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Encuentros paranormales

Y seguimos vaciando el baúl de los recuerdos y encontrando cosillas que merece la pena recordar. La historia que leeréis a continuación sucedió hace unos años y está protagonizada por mis vecinos chinos. La china y su hija llegaron al edificio en Septiembre del 2003. Han aparecido regularmente por estas páginas desde entonces y como doctorado en ellas, podría escribir un diario solo contando cosas de esas dos. Una de las teorías que explica su presencia en este país es que la china es puta y traficante de emigrantes y su hija de once años es la que se encarga de cobrar a los clientes.

Salí de mi casa para ir al supermercado a comprar leche con la que producir esas gloriosas magdalenas que me están volviendo mundialmente famoso. Recién llegado de España, tengo la nevera llena de viandas nacionales pero me falta el vital elemento que ayuda a producir esa catarsis mágica que culmina en mis “magdalenas del carajo“. En la puerta de mi casa tengo una plantación de envases vacíos de Coca-Cola de litro y medio. La razón es sencilla: en estos países hay que pagar una fianza de 25 céntimos por el envase, y los acumulo y los devuelvo en grupo por comodidad. Cojo 4 de los envases y comienzo a bajar la escalera. En eso que escucho un golpe fuerte en la puerta de mi vecina (la cual supuestamente está en China de vacaciones) y noto que alguien trata de abrir la puerta. Sigo avanzando como si conmigo no fuera la cosa, y cuando he pasado ese tramo de las escaleras se abre finalmente la puerta y aparece el chino kudeiro más feo que he visto en mi vida. No pude fijarme mucho porque lo miré de refilón, pero lo que vi no me gustó nada. Me lanzo escaleras abajo y noto los pasos del hombre siguiéndome. Me apresuro para evitar coincidir en la puerta, coloco las botellas de plástico en las cartucheras de mi bicicleta, abro la puerta, y cuando estoy saliendo alguien me empieza a gritar desde arriba:

Yoni toso guá, arimatasaná jodéé‘ me giro espantado hacia la fuente de los gritos y veo una china gritándome y apunto de llorar. [Nota del autor: desgraciados, no me ofendáis y volved a leer la frase con voz de pito, entonación melodramática,y bien alto, que se os oiga clarito].

Yoni toso guá‘, ‘Yoni arimatasanááá‘ aquella seguía gritándome desde la entrada a la terraza del apartamento del primer piso. Yo la miraba espantado, sujetando mi bicicleta y sin saber como reaccionar. En eso que la mujer se dio cuenta de quien era y conmutó lentamente al idioma inglés [que vosotros leeréis en español]: ‘Hola, tu debes ser el español del segundo piso. Soy la amiga de tu vecina. Es que llevo una hora tocando el timbre y nadie me abre y …‘ en ese momento asomó el hocico el chino que me seguía y se estalló la bomba en Havenstraat. A la china se le torció la cara y comenzó a gritar de nuevo: ‘Yoni toso guá, yoni arimatasanáá, jodeeeellll’. Aquella movía las manos y le gritaba al otro que asistía estoicamente a la confrontación.

Quiero dedicar unas líneas a la descripción metafísica del individuo porque ahora que lo tenía a tiro pude observarlo bien a gusto. El chino era bien negro (o morado). Gracias a mi cultura internacional y a mis tratos con mi amigo de la región sé de muy buena tinta que en ese país la pureza de la sangre se mide por lo pálido que eres y este hijoputa era más impuro que Yola Berrocal en un coro de vírgenes. Gracias a Dios en Europa no nos medimos con ese estándar, porque Yo que acabo de volver de España más negro que un tizón debo ser también un sangre-sucia. El bastardo asiático iba vestido únicamente con lo que parecía unos gallumbos enterizos de manga larga, uno de esos calzoncillos que se ven en las películas del oeste y que cubren desde los puños hasta los tobillos. El super-calzoncillo inicialmente había sido blanco, pero tras años de uso, abuso y descuido por parte de su propietario, había adquirido un tono amarillento propio de quien no usa el “Blanco Nuclear” para combatir la suciedad en las prendas blancas. El detalle que me llamó la atención y por el que recordaré toda la vida este día fue porque a la altura del pubis la susodicha prenda tenía un roto del que salía algo que intuyo era medio huevo, o quizás uno completo, con sus pelillos y todo. Yo me quedé fascinado mirando aquel fulano enseñando el mondongo mientras la china continuaba tocando la banda sonora por encima nuestro con lo que intuyo eran terribles insultos al menda. Salí de mi estupor cuando la china nos lanzó el abrigo que llevaba y amenazó con tirarnos los zapatos. En ese momento decidí que mejor me ponía bajo techo y me fijé que el colega estaba descalzo y que tenía las uñas más negras que he visto en mi vida, gordas y retorcidas. Ese tío no se corta las uñas ni con un alicate. Vamos que debía ser malabarista porque se sube a un cable y no se cae con semejantes carámbanos en los pies.

La mujer había descendido las escaleras y arremetió contra el colega, pegándole golpes mientras continuaba con la cantinela [venga todos a coro:] ‘Yoni toso guá, yoni arimatasanáá, jodeeeellll‘. Ahora que estábamos cerca, comenzó a alternar la canción con explicaciones en inglés para mí, aunque seguía regalándole mandoblazos al que portaba el huevo al aire. De las explicaciones saqué en claro que se pensó que le había pasado algo al hombre porque no respondía cuando ella llamaba al timbre, y que se puso histérica porque no tenía otra llave y no podía entrar en la casa. El mazazo se lo di Yo cuando le dije que la razón de que no la oyese es bien sencilla: El timbre no funciona y nunca ha funcionado (al menos en los tres años que llevo viviendo allí), así que me sorprendería enormemente que el hombre bajase a abrir la puerta sin escuchar nada. Aclarado el lío, decidí poner pies en polvorosa antes de que se volviera a desmadrar la cosa.

El Francés

Recuperamos otra de las antiguas historias que vienen de tiempos inmemoriales y que se perdieron con el cambio de hace cosa de un mes. En esta ocasión se trata de hechos i-rreales que sucedieron en Hilversum. Espero que la disfrutéis

Un sábado cualquiera de fin de verano en Holanda, con temperaturas altas, por encima de los 25 grados, quedo con mi amigo turco para irnos de copas al centro y aprovechar los estertores finales del verano al aire libre, con una cerveza fresca en la mano.

Nos plantamos en nuestro bar favorito, uno que en su puerta indica explícitamente que no aceptan menores de 18 años, y precisamente por eso está siempre lleno de chochillos adolescentes desbordantes de vitalidad. Visto el buen tiempo, optamos por sentarnos en la terraza, y disfrutar de las vistas.

Mientras admiramos el panorama, con toda la chiquillería del pueblo pasando frente a nuestras narices, aparece una limusina espectacular, se para frente al bar, y de ella se bajan dos diosas holandesas en micro bikini y un holandés con un tanguilla. En el minúsculo trapo que tapa sus impudicias ondeaba el logo de Camel, o sea el camello de la marca de cigarrillos. Se dedicaban a acercarse a los viandantes y ofrecer cigarrillos. Inmediatamente se convirtieron en el centro de atención, sobre todo de los fumadores, que se lanzaban a por los cigarros gratis como hienas sobre carne muerta. Obviamente, habían sido elegidos por la percha, porque las tías se la ponían dura hasta a Boris Izaguirre, y si estas fallaban, el adonis que las acompañaba lo conseguiría, con músculos moldeados hasta en las pestañas, y un paquete como una caja de cerveza.

Además de regalar, vendían, y al rato nos abordaron las dos viciosillas, para ofrecernos por la módica cantidad de cinco euros hacernos una foto, vendernos un paquete de cigarros, y regalarnos un mechero. El turco, con tal de oler un coño acepta hasta ir al infierno, así que la guarrilla nos hizo la foto y avitualló a mi amigo musulmán de cigarros, ¡aunque él no fuma!

El chaval lo intentó por activa y por pasiva, pero no hubo forma, y aquel témpano exquisitamente formado y probablemente rubio hasta los pelos del chichi marchó a abordar a otro par de primos.

Más tarde observamos un grupo de chicas que abordan al adonis, lo acorralan y el se pone como un gallito a repartir cigarros. En esto que una de las chavalas va por detrás de él y le baja el tanga. ¡Argh! ¡Era todo relleno! La florecilla que surgió no llenaba semejante copa de talla 100, y había usado relleno para completar el bulto. Se montó la marimorena, con todo el populacho cambao de la risa, y el colega que de la vergüenza se encendió hasta las raíces del pelo. Para que veáis que no es oro todo lo que reluce. Tuvieron que recoger sus bártulos y salir por patas, porque en aquella zona lo único que se oían eran pullas al rubio.

Andábamos en este éxtasis, mirando nuestra recién adquirida caja de cigarrillos y preguntándonos que hacer con ellos, cuando en la mesa de al lado se sientan tres chicas y un chaval. Las chicas iban con el uniforme estándar de arretranquillo. Pantalones con pata por encima del tobillo, zapatillas arco iris, con unos cientos de colores en los mismos, y top minúsculo que a duras penas cubre los tetones, y deja el ombliguillo con piercing al aire. Para completar el efecto, ojos totalmente bordeados de negro, con un efecto de MI MARIDO ME PEGGGGAAAA en la cara, que parece que las han sacado del programa de desgracias en TVE (Gente). En seguida se pone al ralentí el turco, siempre al ojo de poder plantar su semilla en lo que sea. A las chavalas las acompaña un figurín de cuidado. El colega, con unas zapatillas deportivas de estas nuevas con un diseño exótico, que te hace aparentar amariconado, acompañadas de vaqueros en fase terminal, más deshilachados que otra cosa, y culminados por camisa arrugada cubierta con un pedazo de chupa de cuero, que sudábamos de verlo y que por supuesto llevaba abrochada. Cubría su pelo con un gorrito rapero.

Tenemos tanta suerte que hablan en inglés, así que nos centramos en los vecinos, y pronto logramos averiguar que el sudoroso ha conocido por internet a una de las viciosillas, la que parece controlar el cotarro, y ha venido a pasar el fin de semana desde Francia para conocerla. Su inglés es pésimo tirando a patético, aunque el trata de camuflarlo con su aire afrancesado y su parafernalia romántica. La holandesa, por otra parte, tiene ideas diferentes, y está lanzando claros mensajes de cuales son sus intenciones. Tan explícitos son sus mensajes, que el turco entra en modo turbo, y sale disparado para el baño a aliviar el pajarito (según él), actividad en la que emplea una anormal cantidad de tiempo. Mientras tanto la colega sigue a lo suyo, marcando y mostrando pezones, moviendo los pechos como si fueran molinillos de vientos, agitando el pelo, picando ojos, magreándose la barriga, tocándose el piercing, y el francés, ciego o gilipollas, porque no parece darse cuenta y sigue con su cutre historia ajeno del todo a aquel despliegue de puterío, dale que te pego con su filosofía barata. El turco vuelve a tiempo de ver la cruzada de piernas a lo instinto básico, en la que pudimos confirmar que era rubia auténtica, con una minúscula banda de tela que tapaba lo justo, y un melenón rubio, que ya quisiera para sí Camilo Sesto. Tras el cruce, el turco emigra de nuevo pa?l baño, a aliviarse nuevamente, sudando como un cochino, el francés en Babia, y Yo, allí, sufriendo por vosotros, para poder narrarlo.

Tras dos cervezas e intentos múltiples ella se rinde y se apaga totalmente. El francés aprovecha para ir al baño, y ella monta un conclave con sus amigas, a consecuencia del cual, estas desaparecen, dejándola sola. Nosotros, como la reunión fue en Holandés, suponemos que se trata de una nueva estrategia, pero cuando vuelve el oscuro objeto del deseo, ella sigue apática, y él continúa su rollo en donde lo había dejado. Mira que el tío era pesado. Dale que te pego, en una mezcla de francés e inglés, contando su historia desde la época de Nerón hasta nuestros días. Y bla bla bla

Andábamos nosotros ya también desinteresados cuando retornan las expedicionarias acompañadas de un M-A-R-I-Q-U-I-T-A. No hace falta tener muchas luces para identificarlo, porque la mancha de aceite en la calle hablaba por sí misma. El sarasa reinventaba la palabra hortera con un pantalón de lycra totalmente pegado al cuerpo en multiples colores, y en el que se marcaban hasta las venas de la polla y una camisilla que no cubría más allá de los sobacos.

Cede su sitio la decepcionada hembra al recién llegado, y este se lanza como un catalán sobre un billete de 10 euros. Le faltaban manos al colega para sobar al otro. Era todo remolino, hablando y moviendo manos y tocando aquí y allí y allá y acullá. El francés reacciona finalmente, respondiendo por fin a mis dudas sobre si tenía sangre en el cuerpo, y rehuye aterrorizado el ataque de semejante terremoto. Lo placa como puede, lucha valerosamente, aunque cada vez que detiene una mano, la otra entra por un sitio diferente. Nosotros estábamos muertos de risa, como las amigas de la colega, mientras el gabacho trataba de detener las embestidas y la otra lo miraba fascinado.

En un receso del atacante, el francés pregunta a la instigadora de semejante ataque por qué le han traído a semejante pajarón y se lo han echado encima, y esta responde que puesto que no respondía a sus claras intenciones, era obvio que él era GAY.

Estalló la bomba en el centro de Hilversum. ¡Maricón Yo! ¡Yo, Gay! Pero tú que te has creído zorra de miiieeeeeeeeeerdaaaaaa, puta asquerosa. Yo soy muy macho, yo soy francés, nosotros inventamos el amorrrrrrrrrrrrrrrr, a mí me gustan las mujeres más que una hostia a un cura [todo esto a grito pelado, así que si queréis darle realismo, leerlo en voz bien alta].

Yo ya no cabía en mí de gozo. Ha sido el mejor espectáculo que he visto en mucho tiempo.

Cuando el mariquita vio que allí no pintaban bastos, salió a escape, con el rabo sobre las piernas, bien marcadito, y las amigas, las Veneno, optaron por emigrar, mientras la temperatura seguía subiendo a nuestro lado, con el tipo sudando como un cochino de la rabia, tan caliente que hasta la gorra se le descolocó, y la tía que ya ni se molestaba en disculparse después de que la llamara de todo menos bonita.

Continuaron discutiendo por un rato, y finalmente ella decidió que él dormiría en casa de una de sus amigas, porque ya no era posible devolverlo a su país de mierda. Tras culminar la reyerta, arrancaron y se fueron.

En definitiva, uno de los mejores espectáculos deportivos que he visto en directo, y una tarde memorable. Aún hablamos de ello cuando nos sentamos en esa terraza.

8. La Gayola y los amigos der Dani

Seguimos el lento devenir de la historia der Dani y antes de entrar en este nuevo episodio es conveniente recordar en donde comenzó todo para aquellos que han llegado despistados. La historia comienza con 1. Todos queremos ser como er Dani, continúa con 2. Conozcamos ar Dani, y se desarrolla plenamente en 3. Lugareños der Dani, 4. Conocidos der Dani y 5. La Carmen, hermana der Dani. Toma algo de aire antes de abordar 6. Er Dani y la metrosexualidad y el último episodio hasta ahora, llamado 7. Camino del restaurante con er Dani. Los habituales seguro que se acordarán que nos habíamos quedado a la entrada del restaurante.

Son muy pocas las ocasiones que tenemos a lo largo de nuestra vida de poder ver una entrada triunfal, una de esos momentos que se graban en nuestra corteza cerebral y quedan indelebles hasta nuestra muerte. Por eso, cuando traspasamos el umbral del restaurante, tras cruzar las sinuosas veredas que se habían formado entre las mesas de los clientes y pasamos bajo el arco que separaba la sala principal del pequeño reservado, un murmullo se alzó entre los amigos der Dani.

Allí, en toda su gloria, por primera vez en vivo y en directo podían ver a esa hembra de la que tanto habían oído hablar. Ella, falta de modosidad, se atusó la melena, desplegó la más tórrida de sus sonrisas y los saludó a todos. - Hola chicos - Tras semejante declaración de principios se lanzó como un buitre hacia el primero y empezó a repartir besos a conciencia.

La Gayola, la dama en cuestión, siempre ha gozado de cierta popularidad entre los amigos der Dani. No sucede muy a menudo que uno de tus colegas se está follando a dos hermanas casadas y con hijos y que ambas sepan que la otra también está disfrutando de los mismos placeres carnales con el mismo hombre. Sólo en una familia muy especial se dan estas circunstancias. La Gayola pertenece a uno de esos clanes. Es incluso capaz de salir con su hermana y er Dani y sabe que la que consiga llevárselo al huerto será la que le hinque el diente esa noche. Entre hermanas no hablan de infidelidad ni tonterías similares. Parece ser normal y aceptable en su familia el que estén dejando a sus maridos a la altura de un Vitorino, con unos cuernos de impresión. Ni siquiera le dan importancia a este hecho.

Por eso y por mucho más, cuando er Dani entró en el comedor todos los ojos se abrieron para comprobar el material y me temo que quedaron un poco decepcionados. Lo que se encontraron fue una hembra vulgar y corriente, tirando a morcillona, de pelo oscuro y gafas de pasta cual presentadora del un, dos, tres. Los patotes robustos de la Gayola estaban bien cubiertos por unos vaqueros que sólo nos permitían la visión de aquellos tobillos gordos como morcillones. Esos tobillos eran los que sujetaban al cuerpo unos patotes con dedos grandes como hamsters, con unas uñas pintadas de un rosado incasdescente. No se podía ver la cantidad de muslo que había bajo los pantalones, pero debía ser bastante considerable. El cinturon de acero inoxidable, comprimía la cintura de una forma obscena y demostraba la calidad de la que estaba hecho al aguantar la terrible presión que debía estar soportando. La camisa de buena tela permite ver las razones por las que er Dani está emperrado. Siempre hemos escuchado el refrán dos tetas como dos carretas y al mirar a esa mujer las vimos frente a nosotros, la imagen que creó el refrán. Uno puede imaginar las pajas rusas que habrán cruzado ese canalote, los sobados de toda esa superficie curva. Ni siquiera las heroínas de los comics mantienen un pecho tan increíble. Tras las virtudes llega la decadencia. Todo lo que gana en los pechos lo pierde en la cara. Un hocico vulgar y mal pintado, unos ojos hundidos y medio torcidos, una frente sucia y un pelo mal cortado. Los ojos los trataba de ocultar con unas gafas de sol, pero eventualmente se las tuvo que quitar para no descoñarse contra algo al no ver nada.

Tras las presentaciones de rigor tomamos asiento. Allí todo el mundo había terminado de cenar. Me resulta curioso que se celebre una cena de cumpleaños y todo el mundo coma antes de que llegue el agraciado. Todos lo conocen y debían saber que eso iba a ocurrir. El grupo de colegas era bastante compacto. Todos parecían compartir la afición der Dani por el deporte. Cuerpos compactos, de abultados músculos y burdas definiciones musculares. Me enteré que varios de ellos trabajan en el cuerpo de bomberos de la ciudad de Málaga. Uno me sonaba muy familiar y me confirmaron que era el primo de un famoso comentarista de tertulias televisivas, esos programas en los que se despelleja gratuitamente a los famosos y no tan famosos.

Todos gritaban y reían haciendo bromas, soltando tacos y diciendo burradas. Estaban comiendo cordero y pidieron más para nosotros, junto con una ensalada “vegetal” para la Gayola porque resultó que no come carne. Un absurdo silencio recorrió la mesa cuando pidió su ensalada vegetal y tras la pausa que nos permitió comprender en su plenitud el significado de la frase, prorrumpimos en risas salvajes. Ella no fue capaz de apreciar su fina ironía y se ofendió porque nos reíamos de ella. Mientras traían la pitanza, er Dani se acordó de la botella de whisky y la volvió a agitar, enseñándosela a todos y ejecutando su famosa danza del dale, Don, dale haciendo como que follaba la botella mientras le arreaba cachetes en su culito. La Gayola no se pudo contener y le empetó un Qué más quisieras tú que poder follarte a una tía así. De nuevo nos quedamos todos en silencio y a continuación volvieron las risas, esta vez dirigidas hacia er Dani, que se había tornado rojo de la vergüenza. Trató de rebatirlo con algún tipo de incoherente respuesta que no supimos entender y acabó hundido en su asiento, tratando de hacernos ver que no pasaba nada.

Tras una espera que se me hizo muy corta llegaron las bebidas y la comida. Mientras media mesa jaleaba y gritaba, nosotros comíamos a plena velocidad. La Gayola desplegaba sus sobradamente preparadas artes sociales y nos sorprendía agarrando el tenedor con el dedo meñique estirado. Supongo que trataba de enviar algún tipo de señal que nos indicara que es una mujer culta y socialmente curtida, pero falló miserablemente en el intento y lo que nosotros vimos fue que comía agarrando los cubiertos igual que cualquier maricona vieja que se precie agarra la taza de café para demostrar su incultura.

Aprovechamos este punto para interrumpir el relato. El próximo capítulo, llamado Las verdades de los amigos der Dani nos descubrirá algunos secretos que mejor sería que nunca fueran revelados

7. Camino del restaurante con er Dani

Nos adentramos en terrenos cenagosos y en los que los conceptos del bien y del mal se cruzarán y copularán creando aberraciones de leyenda. Llegar a este punto no ha sido sencillo. El camino iniciático que te permitirá comprender las revelaciones de las que te has hecho merecedor comienzan con 1. Todos queremos ser como er Dani, continúan con 2. Conozcamos ar Dani, y se desarrollan plenamente en 3. Lugareños der Dani, 4. Conocidos der Dani y 5. La Carmen, hermana der Dani. Una vez has avanzado por cada una de esas etapas, sólo te queda 6. Er Dani y la metrosexualidad para estar preparado y poder recibir el conocimiento en su estado más puro y aterrador. Aquellos que han seguido el proceso en reducidas dosis, recordad que hemos abandonado el bar y vamos camino de la aventura

Abandonamos el local multiusos con la pena de quien deja atrás el paraíso sin haber tenido tiempo de explorarlo completamente. Quizás algún día el buen Dios me permita volver a respirar ese aire cargado de humo y echar unas partidas en ese bingo de barrio rodeado de todas esas mancebas pasadas de kilos y de lengua afilada. En el coche, er Dani se afanaba en hacer llamadas gratis aprovechando el teléfono de Sergio, un dispositivo de última generación del tamaño de un piedrafono de los picapiedra, porque imagino que fue última generación en el jurásico, antes de que se miniaturizaran los chips y se hicieran cacharros que se pueden llevar en el bolsillo. Con nuestro nuevo pasajero, opté por el asiento trasero. Er Dani hizo las veces de copiloto y comenzamos a recoger la ciudad, esa Málaga legendaria fuente de inspiración de tantos y tantos novelistas y presentadores de programas de televisión.

Er Dani contactó con la hembra que debía reunirse con nosotros, a la que quisiéramos proteger en la medida de lo posible de la infamia y el escarnio público y que por tanto denominaremos la Gayola. Ella se movía con su coche por las mismas calles y de alguna forma convergimos hacia un punto en el que se produjo el inevitable encuentro. Esperándola en una parada de guagua (eso que en la península y en otras tierras se llama autobús) consumimos los últimos instantes de sabiduría compartida con er Dani, que continuaba con su frenético agitar de la botella del doce años. Nunca antes un whisky sufrió tal meneo durante su corta y reposada vida.

Un coche de cristales tintados se colocó tras el nuestro. Tras haber escuchado tanto hablar del coche de la Gayola reconozco que me decepcionó bastante encontrarme con un vulgar SEAT. No es que tenga nada contra esta marca, pero en mi enorme cabezón asocio la potencia y las líneas deportivas con otras marcas de más solera y SEAT para mí no es más que el IBIZA y todos esos coches que han motorizado al español medio los últimos cincuenta años. Er Dani sin embargo parecía estar en extasis de puro placer al ver aquella máquina y no dejaba de repetir algo que sonaba como Peazo de máquina ¿ein?. No tuvimos el placer de ver a la conductora en ese momento. Quedó oculta tras sus tintadas lunas y decidimos que a partir de aquel momento nos dividiríamos en dos grupos. Sergio y Yo haríamos las veces de coche escoba y nuestro celebrado anfitrión y compañera de Kikis nos precederían hacia el destino, el cual no era más que un restaurante en el centro de la ciudad, uno de esos famosos locales que están atestados a esas horas y que basan toda su fama en Dios sabe qué porque al final uno siempre acaba algo decepcionado.

Después de esbozar las líneas de semejante plan lo llevamos acabo. La chica, envalentonada por la potencia sin límites de sus cuatro ruedas y por llevar a su lado a ese hombre que tanto gozo le había dado, no dejaba de dar tremendos acelerones seguidos de bruscos frenazos. Para ella debía ser eso que llaman conducción deportiva. Para nosotros no era más que otra mujer al volante. Sus maniobras sobraban y la convertían en un peligro público, aunque imagino que detrás de todo aquel alarde de superfluo e inútil espectáculo debía estar er Dani jaleándola para que nos mostrara lo mucho que podía dar de sí su vehículo.

Pasamos el centro de la ciudad y decidieron buscar aparcamiento allí donde no lo hay, en la parte más concurrida. Dimos una y mil vueltas sin suerte. En cada paseo se ampliaba el radio de búsqueda. Tras lo que me pareció una eternidad, se decidió consensuadamente el buscar alguna plaza en barrios menos céntricos. Os puedo confirmar que incluso en Málaga existen zonas poco seguras y hacia allí nos encaminamos para dejar uno de los vehículos. Creo que lo dejamos en algún lugar cerca del estadio, no muy lejos de una urbanización en la que ni siquiera los cuerpos de operaciones especiales osan poner un pie. Obviamente, el coche que dejamos atrás fue el de Sergio y nosotros terminamos en el asiento trasero del coche de la Gayola. Si por fuera era ostentoso, su interior es definitivamente ostentóreo. Un alarde de falso cuero lo recubría todo y aquellos rincones a los que no llegaba la piel del bicho estaban forrados en algún tipo de madera exótica. Hasta esa noche pensé que el interior de los coches era uno de esos lugares a los que el mal gusto no había podido llegar, pero ahora sé que con algo de dinero y mala voluntad uno puede joder hasta su propio coche.

En el salpicadero, rodeado de caoba resplandecía un aparato de música multifunción, que hacía las veces de ordenador de abordo y sistema de posicionamiento global o aquello que los que se las dan de cultos llaman GPS. El trasto languidecía rodeado de tanto boato esperando que la inculta de la dueña se estudiara el manual para manejarlo, algo que la pobre juró hacer algún día antes de morir. Sobre la propietaria no hablaré hoy, que no conviene quemar toda la munición y aún queda mucho por contar. Con tres machos y un pseudo-deportivo entre sus piernas, la Gayola era imparable. En aquellos instantes en los que nuestras vidas pendían de semejante hilo, me dió por pensar que Dios creó el mundo en siete días y que esta hembra cañón se lo podía follar entero en cuatro, uno de esos pensamientos tontos que tenemos los cortos de cerebelo.

No quise mirar hacia el exterior y me concentré en algo que había en el techo sobre mí y que debía ser mi propio sistema de audio. Si ya desde fuera aquel coche se veía inseguro, ir en él sometido a bruscas aceleraciones y deceleraciones no es algo grato de padecer y mucho menos de recordar. Esos minutos que a mí me parecieron eones y en los que veía los callejones del centro de la ciudad pasar raudamente por los lados mientras tremenda hembra soltaba sapos por su boca cuando algún despistado peatón se ponía en su camino y amenazaba con mancillar la perfección de la pintura de su capó llegaron a su fin cuando finalmente la convencieron para entrar en un aparcamiento subterráneo. Siempre recordaré que mi profesor de autoescuela me decía con lágrimas en los ojos que lo peor era el que una mujer aparcara el coche en una de esas trampas diseñadas por algún mariquita que fracasó como artista y acabó como arquitecto y ahora sé a qué se refería. Pensé que empotraba el coche en la rampa. Llegué al interior abrazado a Sergio, llorando como un niño chico que espera que al abrir los ojos la pesadilla haya pasado. La chica, toda buena voluntad nos ofrendó un rally gratuito en aquel lugar, esquivando columnas por milímetros y cuando finalmente encontró una plaza en la que poner sus cuatro ruedas, consiguió desbocar nuestros corazones ante lo inminente del fin. Fue tan mala la cosa, que tras cinco minutos de batalla decidió que Sergio debía ser quien terminara de aparcar el coche, o más bien quien comenzara y finalizara la maniobra, ya que en ningún momento había conseguido apuntar con éxito hacia el hueco que quería ocupar. El por qué Sergio y no Er Dani parece ser que se debía a las nulas capacidades automovilísticas de este último, al menos según ella.

Tras dejar el coche a buen recaudo, paseamos por el centro de la ciudad hacia el restaurante en el que se desarrollará el siguiente acto. Fue una carrera a destiempo, con er Dani metiéndonos prisa porque llegábamos con más de una hora de retraso. Fue también mi primer y único paseo por el centro de Málaga, que en todos los años que he visitado a mis amigos en aquellas tierras jamás planté las pezuñas en aquel lugar.

Suspendemos aquí el relato, en la entrada del restaurante, a donde finalmente llegamos el equipo fantástico constituido por er Dani, la Gayola, Sergio y Yo. Lo que sucedió a continuación será relatado en La Gayola y los amigos der Dani.

Las minifaldas no son para las bicicletas

Seguimos reponiendo viejas historias del antiguo web. En esta ocasión es la carta que escribí a mis amigas con motivo del despiporre de verano. Esta es sin ninguna duda lo más copiado de esta bitácora. Ha salido en varios foros y es una fuente constante de llegada de visitantes atraídos por el olor de esas braguitas que asoman bajo las minifaldas… :lol:

Querida amiga,
Te escribo estas líneas para comentarte mis impresiones sobre tu actitud. Espero que no me guardes rencor por compartir contigo estos pensamientos. No es de ley que vayas por ahí tan alegremente, tan destapada, tan corta de ropa con éstos calores. Y no ha lugar el usar minifaldas cuando montas en bicicleta. No ha lugar. Has de pensar un poquito más en ti, y un mucho más en nosotros.

En los últimos días hemos sufrido una ola de calor por estos lares, con temperaturas alrededor de los treinta grados, pero eso no puede ser usado como justificación para tu inaceptable comportamiento, tu desfachatez, tu provocación.

Estimada amiga, tu actitud, nos exalta, nos inflama, nos acalora. Ya sé que tú también sufres por este clima, pero eso no te da carta verde para que vayas por ahí mostrando el potorro, con esas braguitas hechas casi sin tela, esos micro taparrabos, que no cubren nada, que lo enseñan todo.

Querida amiga. No te puedes detener con tu bicicleta en un semáforo llevando la mejor de tus minifaldas y apoyando un pie en el suelo mientras el otro queda sobre el pedal en alto, despatarrada, mostrando tus vergüenzas, ese chochillo sudoroso que resuma vida, calentándonos aún más a los que te avistamos desde la acera de enfrente. ¿Es qué no tienes pudor? ¿Dónde está tu vergüenza?

No puedes seguir yendo así por la calle, pedaleando, con el chi chi al aire, enseñándolo un poquito cada vez que tus piernas ejecutan el recorrido circular de los pedales, agitando esa melenilla revirada, esos pendejillos rubios que buscan aire fresco. Porque quiero que sepas, que cuando te vemos, todos somos como los turcos, todos babeamos, todos nos calentamos.

Amada amiga, deberías hacer algo. Para empezar te propongo que hables con la abuela, que preguntes donde se compra las bragas GALLUMBO y que tú hagas lo mismo, que te compres al menos unas cuantas para usar con tus minifaldas y tu bicicleta. Ten piedad de nosotros, simples viandantes, ciudadanos sencillos que sufrimos lo insufrible cada vez que tú, o una de tus amigas, nos enseñáis esas joyas, esos papayos tan jugosos, tan tiernos, esa fruta fresca esperando ser recogida.

Yo te pido que vuelvas a usar pantalones, que cubras tus impudicias, que no enseñes tan alegremente las joyas de la familia, el jardín de los secretos, la fruta prohibida. Si quieres, tú puedes. No es tan difícil.

Ayer, cuando avanzabas hacia nosotros, pobres mortales tomando una cerveza en una terraza, y sufriste esa pérdida de equilibrio con los patines, ese pequeño descontrol, que lanzó tu cuerpo hacia arriba, desafiando la gravedad, subiendo y subiendo, lentamente, mientras tus piernas se separaban, tu minifalda se recogía cual telón de teatro al comienzo de la función, y tu chumino aparecía en todo su esplendor, no pudimos sentir pena por ti. Lo intentamos, de veras que sí, pero no lo conseguimos. Lo único que sentimos fue dolor. Sí, dolor. El dolor de una erección llevando pantalones vaqueros, con esa cosa que tiene vida propia tratando de moverse bajo la tela vaquera, infructuosamente, dolorosamente. Y es todo por tu culpa, tú eres la única responsable. Por eso te escribo, para que te sientes y recapacites, para que comprendas que tu actitud nos ofusca, nos obnubila, nos pierde

Y cuando estabas allí, en el suelo, riendo y agitando esas largas piernas, aún seguíamos siendo conscientes de que tus partes estaban al aire, que ese pelo que veíamos no era el de tu cabeza, que ese molusco que asomaba no era un mejillón, y tú, tan malcriada, no te percatabas de nuestra turbación, nuestra momentánea pérdida de control.

Creo que deberías recapacitar, comprarte ropa con más tela, cubrirte un poquito más. No digo que te compres un burka como las pakistaníes, pero al menos unos pantaloncillos cortos, algo que te cubra, que te proteja la zona X, que nos ayude a refrenarnos. La oración no sirve de mucho cuando el cuadro que uno observa es tan explícito, cuando el pecado, ese maligno enemigo del hombre, se muestra frente a nosotros en forma de guirre peludo.

Quiero que esta noche, cuando apagues la luz y te vayas a dormir, pienses en nosotros, y reces una oración por nuestro sufrimiento.

Querida amiga, espero que no te hayas tomado a mal mis comentarios, siempre hechos con la mejor de las intenciones, con todo el cariño del mundo, con todo mi amor. Pero tampoco quiero que entre tanta palabra se te olvide el mensaje central, el motivo de esta carta. Así que te lo expreso en un par de palabras: ¡TÁPATE GUARRA!

15 segundos

Con el cambio de CMS se perdieron las historias que había traído de las antiguas bitácoras y del grupo distorsiones en Yahoogroups. Siempre he sentido una debilidad especial por estos fogonazos del pasado y he decidido ir añadiéndolas por aquí. Aparecerán en las próximas semanas. No son muchas, pero forman parte del bagaje que arrastra Distorsiones desde el comienzo. Las iré agrupando en la categoría Grandes Historias. La historia de hoy vio la luz el 1 de Mayo del 2003 y sí, está basada en hechos reales. Fui testigo de lo que sucedió. Dicho esto, tomároslo con tranquilidad.

Primer segundo
Un lado.
Miró a su izquierda y su cerebro decidió que tenía suficiente espacio para cruzar. Era un hombre mayor, de sesenta y cinco años, pelo canoso, complexión delgada y en esos segundos previos tomó la decisión más nefasta de su vida. Sólo tenía que continuar andando unos trescientos metros para poder usar el paso subterráneo de la autovía, pero él decidió arriesgarse y cruzar los cuatro carriles en sentido Norte para alcanzar la mediana, y los tres carriles en sentido Sur a la altura de la fuente luminosa.
Una vez tomada la decisión, sólo había que ejecutarla. Tomó aire y se lanzó a correr para cruzar la carretera.
El otro lado.
Desde mi coche entro en la curva del parque San Telmo y más adelante veo que hay un hombre que quiere cruzar la autovía. Mi cerebro hace un cálculo y mi conclusión es que no tiene espacio suficiente para hacerlo. Yo me encuentro en el carril más a la izquierda, pero hay coches en todos los carriles y nuestra velocidad es de unos 80 kilómetros por hora. Se encuentra a trescientos metros de donde nosotros estamos. Veo que el hombre se lanza hacia la carretera.

Segundo segundo
Un lado.
Todo parece ir bien. Ha cruzado el diminuto arcén, ha bajado la barrera de protección para evitar que los vehículos invadan la avenida y avanza hacia la mediana con paso firme y decidido. Los coches aún se ven lejos.
El otro lado.
El hombre se lanza a la carretera. Puedo verlo. Sigo calculando y calculando y no creo que lo pueda conseguir. Parece un señor mayor. Su paso en la carretera es inseguro y su velocidad, definitivamente insuficiente. Comienzo a mirar alrededor para trazar un plan alternativo. Tengo tres coches por delante de mí y otro circula junto a mí, hay también coches siguiéndome así que las opciones son pocas. Comienzo a pensar que quizás mi percepción de la distancia no es la correcta y que el hombre pueda completar su carrera sin más problemas.

Tercer segundo
Un lado.
La carrera continúa, aunque a un ritmo relajado. Al fin y al cabo, los coches están bastante lejos y no hay por qué apurarse. Pronto alcanzará el centro del primer carril. Mantiene un ritmo constante. Su rebeca azul se mueve y le golpea en los costados. Sus gafas vibran por el trote, pero no hay porqué preocuparse ya que están sujetas con una cuerda alrededor del cuello, y en caso de caerse quedarán colgando del mismo.
El otro lado.
El hombre sigue avanzando. No va a ser suficiente. En la radio continúan dando las noticias, hablando de la guerra, vendiéndola como quien vende un coche, comentando cual si de un programa deportivo se tratara el número de muertos en el lado de los buenos, y estimando quien sabe de qué manera el número de muertos en el lado de los malos, los malvados que poseen armas de destrucción masiva que nadie encuentra, los mismos que suponen una amenaza para el mayor país del mundo y que poseen la segunda mayor reserva de crudo del mundo, crudo que se utilizará para alimentar los vehículos del primer país. Sigo dándole vueltas a lo irónico y estúpido de esta guerra mientras mi atención está fijada en el hombre que se ha lanzado a la carretera.

Cuarto segundo
Un lado.
Ya está cerca de la línea que separa los dos primeros carriles. Todo va bien. La respiración es relajada. Los vehículos parecen estar alineados en el horizonte. Quizás haya que incrementar un poco la velocidad, pero se puede hacer más adelante. Todo va bien. Todo va bien. ¿Qué le compraré a mi nieta por su cumpleaños? El pensamiento cruza su cerebro rápidamente y crea una nueva línea de acción. Sus neuronas trabajan en ello mientras todos los sistemas automáticos de su cuerpo se encargan de moverlo hacia la mediana.
El otro lado.
Un poco más cerca. Definitivamente no hay espacio. Llegará al segundo carril, pero ¿cuánto más lejos? No se le ve apurado. La radio continúa con su letanía sobre Irak. Cuando exponen a uno tan masivamente a una noticia, llega un momento en que dejamos de oírla. Nuestro cerebro se protege y lo cataloga como ruido. Pienso en cambiar de emisora…. Mejor démosles otra oportunidad, quizás hablen de alguna otra cosa. ¿Qué haré tras el desayuno? ¿Mejorará el día? ¿Podré ir a la playa más tarde?

Quinto segundo
Un lado.
El primer carril ha quedado atrás. Vamos de acuerdo a lo planificado. Hay que ser estúpido para caminar esos trescientos metros con lo sencillo que es echarse una carrerita, incluso para alguien ya entrado en años como Yo. De ésta forma gano por lo menos cinco minutos. No tengo que ir hasta el paso subterráneo, cruzar, atravesar dos semáforos y volver por el otro lado. Eso es para estúpidos y retardados, no para alguien con mi inteligencia. ¡Uhm! Que bien me siento. ¿Y qué le compraré a mi nieta por su cumpleaños? Tendré que ir por una tienda de juguetes…
El otro lado.
Seguimos todos muy juntos. No hay forma de que me quite de éste carril. Cada segundo que pasa mi coche se encuentra veinticinco metros más cerca de ese estúpido que está cruzando la Avenida Marítima. El vehículo que se mueve paralelo al mío ha hecho un amago de pasarse a mi carril. Creo que su conductor también lo ha notado. Voy a soltar el pie del acelerador para aumentar la distancia con el coche que me precede. ¿Por dónde carajo va a cruzar éste loco? ¡Dios, que no me toque a mí!
Sexto segundo
Un lado.
¡Coño! Si ya casi hemos recorrido la mitad del camino. Y los coches aún se ven lejos, aunque quizás no tanto. Mejor incremento un poco la velocidad. Más vale que sobre que no que falte. Suerte que estoy hecho todo un deportista. Las gafas continúan su traqueteo sobre el puente de la nariz. Parece que el día va a estar bueno. Quizás después me siente en la puerta de mi casa a tomar el aire.
El otro lado.
Parece una tortuga. Ni siquiera ha llegado a la mitad. No creo que pueda conseguirlo. Definitivamente no creo que lo pueda hacer. Va a estar entre el tercer y el cuarto carril…. No creo que sea Yo el que lo atropelle, pero como los dos coches que me preceden empiecen a frenar, quizás tengamos una colisión en cadena. Será mejor que me concentre a fondo. Espero que el vehículo de mi derecha no decida dar un volantazo. A mi izquierda sólo está la mediana, no tengo espacio para maniobrar. ¿Por qué no me habré quedado durmiendo media hora más?

Séptimo segundo
Un lado.
Ya he llegado casi al final del segundo carril. Mejor no mirar hacia los coches y concentrarme en seguir corriendo. Esto está chupado. Hasta un niño podría hacerlo. Unos segundos más y ya estaré en la mediana. Vaya, estoy un poco cansado. Cuando llegue a la mediana tendré que descansar un poco antes de cruzar el otro tramo. Debe ser la edad. ¡Que coño! Si todo el mundo dice que parezco un chaval. Desde que me tiño las canas estoy que me salgo…
El otro lado.
En la radio sigue la letanía sobre la guerra. Éste hombre también va a morir, o al menos va a sufrir importantes heridas. No van a ser heridas de guerra, eso es seguro. El coche que me precede está reduciendo también la velocidad… mierda, el coche que va tras de mí no me deja más espacio. Me está besando el culo, no puedo reducir más la velocidad sin chocar. Será estúpido, o quizás no ha visto lo que va a suceder.

Octavo segundo
Un lado.
Tercer carril. Quizás debería echar un vistazo para ver donde están los coches. ¡Ah, no merece la pena! Todo está bajo control. ¿Cuántas veces habré echo esto? es algo muy sencillo. Correr y correr y correr. Lo importante es escoger el punto de partida en el momento justo, y Yo nunca he fallado. Cuántas veces habré leído de gente atropellada en esta avenida con lo fácil que es cruzar. En qué estaba… a sí, el regalo de mi nieta que no se me olvide. Tengo que comprarlo lo antes posible, que su cumpleaños es el domingo.
El otro lado.
Supongo que el golpe será en el cuarto carril. Quedan unos cien metros entre él y nosotros. Voy a comenzar a hiperventilarme porque esto va a ser muy fuerte. Respiraciones rápidas y muy seguidas. El primer vehículo también lo ha visto. Ahora es él el que está frenando. Y el que va delante de mí continúa aproximándose. Yo ya no tengo espacio para maniobrar. Estoy encajonado. Y los de mi derecha continúan haciendo lo mismo.

Noveno segundo
Un lado.
¡Oh, mierda! He girado la cabeza y los coches están casi encima de mí. No voy a tener espacio suficiente. Espero que se aparten. Y no puedo aumentar mi velocidad, puesto que ya voy a la carrera. Esta chaqueta parece echa de plomo. No me permite moverme. Y esas malditas gafas, con su molesta vibración. Aún me queda un carril y medio por recorrer y ya puedo sentir los coches a mi lado. Y a qué esperan para frenar, están locos. ¡Paren! No ven que soy un anciano. No ven que ya no puedo más. No ven que si no frenan no puedo conseguirlo.
El otro lado.
He visto su cara. Ha mirado hacia aquí y se ha dado cuenta de que está de mierda hasta el cuello. Está tratando de acelerar, pero ni con esas lo va a conseguir. Y por qué trata de pegarse la chaqueta al cuerpo. Eso lo va a frenar. Será estúpido. Ya es muy tarde para apagar la radio, he de mantener las manos en el volante. Tendré que jugármelo todo con los frenos del coche, no puedo usar las marchas para reducir la velocidad.

Décimo segundo
Un lado.
¡Joder, joder, joder! He entrado en el último carril. O no, está cerca pero aún no he llegado. Voy a volver a mirar hacia los coches. ¡No hacen nada! No veo que estén frenando. Son como una barrera que avanza implacable hacia mí. Aún me queda un carril, y estoy tan cansado… mi corazón está desbocado.
El otro lado.
El primer coche de mi carril está clavando frenos. Veo el humo elevándose de la calzada. Casi puedo olerlo. El coche que va delante también está frenando para no chocar. Realiza un Zigzag al frenar tan bruscamente. Los de la derecha también están frenando. Esto es un pandemonio. De un golpe brusco enciendo las luces de emergencia. Al menos el subnormal que va detrás de mí ya se ha dado cuenta y está frenando. Los segundos ahora corren más lentos. Tengo un ojo puesto en el espejo retrovisor y otro en el coche de delante. El hombre está condenado, eso seguro. De ésta no escapa ni de coña.
Undécimo segundo
Un lado.
Ese ruido tan fuerte. Y sale humo. Por fin me han visto, están frenando. Que pare el ruido de una vez. He de seguir corriendo, he de seguir corriendo, he de seguir corriendo. Tendré que lanzarme a la mediana, no voy a tener tiempo de subir la barrera de seguridad que la separa de la carretera. Tendré que lanzarme en el césped. Si tan sólo hubiera comenzado a correr dos o tres segundos antes. ¿Por qué me tiene que pasar esto a mí? ¿ Por qué?
El otro lado.
Todos estamos frenando, pero no va a ser suficiente. No señor. Se multiplicaba por dos, ¿no? O sea, que a ochenta kilómetros por hora hacen falta ciento sesenta metros para frenar. Eso es por lo menos cien metros más allá del viejo. Si aún no está jubilado, hoy se gana el jubileo. Y mira su cara. Está aterrorizado, el sabe que está bien jodido. El humo que veo por detrás de mi coche deben ser mis neumáticos. Y ahora no tengo que imaginarme el olor. Lo puedo oler. Neumáticos quemados, y mira las marcas en la carretera. Como choquemos esto va a ser una pasada. Espero que el cinturón funcione. ¡Que Dios me oiga!

Duodécimo segundo
Un lado.
Cuanto hasta el coche. Veinte metros, treinta. Quizás cuarenta. No puedo más, no puedo ir más rápido. Estoy al límite de mis fuerzas. ¿Por qué no se paran? ¿Por qué siguen avanzando hacia mí? No quiero mirar, no quiero mirar. Hay que seguir corriendo, hay que seguir corriendo.
El otro lado.
De repente ya no escucho nada. Toda mi atención está centrada en el hombre. Tan cerca de nosotros. Mi cerebro ha eliminado todas las otras interferencias. Sólo lo veo a él. Parece moverse a cámara lenta. Mira que poco avanza. El impacto es inminente. Y va a ser el primer coche. ¿Tenía la radio encendida? No oigo nada. Sólo lo veo a él. Va a morir.

Decimotercer segundo
Un lado.
Estoy tan cerca del final. Quizás si pueda conseguirlo. Va a estar apurado pero mejor no mirar. Ya veo la línea que separa la carretera del arcén. Un poco más y ya habré llegado. Sólo un poco más.
El otro lado.
El impacto es inminente. El primer coche está tratando de irse hacia la derecha, pero no puede. Entre que ha clavado frenos y que hay otros vehículos es imposible. No creo ni que tenga el control completo. Este es el fin.

Decimocuarto segundo
Un lado.
Ya casi estoy, ya casi estoy, ya casi estoy, ya casi estoy… ¡Ay! Mierda, me han dado.
El otro lado.
Lo ha golpeado. Finalmente lo ha golpeado. Le ha dado con la parte izquierda del vehículo. Joder, ha salido volando. Está en el aire girando como un trompo. Con el efecto del golpe ha salido despedido. Está dando una vuelta de trescientos sesenta grados mientras continúa subiendo. Parece roto, su cuerpo tiene una forma anormal. No tiene buena pinta. Y continúa subiendo. Al menos se desplaza hacia fuera de la carretera: entre el golpe del coche y su velocidad, su trayectoria lo ha lanzado directo al arcén. ¿Hasta donde seguirá subiendo? Es increíble la velocidad como gira…. Parece que ya baja, pero sigue girando. Sigue girando.

Segundo final
Un lado.
….
El otro lado.
Sigue cayendo. Va a golpear el protector de la mediana con la cabeza. Se la partirá. Sigue girando. Eso es bueno, que gire. Quizás pueda golpear con otra parte de su cuerpo. Ya casi ha caído. Su cuerpo se está posando bruscamente en el suelo. Primero los pies, que golpean despiadadamente el bordillo. El resto del cuerpo continúa con su impulso y va a estamparse contra el césped. Parece un atleta. Parece que está realizando un movimiento de circo perfectamente sincronizado. Hay hasta cierta belleza en el movimiento, se ve tan natural, tan fácil de realizar. Y aún no oigo nada, todo mi ser se concentra en mis ojos, que parecen beberse la escena de un trago. Ha caído, finalmente ha caído. Mi cerebro libera mis sentidos y el ruido de las frenadas me golpea. Sigo frenando, sigo frenando. Los de delante ya han comenzado a echarse a la izquierda para parar los coches. Los rebasaré, no quiero quedarme junto al cuerpo.

Epílogo
El otro lado.
Nos hemos parado. Esto es un lío. Puedo oír los frenazos. Salgo de mi coche. Veo al hombre que ha atropellado al anciano correr hacia el cuerpo, tirado en el césped, inmóvil. Yo también corro hacia allí. No se mueve, no se mueve en absoluto. Será eso bueno o malo. Todo a mi alrededor parece suceder a cámara lenta. El hombre ya casi ha llegado al lado del cuerpo. Eso que oigo es un grito. Está gritando. ¿Quién grita? ¿El hombre atropellado? No. Es el que lo ha hecho. Es un grito desgarrado, de desolación infinita. ¿Qué hace? Se ha tirado al suelo de rodillas. Está levantando las manos al cielo mientras continúa con su grito, que se transforma lentamente en llanto. Sus manos parecen querer tocar el cielo. Se las lleva a la nuca y comienza a encogerse adoptando una posición fetal. Ahora sólo se notan sus convulsiones mientras llora.
Me resulta obsceno mirarlo. Es tan violenta la situación. Han llegado policías, están mirando el cuerpo, pero no lo tocan. El hombre sigue ahí, detenido en el tiempo. Tumbado en el césped junto al que lo llora, al que quizás le ha arrebatado la vida…

6. Er Dani y la metrosexualidad

La serpiente de verano en la que se está convirtiendo la historia der Dani continúa su sinuoso curso, agradando a unos, indignando a otros y dejando indiferentes a la mayoría. Tras el último lavado de cara, fruto de vuestras quejas, han quedado numerados los diferentes episodios de forma que hasta cerebros uni-neuronales sean capaces de adivinar el orden correcto. Como estoy seguro de mis limitaciones y de las de los míos, vuelvo a repetir la secuencia lógica de lectura: 1. Todos queremos ser como er Dani, 2. Conozcamos ar Dani, 3. Lugareños der Dani, 4. Conocidos der Dani y 5. La Carmen, hermana der Dani. Hay gente que incluso llega a este punto de la lectura, sólo para recordar que en el pasado episodio er Dani contó la historia de la Carmen, su sufrida hermana sobrada de carnes.

Tras la historia de la Carmen llegó la calma o al menos eso quise creer. Hay escasos momentos en los que uno se siente poderoso y entre ellos están esos en los que nos reímos de la desgracia ajena. Es lo bueno que tiene el escarnio y la humillación del prójimo, que te hace sentir mejor contigo mismo. La Carmen se marchó hacia la zona del bar en la que el bingo continuaba con su letanía de números y quedamos los hombres en el bar. Er Dani seguía con su diabólico baile, recordando que tenía un doce años en sus manos y agitando el whisky como si de esa forma lo fuera a mejorar o dotar de burbujas.

Uno de los contertulios llamó su atención. Er Dani se acercó y nos deleitó con uno de esos momentos Dale, Don, Dale que lo han hecho legendario. Para aquellos que vivan en la más infame de las ignorancias, el dale, Don, dale es la postura básica del hombre que folla humillando a la hembra. Cualquiera de mis lectores, supremos expertos en el cine porno y conocedores de los nombres de todas las grandes actrices desde que Ginger Lynn se encumbró como la diosa de todas las diosas con aquel chochillo siempre dispuesto a ser penetrado sabe que la postura básica en toda película etiquetada para mayores de dieciocho años es aquella en la que la hembra se pone a cuatro patas, cual chucho callejero y el macho la aborda por detrás, sujetando y tirando de su pelo con una mano mientras la embiste y le golpea la nalga con la otra, procurando dejarla roja y mientras todos los espectadores de dicho arte aullan al ritmo del reggaeton gritando dale, Don, dale. Er Dani usaba la botella como si fuera una hembra, la sujetaba por su cuello y apoyándola sobre su aparato reproductivo, ese que vulgarmente se conoce como polla, embestía el doce años mientras lo cacheteaba a destajo. Esto lo hacía emitiendo alaridos que eran coreados por los dos contertulios.

Uno de ellos sacó a relucir su infinita sabiduría, adquirida patrullando las calles de Málaga como policía municipal y le dijo: Parezezzz un metrozezual de ezozzzz de mierda y se rió de su propia ocurrencia. El otro hombre, un funcionario que espera la llegada el retiro sin dar un palo al agua durante cuarenta horas cada semana mientras se queja de lo ocupado que está a los trabajadores eventuales que contrata el ayuntamiento para que saquen el trabajo adelante, ese trabajo que sus propios empleados son incapaces de hacer ocupados como están en mirarse el ombligo y admirarse de su perfección, dicho hombre agitó la cabeza negando vigorosamente y dijo: No, lo que pareze ez un homozexuá de ezoz. Las carcajadas sincronizadas de ambos atronaron en el local. Er Dani les repondió en lo que fue un intento de defensa poco ortodoxo: ¿Homozexuá Yo? y tú un gay de esos.

El tipo se tomó la réplica deportivamente y contraatacó: Yo no zoy gay, zoy un pedazo de maricón. Ahora todos se retorcían con sus carcajadas, riendo sus genuinas genialidades. Un servidor, sacrificado escriba que padece estos suplicios solo por poder contarlo intentó permanecer estoico pero finalmente sucumbí y me tuve que reír. Sergio se limitaba a mirarlos con sus grandes ojos, me miraba a mí, señalaba de nuevo hacia aquel trío y se reía. Si hubo alguna vez una conversación digna de un episodio de South Park en nuestro país fue aquella. La acabaron adjetivándose mutuamente: metrozexuá, maricón, homozexuá, gay. En ese instante noté que en el bingo se había hecho el silencio y las mujeres escuchaban con gran atención. Pasados unos segundos todas rompieron a reírse y a gritar todo tipo de lindezas, las cuales no transcribiré porque no pude entenderlas en la mayor parte de los casos, dadas mis tremendas limitaciones para extraer información cuando se abusa de la zeta al pronunciar la lengua de Corín Tellado.

No debían haber pasado más de quince minutos desde que cruzamos el umbral de aquel universo plagado de seres de otros mundos, pero finalmente llegó la hora de partir. Me quedó pena, ya que intuyo que podría continuar escribiendo el resto de mi vida cinco historias diarias solo con los sucedidos entre las paredes de aquel local. Atrás quedaron el poli, el funcionario, la Carmen y todas las mujeres que jugaban en aquel bingo de barrio. Nosotros partimos hacia la aventura, una partida de desalmados dispuesta a conquistar el mundo e integrada por Sergio, er Dani, la agitada botella de whisky y un servidor. Ya en el coche er Dani procuró abusar de Sergio y cogió su móvil para hacer llamadas gratuitas. Contactó con sus amigos, los cuales llevaban cerca de una hora esperando por nosotros en el restaurante y ya habían comenzado a celebrar el cumpleaños der Dani y contactó con la hembra que sorpresivamente iba a acudir a dicho cumpleaños, una hembra que según palabras del festejado individuo, follaba con todoz eza noche.

En este punto cerramos el primer acto de esta infame obra, que constará de dos más, aunque ignoro el número de sub-capítulos que los formen, ya que la escritura no es una ciencia exacta y la longitud de los escritos dependerá de mi concentración y del calor que tengamos por estas tierras. La continuación de esta legendaria obra tiene lugar en 7. Camino del restaurante con er Dani

5. La Carmen, hermana der Dani

El Dios de los buscadores me envía discípulos siguiendo misteriosos caminos aunque disfruta asignándome aquellos que para satisfacer sucios instintos buscan putillas y putonas en estos mares de la Internet. Habéis llegado a un lugar que se me antoja equivocado, queridos internautas pero os invito a que leáis esta historia desde su comienzo, lo cual os tomará vuestro tiempo y quizás logre arrancaros una carcajada. Tendréis que seguir los números: 1. Todos queremos ser como er Dani, 2. Conozcamos ar Dani, 3. Lugareños der Dani y 4. Conocidos der Dani. Para aquellos perezosos que han seguido esta historia por episodios, estamos en el bar con bingo al fondo y er Dani se dispone a contarnos una historia sobre su hermana, la Carmen, después de que esta tropezara con él tras la barra del bar.

Cuando se recuperó del golpe que le arreó involuntariamente su hermana, la miró y comenzó a reirse mientras la señalaba. Balbuceaba algún tipo de frase que no llegábamos a comprender, algo relacionado con agua caliente. Ella, sin embargo, si que captó de qué iba la jugada y puso tierra de por medio. Se atrincheró lo más lejos que pudo der Dani, abochornada por algo o por alguien. Conseguimos que el hombre se tranquilizara y no tardó en contar la historia.

Er Dani y familia viven en uno de esos pisos en los edificios que nos rodean, pisos con paredes de papel que te ayudan a convivir con tus vecinos, a los que escuchas con claridad en todos y cada uno de los momentos de su vida. En casa der Dani son un montón, entre hijos y padres. Perdí la cuenta del número de individuos pero se me antoja que más de cinco. La convivencia en una casa así no es fácil, con todos los vástagos chupando de la teta paterna y echándose al gaznate las comiditas de mamá.

Esa tarde, antes de ir a trabajar ayudando al padre, la Carmen decidió darse una ducha. Cualquier mujer de envergadura media no tendría más problemas, pero estamos hablando de una chica que malamente cabe por el marco de una puerta, una chica que cuando se mueve consigue someter los cimientos de un edificio a tensiones jamás soñadas por los arquitectos. Así que ahí la tenemos, entrando en ese baño en el que ya no queda tapa para el retrete después de que una tarde la reventara con su peso mientras obraba leyendo el ¡Qué me dices! emocionada por el último de los rumores del Bustamante. La Carmen se quitó la ropa, liberando esos kilómetros de piel y tras inspirar profundamente se metió en lo que antiguamente había sido una bañera pero que tras años de abuso por parte de la chica se había convertido en un achaparrado plato de ducha, una chapa aplastada contra el suelo.

Ese cuerpo desnudo y ansiando ser purificado se retorció al contacto con el fría agua. Al dar un pequeño brinco hizo temblar todo el edificio y su vecina, que estaba tomando el té de las cinco vio como su juego favorito de té caía al suelo. Dicha vecina nopudo hacer otra cosa que maldecir su suerte al haber comprado una casa junto a esta gente y se resignó cristianamente. La Carmen esperó pacientemente a que el agua se tornara tibia. Los segundos caían como estrellas fugaces y nada cambiaba. Despuésde lo que le pareció una eternidad comprendió que algo había sucedido. Cogió aire, lo que dada la ingente capacidad de sus pulmones supuso una gran corriente aspirada por su cuerpo y gritó: Paaaaaaaa, Paaaaaaa, enciende errrrr termo pa’ calentá eragua Fue esta frase o algo parecido, ya que mis dotes para entender la información suministrada por er Dani no estaban totalmente desarrolladas.

Er Dani gesticulaba y se reía mientras lo contaba, señalando a su hermana que parecía estar disminuyendo por momentos, avergonzada por la historia. Todos los que estábamos en el bar observábamos fascinados como se desarrollaba el drama antes nuestros ojos. Después de otro ataque de risa volvió a repetir: Paaaaaaaa, Paaaaaaa, enciende el termo pa’ calentá el agua que estoy en la ducha y aún otra vez Paaaaaaaa, Paaaaaaa, calienta er agua que me estoy duchando. Yo espero que Dios me perdone algún día, pero me reí. Quiero que os pongáis en mi lugar y cerréis los ojos y os imaginéis la escena en aquel bar, con el bingo al fondo cantando números, con todos aquellos seres extraños rodeándome y aquel hombre sacado de algún lugar del inframundo contándonos la historia.

Retornó al relato. La chica continuó gritando, pidiendo agua caliente mientras reventaba tímpanos por todo el edificio y todos los vecinos de esa torre y las cuatro circundantes eran conscientes de la necesidad de agua caliente para aquella hembra desnudae indefensa en esa ducha. Finalmente el padre reaccionó. El hombre, que hasta momentos antes había estado durmiendo la siesta vio como su sueño era interrumpido abruptamente por su hija, esa carne de su carne que se había multiplicado por millones de veces y que amenazaba con devorarlo todo. Se levantó de la cama con un humor de perros, ese que sólo podréis comprender aquellos que hayan estado en una situación parecida. A gritos respondió a su hija, unos gritos que cruzaron a la velocidad del sonido el espacio distribuyendo la buena nueva: Agua caliente, agua caliente hijaputa, espera que voy ahí y te voy a calentá a hostias cabrona y dicho y hecho, se escucharon por todo el edificio los pasos del hombre que acudía hacia el baño a ajustar cuentas.

El desesperado mensaje que se escuchó a continuación marcó las pesadillas de los niños de aquel barrio durante meses: Paaaá, nooooo, Paaaaá, enciende el termo que el agua está fría y la rápida respuesta, cada vez más cercana: Te voy a calentar los huesos hijaputa que me has dejado sin siesta. Vas a veeeeé y el contraataque rápido de aquel paquidermo sabedor de su mala suerte: Nooooooo Paaaaá, Nooooooo

La puerta se abrió de golpe y el hombre avanzó con paso firme hacia su aplastada bañera. De un manotazo apartó la cortina y en auténtico sonido digital con decenas de canales de audio, se pudo escuchar el manotazo al tiempo que ambas voces gritaban: Noooooooo Paaaaá, Toma agua caliente hija puta, No me pegues Paaaaaaá, Toma pa’ que te calientes, Paaaaaaá por favoooooooó, Tomaaaaaaa, Paraaaaa Paaaaá, Tomaaaaaa

En este punto er Dani interrumpió la narración. Las lágrimas me caían por los ojos y el resto de la clientela gritaba y se reía a carcajadas, señalando hacia aquella pobre desgraciada y gritándole: Nooooo, Paaaaá, Nooooo. La chica trató de aparentar que nada sucedía, pero la vergüenza la cubría de arriba a abajo. Er Dani se volvió satisfecho hacia nosotros, con su botella de whisky en la mano y volvió a agitarla en el aire en plan victorioso.

Es aquí, entre dos historias, cuando estamos a punto de asistir a uno de los momentos más surrealistas de la noche, donde detenemos la narración y nos quedamos a la espera del próximo episodio, aquel llamado Er Dani y la metrosexualidad

4. Conocidos der Dani

Hay que dar más de un paso para que podamos decir que estamos caminando. Esta historia se compone de pequeñas partes que podemos ver como los pasos necesarios para llegar a algún sitio, si es que realmente conduce a algo. Comenzamos a caminar en todos queremos ser como er Dani, dimos el segundo paso en conozcamos ar Dani y el tercero en lugareños der Dani. Hay quien piensa que el camino hacia er Dani forma parte de la misma, aunque yo sinceramente lo dudo. Si ya no recuerdas de que iba la cosa y no te apetece volver a leer lo anterior, te recuerdo que estábamos en el bar y que en el mismo se encontraba un bingo de mujeres poseídas por la fiebre del juego.

Al brindis para celebrar el cumpleaños der Dani se unieron los tertulianos que estaban en nuestro lado de la barra. Yo no había recaído en ellos puesto que siempre pensé que formaban parte del mobiliario. Ahora que el alzamiento de vasos nos había hermanado, los miré de reojo, intentando no resultar novelero. Uno de ellos era el tipo de animal sudoroso que uno se encuentra en cualquier bar español de barrio. De su tupido bigote negro, claramente teñido con alguno de esos productos que anuncian por la tele y que el individuo olvidó aplicar al poco pelo que le quedaba en la cabeza, colgaban unas cansadas gotas de cerveza, o quizás de sudor. Su nariz aguileña se abría como las compuertas de cualquier canal holandés tratando de coger aire y forzaban el balanceo de las gotas colgantes al inspirar. Su camisa se veía sudada por todos y cada uno de sus rincones, con esas marcas sobaquiles que engrandecen a cualquier obrero. Todo el pelo que tenía aquel individuo en el mostacho le faltaba al otro en su cabeza. su calva relucía como un redondeado panel solar que trataba de coger energía de la luz de los fluorescentes. en semejante superficie blanca también habían perlas de sudor, ya que intuyo difícil que la cerveza alcance esas regiones. Los pocos pelos que tenía se encontraban espaciados, como peleados entre ellos y parecían haber sido abandonados mucho tiempo atrás, con sus puntas abiertamente estropeadas. La camisa de este otro sujeto era tan horrorosa como la del primero, de un zafio color que intuyo fue blanco el día en que cayó en sus manos y que tras innumerables lavados había adquirido un tono amarillo que parecía irradiar desde la zona en la que los brazos se unen al tronco.

Ese dúo nos miraba con la misma curiosidad que nosotros a ellos. Parecían haber estado toda una vida allí, hablando entre ellos indiferentes al tiempo. En ese momento se abrió la puerta y entró una nueva binguera acompañada de un niño pequeño. Saludó a los conocidos. El bigotudo le dijo algo que no pude comprender y también se dirigió al niño. El niño sonrió, sabedor de algún secreto que yo era incapaz de atisbar. El tipo saltó de su taburete, se acercó a una de las máquinas, de esas en las que hechas una moneda y puedes tratar de capturar un premio y agarrando al niño con un brazo, lo aupó, puso una moneda en la ranura y trató de conseguirle un regalo. Tras unos instantes en los que todos pensamos que iba a triunfar, el juguete resbaló del gancho que lo sujetaba y volvió al montón. El tipo, echó otra moneda y volvió a intentarlo. Otro regalo ascendió y volvió a caer entre maldiciones de aquel hombre. Puso una tercera moneda, dejó al niño en el suelo y cuando el juguete estaba en el aire y a punto de resbalarse del garfio que lo sujetaba, le arreó una hostia a la máquina con tan certera puntería que el preciado objeto fue a parar al punto de recolección de premios. Lo cogió victorioso y se lo entregó al niño, no sin antes volver a colocar la máquina en su posición original.

Yo vi lo que hizo, Sergio también fue testigo y creo que todos en el bar, pero nadie dijo nada. El chiquillo corrió hacia el bingo con su regalo en las manos, gritando para llamar la atención de su madre. Después de semejante acción benéfica, el tipo volvió a su asiento, se sentó y siguió bebiendo cerveza como si no hubiera pasado nada. Er Dani había desaparecido hacia el interior del local y después de unos momentos de silencio lo escuchamos volver con su cantinela, gritándole a alguien. Resultó ser su padre. Había cogido una botella y se la restregaba al hombre por las narices, riéndose como un loco. Cogía la botella, se la llevaba a la entrepierna, hacía como que se la estaba follando y volvía a pasársela al hombre por la cara. El padre de tamaña criatura trataba de espantar a su vástago a manotazos, igual que alguien espantaría un molesto mosquito, aunque sin mucho éxito, ya que er Dani no parecía arredrarse. Cuando volvió a nuestra zona, después de conseguir atravesar el espacio que llenaba su hermana, nos enseñó la botella mientras gritaba:
Un doce años, un doce años.

Efectivamente, era una botella de Whisky de doce años. Aquello parecía un logro impresionante. Yo, acostumbrado a los precios del alcohol en las Canarias, no terminaba de apreciar lo extraordinario del evento. De hecho, creo que en casi todos los asaderos a los que he tenido el gusto de acudir en mi vida, siempre hubo botellas similares o mejores. Ni siquiera cuando era estudiante y mi presupuesto limitado me permití beber nada que no hubiera disfrutado del envejecimiento en barriles que proveen los años. Para er Dani sin embargo era un evento único e irrepetible. Llevó la botella frente a la cara de su hermana, que se afanaba en servir una tapa de ensaladilla rusa adobada. Los ojos de la chica se notaban excitados ante la proximidad de la comida y se veía que estaba haciendo un gran esfuerzo para contenerse y no hincarle el diente. Su hermano continuaba con su juego, follando la botella e inmediatamente levantándola en el aire con grandes risotadas y exhibiéndola como un triunfo.

Desde el fondo del local se oyó el vozarrón del padre diciendo que se la cobraría. El no demostró haber oído la amenaza y continuó con su salvaje baile, observado por mis atormentados y asombrados ojos y por los dos tipos que estaban a nuestro lado. La hermana se acercó a recoger el plato de manises que nos había puesto y de un barrigazo casi lo estampa con su botella contra la barra. La maldijo en voz alta y siguió riéndose de algún chiste que posiblemente cruzó por su cabeza y del que por suerte nunca supimos.

Después de recuperarse del golpe, comenzó a contarnos una historia sobre ella. La historia la podréis conocer en el próximo capítulo, aquel que es conocido como La Carmen, hermana der Dani.