito, tumbados en el césped y criticando a todo el mundo.

Y aquí concluye la trilogía de Moby Dick.

Mi vida en Hilversum

Ya estoy a menos de cuarenta y ocho horas para ser el propietario de una vivienda en los Países Bajos. Miro a mi alrededor, en mi apartamento de treinta y cinco metros cuadrados y solo veo cajas, espacios vacíos y cosas desmontadas. Ahora sé que odio las mudanzas porque son deprimentes y revuelven cosas que uno no quiere agitar.

Llegué a Hilversum en Julio del año 2000, concretamente el 1 de Julio. Hacia mediados de ese mes alquilé el apartamento en el que vivo, sin muebles y tras una redada en Ikea, compré de lo malo lo peor y de lo peor lo más barato. Siempre pensé que en un par de años volvería a casa y que no merecía la pena el cargarme de cosas que después no me podría llevar. Esos dos años se extendieron a tres, luego a cuatro y finalmente asumí que me quedaría en este país por bastante tiempo, básicamente porque aquí si se valora mi trabajo, se me paga lo que me merezco y estoy en un ambiente laboral impensable en mi tierra, lugar que parece condenado a ser las playas de Europa y en donde todo lo que no sea sol y playa no se valora o directamente no tiene cabida.

En estos momentos soy un ingeniero altamente especializado en software de gestión. Analizo problemas, los aislo y en colaboración con los equipos de desarrollo encontramos soluciones. En otras ocasiones descubro errores de configuración y los reparo en el instante. Hablo cada día con gente de más de veinticinco países. Tras dos años me convertí en el responsable de producto de varias líneas de software, cargo que habitualmente estaba reservado para tipos con años en la empresa y con un profundo conocimiento de la arquitectura de nuestro software. Hoy por hoy no solo soy responsable de un producto, sino que estoy a cargo de ocho de ellos. Hay cuatro responsables más y todos ellos llevan un único producto. He roto todas las barreras que me han puesto y he salido siempre airoso. Como responsable de estos productos estoy involucrado en el proceso de gestación de nuevas versiones desde el comienzo del ciclo del software hasta que llega al cliente. Asesoro a los canales de venta y todos saben que la palabra del único español que queda en los cuarteles generales de nuestra división va a misa. Esta es mi vida laboral, que al menos por ahora no muestra señales de que vaya a cambiar.

En estos cinco años largos Hilversum se me ha metido en la sangre. Una pequeña ciudad de ochenta mil habitantes situada a veinticinco minutos en tren del centro de Ámsterdam, a quince minutos del centro de Utrecht, a cuarenta minutos del aeropuerto más laureado de Europa. Conozco casi todos los rincones de esta mi ciudad. Me paran por la calle y me preguntan por sitios y no dudo ni un instante al dar indicaciones. Conozco un montón de gente en el mercado, en las tiendas, en el cine (en donde soy el cliente número uno). Gran parte de mi universo es esta ciudad preciosa. Voy todos los días a trabajar en bicicleta, paseo por los bosques que nos rodean, hago fotos continuamente en esas impresionantes reservas naturales, me pierdo por sus veredas y siempre vuelvo a casa sudoroso y feliz, a mi casa.

Voy a dejar atrás un montón de años increíbles, un montón de gente encantadora que se han cruzado en mi camino y han entrado a formar parte de mis historias. En Hilversum conocí a mi amigo holandés, al chino, al turco, a la peruana y a un montón de españoles que ya se han ido. Los sábados cuando recorro las calles peatonales del centro haciendo la compra no es raro verme en alguna calle hablando con conocidos, saludando a gente. Formo parte de la parroquia de varios bares en donde me ven llegar y ya saben lo que voy a pedir. Todo esto quedará atrás el sábado cuando me mude.

Sé perfectamente que tendré una estupenda casa en un buen barrio y que de alguna manera volveré a reconstruir mi red de conocidos, que dentro de unos años en Utrecht tendré los mismos vínculos que tengo aquí y ahora. Pero eso no me consuela. El sábado cerraré un capítulo de mi vida y comenzaré otro en una página en blanco. El lunes volveré a la ciudad, pero lo haré como trabajador que sólo viene a pasar ocho horas en la oficina. Ni es lo mismo ni es igual. El lunes tras el trabajo me quedaré para ir al cine aquí, con mis amigos, a la sesión de preestrenos que solemos acudir. Cuando acabe la película y mientras los demás se van a casa andando yo tendré que coger el tren y volver a mi nueva casa, mirando por las ventanas mientras mi antigua ciudad queda atrás. La vida es un lento río que fluye sin pausa y una vez has pasado por un sitio no vuelves a visitarlo. El río de mi vida está apunto de salir de esta etapa y sólo Dios sabe lo que encontraré en la próxima.

Arbol nevadoNieve en HilversumNieve en HavenstraatAtardecer en HilversumIglesia de San Victor
Bicicletas en HilversumToleranciaAnna's HoeveOude HavenHilversum bajo mis ojos

Moby Dick II

Esto de escribir por capítulos lo llevo haciendo toda mi vida. El otro día pudisteis leer Moby Dick. Hoy continuamos con el relato de lo que sucedió en ese lugar. El departamento de Grandes Historias de esta bitácora tiene el placer de ofreceros un sucedido que apareció por primera vez un cuatro de noviembre del 2002.

Tras la extraordinaria experiencia en la montaña rusa / Tobogán y con medio parque inundado, continuamos nuestra gira por las atracciones del recinto. Tras deambular un rato, nos embarcamos en otra experiencia terrorífica .

Una atracción basada en el deporte del Bobsleigh. Para aquellos que no estén familiarizados con el término, es ese deporte que se practica en invierno y en el que unos desgraciados se tiran por unos toboganes con unos minúsculos vehículos y gana el que hace el recorrido en el menor tiempo. En este parque, en lugar de los de nieve se hacía con unos vehículos similares pero con ruedas. Para instalar el circuito aprovecharon que dentro del recinto se encuentra el PUNTO NATURAL MÁS ALTO DE HOLANDA DEL NORTE que tiene unos “20” metros de altura (y por Jesús bendito, no bromeo es así de increíble). Así que de lo que se trata es de un gran tobogán en el que te tiras con un minúsculo vehículo. Para alcanzar la cima los pequeños trineos son arrastrados por un sistema durante unos 200 metros, más o menos.

Según llegamos allí, la británica dijo que NO, que nones. Yo y el turco animándola: “venga tía”, que esto es seguro, que es divertido, que no pasa na’ de na’ y demás. Finalmente tras mucho insistir accedió a lanzarse, pero puso como condición que antes tenía que enviar un SMS a su novio, supongo que con la última voluntad. No voy a hablar del novio de esa porque hoy tenemos cerrada la sección de cotilleo rosa, pero os aseguro que el hombre debe tener el esqueleto más poderoso de este lado del hemisferio y el día que se casen, yo quiero verlo levantarla en brazos y meterla en la casa.

Ya más tranquilos y súper contentos nos ponemos en la cola. El turco primero, yo segundo y el cachalote tercero. Nos llega el turno y el rubio de mierda que controlaba a la gente lanza al turco, que sale disparado hacia el sistema de arrastre a la cima. Me subo Yo y me lanza a mí y miro hacia atrás y aquel culo enorme sobresalía por todos lados en el vehículo. Es que el trineíllo parecía una braguita minúscula tratando de cubrir semejante trasero. Ni que decir que las ruedecillas se enterraron en el plástico del tobogán dos centímetros. El colega empieza a empujar pero como que no se mueve. Dos compañeros más vienen a ayudar y entre todos la logran desplazar los 15 metros que la separaban de las poleas de arrastre.

En eso que nosotros ya íbamos hacia arriba.

De repente se oye un rumor sordo que va creciendo, un lamento terrible. El ruido venía de arriba, de las máquinas. Como me imaginé lo que sucedía, miré hacia atrás y veo aquella pobre, quieta abajo, con el cable tenso tenso tratando de arrastrarla hacia arriba. Nuestro ascenso se vio bruscamente detenido, cuando el sistema, sometido a una presión monstruosa, trataba de arrastrar aquel peso muerto. Las cadenas continuaban tensándose y arriba podíamos oír como las poleas luchaban y luchaban por sobreponerse a la sobrecarga.

Comenzamos de nuevo a movernos, lentamente, lentamente, a un tercio de la velocidad normal. Ahí, en ese momento, fue cuando tuve la terrorífica visión de lo que se nos avecinaba. Miro para el turco, cuyos ojos sólo reflejaban el cachondeo de la situación y le digo: pase lo que pase, tú no frenes y tira pa’bajo, joputa.

El turco, con su mente analítica propia de alguien que no ha estudiado letras, analiza los datos fríamente y descubre el punto en el que la ecuación se torcía en nuestra contra. Se agarra al vagón y comienza a rezar como un poseso al Mahoma ese de los cojones. Sí señores, sí, cuando aquella empiece a bajar, nos arrastrará por delante, porque si el sistema casi no puede con ella para subirla, la bajada va a ser de infarto.

Veo como el turco llega arriba, donde el tufillo a quemado de las máquinas era evidente y se lanza en caída libre. Diez segundos más tarde llego Yo y sin pensármelo me lanzo también en caída libre. Teníamos un poco de tiempo antes de que se nos viniera aquello encima.

Cuando estamos en mitad de la bajada, que no era lineal, sino haciendo eses, oímos un ruido terrible procedente de la parte superior. Por una parte, la liberación del motor lanzó disparados hacia arriba a todos los que venían tras ella, con gente cayéndose de sus vehículos, gritando y tratando de volver a colocarse en los mismos. Por otro lado, el ruido contenía los armónicos que producía el tobogán cuando aquella cosa comenzaba a bajar, arrasándolo todo a su paso.

Yo, sensible y culto como soy, comencé a gritar desesperado, tratando de adoptar una posición más aerodinámica que me salvara el pellejo. De esta guisa, alcancé al turco de mierda, con el que colisioné por detrás. El me miraba y Yo con lágrimas en los ojos le gritaba: corre hijoputa, corre que viene a por nosotros.

Aquello continuaba aproximándose y a nosotros nos quedaba por lo menos un tercio del recorrido. Seguíamos bajando con los dos trineos pegados gritando ambos y los ojos fuera de las órbitas. Alcanzamos a otro vehículo, al que embestimos por detrás y continuamos nuestra frenética bajada haciendo un trenecillo. Al que golpeamos le molestó algo, pero al mirar hacia atrás y ver como vibraba la estructura y escuchar ese ruido esperpéntico que nos estaba alcanzando se unió a nuestros alaridos y decidió que era mejor no discutir.

La cosa iba a estar apretada. Por milésimas podríamos salvar el pellejo. Le di las últimas instrucciones al musulmán: salta desde que esto empiece a detenerse. Entre tanto árbol y matojo no podíamos ver el final, pero si mirábamos hacia atrás, veíamos como la montaña se deshacía tras nosotros. Me dejé las uñas agarrándome al trineo.

El ruido ya estaba encima de nosotros y ya podíamos oír los gritos de la amiga cuando vimos la salida. Mierda, justo antes había algo que iba a frenar los vehículos. El primero de los trineos llegó a ese sitio y comenzó el frenado. El desgraciado que iba dentro, que aún estaba un pelín mosqueado con nosotros por haberlo embestido se queda sentado en el mismo. Yo y el turco no nos lo pensamos. Saltamos al lateral y rodamos para alejarnos lo más posible.

En eso la vimos venir. De la velocidad tan grande que llevaba las cejas se le habían revirado y los párpados estaban del revés. El pobre que se mosqueó con nosotros pudo darse cuenta un instante antes de que le embistiera de la razón de nuestra cobarde huída. Con el choque salió despedido varios metros. Todos los vehículos se salieron del tobogán y volaban por doquier. La gente en la cola se dispersó entre gritos. Nuestra amiga, tras el impacto, quedó en el suelo ajena al estropicio y nos vio a su lado mirando asombrados lo que pasaba frente a nosotros.

Se levanta, se sacude el polvillo que la cubría, pone la mejor de sus sonrisas y nos dice: ¿vamos a comer algo? Asentimos y salimos de tapadillo de allí.

Estoy convencido que esa atracción debe seguir cerrada porque lo que le hicimos no tiene nombre.

Cuando esta mujer dice comer yo miro pa’ ese cuerpo y pienso que vamos de matanza porque alimentar todo eso requiere mucha comida. Así que nos lanzamos hacia el restaurante (eufemismo para llamar a los antros de hamburguesas que pueblan estos parques) que estaba más cercano.

Moby Dick

La historia de hoy creo que no había aparecido en la primera versión de esta bitácora, esa que podéis visitar aquí. Forma parte del legado de Distorsiones que solo fue conocido por aquellos que estaban subscritos a mi lista de distribución. En ella aparece nuestro amigo el turco y la inglesa, una chica que en aquella época nos regaló momentos legendarios. El departamento de Grandes Historias de esta bitácora tiene el placer de ofreceros un sucedido que apareció por primera vez un veintidós de octubre del 2002.

Transcurría tranquilamente el mes de Agosto y cada fin de semana organizábamos alguna actividad al aire libre para aprovechar el buen tiempo que hacía por estas tierras. Muchas de esas historias ya las conocéis. En esta ocasión yo quería ir al Norte pero mi amigo el Turco unió fuerzas con mi amiga la Británica y decidieron que era hora de hacer algún tipo de visita más comercial, así que tras una exhaustiva búsqueda en Internet eligieron el que se supone es el mayor parque acuático de Europa, Duinrell.

Me levanto esa mañana con la excitación de un chaval y salimos para el sur del país en donde se encuentra ubicado ese parque. Cualquiera que lee esto y no ha visitado Holanda se cree que hicimos miles de kilómetros, pero lo cierto es que en una hora estábamos al sur del País habiendo partido desde el centro. Pillamos el segundo mejor día del año con temperaturas de unos 35 grados y un sol que rajaba las bragas, así que todo parecía perfecto.

Llegamos al parque y nada más entrar aquello me dio un mal rollo de cojones. El parque era cutre-salchichero. Unas mierdas de atracciones y la promesa de 2 kilómetros de toboganes acuáticos en una especie de recinto cubierto. Comenzamos nuestro paseíllo para ver todas las atracciones y entre lo único decente encontramos una montaña rusa de agua. Nos vamos a la cola y vemos que se divide en dos: los que se quieren mojar y los que quieren bajar “secos”.

Por descontado nos ponemos en la cola de los que se quieren mojar. Cuando nos llega el turno y llega el vehículo simulando un “tronco” que nos iba a lanzar a la aventura nos subimos gozosamente. En ese momento el turco de mierda y Yo nos miramos y nos damos cuenta al unísono del problema. La Hostia Divina, nos vamos a tirar en esta coña con la británica. Nos apresuramos a quitarnos las camisas y guardarlas para protegerlas y ponemos todo lo de valor en nuestras mochilas. La gente nos miraba asombrada pero nosotros sonreíamos sabiendo lo que se nos venía encima. Algunas holandesas se frotaban de puro gusto ciertas partes con la visión de esos dos pechillos peludillos. Esta gente será muy rubia y muy guapa, pero al final lo latino les pone un montón.

Dan la señal de salida y las máquinas comienzan a tirar del carro (en el que íbamos unos quince) aunque sin mucho éxito. Los motores rechinaban mientras aumentaban la potencia, arrastrando centímetro a centímetro nuestro vagón en una agónica subida. En esos terribles momentos pudimos ver como algunos se daban cuenta del terrible error que habían cometido y nuestra sonrisa se agrandó en nuestras caras. El carro seguía su lento subir con la gente revolviéndose en sus asientos. La causa de semejante trastorno estaba clara. Nuestra amiga la británica. Con sus al menos tres toneladas de peso aquello prometía convertirse en una debacle, en lo más parecido al día del Juicio final que veríamos en nuestras vidas.

Justo por debajo de esta montaña rusa pasaba otra más pequeña. La gente que en ese momento cruzaba pudieron comprobar horrorizados que la estructura se bamboleaba sobre ellos y comenzaron a gritar histéricos, sabedores de que su suerte estaba echada y no podían salirse de la montaña rusa. Nosotros continuábamos nuestra ascensión, indiferentes a los estremecimientos de las vigas. Una vez se estabiliza el vagón en la parte superior de la montaña rusa y con toda la estructura crujiendo por semejante esfuerzo comenzamos la bajada.

Quien se haya montado alguna vez en estas atracciones sabrá que al principio parece que no lo vas a conseguir y que el cacharro se va a quedar parado. Todos están con los brazos levantados pese a los carteles que lo prohíben y te imaginas las caras de decepción si el trasto se detiene. Finalmente aquello comienza a moverse, primero tímidamente y luego más rápido y va cogiendo algo de aceleración y más y más y más. La gente que iba en la primera fila comenzó a sentir como el viento les cortaba la cara y todas las gargantas al unísono entonan un desgarrador lamento: Aaaarrrrggggghhh.

Seguíamos cogiendo velocidad, bajando por esa maldita rampa que se balanceaba hacia los lados ante semejante presión, derramando agua por los laterales. En los alrededores de la montaña rusa el tiempo quedó en suspenso. La gente se quedó absolutamente atónita mirando incrédula lo que sucedía. Aquel bólido descendía a una velocidad terrorífica con un grupo de gente que gritaba desesperadamente. Los gritos ya no eran de excitación sino de puro y simple miedo.

Justo al final de la bajada de la montaña rusa hay un mirador aéreo desde el que se puede contemplar la llegada de los carros protegido por un cristal para evitar que el agua salpique a la gente que mira. Los que allí se encontraban trataron infructuosamente de escapar corriendo a resguardarse en algún lugar seguro. La vendedora de perritos calientes salió despavorida hacia el bosque cercano y trató de sujetarse a un árbol para salvarse. Una madre puso su cuerpo sobre el coche de su bebé en un vano intento para tratar de protegerlo de la inminente debacle.

Tras unos segundos en los que muchos vieron pasar sus vidas ante sus ojos y los nuestros, nuestro carro, a una velocidad endiablada y con los patines lanzando chispas al contacto con el tobogán alcanzó el final del camino.

El tsunami que se levantó continuó creciendo y creciendo, tragándose toda el agua de la piscina en la que debíamos aterrizar y subiendo más y más alto. La gente del mirador vio horrorizada como una inmensa ola los alcanzaba, los que estaban a los lados comprendieron claramente unos instantes antes de que sucediera, que no saldrían de allí secos, que la madre de todas las olas los iba a alcanzar. Esa agua de color marrón, turbia, infectada, movida una y mil veces a través de esos toboganes finalmente alcanzaba su liberación, se emancipaba y escapaba a su sino.

Por supuesto que entró agua dentro del vagón. Cientos y cientos de litros. Acabamos totalmente bañados, pero gracias a nuestra previsión, todas nuestras cosas estaban a salvo en nuestras mochilas. Los frenos de la montaña rusa trabajaron a destajo tratando de detenernos. Tras nosotros quedó el vacío, la falta de agua, la piscina totalmente desecada. Frente a nosotros, cientos de personas gritando, secándose, protestando y todos tratando de comprender qué había pasado y por qué les había tocado a ellos. Los empleados miraban los paneles intentando descubrir lo que había fallado, lo que había torcido esta atracción de feria y la había convertido en una pesadilla. Junto a nosotros estaba la británica gritando: Oh Dear! Oh Dear!, inconsciente del daño que había hecho, feliz en su ignorancia y sin siquiera comprender que por primera vez en los últimos diez años, en Holanda, el agua había escapado al control de los Holandeses.

Temporada de caza: Garota de Ipanema

Uno tiene una tendencia horrorosa a estirar las historias como el chicle y por desgracia no puedo hacer nada para remediarlo ya que está en mi naturaleza. Es una pena que no logre enlazarlas todas y sacar un libro de todo esto, aunque imagino que forma parte de mis limitaciones y carencias. Aquellos que pasan por aquí de manera recurrente sabrán que lo que vas a leer a continuación es la continuación de un relato que comenzó en Temporada de caza y que después de un silencio de años pude continuar en el elegido. Si aún no las has leído no te voy a adelantar nada pero si te aviso que no entenderás el asunto sin haber explorado esas historias previamente.

Dicen los que saben que los cerdos van al matadero con gran alegría, felices porque los sacan de paseo. Lo mismo se puede decir del turco. Sabedor de la semana que le esperaba, era todo felicidad y buen rollito. Para todos tenía una sonrisa, un guiño de ojos, una mano con la que ayudar. Yo no puedo hablar por el resto, pero en mi caso aproveché para que me pagara un par de cenitas y se dejara unos euros en unas cañas, que el mamón siempre consigue que yo sea el que acoquine con la cuenta. Pasó unos días de un empalagoso subido, tanto que me hacía recordar aquellos dibujos de tarta de fresa que veía cuando era un pipiolo. Aquella serie conseguía que vomitara los sesos día sí y día también. La jodida niña vestida de rosa con su voz de gallina clueca me enervaba hasta el máximo más absoluto, pero no conseguía desengancharme y fueron muchas las mañanas en las que me despertaba agarrotado con la imagen de ese dibujo animado aún fresca en mi memoria. En los días que pasaron hasta el lunes se convirtió en una sombra horrorosa del machote que solía ser. Ese fin de semana lo tuve que acompañar de compras, a renovar su ajuar y aportarle algo de estilo fresco y desenfadado. No creo que lo consiguiéramos ya que su mal gusto es de leyenda pero al menos lo intentamos.

El lunes el hombre se levantó a las seis de la mañana y se sentó frente a su ordenador a esperar el correo con las instrucciones. Era el primer día de su nueva vida, su renacimiento como producto de consumo de masas. Después de un par de horas de mirar la pantalla, se cansó y se tuvo que marchar al trabajo. Algunos tienen la ventaja de vivir frente a la empresa de la que reciben las copiosas transferencias a fin de mes y él es uno de esos afortunados. Únicamente tiene que cruzar un puente sobre el canal Amstel y ya está en la oficina. Miraba fijamente su teléfono móvil y lo mismo sucedía con el programa para recibir el correo. Finalmente apareció el mensaje deseado. El programa FO-YA-MÁS le mandaba su primera cita. El asunto no podía ser más claro: FO-YA-MÁS día uno.

Miró a su alrededor para comprobar que nadie lo estaba observando y se lanzó a la lectura del mensaje:

La primera cita será esta noche con Renata DoSeso-Faccile, una joven soltera que vive en Ámsterdam y que trabaja como dependienta en una de las infinitas tiendas de productos para turistas e incautos. Renata busca a su príncipe azul y espera encontrarlo en ti. Le gustan los hombres románticos y es muy melosa y cariñosa. Acudirás a su encuentro llevando en la mano un clavel para que ella pueda reconocerte. Sabrás quien es porque estará leyendo el libro El profesor de piano de Elfriede Jelinek.

El colega me llamó inmediatamente para leerme el texto. Sonaba genial y más teniendo en cuenta el nombre de la colega, Renata DoSeso-Faccile. Como no todo el mundo nació hablando la única lengua verdadera, le expliqué que en el idioma que hablamos todos nosotros y los ángeles del cielo mismamente, aquello sonaba a que esa noche mojaba más que un temporal del mar del norte. La línea se quedó en silencio durante un rato y tuve que despertarlo de su sueño erótico y devolverlo al mundo real.

Por la tarde se encontró con ella en el lugar acordado. Llegó con su BMW, vestido de chulo-putas riguroso, con su clavel en la mano para ser reconocido. En la terraza en la que se debían conocer habían varias chicas solas, pero sólo una de ellas estaba leyendo un libro, o al menos haciendo que lo leía porque lo tenía del revés. No todo el mundo está preparado para leer un premio Nóbel de literatura. El turco pensó que estaba cruzando las puertas del cielo. Sub-intelectuales como el que esto escribe sólo aspiran a escribir un libro y plantar una palmera a lo largo de su vida. Otros, como el otomano, son más prosaicos y sólo quieren llegar al fin de sus días habiendo cumplido el sueño de curar a dos lesbianas a base de polvos y follarse una mujer de color. El primer deseo tiene unos enormes signos de interrogación, pero el segundo nunca lo tuvo tan cerca como en ese instante, ya que la tan mentada Renata DoSeso-Faccile era lo que hoy en día se denomina persona de color y lo que antes, cuando la hipocresía no campaba a sus anchas, solíamos llamar una negra.

La chica encajaba en el grupo de mujeres de las que solemos decir que son monas, no pensando en la hembra del mono sino más bien en que era bonita, linda y aparentemente simpática. Su enorme sonrisa desplegaba unos piños como pantallas de cine, blancos como la nieve. Vestía como cualquier Jenny de centro comercial español, es decir, con menos ropa de la que debería. Se saludaron dándose los tres típicos besos neerlandeses y después de tomar un cafelito se pusieron en ruta. El turco había elegido un restaurante francés para impresionarla. Como las reservas en esos sitios se hacen con varios días y él no podía saber lo que le iba a tocar, se lo jugó todo a la carta romántica y parecía que le iba a salir bien. Llegaron a la puerta del restaurante y el turco hizo un alarde de poderío cuando le dio las llaves de su BeMeTa al aparcacoches y le dejó una propina de treinta y tres pesetas de las de antes o eso que conocemos ahora como veinte céntimos. Un propinazo que le hizo merecedor de una mirada de odio infinito por parte del turco que recogió las llaves. No hay nada mejor como la generosidad con tu propia raza para sentirse bien y este hombre lo sabe y si no que os explique por qué tenemos que bloquear como sea la entrada de su país en la Unión Europea si no queremos que sea el fin de Europa.

Pasaron y el julandrón que siempre está en una tarima en la puerta de estos antros los recibió, cogió sus abrigos aprovechando para medir la capacidad de la taleguilla de mi amigo y los condujo a su mesa, en donde dos velas perlaban el espacio con su brillo y se veían acompañadas de una botella de champán del caro que descansaba en una champanera esperando que la abrieran. El rictus que mostraba Renata daba fe de lo impresionada que estaba. En aquel lugar, un pianista tocaba música en vivo, una melodía suave que invitaba a cruzar miradas con tu pareja y cuchichear al calor de los cirios. La gente hablaba en voz muy baja y todos buscaban la proximidad con sus compañeros. Se acercó el maitre para ofrecerles la carta y lamerles un poco el culo, que para eso le pagan. La chica a estas alturas ya no tenía capacidad para la sorpresa. Cogió el menú y cuando posó sus bellos ojos en el mismo, se llevó un disgusto. Aquello estaba en francés, idioma del que no tenía ni puta idea. Como no lo quería reconocer, torció un pelín la cabeza, haciendo como que meditaba y después de un rato, cerró la carta. El turco, acostumbrado a este tipo de restaurantes, tenía también muy claro lo que quería. Su conversación transcurría apaciblemente. Pidieron la comida, momento en el que quedó patente el poco dominio de la lengua gabacha de la chica. El maitre lo intentó cuanto pudo pero no consiguió averiguar lo que quería y al final terminaron con el menú abierto y ella señalando el plato.

Mi amigo se pegaba más que un condón a un cipote y la chica no le hacía ascos. Le susurraba tonterías al oído y ella se reía y se tapaba los dientes con la mano. A veces cogía el vaso de champán y mantenía bien tenso el dedo meñique como cualquier dama de alta cuna. Ella lo quería saber todo de la vida de este hombre que se podía permitir estos lujos asiáticos y él solo buscaba la forma de endiñársela allí mismo. Tras la frugal ensalada que comieron de entrante llegó la carnaza, el plato principal. En el caso de mi amigo era un pato a las finas hierbas con una presentación soberbia. El cocinero había dado el do de pecho al hacer tremenda obra maestra. Para ella era un filete con habichuelas recubierto de una salsa que despedía un tufo horroroso. La pobre había pedido una mierda intragable, pero por no reconocer su ignorancia hizo de tripas corazón y sonrió aún más si cabe. Comenzaron a comer en silencio, aunque el turco rompía aquel vacío con oportunos comentarios con los que lucirse. Tras engullir unos cuantos bocados, la chica de Ipanema estaba en serios problemas. No es que la comida fuera mala, es que era asquerosa. Se echó un trozo bien grande al gaznate para tratar de bajar aquello lo antes posible y cuando intentaba tragarlo se le atascó en el esófago. Comenzó a dar arcadas y a ponerse roja. Sus pujidos alertaron al colega, que después de depositar su servilleta sobre la mesa se levantó para ver si podía hacer algo. La chica sufría unos tremendos espasmos y la tuvo que agarrar por detrás y hacer ese gesto que hemos visto decenas de veces en el cine. El pedazo de carne salió efectivamente volando y vino a caer en la mesa que estaba a su lado, en la que una pareja ya entrada en años miraba con estupor aquel trozo de animal muerto y medio masticado que les había tocado. El maitre llegó corriendo y agitando los brazos como un molino de viento, mientras lanzaba mil y una excusas en francés para la pareja que sufrió los daños colaterales.

Renata mientras tanto trataba de recuperar la respiración y se fue al baño a refrescarse y muy posiblemente a vomitar aquella mierda. De esta forma tan tonta se jodió la noche. Tras aquella debacle no hubo forma de rectificar la cosa. La chica se recubrió de una coraza protectora y lo dejó todo fuera. Ya no tenía sentido continuar con aquello. Estaba claro que esa noche no iba a suceder nada más. Después de pagar, esperaron el coche en la entrada y el hombre la dejó en la puerta de su casa, en donde se despidieron con un frío apretón de manos. Toda la alegría de la mañana se había esfumado. No hay palabras para describir lo que sentía. Con ésta estaba claro que no tenía ninguna oportunidad. El sueño de la chica de Ipanema se había esfumado tan rápido como había llegado.

Así acaba la primera cita. Esto continuará aunque no os puedo dar una fecha concreta. Puede ser mañana o el día después de mañana, por lo que tendréis que permanecer alerta.

Temporada de caza: El elegido

No se puede comprender esta historia sin haber pasado previamente por ese proceso de aprendizaje que es la lectura de Temporada de caza, la cual es el primer episodio de esta opereta. Ya sé que son muchas palabras sin sentido y que la pereza y la televisión os han convertido en minusválidos intelectuales incapaces de leer, pero quizás deberíais agotar vuestro crédito de palabras para el día de hoy y leeros ambas historias.

En su sempiterna búsqueda del coño fácil el turco no se detiene ante nada. Escala cotas estratosféricas o desciende a simas abisales incansable en su tarea de conseguir una nueva novia, una hembra que le de sentido a su vida y algo de uso a sus condones. Ya hemos sido testigos de esos primeros pasos en el difícil arte del ligoteo barato y ahora marcharemos junto a él en esta nueva etapa de su aprendizaje.

Tras observar su incapacidad para triunfar donde otros dan el paseillo, el turco decidió tomar medidas drásticas. Acudió a la Internet, esa fuerza imparable que todo lo contamina y buscando buscando encontró un servicio de citas a ciegas. Por la módica cantidad de veinticinco euros te garantizan cuatro citas con cuatro almas solitarias y el hombre se lo jugó todo a esta carta, convencido de sus grandes posibilidades una vez la hembra está en su corral. Entre las condiciones del servicio aparecía que son ellos los que eligen las parejas y aunque en el momento de la inscripción te enseñan unas fotos de unas chochas de la muerte, nunca se sabe lo que te puede tocar, algo que para Forrest Gump era un aliciente pero para el normal de los mortales es una preocupación.

Una vez acabó su perfil le comenzaron a llover correos de un sistema que parecía muy ocupado apañando su vida. Mi amigo se frotaba las manos y se pavoneaba jactándose de lo pronto que dejaría de estar soltero y pasaría a formar parte del club de los puretas muertos y acabados. Su salario, su formación, su currículum, su coche, su apartamento de lujo, todas estas cosas seguro que atraerían a las féminas que al contrario que el macho, que solo mira las tetas, miran más los accesorios de consumo. Leer lo que puso el hombre era dar un paseo por las marcas de moda más caras. No mentía completamente, porque yo puedo dar fe que el colega está podrido en dinero, que tiene un sueldo de agárrate a la pared para que no te caigas y también puedo confirmar que si el empleado de una tienda es lo suficientemente maricón, es capaz de endiñarle ropa de más de trescientos euros sin mucha dificultad, únicamente con la ayuda de la lisonja barata.

Un día más tarde de su entrada en el universo de las citas cibernéticas organizadas con el programa FO-YA-MÁS, recibió una llamada en su móvil. Una chica de voz melosa comenzó a hablarle en holandés y soltarle un rollo enlatado. El otomano la placó en seco y la puso de nuevo en ruta, explicándole que pese a tener un diploma del gobierno certificando su perfecto dominio de esta lengua bárbara, prefería el uso del aséptico inglés internacional, ese que hablamos todos los ciudadanos del mundo salvo los ingleses y americanos. La joven conmutó sin más problemas y entonces pudo saber que había sido elegido para un proyecto especial del programa FO-YA-MÁS. Le dijo que era muy afortunado, que en una base de datos de miles de millones de individuos, él era el elegido, The chosen one como se dice en la lengua de los tejanos. Esta suerte tan grande le podía conducir a la fama y al estrellato mediático.

La joven le dijo que no le podía contar nada más hasta que aceptara las condiciones, que hasta allí podía leer. Una vez aceptadas se enteraría de los detalles. Por descontado, no se puede echar atrás una vez dice que si y para evitar su escapada, estaban grabando la conversación y dicha cinta podría ser usada en su contra en cualquier tribunal de tres al cuarto con algún juez amargado por no tener casos de verdad. Le repitió esta información dos veces y le dijo que tendría que decir claramente YO ACEPTO LAS CONDICIONES antes de recibir la información secreta y confidencial que cambiaría su vida por siempre jamás. Mi amigo el turco, que estaba conduciendo su BMW al recibir la llamada, se tuvo que salir a la mediana en la autopista porque la emoción que le embargaba era tan grande que le impedia conducir y seguir la conversación. Temblaba convulsivamente de puro gusto ante la idea. La chica se quedó en silencio para que se lo pensara y ese silencio se pudo medir con unidades normalizadas. Fueron exactamente medio millón de microsegundos los que le tomó el formular el juramento: YO ACEPTO LAS CONDICIONES. Entiendo que a veces leen estas torcidas líneas personas que no prestaron atención en el colegio y que quizás no sepan que medio millón de microsegundos es lo que ellos llaman medio segundo, lo cual me sirve para recordaros que siempre hay una medida que hace parecer las cosas monstruosamente grandes o pequeñas y si no que se lo digan a todos mis amigos que se miden sus respectivos miembros en milímetros para embobar a las chochas, que quedan fascinadas por semejantes cantidades y desconocen aunque jamás lo reconocerán la unidad que están usando. Esas mismas chochas suelen salir muy decepcionadas de sus experiencias sexuales, ya que en su retorcida imaginación se veían empitonadas hasta el infinito y más allá y en la práctica no llegan a sentir más que un ligero cosquilleo vaginal.

Volviendo a nuestra historia, una vez juró y prometió aceptar las condiciones, se procedió a la explicación. El programa FO-YA-MÁS, el cual ha sido codificado en colaboración con la Universidad del Chimpún Nórdico, tras intensas búsquedas en su base de datos había extraído cuatro nombres de santos varones. Tras cambiar las cintas de cassette y poner las de las chicas, el programa había vuelto a echar humo hasta conseguir otros cuatro nombres de hembras. Ahora que los ocho estaban seleccionados, se organizarían cuatro citas de cada bestia de sexo masculino con los correspondientes animales del sexo femenino. Las citas tendrían lugar a una por día, comenzando en lunes y terminando en jueves. Una vez concluido cada uno de estos eventos, las jóvenes y solamente las jóvenes tendrían que llenar un extenso formulario en el que darían cuenta de las horas pasadas junto al candidato. Terminadas las cuatro citas, el programa FO-YA-MÁS procesaría los resultados y elegiría a uno de los machos, el cual acudiría el viernes a un programa en la televisión y se enfrentaría a las cuatro chicas. Allí, ese ganador potencial, terminaría eligiendo a una de ellas y podría continuar profundizando en la relación o al menos intentando mojar más y mejor.

Era como música para los oídos de nuestro príncipe rubio y turco. Se veía coronado entre el sexo femenino, con todo un estadio de tías calientes como burras en celo rebuznando su nombre mientras le tiraban al escenario bragas, sujetadores, condones y similares. Toda su vida se había preparado para esto y sabía que no podía fallar porque él era el elegido. La ronda de citas comenzaría la semana siguiente el lunes. Recibiría la información sobre el lugar y la hora del encuentro por la mañana de cada día. Él decidía a donde llevaba a la joven para impresionarla y era él quien estaba al mando de la aventura. La ruleta de las citas a ciega se pondría a girar y el azar le llevaría de la mano hacia el éxito y la culminación de sus aspiraciones sexuales.

Cuando acabó la conversación telefónica nuestro amigo estaba en estado de éxtasis absoluto. Resulta difícil describir como se sentía, pero estoy convencido que muchas santas y beatas que supuestamente han tenido experiencias divinas no han gozado ni la mitad de lo que pasó mi amigo. Lo primero que hizo fue llamar para contarme la buena nueva. Yo tuve que representar el papel que su adormecida conciencia no había sido capaz de representar y le pregunté sobre lo que pasaría cuando en su empresa lo vieran por la tele rodeado de Jennys de clase baja explicando las guarrerías sexuales que quizás llegaría a cometer. Él no había pensado en esa pequeña mancha de su plan maestro y decidió no tenerla en cuenta.

Ahora que su vida parecía estar en las vías del tranvía del amor, encarrilada hacia un futuro de pasión verdadera, todo le parecía hermoso y cualquier tontería lo hacía feliz. Pasó los días restantes de la semana planificando sus citas y reservando restaurantes.

En los próximos episodios veremos como le va con las chicas. Ya sé que me odiáis por partir las historias pero quiero recordaros que yo soy el que se tiene que sentar a exprimir su escasa masa cerebral para modificar un suceso real y adornarlo de manera que al menos una sola persona tenga las agallas de decirme que le ha gustado. Como sé que sois impacientes, os diré que la idea es repartir las citas con las chicas entre uno o dos episodios más. En el peor de los casos serán cuatro historias, a una por chica.

Temporada de caza

Ha llegado la hora de rescatar otra de esas grandes historias que forman parte del patrimonio de esta bitácora. Para muchos de vosotros, leer sobre el turco es algo habitual y posiblemente nunca os habéis parado a pensar en donde comenzó su leyenda. Hoy, aquí y ahora tendréis oportunidad de descubrirlo. Esta historia fue publicada por primera vez el veintiseis de Noviembre del 2003. Esta es la primera parte de una serie de cuatro capítulos de los que únicamente escribí el primero y el último. Creo que me pondré y los acabaré en estos días.

Existe un lugar secreto en Hilversum al que acudo con mi amigo turco. Es un antro sucio y oscuro en el que bebemos las cervezas mas baratas. Por supuesto no le decimos a la gente donde se encuentra porque su ubicación es un secreto que juramos proteger con nuestra vida. Tampoco os contaré su nombre. A pesar de tanto misterio, el lugar es muy popular, sobre todo entre la fauna femenina.

Esa es otra buena razón para esconderlo de los pervertidos ojos de la competencia. Un macho cabrio que se precie no facilita la labor a los adversarios y quien tenga dudas que se siente una tarde a ver los documentales de la National Geographic y verá como llega a esa conclusión. La naturaleza es dura e injusta y los cotos de caza han de ser protegidos para evitar la competencia. Así que mi amigo turco de mierda y yo acudimos allí los fines de semana, a cazar. El turco esta desesperado por encontrar novia. Tiene como una fiebre que le come por dentro y que lo altera de tal manera que él se ve incompleto a sí mismo. Necesita una hembra a su lado, una unidad femenina que le permita satisfacer sus necesidades primarias. Desde que rompió con su novia vive sin vivir en sí y eso que la turca vivía en Niza y más que un noviazgo convencional era una rara sucesión espacio-temporal de polvos. Ahora que el vínculo se ha desvanecido, su corazón se ha llenado con la necesidad de tener compañera. Así que acudimos a este santuario de la feminidad para rogar al Dios competente que colme su ansia y le provea con una media naranja.

Es llegar al lugar y el hombre se hincha como un pavo. Saca pecho, enseña dentadura blanqueada y a rondar a las bebas. Por desgracia hay algo que no hace bien porque su estrategia solo le ha deparado fracasos hasta este momento.

Él fija el objetivo en una primera fase. Busca una chocha y la centra en su punto de mira. Su estrategia es la correcta. Se fija en el aspecto físico ya que la meta es follar y para eso no hace falta descubrir la belleza interior ni cualquier otra de las mierdas con las que los mediocres que salen con un callo malayo se autojustifican. Miramos el envoltorio, juzgamos, puntuamos y buscamos una ganadora. Esto es como Eurovisión pero con carne. Se analiza la cantidad de celulitis, la tersura del cutis, la presencia de caspa, el equipamiento frontal (ya sabéis, que haya al menos algo que agarrar). Se controlan las caderas, el que no marquen paquete (por aqui hay mucha chica con “SORPRESA“) y que la susodicha no esté rodeada por competidores masculinos. Una vez hecha la criba se pasa a la siguiente fase. Es el círculo de la vida de los depredadores.

Tras la selección previa viene el abordaje. El turco es muy básico, muy directo. Él se acerca a la unidad femenina y le empeta un: “¿Follamos o qué?” Esto no le ha funcionado nunca, así que desarrolló otras estrategias: “¿Quieres tomar una copa conmigo?” [Respuesta: No, piérdete], “No hablo holandés pero estás más buena que el queso de Gouda” [mirada despectiva y espaldazo al canto], “Toa toa toa te comería toa” [Respuesta con mirada lastimosa: "No soy un bocadillo, ¿sabes?"]. Ha intentado comprar cigarrillos para invitar a una fumadora, regalar copas, ofrecer su silla y en todos los casos ha cosechado fracasos estrepitosos.

El comité de evaluación creado para analizar las causas de semejante tragedia ha concluido que en lugar de enfilar directamente el objetivo, el turco se debe dirigir a ESO que acompaña a la papaya y que es su amiga. Este sutil cambio en el protocolo de comunicación puede marcar la diferencia y encauzar al individuo en una estrategia exitosa. Los estudios demuestran que la belleza deseada responderá de una manera más amigable cuando ve que el individuo posee cualidades como la caridad y la misericordia humana, que salen a la luz cuando el tiene la deferencia de hablar con los fetos de los que la ninfa se ha rodeado. Estas conclusiones han sido transmitidas a nuestro amigo caucásico pero él sigue sin comprender por qué para follar con el individuo “A” tiene que hablar primero y perder un tiempo precioso con los individuos “B“, “C” y “D” los cuales no son relevantes y no despiertan su interés. Su ansiedad lo pierde. Si pensara con la cabeza en lugar de con el glande vería las cosas más claras.

Hemos realizado algunas pruebas, pero el amigo no parece haber captado el mensaje. La idea es sencilla: aproximación, abordaje a través de la fauna que acompaña el objeto de su deseo, conversación casual, conquista del terreno deseado. El turco comienza bien, identificando el objetivo, se acerca no directamente sino derivando casualmente hacia ellas, encara a la más fea y le dice: “Mira que eres fea hijaputa, sobre todo cuando te comparamos con éste pedazo de hembra que está contigo que me la está poniendo como un mástil“. Huelga decir que no cosechó una espalda, sino cuatro y un bofetón. En otras situaciones sus aproximaciones y entradas fueron demasiado violentas y truncaron el objetivo deseado.

Lo malo de todo esto es que una vez ha entrado en la lista negra de cualquiera de las chicas, la perdemos para siempre porque parecen estar dotadas de memoria de elefante. La fauna del local se va reduciendo y cada vez resulta más difícil. Acabará teniendo que buscar nuevos territorios en los que cazar, ya que su estrategia hasta este momento ha estado abocada al fracaso.

Os preguntaréis si existe algún defecto físico que lo marque de tal forma que haga fracasar su estrategia. La respuesta es negativa. Os diré más, ante la pregunta “Señala al turco entre estos dos individuos” el 96% de las encuestadas apuntaron hacia , español de pura cepa.

Una descripción superficial del sujeto del que estamos hablando quedaría como: “Individuo alto, rubio con ojos claros, de estructura facial caucásica, dentadura en buenas condiciones y dientes de buen color, pelo corto peinado con la raya a un lado, de complexión deportista-venido-a-menos, ni delgado ni gordo y andar desgarbado. Viste ropa de marca casualmente descuidada compuesta de pantalón vaquero de 200 euros, modelo muy exclusivo y comprado en una tienda que garantiza que todos y cada uno de sus empleados son unos pedazo de maricones. El vaquero es usado por supuestísimo sin cinto y dejando ver los calzoncillos de marca. Lleva camisa ligeramente arrugada, proceso que toma unas horas porque hay que plancharla previamente para poder estrujarla y darle el toque adecuado más tarde. La camisa es de una exclusiva tienda francesa que no realiza más de cinco unidades de cada modelo“.

Con el chaval vestido de esta guisa, con dinero en el bolsillo, un trabajo interesante bien remunerado, casa y coche propio no hay justificación posible para su soledad. Reunido el comité de expertos, hemos concluido que su cultura (o incultura) musulmana es el principal obstáculo para enganchar una chorba europea.

Como comprenderéis no nos vamos a rendir por un quítame allá un moro de mierda y ya hemos diseñado un nuevo plan de acción, aunque me temo que tendréis que esperar a una futura comunicación para averiguar el desenlace.

Tras años de dejadez absoluta, esta historia ha vuelto a continuar su andadura. Podéis continuar leyendo la segunda parte, llamada Temporada de caza: el elegido