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La peluquería

Todo ser humano que se precie respeta a su peluquero por encima de todas las cosas. No hay nadie que tenga una misión más sagrada que aquellos que han de tocar nuestros cabezones y apañarlos para que estéticamente resultemos agradables a la parroquia. Ya seas hombre o mujer, tendemos a mantener unos vínculos sagrados con estos mensajeros del señor que después de escuchar nuestras indicaciones, hacen lo que les da la gana. Algunos son infieles y los traicionan con desconocidos. En esto pasa como con el sexo, que siempre hay mala gente que no tiene suficiente con lo que le ha tocado y trata de mojar en plato ajeno.

Yo predico con el ejemplo. Llevo desde los diecisiete años yendo al mismo. Jamás, repito, JAMÁS lo he traicionado. Cuando me mudé a los Países Bajos, puse a Dios por testigo que nunca faltaría a mi promesa y así estamos hasta hoy día. Yo acudo a las Canarias al menos cinco veces al año para pelarme y ver a la familia y amigos. Mi peluquero sabe que sobre mi cabeza no han habido otras manos cortando mi pelo. He tenido ofertas muy tentadoras que he rechazado sin un segundo pensamiento. Hace años, la chola Patricia se ofreció a pelarme y calibrarme lo que se prestara gratuitamente. Aquellos que me seguís desde el principio la recordaréis. La chola Patricia era el putón aquel que parecía un gremlin y con el que salíamos al principio, la misma que secuestró a una peruana para usarla como empleada del hogar y prostituirla. Todo lo que os diga de esta zorra es poco. A ella no le conocíamos oficio y a su peluquería ilegal no acudían ni los mosquitos. Vivía como una reina con los aguinaldos que conseguía poniendo el coño en bandeja a viejos verdes y pervertidos varios. Además de esta pájara, han habido varios intentos de rectificarme la peluca y siempre los he rechazado. No todos pueden decir lo mismo. Yo cada año en diciembre me transformo en El Pelos y juego con la melena como ya os he mostrado también aquí y aquí. Si rompiera mi palabra, esto no sucedería pero me niego a faltar a ese juramento sagrado.

Todo esto viene a cuento porque algunos de mis amigos no son como yo. El chino, sin ir más lejos, cambia de peluquería en cada ocasión. Nunca está satisfecho con el pelado escupidera que le hacen, que siempre es el mismo. El asiático acabó con los barberos turcos de la ciudad y ahora está haciéndose la gira de las peluquerías regentadas por holandeses. En estas paga un montón y el resultado es siempre el mismo. Cuando viaja a China se niega a que lo pelen allí, aunque pienso que debe ser porque su antiguo peluquero debe estar esperando a que se siente en la silla para rebañarle la garganta por traidor. Al menos eso es lo que yo haría.

Otro pájaro que tal baila es el turco. A pesar de visitar su país con cierta frecuencia, traicionó a su peluquero y se buscó otro en Hilversum. Al menos lo buscó de su raza, la hereje. Solía ir por allí una vez al mes para que lo retocara y practicar su hereje idioma. Cuando el hombre se mudó a Ámsterdam, olvidó rápidamente a su nuevo peluquero y se buscó otro turco en su zona. En Holanda es tarea fácil ya que casi todos los peluqueros de establecimientos para hombres son de la raza otomana, mientras que las peluquerías de mujeres están regentadas por hembras y miembros del club de los julandros. El nuevo está cerca de su casa, es barato, turco y hetero, con lo que cumple todos los requisitos exigidos. Decir que aquí en estas tierras, si el peluquero tiene una manchilla de aceite en el suelo normalmente quiere decir que es caro, estiloso y altamente peligroso. Hará lo que le salga de la pipa del eso porque es un artista. Por eso es conveniente y necesario el evitar a estos como a la peste bubólica. El turco comenzó con su rutina mensual y todo parecía ir bien hasta el otro día.

Quedamos para ir de compras por el centro de Ámsterdam en sábado. Dos JUÁS como nosotros se tienen que dejar ver por tiendas de moda observando de forma intensa las nuevas colecciones y juzgándolas con sabios movimientos de cabeza y de ser posible, poniéndonos la mano para que cubra la boca, que es la postura que da un mayor toque de sabiduría. En muchas de esas tiendas creen que somos clientes potenciales y nos invitan a café con pastas, por lo que encima merendamos por la jeta. Siempre vamos vestidos con los vaqueros rotos y con las camisetas más arrugadas, que es la moda actual y así nos toman por lo que no somos.

Entre dos de esas tiendas de ropa de usar y tirar a precios abusivos había una peluquería. Las dos tías que acondicionaban las cabelleras eran dos chochas de rompe y rasga, dos tías capaces de empalmar hasta al miembro de la Curia más frío y julandroso. Nos quedamos abobados mirando a través del escaparate mientras aquellas dos diosas esculpían sus obras, con esos pezones turgentes saltando delicadamente, esos labios siliconados moviéndose al ritmo de Dios sabe que bellas palabras y esos ojillos verdes brillando como luceros. A veces me asusta el saber lo fácil que es caer en un estado de abobancamiento. Sólo hace falta un cuerpo de yogur. El turco se restregó la erección contra el cristal del escaparate y allí mismo decidió traicionar a su peluquero. Traté de disuadirlo pero no hubo forma. Él se tocaba aquella cosa entre sus piernas y razonaba que o entrábamos y se dejaba hacer por aquellas tías o tendría que fornicar de nuevo con la gata de los vecinos. Vista la alternativa, pasamos al local y de inmediato ambas nos regalaron una de esas sonrisas blancas que derriten el casco polar. El sitio estaba decorado en plan moderno, eufemismo con el que ocultamos esas decoraciones de revista barata que deberían ser constitutivas de delito. Las sillas para los clientes eran como enormes tupperwares de colores, bastante incómodas. Una de las chicas detuvo su faena y se acercó a hablar con nosotros. El turco le explicó el plan: pelada y lo que se tercie que para eso estaba el miembro ya preparado. Ella nos evaluó de arriba a abajo, nos lanzó una de esas miradas deliciosas, volvió a su cliente y gritó: Ramiraaaaaa, sal que tienes un cliente. Se oyó movimiento en la trastienda. Ambos nos preparamos para ver a la diosa máxima, la hembra que sublima la raza nórdica y la lleva a niveles de leyenda. Cerré los ojos para limpiar mi cerebro de imágenes y poder grabar el momento para la posteridad. Se abríó la puerta y salió Ramira. Un hombre. O mejor dicho, algo. La Ramira era un pervertido o lo más parecido a uno que he visto en mi vida. Un tiparraco con melena ondulada a lo Rocío QueAsco, con la cara toda pintarrajeada, una perilla a lo Metrosexual de mierda, unas patillas haciendo el rizo de una folclórica y lo peor de todo, unos implantes en las falsas tetas siliconadas que dejaba ver claramente por su camisa de vuelos abierta y entre ambas tetas un mechón de pelo en pecho. Podéis retroceder y volver a leer la descripción porque no pienso repetirla. Algo espeluznante, una mezcla entre tío de Martes y trece y María del Norte. Las uñas eran largas, estaban pintadas y parecían garras de aguilucho.

A mí me dio un repelús instantáneo y de inmediato sentí pena por mi amigo, el cual tuvo que sufrir en carne propia como su erección se iba a hacer puñetas. La lagarterana aquella lo agarró, lo fijó a una silla, le pegó la boca a la cara para escuchar de labios otomanos cual era el pelado deseado y después, entre sobeteos, gemidos y palmadas, ejecutó su faena. Os confirmo que lo peló como le salió de la punta del nabo. El turco trató de rectificar algunos intentos de destruir su cabellera pero ante los oídos sordos del artista terminó desistiendo. Cuando acabó con él era otra persona, hundido, caído en los lodos de la desesperación.

Aún quedaba otra sorpresa por llegar. Cuando le dijo el precio de semejante atropello se nos hizo un nudo en la garganta a ambos. Cuarenta y cinco euros. Es el precio del artisteo de aquel mariponsón. Un inútil con menos arte que cualquier político español le levantó dos billetes de veinte y uno de cinco por perpetrar una escabechina en el rubio pelo de mi amigo el turco. Aún sigo riéndome de su aspecto cuando lo veo. El hombre no dice nada, pero seguro que no vuelve a serle infiel a su peluquero.

Equilibrio cósmico

Los pollardones y los que viven del cuento suelen decir que hay una balanza cósmica que lo regula todos. Esa misma miasma dice lo que quieras si les invitas a comer a un buen restaurante, que ser asesor de lo etéreo no es más que ser un muerto de hambre con recursos lingüísticos. Hoy les voy a dar la prueba definitiva que necesitan para justificar sus teorías.

Quedo el sábado con el turco en Ámsterdam como suele ser habitual. Otros quedan en Ciudad Real, en Teruel, en San Nicolás o en Tegueste. Yo quedo en Ámsterdam, que se ve como de más estilo, más propio de alguien tan extra-ordinario y vulgar como yo. Hacía como tres semanas que no nos veíamos. Entre mis vacaciones en España, la visita de su novia fantasma y mi incursión de la semana pasada en territorios salvajes para ver ciervos no había habido ocasión. Como sucede siempre que llevamos mucho tiempo sin vernos, ambos tenemos un millón de cosas que contarnos y que luego no hacemos. Le hablé al turco de lo popular que es en mi bitácora pero él sigue sin creerme. Por más que le digo que la gente me pide conocerlo, él no reacciona. He intentado embaucarlo para llevarlo conmigo a Canarias en las siguientes vacaciones y así puedo hacer varias galas y sacarme un dinero con los chous pero no sé si vendrá. Le he dicho que hay tías que estarían incluso dispuestas a pulírselo, a menearle la turquiña hasta que produzca algún tipo de jugo, pero ni con esas. Dice que las mujeres españolas son como las portuguesas, todas con su maquinilla Mach 4D en casa. La verdad que no se lo pude discutir porque conozco a unas cuantas que tienen más pelo que el felpudo de mi casa.

Fuimos al cine y de copas, término que incluye un subconjunto de actividades. Cuando ya estábamos listos para partir me dijo que se tenía que comprar una nueva bicicleta robada porque le habían robado la anterior bicicleta robada que había comprado. Es la tercera en lo que va de año y sólo en cadenas de seguridad lleva más dinero gastado que mi presupuesto de estos cinco años en bicis. En Ámsterdam quien quiere hacer este tipo de negocio tiene que ir a la zona de la Universidad, que es donde están los vendedores de artículos de segunda mano de dudosa procedencia. Nos fuimos paseando y una vez llegamos tuvimos que esperar un rato hasta que apareció el profesional que hace estos encargos, hombre que mi amigo conoce por transacciones anteriores. El hombre le dijo que teníamos que esperar porque habían al menos tres personas por delante de nosotros, así que nos sentamos en una terraza junto a un canal a tomar unas cervecillas y disfrutar del último sol del verano. Veíamos pasar las pequeñas motoras con chulos de mierda vestidos de blanco y que trataban de fardar. Muchos de esos chulos van acompañados de unas tías de escándalo, unas chochas de morirse. Está clara la relación entre acción y reacción. La chocha se despatarra y paga con su coño por el uso y disfrute de un vehículo con el que navegar y dejarse ver, aunque sea con un tipo con menos gusto en el vestir que el padre de Julio Catedrales. Algunas de las tías levantaban aplausos de la hinchada que llenábamos los laterales del canal, unas tías con un escote delantero hasta el canalillo trasero, no se puede decir que medio desnudas porque en realidad iban casi desnudas. Las papayas aquellas nos sonreían con sus dentaduras de diseño, aclaradas con Blanco Nuclear y en ocasiones saludaban. Ninguna hablaba con el tipo que las paseaba ya que estas cosas se hacen rigurosamente por negocio, que hay que mantener una buena distancia entre la vida social y el sexo industrial. Ya le he dicho al turco que necesitamos uno de esos barcos, que el lo puede dejar frente a su casa y así el año que viene hacemos los paseillos. Las podemos recoger en el hotel Amstel que da mucho glamour y deberíamos exigir que vengan con boa y gafas de sol de pasta para que luzcan más y queden mejor en las fotos, porque posaríamos para todo el mundo.

Vimos llegar al profesional de la substracción de velocípedos y completar una transacción. Después se fue andando y volvió con dos más que repartió y se marchó andando de nuevo a la búsqueda de la que debía ser para mi amigo. Cuando volvió traía una bicicleta plegable como la que el colega me vendió y a él no le gustó demasiado, así que el hombre dijo que traería otra. Seguimos bebiendo y disfrutando del paisaje y del paisanaje. Tras lo que me pareció una eternidad el hombre llegó con una Oma fiets, una bici de esas enormes y de puro hierro que suelen usar las viejas holandesas. Mi amigo se levantó para ir a pagarle con el dinero que yo le había prestado y en ese momento su teléfono móvil decidió recuperar la libertad de la que había estado privado tanto tiempo. Saltó del bolsillo, rebotó en el suelo y se marchó de cabeza al canal. Sonó un Chof y se sumergió para siempre. Tuve que agarrar al turco que casi se tira a esas aguas empozoñadas para sacarlo. Perdió su agenda con todos los teléfonos, todo un drama. A mí me dolió más el medio giga que tenía la tarjeta de memoria de su telefonino, que aunque no lo usaba para escuchar emepetrés venía con ella. Nos fuimos al encuentro del ratero y el turco trató de explicarle el drama existencial de su vida, aunque el hombre no le hizo mucho caso y le explicó que él había estado en el hospital esa misma mañana y que no sabía cuanto más podría vivir. Con esas artimañas consiguió que el turco le pagara veinticinco euros por la bici, lo cual se puede considerar todo un robo. La vez anterior también le contó la misma historia y también le sacó un montón de pasta. El resto de la gente paga cinco o diez eurolos pero mi amigo dice que hay que valorar el trabajo que hace ese pobre tipo y que no vamos a racanear por algo tan útil como una bici.

Yo me quedé callado, miré hacia el agua y le dije que mi Dios ya había decidido el valor de la bicicleta y que le había reclamado el teléfono como pago para que comprenda que lo que está haciendo no está bien, ya que él valoraba muy mucho sus contactos y su agenda. El pareció sopesar la idea durante unos segundos, los que tardó en pasar una tía en bici con minifalda y enseñándonos el coño, momento en el que salimos los dos corriendo tras ella.

El Francés

Recuperamos otra de las antiguas historias que vienen de tiempos inmemoriales y que se perdieron con el cambio de hace cosa de un mes. En esta ocasión se trata de hechos i-rreales que sucedieron en Hilversum. Espero que la disfrutéis

Un sábado cualquiera de fin de verano en Holanda, con temperaturas altas, por encima de los 25 grados, quedo con mi amigo turco para irnos de copas al centro y aprovechar los estertores finales del verano al aire libre, con una cerveza fresca en la mano.

Nos plantamos en nuestro bar favorito, uno que en su puerta indica explícitamente que no aceptan menores de 18 años, y precisamente por eso está siempre lleno de chochillos adolescentes desbordantes de vitalidad. Visto el buen tiempo, optamos por sentarnos en la terraza, y disfrutar de las vistas.

Mientras admiramos el panorama, con toda la chiquillería del pueblo pasando frente a nuestras narices, aparece una limusina espectacular, se para frente al bar, y de ella se bajan dos diosas holandesas en micro bikini y un holandés con un tanguilla. En el minúsculo trapo que tapa sus impudicias ondeaba el logo de Camel, o sea el camello de la marca de cigarrillos. Se dedicaban a acercarse a los viandantes y ofrecer cigarrillos. Inmediatamente se convirtieron en el centro de atención, sobre todo de los fumadores, que se lanzaban a por los cigarros gratis como hienas sobre carne muerta. Obviamente, habían sido elegidos por la percha, porque las tías se la ponían dura hasta a Boris Izaguirre, y si estas fallaban, el adonis que las acompañaba lo conseguiría, con músculos moldeados hasta en las pestañas, y un paquete como una caja de cerveza.

Además de regalar, vendían, y al rato nos abordaron las dos viciosillas, para ofrecernos por la módica cantidad de cinco euros hacernos una foto, vendernos un paquete de cigarros, y regalarnos un mechero. El turco, con tal de oler un coño acepta hasta ir al infierno, así que la guarrilla nos hizo la foto y avitualló a mi amigo musulmán de cigarros, ¡aunque él no fuma!

El chaval lo intentó por activa y por pasiva, pero no hubo forma, y aquel témpano exquisitamente formado y probablemente rubio hasta los pelos del chichi marchó a abordar a otro par de primos.

Más tarde observamos un grupo de chicas que abordan al adonis, lo acorralan y el se pone como un gallito a repartir cigarros. En esto que una de las chavalas va por detrás de él y le baja el tanga. ¡Argh! ¡Era todo relleno! La florecilla que surgió no llenaba semejante copa de talla 100, y había usado relleno para completar el bulto. Se montó la marimorena, con todo el populacho cambao de la risa, y el colega que de la vergüenza se encendió hasta las raíces del pelo. Para que veáis que no es oro todo lo que reluce. Tuvieron que recoger sus bártulos y salir por patas, porque en aquella zona lo único que se oían eran pullas al rubio.

Andábamos en este éxtasis, mirando nuestra recién adquirida caja de cigarrillos y preguntándonos que hacer con ellos, cuando en la mesa de al lado se sientan tres chicas y un chaval. Las chicas iban con el uniforme estándar de arretranquillo. Pantalones con pata por encima del tobillo, zapatillas arco iris, con unos cientos de colores en los mismos, y top minúsculo que a duras penas cubre los tetones, y deja el ombliguillo con piercing al aire. Para completar el efecto, ojos totalmente bordeados de negro, con un efecto de MI MARIDO ME PEGGGGAAAA en la cara, que parece que las han sacado del programa de desgracias en TVE (Gente). En seguida se pone al ralentí el turco, siempre al ojo de poder plantar su semilla en lo que sea. A las chavalas las acompaña un figurín de cuidado. El colega, con unas zapatillas deportivas de estas nuevas con un diseño exótico, que te hace aparentar amariconado, acompañadas de vaqueros en fase terminal, más deshilachados que otra cosa, y culminados por camisa arrugada cubierta con un pedazo de chupa de cuero, que sudábamos de verlo y que por supuesto llevaba abrochada. Cubría su pelo con un gorrito rapero.

Tenemos tanta suerte que hablan en inglés, así que nos centramos en los vecinos, y pronto logramos averiguar que el sudoroso ha conocido por internet a una de las viciosillas, la que parece controlar el cotarro, y ha venido a pasar el fin de semana desde Francia para conocerla. Su inglés es pésimo tirando a patético, aunque el trata de camuflarlo con su aire afrancesado y su parafernalia romántica. La holandesa, por otra parte, tiene ideas diferentes, y está lanzando claros mensajes de cuales son sus intenciones. Tan explícitos son sus mensajes, que el turco entra en modo turbo, y sale disparado para el baño a aliviar el pajarito (según él), actividad en la que emplea una anormal cantidad de tiempo. Mientras tanto la colega sigue a lo suyo, marcando y mostrando pezones, moviendo los pechos como si fueran molinillos de vientos, agitando el pelo, picando ojos, magreándose la barriga, tocándose el piercing, y el francés, ciego o gilipollas, porque no parece darse cuenta y sigue con su cutre historia ajeno del todo a aquel despliegue de puterío, dale que te pego con su filosofía barata. El turco vuelve a tiempo de ver la cruzada de piernas a lo instinto básico, en la que pudimos confirmar que era rubia auténtica, con una minúscula banda de tela que tapaba lo justo, y un melenón rubio, que ya quisiera para sí Camilo Sesto. Tras el cruce, el turco emigra de nuevo pa?l baño, a aliviarse nuevamente, sudando como un cochino, el francés en Babia, y Yo, allí, sufriendo por vosotros, para poder narrarlo.

Tras dos cervezas e intentos múltiples ella se rinde y se apaga totalmente. El francés aprovecha para ir al baño, y ella monta un conclave con sus amigas, a consecuencia del cual, estas desaparecen, dejándola sola. Nosotros, como la reunión fue en Holandés, suponemos que se trata de una nueva estrategia, pero cuando vuelve el oscuro objeto del deseo, ella sigue apática, y él continúa su rollo en donde lo había dejado. Mira que el tío era pesado. Dale que te pego, en una mezcla de francés e inglés, contando su historia desde la época de Nerón hasta nuestros días. Y bla bla bla

Andábamos nosotros ya también desinteresados cuando retornan las expedicionarias acompañadas de un M-A-R-I-Q-U-I-T-A. No hace falta tener muchas luces para identificarlo, porque la mancha de aceite en la calle hablaba por sí misma. El sarasa reinventaba la palabra hortera con un pantalón de lycra totalmente pegado al cuerpo en multiples colores, y en el que se marcaban hasta las venas de la polla y una camisilla que no cubría más allá de los sobacos.

Cede su sitio la decepcionada hembra al recién llegado, y este se lanza como un catalán sobre un billete de 10 euros. Le faltaban manos al colega para sobar al otro. Era todo remolino, hablando y moviendo manos y tocando aquí y allí y allá y acullá. El francés reacciona finalmente, respondiendo por fin a mis dudas sobre si tenía sangre en el cuerpo, y rehuye aterrorizado el ataque de semejante terremoto. Lo placa como puede, lucha valerosamente, aunque cada vez que detiene una mano, la otra entra por un sitio diferente. Nosotros estábamos muertos de risa, como las amigas de la colega, mientras el gabacho trataba de detener las embestidas y la otra lo miraba fascinado.

En un receso del atacante, el francés pregunta a la instigadora de semejante ataque por qué le han traído a semejante pajarón y se lo han echado encima, y esta responde que puesto que no respondía a sus claras intenciones, era obvio que él era GAY.

Estalló la bomba en el centro de Hilversum. ¡Maricón Yo! ¡Yo, Gay! Pero tú que te has creído zorra de miiieeeeeeeeeerdaaaaaa, puta asquerosa. Yo soy muy macho, yo soy francés, nosotros inventamos el amorrrrrrrrrrrrrrrr, a mí me gustan las mujeres más que una hostia a un cura [todo esto a grito pelado, así que si queréis darle realismo, leerlo en voz bien alta].

Yo ya no cabía en mí de gozo. Ha sido el mejor espectáculo que he visto en mucho tiempo.

Cuando el mariquita vio que allí no pintaban bastos, salió a escape, con el rabo sobre las piernas, bien marcadito, y las amigas, las Veneno, optaron por emigrar, mientras la temperatura seguía subiendo a nuestro lado, con el tipo sudando como un cochino de la rabia, tan caliente que hasta la gorra se le descolocó, y la tía que ya ni se molestaba en disculparse después de que la llamara de todo menos bonita.

Continuaron discutiendo por un rato, y finalmente ella decidió que él dormiría en casa de una de sus amigas, porque ya no era posible devolverlo a su país de mierda. Tras culminar la reyerta, arrancaron y se fueron.

En definitiva, uno de los mejores espectáculos deportivos que he visto en directo, y una tarde memorable. Aún hablamos de ello cuando nos sentamos en esa terraza.

Secretos y mentiras

Las últimas dos semanas el turco ha estado distante y zorrudo, un comportamiento poco habitual en él. La semana pasada, cuando nos vimos para ir al cine y empaparnos de efectos especiales en la guerra de los mundos se mostró esquivo y nada más terminar la película se quiso marchar a casa, algo muy extraño en alguien que adora tomar cervecillas en Rembrandplein, rodeados del chocherío británico habitual.

El pensamiento cruzó mi cabeza pero dadas mis notorias carencias neuronales voló a otra parte, entretenido como estuve reconstruyendo mi bitácora. Durante la semana caí en la cuenta que el cumpleaños del turco debía haber sido uno de estos días pasados y tras un breve intercambio de correos, quedó claro que había sido el domingo pasado. Al principio imaginé que el cruce de la barrera de los treinta años lo había traumatizado. Son muchos los que de repente se ven viejos, perdidos y en el lodo de la treintena. Ya he visto anteriormente como amigos hechos y derechos se echan a temblar cuando el implacable tiempo los obliga a reconocer que su primer dígito es un tres. Y ya ni os cuento del que cumplió cuarenta el otro día. Ese está que vive sin vivir en sí.

Volviendo al turco, pensé que era lo del cumpleaños y decidí no darle más importancia. Aún tengo que comprarle algo pero me da pereza ir al Sex Shop de al lado de mi casa y no termino de decidirme entre la muñeca Ramona la chochona o el coño de Eva la beba. Antes de que empecemos a criticar, deciros que él a mí me regaló un almanaque Kinky, que asusta a la gente que entra a mi casa, con esas putillas haciendo guarradas. Ahora mismo me inspiro mirando a la chica de Julio, un arretranco que se está quitando el polvo del coño con un plumero mientras con la otra mano fuma un cigarrillo y tiene unas botas que no sé como demonios se las ha podido meter. Así que el sábado cuando nos encontramos lo sigo notando cabizbajo y le pregunto si es la crisis de los treinta, la misma que lo ha obligado a apuntarse a clases de tenis, a clases de remo y a todo lo que huele a deporte para sentirse joven, que el pobre se pega los domingos entre terribles dolores producto de su fiebre deportiva de los sábados. El turco lo niega y puesto que no tengo otra alternativa, lo siento en una terraza a ver chochas y tomar cerveza, algo que siempre lo vuelve locuaz. Me costó tres cervezas averiguar la causa.

Primero me confesó que ha dejado de escribir su bitácora en turco. La gente se cree que esto de escribir es fácil y no es así. Hay que tener voluntad y constancia. Hay que exprimirse la única neurona funcional que tenemos para arrancarle unos cientos de palabras con algo de cordura. Hay días que no sabes que poner y el pánico recorre tu cuerpo y no sabes que hacer, como escapar a la hecatombe. Estas profundas líneas de pensamiento no se pueden aplicar al turco, que dudo mucho que haya podido desarrollar estos miedos con un mes de bitacoreo a sus espaldas. Sigo tirándole de la lengua y finalmente llegamos al meollo de la cuestión.

El turco visita sitios porno en Internet. Entra en sitios a ver fotos de tías desnudas, masturbándose (las tías se sobreentiende), recibiendo grandes dosis de lefa en sus caras. El pobre estaba totalmente avergonzado mientras lo contaba, sabedor de que mi vida es un libro abierto y esto acabaría sabiéndose. Me reí en su cara. Si se cree que a estas alturas de la vida yo me trago que alguno de mis amigos no busca pornografía en Internet es que es un primo. En la liga de campeones en la que nos movemos, ya no se valora el pecado, sino la cantidad de veces que has conseguido alcanzar el premio del pecado mortal, que estoy seguro que nos veremos todos y todas en el infierno.

Le explico al turco que eso no es nada y que toda la gente que nos rodea en el bar seguro que lo ha hecho en más de mil ocasiones. Él me dice que eso no es todo. Me temo una confesión en plan soy sodomita y me gustan los julandros y me pongo en guardia. Coloco una silla entre ambos. El baja el tono de voz, se acerca a mí y me dice susurrándome al oído: “He visto fotos de mi ex-novia en Internet“. Mi carcajada hizo que las palomas levantaran el vuelo. Menuda cosa. Así que todo su trauma es porque se ha encontrado conque la guarra de su ex tiene un álbum completo de fotos pajeándose con un vibrador en la red. Pero por Dios, si eso ya no tiene mérito. Gracias a las cámaras digitales y a los móviles con cámara cualquiera puede ser una estrella. El colega está traumatizado porque ahora no sabe si lo dejó por otro o por el trasto que se estaba jincando por el traste pa’ arriba. Y con eso sí que no podemos competir. Con otro hombre sí puedes argumentar que eres mejor partido, más bonito, más metrosexual de mierda, más de todo. ¿Pero como convences a una tía que vales más que el cacharro con pilas que guarda en su aparador y que la complace cuando y como quiere? Terminamos bebiéndonos medio bar en silencio.

Mi amigo Ken y Yo

Este fin de semana estuve en Ámsterdam. La verdad es que me leo y flipo yo sólo. Suena tan natural, tan de andar por casa. Todos mis amigos andan mirándose el ombligo, hablando de mierdas de temas tediosos hasta el infinito, dándole vueltas a sus traumas infantiles y Yo mientras tanto, de copas por Ámsterdam, la capital de los Países Bajos, la Venecia del Norte de Europa. Me siento raro. Una de estas semanas me dedicaré a traducir y copiar cosas de Boing Boing o cualquier otra de esas bitácoras como hacen los más grandes para sentirme normal.

Lo dejamos en el momento en el que me iba a Ámsterdam de paseo. Como uno es intelectual, me llevo el cubo de Rubik y me dedico a hacerlo en el tren, que la gente te mira y siente admiración y eso hincha el orgullo que no veas. En mi mochila llevaba la nueva máquina de afeitar del turco, un prodigio de la tecnología que sólo le costó doscientos veintinueve euros. Huelga decir que es el modelo más avanzado y más caro producido por Philips. Cuando llegué a casa del susodicho nos pusimos a revisar el trasto y fascinarnos por sus supuestas innovaciones. La verdad que es muy difícil ver a donde va todo el dinero porque por fuera tiene la misma pinta que la mía de veintinueve euros con noventa y nueve céntimos y que conste que también es Philips. Así que leemos que tiene un microprocesador, que tiene unos estertores proseculares y tal y tal que te producen unos latigazos de placer en el momento del afeitado similares a los que se pueden obtener cuando le pones el miembro en estado de erección delante a un perro para que te lo lama, o algo parecido. Como siempre hay quien lo intenta todo, os aviso que hacer el experimento con un bulldog, un doberman o un pastor alemán puede tener funestas consecuencias, así que de probarlo, coger un perro con más de diez años y ya sin dientes.

Cuando nos aburrimos de mirar la dichosa máquina de afeitar nos preparamos para ir de copas. El turco no estaba por la labor de ver cine, pero yo ya sabía que lo convencería. Lo primero es lo primero así que fuimos a la hamburguesería a saludar a las sucesoras de Samanta. Aquello ya no es lo mismo sin la zorra asquerosa recientemente despedida por quejas de algunos clientes sin escrúpulos. En su lugar han puesto un hindú al que no entendemos cuando habla y que se refiere continuamente a nosotros como Señor, lo cual me suena a choteo. Después de la pitanza, compramos las entradas y nos marchamos a tomarnos unas cervecillas a un sitio llamado de Duivel, justo en la esquina del cine. Para aquellos que tengan pensado venir algún día a este país, que sepáis que la calle Reguliersdwarsstraat es un poco como la Fuerza de Star Wars. Si vais para un lado todo son restaurantes, bares de copas y sitios del lado bueno de la fuerza, pero si decidís tomar el otro camino, entraréis de lleno en el reverso tenebroso y sólo veréis banderas del arcoiris y mariquitas por doquier. Como español me veo en la obligación de recordaros que la presunción de culpabilidad es algo inherente a nuestra sangre, así que quien es visto en ese lado tenebroso es inmediatamente colocado en el grupo de la otra acera y ya puede jurar lo que quiera que no lo cambiaremos de bando en décadas. Imaginad la lista de los morosos de los bancos. Es igual, pero con la pérdida de aceite.

El lugar en el que entramos está en la esquina del lado bueno, justo en el límite. Nos sentamos en la barra, como hacemos otras veces y los camareros comenzaron a ignorarnos de una forma ostentosa. Después de diez minutos uno se empieza a hacer preguntas. No es normal, allí siempre nos atienden al momento y ahora los teníamos a todos arrinconados al fondo del bar y no se acercaban ni de coña. Los camareros tienen el pelo y el aspecto de punkies, la grasa de un cerdo y aspecto de no haber superado la integración social tras haber salido de la cárcel. Para nuestra hombría es un sitio adecuado y propio de hombres hechos y derechos como nosotros. Siempre tienen fútbol en la tele y cuando pasan tías por la calle les gritan groserías, también conocidas como piropos. Sin embargo el sábado parecían aterrorizados y nos miraban con pánico desde el fondo.

Me eché un vistazo y todo parecía normal. Vaquero Levi’s 501 auténtico comprado en los Estados Unidos, camiseta Zprinfield, playeras Nique y chamarra We. Lo típico para parecer el típico varón descuidado de clase media, vamos, un quirkyalone de mierda de esos. Miré a mi amigo y entonces lo vi claro. El hijoputa iba vestido color pistacho. Hasta ese momento no me había fijado. Es lo que tiene la amistad, que te ciega. Le señalé sus ropajes y le pregunté que por qué nos hacía eso. El ni se inmutó. Me informó que su chaqueta era de Zucia & Chabacana y que sólo le había costado trescientos euros. La camisa y el cinturón fueron ciento cincuenta más y los zapatos a juego comprados en otra tienda chic habían costado la friolera de doscientos euros.

Que vergüenza más grande. Un tío rubio, limpio, vestido con una chamarra color pistacho, con camisa y cinturón a juego, con pantalones vaqueros exclusivos de marca y con unos zapatos de puta pena pero con diseño y que valen una pasta, o es tonto del culo o es un pijo de mierda o es maricón. Así se habían asustado todos en el bar. Lo tomaron por lo último y pensaron que había comenzado la invasión de los de la otra acera. Es que parecía el mismísimo Ken, el novio julandrón de la barbi-túrica. Que pena de chiquillo. Lo que es tener dinero y no saber en qué gastárselo. Ya se lo he dicho en varias ocasiones. O aprende a comprarse ropa en tiendas normales o no se casará nunca, porque con esas pintas de metrosexual de mierda no va a llegar a nada. Que no se puede ir por la vida vestido de pistacho.

Tuve que ir al fondo del local y explicarle a los camareros que era el mismo turco de siempre solo que su madre lo había vestido así. Salieron con las cruces por fuera de las camisas y entre maldiciones nos pusieron las cervezas. Después de la película lo obligué a ir a su casa y cambiarse, que no está el horno para bollos de esa calaña.

41.69

Son los kilómetros que hemos hecho hoy con la bicicleta. El turco, en un acto milagroso y sin parangón en todos los años que llevo en estas tierras semi-sumergidas, decidió que ya era hora de estrenar la bicicleta que compró hace cerca de dos años y que nunca había usado. Al igual que la Poderosa, es una bicicleta de Montaña. Como él siempre ha sido más pijo que yo, se gastó más pasta y la compró más ligera, con unos frenos hidráulicos que son una chulada y en general, más hermosa. Ya en carretera descubrimos que también se le puede añadir el calificativo de más lenta, algo que lo ha molestado bastante. Quien me iba a decir a mí, que mi bicicleta es más capaz que la suya. Sólo por eso el día ha merecido la pena.

Como el turco nunca había estado por los alrededores de Hilversum, pese a haber vivido en la ciudad casi cinco años, opté por un paseo clásico. Primero fuimos a Gooilust y Coverbos, dos bosques maravillosos que hay junto a la ciudad y después enfilamos hacia Loosdrecht, un pueblo junto a un lago que es una auténtica monada. Paramos para comernos un bocadillo y tomar unas bebidas en una de las terrazas mientras las chochas pasaban frente a nosotros. Loosdrecht es muy pijo. De hecho, estuvimos en la tienda de coches Porsche de segunda mano babeando y mirando lo que jamás podremos tener. El mercado está que se sale. Un Porsche con doscientos cincuenta mil kilómetros sólo vale veinticinco mil euros. Regalado. El coche está casi sin usar. No tiene más de seis vueltas completas a la tierra por el ecuador.

Tras la pausa, proseguimos ruta hacia Loenen y Breukelen. Esta zona es toda de palacios con sus yates aparcados en la puerta. También está la entrada al lago de Loosdrecht, que por tener un nivel bastante más alto que los canales que lo rodean, tiene unas puertas estancas por las que tienen que pasar todos los ricos y famosos con sus yates. Justo en ese sitio también hay un puente y por la puta ley de Murphy nos pilló con el puente alzado. Tardan como veinte minutos en hacer la operación. Primero se meten todos los barcos que quieren salir del lago y que entran en el compartimiento estanco, los bajan hasta el nivel del resto de los canales y una vez han salido entran los que van hacia el lago y se repite el proceso. Estábamos allí mirando cuando el pollardón millonario del primer yate, un pedazo de barco de al menos quince metros, con más espacio útil que mi casa, se cayó al agua al ir a soltar las amarras. Nosotros lo estábamos mirando y nos partimos la polla de risa. El tío gritaba como una maricona vieja desde el agua mientras permanecía entre dos barcos que tendían a pegarse. Desde ambos barcos lo intentaron ayudar pero sin mucho éxito. Gemía y lloraba pero no tenía fuerza alguna para alzarse a la cubierta. A todas estas, todos los que esperábamos para cruzar el puente, que éramos más de cien, nos desmoñábamos de la desgracia ajena, que sabe mejor cuando le pasa a un tipo con dinero. Vinieron con una zodiac pero tampoco se pudo subir. Seguía en ese agua turbia, lamentándose de su mala suerte. Al final con una cuerda y un atajo de hombres de verdad lo subieron a su barco. El tipo en seguida se puso en plan aquí no pasa nada y yo soy el cangríl del lago, pero estaba marcado y acabó por meterse en un camarote para no seguir paseando su humillación y escarnio.

Tras estos momentos de diversión inesperada y que me pillaron sin una puta cámara para inmortalizarlos, proseguimos viaje. Nos perdimos cerca de Maarsen y tras algunas peripecias, retornamos a la senda de la verdad, aunque algo desviados. El turco a esas alturas se me quejaba de que le dolía el culete por culpa de su sillín profesional. Mañana ese no se sienta ni para cagar. Entre lamentos del turco y vacas preñadas llegamos de vuelta a Hilversum. Acabamos en una heladería italiana, pegándome un drie bolletjes de pistacho, bosvrucht y stracciatela. De alguna manera me las apañé para que el turco me pagara los quince euros que me debía, lo cual sí que merece un par de padres nuestros esta noche, porque estas cosas pasan muy de cuando en cuando.

El jardí­n de su secreto

chica rubia en barca

Chica rubia en barca, originally uploaded by sulaco_rm.

Hoy os traigo un documento estremecedor. Ya sé que en la foto todo parece normal y que hay alegría y cosa buena, pero este instante me ha supuesto fiebres y pesadillas desde que sucedió el sábado pasado.

Como sabéis en el Koninginnedag andaba deambulando por Amsterdam con mi amigo el otomano (del que hay una foto en abierto en mi álbum de flickr ;-)) cuando por circunstancias del azar y de la necesidad de llegar al Jordan para encontrarnos con unos colegas a tomar unas birrillas, avanzamos por el Prinsengracht, en donde tenía lugar una cabalgata de barcos. Nosotros que somos de natural curiosos y de gatillo fácil, acabamos haciendo fotos como locos y mirando la procesión de embarcaciones engalanadas al efecto. Cada barca equipaba su propia música, a todo trapo, con lo que durante unos instantes movíamos el culo al ritmo de la Conga y casi sin darte cuenta te veías agitando el poco pelo que nos queda con The Final Countdown. En momentos en los que dos o tres de estas improvisadas carrozas se ponían en paralelo, se volvía imposible averiguar lo que se escuchaba.

Estamos en estas, distraídos como siempre, cuando vemos aproximarse una barcaza gris metálica, fea como pocas, pero con una carga explosiva. Iba con una banda de chatis de rompe y rasga. Todas pata negra. No había ni anoréxicas, ni bulímicas, ni encochinadas. Todas con el peso perfecto, un buen par de tetas que agarrar y un trasero modelado para ser sujetado bajo ciertas circunstancias en las que el diseño aerodinámico ayuda a mantener el control.

Inmediatamente a mi amigo se le activó el modo PUMA, que es como yo lo defino. Se transforma en un pavo real y se agita igual que ellos. Yo en mis interioridades le añado la canción Pavo Real, del Puma y de ahí le viene el nombre. Tengo al colega al lado mío meneándose al ritmo de pavo real, uhhhhhh, pavo real, uhhhhh, pavo real, uhhhhhh, pavo real, uhhhhhhh y yo partiéndome de risa ante la constatación que tras millones de años de evolución, seguimos siendo unos pájaros de cuidado. Para no estropear la coreografía del colega y ayudar en lo posible a ensalzar este momento caspa, yo divido la capacidad de procesamiento de mi cabezón y mientras controlo la música del Pavo real, me monto mi coreografía del Ave María Mix de Bisbal y entre los dos damos un espectáculo digno de cualquier teatro de gran ciudad. La gente cuando ve estas cosas, se emociona hasta las lágrimas ya que no es fácil encontrar dos adultos sin vergüenza humillándose por su propia voluntad. Pero mira, soy latino, vivo rodeado de un iceberg humano y la poca dignidad que tengo, la dejo en casa cuando salgo para no perderla por ahí.

Mientras nuestro bailoteo lolailo nos engrandece, la barcaza se acerca y una de las chicas se fija en nosotros. Todas eran ninfas perfectas pero es que nos miró la más buena, la reina de las bollicao. Aquí es cuando volvéis a mirar la foto para saber lo que digo y así me ahorro el describirla. Fijaros en la precisión de las curvas, en ese pezoncito que grita chúpame, chúpame, en esos dientes lavados con espíritu de sal para que queden bien blancos, en ese pelo de color rubio natural, aunque daría las manos de mis dos mejores amigos a que el moldeado es de peluquería de mari-kita porque la holandesa per se no produce este tipo de ondulado. La rubia nos sonríe e ignora a sus acompañantes, poniendo toda su atención sobre nosotros. Es el efecto pista principal del circo. Se enciende un foco y te apunta a ti. ¿qué hacer? Pues más el ganso. Redoblamos nuestros movimientos demoníacos. Pavo real, uhhhhh, cuando serás mía, pavo real, uhhhhhhhhh, todo te daría. Incrementamos las revoluciones de las canciones que tronan en nuestra cabeza y desplegamos nuestros mejores movimientos de baile. Ella nos sonríe aún más si cabe y ante nuestra sorpresa, lentamente se agarra el pantalón, se lo desabrocha, lo baja y nos enseña el chumino. Por culpa de la desviación de recursos a mis ojos se me congestionó el sistema musical y corté la banda sonora en seco. El cuerpo también se me detuvo al necesitar todos mis sentidos parar procesar aquellas señales tan bellas y hermosas. No llevaba bragas y fuimos testigos de una aparición angelical, un instante divino. ¡Dios! Para que después hayan algunos que me digan que ellos no creen. Esto fue un regalo del mismo padre celestial. Traté desesperadamente de arrancar la cámara para inmortalizar el instante en un formato tangible y de fácil distribución, pero debido a la antigüedad de la misma y a los casi cinco segundos que le toma inicializarse, no llegué a tiempo. El turco se me quedó en coma vegetativo. La diosa nos sonrió aún más, maliciosamente, como podéis ver en la imagen. Sabía que nos había jodido bien jodidos a ambos. Nos dejó más calientes que las calderas del infierno.

Vimos la barca marcharse y aunque estuvimos tentados de salir corriendo tras ella, al final primó la cordura y nos fuimos, cabizbajos al encuentro de los colegas en el Jordan. Nadie nos creerá jamás, pero por unos instantes, fuimos testigos de algo divino. Y para acabar, os sugiero que hagáis clic en la imagen para ver las notas que he puesto sobre la misma.

Koninginnenacht

La noche ya había caído sobre Ámsterdam cuando salimos de marcha. Era la koninginnenacht, la noche que celebramos el tener una reinona que desprecia y vilipendia a los católicos y a la que algunos honramos de distintas maneras. Entre las diferentes alternativas de celebración, optamos por Rembrandtplein, por estar menos masificado y ser más folclórico. Lo primero era cenar y vista la mala experiencia sufrida recientemente con cierta camarera, optamos por irnos a un turco a comer Shoarma. Mi amigo el balcánico siempre que va a estos sitios pide refrescos, incluso cuando tienen bebidas alcohólicas. Es como si tuviera algún tipo de frenillo moral que le impide tomar cerveza en sitios regentados por musulmanes. Gracias a Dios en los bares los camareros siempre son Nórdicos y puede privar a gusto. En el bar en el que comimos, justo en Muntplein, entraron un grupo de americanos que tras pedir la pitanza preguntaron por los tipos de cerveza que tenían disponibles. Cuando el camarero les dijo que allí sólo se servían refrescos se quedaron de piedra, aunque el hambre pesó más que el vicio y decidieron quedarse.

Tras la comida nos adentramos en el fascinante mundo de las celebraciones neerlandesas. En el escenario de Rembrandtplein sólo cantaban autóctonos y entre ellos un tal DJ Paul amenizaba el cotarro. Al llegar a la plaza estaba un cantante medio folclórico. A mí me recordaba a un cruce entre Rapael y Jose Luis de los morenos. Después de pagar los abusivos precios de las cervezas, a los que había que sumar el impuesto revolucionario de un euro de fianza por el vaso de plástico para asegurarse de que no lo tires, mi amigo decidió que nosotros éramos carne de primera fila. Cruzamos la muchedumbre entre empujones y codazos diligentemente. En unos minutos estábamos allí, rodeados de la elite intelectual de la ciudad, escuchando al Rapael aquel cantar canciones holandesas mientras todo el mundo las coreaba. Nosotros por los problemas con la conexión vía satélite teníamos algo así como un segundo de retraso, que es el tiempo que nos tomaba procesar el sonido y repetirlo, aunque sin saber muy bien lo que decíamos. El hombre aquel corría de lado a lado en el escenario, zapateaba, se giraba super ofendido y todo con sus ja ja je je ji ji jo jo ju ju tan propios de un idioma gutural. Nosotros con los sonidos guturales aprovechábamos para lanzar unos lapillos a los de delante, que siempre mola. Tras este tipo llegó el DJ Paul. Durante media hora puso música a un ritmo de dos canciones por minuto. Cuando empiezas a mover el culillo al ritmo de la canción cambia y a coger el ritmo de nuevo. Al principio es un poco frustrante, pero una vez asumes que es una especie de zapping musical, se puede vivir con ello y cuando algo no te gusta, sabes que va a durar menos que un padrenuestro.

Después de Rapael llegó el Yoryi Dan nórdico. Todo pachanga que se conocía la basca y que parece que cantan cuando están borrachos. Aquello era el acabose. De repente nos vimos rodeados por hembras en edad de menopausiar y de machos rapados al cero que nos sobaban descaradamente. Yo inicialmente creía que era cosa mía, el azar, las casualidades de la vida, pero después de quince pellizcones en el trasero decidí que aquello era acoso sexual de ese. lo peor era que cuando miraba hacia atrás lo único que habían eran viejas y maricones. Aquello fue a más y mi amigo el turco confirmó que él también estaba en pleno temporal de pellizcones. Allí se estaban poniendo finos y se aprovechaban de nuestra cándida inocencia, de nuestra bondad innata y nuestro gusto por la música de charanga. Las viejas y los julandros se daban entre ellos para poder atacarnos. Sobresalía por encima de todos uno rapado al cero y que se había vestido de algo parecido a el personaje de la película Amadeus en versión remix.

Uno que se fija en todo y en todos se dió cuenta de que el dichoso friki llevaba en sus pezones tremendas argollas, de las que se usan para amarrar los caballos en el establo. Y de hecho tenía una cadena que salía de cada una de las argollas y descendía hasta otra argolla que asomaba por el pantalón, una argolla que acompañaba y levantaba el puto cipote del cabrón. El tío llevaba aquella especie de arnés al aire y cualquiera que mirara se terminaba dando cuenta de lo que asomaba entre los pelillos del canalillo que bajaba del ombligo. Me daba una aprensión terrible, pero es que encima el tío como que se me pegaba malamente, hasta que terminó por arrearme un pellizcón en un huevo que me hizo ver nítidamente las galaxias más lejanas. Lo único que pude hacer para defenderme fue un movimiento a lo Madonna en el video Vogue y arrearle un guantazo con el revés de la mano. Eso fue lo peor. A partir de ese instante se desmadró la cosa.

Ahora todo el mundo me imitaba y seguían mis pasos de baile. Todas mis pesadillas de invierno se hicieron realidad. La gente comenzó a imitar como bailábamos. El turco y un servidor, que somos muy sensibles a este tipo de halagos nos miramos, miramos al frente, nos volvimos a mirar, asentimos lentamente y arrancamos con los bailes sincronizados que hemos aprendido después de años de ver películas de adolescentes americanos. Fue lo máximo. Cientos de alimañas humanas siguiendo nuestras enseñanzas doctrinales en lo que respecta al baile. Nosotros gritábamos continuamente, tratando de seguir las canciones del Yoryi pero sin mucho éxito. Nos hicimos coreografías de todos los grandes, acompañados por nuestros devotos fans. En algún momento de aquella bacanal musical nos enfocaron con la cámara y ya triunfamos universalmente. El cuerpo se te mueve solo cuando eres una estrella mediática. Al calvo con los aros, cuando lo veía cerca le lanzaba un codazo directo y el turco aprovechaba para pisarlo. Entre los dos lo acabamos amargando y tuvo que renunciar a establecer relaciones diplomáticas con nuestros continentes.

Después que pasó la hora del pachín, volvió el DJ Paul a joder la fiesta con sus microcanciones y acabamos con Quincy, al que conozco porque es el cantante de una de mis canciones favoritas en holandés, Morgen weer een dag que traduciré libre y pecadoramente como mañana será otro día. Esta canción fue muy famosa en el otoño del 2001 por ser la sintonía del Gran Hermano 3, la edición en la que Kelly, el transexual que vive al lado de mi casa se hizo famosa. Kelly es ahora una especie de friki de la tele, que invitan a los programas para reirse de ella, dadas las grandes carencias intelectuales que muestra la pobre, que es más bruta que un arado. Eso sí, a base de silicona y remaches, tiene un cuerpo de cagarse por las patas pa’ bajo. Si os la señalo y no os digo nada y luego os enseño sus fotos desnuda en el Playboy, jamás os daríais cuenta que bajo ese cuerpo moldeado a golpe de talonario se esconde un Ramón como otro cualquiera, sólo que más lerdo de lo que suele ser habitual para alguien que dejó el colegio cuando era niño.

A la una terminaron los conciertos y seguimos el deambular por las zonas de bares. Nada que reseñar, o mejor dicho, todo lo que sucedió entonces puede ser utilizado en mi contra, así que aquí lo dejamos. Terminamos bien entrada la madrugada viendo Jian Guy – The Eye en versión original en cantonés con subtítulos en Holandés. Para que después duden de mis capacidades psíquicas algunos ….

Samanta

Samanta es mala porque Dios la hizo asín.

Samanta se cruzó en mi vida una tarde de primavera. Como siempre que veo al turco, este se empeña en ir a comer al Rey de las hamburguesas de Rembrandtplein. No sé que tienen esos pedazos de carne corrupta que le vuelven loco. Al entrar elegimos la cola equivocada, como siempre. No importa en cual te pongas, siempre es la más lenta. Después de eternos instantes entre olores de fritura y escuchar las insulsas conversaciones de turistas que consideran el ir a uno de estos sitios como un placer para el paladar nos tocó la vez.

Samanta nos empetó la típica frase con la que empiezan siempre en esos sitios. ¿Qué quiere? Se me ocurrieron un millón de respuestas con todas las cosas que quiero y no puedo tener. Mientras divagaba en el limbo de los deseos el turco pidió su menú, con queso, con cola y cuando le estaba pidiendo que las papas fueran de las especiales, Samanta le dijo que no era posible. El turco se indignó y trató de que cambiara la orden, pero Samanta se plantó y dijo que no había manera de cambiar el pedido. Nuestra querida amiga comenzaba a tocar huevos con ambas manos. Me fijé en lo despreciable que era, lo asqueroso de su cutis, el tic de sus labios succionadores. Samanta es el típico ejemplo de hembra criada a base de pollerón (tendréis que usar al menos una sinapsis para determinar la combinación de palabras que otorgan el significado a este engendro idiomático), la que pasó toda su vida bajo la mesa con la boca llena de miembros, chupando y chupando y de tanta leche cruda que tomó acabó encochinada, gorda, sudorosa y trabajando en un establecimiento de comida rápida, sirviendo hamburguesas a la gente sin aspirar a más en la vida. Samanta la poca educación que pudo adquirir la desechó, la dejó marchar sin pararse a pensar.

Samanta es mala porque Dios la hizo asín.

Samanta seguía negándose en rotundo a darle al turco sus papas y le pedía que pagara. Como ya me dolían los huevos de tanto sobármelos le dije que yo también quería pedir y añadí mi menú, con mi cola y con las papas especiales. Samanta me odió infinitamente en ese momento, me trató de alienar con su mirada de chancha arretrancada que le mantuve. Samanta se tuvo que tragar la medicina sin leche esta vez, se tuvo que joder y servirnos las papas que mi amigo quería. Como estaba en su voluntad el seguir jodiéndonos, redondeó superiormente la cuenta, desde ochenta y un céntimos hasta ochenta y cinco. El turco volvió a discutir con ella, pero la cerda zarrapastrosa no cedió. Nos trajo el menú casi sin ganas y nos tiró la bandeja con desprecio. A Samanta yo le eché un mal de ojo allí y en ese momento, le deseé una muerte dolorosa y lenta, una vida miserable y desgraciada y satisfecho por haber aliviado mi ira y mi odio nos fuimos a la planta alta a comer.

Nos acordamos de Samanta y de su madre varias veces mientras acabábamos con la pitanza. Al rato la vimos venir. Hacía como que limpiaba pero iba directamente a por nosotros. Se metió de nuevo con el turco. Esta vez no le gustaba la forma en la que estaba sentado en la silla. El turco la ignoró pero ella siguió y siguió machacándolo. Al final mi amigo cedió. Samanta se salió con la suya y se marchó triunfante.

La venganza hay que servirla en caliente y bien adornada. Cuando bajamos a la planta baja a hablar con el gerente del local nuestra mesa era un poema escrito con papas, con pedazos de verdura y aliñado con toda la salsa de papas que desplegamos por la mesa. Nuestra composición era un canto al arte libre y surrealista. Cualquier artista de poca monta se habría sentido orgulloso de firmar aquel desaguisado que se extendía por la mesa y las sillas que habíamos usado. Como no tuvimos bastante con nuestra comida tuvimos que emplear la que desde otras mesas nos fue cedida generosamente por altruistas donantes que se unieron a nuestra causa.

No sé lo que el turco le dijo al gerente, aparte de pedirle que fuera Samanta en persona a limpiar nuestra mesa como ella misma nos había solicitado encarecidamente, pero Samanta ya no trabaja allí.

Samanta es mala porque Dios la hizo asín.