Archive for the 'Reality sucks' CategoryPage 2 of 41

Defcon 1

Cuando tu mejor amigo te manda un SMS a las cinco de la tarde con cuatro palabras que disparan todas las alarmas, solo se puede hacer una cosa y eso he hecho. Hemos quedado, hemos pasado por la sección de televisores gigantescos del Media Markt para ver esas fastuosas pantallas que nunca tendremos y después nos hemos ido al Oudaen a emborracharnos como mandan las escrituras.

Atrás quedó una tarde de compras en la que visité todas las tiendas de cocina de la ciudad de Utrecht buscando el especiero perfecto, ese que complemente mi cocina y la ascienda a niveles nunca vistos. Después de ir a siete tiendas tengo claro que me gastaré ochenta euros en algo que posiblemente se fabrique por uno o dos euros pero que quedará divino de la muerte en mi zona de experimentacióon.

Con mi mejor amigo todo quedó en cincuenta euros de la mejor cerveza que se puede encotrar en Holanda, la Oudaen y en conversaciones difusas de las que ya ni siquera puedo recordar mucho. Parece que la emergencia ya ha pasado y que mañana volverá a amanecer bien temprano y será un nuevo día.

¿Cuántas películas se pueden ver con ciento cuatro euros?

Mi presupuesto para cine en los tres primeros meses del año ha sido de ciento cuatro euros y con ese dinero he visto treinta y ocho películas, lo que da una media de 2.7 euros por película. En realidad el cine es caro en España, en Holanda resulta muy barato cuando tienes el abono ilimitado. Yo pago dieciocho euros al mes y con ese dinero tengo acceso ilimitado a todos los multicines de la cadena Pathé, la mejor y más extendida en el país, con cines nuevos y de excelente calidad. En Amsterdam tengo tres multicines disponibles y uno de ellos está especializado en películas de autor. Si no hubiera visitado España en realidad me habría gastado cincuenta y cuatro euros y habría visto veintiocho películas con ese dinero, lo cual da una media de 1.9 euros por película. Los otros cincuenta euros me los gasté en diez películas que vi en España, a una media de 5 euros por película. Ahí está el problema. El cine es carísimo en España y ya no te cuento si quieres comer o beber algo mientras ves la película. No me extraña que sea el país de la piratería cuando la gente tiene unos salarios miserables y los cines unos precios prohibitivos.

Mi tarjeta de cine ilimitado solo está limitada a comprar las entradas como máximo una hora antes del comienzo de la película y en caso de ver más de una peli en el mismo día (algo que yo hago a menudo), tienen que haber pasado al menos noventa minutos entre el comienzo de ambas. Por lo demás, voy una vez tras otra al cine sin más problemas, compro mis entradas en unas máquinas que hay en el vestíbulo de los cines con lo que no hago cola alguna y después entro en la sala feliz y contento. Prácticamente no veo televisión ya que cuando me apetece una peli, prefiero que sea en una sala con una pantalla enorme y un sonido espectacular.

Esto mismo lo podemos extrapolar a la música o las películas en DVD. Las diferencias de precio son de abuso en España. Cada vez que alguno de mis grupos favoritos saca un nuevo disco, me acerco al centro de Utrecht y pago 9.99 euros. El mismo precio que cuesta descargarla desde el iTunes. Si te esperas unos meses, igual lo compras por 6 o menos, dependiendo del grupo. Con películas y series sucede lo mismo. Recuerdo hace unos meses que por 9.99 te podías comprar la edición de puro lujo María con mil ochocientas treinta y seis horas más de la infame trilogía del julandrillo o los cinco euros que pagué por Kill Bill 1 + 2. Así me compré las dos primeras temporadas de Battlestar Galactica y pronto caerá la tercera.

A este ritmo, el año 2008 será un año de cine en el que por primera vez creo que superaré la legendaria cifra de las CIENTO CINCUENTA

Limpiando la casa o algo parecido

Me pregunto hasta qué punto hemos substituido a la manada con eso que llamamos amigos. Vivimos en un mundo demasiado grande y en el que nos comunicamos con demasiada gente y pese a que esto expande nuestras opciones, puede terminar por aislarnos. En el pasado uno nacía y moría en el mismo lugar y muy probablemente no se alejaría de ese sitio más de unos pocos kilómetros y siempre por razones excepcionales, como una gran celebración o una boda.

Hoy en día ese anclaje geográfico ya no es tan fuerte y no es extraño toparte con gente que deja su país y se mueve a otras tierras. Sueles llegar a tu nuevo hogar ya crecidito, después de pasar el periodo educativo, lo cual también es importante puesto que muchos de los vínculos más fuertes los creamos en esa fase de nuestra vida. Por eso, cuando comienzas a moverte en tu nuevo entorno, lo primero es afianzarte y encajar en esa sociedad, descubrir lo que hacen e imitarlos. Si no lo consigues, si no logras tener buenos amigos y sentirte a gusto, terminarás por volver a tu país y aunque consideres que la experiencia fue satisfactoria, muy dentro de ti sabes que fue tu propia imposibilidad la que determinó el fracaso. La lista de gente que se ha regresado y que conozco es enorme.

Nuestra alta movilidad geográfica nos ayuda a tender puentes entre el mundo que dejamos atrás y el que comenzamos a construir y si todo va bien, terminas integrando los dos lados de ese camino y fusionándolos en algo nuevo y distinto. Las fases para conseguir esto aún no las tengo muy claras, pero tras ocho años trabajando en el tema, siento que he conseguido avanzar bastante.

Mi primer problema al llegar a Holanda fue la dificultad del carácter, esta gente es muy distinta a nosotros y otorgan sus lealtades de una forma más seria que un español. Nosotros tendemos a ser más desprendidos a la hora de señalar amigos y en el momento de la verdad, una gran parte de los que supuestamente tenemos en nuestra lista simplemente no dan la talla. Mi facilidad para evolucionar vino en mi rescate y seis meses después de llegar ya había roto las defensas de alguien. Me sorprendió el esfuerzo que tuve que dedicarle pero aún más me sorprende hoy en día la fortaleza de la amistad, a miles de siglos de distancia de otras que yo siempre supuse inquebrantables. Después de este primer éxito me enquisté en mi propia complacencia y pensé que los demás harían cola pero no fue así. El segundo fue más duro de conseguir que el primero y en el camino aprendí un montón de cosas sobre la cultura holandesa.

Ahora no noto diferencia entre gente de aquí (holandeses) y los de allá (españoles). Tengo un balance bastante equilibrado de amigos en ambos extremos del puente y además de los unos y otros, están los descastados que como yo viven en Holanda. Con ellos siempre es más fácil porque compartimos la experiencia. Lo que no me gusta de estos últimos es que muchos se volverán a sus tierras, regresarán a casa y tú quedas atrás. Después de un par de conexiones se pierde el vínculo y tras unos años no queda nada. Es ley de vida.

Me gusta pararme a revisar lo que he hecho en los últimos seis meses y ver lo que puedo mejorar. Llevo años haciéndolo con la llegada de la primavera y el otoño. Siempre se puede ir a más y si no lo intentamos será únicamente culpa nuestra. Estos días en los que pienso en los amigos, en esa hoja secreta en la que escribimos el balance de nuestro trato y que si llega a un punto de deudas inaceptable acaba con la relación. También hablo con ellos, me intereso por la logística que hay detrás de cada amistad, esas frases que no se dicen, esas preguntas que no se hacen y que conviene tener en cuenta. Lo sé, soy un bicho raro.

¿Ya es primavera?

Tulipanes en la nieve

Tulipanes en la nieve, originally uploaded by sulaco_rm.

¿Ya es primavera? Porque esta mañana, en mi jardín, mis tulipanes estaban cubiertos de nieve y toda esta última semana ha sido la más invernal que hemos tenido hasta ahora, con lluvia, granizo, nieve y viento. El tiempo parece estar más chiflado de lo habitual. En Enero teníamos temperaturas primaverales y en marzo estamos teniendo las invernales.

No soy yo el único confundido con tanto meneo meteorológico. Los gansos que viven frente a mi oficina, en un pequeño lago que hay allí, ya habían pasado por la excitación sexual, los revolcones y las hembras ya con sus nidos preparados se habían puesto a empollar los huevos. Han desistido porque esto no hay quien lo aguante.

Con un tiempo tan raro, he aprovechado este fin de semana largo para descansar, ir al cine, quedar con los amigos en Amsterdam y disfrutar de la sensación de calma que da estar en tu hogar por primera vez en un montón de tiempo. El sábado fui con Waiting y Dani a un restaurante hindú que nos recomendó Inés. Se me hace extraño el comer mientras la nieve caía y nosotros mezclábamos español, inglés y holandés sin orden ni concierto. Estas veladas con los amigos siempre resultan entretenidas y aunque la gente puede que se sorprenda porque nos gritamos unos a otros para acaparar la conversación, hay una onda subyacente de buen rollo. Después de la cena paseamos por la ciudad esquivando borrachos y cruzando por rincones pintorescos en los que las casas, los canales y el agua se alían para crear postales. La ciudad de Amsterdam estaba abarrotada de españoles, por todos lados se oía la lengua de Cervantes y los flashes de las cámaras no paraban de vomitar su luz.

En las próximas semanas haré mi peregrinación anual al Keukenhof, recibiré un montón de visitas y prepararé mis próximas vacaciones, que seguramente serán en los Estados Unidos. También tendré que comenzar a ocuparme del jardín, aunque para eso habrá que esperar que la verdadera primavera se decida y salga de su escondite.

Volviendo a casa

Dar un salto de tres mil kilómetros no es fácil. Si además se te ocurre hacerlo por la noche, es aún más complicado, aunque por otra parte, tiene sus ventajas. El domingo volvía a los Países Bajos por la noche y eso me permitía aprovechar el día casi al completo en Gran Canaria. Me lo pasé tirado en la playa apurando al máximo los últimos rayos de sol, cambiando la posición cada media hora cual girasol al que no se le escapa ni uno. Por la tarde, metí los kilos de productos de cochino que me traía a Holanda en la maleta, un trolley que para cualquier terrorista musulmán serían múltiples pecados mortales por su contenido en alcohol, jamón serrano y fuet, me duché y mi padre me dejó en el punto de partida de mi aventura dos horas y media antes de volar. Facturé de los primeros y la amable y entregada señorita que estaba trabajando ese día allí me otorgó el asiento 1F, el mismo en el que viajé en el trayecto de ida. Al mirar mi trajeta de embarque tuve un momento de mal rollo. El número de vuelo era el 666 y el código de control de mi tarjeta de embarque el número 13. Toda una combinación que animaba a salir por patas y no arriesgarme.

Me resigné y para matar algo de tiempo decidí pasarme por la farmacia del aeropuerto a preguntar por los Earplanes para niños, algo que le había prometido a mi hermana. Mientras hacía cola a mi lado veo un julay que parece agitanao, de pelo rubio y con unas patillas de lo más. El tío me mira y nos reconocemos. Un antiguo amigo del instituto al que no veía hacía dos años. Eso sí que es casualidad. Nos pasamos las dos horas siguientes hablando y poniéndonos al día y por poco me despisto y pierdo el vuelo. Intenté cruzar el control de seguridad por el lado de la terminal que es para vuelos regionales pero no coló. Los tercos empleados me negaron el paso, pese a que esa puerta da a la misma terminal que la otra y no hay ningún tipo de barrera que separe la zona regional de la de vuelos comunitarios. En fin, para trabajar en esos empleos no se suele buscar la inteligencia y definitivamente uno no puede sacar de donde no hay. Caminé hasta la entrada adecuada y después de despojarme de todo y quedarme con poco más que mi micro-tanga, entré en el lado SEGURO, ese al que la gente pasa tijeras y todo tipo de cosas que supuestamente detectan.

El avión de Transavia volvía a casa en hora y entré y ocupé mi lugar sin más esperas. En seguida me di cuenta que era el mismo avión con el que había venido y como he dicho, me sentaba en el mismo sitio. Algo extraño que contribuó a engordar las malas vibraciones. Gracias a mi simpleza, igual que me chocó el detalle, desapareció de mi cabeza y me centré en mirar a los pasajeros que entraban para averiguar quienes eran los que se sentarían a mi lado y serían ignorados durante cuatro horas. Como siempre, el iBook y el iPod mini para acompañarme durante el vuelo, junto con mi almohada inflable para el cuello. Por culpa de esos vientos tan extraños que estamos teniendo por la vieja Europa en estos últimos tiempos, nuestro vuelo se extendió media hora más allá de lo previsto. Además de dos episodios de la segunda temporada de Torchwood me eché un sueñecillo y pasé toda la maniobra de aproximación fascinado porque Holanda estaba cubierta de unas nubes tan bajas que reflejaban la luz de las ciudades y uno podía recomponer el mapa del país en base a manchas luminosas. Parecían montones de algodón con un foco situado en el otro lado y una vez cruzamos hacia esa parte, si mirabas hacia las nubes también se podía ver la luz reflejándose en ellas.

Después de tomar tierra salí de los primeros y llegué a la zona de recogida de equipaje con tiempo para comprar mi billete de tren y aún tenía alguna esperanza de ir a casa en el que sale a las dos. Mi gozo se trocó en drama cuando en los paneles vi que el equipaje no comenzaría a salir por la cinta hasta las dos y diez. La gente se vuelve loca cuando aquello se mueve y siempre se desesperan y se apelotonan como si les fueran a robar sus maletas. Yo mientras tanto me ponía al día leyendo mi correo electrónico y de cuando en cuando le echaba un ojo a la cinta. Mi maleta apareció la penúltima y para entonces ya empezaba a perder la fe.

Salí como siempre sonriendo a los policías de aduanas, que parecen preferir a los holandeses y siempre me dejan pasar y me quedaban veinte minutos para el siguiente tren, ya que entre la una y las cinco de la mañana solo hay uno por hora, el legendario tren-nocturno.

En el aeropuerto de Schiphol hemos pasado de no existir ningún Starbucks a tener tres en un par de meses. Lo peor no es que se venda esa basura de café, lo malo es que existan totorotas que se sientan allí pagando un precio astronómico por tomar un brebaje en un vaso de papel, en una mesa llena de mierda de clientes anteriores y pretendan simular que están teniendo una experiencia mística. Cerca de este antro para metrosexuales y gilipollas hay un montón de bares abiertos toda la noche en el aeropuerto y allí me tomé algo junto con los otros pasajeros del tren. Bajamos al andén con cinco minutos y nuestro tren llegó a la hora prevista. El nocturno no va directo a Utrecht. Pasa primero por Amsterdam Centraal en donde se detiene un rato así que los treinta minutos que se tarda habitualmente se convierten en cincuenta. Cuando llegué fui a la parada de taxis de la estación y estaba totalmente vacía. Da un mal yu-yu cuando no hay ni un solo coche en el lugar y supuse que esto formaba parte de mi combinación de números gafados. Me conecté a las páginas amarillas para mirar el número de alguna empresa de taxis, algo que las otras personas que hacían cola también estaban haciendo. Mientras estábamos en ello se escuchaba a lo lejo pitidos cortos, de unas décimas de segundo pero continuos. A uno se le ocurrió mirar hacia la calle, ya que la parada de taxis está en la parte superior de la estación y descubrimos que los taxis estaban abajo, esperándonos. A continuación vino una de esas carreras en las que no hay dignidad ninguna y en la que gané arrastrando como pude la mochila y el trolley por las escaleras mientras procuraba empujar y bloquear a los otros. Diez minutos más tarde estaba en casa. Eran las cuatro y diez y me desvelé. Dormí menos de tres horas y a la mañana siguiente estaba como un campeón en la oficina para dormir en mi despacho.

Grandes Noticias: Parece que los dioses han escuchado las plegarias de los grancanarios y por fin hay vuelos de la mejor de las aerolíneas españolas. Tanto Madrid como Sevilla son ya ciudades vueling a las que se puede saltar por un módico precio y con una calidad soberbia usando esta compañía desde mi tierra. Y como hay al menos uno que seguro que me acusa de parcial y malvado, comentar que Clickair, la compañía esa con la que yo nunca he volado por culpa de mis prejuicios a uno de sus accionistas, también vuela desde Gran Canaria a Sevilla y a Barcelona. Quizás algún día una de las dos conectará Amsterdam directamente con mi isla y yo seré su cliente número uno.

Vacaciones antes de Semana Santa

Son solo siete días de diferencia y podría parecer que las cosas son prácticamente iguales, pero esa semana de distancia hace que en la playa en muchas ocasiones esté completamente solo, Yo, el Sol y el Mar y cuando los heraldos anuncien oficialmente las vacaciones, entonces habrá una marabunta luchando por conseguir un metro cuadrado de arena, niños corriendo pisoteando las toballas ajenas, ancianas sin vergüenza lavando los cacharros en el agua sin que les importe el que la estén contaminando, pequeños delincuentes agarrados durante horas a las duchas y lavapies derrochando el agua mientras las bestias de sus madres les ríen la gracia y los alientan a seguir por ese camino de subnormalismo.

Son solo siete días pero no tienen precio. Respirar el olor del mar y no el de la tortilla de los que están a tu lado, escuchar los sonidos que hace el agua al romper en la orilla sin los gritos de la verdulera de turno llamando a su Ayoze, Kevin Costner o ese estúpido nombre que le ha puesto siguiendo alguna moda extendida en los polígonos en los que viven. Poder ver el fondo del agua y disfrutar con su limpieza sin tener que esquivar bolsas, restos de comida y las caquitas del niño, todo eso no tiene precio.

Son solo siete días y a veces los amigos me preguntan por qué no retraso mis vacaciones y así coincido con las de Semana santa y no parecen comprender que no solo mi billete es dos veces más barato, la calidad del entorno es diez veces mejor, no padezco ningún tipo de atascos de tráfico para llegar a los lugares que me gustan, no tengo agobios de ningún tipo y cuando vuelvo a casa y comienzo a trabajar, allí también me acompañará el silencio porque algunos se habrán ido de vacaciones. La cantidad de días que yo tengo no está vinculada a fiestas nacionales porque en Holanda casi no las hay y mis treinta y nueve días laborables los puedo repartir como quiero y por eso elijo la semana antes de Semana Santa.

Son solo siete días pero parecen dos universos distintos.

Ruidos

Toda mi vida salvo en los años que he pasado en Holanda se escuchaba el ruido del mar desde mi habitación. En las tres casas que he vivido en Gran Canaria el mar estaba cerca, presente, y además de olerlo por la noche su ruido de fondo era el que me ayudaba a coger el sueño. Ahora cuando vengo de visita a Gran Canaria me duermo casi al instante, es como si mi cuerpo recuperara esa banda sonora que me falta allá y celebrara su regreso.

En los Países Bajos, en mi casa, hay una asombrosa falta de ruidos. La casa está tan bien aislada que raramente escuchas nada que provenga de fuera y solo de cuando en cuando en el verano, al dormir con la ventana abierta me da la impresión de oír algún tren carguero que pasa durante la madrugada y ni siquiera estoy seguro que sea real, ya que las vías están a casi un kilómetro y es un ruido muy lejano. En el invierno no hay sonidos extraños, sólo la oscuridad más absoluta y el vacío de la ausencia de ruidos. Si se interrumpe esta paz, posiblemente sea el rumor del agua al correr por las tuberías de la calefacción y esto tampoco pasa a menudo porque a la medianoche se apaga y a menos que la casa se enfríe por debajo de cierto umbral, no arrancará hasta diez minutos antes de despertarme.

Me gusta ese silencio tan poderoso, saber que no hay ruidos de coches, motos de escape libre, gente gritando por la calle y demás. En los años que viví en Hilversum, en pleno centro de la ciudad y en una de las calles de bares de copas, los viernes y sábados por la noche eran una sinfonía de sonidos extraños que cruzaban limpiamente a través de las paredes de madera de la vieja casa en la que vivía. A veces eran conversaciones a gritos entre borrachos, otras alguna moto, pitas de vehículos, peleas de novios y de cuando en cuando las sirenas de la policía o los bomberos. No tengo grandes problemas para dormir y una vez me acostumbro a los ruidos, mi cerebro es capaz de aislarlos y ni me entero pero sigo prefiriendo el ruido del mar al romper contra las rocas, esa serenata suave en ocasiones y brava en otras que parece no tener fin y que no tiene dos movimientos iguales.

La contaminación acústica ha pasado a formar parte de nuestras vidas. He estado en multitud de sitios y en todos hay sonidos distintos que la gente ya ni siquiera nota. En Nueva York era la continua presencia de las sirenas de los bomberos. No sé como se las apañan pero cada poco tiempo hay un coche de ellos en la calle haciendo ruido a destajo. En Washington era la cercanía del aeropuerto Washington National y su constante flujo de aviones. En Nueva Orleans el tranvía que pasaba por Charles St. y que parecía rodar dentro de la habitación. En Sudáfrica no era contaminación acústica, era un exceso de naturaleza, con miles de animales gritando tan pronto salía el sol y en el desierto de Omán, en Sur, allí también se escuchaba el mar y un viento insidioso que parecía no parar. En Lanzarote la banda sonora estaba compuesta por viento y más viento y en Madrid o Barcelona escuchaba el tráfico incesante por esas autopistas en que se han convertido las avenidas de las grandes ciudades. En todos los sitios hay algún tipo de ruido y salvo en contadas ocasiones, es nuestra sociedad la que los produce. Allí a donde voy, al acostarme presto atención a los ruidos del lugar, procuro identificarlos y reconocerlos para dormirme tranquilo. Es algo que quizás uno hace inconscientemente pero que a mí me gusta paladear, separar los unos de los otros y una vez ha terminado mi inventario, me duermo sin más problemas.

La banda sonora de la naturaleza parece crear música, ya sea con los pájaros cantando, con las olas del mar, con el viento silbando o con las hojas de un gran árbol rozándose entre ellas. No es así con los ruidos producidos por el hombre. Son rudos, repetitivos, violentos y adolecen de gracia alguna. Aún así tenemos que convivir con ellos.

Ciclos

Ver el mundo a través de los ojos de otras personas es algo que no podemos hacer aunque lo intentemos con todas nuestras ganas. Cada uno de nosotros es un ser único y que se cree irrepetible. En nuestra programación interna llevamos un pequeño bucle que nos hace mantener esa creencia aunque otros se empeñen en demostrarnos que no es así. Eso es lo que nos hace seguir adelante, mantenernos en nuestro sendero y llegar al día siguiente. Yo soy muy simple. Divido a la gente en tres grupos: los que me importan, los que no me importan y los que ni siquiera sé si existen. Procuro mirar el mundo intentando ponerme en la posición de aquellos que me importan para saber qué es lo que buscan y cómo poder ayudarlos, según mi limitada visión de su mundo. No es un acto generoso y desprendido, es una forma consciente de manipulación porque si las personas que me importan son felices, incrementarán mi felicidad o en el peor de los casos no me complicarán la vida. Con los que no me importan sucede algo similar pero opuesto. Busco anticiparme y bloquearlos antes que se conviertan en una amenaza. Finalmente tenemos los que no existen, esa inmensa multitud de la que de vez en cuando sale alguien que llama tu atención y le asignas alguna prioridad y en la que acaban los que culminan su ciclo.

Todo tiene un ciclo. La amistad también. O el amor. El problema es que en aquellos asuntos que implican a dos seres humanos, sus velocidades son distintas y se producen desfases. Tú puedes estar cegado por tu amor y tu pareja anda ya husmeando otras flores porque su ciclo ha concluido. En esto es en lo que somos bastante malos, en los cierres de ciclo. Destinamos un montón de energía para crear y mantener las relaciones y en la fase final de las mismas no sabemos muy bien qué hacer para poner un punto y aparte que al menos sea elegante.

Si piensas sobre ello un poco seguro que identificarás tus propios ciclos e incluso puedes detectar los momentos en los que te das cuenta que se ha perdido el sincronismo y una de las personas ha cambiado de estado. Mis ciclos son muy rápidos y veo una y otra vez que la gente se desorienta cuando cambio de ciclo. Me falta la paciencia para aguantar un tiempo prudencial antes de hacerlo visible. Yo lo demuestro desde el primer instante y después avanzo hacia el siguiente nivel, hacia la próxima aventura y no miro atrás más de lo necesario. Mis ciclos son también iterativos. Puede pasar el tiempo y en otras circunstancias, en otro tiempo y quizás en otro espacio no tengo ningún problema en comenzar con las mismas personas un nuevo ciclo, uno distinto y del que lo único que sabemos es que también acabará. Aquellos a los que yo importo parece no importarles y se prestan al juego de segundos y terceros ciclos.

En todo este cambio que sucede a nuestro alrededor y del que a veces pensamos que no nos afecta, la manipulación juega un papel crucial. Manipulamos y nos manipulan, en ocasiones suave y dulcemente y sin que no lo notemos y en otras de una forma tan ruda que da vergüenza ajena. Yo reconozco que soy un manipulador, que altero mi entorno para que se ajuste a mi antojo. Aquellos que me importan son también manipuladores, pero de un tipo distinto. Algunos son capaces de hacer que yo crea que mantengo el control. En este juego tienes que ser muy bueno. Cuando tropiezo con una persona cuya capacidad para la manipulación no está a la altura, la despedazo si insiste en cruzar mi camino. No solo no dudo un solo instante, ni siquiera tengo algún tipo de remordimiento por lo que hago. Son ciclos que no me interesan y los termino de forma rápida. Uno aprende esto con los años. Te puedes engañar a ti mismo y creer que las cosas son de otra forma pero eso no te llevará a ningún lado.

Una de nuestras libertades es la de comenzar y acabar ciclos, repetir con aquellos que te parecieron interesantes y enterrar en el olvido los que no merecen una segunda oportunidad. Todas estas boberías me vienen como siempre a la cabeza cuando estoy encerrado en un cilindro de metal a once kilómetros de altura y por mi ventanilla puedo ver una puesta de sol increíble con el astro rey retirándose tras la isla de la Palma y al frente Tenerife y Gran Canaria recortadas contra un cielo en el que los tonos rojos predominan y dan un aspecto tenebroso al mar de nubes que cubre el archipiélago.

Un viaje tan sencillo como otro cualquiera

En el siglo veintiuno todos esperábamos que volar fuera algo sencillo y rápido de hacer pero por culpa de los cabrones de los terroristas musulmanes se ha vuelto algo tedioso y que cuesta horas de nuestra vida. Por eso, para tomar mi vuelo de las tres y media a Gran Canaria salí de mi casa a las doce de la mañana y eso que ya tenía mi tarjeta de embarque, mi asiento asignado y solo debía largar la maleta y entrar al avión.

La rutina para llegar al aeropuerto está muy leída. Primero voy en guagua a la estación de Utrecht y desde allí un tren intercity me deja en el aeropuerto en media hora. Me toma cinco minutos facturar mi trolley y después me queda más de dos horas para matar en el aeropuerto, el cual es como un inmenso centro comercial en el que en los últimos doce meses han proliferado los Starbucks. Hay tres y en todos se puede disfrutar con la mierda de café que venden y la pedantería de sus empleados. Justo al lado de uno de ellos hay un café italiano que además de ser más barato, está a años luz en calidad y en servicio pero los Orcos acudirán en manadas a los locales de la cadena americana, se sentarán en mesas sucias y llenas de vasos de papel de los clientes anteriores y pretenderán estar disfrutando de una experiencia religiosa con sus caros cafés.

Si llegas a Schiphol con tiempo y hay un buen día, te sugiero que subas a la terraza para alucinar con el aeropuerto. Desde allí tienes una vista increíble de las diferentes secciones en las que se divide el aeropuerto y puedes ver decenas de aviones. Es una danza fascinante con aviones que llegan, sueltan su carga de pasajeros y maletas, reciben combustible, nuevas maletas y pasajeros y se van tan rápido como han venido. También en esa zona del aeropuerto hay uno de los mejores lugares para comer.

En el control de seguridad no tuve mayores problemas y lo habría completado en medio minuto si no es porque el hombre delante de mi pitaba continuamente. Le hicieron quitarse los zapatos, todo lo que llevaba y seguía pitando y en su muñeca se veía claramente un reloj pero al parecer ni él ni los de seguridad lo veían porque seguían pidiéndole que se revisara y no avanzábamos. Al final lo dejaron ir, lo cual nos sirve para recordar que la seguridad en los aeropuertos es un veinte por ciento de lo que debería ser y que la gente cuela de todo sin que los empleados se enteren.

Como aún tenía tiempo y mi avión arrastraba media hora de retraso, aproveché para conectarme a internet con mi portátil y el gprs del teléfono. Ya habéis escuchado a los comemierda que predican en contra de los MAC. En realidad son unas máquinas tan malas que te permiten conectarte a través del teléfono fácilmente. Seguramente se podrá hacer lo mismo con sus cacharros, aunque en el caso del trasto Dell que me ha dado mi empresa, tendría que comprarme un adaptador bluetooth o llevar el cable conmigo porque algo tan útil y simple como el Bluetooth no lo traen por defecto.

Tras mi momento de adicción me acerqué a mi baño favorito del aeropuerto y jiñé como Dios manda. Ahí fueron los cuarenta euros de tasas que te cargan por pasar por este recinto. Para aquellos que estén pensando en visitar Holanda después de Julio, les conviene saber que el primer día de ese mes se comenzará a aplicar una nueva tasa, un impuesto pseudoecológico que se usará para pagar las corruptelas de los políticos y por el que os clavarán otros doce euros más. Entre los cuarenta de un lado y los doce del otro, comienza a compensar el viajar hacia Bélgica o Alemania y volar desde allí.

Yo había impreso mi tarjeta de embarque desde el día anterior y aunque siempre me siento en la parte posterior, como sabía que el avión iba hasta la bandera elegí la primera fila y de esta forma tener más espacio, algo que se agradece en los vuelos estos en los que no llevan como sardinas en lata. Después de despegar comenzó mi programa de entretenimiento personal que constó de los dos últimos episodios de la primera temporada de las Crónicas de Sarah Connor. Sin más contratiempos llegamos a Gran Canaria en donde al abrir la puerta delantera del avión nos golpeó la agradable temperatura de la isla.