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Turbulencias

- Tripulación, entrando en pista para el despegue. Buen viaje — se escuchó por megafonía.

En esos momentos la gente se queda quieta y salvo algún chiquillo que se revuelve en su asiento, todos contienen la respiración y esperan a que esa loca carrera con un ruido ensordecedor acabe pronto y el pájaro levante el vuelo. Isabel volvía a casa después de una semana de vacaciones en Creta y lucía un precioso bronceado. Iba ligera de ropa ya que al entrar al avión la temperatura era de más de treinta grados y al llegar a su destino también haría calor. A su lado estaba su última conquista, una muesca más en su rifle, un joven ejecutivo al que le sacaba quince años y que la miraba arrebolado. Ella le daba todo aquello que él quería sin poner objeciones. Era una diosa sexual y lo sabía. Su cuerpo se mantenía en perfectas condiciones gracias a un riguroso programa de mantenimiento que le costaba mucho tiempo y dinero. Ni lo uno ni lo otro eran un problema para ella. Su vida era una fiesta eterna que deseaba que no acabara.

Tras unos minutos tomando altura el avión se estabilizó y comenzó el baile de azafatas a su alrededor, ofreciendo comida y bebida y procurando que se encontraran lo mejor posible. Esa era la ventaja de volar en primera, el servicio. Ambos se hacían cariños y se juraban amor eterno, una mentira conocida para una mujer que solo se podía querer a sí misma. Con unos vasos de champaña brindaron por el porvenir. A este joven aún le quedaba cuerda para un par de meses. Después tendría que plantearse el finiquitar la relación, pasar por quirófano y buscarse uno nuevo. Se paró un momento a pensar cual podía ser la parte más divertida de todo el proceso pero no pudo porque todas le gustaban por igual. Seleccionar la víctima, tender la trampa, flirtear, el primer beso, el primer abrazo, el primer revolcón, la primera pelea, las primeras vacaciones y después la estabilidad previa a la ruptura, el mantenimiento de su cuerpo y vuelta a comenzar. Es muy dura la vida disoluta del vividor.

Estaban brindando por enésima vez cuando el avión se sacudió un poco y se encendió el indicador del cinturón de seguridad. Enseguida las azafatas avisaron al pasaje para que se mantuvieran en sus asientos debido a las turbulencias y para que se abstuvieran de andar. Una de ellas les recordó que se debían amarrar los cinturones y eso hicieron. No era nada del otro mundo, todos hemos pasado por esto en ocasiones anteriores, unos minutos de vibraciones y después vuelve la calma. Ella miraba a su hombre con esos ojitos tan hermosos y le transmitía su total y completa entrega, muy puesta en su papel de enamorada cuando el avión se sacudió bruscamente y comenzó una caída más acusada. Aquello era como una montaña rusa o quizás peor. Los motores hacían un ruido horrible y la gente gritaba en el interior del avión, agarrándose a donde podían. Algunos compartimentos se abrieron y su contenido salió despedido hacia afuera. El avión caía cada vez más rápido y aquello parecía no tener fin. Se oyó un golpe seco y vio que su novio tenía la cara manchada de sangre y algo más. Él la miraba horrorizado y ella, aturdida, no sabía qué hacer. Se llevó la mano al pecho y en ese instante supo lo que había pasado.

Le faltaba algo. En su pecho había un agujero del que salía algo de líquido. El pezón colgaba caído y mirando alrededor encontró lo que le faltaba, su implante de silicona de Corporación Termopatética estaba en el suelo junto a ellos. Se puso a gritar. Su novio también. Gritaba y trataba de alejarse de ella, a la que de repente veía como un monstruo horroroso que disparaba proyectiles.

El avión se estabilizó y ella se soltó el cinturón y salió corriendo hacia los baños gritando
- Mi teta, mi teta, se me ha caído mi teta

El día que fueron a buscarla

Los cementerios siempre son lugares silenciosos. Ambas entraron cogidas de la mano, respetuosas y pasearon hasta el lugar en el que se encontraba su madre. Se quedaron en silencio mirando el nicho y una de ellas acarició con delicadeza el mármol que sellaba el lugar. En la piedra estaba escrito el amor que todos le profesaron en vida y aún hoy, después de años de estar muerta. Una de ellas tenía unas flores y buscó un jarrón para ponerlas. Lo lavó, lo llenó de agua y dejó las flores junto a su madre.

Siguieron en silencio. El tiempo se deslizaba lentamente. Tras un rato se dieron la vuelta y se dirigieron hacia el complejo de edificios en el que estaba la capilla. Allí buscaron a los encargados del cementerio. En el interior olía a humedad y la imaginación de una de ellas lo asociaba con la muerte. Se imaginaba los sótanos llenos de cadáveres, todos desprendiendo ese olor que se filtraba por las paredes y llegaba hasta ellos. Estaba muy nerviosa. Le tendieron al funcionario los papeles sin decirle nada. El hombre los ojeó y buscó algo entre las hojas. Lo debió encontrar porque se quedó satisfecho.

- Está todo en regla — les dijo — Lo haremos en unos minutos. Esperen en la salita que está al final del pasillo y las avisaremos cuando hayamos acabado. Saben que el traslado corre de su cuenta, que nosotros no nos encargamos.

- — fue la respuesta seca y concisa de una de ellas.

- Está bien, nos vemos en unos minutos — y las despidió indicándoles el camino con su brazo.

Se sentaron en la diminuta habitación que les habían dicho y esperaron sin hablar entre ellas. Estaban prácticamente solas, no se oía ningún ruido dentro del edificio. Desde la ventana se podía ver un árbol en el que descansaba una lechuza que miraba hacia el lugar en donde ellas se encontraban fijamente. Había una mesita con algunas revistas, todas religiosas y un montón de estampitas de San Lázaro junto a una cajita para dejar las donaciones en la que había unas cuantas monedas. Una de ellas cogió una y dejó medio euro. Se la guardó en el bolso escondiéndola en alguno de los múltiples bolsillos con cremallera que tenía. Siguieron sin hablar, sumidas en la tristeza que da el miedo a la muerte. Para ambas era un trago muy duro y si estaban allí era porque sabían que era lo que querían sus padres. Habían tenido que esperar años para hacerlo y antes de ese día tuvieron que dejar de lado las rencillas que las separaban y declarar una pequeña tregua en la guerra que mantenían desde su nacimiento.

Tras una eternidad volvieron a escuchar ruidos en el edificio. Después de un par de minutos volvió a aparecer el funcionario.

- Acompáñenme – ordenó mientras se daba la vuelta y se dirigía al fondo del pasillo. Bajaron por unas escaleras y ambas pudieron sentir como se les erizaba el vello del cuerpo. Allí olía a productos químicos que aniquilaban cualquier otro olor. Había un montón de puertas y sobre algunas se veían unas luces rojas que estaban apagadas y que debían indicar algún tipo de trabajo. El hombre entró en una de las habitaciones y ellas se cogieron de la mano, sin darse cuenta.

Una vez dentro vieron que en el centro de la sala, sobre una mesa estaba el ataúd de su madre. Ya no lucía tan hermoso como el día del entierro pero aún así, seguía siendo imponente. Una se puso a llorar y la otra le pasó el brazo por el hombro. Los dos hombres que estaban en la sala estaban curtidos en este tema y no mostraban ninguna emoción, más bien indiferencia y el aburrimiento que da el hacer siempre lo mismo. Las dejaron gimotear unos segundos y cuando consideraron que el momento de respeto ya debía acabar se acercaron al ataúd.

- Vamos a abrirlo en su presencia. Después pondremos los restos de la fallecida en esa bolsa especial que pueden ver ahí y se los entregaremos. Ustedes tendrán que ir hasta el otro cementerio y allí procederán a abrir la tumba de su padre y poner los restos de su madre junto con los de él.

Ambas lloraban y asentían con la cabeza. Los funcionarios abrieron la tapa del ataúd y las miraron inquisitivamente para ver si querían echar un vistazo. Ninguna de ellas se movió. Parecían clavadas al suelo. Ellos empezaron a recoger y poner en la bolsa, aunque sin acercarse no podían ver en realidad lo que hacían. La tapa les bloqueaba la visión. Tardaron muy poco. Uno de ellos se asomó y les preguntó:

- ¿Qué hacemos con ésto? — y les enseñó dos bolsas como de plástico, no muy grandes y con una forma muy peculiar.

- ¡Las tetas de mamá! — dijo una — ¡Yo las quiero! Póngamelas en una bolsa aparte para llevar.

- NO. Las tetas de mamá son mías — dijo la otra.

- Ni muerta. Las tetas son mías, yo lo dije primero — y ahí comenzó la batalla. Se lanzaron una contra la otra y en unos instantes se estaban tirando de los pelos, arreando bofetones e insultando: Puta asquerosa, son mías

- Puta tú, que eres del hospicio, que mamá te recogió — se defendió la otra

- Zorra de mierda, te voy a sacar los ojos — y la batalla se recrudeció.

Los hombres se lanzaron a separarlas. Habían visto peleas por joyas, relojes en incluso por unos zapatos pero nunca, nunca por dos bolsas de silicona.

El día de la despedida

Una canción de Celine Dion sonaba en la sala mientras unos lloraban y otros charlaban animadamente. Presidiéndolo todo, un ataúd separado de ellos por una cristalera y rodeado de rosas blancas.

Un puñado de niños correteaban por la sala, jugando al escondite y usando los grupos de gente como lugares en los que se parapetaban de la vista del que los perseguía. En una mesa estaba la comida, perfectamente presentada y guardada por uno de los empleados del tanatorio que procuraba que no faltase de nada.

Las luces se fueron apagando y todos quedaron en silencio. A través de una pantalla enorme se comenzó a ver un vídeo con momentos de la vida de María, risas, carreras, escenas en la playa, siempre rodeada de los suyos, de aquellos que la quisieron en vida y que ahora lloraban su muerte. Lucía fantástica, simpática y como todos querían recordarla. Acompañando a las imágenes se oían anécdotas, contadas por algunos de los participantes en la ceremonia, momentos que de alguna manera habían marcado sus vidas.

Unos cuantos lucían lágrimas en sus caras que corrían sin vergüenza, alejándose de sus ojos mientras buscaban la libertad. Otros sonreían, quizás por recuerdos con ella, memorias lejanas que volvían al presente arrastradas por estas imágenes.

Cuando terminó el vídeo y las luces volvieron a encenderse se quedaron en silencio durante unos segundos, expectantes y fue su marido el que comenzó a aplaudir. Se apiñaron junto al enorme escaparate que los separaba del ataúd y contemplaron con cierta congoja como los empleados de la funeraria la sacaban de allí y se la llevaban por una puerta posterior. Entre abrazos, lágrimas y besos de despedida terminó el funeral.

Llevaron el féretro hasta el horno crematorio. Por una puerta lateral entró su marido, que había insistido y quería estar presente en ese momento. Ellos no hablaban, realizaban su tarea de una forma mecánica y que a los ojos del hombre parecía muy profesional. Pronto la puerta del horno estuvo cerrada y las llamas se lanzaron ávidas a devorar su presa. El marido se secaba los ojos llorosos mientras su amada era consumida y no lo resistió. Se marchó corriendo, entre sollozos.

Tras unos minutos una luz roja se encendió en el panel de control y comenzó a parpadear. El empleado no se pudo reprimir:

- ¡Joder! Otra que tenía tetas de silicona. Manolo, avisa a Fernando que esta noche tenemos que volver a limpiar el puto horno, que se nos ha vuelto a llenar de plástico derretido.

La joya de la colección

Año 4008 de nuestra era
La Tierra es un lugar sin vida. Un mundo muerto o al menos eso parece desde el espacio. Cuando la nave desciende en nuestra contaminada atmósfera, nada ni nadie la recibe. Rastrean grandes zonas hasta que eligen el lugar para aterrizar, un enorme descampado junto a lo que parecen ruinas de una civilización anterior. El fuerte viento castiga el lugar y levanta nubes de un polvo que sale disparado contra cualquier cosa que intente detenerlo.

Los entes que descienden de la nave lo hacen bien protegidos. Se mueven con decisión, usando extraños equipos que lo capturan todo. Mientras bordean lo que fue en su tiempo una ciudad y que para ellos parece un tipo de construcción anodino. En esa periferia hay un pequeño edificio, derruido casi en su totalidad y junto al que se encuentran unas grandes lozas de piedra de diferentes tipos y creando formaciones geométricas. algunas están rotas y en su interior hay unos hoyos. Se acercan y excavan. En la primera no encuentran nada. Lo que quiera que hubo allí ha desaparecido, es polvo y es una pena que no puedan escuchar un viejo dicho de los habitantes de este planeta que decía que polvo eres y en polvo te convertirás.

Se acercan a otra tumba, aunque ellos no saben que es una tumba y quitan la loza que cubre la sepultura. Hay un agujero y al fondo restos de algún tipo de estructura que al contacto con la atmósfera se degrada casi instantáneamente. Quedan dos piezas, dos objetos relucientes, colocados uno junto al otro. Con delicadeza los sacan y los guardan en un recipiente para estudiarlos posteriormente. Aunque buscaron en todas y cada una de las tumbas y encontraron otras cosas, en ninguna apareció algo como aquello. Los expertos, allá en su planeta, escribieron libros e idearon todo tipo de teorías sobre aquellos dos objetos y la importancia de la persona que fue enterrada con ellos. Debía ser alguien poco menos que divino, si al morir fue enterrado con ellos. Definitivamente eran un símbolo de poder.

Cargados de piezas de metal y de todo tipo de piedras con grabados montaron un gran museo para conmemorar aquella civilización muerta y en el centro de todo, en una sala vacía para engrandecer el descubrimiento, pusieron aquellas dos piezas únicas, las iluminaron y uno de sus grandes artistas compuso una música solemne y dramática para acompañar los instantes que pasaban los visitantes en aquel lugar.

Lo que ellos no sabían es que aquello que les parecía tan importante no eran más que los implantes mamarios de la mujer que había sido enterrada en aquella tumba.

El precio de la belleza

Una fina lluvia caía sobre el césped. El intenso verde de la hierba resaltaba con el agua que lo empapaba. Extrañamente, en el cielo se podía ver un precioso sol y un arco iris que abría una puerta hacia algún lugar desconocido.

Dejó las herramientas en la caseta y se acercó a mirar las hortensias. Acarició con cariño una de las flores y quitó las hojas secas. Las plantas respondían a sus cuidados dando lo mejor de ellas mismas, iluminando su jardín con su belleza.

Siguió caminando y llegó al final del mismo, a un lugar en el que no crecía nada, un rectángulo de tierra húmeda y revuelta. Se le torció el gesto e hizo como si no lo miraba. Esa era la única aberración de su hermoso mundo, un lugar que necesitaba pero en el que no quería pensar. Estaba allí porque incluso en el más perfecto de los universos existe el mal y aquí, en este rincón dedicado a exaltar y elogiar la belleza, el mal lo encarnaban sus vecinos. Ninguno de ellos parecía comprenderlo, todos lo saludaban y pensaban que no se daba cuenta de sus miradas, silenciosos reproches porque sabían que él estaba detrás de todo.

Sonrió. El bien siempre triunfa, igual que en las películas. Él los había advertido, les dio suficientes oportunidades para que lo arreglaran pero ellos no querían comprender. Al final pasó lo que pasó y nadie lo podía culpar por ello. Si uno deja una puerta abierta es porque quiere que curioseen en el interior o porque desea que algo que posee y quiere con vehemencia escape. Y así sucedía. Salían de las casas y algún imán los mandaba directos a su jardín, su posesión más preciada y arañaban, destrozaban y deshacían su precioso trabajo.

Llegaban incluso más lejos porque esos malditos gatos soltaban sus excrementos entre sus rosas, junto a sus hortensias o sobre el césped. No les importaba que fuera una propiedad privada y parecían ignorar el cartel que prohibía la entrada. Él no dejaba la puerta abierta y el muro de casi dos metros debería servir de advertencia.

Así que pasó al contraataque. Primero vino el alambre electrificado rodeando su perímetro. No sirvió de mucho, los gatos siguieron entrando, saltando sobre la trampa. Ese fue el último aviso que dio. Si querían guerra, la iban a tener. Compró el veneno y con el mismo impregnó el cebo. Era como pescar, pero en casa. Lo dejó en un rincón que sabía que frecuentaban y un día más tarde allí estaba una de esas bestias malditas, tirada sobre la hierba, inmóvil, con un poco de espuma saliendo de su boca.

Abrió la zanja al final del jardín y lo enterró allí. Dejó pasar unos días. No podía evitar sonreír al ver los carteles pegados en las farolas en los que el descuidado dueño solicitaba ayuda para encontrar a su gato. Él sabía que nunca lo harían.

El segundo en caer fue una semana más tarde. Una bestia enorme y peluda que a veces, cuando la descubría en el jardín, se enfrentaba con él. Lo enterró en la misma zanja. En las farolas ambos gatos compartían protagonismo. Por este hasta ofrecían recompensa. Los otros dueños intuyeron que algo iba mal y por unos días no dejaban salir a sus animales de casa. Por desgracia la gente siempre olvida. Él no quería hacerlo pero no iba a permitir que estropearan su jardín. Hubo un tercero, un cuarto, un quinto y un sexto. Después llegó la calma. No quedaban gatos en aquella calle y él no los echaría de menos.

Por eso los vecinos lo miraban. Conocían su odio por los gatos e intuían que él los había eliminado. Ninguno de ellos se atrevió a preguntarle. Mejor así. Pronto llegaría el otoño y empezaría a preparar el jardín para el invierno.

Sombras en la noche

Corría entre los árboles casi sin aliento. Era una noche de luna llena y había algo de luz. Su respiración agitada lo delataba pero no tenía tiempo para pensar en algo tan obvio. Avanzaba casi a ciegas sin saber muy bien hacia donde iba. Solo quería escapar, llegar a algún lugar en donde hubiera gente. Tras él corrían otras sombras. A veces los escuchaba bien cerca y en otras ocasiones parecían alejarse. Cojeaba un poco al correr. Había tropezado y seguramente se había torcido el tobillo. no quería pensar lo que les había sucedido a los otros.

La última vez que vio a Jorge este trataba de tranquilizar al grupo. Insistía en que debía ser una broma de mal gusto que alguien les estaba haciendo y que pronto pasaría. Se separó de ellos y se acercó al punto del que venían los ruidos. Súbitamente hubo un silencio enfermizo y a continuación algo saltó sobre él arrancándole la cabeza de cuajo. Vieron su cuerpo tambalearse y caer sin vida y como era arrastrado rápidamente por esas sombras.

A partir de ese momento se descontroló la situación. Las chicas gritaban descontroladas. El miraba a su alrededor. Estaban espalda contra espalda cerca de la hoguera que habían hecho. No era un buen lugar. Con tanto ruido serían un blanco perfecto pero a ver quien conseguía calmar la situación. La cabeza seguía tirada cerca de ellos y por suerte no miraba en su dirección. Luis trató de que se callaran para poder escuchar mejor. Buscaron palos y los cuchillos que tenían y los cogieron. Eran un grupo patético, estaba claro que no llegarían muy lejos así. El coche estaba en la dirección por la que se habían llevado el cuerpo de Jorge. Luis sugirió el ir hacia el coche para escapar pero nadie quería. Yolanda gritaba como una posesa y tuvieron que abofetearla para calmarla.

Otra posibilidad sería el meterse en el lago. no tenían una barca y el agua estaba condenadamente fría. Sería un suicidio y ni siquiera sabían si las sombras los seguirían en el agua. Ante la falta de una estrategia clara se quedaron allí, procurando hacer el menor ruido posible. Sólo se escuchaba el crepitar de la madera y los gemidos de las chicas. No pasó mucho tiempo antes de oír los ruidos de nuevo, ramas aplastadas, hojas que rozaban algo y la inquietud los invadió. Estaban rodeándolos. No habían tenido suficiente con Jorge y querían más. A veces veían alguna sombra cruzando entre los árboles. Gritaban y hacían ruido pensando que así los espantarían.

Una piedra apareció de la nada y golpeó a una de las chicas. El desconcierto que sucedió a esto fue aprovechado por las sombras. una se acercó rápidamente y agarró a otra de las jóvenes llevándosela. Ella gritaba hasta que escucharon un golpe seco, un crujido como de algo que se parte. a partir de ahí no dijo nada. Ahora sabían que no estaban seguros.

Luis optó por marcharse y Pedro lo siguió. Las chichas se quedaron allí llorando y de mala gana los siguieron. Iban siguiendo la costa del lago. Sabían que no hay casas ni otra gente en kilómetros pero era mejor que quedarse allí sin hacer nada. Diez minutos más tarde desapareció una de las chicas, Eva y un poco más tarde ya no oyeron más los llantos de Ana. Sólo quedaban ellos dos. Parecía que lo podrían lograr. Corrían por el bosque parándose únicamente a recuperar algo de aliento. Pasó una hora y comenzaron a sentirse seguros. No sabían donde estaban. En una de las pausas escucharon los ruidos y desde las ramas de un árbol algo alzó por los aires a Luis matándolo rápidamente. Pedro lloraba en silencio y echó a correr. Más tarde tropezó y perdió el cuchillo que tenía pero ni se dio cuenta. Seguía corriendo erráticamente por el bosque, a veces escuchando los ruidos que producían las sombras y en otras ocasiones nada. Sentía que estaban jugando con él que era todo parte de un plan. Ni siquiera sabía si se movía en círculos o en línea recta.

Estaba agotado y su cerebro había superado ese punto en el que se pueden tomar decisiones racionales. Ahora lo gobernaban sus instintos más básicos y estos solo le pedían correr sin parar. Vio la carretera que llevaba al lago y pensó que lograría superar esta pesadilla. Fue hacia ella y cuando ya estaba cerca una sombra se interpuso en el camino. Se quedó helado. La sombra se desdobló y vio que eran muchas. Fueron rodeándolo y comenzó a gritar desaforadamente. El ruido cesó de golpe. El bosque recuperó el silencio solo roto por las hojas acariciadas por el viento. La leyenda negra de aquel sitio tendría a partir de aquel momento un nuevo capítulo.

Invasión

La temida noche volvió a llegar y la gente corrió a protegerse en sus fortificadas casas. Las luces se apagaron, los edificios cubrieron sus ventanas con fuertes medidas de protección y las carreteras quedaron vacías. Ya no quedaban perros guardianes, se los habían comido, matado o algo peor. Las sirenas avisaban de la inminencia del toque de queda. La playa quedó desierta. Una hora más tarde se escucharon los primeros sonidos. un lejano rumor que crecía por momentos y que estaba producido por un motor. A esas horas las murallas que rodeaban las ciudades estaban ya con sus sistemas automáticos preparados para disparar al menor movimiento.

Nadie parecía recordar como habían llegado a eso. Eran un país tranquilo, alegre, con buena cocina, situado en el sur de Europa. Cuando llegaron las primeras barcas con inmigrantes la gente se volcó en ayudarlos. Contaban historias terribles sobre sus países y sobre los sufrimientos que habían tenido que pasar hasta llegar allí, a Europa. Después de un tiempo ya no fueron noticia porque llegaban continuamente. Pronto la estrategia de las pateras cambió y aparecieron los cayucos, auténticos barcos piratas llenos de mercancía humana. Los españoles hicieron lo que mejor saben hacer, escondieron la cabeza y dejaron hablar a sus políticos sin que nadie solucionara el problema. Todos decían que Europa tendría que ayudar, que Europa debía hacerse cargo del asunto pero la tan mentada Europa llevaba décadas preparándose para este momento mediante leyes restrictivas y extradiciones expeditivas. Europa ni quería ni podía hacerse cargo de una situación producida por la incompetencia de una nación para hacer respetar sus fronteras, un país que se las daba de estar entre los diez más industrializados y poderosos del mundo. Siguieron recibiendo horda tras horda invasora y sus políticos cantaron sus mentiras y abobaron a la plebe. Los índices de criminalidad se dispararon. Un día un turista fue asesinado para robarle la cartera, luego otro. La noticia abrió los programas de noticias de toda Europa. España no era ya un país seguro. Los ministerios de asuntos exteriores recomendaron a sus ciudadanos no visitar ese país, los aviones se vaciaron, los hoteles tuvieron que cerrar y la principal industria languideció en una muerte injusta. Los políticos siguieron prometiendo mientras cada mañana los pescadores veían nuevas barcas llegar a sus costas, cada vez más grandes y cada vez los recién llegados demandaban más. Pronto comenzaron a actuar como en sus países, se rieron de unas leyes pensadas para gente civilizada y pasaron a la acción. Asesinaban aleatoriamente, destruían familias para robarles aquello por lo que habían trabajado. En Europa saltaron las alarmas y se tomó la única decisión posible: se expulsó a España de la Unión. Se levantaron las fronteras en los Pirineos y se disparó a matar a cualquiera que intentara cruzarlos. España estaba herida de muerte. En su interior la situación devino en anarquía y caos. Millones de inmigrantes campaban a sus anchas destruyendo el país. Las bandas se agrupaban por nacionalidades. Los había rumanos, rusos, marroquíes, senegaleses, nigerianos, colombianos, ecuatorianos y de muchas otras tierras. Todos tenían en común la falta de escrúpulos y de piedad. Mataban para tomar aquello que querían. En este panorama desolador surgió el primer ayuntamiento que declaró el toque de queda y cerraron la ciudad. Aprovecharon las murallas que los habían protegido cientos de años antes. Después vino otro y un tercero y así surgieron las ciudades estado. Fuerzas especiales de seguridad protegían los corredores por los que circulaban las materias que necesitaban para sobrevivir. El sistema se desmoronaba entre batallas dialécticas de los políticos.

Un día se dejaron de tener noticias de una de estas ciudades. Cuando llegaron las cámaras de televisión protegidas por el ejercito se encontraron un espectáculo dantesco. Allí hubo una matanza. Miles de personas fueron asesinadas sistemáticamente. Fue el resultado de una alianza entre bandas. El gobierno siguió haciendo oídos sordos a los que pedían la intervención del ejército. El país se rompió en pedazos y una nueva guerra civil no tardó en comenzar. Esta vez no eran los rojos contra los fachas sino todos contra todos.

Las barcas ya casi habían llegado a la orilla y de ellas descendían los piratas. Traían una nueva hordada de jóvenes nigerianos dispuestos a morir. Eran carne de cañón y no tenían nada que perder. Ya fuera aquí o en su país estaban muertos de antemano. Los piratas subieron a la destrozada avenida, se agruparon y comenzaron su ataque ….

Zorra de mierda

El niño estaba haciendo cola como todo el mundo para comprarse sus papas fritas. Es sábado y el mercado está lleno de gente. Llueve y los que esperan tratan de refugiarse bajo el toldo que protege el mostrador. Es uno de esos sábados de otoño en los que los colores vivos lo llenan todo y las calles se llenan de apresurados compradores que buscan infructuosamente alguna ganga. Su madre le ha dado dinero y le espera mirando escaparates, aprovechando esos minutos para saciar su ansia consumista. En la cola todo el mundo está en silencio. Sólo se escucha al dependiente preguntado por el pedido y a la gente diciéndole lo que quiere. Hay una señora ya mayor que tiembla mientras espera con esos espasmos tan característicos de la edad. Da un poco de pena el verla allí pero por otra parte es increíble que alguien con su edad esté en la calle de compras y espere para conseguir su ración de papas.

Finalmente le llega el turno a la señora y el niño se prepara. Es el siguiente. Es bastante pequeño y no llega al mostrador así que tendrá que saltar y pedirle a alguien que le alcance el dinero al vendedor. Lo típico. Siempre es lo mismo. Lleva viniendo desde que tiene memoria a este lugar a comprar su ración semanal. A veces con su padre, a veces con su madre y su hermana y en ocasiones como esta solo. La señora mayor se marcha y de repente siente que alguien lo empuja y lo aparta de un golpe brusco. Se ha quedado fuera de la cola y mira desorientado tratando de averiguar que ha pasado. La razón parece ser una señora bastante corpulenta que lo ha echado de su puesto y se lanza a pedir. El niño siente que una ola de rabia lo invade y sin darse cuenta le grita a la mujer: Zorra de mierda, aprende buenos modales. La mujer lo mira horrorizada. El dependiente se da cuenta de lo que ha pasado y rechaza el dinero de la mujer. Le lanza una mirada que le reprocha su actitud. El niño comienza a llorar. Un par de lágrimas resbalan por su cara. En la cola la gente comienza a murmurar contra la individua que ha provocado esta pequeña alteración. Ella se revuelve y trata de ignorar las miradas asesinas que recaen sobre ella pero no puede evitar escuchar los comentarios, se siente juzgada y condenada y sabe que ha sido con razón. Escucha un Bosta, abusadora y trata de identificar al autor pero por las caras pudo ser cualquiera de los que esperan. La gente que pasa se para a mirar. El niño sigue llorando y en ese momento llega su madre que le pregunta lo que ha pasado. El chiquillo le dice que la señora lo ha empujado y lo ha echado de la fila en el momento en el que le tocaba pedir. La madre respira profundamente, mira a la otra tipa y comienza a insultarla sin morderse la lengua: Puta asquerosa, perra zarrapastrosa, qué coño le has hecho a mi hijo. La gorda comienza unas maniobras evasivas y gira buscando la forma de salir de allí pero el círculo de gente a su alrededor se lo impide. Ella intenta que la apoyen y que la defiendan contra la mujer y su hijo pero no consigue despertar ninguna adhesión a su causa. Se pone roja y sus carnes comienzan a sudar. Su respiración se vuelve agitada y ella también está a punto de echarse a llorar. La madre del niño le lanza una nueva andanada, otra sarta de adjetivos extraída de los diccionarios de la más baja calaña: Vergüenza debiera darte hija de la gran puta mora, mal rayo te parta, abusar así de un pobre niño indefenso.

Se quedan durante unos instantes mirándose y finalmente la gorda se va. La gente en la cola vuelve a quedarse en silencio sabedores del peligro que representa la madre del niño, aprueban lo que ha hecho aunque no están de acuerdo en la forma en la que lo ha expresado. Aún así, está bien que de cuando sea el desvalido el que gane y no siempre los abusadores. El hombre sirve una ración grande de papas para el niño y se la regala. El chiquillo despliega una sonrisa radiante y las coge. Se va andando con su madre mientras la lluvia se detiene y un tímido rayo de sol surge entre las nubes.

Frugoni es un nombre de tango

Flotaba por la pista de baile de una forma mágica. La música lo llevaba junto a su pareja, una hermosa joven a la que había conocido un día en una terraza. Aquel día cambió su vida, le encontró un nuevo sentido a todo.

Lo de ellos fue amor a primera vista. Tardaron una fracción de segundo en convertirse en uña y carne. A partir de ese momento ya nunca se les vio separados. No podía existir el uno sin la otra. Eran la viva imagen de la felicidad. Ella lo descubrió todo sobre él, escuchó sus lamentos, sus preocupaciones, su historia hasta aquella tarde en que se conocieron y cuando él terminó su relato comenzó a cambiarlo, a mejorarlo y ajustarlo para lo que les esperaba por delante. Su historia no había sido fácil. Ya en el colegio los chiquillos se metían con él y lo perseguían gritándole su apellido: Frugoni. Él trataba de escapar pero no siempre le era posible. Era un pobre niño con grandes gafas de pasta y aspecto desgarbado que se prestaba a ser ridiculizado. Se le podía ver corriendo por el patio seguido de una nube de enanos como él que le gritaban y los profesores nunca hacían nada para evitar aquel acoso. El pequeño Frugoni creció huyendo, sintiéndose rechazado por todos. En el instituto la gente se decía entre ellos no seas Frugoni cuando querían indicar una bobería y las gilipolladas eran Frugonadas. Había una línea completa de insultos e interjecciones con su apellido. Él nunca se quejaba, nunca decía nada, sabedor que no lo escucharían y que reforzarían las chanzas si osara hacerlo. Procuraba pasar desapercibido pero era como un imán que atraía la maldad de los demás, que extraía lo peor que llevaban dentro y los incitaba a vilipendiarlo.

En la universidad no mejoraron mucho las cosas. Seguía siendo el blanco fácil que elegía cualquier chaval que buscaba impresionar a las chicas. Tenía que cargar sus libros y todas sus cosas continuamente porque si dejaba la mochila en algún lado se la cogían y la tiraban, la vaciaban o hacían algo peor. Nadie alzó nunca la voz para defenderlo. Tampoco lo pretendía. Unos vienen a este mundo con todo resueltos y otros tienen que esquivar obstáculos continuamente. Es la ley de la vida. Siempre ha sido así. Por eso la tarde que tropezó con aquella preciosidad de chica se deshizo en disculpas. Ella le tapó la boca con su mano y se agachó a recoger las cosas que se habían caído. Él se puso a ayudarla y fue entonces cuando se miraron a los ojos y algo mágico sucedió, una chispa encendió miles de rincones dormidos en su ser y una sonrisa le cruzó la cara. Se sentaron y estuvieron hablando durante horas.

Pasaron los días, las semanas, los meses y una serie de pequeños cambios tuvieron lugar en su interior. Cada día era una maravillosa aventura que comenzaba antes de abrir los ojos. Pensaba en ella antes que en nada más y se acostaba con su imagen grabada en su memoria. Era un hombre feliz. La gente dejó de reírse de él y de hacerle pequeñas trastadas. No sabía muy bien si lo habían aceptado o asumieron que tendrían que llevarse bien con él. De pronto tenía amigos y se integró en una banda de universitarios chillones y entusiastas. Iba a fiestas y quedaba los fines de semana con gente, la misma que siempre lo había repudiado. Ella era la luz de su vida, el sol que le daba energía y le mostraba el camino.

Se graduaron, encontraron trabajo y comenzaron a vivir juntos. Entre ellos bastaba una mirada, sobraban las palabras y los gestos.

Por su cumpleaños ella le regaló un bono para una academia de baile. A él no le hizo mucha gracia, se seguía viendo como el patito feo pero puesto que lo harían juntos no podía ser tan malo. El primer día de clase la profesora les explicó un montón de conceptos y técnicas y no tuvo que bailar. En la segunda clase fue su bautismo. La música sonaba y ejecutaron sus primeros pasos. Pronto estuvo claro que tendrían que cambiarse a otro nivel porque estaban muy por encima del resto. En ellos bailar era algo natural, se seguían perfectamente, no cometían ningún error y la gente se paraba a mirarlos porque era un placer el verlos danzar.

De aquella academia pasaron a otra y luego otra más. En todas siguieron mejorando su técnica y los profesores sentían que allí había algo grande, que aquella pareja llegaría muy lejos. Finalmente encontraron a aquella vieja dama que parecía haber vivido desde siempre. Ella lloró la primera vez que los vio bailar juntos. Los adoptó y empezó a entrenarlos para el campeonato mundial de baile de Tango. La mujer no había podido cumplir su sueño en su juventud por no haber encontrado la pareja adecuada y ahora podría realizarlo a través de ellos. La preparación fue muy intensa y al mismo tiempo divertida. El tango era un baile que requería una compenetración perfecta y ellos la tenían. Estaban hechos para bailarlo sin parar. Pasaron todas las rondas clasificatorias sin más problemas y finalmente llegaron al campeonato mundial de baile de Tango.

Se apagaron las luces, un foco los iluminó y la música comenzó a sonar. Ellos hicieron lo que mejor sabían hacer: Bailar. Volaron por la pista acompañados por una música a la que ellos ponían movimiento. Existían el uno para el otro y no notaban la presencia de los miles de espectadores ni de las cámaras. Ellos eran uno con la música, su simbiosis era perfecta. Cuando acabó el baile y quedaron allí quietos, petrificados, la gente que hasta ese momento había asistido atónita al espectáculo rompió en gritos y aplausos. En la pantalla salía el nombre de la pareja y todos comenzaron a corearlo al unísono. FRUGONI, FRUGONI.

Hubo otras parejas que lo hicieron muy bien y que quizás en otras ocasión habrían merecido ganar pero aquel día solo podía triunfar uno y estaba claro que Frugoni es un nombre de tango.