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Turkineitor

Antes de colgar el teléfono apuntó el código postal y el número al que tenía que ir. Cogió su organizador personal y metió los datos en el GPS. Lo enchufó en el coche y salió disparado, no sin antes llamarme para avisarme que estaba en camino.

Lo bueno del GPS es que nos lleva a donde queramos sin hacer apenas esfuerzo. La voz de la chica en inglés está muy bien, pero no hay nada como la voz de la que habla en flamenco. Tiene un tono de tonta calenturienta que nos pone a los dos, así que escuchamos las indicaciones en ese idioma mientras nos imaginamos a la chica que grabó las voces desnuda en la cabina de grabación, pasándose el micrófono por salvas sean las partes mientras repetía: “La próxima a la derecha”, “Coja la siguiente salida”, “Cambio de vía en cien metros” y similares. Es increíble lo que se puede uno imaginar sólo con escuchar una voz.

La chica continuó calentándonos durante casi una hora hasta que llegamos a nuestro destino, un descampado en medio de la nada holandesa. Un sólo edificio desafiaba al cielo. El resto estaba rodeado por árboles que no dejaban ver nada. Salió una mujer a recibirnos. Alta y fea como ella sola, con las caderas que se les ponen a las holandesas después de parir tres chiquillos y con el típico descuido de la mujer nórdica casada, que por aquí arriba hasta que firman el contrato se cuidan bastante, pero una vez hay firma, se dejan la barba, el pelo en la barriga y agarran los kilos que han tenido que sacrificar en los años anteriores. Su metamorfosis las transforma en machos sin atributos, pero machos al fin y al cabo.

Volviendo al asunto, la tipa nos acompañó a una oficina en la que el turco tuvo que pagar con su Visa. La transacción fue fría y profesional. La mujer nos dijo que teníamos que esperar unos minutos, hasta que todo estuviera listo. El turco era un manojo de nervios. Sudaba copiosamente y seguía tratando de convencerme. Yo me he negado desde el principio y si el pretendía que cambiara de opinión sólo porque estaba allí, estaba bien equivocado. La vertiente gallega de mi sangre me convierte en un morrudo incapaz de cambiar de opinión, aunque me demuestren que estaba equivocado. El turco, el pobre iluso, pensaba que al final daría el paso y me uniría a él, algo que yo sé que jamás sucederá. El colega trataba de mantener una conversación insubstancial y vulgar, pero con poco éxito ya que yo no podía quitar el ojo de las enormes tetas caídas de la holandesa, que se agitaban como una mar picada mientras ella se rascaba el pelo a la caza y captura de algún piojo perdido. El turco descubrió mi pasatiempo y fijó su atención en el mismo punto. ¿Cuántos litros de leche habrían en aquellos envases? ¿Será entera o semidesnatada? ¿Flotarán o son un peso muerto que la lanza al fondo de los océanos cuando se aventura en sus aguas?

Finalmente se abrió una puerta y alguien salió a saludarnos. El tipo parecía un profesor chiflado. Llevaba una gorra de béisbol que era incapaz de contener aquellos tentáculos que le salían de la cabeza, un pelo ensortijado y rebelde que supongo que llevaría varias décadas alejado del contacto con el agua. El hombre nos lanzó la mejor de sus sonrisas e inmediatamente supe que sus dientes eran falsos, porque aquel blanco niveo no podía ser normal. Su mano era rugosa y fuerte. Cuando comenzó a hablarnos lo hacía como si ambos fuéramos a tomar parte en el negocio, pero por no romperle su clase de recitación no lo corregí. El parecía encantado de la vida y de haberse conocido. Nos arrastró por la puerta por la que habíamos entrado. Después de pasar unas cuantas oficinas llegamos al otro lado. Una carretera surgía de allí, o más concretamente una pista. Una pequeña avioneta estaba aparcada a un lado. El avión era de risa. Parecía un pequeño utilitario. Daba la impresión de haber sido usado mucho más de lo aconsejable. Nada que ver con estos aeroplanos que salen en las películas. Aquello era una caricatura de avión. El turco no dijo nada, pero por la forma en la que movía las manos se notaba que la adrenalina ya circulaba a destajo por su cuerpo. Su cambio de color también era francamente visible. Estaba adquiriendo una tonalidad pálida propia de alguien que está a punto de sucumbir al pánico. Me miró con ojos de cordero degollado y le devolví la mirada sin inmutarme. Mi decisión estaba tomada y ahora más que nunca. Le expliqué al hombre que yo solo venía a mirar a mi amigo y a rezar por él. El turco esbozó una sonrisa de compromiso, pero se notaba que estaba por claudicar y quedarse conmigo. El hombre murmuraba monotonamente que aquello era muy seguro y que también era muy divertido. Yo pensaba en el BMW que teníamos en la puerta y en como el coche era mayor que aquel trasto. El turco se sacó sus gafas Ray-Ban, las mismas que usaba el Tom en Top Gun y se las puso. Este era uno de los momentos culminantes de su vida, su iniciación como piloto. Me aguanté la carcajada por aquello de la amistad.

Se fueron los dos juntos hacia el avioncito. Yo me quedé por allí. Las puertas eran como las de un coche y cuando la cerraron, tuvieron que repetir la maniobra varias veces porque aquello no parecía trancar bien. El turco me miraba desde la cabina y yo le decía adiós con la mano, con la más cruenta de mis sonrisas. El trasto aquel dio un respingo y después de varios estornudos arrancó el motor. Era jodidamente ruidoso. El turco se colocó unos cascos en la cabeza. El cacharro aquel parecía modular el sonido en diferentes frecuencias. A veces sonaba bien y a veces daba la impresión de que se calaba el motor allí mismo. Finalmente se comenzó a mover, al principio a trompicones y luego de forma más segura.

Visto y no visto. El avión cogió carrerilla y casi inmediatamente estaba en el aire, bamboleándose. No conseguía hacer una línea recta, subía y bajaba continuamente. Dieron la vuelta e hicieron una pasada por encima mío. Juraría que mi amigo estaba sufriendo un ataque agudo de pánico o al menos eso parecía. El trasto aquel siguió su camino. De vez en cuando los oía y los veía pasar por el cristalino cielo. El ruido que hacía el motor seguía su extraño ritmo. Después de unos veinte minutos pensé que se estrellaban. Aquel minúsculo mosquito venía directo hacia mí perdiendo altura por momentos. Después de unos segundos que me parecieron años se estampó contra el suelo y salió rebotado. Siguió rebotando unas cuantas veces más, mientras al mismo tiempo el viento lo agitaba y lo balanceaba. Llegaron hasta el sitio donde estaba aparcado el avión cuando comenzó todo y el motor, tras quejarse por última vez se paró. Se abrió la puerta y salió el piloto chiflado. Detrás de él venía mi amigo, aún más pálido. Se había quitado las gafas, o se le habían caído. Yo creo que ni él se creía que hubieran conseguido llegar sanos y salvos.

Se acercaron a mí. El piloto estaba muy excitado y no paraba de hablar. Yo le pasé un brazo por el hombro a mi colega y nos marchamos. No creo que se apunte para el curso. Con esta clase fue suficiente. El cielo no es para nosotros.

Los coños al sol

Como en años anteriores en Distorsiones no se considera inaugurada la temporada de primavera hasta que llegan los avistamientos. Por enésimo año relatamos las mismas experiencias que se suceden una y otra vez y que podéis leer en clásicos tan admi rados como Las minifaldas no son para las bicicletas y Primavera nórdica. Huelga decir que esta no es una anotación apta para sensibleros y tiquismiquis. Sugiero a los flojos de corazón que abandonen inmediatamente la lectura y se dedican a menesteres menos traumáticos. Y una vez hecha la advertencia, procedamos.

Ya está aquí. Me habían llegado rumores de su existencia durante mi estancia en Omán, pero fue volver a casa y unos días más tardes comprobarlo por mí mismo. Con los primeros calores sucede lo que todos nos tememos. En estas latitudes los medios de locomoción son otros, las máquinas propulsoras con energía biológica abundan y pasa lo que tiene que pasar. La primavera la sangre altera.

Así que visto que el sol sale por naciente y aprieta aunque no ahoga y que las nubes se tomaron una semana de vacaciones y nos han permitido observar ese azul precioso del cielo nórdico, me planté una tarde con mi amigo el holandés en el centro del pueblo a practicar el sano, honesto y sacrificado oficio de los avistamientos, ese arte milenario en el que el macho atisba buscando visualizar las cavernas del amor.

Lo más importante a la hora de ir de avistamientos es la posición. Un macho en una mala posición es o mariquita o retardado y definitivamente no disfrutará de la experiencia. Hay que colocarse de forma que se maximise la experiencia y a ser posible al sol, que de paso cogemos algo de color y abandonamos este pálido enfermizo que se nos ha quedado después de meses de nubes y oscuridad. Mi amigo el nórdico de esto sabe algo, aunque no lo suficiente y el va a lo cómodo. Un maestro en estas lides es mi amigo el turco, de quien he aprendido todo lo que sé. Así que pese a que él quería sentarse en un pub cerca de la estación de tren, lo obligué a sentarnos en el que se encuentra al lado de la comisaría, por múltiples razones, de las cuales las más importantes son:

  • Tienen más de veinte tipos de cerveza.
  • La primera línea de mesas en la terraza siempre está vacía porque este pub es veinte céntimos más caros que los otros y nosotros nos podemos permitir semejante estipendio.
  • El carril bici en ese sitio es en un único sentido y así es más fácil el sentarnos orientados hacia el lugar de los avistamientos.
  • Las hembras cuando entran en la calle reducen velocidad y los avistamientos son más largos.

Al neerlandés le dolía bastante el segundo punto, el económico, pero después de dos cervezas se olvidó del tema. Una vez en el lugar del crimen y orientados hacia el punto del horizonte por el que se las ve venir, lo demás es pan comido. Ayuda bastante el tener gafas de sol para que no vean como se te salen los ojos de las órbitas, que a veces uno no consigue superar la impresión inicial y se queda con cara de espantado. También ayuda el mantener el vaso de cerveza pegado a los labios, más que nada para que recoja la baba. Después todo es cuestión de suerte y de agilidad visual.

Súbitamente entra una bicicleta en la calle. Uno de esos viejos modelos de abuela, altos y hechos de hierro del de antes, que carecen de frenos de mano y que fuerzan las piernas con su amplitud en el pedaleo. Ella tiene un hilo de sudor perlado en su frente rubia y escaneando su cuerpo cual lector de códigos de barra vemos que su mini-top presenta pequeñas marcas de sudor en las axilas y se ha desplazado perceptiblemente hacia abajo, dejando al descubierto una gran cantidad de carne de pechuga. Ese mini-top rosado bien sudadito si me lo deja lo vendo en ebay y seguro que hay algún japonés que paga sus buenos euros por un tesoro semejante que llevarse a su napia para olerlo con fruición. La escasa prenda no cubre ni por antojo el ombligo, ese pequeño orificio en el que se macera el sudor más sabroso, ese que los entendidos denominan de Gran Reserva. Cuentan algunas leyendas urbanas que el secreto de Chanel no es más que la maceración de fragancias en ombligos de individuas a las que mantiene en las mazmorras de sus factorías. Yo por supuesto me lo creo a pies juntillas.

Nos habíamos quedado en el ombligo y lo mejor está por llegar. Saltamos a las terminaciones inferiores y nos encontramos con unos zapatos abiertos de plataforma que aunque dificultan el pedaleo, dan un aspecto soberbio a la hembra cuando abandona el vehículo de propulsión humana y le permiten bambolearse con desparpajo y mantener la atención de los machos que la rodean, que cruzan dedos y esperan con ansia que caiga para acudir a rescatarla. Semejantes zapatos solo pueden ir sobre la piel desnuda, a la que acarician con su roce. Desde ellos hasta el infinito se abre un inmenso océano de piernas interminables, piernas modeladas por años de ciclismo, piernas que ya no piensan en el movimiento necesario para generar la energia que debidamente encauzada se transformará en movimiento. Seguro que algún ingeniero es capaz de calcular el par y el momento de esos interminables apéndices, pero yo prefiero quedarme con el momento carnaza que sube y que baja, que sube y que baja. Y llegamos al punto de todos los puntos, al lugar de su secreto, a la meca de todas nuestras oraciones. Cubierto por un minúsculo trapito, a ser posible de tela vaquera que es más rígida y tiende a plegarse menos, nos encontramos con ese pequeño tesoro que juega a esconderse, que nos sonríe y seguidamente se oculta timidamente. Estamos hablando, por si aún no os habéis dado cuenta, algo que debería preocuparos y mucho, estamos hablando del chumino, el jardín de su secreto.

Se deberían decretar mil millones de misas por el alma del bendito que inventó estas mini-bragas que se llevan hoy en día y que engañan a sus propietarias pensando que cubren algo. Ese hombre, porque no pudo ser una mujer, merece un altar en cada casa, merece que su nombre sea recordado por miles de generaciones futuras. Gracias a él y a su minúscula prenda, los coños están hoy en día al alcance de cualquier ojo que los sepa buscar. La combinación bicicleta, minifalda vaquera y micro-braga alienta al investigador que sabe apreciar los descubrimientos. Mientras una pierna sube al encuentro del cielo la otra baja y la falda incapaz de ajustarse al cambio, muestra brevemente esa mata de pelo rubio que certifica la autenticidad del descubrimiento. Unos instantes después podemos calibrar la perfección del hallazgo desde otro punto de vista, el que nos da el otro pie al subir y el primero al bajar. Y entre medias, entre medias tenemos ese papayo que se marca sobre esa tela transparente y que resplandece orgulloso enseñando toda su orografía al cartógrafo que sabe apreciarlo.

En fin, que más podemos decir, que ha llegado la primavera y que se declara abierta la temporada de avistamientos.

Avistamientos invernales

El turco y yo siempre estamos preparados para lo imprevisible y no dejamos pasar las oportunidades cuando se presentan. Este fin de semana pasado, cuando nos encontramos, aprovechamos para realizar varias actividades. Esta vez el chino no se unió a nosotros porque parece ser que tenía compromisos asiáticos. O dicho de otra forma, se juntaba con otros de su país a despellejar a las guarrillas chinas que viven en Holanda, que yo no entiendo lo que dicen, pero por los gritos que pegan, por las risas y por las caras está claro que no hablan de las laceraciones de Santa Teresa de Jesús. Más bien están tratando sobre las domingas de alguna de las amarillas o sus capacidades amatorias. Todo esto siempre tomando té chino y comiendo de esa forma tan peculiar que ya he explicado en múltiples ocasiones. Así que como el colega nos había dado el fin de semana para asuntos propios, nos fuimos de cacería. Primero me pasé la tarde haciendo fotos por Ámsterdam y después, cuando nos encontramos, nos vimos una película y nos fuimos de bares. Como siempre vamos a los mismos y ya tenemos el material super catado, decidimos darle una oportunidad al viento y dejar que nos llevase a sitios nuevos, descubrir universos inexplorados, sorprendernos ante lo desconocido y tal y tal y tal.

Al final acabamos en un antro en el que la señora de la limpieza no pasaba desde antes de la primera guerra mundial. Aquello hacía tiempo que había dejado de ser suciedad y se había incorporado al mobiliario y a la pintura de las paredes. El tono marrón impresionaba. Lo que nos atrajo del local fue que estaba lleno de tías y el que hubiera una bandera con el arco iris en la puerta no nos detuvo. Total, es de todos bien sabido que curar una bollera abre las puertas del cielo de par en par y uno debe intentarlo al menos una vez cada dos años. Así que no nos dejamos intimidar por el silencio que nos acogió al cruzar la puerta. Todas nos miraron y creo intuir que no era amor ni aprecio lo que se veía en sus caras. Tampoco es que nos importara demasiado. El turco se ve a si mismo como a un ser superior y yo estoy autoconvencido de mi intelectualidad (aunque sea de cloaca, pero intelectual al fin y al cabo). Así que ni siquiera sentí como resbalaban por mi camiseta de marca blanca sus puñaladas visuales y todo lo más, me arremangué los gallumbos de Marvin Glein para que se pudieran ver por encima del cinturón. Esto fue lo más duro, porque al tirar de ellos me trillé un huevo y por orgullo y por mantener el tipo me tuve que tragar el dolor, esa punzada seca y cortante que partiendo de salvas partes comenzó a extenderse como un virus hacia el resto de mi serrano cuerpo. Yo ni caso, amplié mi sonrisa, para permitirles a todas apreciar mi perfecta dentadura y seguí el paso del otomano.

Cuando llegamos a la barra, la tía que estaba detrás me impresionó. Obviamente a ella le iba lo de hacer de macho. O eso, o era un tío de verdad, porque nosotros parecíamos dos mariconas al lado de aquel engendro. Salvo por el pelo en el pecho que no poseía, tenía unos brazos como columnas dóricas y unos tatuajes que impresionaban hasta al Cristo que llevo colgado al cuello. Nos trató a la patada, pero nosotros como si nada. Pedimos nuestras cervesitas y aquí paz y en el cielo hostias. La tía se puso a afilar un cuchillo, pero si era algún tipo de directa, no la captamos. A nosotros nos tenía fascinados la fauna del local. Eran todo tías. Desde aquí os digo que hay que ir más a menudo a los bares de lesbianas, que por lo que parece, solo entran tías. Son un poco ariscas, pero nada que no se arregle con un poco de vaselina.

Las tías se podían separar en dos grupos. Las super-machorras, como la camarera y las adorables ninfas que pueblan nuestros sueños y a las que todos queremos hacerles unas cuantas guarrerías sexuales y por favor, no me refiero a fisting ni cosas de estas, sino a un simple mete-saca, unos faciales, un poquito de sexo anal y esos pequeños placeres de la vida. Inmediatamente activamos los filtros y pasamos a despreciar a las que se creen iguales nuestros y nos centramos en las otras. Esos dulces angelitos que esperaban que un gran hombre las rescatara.

Una de ellas, adorablemente modosita, nos miraba con curiosidad, lo cual despertó la ira de la supongo que le restregaba la pipa del coño habitualmente. Pese a la ira de su amiguita machorra, ella siguió mirándonos y sonriéndonos. El turco es muy simple y en seguida se crece, así que se fue al baño a aliviarse. Por motivos desconocidos no tenían baño de hombres, pero eso no lo detuvo. Se metió en el baño único de mujeres y aprovechó para mear sin levantar la tapa, procurando salpicar lo más posible. Ya se sabe que hay que demostrar la hombría en circunstancias extremas y en eso mi amigo es insuperable. Seguimos bebiendo y flirteando con la chica. Las otras también nos controlaban, aunque después de un rato pasamos a ser parte del mobiliario y ya perdieron unpoco de interés.

Cuando nadie parecía darse cuenta, la chica a la que mirábamos fijamente nos guiñó un ojo y descruzó las piernas. No fue un gesto casual ni normal. Después de que acabó su guiño empezó a mover lentamente los apéndices inferiores para separarlos. Por culpa de los focos, o gracias a ellos y porque nosotros estábamos sentados en unos taburetes un poco altos, de repente fuimos testigos de un avistamiento. Un coño afeitado nos sonrió y nos mandó saludos. Ni os cuento la calidad de la visión. Lo vimos todo. Ha sido de las que marcan época. Nos quedamos los dos quietos, sin saber que hacer. La chica, cuando volvió a juntar las rodillas para cerrar la almeja nos volvió a picar el ojo y nos sonrió. Yo me quedé temblando y el turco estaba peor que yo. Después de mirarnos el uno al otro durante muchísimos segundos, salimos corriendo dándonos codazos para ganar la carrera y ser el primero en llegar al baño, que la necesidad apretaba. Nunca olvidaré ese chocho, aunque la cara de la chica ya es historia.

Nos quedamos en el local hasta que se fue, aunque no volvió a repetir la jugada. Cuando salimos, juramos sobre las páginas amarillas de KPN que a partir de ahora, nosotros apoyaremos el lesbianismo y frecuentaremos sus bares, que uno nunca sabe lo que se puede encontrar en esos sitios y en la iglesia siempre dicen que dentro de cada uno de nosotros hay un misionero, así que lo pienso dejar salir a menudo.

La cena turca

Siempre que vamos a Amsterdam acabamos yendo a comer al chino. Ya he hablado por aquí de las diferentes experiencias que hemos tenido, tanto con la comida como con las circunstancias que la rodean. Ayer, cuando llegó la hora de la cena, el turco tenía preparado un motín y lanzó la bomba: ¿vamos a comer a un turco? El chino se quedó blanco de la impresión, bueno mejor no exagerar que el chino ya es bien blanco, pero sí que se quedó callado y después empezó a divagar, que es la forma en la que expresa su nerviosismo. El turco insistió y no sé como sucedió, pero al final nos vimos andando en dirección al hotel Amstel, porque allí cerca está el restaurante al que íbamos. Este hotel, señoras, es donde se rodó y donde se hospedaron todos los pollardones de
Ocean’s twelve, esa mediocre película en la que una banda de metrosexuales se pasa cien minutos arreglándose las uñas e intercambiándose calzoncillos de Tommy Hil-finger. En el camino íbamos presionando al chino para que nos cuente cosas de su país, que es algo a lo que es siempre muy remiso. Hemos descubierto que su padre es arquitecto (aunque creo que el año pasado era psicólogo) y aún seguimos pensando que el chino trabaja para los servicios de inteligencia de su país y está infiltrado en Europa para aprender de lo más granado de la intelectualidad continental, osease, el turco y yo. Por lo que fuimos capaces de averiguar, el abuelo del asiático fue un importante miembro del partido y del ejército, aunque no se sabe muy bien que hizo porque era secreto y el pobre individuo murió joven, pero que como consecuencia de sus servicios al gobierno y al partido, el padre del chino estudió arquitectura, el chino pudo salir del país y al padre se le permitió tener dos hijos, lo cual es algo excepcional en esa tierra. Todo esto lo extrajimos con el consabido método de san Pancracio, animando al amarillo a introducir en su país el catolicismo como religión principal que es algo que siempre que lo intento lo pone de los nervios. Yo andaba vendiéndoles las ventajas de una religión que permite comer de todo, que permite practicar el sexo por todos los agujeros corporales, que permite hacer de casi todo y que tiene robustos sistemas de conmutación de errores (que en esta religión son pecados) lo que nos permite recibir actualizaciones gratuitas (llamadas perdón) y seguir pecando (es decir, teniendo nuevas fallas de comportamiento o errores). Yo soy muy chabacano, así que sabía de antemano que él alegaría que nuestra religión no se puede implantar en su poblado país por culpa de la prohibición en el uso y abuso de sistemas anticonceptivos y desde el momento en que aplicó esta linea defensiva contraataqué conque él tiene una hermana en un país en el que no se puede tener más de un hijo. El turco se encargó del resto. Estábamos en estos temas cuando llegamos al restaurante.

Estaba casi vacío, pero eso es normal porque eran las ocho y media y en Holanda la gente cena entre las cinco y las siete de la tarde. Fue abrir la puerta y entrar y aparece el camarero que se pone a hablar en turco con mi amigo y a abrazarlo y darle besos. Un mal rollo de cojones. Yo pensaba que no podía ser peor, pero estaba muy equivocado. Cuando terminaron el intercambio de información encriptada, el tío se volvió hacia el chino y lo empezó a besuquear y abrazar con la misma alegría. Yo traté de huir dando discretos pasos hacia atrás pero no hubo manera. Me sobó, me abrazó y me besó con ese bigotón a lo Sadam Hussein. Algo traumático y que me provocará pesadillas el resto del mes. Conseguimos llegar a la mesa pese al sobón aquel que se fue a traer la carta. Volvió acompañado del cocinero, el pinche de cocina, el otro camarero y dos más que estaban sentados en una mesa al fondo. No quiero que sientan lástima por mí pero todo el mundo me besó y me abrazó. Me sentía peor que la barbie chochona. Cuando acabaron con nosotros tenía la cara babeada. Hubo uno sólo que no se acercó y era el camarero holandés que tenían trabajando allí, al que se identifica claramente por ser rubio y por su típico rictus neerlandés.

Pedimos cerveza turca y el hombre se fue a traérnoslas. En ese instante mi amigo nos advirtió que es una cerveza muy mala y que parece meados de cabra montesa, pero si no pedimos eso los tíos van a creer que despreciamos su bebida nacional y tenemos que sacrificarnos por el bien de las relaciones oriente-occidente. Le dije al turco que no se preocupara, que yo me crié tomando cerveza Tropical y CCC Dorada, que también son como meados, pero de perra pulgosa. El turco cree que la razón de lo mala que es la cerveza en su país es el agua y yo le dí la razón, porque la fábrica de Tropical está al lado de las instalaciones de reciclado de agua de la ciudad de Las Palmas y siempre he pensado que es muy tentador el coger esa agua gratuita y usarla para fabricar su amarilla bebida.

El camarero nos trajo el líquido y nos dijo que nos olvidáramos de pedir entrantes porque nos iban a traer los que le salieran de los huevos al cocinero, ya que éramos como familia. De plato principal pedimos todos Kebab aunque en diferentes estilos. Uno con yogurt, otro picante y otro normal. Aquí cambiaron las alianzas y fuimos el chino y Yo los que empezamos a acosar al turco para que nos contara estas confianzas. Según el turco, era la segunda vez en su vida que iba a comer a aquel sitio, sólo una semana después de ir por primera vez con una turca a la que le ha echado el ojo y a la que confiaba en echarle al menos cinco casquetes. Lo de la turca parece ser que no funcionó, pero al menos le gustó la comida. Nosotros, que sabemos que este hombre miente más que un político español, seguimos con la presión, pero él no se salía de la historia. Le presionamos con todo tipo de tretas, preguntándole si había comentado que tenía una hermana casadera y por eso nos trataban como príncipes, o sí la chocha que había traído la semana anterior era tan espectacular que se ha convertido en el héroe del establecimiento hostelero. Según él, la chica es normal tirando a vulgar, una más del montón y dado su fracaso a la hora de intentar jincársela, la fémina es más estrecha que el callejón de la pulga.

Juro ante el Dios de los cristianos que lo intentamos, pero no hubo forma. A todas estas, nos fueron trayendo los entrantes que constaron de un salpicón sin pulpo, otro salpicón a la Arguiñano, es decir, cargado de perejil, una pasta con la misma textura que el gofio pero que sabía agria, unas aceitunas con pipa, que el chino se tragó pensando que era substancia comestible, una especia de jamón de vaca, que sabía un poco como chorizo y que estaba cocinado al horno envuelto en papel y para acabar con los entrantes, unas anchoas fritas, que el chino se comía quitándoles el espinazo mientras que yo y el musulmán nos las tragábamos enteras, como debe ser. He de decir que los entrantes estuvieron muy bien. Yo hubiera cambiado el jamón de vaca por un chorizo asturiano, pero en fin, esta gente se han condenado a sí mismos a no comer carne de gorrino.

Los Kebab eran de cordero. Venían acompañados de arroz y con verduras. Unos platos de morirse de grandes. Terminamos encochinados con tanta comida. El chino nunca ha entendido por qué en las cocinas de otros países salvo el suyo, se ponen los vegetales crudos en el plato. Como hace siglos que renuncié a que comprendiera y aceptara el concepto de ensalada, me he creado una nueva teoría, el círculo de la vida. Mi tesis es muy sencilla: El cordero come verduritas, como las zanahorias, la lechuga y demás, es decir, las asesina para alimentarse. Después viene el hombre, que es tan malo y retorcido como el cordero y lo mata y nos lo comemos, pero para completar el círculo y para honrar la memoria del animal, ponemos unas pocas verduras en el plato como ofrenda ritual al Dios de la carne de cordero. Parece que con esta sencilla teoría he convencido al chino, porque ahora al menos entiende que no nos comamos las verduras, puesto que son una ofrenda a los dioses y no vamos a afrentarlos zampándonoslas. Esta teoría se vendría abajo si saliéramos a comer con alguien que se coma la ensalada que viene en el plato, pero como aún no ha sucedido, se mantiene sin fisuras.

Tras la comida nos quedamos echando buchitos como los bebés, para evacuar el aire de los tripones. Tras casi una hora de tertulia decidimos ir a otro lugar a tomarnos algo. Con el miedo en el cuerpo, el turco avisó para pedir la cuenta. La idea era pagar y salir por patas. El tiro nos salió por la culata. Según nos trajo la cuenta, aparecieron de nuevo todos, incluido esta vez el rubio holandés y empezaron a abrazarnos y besarnos nuevamente. No creo que convenzamos al chino para volver a aquel sitio. Salimos de allí babeados de arriba abajo y con unos barrigones como los de una embarazada.

La última copa nos la tomamos en la cafetería que está en la esquina del hotel Amstel, justo al lado de la casa del turco. De nuevo he de decir a las señoras y señoritingas que leen esto que en esa misma cafetería se tomaban los capuchinos los metrosexuales de Ocean’s twelve. El camarero de noche tiene una pérdida de aceite increíble, además de estar perdidamente enamorado del turco. Eso se ve de lejos. Es vernos entrar y suelta los trapos y viene corriendo hacia nosotros. Pensé que este también nos besaba, pero conseguimos controlarlo escudándonos en una mesa. El turco dice que nunca viene a este bar solo, ya que no cree que salga de una pieza si lo hiciera. El camarero encima es del sur de Holanda y no le entendemos una mierda cuando habla, porque todos nosotros estamos educados en el alto Holandés que se habla en el Randstad, la zona central del país. El camarero también sabe que hablamos en inglés entre nosotros y con él, pero eso no quita que él siempre intente decirnos cosas guarrillas en su lengua, cosas que quizás sea mejor no comprender.

Acabamos la noche allí. La próxima vez los voy a convencer para ir a un español y pegarnos un atracón de fabada, para bautizarlos en el fascinante mundo de los castañazos.

La Ópera

Nuestra búsqueda de la intelectualidad nos está llevando por los caminos más misteriosos. Superada la infancia y la eterna adolescencia, en nuestra madurez nos hemos establecido unos objetivos que exigen mucho de nosotros. El camino hacia el reconocimiento intelectual está plagado de obstáculos que a primera vista siempre nos parecen insalvables.

Hace poco tuvimos una nueva prueba. En la empresa del turco le dieron entradas para ir a una ópera de Wagner, en el fantástico teatro de Ámsterdam, un edificio precioso y con una arquitectura muy vanguardista. El turco trató por activa y por pasiva de embaucarme, pero yo me negué de plano. Mi intelecto no está preparado para un baño de cultura semejante y además, aún tengo frescos en la memoria los vídeos que nos obligó a ver la profesora de música en el instituto. El hombre echó mano del chantaje emocional, pero sin éxito. Yo desde que presiento que me manipulan me vuelvo autista y no hay quien me saque del PoZi y del PoZNo. Así que visto que no torcía el brazo y que la fecha se le venía encima, tuvo que recurrir a la turca, su hermana. La chica en el tiempo que lleva en Holanda no interacciona mucho con nosotros. Fue enterarse que la llevaban a la ópera y se puso como cabra en el monte. Salió galopando a comprarse un tremendo traje de galas de ópera, a pedir cita en la peluquería y al ingeniero estilista. El turco miraba todos esos movimientos con un poco de aprensión. Al fin y al cabo, no es más que un espectáculo en el que unos panolis gritan desde el escenario mientras la gente los escucha embelezados. Así pasaron los días, con la excitación por el magno evento.

Y llegó el gran día. La turca en el taller de chapa y pintura preparándose para el evento. Todo listo. El traje espectacular listo para recibir el cuerpo de su ocupante. Unas horas antes de la presentación en la sociedad amsterdamita el turco comunica que va a la ópera en vaqueros y camiseta, que eso de ir engalanado se estilaba en los setenta y en los ochenta, pero la juventud de hoy en día ya ha superado esos clichés. Os imaginaréis que la bronca fue épica. En los miles de años del idioma turco nunca se escucharon las palabrotas e interjecciones que se escucharon ese día. Volaban reproches como dardos envenenados de un lado a otro. El turco mantuvo posiciones indignamente y se salió con la suya. No sólo se puso vaqueros, sino que para más INRI se puso los que tiene totalmente rotos y le permiten enseñar los lamparones de los calzoncillos. La otra no dijo nada, pero su mirada fue de las que echan mal de ojo.

El teatro está muy cerca de donde viven, lo que les permitió ir andando. Llegaron con tiempo y se encontraron el lugar vacío. Prácticamente ni un alma. Para un evento que tenía agotadas las entradas era algo muy raro. El turco fue a lo suyo. Se metió en el bar y a pasarse por el forro de los gayumbos las normas del profeta y pegarse unas cervecillas. La turca mientras tanto estaba como gallo en gallinero. Yendo de lado a lado del gran salón para que los pocos que allí estaban pudieran admirar su traje y su estilismo. A diez minutos para el comienzo, aquello se llena. El turco levanta su vista del vaso y se percata que allí todo el mundo era 65+, todo chicas y chicos en la tercera juventud, calditos maduros y sabrosones. También nota el cambio en el ambiente producido por la columna de laca que se elevaba hacia el cielo desde aquel edificio provocando un agujero en la capa de ozono que protegía la ciudad. El tufo a laca mezclada con perfumes es insoportable. Todas vestidas con horrorosos vestidos, maquilladas como cualquier indio Cherokee antes de la batalla y todos los ancianos con traje. El turco relucía entre toda aquella gente como una rosa en una montaña de estiércol. Se sintió un poco avergonzado, pero ya no había cura, así que apuró el ritmo de bebida. La turca no ayudaba, restregándole su error una y otra vez. La gente los miraba y mostraba su desagrado. Él no era uno de los suyos. Todos pensaban que debía ser un nuevo rico que traía a la ópera a su caprichosa chica, aquella que parecía una fulana trabajando en el edificio.

Entraron en el teatro y tomaron posiciones. A su lado quedaban dos asientos vacíos. Cuando falta escasamente un minuto aparecen sus vecinos. El director de la empresa del turco estaba allí, trajeado, con su esposa, que parecía un expositor de joyería de hipermercado de tan cargada de abalorios como iba. El turco perdió el color. Encima el hombre lo reconoció. Tierra trágame. Aquello era una Desgracia con mayúsculas. Por suerte la función comenzó al momento y no hubo tiempo para la tertulia.

Nadie les había dicho nada de la ópera. Y claro, la cultura es universal y no tiene idiomas, así que el hombre tampoco se había preocupado en buscar información por Internet. Cuando los dos panolis que estaban en el escenario empiezan a cantar en alemán, el turco se llevó el primer disgusto. En la parte superior del escenario había un panel en el que se podía leer la traducción al holandés de lo que decían. Después de cinco minutos con aquellos dos gritando en germano sin que les entendieran nada, el turco comienza a amodorrarse. Sus párpados se vuelven pesados y tienden a caer. No pasan ni dos minutos y ya está roncando. La turca le arrea un codazo y lo despierta. Se sacrifica y consigue aguantar casi un minuto despierto hasta que vuelve a dormirse y comienza su particular canto. Otro codazo, pero esta vez aguanta menos tiempo despierto. Entre sueño y sueño, aquellos dos siguen en el escenario, en las mismas posiciones y cantando lo mismo. Para él todo sucede entre dos velas. Duerme y despierta, mira a aquellos dos gritando en un idioma extraño y vuelve a caer dormido. Así durante toda una vida. Pasa el tiempo, pero no ocurre nada. Esto debe ser el infierno.

Dios el misericordioso, nuestro católico Dios, se apiadó de él y llegaron al intermedio. La turca le susurró al oído la palabra mágica: cerveza. Saltó de su asiento. Salieron y la fémina le dijo que mejor se iban, que ya a ella la había visto todo el mundo y aquello era una mierda infumable. Ella habla alemán pero no se había enterado de nada y encima no podía concentrarse porque se pasaba el tiempo despertándolo para que no montara escándalo con sus ronquidos.

Tomada la decisión, se movieron estratégicamente hacia la salida de una manera despreocupada y casual, como quien sale a fumarse un pitillo. Cruzada la puerta perdieron la dignidad y se echaron a correr. Cuando ya estaban a una distancia prudencial aflojaron el paso. Mirando a su alrededor se dieron cuenta de que no eran los únicos que habían huido. Otros corrían como almas que lleva el diablo por la misma calle, junto al gran canal Amstel. Es más, ¿no son aquellos dos que van por allí delante el director y su esposa? PoZi. Después de todo no salió tan mal. El director nunca supo que el turco también había huido.

Elvis Costello

El camino para convertirse en un intelectual es muy duro y está lleno de obstáculos que tenemos que sortear. Sólo mediante la constancia y la perseverancia lograremos superar los muros que surjan ante nosotros. Mi amigo el turco (para más información ver Temporada de caza y Temporada de caza: Grandes esperanzas) y Yo hemos comprendido este concepto y nos aprestamos a escalar la montaña para alcanzar las cotas en las que podamos codearnos con los intelectuales.

La prueba de esta semana ha sido un concierto de Elvis Costello. Cuando el turco me avisó, me sonaba el nombre pero no tenía ni la más puta idea de quien es este señor. A su favor tenía el que tocaba en el Vredenburg, el auditorio de Utrecht que tanto me gustó la primera vez que estuve. Un músico de Rock & Roll que actúa en ese santuario es carne de intelectuales. Así que nos compramos entradas y acordamos honrar a la audiencia con nuestra presencia en dicho evento.

El concierto fue el pasado lunes. Comenzaba a las 20.30. Un par de horas antes, el turco me informó que estaba en camino a mi casa y que se cambiaba en ella antes de ir al acto. El turco, como todos sabéis a estas alturas, es un agresivo consultor de una de las más estilosas y elitistas consultoras norteamericanas. Está especializado en optimización de recursos humanos bancarios, o dicho en palabras más asequibles para el vulgo, es el angel de la muerte del sector de Banca. Cuando comienza un nuevo proyecto y acude a un nuevo banco, allí tienen diarrea hasta las de la limpieza, porque lo único que se sabe seguro de su visita es que van a haber despidos, sólo que no saben la cantidad.

El hombre lo lleva muy bien, dentro de lo que cabe y aunque no hablamos mucho del tema por aquello del secreto de profesión, se nota que ha alcanzado un nivel impresionante de abstracción y no siente remordimientos, ya que el ve FTE (Full-Time-Employees, Empleados a tiempo completo) y no a seres inhumanos con sus miserables vidas.

Retornando a la senda de la historia, que viniera a mi casa no me molaba nada porque ya era un aviso de que la cosa se podía torcer. Llegó a las siete y media y nada más entrar me dice que primero tiene que mandar un correo. Aquí tenemos bastante infraestructura, enrutador wifi, adsl y toda la vaina, con lo que parecía tarea fácil. Encendió su portátil, se conectó a mi red y cuando trató de autentificarse a través del acceso remoto de su empresa, no hubo manera. Pasamos al sistema tradicional, con cables, pero tampoco hubo éxito. Eliminamos el segundo enrutador, se conecta directamente al primero y nada, que no hay manera. Ya eran las 19.45.

El turco llama a los de IT de su compañía, que trabajan las 24 horas del día para ayudar a esta élite de finiquitadores de empleo y se pone a hablar con una chica. ¡MIERDA! De toda la gente que puede haber atendiendo el teléfono nos tiene que tocar un individuo con coño, con lo sensible a estas cosas que es mi amigo, que tiene los huevos como bolas de billar del tiempo que hace que lo dejó su novia. El turco arranca el modo flirteo. Un mal rollo del quince. Para no calentarme en exceso, me pongo a prepararle algo de cenar. El turco sigue flirteando con la chica y aquello que no se arregla. Que si prueba esto, prueba aquello otro, desconecta y conecta otra vez, te reseteo el PIN, te la endiño por el PUM y nada, que no se puede conectar y mandar el dichoso mensaje.

Nos dan las 20.00 y seguimos en las mismas. El balcánico flirteando con la chica por teléfono y sin que su problema encuentre solución. Yo ya estoy bastante curtido con las movidas de este hombre, así que respiré hondo y me puse a practicar con mi cubo de Rubik. Siguen pasando los minutos sin solución aparente. Mientras habla con ella, se come la cena que le he preparado y sigue haciendo las cosas que ella le pide por teléfono, además de lanzarle cumplidos y tratar de ligar. Yo ni me molesto en explicarle que una voz bonita no tiene que significar un cuerpo bonito, que puede ser una señora con más michelines que el equipo Ferrari. Allá él con sus fantasías sexuales.

A las 20.10 finalmente le solucionan el problema. Yo ya he perdido parte del color y mi pie derecho se mueve incontroladamente, zapateando sobre la moqueta. Entra en su red corporativa y manda el correo, no sin antes enseñarme la información que hay disponible en dicha red sobre cierta empleada ilustre, que consiguió el puesto gracias a ser la hija de un expresidente del imperio.

Salimos de mi casa a escape y utilizamos las vías alternativas para abandonar Hilversum. Estas calles son las que sabemos a ciencia cierta que no tienen radares de velocidad. A las 20.30 estamos en la autopista a una velocidad deslocada corriendo hacia Utrecht. A las 20.40 estamos de rally dentro de Utrecht acercándonos al centro de la ciudad. A las 20.45 hemos aparcado y estamos corriendo por la calle camino del auditorio. A las 20.50 ya hemos entrado y comprobamos que ha dado comienzo sin que esperaran por nosotros. Nos compramos cervezas grandes y entramos en la sala, la cual está llena aunque no abarrotada. Encontramos un sitio en el que nos podemos sentar y ver a Elvis Costello desde muy cerca.

Lo primero que notamos es que el hombre es ya mayor. Claro, habiendo nacido en 1954 el colega tiene ya unos años. A pesar de la edad, ha desarrollado un mal gusto espantoso para los zapatos y nos honró con unos adornados como una bola de discoteca, que resplandecían más que el Espíritu Santo en una procesión. Por lo demás, parecía pegado al escenario. Prácticamente no se movía. Como mucho daba dos pasos a la derecha, dos pasos a la izquierda y en ocasiones muy muy especiales y en las que quería dar un efecto dramático, daba dos pasos hacia atrás. La coreografía era fascinante. La acústica del local es impresionante, como ya dije cuando hablé del mismo, así que no voy a incidir más en ese punto. Una de las cosas que más me llamó la atención fue que estaba prohibido fumar y la gente lo respetó. Me parece maravilloso ir a un concierto y no tener que oler el humo de los cigarrillos de nadie. Los que querían fumar tenían que salirse de la sala y entrar en la cabina de fumadores, una especie de cárcel de cristal que tienen en la entrada y que es el único sitio en donde se permite dicho vicio.

Sobre la música, era un Rock muy suave. Hizo un pleno de canciones que no había escuchado en mi vida, pero he de admitir, aunque me duela, que me gustó. Música medianamente tranquila y apropiada para personas de mi edad y condición. El hombre estuvo más de dos horas allí dando el callo, cambiando de guitarra tras cada canción. En la única pausa que hizo, alguien le regaló un ramo de rosas. Uno de esos ramos de 60 rosas que se pueden comprar en la estación de Utrecht Centraal por € 5. Acabamos el concierto todos en pie ovacionándolo.

Las damas de mi vida

Mi vida en Holanda está regida por dos damas. Dos damas que me llevan y me traen a todos lados. La una, es fuerte, poderosa y le gusta correr. Es esbelta y le encanta lanzarse por los carriles bicicleta a la aventura. Con ella he visitado ciudades en los alrededores, he rodeado lagos, he cruzado bosques y nunca me ha dejado tirado. Es la Poderosa o de Machtige como ella prefiere ser llamada, ya que su lengua materna es el holandés. Es una Giant Terrago que compré el año pasado de segunda mano. Desde entonces ha hecho cientos de kilómetros conmigo. En los cálidos días veraniegos, que haberlos haylos por estas latitudes, recorríamos juntos hasta setenta kilómetros en cada una de nuestras aventuras. Ella disfruta mostrándose altiva y ninguneando a esas Oma fiets (bicicleta de la abuela) con las que la gente acude al centro de la ciudad. Ella es una dama de gran clase y siempre le gusta demostrarlo. Como la Poderosa no suele ir al centro de la ciudad y odia quedarse sola (tiene pánico a los ladrones de bicicleta, ese cáncer que florece sin control en Holanda), hay una compañera para estos menesteres. Su compañera era la Resoluta, una bicicleta que compré cuando llegué a Holanda en el año 2000. Era una híbrida entre bicicleta de montaña y bicicleta de ciudad. Gracias a esta flexibilidad, vestía unas alforjas en su parte trasera que le cubrían salva sean las partes y en las que yo cargaba la compra del supermercado. La Resoluta, al ser más modesta, solía quedarse sin problemas en el aparcamiento del cine, le encantaba ir al centro de la ciudad y no tenía ningún inconveniente en pasar unas horas o incluso días en el aparcamiento de bicicletas de la estación de tren. A pesar de mi empeño y dedicación, la Resoluta contrajo una enfermedad mortal. Diferentes doctores de bicicletas, altamente cualificados, dictaron el mismo veredicto: Curarla costará más de € 100. para una bicicleta que cuando la compré me costó € 60, estaba claro lo que iba a suceder. Ha ido languideciendo hasta que la enfermedad que corroe su sistema motor la ha consumido. Eso me ha creado un problema, que traté de solventar intentando comprar una “nueva bicicleta de dudosa procedencia“. Sin embargo, pese a la fama de este sistema, no he tenido éxito en esta tarea, ni en Utrecht, ni en Ámsterdam.
Hablando un día con mi amigo “El Turco” y desahogándome con él, resultó que él había comprado una bicicleta para su hermana, la cual estudia en Holanda y esta no la usa porque no le gusta dicho medio de transporte. El Turco le compró una bicicleta plegable, o vouwfiets, nueva. La pobre estaba en el balcón de su casa consumiéndose sin remedio. Llegamos a un acuerdo y por unos módicos € 65 pasó a engrosar mi familia. Al ser vouwfiets, puede viajar gratis en el tren, en unos vagones especiales. Esto, para alguien que se mueve en este medio de transporte tanto como me muevo yo, es una gran ventaja. La nueva señorita estaba sin usar, amargada y deprimida por el destino que le había tocado en suerte. Mientras sus compañeras de promoción corrían por las calles holandesas, ella miraba la vida pasar desde el balcón de un apartamento en el Amstel canal. El sábado la recogí y estaba muy excitada. La llevamos a una tienda de reparación de bicicletas para que le pusieran aire en sus ruedas y se vino conmigo a casa. Lo primero que noté fue que es minúscula. Por el hecho de que hay que plegarla y la llevas contigo, tiene unas dimensiones muy reducidas. Tanto el volante como el cuerpo de la bicicleta se pueden plegar, lo cual me produce un ligero pánico, ya que creo sinceramente que un día una de esas partes se cerrará y yo me daré el golpe del milenio. La nueva bicicleta está preparada para llevar las alforjas, con lo que podrá venir conmigo cuando me voy de compras y tiene pinta de ser capaz de quedarse en el centro de la ciudad sin mayores problemas. Entre sus desventajas, la principal es que no tiene diferentes velocidades, con lo que mantengo una velocidad constante y sólo con esfuerzo la puedo incrementar. La otra cosa que realmente no me gusta de ella es que el freno es a contrapedales y eso para mí es bastante raro. Para quien no haya tenido una bicicleta con ese tipo de frenado, es todo un cambio de mentalidad. Yo siempre que voy rápido y no sigo pedaleando, “contrapedaleo”, básicamente por placer (por ejemplo al bajar una cuesta). Al tratar de hacerlo con la nueva dama, esta lo interpreta como que quiero frenar y me da unos sustos de muerte. Me temo que más temprano que tarde daré con mis santos huesos en el suelo.
Lo único que le faltaba a este nuevo miembro de mi familia era un nombre. Después de mucho pensar y de evaluar los pros y los contras, he encontrado el nombre perfecto para ella. Un nombre con fuerte sabor español, un nombre que apela a las divinidades para que se apiaden de mí y me protejan. Se va a llamar “la Macarena“. Señoras y señores, es para mí un honor presentarles a “la Poderosa” y “la Macarena“.
La Poderosa y la Macarena

Chino, cine y copas

El viernes estuve en Amsterdam para una sesión combinada de cena en chino seguida de cine y luego copas en Rembrandtplein. A la cena sólo íbamos yo y mi amigo el chino.

Lo que para nosotros aquí arriba es una cena, para los españoles es una merienda, más que nada por la hora. Nos fugamos del trabajo a las cuatro y media para coger el tren de las cinco y estar por allí antes de las cinco y media. Con la película comenzando a las siete y media, no teníamos mucho tiempo. Elegía yo el restaurante, así que fuimos al New King, mi favorito. A la hora de pedir, con mi amigo el chino de cuerpo presente, siempre me entra un sudor frío porque se pone a hablar con la camarera en su puto idioma y uno nunca sabe lo que van a traer. Yo después de que una vez apareció el camarero con un plato de “patas” de pato, que parecía que habían talado a los putos animales, no me fío nada de nada. Me sugirió repetir un plato que ya habíamos comido en otra ocasión y por no partirle el alma le dije que sí. Es un plato de chicharrones del cerdo, sólo que sin freír. Como aún puede haber alguien que no sepa lo que son los chicharrones, es el cuero del cerdo y su grasa en grandes trozos fritos hasta que se achicharran. Los chinos para este plato le quitan el cuero y lo hierven, aunque poco. Se queda muy blando y la grasa se deshace en la boca, más o menos. Es un poco repugnante, pero como ya le hago ascos al pescado en el restaurante chino y al pato, si le digo a esto que no el pobre hombre no querrá volver más. El pescado no lo como porque eso de que te traigan un pez lleno de espinas para comer con palillos y que el puto chino se pase la comida escupiendo espinas delante de uno, como que no me mola.

Tuve suerte y para los chicharrones había que esperar más de 40 minutos, así que nos fuimos por unos calamares con salsa picante y un cerdo con salsa de judías negras fermentadas (parecido al Pollo con salsa de judías negras fermentadas que yo cocino). La comida estuvo deliciosa.

Después nos fuimos al cine, cogimos las entradas y a esperar al turco en un pub, bebiendo una cerveza. A las siete y veinte el turco llama para advertirme de que a lo mejor no llega a tiempo. Mando al chino a que compre las bebidas y coja asiento y me quedo esperándolo. A las siete y media, con la película a punto de empezar, aviso al turco de que la entrada se la dejo en la taquilla y elijo a una hindú fea como Tizio para asegurarme que no se entretiene a flirtear. El turco llegó como quince minutos más tarde, pero con anuncios y trailers aún no había comenzado la película.

A mitad de película el chino me dice que tiene que salir a buscar algo y que le tomará diez minutos. Estuvo media hora fuera. Como el turco me preguntaba que donde se había ido, le dije que se había ido de putas, que tenía una cita con una muy muy china y muy guarra y así se quedó tranquilo. Antes de que volviera el asiático aparecieron en la sala una pareja de hippies alternativos que debían haber visto otra película y pretendían ver el final de la nuestra. Trataron de sentarse en el asiento de mi amigo pero me los toreé limpiamente. El colega volvió al rato con un sobre grande y no dijo ni pío.

Cuando acabó la peli lo interrogamos pero sólo sacamos en claro que una amiga le tenía que dar unas cosas y que había quedado en la estación de tren con ella. Por supuesto no nos tragamos el cuento. Este o trabaja para las Tríadas o está follando con alguna y no lo quiere reconocer.

Después de la película nos fuimos a Rembrandtplein a tomar unas copitas. Según enfilamos la calle nos vemos en la puerta de una tienda a cuatro gorilas con gafas de sol, trajes y zapatillas deportivas (playeras en canario) que no pegaban ni con cola. Le comento a los otros la pinta de guardaespaldas que tenían los tíos, así que nos paramos a mirar a quien protegían. Parecía una pareja de moros de mierda, yo diría que paquistaníes o de los alrededores. Dentro de la tienda tenían otros cuatro gorilas. Si lo que querían era ir de incógnito, hay que reconocer que consiguieron un fracaso rotundo. Si lo que buscaban era que todos sus enemigos supieran en donde han estado, entonces han triunfado. Cuando llegamos al bar y nos sentamos en la terraza descubrimos que justo enfrente hay un Mercedes aparcado con dos guardaespaldas más, una moto de la policía y en todas las esquinas cantosos gorilas tamaño armario empotrado. Para cuando salieron de la tienda ya había una multitud en la calle mirando. Nosotros desde nuestra cómoda posición y al amparo de nuestras cervezas, disfrutamos del espectáculo.

Después de que se fueron nos centramos en el supremo arte de la observación de los putorros ingleses. Las británicas son las únicas mujeres fabricadas con calefacción de serie. Con treinta grados o menos diez, en Amsterdam siempre se les puede ver vestidas con un trapito, enseñando el potorro y andando tranquilamente de un sitio a otro. Había algún tipo de fiesta lesbiana en el pub de al lado y eso afectó mucho a la calidad del material. No sé, parece que para conseguir el certificado de boyera hay que ser una jartada de fea. En aquella fiesta todas estaban certificadas. Dios, que desfile de callos. Terminamos por mudarnos a otro sitio porque aquello era repugnante. Del resto de la noche no hay mucho más que contar y si lo hubo, no me acuerdo.

Madonna’s Re-Invention Tour

Entrada al concierto de la más grande ...
Toda mi vida he oído a gente comentar que si Madonna hace playbacks en el escenario, que si no tiene voz, que si esto o aquello. La verdad para mí es otra. Cuando se apagaron las luces en el Gelredome y las 40.000 almas que estábamos allí dentro comenzamos a chillar como energúmenos supe que fui, soy y seré fan de Madonna mientras viva.

El escenario no se podía ver claramente porque por delante del mismo habían dos pantallas enormes, simulando dos cuadros. Al apagarse las luces cobraron vida. Al mismo tiempo que se oía la música de Justify my love – The Beast Within las pantallas comenzaron a separarse lentamente. A menos que seas un fan de corazón, dudo que hayas escuchado esta versión de la canción. Madonna utilizó la música del Justify my love para leer textos del libro de las revelaciones. Las pantallas se van separando lentamente y se dirigen a ambos lados del escenario, en donde permanecerán durante el concierto. Al final de la canción, con todos nosotros completamente arrebatados, comienza a aparecer en un elevador mientras los primeros acordes del Vogue van tomando forma. Me pregunto si hay alguien en el universo que no conozca esa canción. Mientras Madonna canta y baila, rodeada por un montón de bailarines, nosotros el público ya no teníamos dignidad ninguna. A mi lado había una niña alemana que había venido con su padre (que yo creo era el fan) flipaba en colores. Delante de mí, tres arretranquillos holandeses, rubias, nos enseñaban pezones mientras bricaban y hacían poses como locas. Hasta el turco perdió los papeles, que ya es decir, que él siempre se las da de intelectual del subdesarrollo.

Cuando el Vogue acabó y mientras rugíamos como fieras muertas de hambre, comenzó Nobody Knows Me. Esta canción en directo suena increíble. Los bajos se hacían eco por todos los huesos de mi cuerpo. Por detrás de Madonna, en las pantallas se podía ver la letra de la canción.

Aún con el mal de San Vito, bricando y bailando en la intimidad que te dan 40.000 almas gemelas, superamos el momento y la muy perra de Madonna no nos dá ni un segundo de descanso y continúa con Frozen. Esta canción rebajó el ritmo de baile un tanto y pudimos recobrar el aliento. Mientras ella cantaba yo no tenía ojos más que para ella. Puede que sea estupidez mía o quizás carisma de ella, pero lo cierto es que para semejante retaco de mujer, si enganchas los ojos en ella no puedes dejar de seguirla con la mirada.

La Divina continuó con el American Life, con todos los bailarines reconvertidos en soldados y con imágenes de guerra y sus efectos en las pantallas. Es una versión bastante contundente. Enganchó esta canción con Express Yourself, una de mis favoritas de siempre. Aquí rugíamos al 120%. Madonna, sabedora de ello, hacía con nosotros lo que le daba la gana. Posiblemente uno de los momentos cumbres del concierto. Cuando la acabó agarró una guitarra y cantó ella sola en el escenario Burning Up, una de las canciones de su primer Álbum. La cambió un poco e hizo una versión más rockera. Definitivamente su voz en directo es bestial.

Al acabar, empalma esta canción con el Material Girl, una cuya letra se sabe hasta el mismísimo Dios y claro, pasa lo que pasa, todos cantándola con ella. Al final de la canción desaparece del escenario y entran un bailarín y un panoli con un skateboard. Ponen una rampa y ambos entretienen mientras de fondo sonaba Hollywood en versión instrumental. Todos aprovechamos estos minutos para sentarnos y descansar, aclarar gargantas y comentar lo vivido hasta entonces.

Tras esto la reina vuelve al escenario y canta Hanky Panky, una de las canciones de la banda sonora de Dick Tracy y posiblemente bastante desconocida. Mientras se dan tortitas en el culo ella y las bailarinas llegamos al Deeper and Deeper, otra de mis canciones favoritas. La canción estaba totalmente cambiada. En la versión del concierto es una balada lenta que nos calmó un poco. Tras esta canción, amarran a Madonna en una silla eléctrica que apareció en el escenario y canta Die Another Day. La escena es tremendamente erótica y sugestiva. Los chulillos bailarines la electrocutan mientras ella canta. Cerca del final de la canción la silla se eleva en el aire y continúan con Lament, de la banda sonora de Evita, la canción que cantaba en su lecho de muerte. Los que argumentan que no tienen voz se tragan sus palabras en ese momento.

Tras el momento sado, la siguiente canción fue Bedtime Story, que cantó cerca del público mientras por detrás preparaban el escenario para otra cosa. Vuelve a agarrar la guitarra y se arranca con Nothing Fails. Hay muchos planos a las manos de Madonna mientras toca la guitarra, supongo que para acallar las voces de los que dicen que tampoco toca la guitarra. Tras esta canción, manteniendo más o menos el mismo estilo, canta Don’t tell me y a esta la sigue Like a Prayer, otro momento para recordar y en la que tengo lagunas mentales del estado de extasis que vivía. Por detrás de la Única mientras la cantaba se veían imágenes del vídeo que rodó para la Pepsi-Cola y que sólo pusieron una vez en televisión. Recuerdo que lo grabé y que estuve años viendo el puto anuncio. Con el Like a Prayer cantamos con ella, palmeamos y Dios sabe que más hicimos. En las pantallas ponen también una imagen inmensa del Sagrado corazón de Jesús y finalmente hacen zoom hacia el corazón en las manos del Cristo. El turco y su hermana se pierden un poco con la iconografía religiosa, así que después del concierto les expliqué un poco.

Para calmarnos un poco suaviza el ritmo y canta Mother and Father y tras esta vino la única canción que no pertenece a su discografía. Cantó el Imagine de John Lennon mientras ponían imágenes de niños muriendo de hambre y por la guerra a su espalda. Fue un momento bastante poderoso y Yo diría que un mensaje directo a su presidente.

Cuando acaba el momento pacifista aparece un escocés tocando la gaita. El tío es como un armario empotrado de grande. Los bailarines de Madonna y la susodicha, todos con faldas escosesas empiezan a seguirlo mientras el colega toca su instrumento y finalmente la canción que surge es el Into the Groove. Cuando han hecho bailar al escocés lo suyo, este se retira y comienza el Papa Don’t Preach, otra canción que me flipa. Aquí nuevamente todos cantamos a grito pelado, aplaudimos, palmeamos y lloramos a moco tendido. Al acabarla se dirige a nosotros, nos da las gracias por haber ído, nos da las gracias por haber sido fieles durante más de veinte años y nos dedica la siguiente canción, Crazy for You, una balada preciosa de sus primeros tiempos. Con esto acaba el concierto propiamente dicho, aunque todos sabemos que hay dos bises.

Nos rompemos las gargantas gritando durante unos minutos y aplaudiendo a rabiar, hasta que comienza Music, con unas escaleras piramidales que a mí me recuerdan al vídeo de Material Girl. Sobra decir que aquí bailó hasta el apuntador. En pleno climax, arrebatados hasta el infinito y más allá, pusieron una pasarela que le permitía caminar sobre el público bastantes metros y cantó la última canción, el himno de Madonna por antonomasia, el
Holiday, con todos nosotros rendidos y adorándola. Todos sabíamos que tras esto acababa el concierto. Cerca del final de la canción Madonna se va retirando hacia el escenario y las dos pantallas que lo bloqueaban al comienzo vuelven a ocupar sus posiciones.

Nos desahogamos como pudimos, gritando y aplaudiendo a rabiar y tras unos minutos, con todas las luces del estadio ya encendidas, nos fuimos a casa.

Por si queda alguna duda, he de decir que ha sido una de las experiencias más grandes de toda mi vida. No hay nada, absolutamente nada que pueda igualar esto. También ahora sé que seré un fan toda mi vida. He renovado mis votos. Aunque no tuve ninguna preparación para el concierto, me conocía la letra de TODAS las canciones. Yo hubiera cambiado unas cuantas pero en general la selección que han hecho hace un repaso de toda su carrera e incluye sus mayores éxitos, salvo el Like a Virgin, pero ya ella ha dicho que no lo volverá a cantar nunca más en concierto. Creo que dentro de un par de años cuando se ponga de nuevo en carretera, iré a verla de nuevo.