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Mi vida con un indonesio

La historia de hoy apareció en la lista de distribución de Distorsiones allá por Septiembre del 2002. Es uno de esos cuentos añejos que me gusta volver a leer de vez en cuando.

He tenido un par de semanas de vértigo. Por circunstancias operativas tuve que asilar durante dos semanas a un indonesio en mi casa durante la semana. Esto me ha permitido extender mi universo racista hasta límites francamente insospechados. Cuanta más gente de países exóticos conozco, más tengo claro que como los europeos nada de nada y como los españoles, absolutamente nada superior.

Afronté la llegada del indonesio con resignación. Previamente el mamón, al que no había visto gastarse un duro en mucho tiempo y al que recordaréis por el despliegue de zapatos que posee y que perdió en su totalidad cuando practicamos el Wadlopen nos invitó un día a cenar en Eindhoven, algo que contaré en otra historia. Con ese bagaje, habiéndose gastado algo de dinero en mí, no tenía más remedio que permitirle quedarse en mi casa. Así que el lunes cuando salimos del trabajo, nos venimos a mi apartamento y comenzamos nuestra convivencia.

Lo primero que me extrañó fue lo pequeña que era su mochila si supuestamente se iba a quedar una semana. Yo para cuatro noches necesito:

  • Cuatro calzoncillos
  • Cuatro pares de calcetines
  • Cuatro camisetas más una camisa o cuatro polos de Springfield
  • Un pantalón
  • Un pulóver
  • Un abrigo
  • Un chubasquero
  • Pijama
  • Pasta de dientes, cepillo, férula dental, medicinas para la alergia y el asma (por si acaso), desodorante, crema hidratante, champú, acondicionador
  • Reproductor de MP3, móvil, cargador de móvil, cámara de fotos, libros

… y posiblemente olvido unas cuantas cosas imprescindibles.

En fin, que yo salgo cargado como una mula y este llega a mi casa con una mochila semivacía y tamaño mini. La abre y me da un pasmo de muerte. Sólo traía champú, pasta y cepillo de diente, pijama y una toalla de bidé para secarse en la ducha. La toalla le dije que se la metiera por donde quisiera y que usara una de las que hay en mi casa, que para eso mi madre me ha obligado a tener 6 juegos de toallas todas de tamaño gigante.

Se me puso un mal cuerpo de morirse sólo de pensar que me iba a pedir ropa prestada, que una cosa es la amistad y otra bien distinta es el intercambio de prendas de vestir. Qué equivocado estaba. Cada día cuando llegaba se sacaba los calcetines y los ponía en la escalera extendidos para que se orearan. Al tercer día, el gato de la vecina (los franceses que habían antes de la china) ya no subía a mi casa del tufo que había en la escalera. La camiseta tanto de lo mismo. Se iba al baño, le hacía un CHÁS CHÁS con un poco de agua en los sobacos y la tendía hasta la mañana siguiente. Sobre los calzoncillos no tuve valor para tratar de averiguar que hizo con ellos, pero a mí me picaba todo el cuerpo y no hacía más que pensar en ladillas como gorriones atacándome.

Yo para contrarrestar los olores me dedicaba a cocinar con muchas especias, para matar el tufillo a queso que provocaban los calcetines. Claro, a base de macerarse los dedos con esos calcetines hiperusados, tenía unas uñas como pezuñas de caballo. Es que según salía de mi casa el viernes, todo a la lavadora.

Encima en mi casa es que se oye todo porque las paredes son de madera. Si es que cuando mis vecinos follan yo hago de jurado de Eurovisión y otorgo puntuaciones. Pues este, se metía por la mañana en el baño, encendía el extractor y ni con esas. Joder con las tripas que tiene el hijoputa, si parecía que cada mañana teníamos en mi casa el parto de la burra. De hecho, después de tres días tuvimos que empezar a usar el desatascador porque las cañerías ya no daban para más y la segunda semana tuve que comprar un producto desatascador porque la mierda trancaba todo y mi desatascador ya no movía nada en las cañerías.

A pesar de estos pequeños inconvenientes, he sobrevivido a las dos semanas y ahora aprecio aún más mi origen europeo. Esto me lleva a disertar un poco por el desprecio entre razas. Para el indonesio los chinos son inferiores, los ve como de segunda división. Yo a él lo veo también inferior, así que el chino, si aplicamos la lógica, como que es un bicho ínfimo. Por estas tierras se considera que lo peor del mundo musulmán son los marroquíes y después vienen los turcos. Es decir, que más vale turco que marroquí, pero ambos por debajo de los asiáticos, así que los tendríamos que colocar tras los chinos. Yo, como nunca he terminado de captar el concepto de racismo, pese a que la gente se empeña en ponerme ese adjetivo, tengo amigos turcos, chinos, suecos, indonesios, holandeses, alemanes, españoles, americanos, peruanos, argentinos, belgas, ingleses y posiblemente me deje a alguien atrás. Jamás he tenido problemas con ninguno de ellos.

Uno se termina acostumbrando a todo este baile de costumbres aunque os rogaría que aquellos que vengan a verme, traigan la ropa suficiente, que soy muy aprensivo.

Moby Dick III

Esta es la tercera y última parte de lo que sucedió el día que fuimos a un parque de atracciones acuático. La cosa comenzó con Moby Dick en donde nos montamos en una montaña rusa y casi no lo contamos y continuó en Moby Dick II, historia en la que fuimos testigos de otro suceso extraordinario. El departamento de Grandes Historias de esta bitácora tiene el placer de ofreceros un sucedido que apareció por primera vez un cinco de noviembre del 2002.

Dejamos la historia anterior tras arrasar con la atracción del Bobsleigh e íbamos a comer. Elegimos un restaurante de Shoarma. Siempre hemos tenido nuestras dudas sobre si el turco es realmente turco o no, porque eso de que sea rubio y turco no encaja. Los empleados del bar, eran turcos auténticos, así que jaleé al turco para que hablara con ellos en su lengua materna y nos demostrara que realmente es de ese país. Y bueno, flipé en tres dimensiones porque el cabrón habla turco.

Tras acabar la comida, nos fuimos a los toboganes acuáticos. Anunciados por el parque como los más grandes de Europa con más de un kilómetro de toboganes, fue una tremenda decepción. No son los más grandes, al menos si incluimos a España como parte de Europa, pero bueno, estaban bien. Algo que llamaba la atención es que están totalmente cerrados lo que les permite abrir todo el año. Por desgracia para nosotros y dado que ese fue uno de los días más calurosos del año, aquello era una sauna. Entramos y lo primero es que nos obligan a descalzarnos y cambiarnos en unos probadores en los que el suelo daba asco y una surinamesa pasaba cada rato una fregona hedionda moviendo aquella agua repugnante de lado a lado en la sala y lavándote los pies con la misma, porque la muy cerda no se preocupaba de la gente.

Tras este acto bautismal entramos en la sala principal de los toboganes y tras refrescar el cuerpo en el agua clorada subimos al primer tobogán. La británica recelaba a esas alturas bastante de nosotros y especialmente de mis ideas. Así y todo, la convencí para que se lanzara por uno de los toboganes. Yo me tiré por el paralelo, no sólo por mi seguridad, sino para llegar abajo antes y reírme con la bajada de la colega. Así que me tiro y mientras estamos esperando abajo se oye un zumbido saliendo del tubo del tobogán, un ruido que iba en aumento como si el aire fuera súbitamente expulsado del tubo, un ruido similar al de una olla cuando el pitorro comienza a girar. Yo y el turco nos pusimos a un lado protegidos por un panel. Había gente aún en la piscina cuando aquello cayó sobre ellos. Fue un golpe sordo, seco, que desplazó casi toda el agua de la piscina fuera, bañando a la gente que allí esperaba. Ella puso su cara más inocente, a lo Steve Urkell y dijo: ¿He sido Yo? Nosotros nos partíamos la polla de risa, sobre todo ahora que estaba con el bañador puesto. Era una versión folclórica de un misil balístico intercontinental con tropecientas mil cabezas nucleares.

Voy a hacer un inciso aquí para describirla cruel y brevemente. Aquellos que sean sensibles, se pueden saltar este párrafo. Vista de arriba abajo no es muy alta, aunque se encuentra enormemente agrandada hacia los lados, con unas nalgas que son la envidia de jamones Navidul y unas prominencias pectorales que hace que parezcan trillizas o la mismísima santísima trinidad al completo. Cada teta tiene vida propia, su propio cerebro y carácter. Uno se puede tomar un par de cervezas y verla y pensar que son un grupo de tías hablando entre ellas. Recuerdo que la primera vez que la vio el turco, al que yo ya había preparado previamente para suavizar el shock, comenzó a balbucear como cuando era un bebé y a babear moviendo los labios con ese movimiento reflejo de los chiquillos cuando buscan el pecho de su madre. Si hay algo por lo que no se tienen que preocupar sus hijos, cuando los haya es por la leche. Hay para todos.

Ahora que todos tenemos la imagen fresca, podemos continuar. Uno de los toboganes era de esos en los que te tiras con un flotador. Había flotadores individuales y para dos. El turco, que a veces compite en maldad conmigo la comenzó a animar para que nos tiráramos todos juntos. Su argumento era que como ella no quería hacerlo sola sería más divertido si nos lanzábamos juntos. Había un cartel que prohibía el uso de los flotadores para más de dos personas pero como dijo el hombre, esa regla era sólo para holandeses y nosotros éramos todos pobres ignorantes extranjeros que no entienden el holandés y si no haber puesto el mensaje en inglés.

Subimos y pusimos el flotador en el tobogán. Elegimos uno que se llamaba “noche” porque supusimos que sería bastante oscuro y le daría más emoción a la cosa. El que se encontraba a su lado se llamaba “día” y efectivamente parecía tener más luz.

Nuestro primer problema fue logístico. ¿Como subirnos todos en esa cosa?, porque no es que seamos pequeños infantes sino que somos entidades completamente desarrolladas (bueno, quizás mi cerebro aún no lo esté ;-)) y allí no cabíamos. El turco, que es más listo que el hambre, se aplicó la parte delantera. Decir que el flotador tiene forma de ocho, “8” con sus dos agujeritos y todo. Mi amigo se montó en el agujero pequeño y lo pusimos por delante, la inglesa se apropió del trasero (otro trasero más que añadir al suyo propio) y para mí no quedaba más que el medio, la unión de ambos círculos. Ese flotador era digno de verse. Parecía a punto de reventar aunque no por mi culpa, que yo estaba en el entorno de los 69 ese día y en ese entorno sigo, para que conste por escrito.

Me encajo como puedo entre el chichi, las trillizas británicas y la espalda turca, sin espacio casi para respirar. Cuando ya estamos colocados descubrimos que aquello no avanza. Estamos totalmente anclados al tobogán por el peso así que nos tenemos que levantar y acercarlo al borde del tobogán y proceder a colocarnos de nuevo. Tras ello y ejerciendo una enorme presión sobre los laterales del tobogán conseguimos arrancar y empezar a movernos. Tras avanzar unos metros aquello se dispara y de repente, quedamos totalmente a oscuras moviéndonos a una velocidad de vértigo y por el contrapeso que llevábamos atrás se nos levanta el flotador y comienza a hacer el caballito. Yo me notaba en el aire, cuasi estampado contra la parte superior del tobogán y veía que el musulmán trataba desesperadamente de bajar el flotador. Girábamos continuamente a oscuras, aumentando y aumentando nuestra velocidad, arrastrando todo el aire a nuestro paso. Me agarré al turco como pude porque a estas alturas aquello era como un toro loco girando arriba y abajo y escuchando las risas de la británica por detrás de nosotros y sus ¡oh dear!

Saltaban chispas entre el flotador y las paredes del tobogán debido a la fricción producida por nuestra velocidad. Seguíamos en caída libre sin posibilidad alguna de controlar aquel artilugio. Tras lo que me parecieron años se comenzó a vislumbrar algo de luz al final del túnel. Alcanzamos la luz en un pis-pas y salimos despedidos a la piscina, la cruzamos completamente y nos estampamos contra la pared del fondo de la misma arrastrando a una niña que allí se encontraba. Nosotros caímos al agua y comenzamos a reírnos compulsivamente sin poder parar, mientras el encargado de ese tobogán nos echaba un rollo en holandés, posiblemente sobre el número de personas autorizadas a subirse por flotador, pero lo ignoramos olímpicamente y continuamos con nuestro cachondeo.

Tras esta caída, la inglesa juró y perjuró que no se subía más con nosotros a nada y se marchó a una piscina ubicada en el exterior a relajarse mientras nosotros continuamos disfrutando de las atracciones el resto de la tarde.

Cuando nos cansamos, terminamos con ella en la piscina exterior, al solito, tumbados en el césped y criticando a todo el mundo.

Y aquí concluye la trilogía de Moby Dick.

Moby Dick II

Esto de escribir por capítulos lo llevo haciendo toda mi vida. El otro día pudisteis leer Moby Dick. Hoy continuamos con el relato de lo que sucedió en ese lugar. El departamento de Grandes Historias de esta bitácora tiene el placer de ofreceros un sucedido que apareció por primera vez un cuatro de noviembre del 2002.

Tras la extraordinaria experiencia en la montaña rusa / Tobogán y con medio parque inundado, continuamos nuestra gira por las atracciones del recinto. Tras deambular un rato, nos embarcamos en otra experiencia terrorífica .

Una atracción basada en el deporte del Bobsleigh. Para aquellos que no estén familiarizados con el término, es ese deporte que se practica en invierno y en el que unos desgraciados se tiran por unos toboganes con unos minúsculos vehículos y gana el que hace el recorrido en el menor tiempo. En este parque, en lugar de los de nieve se hacía con unos vehículos similares pero con ruedas. Para instalar el circuito aprovecharon que dentro del recinto se encuentra el PUNTO NATURAL MÁS ALTO DE HOLANDA DEL NORTE que tiene unos “20” metros de altura (y por Jesús bendito, no bromeo es así de increíble). Así que de lo que se trata es de un gran tobogán en el que te tiras con un minúsculo vehículo. Para alcanzar la cima los pequeños trineos son arrastrados por un sistema durante unos 200 metros, más o menos.

Según llegamos allí, la británica dijo que NO, que nones. Yo y el turco animándola: “venga tía”, que esto es seguro, que es divertido, que no pasa na’ de na’ y demás. Finalmente tras mucho insistir accedió a lanzarse, pero puso como condición que antes tenía que enviar un SMS a su novio, supongo que con la última voluntad. No voy a hablar del novio de esa porque hoy tenemos cerrada la sección de cotilleo rosa, pero os aseguro que el hombre debe tener el esqueleto más poderoso de este lado del hemisferio y el día que se casen, yo quiero verlo levantarla en brazos y meterla en la casa.

Ya más tranquilos y súper contentos nos ponemos en la cola. El turco primero, yo segundo y el cachalote tercero. Nos llega el turno y el rubio de mierda que controlaba a la gente lanza al turco, que sale disparado hacia el sistema de arrastre a la cima. Me subo Yo y me lanza a mí y miro hacia atrás y aquel culo enorme sobresalía por todos lados en el vehículo. Es que el trineíllo parecía una braguita minúscula tratando de cubrir semejante trasero. Ni que decir que las ruedecillas se enterraron en el plástico del tobogán dos centímetros. El colega empieza a empujar pero como que no se mueve. Dos compañeros más vienen a ayudar y entre todos la logran desplazar los 15 metros que la separaban de las poleas de arrastre.

En eso que nosotros ya íbamos hacia arriba.

De repente se oye un rumor sordo que va creciendo, un lamento terrible. El ruido venía de arriba, de las máquinas. Como me imaginé lo que sucedía, miré hacia atrás y veo aquella pobre, quieta abajo, con el cable tenso tenso tratando de arrastrarla hacia arriba. Nuestro ascenso se vio bruscamente detenido, cuando el sistema, sometido a una presión monstruosa, trataba de arrastrar aquel peso muerto. Las cadenas continuaban tensándose y arriba podíamos oír como las poleas luchaban y luchaban por sobreponerse a la sobrecarga.

Comenzamos de nuevo a movernos, lentamente, lentamente, a un tercio de la velocidad normal. Ahí, en ese momento, fue cuando tuve la terrorífica visión de lo que se nos avecinaba. Miro para el turco, cuyos ojos sólo reflejaban el cachondeo de la situación y le digo: pase lo que pase, tú no frenes y tira pa’bajo, joputa.

El turco, con su mente analítica propia de alguien que no ha estudiado letras, analiza los datos fríamente y descubre el punto en el que la ecuación se torcía en nuestra contra. Se agarra al vagón y comienza a rezar como un poseso al Mahoma ese de los cojones. Sí señores, sí, cuando aquella empiece a bajar, nos arrastrará por delante, porque si el sistema casi no puede con ella para subirla, la bajada va a ser de infarto.

Veo como el turco llega arriba, donde el tufillo a quemado de las máquinas era evidente y se lanza en caída libre. Diez segundos más tarde llego Yo y sin pensármelo me lanzo también en caída libre. Teníamos un poco de tiempo antes de que se nos viniera aquello encima.

Cuando estamos en mitad de la bajada, que no era lineal, sino haciendo eses, oímos un ruido terrible procedente de la parte superior. Por una parte, la liberación del motor lanzó disparados hacia arriba a todos los que venían tras ella, con gente cayéndose de sus vehículos, gritando y tratando de volver a colocarse en los mismos. Por otro lado, el ruido contenía los armónicos que producía el tobogán cuando aquella cosa comenzaba a bajar, arrasándolo todo a su paso.

Yo, sensible y culto como soy, comencé a gritar desesperado, tratando de adoptar una posición más aerodinámica que me salvara el pellejo. De esta guisa, alcancé al turco de mierda, con el que colisioné por detrás. El me miraba y Yo con lágrimas en los ojos le gritaba: corre hijoputa, corre que viene a por nosotros.

Aquello continuaba aproximándose y a nosotros nos quedaba por lo menos un tercio del recorrido. Seguíamos bajando con los dos trineos pegados gritando ambos y los ojos fuera de las órbitas. Alcanzamos a otro vehículo, al que embestimos por detrás y continuamos nuestra frenética bajada haciendo un trenecillo. Al que golpeamos le molestó algo, pero al mirar hacia atrás y ver como vibraba la estructura y escuchar ese ruido esperpéntico que nos estaba alcanzando se unió a nuestros alaridos y decidió que era mejor no discutir.

La cosa iba a estar apretada. Por milésimas podríamos salvar el pellejo. Le di las últimas instrucciones al musulmán: salta desde que esto empiece a detenerse. Entre tanto árbol y matojo no podíamos ver el final, pero si mirábamos hacia atrás, veíamos como la montaña se deshacía tras nosotros. Me dejé las uñas agarrándome al trineo.

El ruido ya estaba encima de nosotros y ya podíamos oír los gritos de la amiga cuando vimos la salida. Mierda, justo antes había algo que iba a frenar los vehículos. El primero de los trineos llegó a ese sitio y comenzó el frenado. El desgraciado que iba dentro, que aún estaba un pelín mosqueado con nosotros por haberlo embestido se queda sentado en el mismo. Yo y el turco no nos lo pensamos. Saltamos al lateral y rodamos para alejarnos lo más posible.

En eso la vimos venir. De la velocidad tan grande que llevaba las cejas se le habían revirado y los párpados estaban del revés. El pobre que se mosqueó con nosotros pudo darse cuenta un instante antes de que le embistiera de la razón de nuestra cobarde huída. Con el choque salió despedido varios metros. Todos los vehículos se salieron del tobogán y volaban por doquier. La gente en la cola se dispersó entre gritos. Nuestra amiga, tras el impacto, quedó en el suelo ajena al estropicio y nos vio a su lado mirando asombrados lo que pasaba frente a nosotros.

Se levanta, se sacude el polvillo que la cubría, pone la mejor de sus sonrisas y nos dice: ¿vamos a comer algo? Asentimos y salimos de tapadillo de allí.

Estoy convencido que esa atracción debe seguir cerrada porque lo que le hicimos no tiene nombre.

Cuando esta mujer dice comer yo miro pa’ ese cuerpo y pienso que vamos de matanza porque alimentar todo eso requiere mucha comida. Así que nos lanzamos hacia el restaurante (eufemismo para llamar a los antros de hamburguesas que pueblan estos parques) que estaba más cercano.

Moby Dick

La historia de hoy creo que no había aparecido en la primera versión de esta bitácora, esa que podéis visitar aquí. Forma parte del legado de Distorsiones que solo fue conocido por aquellos que estaban subscritos a mi lista de distribución. En ella aparece nuestro amigo el turco y la inglesa, una chica que en aquella época nos regaló momentos legendarios. El departamento de Grandes Historias de esta bitácora tiene el placer de ofreceros un sucedido que apareció por primera vez un veintidós de octubre del 2002.

Transcurría tranquilamente el mes de Agosto y cada fin de semana organizábamos alguna actividad al aire libre para aprovechar el buen tiempo que hacía por estas tierras. Muchas de esas historias ya las conocéis. En esta ocasión yo quería ir al Norte pero mi amigo el Turco unió fuerzas con mi amiga la Británica y decidieron que era hora de hacer algún tipo de visita más comercial, así que tras una exhaustiva búsqueda en Internet eligieron el que se supone es el mayor parque acuático de Europa, Duinrell.

Me levanto esa mañana con la excitación de un chaval y salimos para el sur del país en donde se encuentra ubicado ese parque. Cualquiera que lee esto y no ha visitado Holanda se cree que hicimos miles de kilómetros, pero lo cierto es que en una hora estábamos al sur del País habiendo partido desde el centro. Pillamos el segundo mejor día del año con temperaturas de unos 35 grados y un sol que rajaba las bragas, así que todo parecía perfecto.

Llegamos al parque y nada más entrar aquello me dio un mal rollo de cojones. El parque era cutre-salchichero. Unas mierdas de atracciones y la promesa de 2 kilómetros de toboganes acuáticos en una especie de recinto cubierto. Comenzamos nuestro paseíllo para ver todas las atracciones y entre lo único decente encontramos una montaña rusa de agua. Nos vamos a la cola y vemos que se divide en dos: los que se quieren mojar y los que quieren bajar “secos”.

Por descontado nos ponemos en la cola de los que se quieren mojar. Cuando nos llega el turno y llega el vehículo simulando un “tronco” que nos iba a lanzar a la aventura nos subimos gozosamente. En ese momento el turco de mierda y Yo nos miramos y nos damos cuenta al unísono del problema. La Hostia Divina, nos vamos a tirar en esta coña con la británica. Nos apresuramos a quitarnos las camisas y guardarlas para protegerlas y ponemos todo lo de valor en nuestras mochilas. La gente nos miraba asombrada pero nosotros sonreíamos sabiendo lo que se nos venía encima. Algunas holandesas se frotaban de puro gusto ciertas partes con la visión de esos dos pechillos peludillos. Esta gente será muy rubia y muy guapa, pero al final lo latino les pone un montón.

Dan la señal de salida y las máquinas comienzan a tirar del carro (en el que íbamos unos quince) aunque sin mucho éxito. Los motores rechinaban mientras aumentaban la potencia, arrastrando centímetro a centímetro nuestro vagón en una agónica subida. En esos terribles momentos pudimos ver como algunos se daban cuenta del terrible error que habían cometido y nuestra sonrisa se agrandó en nuestras caras. El carro seguía su lento subir con la gente revolviéndose en sus asientos. La causa de semejante trastorno estaba clara. Nuestra amiga la británica. Con sus al menos tres toneladas de peso aquello prometía convertirse en una debacle, en lo más parecido al día del Juicio final que veríamos en nuestras vidas.

Justo por debajo de esta montaña rusa pasaba otra más pequeña. La gente que en ese momento cruzaba pudieron comprobar horrorizados que la estructura se bamboleaba sobre ellos y comenzaron a gritar histéricos, sabedores de que su suerte estaba echada y no podían salirse de la montaña rusa. Nosotros continuábamos nuestra ascensión, indiferentes a los estremecimientos de las vigas. Una vez se estabiliza el vagón en la parte superior de la montaña rusa y con toda la estructura crujiendo por semejante esfuerzo comenzamos la bajada.

Quien se haya montado alguna vez en estas atracciones sabrá que al principio parece que no lo vas a conseguir y que el cacharro se va a quedar parado. Todos están con los brazos levantados pese a los carteles que lo prohíben y te imaginas las caras de decepción si el trasto se detiene. Finalmente aquello comienza a moverse, primero tímidamente y luego más rápido y va cogiendo algo de aceleración y más y más y más. La gente que iba en la primera fila comenzó a sentir como el viento les cortaba la cara y todas las gargantas al unísono entonan un desgarrador lamento: Aaaarrrrggggghhh.

Seguíamos cogiendo velocidad, bajando por esa maldita rampa que se balanceaba hacia los lados ante semejante presión, derramando agua por los laterales. En los alrededores de la montaña rusa el tiempo quedó en suspenso. La gente se quedó absolutamente atónita mirando incrédula lo que sucedía. Aquel bólido descendía a una velocidad terrorífica con un grupo de gente que gritaba desesperadamente. Los gritos ya no eran de excitación sino de puro y simple miedo.

Justo al final de la bajada de la montaña rusa hay un mirador aéreo desde el que se puede contemplar la llegada de los carros protegido por un cristal para evitar que el agua salpique a la gente que mira. Los que allí se encontraban trataron infructuosamente de escapar corriendo a resguardarse en algún lugar seguro. La vendedora de perritos calientes salió despavorida hacia el bosque cercano y trató de sujetarse a un árbol para salvarse. Una madre puso su cuerpo sobre el coche de su bebé en un vano intento para tratar de protegerlo de la inminente debacle.

Tras unos segundos en los que muchos vieron pasar sus vidas ante sus ojos y los nuestros, nuestro carro, a una velocidad endiablada y con los patines lanzando chispas al contacto con el tobogán alcanzó el final del camino.

El tsunami que se levantó continuó creciendo y creciendo, tragándose toda el agua de la piscina en la que debíamos aterrizar y subiendo más y más alto. La gente del mirador vio horrorizada como una inmensa ola los alcanzaba, los que estaban a los lados comprendieron claramente unos instantes antes de que sucediera, que no saldrían de allí secos, que la madre de todas las olas los iba a alcanzar. Esa agua de color marrón, turbia, infectada, movida una y mil veces a través de esos toboganes finalmente alcanzaba su liberación, se emancipaba y escapaba a su sino.

Por supuesto que entró agua dentro del vagón. Cientos y cientos de litros. Acabamos totalmente bañados, pero gracias a nuestra previsión, todas nuestras cosas estaban a salvo en nuestras mochilas. Los frenos de la montaña rusa trabajaron a destajo tratando de detenernos. Tras nosotros quedó el vacío, la falta de agua, la piscina totalmente desecada. Frente a nosotros, cientos de personas gritando, secándose, protestando y todos tratando de comprender qué había pasado y por qué les había tocado a ellos. Los empleados miraban los paneles intentando descubrir lo que había fallado, lo que había torcido esta atracción de feria y la había convertido en una pesadilla. Junto a nosotros estaba la británica gritando: Oh Dear! Oh Dear!, inconsciente del daño que había hecho, feliz en su ignorancia y sin siquiera comprender que por primera vez en los últimos diez años, en Holanda, el agua había escapado al control de los Holandeses.

Temporada de caza

Ha llegado la hora de rescatar otra de esas grandes historias que forman parte del patrimonio de esta bitácora. Para muchos de vosotros, leer sobre el turco es algo habitual y posiblemente nunca os habéis parado a pensar en donde comenzó su leyenda. Hoy, aquí y ahora tendréis oportunidad de descubrirlo. Esta historia fue publicada por primera vez el veintiseis de Noviembre del 2003. Esta es la primera parte de una serie de cuatro capítulos de los que únicamente escribí el primero y el último. Creo que me pondré y los acabaré en estos días.

Existe un lugar secreto en Hilversum al que acudo con mi amigo turco. Es un antro sucio y oscuro en el que bebemos las cervezas mas baratas. Por supuesto no le decimos a la gente donde se encuentra porque su ubicación es un secreto que juramos proteger con nuestra vida. Tampoco os contaré su nombre. A pesar de tanto misterio, el lugar es muy popular, sobre todo entre la fauna femenina.

Esa es otra buena razón para esconderlo de los pervertidos ojos de la competencia. Un macho cabrio que se precie no facilita la labor a los adversarios y quien tenga dudas que se siente una tarde a ver los documentales de la National Geographic y verá como llega a esa conclusión. La naturaleza es dura e injusta y los cotos de caza han de ser protegidos para evitar la competencia. Así que mi amigo turco de mierda y yo acudimos allí los fines de semana, a cazar. El turco esta desesperado por encontrar novia. Tiene como una fiebre que le come por dentro y que lo altera de tal manera que él se ve incompleto a sí mismo. Necesita una hembra a su lado, una unidad femenina que le permita satisfacer sus necesidades primarias. Desde que rompió con su novia vive sin vivir en sí y eso que la turca vivía en Niza y más que un noviazgo convencional era una rara sucesión espacio-temporal de polvos. Ahora que el vínculo se ha desvanecido, su corazón se ha llenado con la necesidad de tener compañera. Así que acudimos a este santuario de la feminidad para rogar al Dios competente que colme su ansia y le provea con una media naranja.

Es llegar al lugar y el hombre se hincha como un pavo. Saca pecho, enseña dentadura blanqueada y a rondar a las bebas. Por desgracia hay algo que no hace bien porque su estrategia solo le ha deparado fracasos hasta este momento.

Él fija el objetivo en una primera fase. Busca una chocha y la centra en su punto de mira. Su estrategia es la correcta. Se fija en el aspecto físico ya que la meta es follar y para eso no hace falta descubrir la belleza interior ni cualquier otra de las mierdas con las que los mediocres que salen con un callo malayo se autojustifican. Miramos el envoltorio, juzgamos, puntuamos y buscamos una ganadora. Esto es como Eurovisión pero con carne. Se analiza la cantidad de celulitis, la tersura del cutis, la presencia de caspa, el equipamiento frontal (ya sabéis, que haya al menos algo que agarrar). Se controlan las caderas, el que no marquen paquete (por aqui hay mucha chica con “SORPRESA“) y que la susodicha no esté rodeada por competidores masculinos. Una vez hecha la criba se pasa a la siguiente fase. Es el círculo de la vida de los depredadores.

Tras la selección previa viene el abordaje. El turco es muy básico, muy directo. Él se acerca a la unidad femenina y le empeta un: “¿Follamos o qué?” Esto no le ha funcionado nunca, así que desarrolló otras estrategias: “¿Quieres tomar una copa conmigo?” [Respuesta: No, piérdete], “No hablo holandés pero estás más buena que el queso de Gouda” [mirada despectiva y espaldazo al canto], “Toa toa toa te comería toa” [Respuesta con mirada lastimosa: "No soy un bocadillo, ¿sabes?"]. Ha intentado comprar cigarrillos para invitar a una fumadora, regalar copas, ofrecer su silla y en todos los casos ha cosechado fracasos estrepitosos.

El comité de evaluación creado para analizar las causas de semejante tragedia ha concluido que en lugar de enfilar directamente el objetivo, el turco se debe dirigir a ESO que acompaña a la papaya y que es su amiga. Este sutil cambio en el protocolo de comunicación puede marcar la diferencia y encauzar al individuo en una estrategia exitosa. Los estudios demuestran que la belleza deseada responderá de una manera más amigable cuando ve que el individuo posee cualidades como la caridad y la misericordia humana, que salen a la luz cuando el tiene la deferencia de hablar con los fetos de los que la ninfa se ha rodeado. Estas conclusiones han sido transmitidas a nuestro amigo caucásico pero él sigue sin comprender por qué para follar con el individuo “A” tiene que hablar primero y perder un tiempo precioso con los individuos “B“, “C” y “D” los cuales no son relevantes y no despiertan su interés. Su ansiedad lo pierde. Si pensara con la cabeza en lugar de con el glande vería las cosas más claras.

Hemos realizado algunas pruebas, pero el amigo no parece haber captado el mensaje. La idea es sencilla: aproximación, abordaje a través de la fauna que acompaña el objeto de su deseo, conversación casual, conquista del terreno deseado. El turco comienza bien, identificando el objetivo, se acerca no directamente sino derivando casualmente hacia ellas, encara a la más fea y le dice: “Mira que eres fea hijaputa, sobre todo cuando te comparamos con éste pedazo de hembra que está contigo que me la está poniendo como un mástil“. Huelga decir que no cosechó una espalda, sino cuatro y un bofetón. En otras situaciones sus aproximaciones y entradas fueron demasiado violentas y truncaron el objetivo deseado.

Lo malo de todo esto es que una vez ha entrado en la lista negra de cualquiera de las chicas, la perdemos para siempre porque parecen estar dotadas de memoria de elefante. La fauna del local se va reduciendo y cada vez resulta más difícil. Acabará teniendo que buscar nuevos territorios en los que cazar, ya que su estrategia hasta este momento ha estado abocada al fracaso.

Os preguntaréis si existe algún defecto físico que lo marque de tal forma que haga fracasar su estrategia. La respuesta es negativa. Os diré más, ante la pregunta “Señala al turco entre estos dos individuos” el 96% de las encuestadas apuntaron hacia , español de pura cepa.

Una descripción superficial del sujeto del que estamos hablando quedaría como: “Individuo alto, rubio con ojos claros, de estructura facial caucásica, dentadura en buenas condiciones y dientes de buen color, pelo corto peinado con la raya a un lado, de complexión deportista-venido-a-menos, ni delgado ni gordo y andar desgarbado. Viste ropa de marca casualmente descuidada compuesta de pantalón vaquero de 200 euros, modelo muy exclusivo y comprado en una tienda que garantiza que todos y cada uno de sus empleados son unos pedazo de maricones. El vaquero es usado por supuestísimo sin cinto y dejando ver los calzoncillos de marca. Lleva camisa ligeramente arrugada, proceso que toma unas horas porque hay que plancharla previamente para poder estrujarla y darle el toque adecuado más tarde. La camisa es de una exclusiva tienda francesa que no realiza más de cinco unidades de cada modelo“.

Con el chaval vestido de esta guisa, con dinero en el bolsillo, un trabajo interesante bien remunerado, casa y coche propio no hay justificación posible para su soledad. Reunido el comité de expertos, hemos concluido que su cultura (o incultura) musulmana es el principal obstáculo para enganchar una chorba europea.

Como comprenderéis no nos vamos a rendir por un quítame allá un moro de mierda y ya hemos diseñado un nuevo plan de acción, aunque me temo que tendréis que esperar a una futura comunicación para averiguar el desenlace.

Tras años de dejadez absoluta, esta historia ha vuelto a continuar su andadura. Podéis continuar leyendo la segunda parte, llamada Temporada de caza: el elegido

9. Las verdades de los amigos der Dani

A pesar de haberla aparcado unas semanas, la vida y obra der Dani en el día de su cumpleaños no está acabada ni mucho menos. Ya habréis leído en los comentarios que mis visitas a Málaga han terminado, que mi vida corre peligro en aquellas tierras y puesto que no tengo nada que perder, continuaré desgranando la verdadera historia de lo que sucedió aquella noche. Este es un momento tan bueno como otro cualquiera para recordar y leer de un tirón esta serie que comenzó con 1. Todos queremos ser como er Dani, continúa con 2. Conozcamos ar Dani, y se desarrolla plenamente en 3. Lugareños der Dani, 4. Conocidos der Dani y 5. La Carmen, hermana der Dani. No hemos acabado ni mucho menos, la cosa sigue en 6. Er Dani y la metrosexualidad y a partir de aquí dejamos el local en el que estábamos y emigramos en 7. Camino del restaurante con er Dani. El último capítulo fue .
8. La Gayola y los amigos der Dani en donde finalmente entrábamos al restaurante y se producía el esperado encuentro de la Gayola con los amigos del festejado protagonista.

Llegar hasta aquí no ha sido fácil. Durante todas estas semanas hemos ido desgranando los eventos que sucedieron una noche de marzo. Han sido instantáneas de algunos de los momentos cumbre de esa noche. Aún no hemos terminado. La historia continúa y la retomamos en el punto en el que nos habíamos quedado, en el restaurante.

La cena debería haber pasado sin pena ni gloria. Si todos hubieran mantenido sus bocas cerradas o al menos ocupadas en el comer no tendríamos nada que contar. Pero no fue así. Estábamos comiendo, todos los hombres cordero y la Gayola devoraba su ensalada “vegetal”. Comía con el mismo envite que un chancho aplica a la tarea. Levantaba el dedo meñique de la mano con la que sujetaba el tenedor. Era su interpretación particular de la clase y el estilo.

Uno de los individuos hizo alguna broma grosera sobre ella, broma que no consigo recordar. Ponía en duda la capacidad de esa hembra para dar cuenta de todos los hombres que la acompañaban, más si tenemos en cuenta que según er Dani, allí follábamos tooós. La Gayola alzó una ceja, dejó los cubiertos sobre la mesa, miró hacia el individuo y le empetó: No hay suficientes machos aquí para acabar conmigo. Una risa colectiva recorrió el grupo. Comenzaron a hacer comentarios soeces y a rebatir la aserción de dicha hembra. Ella se levantó y cruzó la mesa de lado a lado, mirándolos a todos cuidadosamente. Cuando volvió a su sitio les pidió que se presentaran.

El primero dijo su nombre y ella lo calificó sobre la marcha: el Pajero, porque lo único que haces es cascártela. El tío perdió el color y todo el mundo comenzó a reírse de él. Por las reacciones de todos ellos debía ser cierto. Fue a por el segundo, que tras nombrarse recibió su calificación: el impotente, porque estás especializado en gatillazos. Tras las risas y los aplausos que siguieron dicha aserción llegaron los primeros temores. ¿Cuánto sabía la Gayola sobre ellos? ¿Cuanto le había contado er Dani? Las dudas sobre la lealtad del amigo se hicieron patentes. Las risas se apagaron. Ahora había algo de temor en el aire, un regusto amargo.

Cuando llegó el turno del que la había ofendido y dijo su nombre, una sonrisa cruzó la cara de la Gayola. Todos nos quedamos en silencio, expectantes. Ella se regodeó en ese momento de gloria y cuando habló, sus palabras fueron como lozas que cerraban una tumba. Tú eres el que se metió en un baño con una maricona para que te la chupara y todo porque querías que la maricona te pagara unas copas. Si hubo un instante en la historia en el que se debía haber parado el mundo fue este. El silencio era tan duro que se podía ver. Incluso los camareros quedaron temporalmente congelados, expectantes. Una mosca cruzaba la sala y sus alas creaban todo el ruido que había allí dentro.

Dicen que tras recibir un golpe uno trata de levantarse. Después de ese derechazo nos quedamos todos mirándonos, sin saber que hacer o que decir o como reaccionar. El dedo de la Gayola señalaba al pobre totorota al que había acusado. El calado de sus palabras continuaba reventando barreras en nuestro cerebro, destrozando todo aquello en lo que habíamos creído. Tras una o varias eternidades volvimos a respirar, las luces recuperaron su brillo y er Dani trató de romper el hielo con un comentario insustancial y vulgar. Otro de los que allí estaban miró al acusado y le preguntó directamente: ¿De verdad te la chupó una maricona?. En su cara se reflejaba incredulidad. Bueno, no fue exactamente asín. La Gayola volvió al ataque. ¿Cómo que no? ¿Cómo que no? Te fuiste con la maricona al baño para que te la chupara a cambio de pagarte unas copas y encima era una maricona vieja, en la disco esa que está a las afueras de Benalmádena, la Pollola, amos.

Estos nuevos detalles fueron como clavos sobre el ataúd de aquel pobre. ¿Te la chupó la Pollola? Pero como has podido tío, como has caído tan bajo. Aquel hombre se encogió hasta la mínima expresión. Trató de excusarse pero no cabía ninguna duda. Nadie le dijo más nada, pero se suspendieron las presentaciones. Aquel era un juego muy peligroso y ahora sabíamos que la Gayola venía con armas de destrucción masiva.

Hubo intentos de romper la tensión pero ninguno podía evitar el mirar hacia aquella alma en pena y pensar que un día no muy lejano estaba en el baño de una disco, con los pantalones bajados siendo succionado por unos labios colagenados y carnosos de otro tío ya viejo y vestido de lo que él pensaba debe ser una con estilo. La conversación tomó otros derroteros y nuestra heroína continuó con su sorna devorando su ensalada vegetal. Tras los postres llegó la ceremonia de entrega de regalos de cumpleaños, pero esa es otra historia.

En el próximo capítulo continuaremos ahondando en la degradación humana con el reparto de regalos en el episodio llamado Regalos para er Dani.

Tomatito

Tomatito fue un episodio extraño. A mí nunca me han gustado las verduras y supongo que el comer durante una semana ensalada todos los días me afectó enormemente. Esta historia formó parte de los 31 posts que hice durante el mes de Agosto del 2003 y fue publicada el 16 de dicho mes.

Hola, soy tomatito. El dueño de ésta página me ha dejado que os escriba contándoos mi historia.

Nací en Holanda del Norte en un invernadero. No recuerdo mucho de aquellos tiempos, sólo la luz. Una luz fuerte y constante que me ayudaba a crecer y hacerme más fuerte las veinticuatro horas del día. Tampoco recuerdo a mi papá pero mi mamá era una planta maravillosa que criaba muchos muchos hijos. Ella nos alimentaba y nos cuidaba. Mamá tenía muchas vecinas y todas eran madres de muchos tomates como yo. Nuestra casa, el invernadero, era un lugar muy limpio en el que no habían insectos ni tierra. Ya sé que suena raro porque mamá debería crecer en la tierra, pero esta gente ha mejorado nuestra vida y ahora mamá crece sujeta a una goma espuma del tamaño de un vaso que le permite alimentarse mejor y si ella come más nosotros también podemos crecer más y más rápidamente. A mamá le daban también vitaminas y medicinas para que seamos más fuertes y sanos. Mamá está muy orgullosa de ser una tomatera modificada genéticamente productora de buenos y saludables “tomates” y no como esos bastardos que puedes encontrar en el supermercado con la etiqueta de “biológicos” y que han crecido con tierra, insectos y sin ayuda tecnológica.

Mamá se iba desplazando dentro del invernadero en lo que aquí llaman una cadena de distribución. Cuando mamá era una semillita se encontraba al lado de la entrada y según fue creciendo y pudo producir hijos fue avanzando. Era como un tren que se mueve lentamente. En cada zona recibíamos un cuidado especial porque el objetivo era mejorarnos para que lleguemos al mercado en las mejores condiciones. Mi mamá me dijo que alcanzaría la mayoría de edad cuando llegáramos a la salida y allí habría una máquina que me empaquetaría con algunos de mis hermanos y comenzaría un corto viaje hasta un supermercado. Ese día llegó y salí con cinco de mis hermanos a conocer mundo. Estábamos todos muy excitados porque era la primera vez. Me dio mucha pena tener que dejar a mamá pero ella me dijo que así es la vida y que todos tenemos que cumplir nuestro objetivo en ella.

Cuando nos fuimos de casa todos teníamos el tamaño óptimo y un precioso color rojo. Nuestra textura era perfecta, bien duritos. Éramos cinco hermanos perfectos en todo, unos tomates de película, el orgullo de nuestra familia. Tras un viaje por carretera en un gran camión con miles de compañeros llegamos a un supermercado y nos pusieron en los expositores pero no os preocupéis, estábamos lejos de esos bastardos orgánicos. Pasaban muchísimos humanos por allí y poco a poco fueron desapareciendo mis compañeros. A mí me adquirió un español, el mismo que escribe en esta página. Quería hacer gazpacho y como no hay otro tipo de tomates se tuvo que conformar con nosotros. Eso me dolió un poco porque yo creía que era perfecto, pero mi nuevo dueño me explicó que a veces las imperfecciones son lo que dan la chispa a la vida. Yo aún no lo he comprendido del todo pero la inteligencia nunca ha sido mi fuerte.

Nuestro nuevo dueño tenía grandes planes para nosotros. Nos tuvo toda una semana en su casa esperando que nos ablandáramos, pero nosotros somos muy fuertes y ya nos puedes dejar un mes entero que no nos ablandaremos que para eso tomamos muchos productos químicos cuando somos pequeños. Así que ganamos nosotros y cuando se cansó de esperar nos dijo que nos usaría.

Estoy muy excitado porque es la primera vez que alguien me va a usar para cocinar y no sé como será eso. Mis hermanos también están muy contentos y lo mejor de todo es que esto del gazpacho es algo muy exótico por aquí por el norte, así que podemos considerarnos unos privilegiados porque no todo el mundo tiene el privilegio de ser un tomate de gazpacho. Seguro que mis compañeros en el invernadero se morirían de la envidia si lo supieran. Ellos deben estar trabajando de tomates de ensalada, pobres infelices.

Bueno nos ha llegado la hora de trabajar. Ya os contaré que tal ha sido la experiencia.

Mobieltje Telefoon Uit

Y seguimos recuperando cosillas. En este caso se trata de lo que me sucedió cuando perdí el móvil en la ciudad. Inicialmente esta historia apareció en Distorsiones en el año 2003.

La frase anterior es la que indica en el cine o en el avión que hay que apagar los teléfonos móviles. Está escrita en holandés y espero que viéndola sepáis apreciar como es que no he conseguido aprender la jodida lengua tras tres años en éste país. Resumiendo, significa FUERA MÓVILES. Y así es como me he quedado Yo durante unos días. Sin móvil. No sabéis la alegría que siente uno cuando se sabe no controlable. Esto viene a cuento de que hace poco, por circunstancias que no os voy a relatar, en un lugar que no viene a cuento, perdí mi móvil.

¡OH! Los españoles sabéis lo que eso significa en España. A comprarse uno nuevo. No hay posibilidad de que quien lo encuentre y lo devuelva. Sin embargo, para ciertas cosas éste es primer mundo. Hace cerca de un año Yo me encontré uno en la calle y lo devolví (era un Motorola horroroso) y ahora me llegó mi turno. Así que antes de que me diera cuenta de que lo hubiera perdido, me manda un correo mi amigo Indonesio informándome del evento y dándome el teléfono de la persona que lo tenía. Llamo y lo coge la voz más dulce y femenina que he podido escuchar y comenzamos a flirtear y a hablar. Era la voz con la que todos soñamos cuando vemos los anuncios de los números 906 en la tele. Sensual, con un descafeinado acento inglés, arrastrando las sílabas como si las disfrutara, en fin, que os voy a contar que no os podáis imaginar. Tras un ratillo, me pregunta donde vivo y cuando le digo que en Hilversum, me dice que es una casualidad, pero que trabaja en el villorrio y que si no tengo prisa, lo puedo recoger el lunes tras el trabajo.

Yo supercontento le pregunto donde es su curro y me dice que es POLICÍA EN HILVERSUM. ¡Dios! Una mujer policía encontró mi móvil. Quedamos para recogerlo el lunes. Comprenderéis como pasé los días hasta el evento. Lo primero que hice fue bajarme de Internet ese clásico de la música romántica que es el TOA TOA TOA TE NECESITO TOA, de Jesulín de Ubrique y aprenderme la letra de memoria. Con una mujer policía solo vale la artillería pesada. Después pasé las noches fantaseando con las esposas, como me iba a meter en una celda y a castigarme por ser un chico malo, con su uniforme de poli buena, ese pelo rubio que yo me imaginaba cayendo sobre la camisa de policía en la forma de una gran coleta a lo Lara Croft, esos guantes negros de cuero, esas botas policíacas …. ¡Uhmmmmmm! ¡Lekker! Sólo hay una fantasía sexual mejor que la de la mujer policía, que TODOS hemos tenido, reconocerlo cabroncetes.

La única mejor es la de las dos adolescentes japonesas vestidas con traje de internado con grandes chupa-chups en la boca, acosándote sexualmente y pidiendo hacerte guarrerías sexuales. Lo de las japonesas nos puede a todos. Que tendrán esas chiquillas quetodas parecen igual de pervertidas. Debe ser la leche que les dan o ya me diréis. ¿Qué nunca se te había ocurrido? Pues a qué esperas. Corre a comprar un uniforme de instituto a tu novia/esposa/compañera, píntale unas pecas en la cara, que chupe un buen chupa-chups, unos calcetines blancos horrorosos hasta las rodillas, zapatos de monja … y a taladrarla toda.

En fin, retornando al tema principal, llega el lunes y me preparo para el evento. Mis gallumbos de Snoopy con el mensaje claro de @ YOUR SERVICE, la mejor de mis colonias, doble ración de desodorante, mi camiseta de Camilo Sesto, que mola MAZO, cuarto kilo de gomina con peinado agresivamente casual y la mejor de mis sonrisas conseguida a base de blanqueador dental. Así que paso el día viviendo sin vivir en mí en el trabajo, pensando en ese momento en el que la Ley y el Orden se encargarán de mí. Malvivo durante horas hasta que llega el momento, corro, que digo corro, vuelo con mi bicicleta por el centro de la ciudad al encuentro de la mujer policía, esquivo viejas en bicicleta, salto semáforos en rojo, subo por aceras, salto escaleras y finalmente llego alGroest, a la calle principal en donde se encuentra la comisaría de policía y el centro de todas mis perversiones en las últimas 72 horas.

Me paro un momento para tomar resuello, hago una última comprobación de olor de sobacos, boca y ajuste final del peinado. Todo listo, abro la puerta y entro en la comisaría, me acerco a la oficial de guardia, rubia, guapísima, todo morbo mientras por mi cerebro cruzan a alta velocidad las imágenes de ésta y todas las mujeres policías de Hilversum haciendome pupita, llego junto a ella, alza la cabeza, lo puedo ver lentamente mientras sus pestañas se levantan despacio para lanzarme una mirada directa y cuandosu pupila verde contacta con mi pupila marrón, me pregunta que quiero. Yo ahí ya podía fundir hielo con las manos. Le cuento que vengo a ver a su compañera (mantendremos su nombre en secreto para proteger la identidad de terceros) y me mira, sonríe pícaramente lo que eleva mi temperatura por encima de los 60 grados, se levanta, se va a la habitación de al lado mientras yo quedo allí hirviendo,y cuando vuelve … … … cuando vuelve trae un sobre a mi nombre en las manos. Se me cayó el mundo al suelo. Me lo da y dice que el móvil está dentro. Todas mis fantasías pal carajo. Será zorra de mierda la muy asquerosa. Todas estas calenturas para un puto sobre. Salí de allí echando fuego por la boca, me fui al super y me compré una bolsa de hielo para enfriar los huevos más rápidamente.

Hospital Insular

Esta historia la escribí en Marzo del 2003. Estaba en la versión anterior del web Distorsiones. En ella se hace referencia de otra que nunca ha salido publicada en la bitácora y que quizás algún día me decida a subirla. Pertenece a estas grandes historias que vengo arrastrando desde tiempos inmemoriales.

Primera Parte
Prácticamente ha pasado un año desde que narré la historia de E.T…. … aquello ocurrió a finales de Abril. Inmediatamente después de aquella historia, contacté con intelectuales del sistema sanitario español para que me informaran de los efectos devastadores sobre mi salud de los desmayos producidos al viajar borracho encaramado al volante de una bicicleta holandesa. Los contactos preliminares fueron francamente fascinantes. De dos opiniones médicas “solventes” obtuve dos desahucios, daban por finalizado mi camino en éste católico mundo de Dios. Los términos científicos empleados para definir mi estado me produjeron ansiedad y pánico, sólo aliviado por pensar que fui tan afortunado de vivir para ver a Yola Berrocal mejorarse su cuerpo con silicona.

Uno de los diagnósticos fue de crisis sincopaidal de los registros anteriores debida a los bajos flujos pleistocénicos, y el otro, más simple, era estás jodido.
Con este bagaje, viaje a Canarias y moviendo contactos conseguí una cita en el Hospital Insular con uno de los médicos del departamento de Cardiología. Me encamino una mañana al mismo.

Ir a ese hospital es siempre un ejercicio fascinante. No hay aparcamientos, porque llevan milenios en obras, así que hay que buscarse la vida y aparcar en los solares circundantes, pagando peaje al minusválido de turno y al hijoputa pordiosero que te amenaza con rallarte el coche si no le das algo por “vigilarlo”. Así que por ahorrarme un par de euros aparco a quince kilómetros del hospital y me aproximo al mismo andando.

El mero hecho de pasear en esa zona es un acto terrorífico. Siempre he creído que por esa parte de la ciudad se han realizado experimentos nucleares y la gente ha sufrido mutaciones genéticas que se tardarán siglos en evaluar. La nueva especie que ha surgido en los alrededores del hospital es de película gore. De repente te ves una mujer andando por la calle o crees que es una mujer porque lleva un traje pero carece de formas claras, más allá del tipo cilíndrico de sus más de 200 kilos. No camina, se balancea lanzando unos apéndices grotescamente gordos hacia delante, mientras suda y se le acumula el sudor en su bigote y vestido de lycra con colores más propios de una señal de tráfico ajustado a su carne ¿es hombre o mujer?

De repente veo que tras ella viene el Burbujitas, un ente que consigue reunir en sí mismo el mal de San Vito, todo tipo de tembleques y tics, unos ojos bizcos que miran en sentidos divergentes, unos retazos de dentadura con un par de dientes podridos y torcidos que luchan por salir de esa boca negra como la noche y que genera continuamente burbujitas que vuelan al viento. El burbujitas siempre ha sido un clásico del barrio de Triana y definitivamente uno de mis freaks favoritos. Algún día contaré la historia que me sucedió con él una tarde en la playa de Puerto Rico cuando tomaba el sol tranquilamente y este bicho entró en mi vida.

Más adelante me cruzo con una madre quinceañera gritando a su Kevin Costner de Jesús para que deje de saltar a la carretera a esquivar coches, no porque lo puedan atropellar, sino porque se puede ensuciar pisando una de las múltiples cagadas de perro que adornan la zona. El niño, de unos cinco años, luce un corte de perro a lo legionario romano, con la moña teñida de azul, y de sus orejas cuelgan varios pendientes. La madre resplandece con su chándal Nike, su piercing en la boca y su tatuaje que deja entrever en el ombligo. En fin, alguna vez teníamos que tener una generación perdida y para España es esa….

Llego finalmente a la entrada del hospital. Cuanto más te aproximas, más traperos hay por los alrededores y la fauna de vendedores de ciegos, de lotería, de primitivas se incrementa exponencialmente. En la puerta del renovado hospital confluyen todos, con sus gritos tratando de llamar la atención de sus compradores.

Como llego temprano, me apresto a esperar en la puerta a que sea la hora. Entro en modo de observación y detecto algo raro. ¿Qué es eso? ¿Un hombre? ¿Una mujer? ¿Un maricón? Parece mujer pero tiene pelo en el pecho y tetas de silicona. Fuma como un macho y tiene un vozarrón de cojones. Se pasea altanero/a de un lado de la puerta al otro luciendo su vaquero ajustado para mostrar paquete, su camisa de mujer floreada abierta en el pecho para mostrar su esplendorosa mata de pelo entre las tetas y cuando finalmente poso mis ojos en su cara, me horrorizo viendo los destrozos que el maquillaje puede hacer al asentarse en la base de los cañones de la barba. De repente, detiene su marcha, se gira y grita: ¡Estoy aquí Marrrrrrríííííaaaaaaaaa! ¡Ven pa’ca hija’la’gran’puta! ¡Madre, no me hagas calentarme que te doy dos yoyas! Agarra a la anciana por el brazo y la arrastra en dirección a la parada de guagua más cercana, conminándola a comportarse decentemente ¡sic!

Tras el revuelo viene la calma, que se ve interrumpida cuando un enfermero saca a una señora en silla de ruedas. Su hijo se marcha y aparece al poco con un vehículo todoterreno. Le dice que se suba y la pobre mujer, trata desesperadamente de levantarse de la silla, entre temblores de todo su cuerpo. Tras conseguirlo, se queda balanceándose en el aire, tratando de reorientarse para poder encaramarse a dicho vehículo. El hijo le reprocha la lentitud, mientras mantiene una conversación con su teléfono móvil y el enfermero, al que la actitud del interdicho le está tocando los huevos, levanta a la mujer en volandas y la sienta en el coche.

Finalmente decido que he visto demasiado y entro en el hospital. Averiguo en donde se encuentra la sección de cardiología y allí me dirijo.

Segunda parte
Podríamos pensar que mis tribulaciones acabaron al cruzar el arco de entrada del hospital pero nada más lejos de la realidad. En primer lugar, moverse dentro de un hospital no es sencillo. Hay que esquivar a todos esos individuos con enfermedades exóticas que se pasean con un goteo de un lado a otro para esparcir sus virus. También hay que explicar el motivo por el que acudes al hospital a todo hijo de vecino que se sienta en una mesa a la entrada de cada planta y que disfrutan enormemente mandándote de una a otra hasta que finalmente se apiadan de ti y te encaminan al sitio adecuado.

Consigo llegar a cardiología y contacto con el personal para que sepan que ando allí y puedan llamarme. Me dicen que me siente a esperar, que ya me avisarán. Miro las filas de asientos y escojo una vacía, ante la perspectiva de sentarme al lado de un colega en sus últimos días de vida o de una anciana más para allá que para acá. Me planto en mi asiento, miro alrededor … y … ¡Horror! Al otro lado del corredor, justo enfrente de Cardiología tenemos la sección de Enfermedades Víricas y Tropicales.

Se me dispara el pulso y miro con nuevos ojos a los que están sentados esperando. ¿Para qué están allí? ¿Para el cardiólogo, o para el otro? ¿Se escaparán los virus de ese lado del hospital a menudo? ¿Qué mente enfermiza puede haber realizado la distribución de éste hospital? Tantas preguntas sin respuesta…

Me mantengo en alerta máxima oteando los alrededores cuando aparece Ella. Una negra, vestida con su traje típico africano, negra, negra, negra, con ese cuerpo moldeado a base de hartarse a comer, esos michelines y michelones que le permiten bambolearse mientras camina. Viene directa hacia mí y se sienta enfrente de mí. Al instante tengo todas las alarmas sonando en mi cabeza, empiezo a sudar, me tiemblan las manos. Presto atención y veo que su piel está salpicada de unos sarpullidos como granos, pero abiertos y supurando pus o algún otro tipo de líquido. ¿Qué hago? ¿Me cambio de sitio? ¿Estaré contaminado ya? Trato de analizar todos los escenarios y mis probabilidades de sobrevivir a este incidente. Mientras tanto me levanto a interesarme por un póster en el que se describe alguna gilipollez que supuestamente debe alargar tu vida y aprovecho para sentarme en las antípodas de la colega. Ella, agarra una revista vieja y comienza a abanicarse, por si el virus no se ha extendido lo suficiente por el área.

Desgraciadamente al alejarme de ella me tuve que aproximar a la órbita del colega terminal. El hombre, de cara arrugada cual pasa, no deja de estornudar, o más bien de carraspear y escupir en un pañuelo que se guarda siempre en el bolsillo de su camisa. Sus ataques de tos se producen a intervalos regulares y puesto que está frente a mí, puedo respirar esa brisilla que sobreviene a sus estertores terminales. Continúo fascinado observando la muerte en directo de este pobre diablo hasta que se abre la puerta y una enfermera lo llama. Mientras celebro los nuevos territorios obtenidos en la sala de espera,
aparece una de estas simpáticas abuelas portuguesas y se siente en mi mismo banco. ¿qué habré hecho Yo para merecer esto?

En estas andamos cuando se abre la puerta de la zona de enfermedades víricas y tropicales y una enfermera se dirige a la negra. Comienzan ambas a gritar, cada una en su idioma. La enfermera trata de averiguar si la paciente tiene el expediente y la otra la mira con cara de espantada, posiblemente preguntándose que es un expediente. Me pregunto por qué los guionistas de Tarzan nunca vieron este tipo de escenas antes de escribir el guión, porque la comunicación entre ambas brilla por su ausencia. Ambas gritan, supongo que para hacerse entender mejor. Toda la atención de la gente en la sala está ahora sobre ellas. Han conseguido el minuto de oro, con la máxima audiencia de la jornada. La negra comienza a mostrar síntomas de desánimo mientras la enfermera continúa con su repertorio de preguntas ¿se dará en algún momento cuenta de que la otra no habla su idioma? Este pedazo de profesional parece habituada a este tipo de encuentros y se mantiene siguiendo su guión escrupulosamente.

La enfermera intenta una nueva línea de acción: ¿Trajiste los papeles para el análisis que te dio el doctor? Le pregunta. La otra la sigue mirando, perpleja y continúa con su monótona respuesta: “Yo Español hablo no. Yo enferma. Yo medico venir decir aquí” algunos de los intelectuales que se encuentran en los alrededores comienzan a aproximarse para dar su docta opinión y solucionar el conflicto internacional. A todas estas yo sigo fascinado con las supuraciones de la colega, pero parece que soy el único interesado en saber si esta mujer es una bomba biológica andante.
Con un grupo de personas tratando de averiguar algo de la pobre paciente y ésta última posiblemente pensando en echarse a correr y escapar de toda esta gente que parece disfrutar acosándola la enfermera finalmente se rinde: “Bueno, vamos para dentro que ya te haremos análisis de cualquier cosa“. Eso es nivel, eso es profesionalidad. Que viva al sistema sanitario. La reacción de la enfermera calma la situación y se dirige con la mujer al área de víricas y tropicales.

Este pequeño interludio anima las conversaciones en la zona. De repente todo el mundo es un experto y relatan situaciones parecidas. Yo trato de mantenerme al margen y mantengo un perfil bajo para que nadie contacte conmigo. En esas andamos cuando la enfermera menciona mi nombre y accedo al interior de la consulta.

Tercera parte
Llegamos finalmente a la consulta del médico. Todos mis sufrimientos y todas mis expectativas quedan plasmadas en ese instante en que entro y me siento ante él. Le cuento mi problema, y el cardiólogo decide hacerme un electrocardiograma. Avisa a una enfermera y tengo que esperar un poco hasta que una de las salas esté libre. Mientras tanto la enfermera se dedica a rellenar un informe plagado de cuestiones personales que normalmente rehusamos responder.

Queda una sala libre, la número 3 y me llevan allí. El médico les explica que quiere un electro sencillo, sin hostias ni similares y me dice que él vuelve a su despacho y cuando esté hecho, que se lo lleve para echarle un vistazo. Me quedo en manos de dos enfermeras, que inmediatamente comienzan a preguntarme por mi vida en los Países Bajos y mis aventuras en esas salvajes tierras.

Me piden que me quite la camisa y cuando lo hago, me tumbo en una camilla. Se marcha la enfermera y aparece con unos artilugios pleistocénicos, como peras, que supuestamente son los sensores que me aplican en el pecho para tomar las medidas. Las dichosas peras tienen una especie de bolsa que genera un vacío y es lo que permite adherir las ventosas metálicas al pecho. La colega comienza la tarea y tras un par de intentos infructuosos me dice que aguarde un momento y desaparece. Vuelve al cabo de un rato con una maquinilla Gillette y crema de afeitar y me dice amistosamente que me va a afeitar el pecho porque con los pelos no se fijan las ventosas y no pueden hacer el electro.

Comprenderéis mi estupor. Me levanto de la camilla y le digo que si se quiere afeitar algo que se afeite los pelos del coño porque a mí el pecho no me lo toca. La enfermera parece no comprender y sigue empeñada en afeitarme, a lo que yo me niego repetidamente. Habrése visto semejante desvergüenza. Uno va allí a que le hagan un chequeo y estas se meten a depiladoras profesionales. Ante la bulla que montábamos se comenzaron a congregar otras enfermeras que abandonaban a sus pacientes y se venían a nuestra sala para meter baza en el entierro. Todas aportaban sus doctas opiniones profesionales y erre que erre, seguían empeñadas en afeitarme, a lo que yo me negaba una y otra vez. A todas estas, yo a pecho descubierto, con todas las lobas comentando las ventajas del pecho sin pelo.

Finalmente aparece el médico y al explicarle la situación les dice que nones, que usen ventosas de usar y tirar que son adhesivas que a mí sólo me van a hacer un electrocardiograma y no veinte, como parece desprenderse de las opiniones de las colegas, que esperan verme convertido en un asiduo visitante, o eso parece.

Tras este cruce de amenazas, tuvimos que esperar un rato a que mi corazón recuperara el ritmo normal de funcionamiento. Alcanzado éste, me hacen el dichoso electro y con el papel en la mano vuelvo a la consulta del médico. El médico, tras chequearlo, confirma mis peores sospechas, lo que yo más me temía: No tengo nada, estoy más fresco que una rosa. En fin, que todo este jaleo para nada.