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6. Er Dani y la metrosexualidad

La serpiente de verano en la que se está convirtiendo la historia der Dani continúa su sinuoso curso, agradando a unos, indignando a otros y dejando indiferentes a la mayoría. Tras el último lavado de cara, fruto de vuestras quejas, han quedado numerados los diferentes episodios de forma que hasta cerebros uni-neuronales sean capaces de adivinar el orden correcto. Como estoy seguro de mis limitaciones y de las de los míos, vuelvo a repetir la secuencia lógica de lectura: 1. Todos queremos ser como er Dani, 2. Conozcamos ar Dani, 3. Lugareños der Dani, 4. Conocidos der Dani y 5. La Carmen, hermana der Dani. Hay gente que incluso llega a este punto de la lectura, sólo para recordar que en el pasado episodio er Dani contó la historia de la Carmen, su sufrida hermana sobrada de carnes.

Tras la historia de la Carmen llegó la calma o al menos eso quise creer. Hay escasos momentos en los que uno se siente poderoso y entre ellos están esos en los que nos reímos de la desgracia ajena. Es lo bueno que tiene el escarnio y la humillación del prójimo, que te hace sentir mejor contigo mismo. La Carmen se marchó hacia la zona del bar en la que el bingo continuaba con su letanía de números y quedamos los hombres en el bar. Er Dani seguía con su diabólico baile, recordando que tenía un doce años en sus manos y agitando el whisky como si de esa forma lo fuera a mejorar o dotar de burbujas.

Uno de los contertulios llamó su atención. Er Dani se acercó y nos deleitó con uno de esos momentos Dale, Don, Dale que lo han hecho legendario. Para aquellos que vivan en la más infame de las ignorancias, el dale, Don, dale es la postura básica del hombre que folla humillando a la hembra. Cualquiera de mis lectores, supremos expertos en el cine porno y conocedores de los nombres de todas las grandes actrices desde que Ginger Lynn se encumbró como la diosa de todas las diosas con aquel chochillo siempre dispuesto a ser penetrado sabe que la postura básica en toda película etiquetada para mayores de dieciocho años es aquella en la que la hembra se pone a cuatro patas, cual chucho callejero y el macho la aborda por detrás, sujetando y tirando de su pelo con una mano mientras la embiste y le golpea la nalga con la otra, procurando dejarla roja y mientras todos los espectadores de dicho arte aullan al ritmo del reggaeton gritando dale, Don, dale. Er Dani usaba la botella como si fuera una hembra, la sujetaba por su cuello y apoyándola sobre su aparato reproductivo, ese que vulgarmente se conoce como polla, embestía el doce años mientras lo cacheteaba a destajo. Esto lo hacía emitiendo alaridos que eran coreados por los dos contertulios.

Uno de ellos sacó a relucir su infinita sabiduría, adquirida patrullando las calles de Málaga como policía municipal y le dijo: Parezezzz un metrozezual de ezozzzz de mierda y se rió de su propia ocurrencia. El otro hombre, un funcionario que espera la llegada el retiro sin dar un palo al agua durante cuarenta horas cada semana mientras se queja de lo ocupado que está a los trabajadores eventuales que contrata el ayuntamiento para que saquen el trabajo adelante, ese trabajo que sus propios empleados son incapaces de hacer ocupados como están en mirarse el ombligo y admirarse de su perfección, dicho hombre agitó la cabeza negando vigorosamente y dijo: No, lo que pareze ez un homozexuá de ezoz. Las carcajadas sincronizadas de ambos atronaron en el local. Er Dani les repondió en lo que fue un intento de defensa poco ortodoxo: ¿Homozexuá Yo? y tú un gay de esos.

El tipo se tomó la réplica deportivamente y contraatacó: Yo no zoy gay, zoy un pedazo de maricón. Ahora todos se retorcían con sus carcajadas, riendo sus genuinas genialidades. Un servidor, sacrificado escriba que padece estos suplicios solo por poder contarlo intentó permanecer estoico pero finalmente sucumbí y me tuve que reír. Sergio se limitaba a mirarlos con sus grandes ojos, me miraba a mí, señalaba de nuevo hacia aquel trío y se reía. Si hubo alguna vez una conversación digna de un episodio de South Park en nuestro país fue aquella. La acabaron adjetivándose mutuamente: metrozexuá, maricón, homozexuá, gay. En ese instante noté que en el bingo se había hecho el silencio y las mujeres escuchaban con gran atención. Pasados unos segundos todas rompieron a reírse y a gritar todo tipo de lindezas, las cuales no transcribiré porque no pude entenderlas en la mayor parte de los casos, dadas mis tremendas limitaciones para extraer información cuando se abusa de la zeta al pronunciar la lengua de Corín Tellado.

No debían haber pasado más de quince minutos desde que cruzamos el umbral de aquel universo plagado de seres de otros mundos, pero finalmente llegó la hora de partir. Me quedó pena, ya que intuyo que podría continuar escribiendo el resto de mi vida cinco historias diarias solo con los sucedidos entre las paredes de aquel local. Atrás quedaron el poli, el funcionario, la Carmen y todas las mujeres que jugaban en aquel bingo de barrio. Nosotros partimos hacia la aventura, una partida de desalmados dispuesta a conquistar el mundo e integrada por Sergio, er Dani, la agitada botella de whisky y un servidor. Ya en el coche er Dani procuró abusar de Sergio y cogió su móvil para hacer llamadas gratuitas. Contactó con sus amigos, los cuales llevaban cerca de una hora esperando por nosotros en el restaurante y ya habían comenzado a celebrar el cumpleaños der Dani y contactó con la hembra que sorpresivamente iba a acudir a dicho cumpleaños, una hembra que según palabras del festejado individuo, follaba con todoz eza noche.

En este punto cerramos el primer acto de esta infame obra, que constará de dos más, aunque ignoro el número de sub-capítulos que los formen, ya que la escritura no es una ciencia exacta y la longitud de los escritos dependerá de mi concentración y del calor que tengamos por estas tierras. La continuación de esta legendaria obra tiene lugar en 7. Camino del restaurante con er Dani

5. La Carmen, hermana der Dani

El Dios de los buscadores me envía discípulos siguiendo misteriosos caminos aunque disfruta asignándome aquellos que para satisfacer sucios instintos buscan putillas y putonas en estos mares de la Internet. Habéis llegado a un lugar que se me antoja equivocado, queridos internautas pero os invito a que leáis esta historia desde su comienzo, lo cual os tomará vuestro tiempo y quizás logre arrancaros una carcajada. Tendréis que seguir los números: 1. Todos queremos ser como er Dani, 2. Conozcamos ar Dani, 3. Lugareños der Dani y 4. Conocidos der Dani. Para aquellos perezosos que han seguido esta historia por episodios, estamos en el bar con bingo al fondo y er Dani se dispone a contarnos una historia sobre su hermana, la Carmen, después de que esta tropezara con él tras la barra del bar.

Cuando se recuperó del golpe que le arreó involuntariamente su hermana, la miró y comenzó a reirse mientras la señalaba. Balbuceaba algún tipo de frase que no llegábamos a comprender, algo relacionado con agua caliente. Ella, sin embargo, si que captó de qué iba la jugada y puso tierra de por medio. Se atrincheró lo más lejos que pudo der Dani, abochornada por algo o por alguien. Conseguimos que el hombre se tranquilizara y no tardó en contar la historia.

Er Dani y familia viven en uno de esos pisos en los edificios que nos rodean, pisos con paredes de papel que te ayudan a convivir con tus vecinos, a los que escuchas con claridad en todos y cada uno de los momentos de su vida. En casa der Dani son un montón, entre hijos y padres. Perdí la cuenta del número de individuos pero se me antoja que más de cinco. La convivencia en una casa así no es fácil, con todos los vástagos chupando de la teta paterna y echándose al gaznate las comiditas de mamá.

Esa tarde, antes de ir a trabajar ayudando al padre, la Carmen decidió darse una ducha. Cualquier mujer de envergadura media no tendría más problemas, pero estamos hablando de una chica que malamente cabe por el marco de una puerta, una chica que cuando se mueve consigue someter los cimientos de un edificio a tensiones jamás soñadas por los arquitectos. Así que ahí la tenemos, entrando en ese baño en el que ya no queda tapa para el retrete después de que una tarde la reventara con su peso mientras obraba leyendo el ¡Qué me dices! emocionada por el último de los rumores del Bustamante. La Carmen se quitó la ropa, liberando esos kilómetros de piel y tras inspirar profundamente se metió en lo que antiguamente había sido una bañera pero que tras años de abuso por parte de la chica se había convertido en un achaparrado plato de ducha, una chapa aplastada contra el suelo.

Ese cuerpo desnudo y ansiando ser purificado se retorció al contacto con el fría agua. Al dar un pequeño brinco hizo temblar todo el edificio y su vecina, que estaba tomando el té de las cinco vio como su juego favorito de té caía al suelo. Dicha vecina nopudo hacer otra cosa que maldecir su suerte al haber comprado una casa junto a esta gente y se resignó cristianamente. La Carmen esperó pacientemente a que el agua se tornara tibia. Los segundos caían como estrellas fugaces y nada cambiaba. Despuésde lo que le pareció una eternidad comprendió que algo había sucedido. Cogió aire, lo que dada la ingente capacidad de sus pulmones supuso una gran corriente aspirada por su cuerpo y gritó: Paaaaaaaa, Paaaaaaa, enciende errrrr termo pa’ calentá eragua Fue esta frase o algo parecido, ya que mis dotes para entender la información suministrada por er Dani no estaban totalmente desarrolladas.

Er Dani gesticulaba y se reía mientras lo contaba, señalando a su hermana que parecía estar disminuyendo por momentos, avergonzada por la historia. Todos los que estábamos en el bar observábamos fascinados como se desarrollaba el drama antes nuestros ojos. Después de otro ataque de risa volvió a repetir: Paaaaaaaa, Paaaaaaa, enciende el termo pa’ calentá el agua que estoy en la ducha y aún otra vez Paaaaaaaa, Paaaaaaa, calienta er agua que me estoy duchando. Yo espero que Dios me perdone algún día, pero me reí. Quiero que os pongáis en mi lugar y cerréis los ojos y os imaginéis la escena en aquel bar, con el bingo al fondo cantando números, con todos aquellos seres extraños rodeándome y aquel hombre sacado de algún lugar del inframundo contándonos la historia.

Retornó al relato. La chica continuó gritando, pidiendo agua caliente mientras reventaba tímpanos por todo el edificio y todos los vecinos de esa torre y las cuatro circundantes eran conscientes de la necesidad de agua caliente para aquella hembra desnudae indefensa en esa ducha. Finalmente el padre reaccionó. El hombre, que hasta momentos antes había estado durmiendo la siesta vio como su sueño era interrumpido abruptamente por su hija, esa carne de su carne que se había multiplicado por millones de veces y que amenazaba con devorarlo todo. Se levantó de la cama con un humor de perros, ese que sólo podréis comprender aquellos que hayan estado en una situación parecida. A gritos respondió a su hija, unos gritos que cruzaron a la velocidad del sonido el espacio distribuyendo la buena nueva: Agua caliente, agua caliente hijaputa, espera que voy ahí y te voy a calentá a hostias cabrona y dicho y hecho, se escucharon por todo el edificio los pasos del hombre que acudía hacia el baño a ajustar cuentas.

El desesperado mensaje que se escuchó a continuación marcó las pesadillas de los niños de aquel barrio durante meses: Paaaá, nooooo, Paaaaá, enciende el termo que el agua está fría y la rápida respuesta, cada vez más cercana: Te voy a calentar los huesos hijaputa que me has dejado sin siesta. Vas a veeeeé y el contraataque rápido de aquel paquidermo sabedor de su mala suerte: Nooooooo Paaaaá, Nooooooo

La puerta se abrió de golpe y el hombre avanzó con paso firme hacia su aplastada bañera. De un manotazo apartó la cortina y en auténtico sonido digital con decenas de canales de audio, se pudo escuchar el manotazo al tiempo que ambas voces gritaban: Noooooooo Paaaaá, Toma agua caliente hija puta, No me pegues Paaaaaaá, Toma pa’ que te calientes, Paaaaaaá por favoooooooó, Tomaaaaaaa, Paraaaaa Paaaaá, Tomaaaaaa

En este punto er Dani interrumpió la narración. Las lágrimas me caían por los ojos y el resto de la clientela gritaba y se reía a carcajadas, señalando hacia aquella pobre desgraciada y gritándole: Nooooo, Paaaaá, Nooooo. La chica trató de aparentar que nada sucedía, pero la vergüenza la cubría de arriba a abajo. Er Dani se volvió satisfecho hacia nosotros, con su botella de whisky en la mano y volvió a agitarla en el aire en plan victorioso.

Es aquí, entre dos historias, cuando estamos a punto de asistir a uno de los momentos más surrealistas de la noche, donde detenemos la narración y nos quedamos a la espera del próximo episodio, aquel llamado Er Dani y la metrosexualidad

4. Conocidos der Dani

Hay que dar más de un paso para que podamos decir que estamos caminando. Esta historia se compone de pequeñas partes que podemos ver como los pasos necesarios para llegar a algún sitio, si es que realmente conduce a algo. Comenzamos a caminar en todos queremos ser como er Dani, dimos el segundo paso en conozcamos ar Dani y el tercero en lugareños der Dani. Hay quien piensa que el camino hacia er Dani forma parte de la misma, aunque yo sinceramente lo dudo. Si ya no recuerdas de que iba la cosa y no te apetece volver a leer lo anterior, te recuerdo que estábamos en el bar y que en el mismo se encontraba un bingo de mujeres poseídas por la fiebre del juego.

Al brindis para celebrar el cumpleaños der Dani se unieron los tertulianos que estaban en nuestro lado de la barra. Yo no había recaído en ellos puesto que siempre pensé que formaban parte del mobiliario. Ahora que el alzamiento de vasos nos había hermanado, los miré de reojo, intentando no resultar novelero. Uno de ellos era el tipo de animal sudoroso que uno se encuentra en cualquier bar español de barrio. De su tupido bigote negro, claramente teñido con alguno de esos productos que anuncian por la tele y que el individuo olvidó aplicar al poco pelo que le quedaba en la cabeza, colgaban unas cansadas gotas de cerveza, o quizás de sudor. Su nariz aguileña se abría como las compuertas de cualquier canal holandés tratando de coger aire y forzaban el balanceo de las gotas colgantes al inspirar. Su camisa se veía sudada por todos y cada uno de sus rincones, con esas marcas sobaquiles que engrandecen a cualquier obrero. Todo el pelo que tenía aquel individuo en el mostacho le faltaba al otro en su cabeza. su calva relucía como un redondeado panel solar que trataba de coger energía de la luz de los fluorescentes. en semejante superficie blanca también habían perlas de sudor, ya que intuyo difícil que la cerveza alcance esas regiones. Los pocos pelos que tenía se encontraban espaciados, como peleados entre ellos y parecían haber sido abandonados mucho tiempo atrás, con sus puntas abiertamente estropeadas. La camisa de este otro sujeto era tan horrorosa como la del primero, de un zafio color que intuyo fue blanco el día en que cayó en sus manos y que tras innumerables lavados había adquirido un tono amarillo que parecía irradiar desde la zona en la que los brazos se unen al tronco.

Ese dúo nos miraba con la misma curiosidad que nosotros a ellos. Parecían haber estado toda una vida allí, hablando entre ellos indiferentes al tiempo. En ese momento se abrió la puerta y entró una nueva binguera acompañada de un niño pequeño. Saludó a los conocidos. El bigotudo le dijo algo que no pude comprender y también se dirigió al niño. El niño sonrió, sabedor de algún secreto que yo era incapaz de atisbar. El tipo saltó de su taburete, se acercó a una de las máquinas, de esas en las que hechas una moneda y puedes tratar de capturar un premio y agarrando al niño con un brazo, lo aupó, puso una moneda en la ranura y trató de conseguirle un regalo. Tras unos instantes en los que todos pensamos que iba a triunfar, el juguete resbaló del gancho que lo sujetaba y volvió al montón. El tipo, echó otra moneda y volvió a intentarlo. Otro regalo ascendió y volvió a caer entre maldiciones de aquel hombre. Puso una tercera moneda, dejó al niño en el suelo y cuando el juguete estaba en el aire y a punto de resbalarse del garfio que lo sujetaba, le arreó una hostia a la máquina con tan certera puntería que el preciado objeto fue a parar al punto de recolección de premios. Lo cogió victorioso y se lo entregó al niño, no sin antes volver a colocar la máquina en su posición original.

Yo vi lo que hizo, Sergio también fue testigo y creo que todos en el bar, pero nadie dijo nada. El chiquillo corrió hacia el bingo con su regalo en las manos, gritando para llamar la atención de su madre. Después de semejante acción benéfica, el tipo volvió a su asiento, se sentó y siguió bebiendo cerveza como si no hubiera pasado nada. Er Dani había desaparecido hacia el interior del local y después de unos momentos de silencio lo escuchamos volver con su cantinela, gritándole a alguien. Resultó ser su padre. Había cogido una botella y se la restregaba al hombre por las narices, riéndose como un loco. Cogía la botella, se la llevaba a la entrepierna, hacía como que se la estaba follando y volvía a pasársela al hombre por la cara. El padre de tamaña criatura trataba de espantar a su vástago a manotazos, igual que alguien espantaría un molesto mosquito, aunque sin mucho éxito, ya que er Dani no parecía arredrarse. Cuando volvió a nuestra zona, después de conseguir atravesar el espacio que llenaba su hermana, nos enseñó la botella mientras gritaba:
Un doce años, un doce años.

Efectivamente, era una botella de Whisky de doce años. Aquello parecía un logro impresionante. Yo, acostumbrado a los precios del alcohol en las Canarias, no terminaba de apreciar lo extraordinario del evento. De hecho, creo que en casi todos los asaderos a los que he tenido el gusto de acudir en mi vida, siempre hubo botellas similares o mejores. Ni siquiera cuando era estudiante y mi presupuesto limitado me permití beber nada que no hubiera disfrutado del envejecimiento en barriles que proveen los años. Para er Dani sin embargo era un evento único e irrepetible. Llevó la botella frente a la cara de su hermana, que se afanaba en servir una tapa de ensaladilla rusa adobada. Los ojos de la chica se notaban excitados ante la proximidad de la comida y se veía que estaba haciendo un gran esfuerzo para contenerse y no hincarle el diente. Su hermano continuaba con su juego, follando la botella e inmediatamente levantándola en el aire con grandes risotadas y exhibiéndola como un triunfo.

Desde el fondo del local se oyó el vozarrón del padre diciendo que se la cobraría. El no demostró haber oído la amenaza y continuó con su salvaje baile, observado por mis atormentados y asombrados ojos y por los dos tipos que estaban a nuestro lado. La hermana se acercó a recoger el plato de manises que nos había puesto y de un barrigazo casi lo estampa con su botella contra la barra. La maldijo en voz alta y siguió riéndose de algún chiste que posiblemente cruzó por su cabeza y del que por suerte nunca supimos.

Después de recuperarse del golpe, comenzó a contarnos una historia sobre ella. La historia la podréis conocer en el próximo capítulo, aquel que es conocido como La Carmen, hermana der Dani.

3. Lugareños der Dani

Ya sé que es muy cómodo saltar en el vagón de cola y disfrutar de la llegada a la estación, pero la ley de la infra-intelectualidad me obliga a informarte que el camino que lleva a esta historia comenzó en todos queremos ser como er Dani y continuó en conozcamos ar Dani. Hay incluso un previo en el que se aventuraba un poco de qué iba la cosa en el camino hacia er Dani.

Nos habíamos quedando cruzando el umbral del local, atravesando la nube tóxica que nos llevaba a ese fantástico mundo habitado por seres de leyenda. El nivel de ruido allí dentro te forzaba a hablar gritando. A un lado, un conjunto de máquinas tragaperras y de tabaco competían entre ellas para atraer la atención de la gente con música pachanguera y ruidos supuestamente divertidos. Al fondo del local se abría un gran salón, supuesta zona para las mesas del restaurante y que estaba llena de algo que nunca pensé encontrar allí. Mis ojos se abrieron como chapas de botellón tratando de corroborar las señales que llegaban directamente a mi cerebro. Había algo anómalo en aquel lugar, algo fuera de lugar. Mientras que en el bar estaba la gente que uno espera encontrar en ese tipo de sitios, el salón del fondo estaba lleno de mujeres. No me lo podía creer. Las había de todas las edades y formas, aunque todas mayores de treinta tacos o menores de quince. Gritaban y se sentaban en las mesas. Había niñas acompañadas de sus madres y sus abuelas, que repartían cogotazos a diestro y siniestro cuando las chavalas se distraían. A veces pasaba una fémina a nuestro lado y después de saludar a todos los machos y ser convenientemente catalogada y etiquetada continuaba hacia el fondo. Aquello era un Bingo de barrio. Entre la bulla se podían oir expresiones como “los dos patitos“, “la niña bonita“, “el comémelo todo” que claramente referenciaban números, despertando recuerdos de mi niñez, cuando en el camping de Tauro se montaban timbas similares los domingos por la tarde. El bingo estaba en su apogeo. Tras un rato en el que mi atención volaba continuamente hacia aquel lugar en el que mujeres entradas en carnes y escasas en dignidad perreaban por conseguir algo de dinero, se oyó claramente un grito desgarrador: línea, gritó una. Tras el instante de silencio inicial, similar al ruido que se produce en el preciso momento en que un PC es reseteado y su ventilador se detiene al transitar desde una vida hacia la siguiente, tras ese momento se oyeron los gritos de las otras insultando y vengándose verbalmente de su suerte. Una banda de mujeres jugando al bingo es una jauría aterradora que no se detendrá ante nada. En el lugar en el que aquellas hembras se despiporraban y entregaban a semejante vicio no habían hombres. Ni un sólo macho en aquel corral. Esto se explica fácilmente. Quiero que mis lectores masculinos penséis en la última vez que jugasteis al bingo. Si todo va bien fue cuando érais niños. Si algo va mal, ha sido ya de adultos. Para esos lectores que se encuadran entre los que han jugado de adultos, quiero que sepáis que no pasa nada porque lo reconozcáis y que aunque la Iglesia y otros colectivos os tratan de demonizar, yo desde estas líneas os doy todo mi apoyo moral.

Estuve tentado de quedarme allí contemplado aquella escena tan enternecedora, con todas esas mujeres gritando y clavándose puñales con los ojos con su insana envidia. Mi amigo Sergio, servicial como siempre, recuperó mi atención y la devolvió hacia el escenario principal. Mientras disfrutaba del chocherio ludópata, er Dani se había metido en la barra y había mandado a su hermana a servirnos. Alguna mente perpicaz se preguntará como puedo saber que era su hermana y a esa mente le responderé que él nos lo dijo. Ella llegó y mis fatigados ojos, sometidos al fuego intenso del humo que nublaba el ambiente y que comenzaban a tornarse rojos como reacción protectora, mis ojos se agrandaron aún más. Estábamos ante un portento de la naturaleza. La Carmen, nombre por el que conoceremos a la susodicha, rebosaba carnes por todos y cada uno de sus poros. Era una masa de complexión más bien fofa que se arrastraba pesadamente por detrás de la barra, guiada por los michelines que la sujetaban a la misma y que impedían que desviara su trayectoria. La Carmen tiene pinta de ser joven, posiblemente por debajo de los veinte, pero también sé que ha comido mucho más de lo que yo podré en toda mi vida. Toda esa comida, disfrutada bocado a bocado ha conseguido encontrar hogar en su cuerpo, que se ha convertido en un gran silo en el que cientos de filetes, miles de pollos y millones de judías y garbanzos han hayado el asilo que tanto añoraban. La cara de la chica se ha redondeado hasta emular la esfera perfecta. Sus ojos, hundidos ante tanta grasa, te miran con la sabiduría que da el saber que su cuerpo hace una digestión perenne. La ropa de la Carmen era holgada, al menos en un cuerpo de figurín, porque en el de ella se veía aplastada por toda esa grasa y estaba sometida a presiones descomunales. Su pantalón de chándal, típico recurso de la gente de bocado fácil, desplegaba un culo con una superficie mayor que la de alguno de esos nuevos micro-pisos que se están construyendo en España. Sus manos no tenían dedos. Aquello eran barras de pan móviles. Esas mismas manos agarraron dos vasos, los llenaron de cerveza y los pusieron frente a nosotros. Yo no podía quitar ojo de esas uñas, semi-enterradas entre tanta carne y pintadas con variados motivos. Mi amigo Sergio, a mi lado, observaba con satisfacción mis reacciones ante lo que a todas luces era un lugar que no puede pertenecer a nuestro tiempo.

Yo estaba como un niño con zapatos nuevos, mirando hacia todos lados, tratando de quemar con fuego indeleble esas imágenes en mi cerebro para poder contarlo más tarde. Toda mi educación, todos los años de formación con los mejores maestros, todas esas lecciones aprendidas con sangre culminaban en ese instante, en ese bar, en algún lugar de Málaga. Era demasiado increíble para ser verdad. Er Dani seguía rebotando por todos lados, con su parloteo incesante y sus risas a destiempo. Agarré mi cerveza, me la llevé lentamente a mis labios y antes de beber el primer trago me dí cuenta que lo correcto era brindar por el chaval, que para algo era su cumpleaños. Alcé mi caña, lo miré a los ojos consiguiendo que su sempiterno movimiento aleatorio redujera su frecuencia y lancé mi dedicatoria: ¡Feliz cumpleaños chaval!

Aquí termina este episodio de la que se me antoja eterna historia der Dani. Estad atentos para el próximo capítulo en el que conoceremos algunos de los contertulios del bar en conocidos der Dani

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2. Conozcamos ar Dani

Estaría bien que revisarais el principio de esta historia antes de adentraros en su intríngulis. Para ello, nada mejor que leeros todos queremos ser como er Dani. Aquellos que ya lo hicieron, recordaros que fue una introducción a er Dani como entidad etérea y aún no definida físicamente

Ahora que hemos llegado hasta aquí, no os voy a ahorrar la descripción. Nunca he sido bueno con estas cosas, pero cerraré los ojos y haré un gran esfuerzo. Os pediría que hicierais lo mismo, pero entonces no podríais leer y eso no estaría bien. Cuando le eché el ojo encima a er Dani se me cayó el mito. Yo lo tenía idealizado. Lo veía como un Apolo, alto, con músculos discretamente bien definidos, con un porte regio y un aspecto descuidadamente cuidado. El tipo de galán que en las películas antiguas retorcía las bragas de las protagonistas y las obligaba con su mera presencia a quitárselas y rendirle tributo. Básicamente es lo que es un gigoló. En lugar de este Dios para-olímpico me encontré con un torete hispano, un chaval de estatura media y de tipo compacto tirando a caterpillar, de esos que parecen haberse condensado tanto que asustan. Olvidaros del pelo rubio guapísimo, nada nórdico ni similar. Era un pedazo de macho de la piel de toro, de pelo castaño tirando a negro, con esa ceja típica española que se niega a partirse en dos y cruza ostentosa la cara dividiendo el óvalo facial en dos partes: la frente y el resto. Sus ojos te escudriñaban con una chispa sádica, aunque no se detenían en los machos más de unos instantes y enseguida comenzaban su loco movimiento en busca de hembras en las que fijar el objetivo. Sus rasgos faciales eran normales, nada anómalo o que merezca la pena resaltar. La cabeza se une al tronco gracias a uno de esos cuellos anchos como una columna dórica, del tipo que solo se consigue tras un millón de horas en el gimnasio. El cuerpo, compacto como ya he dicho, parecía diseñado para no dejar espacio a la grasa. Los músculos prietos tentaban los límites de resistencia de la ropa, amenazando con reventarla. La camisa era de marca, abierta al cuello para mostrar algo de la matilla de pelo que según la madre de un amigo mío nos convierte en hombres y nos aleja definitivamente de la niñez. Del pantalón vaquero no voy a hablar, pero todas las viciosillas que leen esto podéis poner en vuestros cabezones la imagen que más os turbe y seguramente él las llene todas. Los vaqueros acababan en unos zapatos de esos de piel de camella vieja y amargada que están tan de moda últimamente.

Este primer vistazo para juzgar al mito me tomó un parpadeo. Secciones completas de mi cerebro estaban preparadas para almacenar todos los detalles de forma que los pudiera reproducir de la forma más fidedigna con posterioridad. Espero haberle hecho justicia. Este aspecto tan trabajado, esta apariencia de hombre habituado a lidiar con mujeres de bandera, este porte hercúleo se va a hacer puñetas en cuanto abre la boca y se pone a gritar como el resto de la gente que lo rodeaba. Tenerlo a cincuenta centímetros de uno y que cuando comience a hablar lo haga como si estuviéramos en lados distintos de un barranco y nos separaran cientos de metros, eso no tiene precio. Supongo que se trata de que no sólo nosotros sepamos lo que se dice, sino que también los cientos de ojos y oídos que nos controlaban desde los balcones de esos enormes edificios de pisos que se construyen en España y que por ley se llenan con alcahuetas que no tienen nada mejor que hacer que controlar al prójimo para poder despellejarlo a gusto en los descansillos de las escaleras. Como ya dije, nuestro encuentro se produjo en una barriada de la ciudad de Málaga, una zona de obreros y trabajadores con la mayor contaminación acústica que he visto en mi vida. El sonido de las pitas de los coches era continuo, al igual que el de los gritos de decenas de personas. Hasta los niños parecían competir para que su voz sobresaliera sobre el resto. Yo, creído de mi mismo como estoy, con mi propia visión de Jedi en misión super-importante en este planeta habitado del sistema solar, intentaba impresionar con mis silencios, mis ligeros ladeos de cabeza para mostrar mi atención e interés, pero lo único que conseguía es que este hombre pensara que estaba sordo y gritara más. Me acuerdo que a Luke saltacielos le funcionaba perfectamente con otras razas espaciales, pero yo he fallado estrepitosamente con er Dani y amigos.

Después de gritarnos un rato en la calle, quedó claro que primeramente íbamos a ir a un bar en aquel lugar para no sé muy bien qué. Los amigos de er Dani ya debían estar en camino al restaurante en el que íbamos a cenar y nos encontraríamos con ellos un poco más tarde. Esto lo pudimos escuchar nosotros y todo el vecindario. Er Dani gesticulaba y se movía continuamente, como poseído por el mal de san Vito. Lo tenías delante tuya y un segundo más tarde estaba a tu espalda, gritándote desde atrás, riéndose de sus propias bromas y cuando tu cerebro aún no había sido capaz de enviar las órdenes a los músculos para que te giraras, ya lo tenías de nuevo frente a ti. Mientras sucedía este monólogo, incentivado por agudos comentarios de mi amigo, avanzábamos por la calle. El único bar que yo atinaba a ver era el local de una de esas asociaciones deportivas que pululan por la orografía española. El sitio se veía concurrido y la habitual nube producto del consumo masivo de tabaco en su interior oscurecía las paredes y adornaba la puerta, creando un halo misterioso que prometía impregnar tus ropas e inutilizarlas. Crucé los dedos pensando que quizás habría suerte y pasaríamos de largo pero está claro que mi ángel de la guarda estaba de vacaciones. Nuestro destino era dicho local. Cuando atravesé la nube tóxica y me adentré en el local, cerré los ojos y entré en una galaxia paralela a la nuestra.

Este es un buen punto para cortar la narración. Podéis continuar la lectura haciendo clic sobre Lugareños der Dani

1. Todos queremos ser como er Dani

Aunque de una forma informal y bastante desorganizada, esta historia comenzó en el camino hacia er Dani y quizás sea conveniente que la leas previamente.

Volvemos a comenzar. Todo comenzó cuando me recogió mi amigo Sergio en el aeropuerto. Después de los abrazos y los besos de rigor dejó caer como de pasada que el viernes teníamos una fiesta de cumpleaños de uno de sus amigos, er Dani. Aparentemente era algo que prometía ser espectacular. Si esto me lo dice otra persona, salgo por patas y no miro atrás, pero como venía de mi amigo me agarré fuerte al crucifijo que llevo al pecho y supliqué al señor que tuviera piedad de mí. Más tarde en su casa, su esposa me confirmó que aquello podía ser muy fuerte. La gente no utiliza los adjetivos fuerte y espectacular a menos que se trate de palabras mayores, lo cual contribuyó a incrementar mis niveles de inquietud. Me contaron que habían leyendas urbanas que circulaban por la costa malagueña sobre er Dani pero no quisieron ser más específicos. Informaban a todo el mundo que el viernes íbamos de fiesta con er Dani y la gente nos miraba con admiración y malsana envidia. El día se acercaba inexorablemente y cuanto más próximo, más crecía mi miedo escénico. Mi amigo Sergio continuaba con sus comentarios misteriosos sobre lo que podía suceder esa noche. La única información que tenía clara es que sólo iban hombres y que podía ser la fiesta del milenio. También me enteré que el tal er Dani funciona con una versión muy evolucionada del software que corre en los machos y que tiene más feromonas que una caja de condones. Indagando averigüé que es profesor de Judo, con no se cuantos DANs de esos y que se le dan muy bien las madres de sus alumnos. De hecho, la mayor parte de los chiquillos le deben llegar por su legendaria fama entre las mamás o al menos esa es mi conclusión tras escuchar a varias personas hablando de su leyenda y su mito. Hagamos un inciso para solicitar al oráculo que alguien me explique el por qué a los niveles esos de Judo se les llama DANs, si más bien lo que sucede es que RECIBEs una jartada de golpes. Yo aún tengo pesadillas con un campamento militar al que me mandaron mis padres para deshacerse de mí veinte días y en donde cada vez que teníamos clases de ese deporte, recibía unas vapuleadas de escándalo.

Retornando a la historia, no se si er Dani es jodidamente bueno como profesor de Judo o folla como una minipimer, pero el hecho científicamente constatado es que tiene un hatajo de hembras con hijos aporreando su puerta todos los días. Las amigas se sacan los ojos por llamar su atención y se retiran la palabra cuando saben que las otras han chupado también su flor. La puerta del colegio en donde reparte hostias a los niños es un campo de batalla en el que han tenido que poner vallas para contenerlas. Las madres ni se preocupan por sus queridos niños. Lo que ellas quieren, lo que ellas buscan de verdad de verdad es que er Dani les de unos viajes en la cama , en el suelo o en el baño de un bar y las deje listas para pasar la Inspección Técnica. Todo esto sucede con la ignorancia de los maridos, que no parecen ser capaces de ver la amenaza que cae sobre sus familias cuando sus hijos comienzan a ir a clases de Judo y sus divinas esposas ponen tanto ahínco en que el niño no pierda una sola clase y en el hipotético caso de que no pueda ir por estar enfermo, las madres siguen acudiendo para disculparlos. Podríais pensar que er Dani se lo ha creído y está intratable pero os equivocaríais de plano. El aún no ha hecho la conexión entre sus madres de alumnos y su don vaginal. El día que lo descubra, que se de cuenta que es como el Tres-en-Uno para esas madres, ese día puede que cambien las tornas.

El viernes por la mañana hubo llamada para felicitar el cumpleaños al susodicho y confirmar la hora y el sitio del encuentro. Parece ser que nos tocaba ir a recogerlo. Yo a esas alturas ya quería escaquearme. Estuvimos por la tarde en otro cumpleaños, en este caso el de un niño vecino de ellos. De ese cumpleaños no voy a hablar, aunque también se podría contar alguna historia. Digamos que ya tengo suficientes enemigos y no quiero que crezca la lista.

Por la noche salimos al encuentro de la aventura, como toreros saltando al ruedo. Llegamos más o menos tarde, como es de rigor. Nos costó un huevo y parte del otro encontrar el punto de encuentro, una de las barriadas populares de la ciudad de Málaga, zona de gente humilde y trabajadora. Mirando hacia atrás sin ira y sin rabia, si lo sé, me escapo ahí mismo. Aparcamos como pudimos o más bien donde nos dejaron, con las calles que se caían de tanto coche. Disfruté del fascinante efecto me la suda. Vas por una calle estrechísima y el coche de delante decide pararse a hablar con alguien que conoce. Literalmente se la suda que hayan otros vehículos esperando detrás de él. Es inmune a los pitazos y a los gritos de los sufridos conductores. Él continuará con su conversación y sólo cuando la haya acabado se dignará a mover el auto, no sin antes echar una mirada reprobatoria y maldecirnos en voz alta. Los insultos y las conversaciones a grito pelado eran en una variante de español que yo no había oído anteriormente. Todos los acentos son distintos y España es lo suficientemente grande como para poseer decenas de ellos, pero el de Málaga es especial. Tienen una fuerte tendencia al ceceo, el cual impregna el habla y le otorga una musicalidad que carecen otras variantes hispanas. La lengua se acompaña de una gran teatralidad. La gente realiza grandes aspavientos para cualquier cosa, incrementando el volumen de su voz a la mínima oportunidad. Para alguien como yo que viene de Holanda, un país en el que se tiende a la meditación y el silencio, Málaga resulta una ciudad de gente chillona y que parecen al borde de un ataque de nervios.

Ya he vuelto a distraerme. Después de un par de efectos me la suda mi amigo estaba entrando en calor, o más bien comenzaba a tener calenturas. Largamos el coche y finalmente corrimos a conocer a er Dani. Este es un buen momento para acabar la historia por ahora.

En el próximo capítulo conoceremos a esta estrella mediática que es er Dani. Podéis encontrar ese episodio haciendo clic en Conozcamos ar Dani

El camino hacia er Dani

Aquellos que sois constantes y mantenéis un ojo en esta versión pública de mi vida, recordaréis que en marzo estuve en Málaga, justo antes de visitar Omán. Desde entonces no he hablado nada de ese viaje, salvo menciones de pasada. Los lectores malagueños han permanecido pendientes de estas líneas esperando el día en el que mi retorcida verdad contara lo que allí sucedió. Aún tengo pesadillas y por eso no lo he hecho. Fueron las seis horas más extrañas de mi vida. Todo lo que pasó en ellas me atormentará mientras viva. Trataré de ser infiel a la realidad y me tomaré todas las licencias iletradas que considere oportunas. Esta es mi verdad y así os la voy a contar. Sin embargo, antes de entrar en materia me gustaría saldar una deuda de honor y de paso realizar una pequeña loa a un amigo.

Todo comenzó cuando me recogió mi amigo Sergio en el aeropuerto. Desde que nos conocimos en 1992, en el año del quinto centenario, siempre he sentido un afecto especial por él y su familia. Trabajamos juntos durante seis meses. Primero estuvimos en la nueva central eléctrica que se estaba construyendo en Juan Grande y después tres meses en Lanzarote, en la puesta en marcha de un grupo diesel. A partir de la primera vez que me ignoró supe que seríamos amigos toda la vida. Y ahí seguimos. A veces no hablamos durante unos meses y luego, tras diez segundos al teléfono el tiempo parece no haber pasado. Aún recuerdo las cenas de los lunes en su casa en la calle Cirilo Moreno cuando veíamos expediente X y al marcharme sacaba la bolsa de basura. Añoro nuestras caminatas en el centro de la isla de los sábados que solían acabar pasando por el Chumino, la casa de mis padres en Ariñez en donde nos tomábamos una cerveza antes de volver a la ciudad. Sonrío cuando recuerdo la acampada en Veneguera, donde estuvimos unos días comiendo lo que él cazaba con su fusil de pesca submarina y aquella deliciosa dorada que devoramos en un asadero legendario. Cuando dejaron las Canarias y volvieron a vivir a Málaga (él, su esposa y su primer hijo), entendí esa letra de canción que dice que algo se muere en el alma cuando un amigo se va. Por su culpa estuve años yendo a pasar el fin de año con los suyos, una familia que también considero la mía. Aún ahora, todos los años busco la forma de ir por Málaga unos días, si es posible alrededor de la noche de San Juan y si no, en cualquier otro momento del año. No dejo de invitarlos a que vengan a visitarme a los Países Bajos aunque hasta ahora no lo han hecho. Siempre que voy a Málaga es lo mismo. Toda la familia se junta en la casa que tienen en el campo y tenemos una comilona. Siempre que voy allí acabo colgado de un cable eléctrico ayudando con algo, o desbrozando en el campo o haciendo Dios sabe qué. Son todos esos pequeños momentos de calidad los que recordamos.

Este pequeño prólogo no tiene nada que ver con la historia que voy a contar, pero quería dejarlo escrito en mi diario. Como sé que ellos lo leen, es una forma bien impúdica de decirles que estoy aquí y que esta historia es para ellos. Me gustaría agradecerles todos estos años de abrazos, besos, palmadas en la espalda, conversaciones frente a la tele o en la playa o en cualquier bar. Quiero que sepan que sé apreciar el que las puertas de la casa de Benalmádena estén siempre abiertas y que siempre me reciban todos como uno más de la familia. Además de esto, hoy es el cumpleaños de Sergio y desde aquí quiero felicitarlo. ¡Feliz Cumpleaños, amigo!

Esta historia continúa en todos queremos ser como er Dani