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La guerra de las Falacias. Episodio decimonono. Siempre lo mejor

… Hace poco, poco, tiempo

en una falacia muy cercana

vivía un marico viejo y requeteoperado

que engañaba al prójimo deseándole todo lo mejor

SIEMPRE

 

La Princesa de las Olas contacta

con alguien del alto mando

para discutir estrategias vitales para la Alianza

ese grupo de autores de bitácoras honestos

que luchan por crear cosas interesantes

en un mundo dominado por la vulgaridad

y la mediocridad de hechiceros

calvos, maricos y hediondos.

 

Lo que la Princesa no sabe

es que su comunicación ha sido intervenida

por el Gran Hechicero marico

la más sucia y rastrera de todas las perras

que pululan por el Reverso Asqueroso

ese barrio que está en el lado equivocado de la Fuerza …

 

- Todo lo mejor siempre, Princesa de las Olas. Te saluda Octavia, la Primera pluma del sindicato de escribidores de la Alianza — dijo una imagen de una joven de aspecto radiante y discretamente maquillada que sonreía mostrando una dentadura perfecta. En sus manos sujetaba una pequeña pantalla sobre la que garabateaba rápidamente. Detrás de ella se podían escuchar unas cascadas y el canto de pájaros.

- Gracias, Octavia. Como sabes, la Alianza ha sido traicionada y una banda de zarrapastrosos ha tratado de tomar el control y engañar a nuestros seguidores. Tenemos que deshacer el daño y propagar esta noticia para que todos se anden con cuidado. Tú tendrás que escribir el mensaje que distribuiremos a través de todas nuestras bitácoras — dijo la Princesa de las Olas mirando hacia el holograma que tenía frente a ella ya que ambas estaban separadas por varios universos.

- Princesa de las Olas, yo conjuraré a los hados e hilvanaré la más bella de las odas. No temas nada, la Alianza saldrá de esta y pronto este episodio será parte de nuestro pasado — dijo Octavia sonriendo.

- En tus manos está el futuro de la Alianza, dependemos de ti — y mientras decía esto vibró el holograma de Octavia y la imagen cambió para mostrar una habitación sucia y llena de basura en la que acababa de entrar un hombre.

- Maricón, que te tengo dicho. ¿Ya estás de nuevo engañando gente honrada con tus fantasías de marico desquiciado? — dijo el hombre. Octavia se agitó pero su cara seguía mostrando la misma sonrisa que la pintaba antes de esta interrupción.

- ¿Qué sucede? ¿Quién es ese hombre? ¿Qué está pasando? Dime, Octavia — preguntó la Princesa con un tono preocupado en su voz.

- Nada, Princesa de las Olas, siempre todo lo mejor. No sucede nada, todo está … — y en ese momento el hombre volvió a interrumpir.

- Pero qué dices, maricón, como que Octavia, si tú eres la Ramira, la única zorra del barrio con polla. Espera que te descubro — y mientras lo decía pulsó algún botón y el holograma de Octavia fue substituido por la cara de un marico viejo y calvo, con una nariz como una trompeta y cuyos dientes parecían peleados unos con otros porque ninguno apuntaba en la misma dirección.

- Pero que has hecho, deja eso — y la Princesa escuchó una voz sucia y fea, como de hechicero acabado — déjalo, déjalo, no toques nada.

- ¿Alguien me quiere explicar lo que sucede? — preguntó la Princesa de las Olas.

- Yo lo haré — dijo el hombre. — Aquí el marico viejo es mi esposa, la penca que empalo todas las noches y que por las mañanas me limpia la casa, me lava y plancha la ropa y me cocina para que todo esté impecable porque para eso le permito vivir en esta casa. Lo malo es que este puto es bicho malo y cuando no me lo encuentro haciendo como que es un hechicero es porque se está haciendo pasar por una Octavia o cualquier otra mujer y contando mentiras a quien tenga la mala suerte de escucharlo. Ni es Octavia, ni es hechicero, ni es mujer, ni es nada. Es un come mierda que siempre anda enredando y al que saqué del callejón en el que mamaba rabos por dos céntimos — dijo el hombre de una forma harto contundente.

- Pero … ¿no eres la Primera pluma del sindicato de escribidores de la Alianza? — preguntó la Princesa, mirando preocupada.

- Pluma si que tiene el hijoputa. Una hartada de ellas. Anda que no se ensañaron con él de pequeñito. Tiene un ramalazo de que te cagas, pero escribir sí que no, que esta perra vieja estudió secretariado y contabilidad y se ha curtido bajo las mesas de muchos despachos comiendo nabos a destajo para suplir sus carencias. Este no sabe ni cómo coger un bolígrafo — dijo el hombre mientras a su lado, Ramiro, ese que inicialmente conocimos como Octavia, gimoteaba y se cubría esa horrenda cara con una manos feas y bastas de uñas arrasadas.

- ¡Por favor, por favor, déjalo ya! Todo lo mejor, siempre. Yo no soy así. Soy bueno y solo quiero que me vean como la bella mujer que llevo dentro de mí — dijo Ramiro gimoteando.

- ¡Calla maricón! Mírate al espejo. Si das miedo con esa cara de penca vieja. Mucho holograma de chica guapa pero por la noche me despierto a veces y salgo corriendo de la cama del miedo que das, que pareces la Reina de los Orcos y apestas igual que uno de esos bichos

- No … no - gimoteó

- Bueno, está claro que me he equivocado — dijo la Princesa concluyendo la conversación.

- Princesa, no te vayas, yo no soy así. Todo lo mejor, siempre, todo lo mejor …

- ¡Mira que te doy, maricón! Vete a la cocina a prepararme la cena que me echo un pitillo y ahora voy pa’ya

La Princesa cortó la comunicación. Pulsó otro botón y unos instantes más tarde apareció un hombre frente a ella al que sonrió.

- Gabriel, nos han traicionado. Alguien ha conseguido acceso a nuestra red. Se llama Ramiro y es un marico viejo y requeteoperado que se hizo pasar por una tal Octavia, primera pluma del sindicato de escribidores de la Alianza

- Cambiaremos los códigos. No te preocupes. Nuestra será la victoria

Siempre, todo lo peor

Sólo un reducido grupo de mis ochenta mejores amigos ha vivido conmigo la tensión y el agobio de los últimos días. Nada más que setenta y nueve de esas ochenta personas tan especiales han sido merecedoras de la confianza necesaria y suficiente para compartir con ellos la gran preocupación que me traía por el camino de la amargura. Todo comenzó hace unos meses pero no vamos a remover el pasado y engancharemos esta línea argumental el pasado miércoles. Eran las cuatro de la tarde y yo llegaba a la consulta de mi médico de cabecera.

Cuando me llamó, el cielo se oscureció y unos cuervos negros se posaron enfrente de la ventana a graznar sus malas noticias. Mi médico escuchó aquello que le tenía que decir, hizo las pruebas pertinentes, consultó el oráculo, me leyó los posos del cafelito que me puso su asistente y me miró apenado mientras negaba vehementemente con la cabeza. Sus palabras fueron una sentencia condenatoria: Un marico feo y requeteoperado, con menos pelos en la cabeza que el chichi de la más vieja de las chicas de oro, se cruzó en mi camino y por culpa de la infalible ley del Gato Negro, Gato Malo, me rodeó con un karma negativo que me quitó todo los puntos que tenía y devolvió mi personaje a la casilla de salida. Ante este panorama tan negro, solo las medidas más radicales podían salvar mi alma. Firmó el volante para el hospital sin que le temblara la mano.

En lo alto de la torre inclinada, un marico hechicero viejo agitaba su cabezón tipo bola de billar y trataba de arañar el aire con sus uñas negras cubiertas de raña mientras los trapos que vestía se agitaban distribuyendo el hedor de quien no conoce la higiene personal. Su falda apergaminada dejaba entrever unos gallumbos que en su día fueron blancos y ahora eran marrones de tanta mierda como habían absorbido. Estaba realizando algún ritual maligno y mientras giraba y giraba sin cesar no cesaba de gritar: — todo lo mejor, siempre, todo lo mejor, siempre, siempre, siempre, lo mejor, siempre, todo, siempre, todo lo mejor

Desperté gritando y sudoroso de esta horrible pesadilla y ya no pude conciliar el sueño. Por la mañana, desayuné taciturno y me fui directo al hospital. Mientras aparcaba la bicicleta vi pasar un hombre cubierto de sangre y que parecía desorientado. El líquido parecía surgir de algún lugar de su cuero cabelludo. El miraba a un lado y otro y andaba unos pasos antes de darse la vuelta y repetir la maniobra. Era igual que los que se ven en las series hospitalarias, solo que la sangre no era tan roja. Supuse que el hospital le pagaba para hacer este trabajo y que los pacientes como yo puedan entrar en situación más fácilmente. El hombre me miró y traté de mantenerle la mirada pero un chorro de sangre amenazaba con mancharme y retrocedí espantado.

Llegué a la recepción y les enseñé el papel. me mandaron a una ventanilla en la que me hicieron una foto y me dieron un carnet para moverme por el hospital. Fui a la zona número uno y allí me dijeron que esperara hasta que me llamaran. Pasó una hora y media y yo era la única persona que quedaba. Me metieron en una habitación y me pidieron que me quitara la camisa. Una enfermera me sujetó con unos cintos y después se dedicaron a echarme agua bendita mientras conjuraban al demonio para que se marche: Marico hechicero, aléjate de aquí. Marico hechicero, vuelve a las cloacas de las que nunca debiste salir. Marico hechicero, todo lo peor para tí, por siempre y para siempre — Acompañaban estos cánticos con rayos equis, uve, uvedoble y zeta, que lanzaban a diestro y siniestro para espantar el mal karma. Finalmente el aire pareció aclararse y terminaron el ritual. Me pidieron que esperara unos minutos y después de un tiempo que a mi me pareció interminable, una de las chicas me dijo que todo estaba bien y que debía continuar con mi camino por el purgatorio.

Seguí hacia la zona siete del hospital, la más poderosa y allí una enfermera me dijo que me llamaría en unos segundos. Así fue. En el marcador que indicaba los números apareció un seis seis seis que me identificaba. La gente se apartó santiguándose, las madres sujetaban a sus hijos y les tapaban los ojos para que no me miraran y el Cristo que tenían en un crucifijo en la pared se marchó a la cafetería a tomar un cortado porque no quería estar allí conmigo y con eso que llevaba a mi alrededor.

La enfermera me puso en una camilla y me tranquilizó con dulces palabras. El cura y el médico llegaron juntos. Afuera se oscurecía el sol. El ritual chimpuniano es muy sencillo y rápido. La enfermera y el médico me sujetaron con fuerza y el cura me inyectó el jeringón de agua bendita mientras exhortaba al marico viejo para que se marche: Vete, vete, vete, todo lo peor, siempre, todo lo peor para ti, siempre, para ti todo lo peor, siempre y ahí perdí el conocimiento. Al abrir los ojos sentía una sensación de alivio infinita, era como si me hubieran quitado a una maricona vieja que se me había subido a la chepa y se agarraba a mi como una ladilla. Por fin podía moverme, podía hablar, saltar, reír y disfrutar con los colores de un soleado y luminoso día de primavera.

Salí a la calle y el hombre ensangrentado seguía perdido por el aparcamiento, acercándose a los que llegaban y tratando de comunicarse con ellos. Me subí a mi bicicleta y me marché.

Epílogo

Han pasado cinco días y tras esas ciento veinte horas, siete mil doscientos minutos o cuatrocientos treinta y dos mil segundos llegó la hora de comprobar que el karma se había recuperado. Mi médico me miró y sonrió. Se puede decir más alto pero no más claro. ya no hay hechizo, ni maldición, ni mal karma que me rodee. Mi aura vuelve a estar limpia y pura. El médico me abrazó, me acompañó a la puerta y por un instante pensé que iba a volver a lanzar la maldición contra mi porque una premonición me avisaba que me desearía todo lo mejor, siempre, pero en lugar de eso, estrechamos manos y me dio la bendición.

Pescadilla antes de Navidad

En el aire se respiraba un olor ácido y desagradable que insidiosamente se te colaba por las fosas nasales y te obligaba a pensar en el. Iba y venía en mareas que lo golpeaban sin cesar. Miró su reloj y vio que ya habían pasado cinco minutos de la hora acordada. A su alrededor el mobiliario barato de aquella pensión le invitaba a marcharse, a salir corriendo y no volver a mirar atrás.

Sacó de su chaqueta el iPod y se puso a jugar para matar el tiempo. La pequeña pantalla brillaba con colores alegres y parecía fuera de lugar allí. En algún punto del edificio se escuchaban voces lejanas que se gritaban una conversación. Por la ventana solo entraba el monótono ruido del tráfico, esa gris banda sonora que ya ni siquiera escuchamos porque forma parte de nuestras vidas. Un móvil con un estridente villancico navideño sonaba sin parar, olvidado por su dueño.

Pasó un rato. El tamborileo producido por los tacones al subir las escaleras lo trajo de vuelta a la realidad. Prestó atención y dedujo que venía hacia su habitación porque el ruido iba en aumento. Se detuvo ante la puerta que no estaba cerrada con llave y él apagó y guardó su iPod con rapidez. Al abrirse la puerta una ráfaga de aire del pasillo entró con fuerza. La mano que se posó sobre el interruptor apagó la luz principal de la habitación dejando solo encendidas las de las mesillas de noche. El nuevo aire trajo también un fuerte olor a perfume que lo mataba todo. Ella cerró la puerta y él se quedó observándola.

No era muy alta y su minifalda enseñaba unas piernas que ya hacía unos años que no eran bonitas. No era ni muy delgada ni muy gorda, tenía un peso normal. Eso le gustaba porque las anoréxicas le ponían de los nervios con esos huesos marcados sobre la piel que las hace parecer marionetas viejas. Se acercó y le acarició suavemente la mejilla. Después sin mediar palabra comenzó a quitarse la ropa y él hizo lo mismo.

Recordaba esta escena perfectamente ya que desde los catorce años se venía repitiendo. Siempre en el mismo lugar y en los últimos cinco años con la misma mujer. La primera vez lo trajo su padre, casi obligándolo porque él estaba aterrorizado y no entendía muy bien lo que quería que hiciera. Era su regalo de Navidad, algo que supuestamente sería muy especial. Un año más tarde comprendió que la puta lo había engañado porque no habían hecho aquello que se supone que debían hacer. Lo malo es que le gustó tanto que ahora formaba parte de las tradiciones navideñas y la repetía cada temporada. Siempre en esa cochambrosa pensión, la misma a la que vino la primera vez, siempre en la misma habitación y siempre un par de días antes de la Nochebuena. Su padre ya hacía años que había muerto y seguro que se fue a la tumba sin saber este pequeño secreto de su hijo. En su último año lo olvidó todo, incluso a él y acabó atropellado un día que escapó corriendo de la residencia en la que estaba ingresado. Quizás fue lo mejor.

Ya estaban preparados. Se miraron y se besaron con delicadeza. A ella parecía gustarle ese chico tan raro al que veía una sola vez al año y que pagaba tan bien. Él se encargaba de alquilar la habitación y la esperaba en ella para esa hora que pasaban juntos. Le acarició el pelo y jugueteó un poco con sus rizos. Él le siguió el juego y cuando ya estuvo preparado le hizo una señal. Ella abrió las piernas y él se sumergió a comerse la Pescadilla antes de Navidad.

Dos universos más allá a la izquierda …

Exoneración de irresponsabilidad: Hoy es uno de esos días en los que quizás debas seguir tu camino y no leer las boberías que habitualmente dejo caer por aquí. Si te ofende de alguna forma o manera quiero que sepas que te he avisado y que me la suda el haber herido tu insensibilidad. Si tienes el dedo ligero y quieres desahogar tu rabia dejando comentarios ofensivos es más que probable que desaparezcan misteriosamente después de unas horas porque si hay algo que no existe en esta bitácora es libertad de expresión para los lectores.

Hoy entramos en un universo distinto en el que las cosas no funcionan de la misma manera. El Dios de ese universo solo tuvo tres días para crearlo y por aquello de la eficiencia y la reducción de costes se tuvo que apañar como pudo para terminar la obra. Le dio tiempo a crear los temas básicos como la tierra, el cielo y similares pero al llegar al hombre le quedaban malamente quince minutos antes del descanso para el café y decidió que lo mejor era copiar los instintos y la forma de actuar de otros animales y pegárselos al hombre. Miro en su maravilloso y blanquecino ordenador con una manzana y eligió los ciervos o venados como los animales de los que sacaría la conducta para los hombres. Satisfecho, acabó la creación de su mundo y se fue a tomar el café con los otros dioses.

Como hay una ley que dice que ya sea en este o en aquel universo, la historia siempre se repite, los hombres acabaron siendo la especie dominante en su mundo, al igual que en el resto, llegaron a la luna, inventaron Internet y compraron casas con hipotecas interminables. Todo parecía normal salvo por un pequeño detalle, una ínfima diferencia que los hacía únicos y atraía la atención de los otros dioses, que se morían de envidia por lo conseguido en ese universo.

Los humanos del Universo Peta que es como se le conoce tienen unas relaciones sociales distintas a las del resto. Veamos lo que puede suceder en un año cualquiera de sus vidas. Comencemos en el mes de febrero. Una mañana de ese mes, un macho Alfa cualquiera se levanta y al ir al baño a jiñar nota unos pequeños bultos en la cabeza, concretamente dos. Se los toca con curiosidad y sale para el trabajo. Vive solo o con cuatro o cinco amigos y las mujeres no le preocupan en absoluto. Lo suyo es el tomar cerveza, echarse unas risas con los colegas, jugar con la PS3 y procurar conseguir lo mejor de esta vida. No es homosexual o incluso mariquita o maricón, es simplemente un hombre cualquiera. Por otro lado la hembra Alfa vive en una casa grande junto con un montón más de mujeres y niños pequeños. Está embarazada y dentro de tres meses dará a luz. En su casa hay muchísimas más mujeres preñadas. Todas son muy sociales y se lo pasan pipa entre ellas, criando a sus hijos de forma comunitaria y relacionándose con los hombres lo mínimo posible. No viven con hombres pero eso no quiere decir que sea bollera o incluso tortillera. De hecho jamás podría comerle el coño a otra tía, eso no va con ella. Tras arreglarse se va para su trabajo acariciando la barriga y hablando con el niño que lleva dentro.

Tres meses más tarde, a finales del mes de mayo la hembra Alfa da a luz una niña preciosa y todas sus compañeras lo celebran. Otras se han puesto de parto en esos días porque a todas les gusta parir juntas. Una de ellas ha escrito en una de las paredes NOSOTRAS PARIMOS, NOSOTRAS DECIDIMOS y siempre le ha hecho gracia la frase porque es muy cierta. Los primeros días está muy ocupada atendiendo al bebé y la casa está siempre llena de ruido de llantos y berreos de niños hambrientos. En esos días tiene un permiso de maternidad y no irá al trabajo durante los próximos cuatro meses.

Mientras tanto el macho Alfa ha visto como en los dos bultos que le salieron en la cabeza le están creciendo los cuernos, una cornamenta preciosa y que aumenta su tamaño a razón de un centímetro por día de hueso de buena calidad. Aún no sabe muy bien qué hacer con esos cuernos pero le encanta tocar esa piel sedosa que los recubre y se mira al espejo para admirar esa obra de arquitectura viva que se ha vuelto su cabeza. Le cuesta un poco acostumbrarse al peso extra que lleva pero le da igual, es algo bonito. Se dedica a comer y desarrollar músculos sin saber muy bien por qué. Va al gimnasio regularmente en donde se encuentra con todos sus amigos y todos se están preparando para algún tipo de competición. A todos les está creciendo la cornamenta y aunque no discuten sobre el tema, saben que en el futuro será algo importante. En los últimos días ha notado que está definiendo su cuerpo de forma espectacular y de un tiempo a esta parte los huevos se le están poniendo como pelotas de tenis y la polla ha doblado su tamaño. Ahora puede mear y agarrársela como si de una manguera se tratara. En el baño lanza miradas furtivas en los pisódromos y ha notado que a todos les está creciendo la zambomba. En la oficina no hay muchas hembras porque casi todas están de baja por maternidad, salvo las secretarias viejas que ya han alcanzado la menopausia y no pueden quedarse preñadas y aquellas que parieron el año anterior y que andan siempre ocupadas y pensando en sus hijos. A los hombres viejos también les crecen cuernos pero más pequeños y no se les ve mucho interés por ir al gimnasio, como si la cosa no fuera con ellos. Tampoco es que haya muchos, que en esta sociedad los machos tienden a ser jóvenes y vigorosos y hay poco espacio para los viejos.

Un día hacia el final del verano el macho Alfa se despierta con picores y con el estropajo se arranca la piel de la cornamenta, la cual ahora es impresionante. Ese día no le apetece mucho desayunar y se va para el trabajo sin notar los tres kilos de cuernos que tiene y que le obligan a ir en un coche descapotable. Se fija en las chicas que ve por la carretera y casi sin darse cuenta comienza a berrear para llamar su atención. En la oficina ya no se habla con sus amigos y de algún lugar oscuro de su corazón ha surgido un odio hacia ellos. Ahora los ve como contendientes, le quieren quitar aquello que le corresponde por derecho propio. Decide no ir a la cantina a almorzar nunca más y se pasa las horas en el trabajo controlando su territorio y berreando cuando pasa alguna hembra.

Las hembras Alfa se están reincorporando a la oficina y las que parieron el año anterior miran a los machos con atención. Las viejas también les echan miradas sabrosonas, fijándose mucho en el paquete que lucen y en la complejidad de sus cuernos. Ellas siguen yendo a almorzar y parlotean entre ellas como siempre aunque ahora el tema parece ser los machos y las posibilidades sexuales de los mismos. Los maduros de cuernos espectaculares parecen ser los más interesantes y los jovenzuelos con cuernos de primer o segundo año no merecen ni una mirada desdeñosa. Esos se tendrán que reventar el rabo a pajas porque no catarán coño. Después de unos días berreando comienzan las peleas. Suceden por cualquier motivo y en cualquier lugar. Sin ir más lejos junto a la fotocopiadora se reventaron a cuernos el jefe y uno de los programadores y la zona de la máquina de café sirve como campo de batalla porque allí nadie lo toma ya. Las hembras Alfa se pasean luciendo sus encantos y dejándose querer y los machos no pueden evitar el berrear como posesos para llamar su atención.

Han pasado dos semanas y nuestro macho Alfa sigue sin comer nada, obsesionado con coños suculentos y pensando únicamente en follar, como si se fuera a terminar el mundo. Ya no cumple en el trabajo pero nadie lo nota porque todos andan como él. Ha vencido a unos cuantos que se han replegado a rincones oscuros de la oficina y poco a poco, centímetro a centímetro que se dice, va ganando terreno. Las hembras Alfa se fijan más en él y muchas coquetean sin pudor. Una de las secretarias viejas ha entrado en su despacho cuando estaba berreando y no ha podido evitar montarla allí mismo, un sexo despiadado y brutal que a ella la dejó fumando un cigarro y cantando el Iuros livin a selebreishon de pura felicidad mientras él tras terminar la faena procuraba que se fuera para poder seguir berreando y tirándole los tejos a las otras. Las peleas son constantes y el sexo también. Ha logrado pulirse a varias de las más guapas e incluso un par de viejas gordas de recursos inhumanos, que uno nunca puede tener una certeza absoluta e igual esos carcamales amargados aún pueden tener chiquillos. Conforme pasan los días se agota más y más pero ni se le ocurre comer algo y sigue totalmente obsesionado con el sexo y con proteger su territorio. Está perdiendo peso pero por suerte los huevos siguen como pelotas de tenis y la polla la tiene más grande y gorda que nunca.

Igual que vino la cosa se fue y una mañana se despierta sin apetito sexual y con unas ganas locas de comer. Se va a la cocina y vacía la nevera de su casa. Está desfallecido pero de alguna forma sabe que lo ha conseguido y se siente satisfecho de si mismo. No se acuerda mucho de lo que ha sucedido en las pasadas semanas pero se asombra al ver su aspecto en el espejo del baño. Esa mañana en la oficina nota que faltan algunos colegas y se entera por las secretarias que han muerto. Otros están en peor condición que él y los más jóvenes han desarrollado músculos en las manos a fuerza de machacársela. Las hembras Alfa ya no le atraen y ellas parecen brillar de felicidad, canturrean sin parar y se ríen cuando lo ven pasar. Están embarazadas.

Un par de semanas más tardes ha notado que los huevos han pasado del tamaño de pelotas de tenis al tamaño de nueces de pacana y que la gloriosa manguera que lucía con orgullo vuelve a ser el pequeño y manejable grifo que siempre tuvo. En fin, fue bonito mientras duró. Sus amigos han vuelto a hablar con él y salen de nuevo de copas tras el trabajo, van al cine juntos y ni en pintura quieren ver a las mujeres. Hacia el final de diciembre una mañana se despierta inquieto y después de dar unos cuantos cabezazos contra la pared de la cocina consigue arrancarse los cuernos y aprovecha para hacerse un bonito perchero del que colgar el abrigo. Las hembras Alfa siguen felices con su embarazo, viendo con envidia a las que han parido este año y están criando a sus hijos y esperando que llegue pronto el verano para ser ellas las que estén amamantando a sus bebés.

Y así llegamos a una mañana de febrero, un año más tarde, en la que nuestro macho Alfa se despierta y al entrar al baño a jiñar nota que le han comenzado a salir dos pequeños bultos en la cabeza …

En el metro

Era tan tarde que las calles de la ciudad estaban desiertas. Paseaba despreocupadamente en dirección a la parada del metro. Miró hacia el cielo y vio las columnas de humo creadas por los aparatos de calefacción que semejaban bosques fantasmales. En ese momento tuvo un escalofrío y se terminó de abrochar el abrigo.

En las escaleras del metro descansaban los paquetes con los periódicos gratuitos del día siguiente, esperando para que algún repartidor los esparza por el recinto y en la mañana acaben en las manos de sus casuales lectores, esos que buscan matar los minutos perdidos en el transporte leyendo noticias casuales. Pasó junto a ellos y bajó al andén. Estaba solo. Se fijó en los diferentes carteles publicitarios, los mismos de ayer y del mañana, con las colonias y los productos que han cubierto esas paredes desde hace décadas.

Se fijó en las vías tratando de encontrar ratones, de esos que gustan de comer lo que cae en las mismas y que viven allí debajo sin preocuparse por los trenes que pasan sobre ellos. El panel avisaba que el siguiente metro llegaría en unos diez minutos así que tendría que esperar. Sacó de su bolsillo el teléfono y comenzó a escribir un mensaje: Estoy esperando el metro. Mi corazón late por ti : x y lo envió. Sonrió pensando en la cara que pondría ella, en ese gesto tan característico que hace al mirar la pantalla de su teléfono y esos hoyuelos que se le forman en las mejillas cuando sonríe. La había conocido unos días antes y era como si llevaran toda una vida juntos. No le importaba su vida anterior. En realidad ni siquiera se podía llamar vida. Había sido la espera hasta el momento de conocerla, el día en que realmente nació.

Buscó en sus bolsillos y encontró una pastilla mentolada. Desde que había dejado de fumar las llevaba para engañar al cuerpo y calmar el vicio. Siempre despreció a los que dejaban de fumar y pensó que nunca lo haría pero ella fue muy clara con él al respecto y no le dio otra opción. Dicen que el amor es ciego y a eso habría que añadir que es tozudo y tenaz. Esa cuesta imposible de subir que era el abandonar el vicio se convirtió en una colina suave que ya estaba a punto de terminar de escalar. Al rebuscar en el bolsillo encontró una de las notas que había tomado durante el día en el trabajo. La tiró en una papelera y comenzó a pasear por el andén.

Aún quedaban unos minutos para que viniera el tren y seguía solo. Se sentó en un banco a esperar y sacó una moneda para jugar con ella entre los dedos. Lo hacía desde que era niño y con el tiempo se había vuelto un maestro en este arte. Así pasó el tiempo y pronto pudo escuchar el ronroneo lejano que anunciaba la llegada, el cual fue incrementando hasta convertirse en el habitual traqueteo y chirrido de frenos.

Cuando llegó el metro el vagón en el que entró estaba vacío. Le resultaba extraño, acostumbrado como estaba a viajar dando codazos y con la cabeza de alguien pegada a su sobaco. Se sentó junto a la puerta, la cual se cerró y al instante comenzó a moverse. Tras unos segundos la oscuridad del túnel envolvió al metro.

Las luces del techo parpadearon y se apagaron justo en el instante en que recibió un mensaje. Normalmente estos cortes duraban una fracción de segundo pero esta vez parecía algo distinto. Cogió el teléfono y volvió a sonreír pensando en su amada. Miró a la pantalla y leyó el mensaje: Vas a ser mío

Estaba pulsando las teclas para responder cuando notó que el teléfono se estaba calentando y tuvo que soltarlo porque le quemaba las manos. El vagón seguía a oscuras y ahora las paredes comenzaban a adquirir una tonalidad roja. El sonido de las ruedas al rozar los raíles se intensificó y parecían lamentarse. La luz roja parecía sangre que se derramaba por las paredes y corría por el suelo hacia él. La primera idea que le vino a la cabeza fue que se iba a desmayar en ese instante pero no sucedió así. Vio la sangre cercarlo y la luz roja intensificarse y vio como las ventanas desaparecían y todo el tren se iba encogiendo hasta rodearlo completamente con más y más luz roja y finalmente se transformó en un ataúd.

Giró la cabeza y realmente estaba encerrado en un ataúd y cuando quiso mover las manos los músculos agarrotados no le respondieron. Gritó y se agitó buscando que alguien lo escuchara. Su respiración se volvió entrecortada y la angustia se apoderó de él.

Ahora comenzó a recordar. Se había desmayado mientras iba al trabajo en metro. Hasta ahí llegaban sus recuerdos. Y ahora estaba encerrado en aquel sitio. Gritó. Empleó todas sus fuerzas para que alguien lo oyera. Seguro que todo era un error y saldría de aquel lugar. Al final se reiría con los amigos. Siguió gritando hasta que se empezó a marear por el aire enviciado y terminó por desmayarse. Esta vez sí que había muerto de verdad. Sobre su tumba, en el cementerio, las flores comenzaban a marchitarse.

Sombras en la noche

Abrió los ojos al despertarse de pronto. Estaba muy oscuro, solo unos delicados rayos de luz entraban a través de la ventana y por el tipo de luz que traían debían ser lunares. Pese a no recordarlo supuso que escuchó algún ruido fuera de la casa, quizás un animal pasando junto a la puerta.

Se dio la vuelta y se puso boca arriba. Sus ojos se comenzaron a habituar a la falta de luz y poco a poco comenzó a discernir las formas de los muebles y las líneas de la habitación. Hacía frío. Se colaba por los bajos de la puerta. Mirando hacia el techo sus ojos creaban formas con las sombras, imaginaban seres que su cerebro inmediatamente etiquetaba. Entre todo ese universo gris destacaba un punto negro, una marca situada directamente sobre ella. Trató de enfocarla pero no había suficiente luz y no podía verla claramente.

En su cabeza pensamientos sueltos se despertaban y le llegaban por ráfagas. ¿qué preparar para cenar mañana? … Me compro aquellos zapatos que vi el otro día … ¿adonde iremos de vacaciones este año? … Será cierto lo de Teresa … hilos de pensamiento que se sucedían sin orden mientras ella trataba de centrarse y volver a recuperar el sueño.

El punto negro aumentaba de tamaño lentamente pero aún no podía distinguir lo que era. Fijó su atención en el mismo y por instantes parecía moverse. Aún era muy pequeño. Se llevó las manos a la cara y se restregó los ojos. Quizás era una de esas manchas que vemos en ocasiones al no estar habituados a la oscuridad, esas zonas negras que nos acompañan mientras caminamos por pasillos sin iluminar en nuestro camino hacia el baño y que por la mañana habrán desaparecido. Se fijó en una de las paredes y allí no estaba. Era raro porque si fuera una de esas sombras tendría que verla en el mismo lugar. Cerró un ojo y dejó el otro abierto. Seguía allí, ahora sin perspectiva de distancia pero en el mismo lugar y puede que un poco más grande.

Cerró los ojos y decidió que no merecía la pena perder el tiempo con aquello, que era mejor volver a los sueños, ya fueran dulces o terribles. El frío le golpeaba un poco en la cara y se tapó dejando solo una pequeña zona expuesta. Aplastó la cabeza aún más en la almohada para que esta la rodeara y notó en sus orejas el frescor de la tela. Se quedó quieta, respirando tranquilamente y no sucedió nada. Esperó un par de minutos y trató de despejar su mente pero no lo conseguía, el cerebro seguía desbocado y no podía dormirse. Abrió los ojos de nuevo.

La mancha negra era enorme y ahora estaba sobre ella. Trató de enfocarla y después de unos segundos una inquietante idea surgió de algún remoto lugar de su cabeza. Era una araña que descendía desde el techo, una araña grande y peluda que estaba bajando directamente hacia su cara. Ahora la podía ver claramente, distinguía sus partes y la certeza de su descubrimiento la impulsó para saltar de la cama horrorizada.

Al ponerse en pie y verlo desde otra perspectiva notó que lo que a ella le parecía desmedidamente grande no era más que un pequeño insecto pero aún así no se sintió tranquila. No le gustaban las arañas. Es más, las odiaba. Una sombra se movió tenuemente en la ventana y al mirar hacia allí vio unos ojos que la observaban fijamente. Por fuera de la casa alguien estaba espiándola. Pensó que estaba dejándose llevar por el pánico y que seguro que era una de esas jugarretas de nuestro cerebro al levantarnos y trató de distinguir los contornos familiares del paisaje que se podían ver por la ventana pero seguía viendo una forma humana, quieta y que la miraba atentamente.

Ahora no sabía si prestar más atención a la araña que se dirigía hacia la cama o a aquella sombra que podía ser una persona. En los instantes que dudó la sombra se movió y ahora no tuvo ninguna duda. La espiaban. Se acercó temblando a la ventana y pudo ver la fugaz estela de una vieja que corría por el camino alejándose de la casa, cubierta con telas negras y con unas manos arrugadas y a las que la luz de la luna volvía grises agarrando un palo alargado. La vieja se detuvo después de unos pasos y miró hacia atrás y en su rostro pudo ver odio y rencor.

Se acercó a la mesilla de noche y cogió el teléfono. Estaba apagado. Pulsó con desesperación el botón de encendido y la espera hasta que el teléfono estuvo operativo le pareció interminable. La araña ya era historia, no le preocupaba en absoluto. Ahora lo que quería era pedir ayuda a alguien. Se sentó en el borde de la cama para hacer la llamada y tras unos momentos se acordó de la araña. Saltó como un resorte e inmediatamente sintió picores por todo su cuerpo, como si la araña se hubiera multiplicado y cientos de ellas la atacaran.

En todo este tiempo no se le había ocurrido encender la luz, seguía en la penumbra. Fue en el momento en el que activó el interruptor cuando vio el hacha alzado en el aire y cuando reaccionó y fue a gritar lo sintió golpeándola en el cuello y separando la cabeza del cuerpo. El cuerpo se desplomó mientras la cabeza golpeaba la pared y rebotaba cayendo sobre la cama. La boca seguía abierta, como si siguiera a punto de lanzar su alarido. La sangre comenzó a extenderse por las sábanas mientras la araña corría asustada por la luz y se refugiaba dentro de la boca.

La casa de la montaña

Cuentan que las luces de la casa se podían ver encendidas en las obscuras noches de invierno, que la gente escuchaba gritos lejanos que provenían del interior del edificio. Muchos en el pueblo juran haber visto esas luces y escuchado los gritos pero lo único cierto es que la casa está abandonada desde hace más de un siglo y se está cayendo a cachos.

Ya nadie sabe muy bien quién vivió allí y los registros del pueblo desaparecieron en alguna de las batallas que sucedieron por aquellos lares durante la segunda Guerra Mundial. Tampoco hubo nunca mucho interés por ocupar el edificio y devolverle algo del esplendor que quizás tuvo en su momento. Está lejos de todo, sin carreteras ni caminos que te acerquen, sin agua en sus alrededores y acompañada por un espeso bosque que parece rodearla aunque no se atreve a tomar posesión del terreno y quizás las vistas serían lo único que animaría a alguien a mudarse allí. Ni siquiera los jóvenes del pueblo subían al lugar. No hablaban de ello pero lo temían.

El día que la caravana de vehículos llegó al pueblo nadie se lo esperaba. Se pararon a comprar algunas provisiones en el lugar. Decían pertenecer a un grupo de meditación y querían perderse en el campo durante una semana, en algún sitio lejos de todos. Las tres horas de caminata les pareció algo bueno ya que así estarían solos. La falta de agua no les importaba, la llevarían con ellos y si necesitaban más mandarían gente al pueblo. Alguien les marcó en un mapa el camino y los vieron subir por la ladera, ayudándose unos a otros y muy decididos.

Esa fue la última vez que se supo de ellos. Fue hace dos semanas. Nunca volvieron a bajar. Y lo malo es que nadie quería subir.

Avisaron a la policía estatal y estos mandaron un equipo de investigadores. Estuvieron merodeando alrededor de los coches de los excursionistas y tomaron muchas notas pero no hicieron ningún esfuerzo por ir tras ellos. Se marcharon prometiendo volver y cuando lo hicieron era otro equipo, más preparados para subir a la montaña. Tenían emisoras y subieron siguiendo el mismo camino. En ese grupo iba yo.

Al salir del pueblo probamos las emisoras y contactamos con nuestros compañeros. Todo iba bien. El día era perfecto para caminar, ni muy frío ni muy caluroso. Llevaba una pequeña mochila con algo de equipamiento médico y agua. Si veíamos algo raro avisaríamos para que manden el helicóptero así que no teníamos que preocuparnos y llevar un exceso de equipo.

Caminar por el monte es siempre agradable, es una actividad que te permite pensar en tus cosas ya que es muy mecánica. De cuando en cuando veíamos aparecer la casa a lo lejos y así sabíamos que la dirección era la correcta. Eso y un GPS que marcaba nuestra posición en unas cartas militares. Tras una hora habíamos recorrido más de la mitad de la distancia y el paisaje comenzaba a cambiar, era más agreste, con menos senderos creados por los animales. Cuando nos metíamos en el bosque caía la temperatura y nos rodeaba una penumbra bastante espesa. Las pinochas cubrían el suelo y a veces tenía que andar con cuidado para no resbalar. En lo alto de los árboles se oía de cuando en cuando un pájaro pero mayormente predominaba el roce de las ramas y las hojas. No había ningún tipo de matojos bajo la cúpula formada por los árboles. Solo veíamos otras plantas en los claros en los que parecían haberse refugiado. Unas zonas extrañas en las que los árboles habían muerto o desaparecido. Algunos de esos claros eran más grandes que los otros y varios parecían recientes.

Mirando hacia la casa me pareció ver luz en una ventana pero la impresión fue muy fugaz y no pude confirmarla. Ya estábamos cerca del lugar y no veíamos ningún rastro de los desaparecidos. Me maravilló el tamaño del edificio. Era más bien una mansión de dos plantas con al menos cinco ventanas por cada lado. Parecía tener una planta cuadrada. No había cristales en las ventanas. Para construirla seguro que subieron todos los materiales con burros o caballos. Las vistas eran preciosas, con todo el valle a sus pies. A lo lejos se podía ver el pueblo y la carretera que llegaba serpenteando al mismo. Nos dividimos en dos equipos. Yo entraría con un compañero en la casa y los otros dos revisarían los alrededores. Nos acercamos al hueco de la puerta, la cual había desaparecido seguramente comida por el tiempo. Encendimos las linternas y entramos cuidadosamente. No había arañas ni rastro de otros animales. Únicamente el tiempo parecía erosionar el edificio y pequeños montones de polvo se acumulaban en algunos rincones. La casa estaba vacía, sin muebles, sin nada. Una sucesión de habitaciones en muy mal estado y en las que la madera se estaba pudriendo. No nos atrevimos a subir la escalera porque no daba la impresión de aguantar el peso de una persona y en un tramo estaba rota pero allí no había entrado nadie.

La puerta trasera estaba tirada sobre el suelo de la cocina y desde allí se salía a una especie de patio posterior. Allí no había nada. Ni nadie. Avisamos al otro equipo usando las emisoras y ellos tampoco vieron nada. Ni mochilas, ni restos de hogueras o de un campamento. Nada. Allí no había estado nadie en mucho tiempo. No había ni dibujos en las paredes de esos que dejan los jóvenes cuando hacen sus excursiones para fumar y beber escuchando música.

El edificio no parecía tener sótano, al menos no había ninguna entrada. Caminamos por los alrededores y lo único peculiar era la forma en la que la vegetación se detenía en sus alrededores y se negaba a avanzar hacia la casa, como si alguien o algo aún ejerciera de jardinero y no permitiese la invasión de las plantas.

Volvimos hacia el pueblo por otro camino y tampoco encontramos nada que se saliera de lo habitual. En una ocasión escuchamos un grito desgarrado pero pudo ser algún ave. El sonido me puso los pelos de la nuca de punta, parecía una mujer a la que estaban torturando. Seguimos la dirección del ruido pero solo encontramos un claro, una de esas anomalías en el bosque en la que un pequeño matorral estaba comenzando a crecer.

Al final de la tarde estábamos de vuelta al pueblo sin noticias de la gente desaparecida. Dos equipos más de rastreo se unieron a nosotros y en los días siguientes batimos la zona pero nunca encontramos nada. Tras unas semanas las familias de algunos de ellos se llevaron los vehículos. Nunca sabremos qué pasó en aquel lugar o a donde fueron los excursionistas. En el pueblo nadie habla de la casa en lo alto de la montaña. Algo malo vive allí y lo mejor es dejarlo en paz.

El autoestopista

Mil campanas suenan en tu corazón
que difícil es pedir perdón
ni tu ni nadie, nadie
puede cambiarme

Se miraban mientras cantaban el estribillo a pulmón abierto. Pese a llevar años escuchando y cantando esta canción no se cansaban nunca de oírla. Es un clásico, superó la barrera de lo efímero y entró en el paraíso de las canciones que perdurarán por siempre. La canción continuaba sonando y ellas seguían cantando, ahora con la conductora más atenta al coche. Eran amigas desde siempre o al menos eso les parecía. Juntas atravesaron los años turbios del instituto y la universidad, se graduaron con honores y ahora trabajaban en la misma empresa. Lo sabían todo la una de la otra, no tenían secretos ni querían tenerlos. Son amigas, las mejores, amigas para siempre.

Seguían cantando cuando vieron a un joven en la cuneta de la carretera haciendo autoestop. Levantaba el dedo y a sus pies tenía una mochila. Debía ser siete u ocho años más joven que ellas. Tenía buen aspecto.

¿Lo recogemos? — Preguntó María José
— dijo María Jesús

Frenaron sacando el coche ligeramente de la calzada y el chico agarró la mochila y comenzó a correr hacia el vehículo. Venía sonriendo. Abrió la puerta trasera y lanzó en el interior la mochila, entrando tras ella. Era alto, más alto que ellas, de pelo castaño y con unas gafas de pasta que le daban un aspecto como de intelectual. Tenía un hoyuelo pronunciado y sus ojos parecían brillar con luz propia, una luz verde e intensa que hipnotizaba. Su chaqueta moldeaba una figura de deportista y sus manos grandes y con unas uñas muy hermosas y cuidadas lo situaban fuera del entorno de los trabajos manuales. Cerró la puerta del coche y saludó:

Hola, me llamo Javi. Gracias por parar y recogerme
Yo me llamo María José — dijo la conductora — pero todo el mundo me llama María
Y yo soy María Jesús y también me puedes llamar María — le dijo la chica que iba en el asiento del acompañante.
Si a ambas os tengo que llamar María seguro que nunca se sabe a cual me refiero — les dijo medio en broma, mirando a una a través del espejo retrovisor y a la otra a la cara.
No te preocupes. Nosotras lo sabremos — respondieron al unísono

El coche estaba arrancando y reincorporándose a la carretera. No había tráfico ninguno, era un camino que a otras horas del día tenía mucho tráfico pero no al anochecer, cuando la gente ya ha vuelto a casa y descansa esperando el día siguiente.

¿Hacia dónde vas? — Preguntó María José
A Madrid — dijo Javi
Es tu día de suerte, nosotras también vamos hacia allí. Haremos el viaje juntos — le dijo María Jesús
Genial

Subió el volumen del equipo de música y comenzó a sonar la canción de Mil campanas y ambas se pusieron a cantar como si él no estuviera allí. Era un tanto surrealista ir en aquel coche, con aquellas mujeres que daban la impresión de estar volviendo de una excursión, tan felices y dicharacheras y tan entregadas a la canción. Al terminar pasó un segundo y volvió a comenzar la misma canción y ellas volvieron a cantarla, como si fuera la primera vez, como si no la hubieran escuchado unos instantes antes. Cuando acabó volvió a comenzar y de nuevo volvieron a cantar, siempre haciendo los mismos gestos, siempre volviendo las caras a mirarse en el mismo instante, estaban empezando a parecerle un disco rallado pero no dijo nada.

Diez minutos más tarde y tras otras tres tandas de la canción las interrumpió. Hasta ese momento ellas parecían ignorarle, cantaban sin parar y al terminar la canción se reían y volvían a cantar al comenzar de nuevo. Justo estaba acabando en ese instante cuando les dijo:

¿Siempre escucháis la misma canción?
¿Por qué? ¿No te gusta? — le dijo María algo, no se acordaba si María José o María Jesús. Comenzaba a darle la impresión que el viaje iba a ser muy largo y duro hasta Madrid. No le costaba dinero pero aquello sería como una jornada en el purgatorio, con aquellas dos cantando todo el tiempo la misma canción.
Sí me gusta pero es extraño que solo escuchéis una canción. No sé, no es lo habitual. Es más normal que la gente escuche la radio o tenga alguna selección de canciones o el disco de un grupo pero no una única canción — les dijo tratando de parecer amigable y comprensivo.
A nosotras solo nos gusta esta canción y por eso solo la escuchamos. Además, es uno de los éxitos del momento — dijo María Jesús
Fue un éxito hace veinte años por lo menos, no es una canción nueva. Ese grupo ya ni existe. Se separaron. Carlos Berlanga murió y Alaska y Nacho Canut formaron un grupo nuevo, Fangoria. La época de Alaska y Dinarama quedó hace mucho tiempo atrás — trató de no sonar pedante y procuró enfocarlo desde el punto de vista informativo. Esto era historia de la música española y aunque muy anterior a su época, lo sabía ya que forma parte del conocimiento urbano, son casi una leyenda.

El coche comenzó a detenerse de nuevo. María Jesús y María José parecían estar enfadándose. La música ya no sonaba. En el coche la temperatura estaba descendiendo rápidamente. Al hablar de nuevo, se formó una pequeña nube de humo.

Quizás sea mejor que me baje. Gracias por recogerme. Seguiré andando — dijo mientras comenzaba a tirar de su mochila para sacarla del coche.
Te odiamos — dijeron al unísono

El coche comenzaba a desvencijarse, el asiento en el que estaba no era más que un manojo de muelles oxidados, el volante y la radio desaparecieron, también el cristal delantero y el trasero. Ellas comenzaron a perder trozos de carne y el pelo se les caía transformándose en fantasmas horribles. En su lado no había puerta y aterrorizado buscó salir lo antes posible. Dejó la mochila atrás y al girarse se cortó con algún saliente. Recogió la mano instintivamente y la protegió con su pecho. Inmediatamente comenzó a sangrar abundantemente. No se detuvo ni a mirarla. Siguió intentando salir. Las jóvenes ya no existían, eran dos figuras horrorosas que lo miraban con cuencas de ojos vacías. De nuevo comenzó la música aunque en esta ocasión venía de ninguna parte, parecía estar en el aire. Estaba aterrorizado. Cayó fuera de lo que parecían ser los restos de un vehículo que había sufrido un accidente en aquel lugar y vio que seguía en el mismo sitio que lo habían recogido, únicamente unos metros más adelante, en el lugar en el que había visto los restos del coche.

Se levantó como pudo y se echó a correr por la carretera, alejándose del lugar. La música seguía sonando en su cabeza, cada vez más alta.

Detente — escuchó también dentro de su cabeza. Frente a él estaban los dos espíritus y no quiso dejar de correr. Quería escapar, huir de aquel lugar y no volver a mirar atrás. Vio las sombras comenzar a moverse en su dirección y no pudo hacer nada por evitar que lo alcanzaran.

Lo golpearon con saña. Embestían y con sus golpes iban desgarrándolo, provocándole heridas, mientras él gritaba y les pedía que lo dejaran en paz. Después de un rato se quedó quieto, callado, muerto, tirado en la cuneta con una expresión de pánico en su cara y uno de sus ojos al lado del cuerpo. Ellas volvieron al coche y la música sonó de nuevo. Cantaban felices y en unos instantes el coche fantasmal se puso en movimiento y desapareció.

Planta 33 - capítulo decimocuarto

Si quieres leer este relato al completo, salta a Planta 33 - Capítulo primero y deja que te cuente un secreto, al llegar al final de cada capítulo hay un enlace para encontrar el siguiente.

Entró en la sala con prisa y únicamente se detuvo cuando se encontraron cara a cara. Lo llamaron minutos antes pero por suerte aún estaba en la oficina y pudo llegar rápidamente. Estaban en uno de los edificios anexos a la Basílica de San Pedro, en el sótano y desde allí se controlaba toda la seguridad del complejo mediante un entramado de cámaras y sensores conectados al sistema. Una empresa de seguridad privada era la que se encargaba de patrullar y comprobar las alarmas y solo cuando se verificaban entraba en juego la Guardia Vaticana. Reciben el pomposo nombre de Servicio Vaticano de Seguridad y ellos eran los que habían avisado. En los monitores se podía ver todo lo que estaba sucediendo en ese momento en el perímetro del pequeño país.

– Cuénteme que ha pasado - dijo sin mostrar ninguna preocupación en su tono de voz.
– Esta tarde, justo antes del cierre, dos jóvenes subieron a la Cúpula de la Basílica. Las cámaras registraron su subida pero nunca bajaron. Han desaparecido. Es como si se las hubiera tragado la tierra. Lo último que sabemos de ellas es que cerca de las cinco estaban arriba en el mirador y cuando subió el vigilante para mirar y pedirles que bajaran no encontró a nadie — dijo el vigilante que parecía estar al mando.
– ¿Se sabe quienes eran? ¿Están seguros de que desaparecieron? ¿No habrán bajado despistando las cámaras? — preguntó. Su trabajo era conseguir respuestas y la única forma de hacerlo es haciendo las preguntas adecuadas.
– No. Es imposible. Tanto la subida como la bajada están monitorizadas y no hay manera que esquiven nuestras cámaras. Están en puntos que no tienen ángulos muertos. Han desaparecido, así de sencillo — confirmo el vigilante.
– ¿Subió alguien más?
– No. Estaban solas. Fueron las últimas en subir a la Cúpula. El vigilante de la entrada las recuerda. Dos chicas, jóvenes, hablaban entre ellas y antes de comprar la entrada preguntaron si era posible porque la hora del cierre estaba muy cercana. Las cámaras las muestran subiendo, hablando entre ellas. No sabemos lo que dicen porque no tenemos audio pero no parecían particularmente preocupadas y ni siquiera se pararon a descansar. Llegaron arriba sin más problemas. — informó.
– De acuerdo. Además de revisar las cintas habrán hecho algo más imagino — dijo con un tono algo irónico.
– Sí. Hemos rastreado completamente las escaleras, simultáneamente la subida y la bajada y hemos mirado alrededor de la cúpula. También en los tejados de los alrededores. Hemos buscado trozos de ropa o marcas de algún tipo que muestren que alguien estuvo allí pero no hay nada. Su rastro se pierde en la última cámara y no parece que hayan saltado desde allí — dijo el hombre un tanto molesto.
– ¿Está la Policía Italiana informada?
– Sí. Como sabe trabajamos con ellos. Han mirado en sus sistemas pero aún no hay ninguna denuncia por personas desaparecidas. Es muy pronto y seguramente eran turistas. Pueden pasar días hasta que la recibamos — Se miraban mientras hablaban estudiando los gestos de su adversario. Aunque trabajaban en el mismo lugar eso no quería decir que fueran amigos y ambos recelaban del otro. A unos les tocaba lidiar con los problemas y resolverlos mientras los otros hablaban con la Curia Romana y salían en las fotos con sus vistosos trajes.
– Está bien. Manténganme informado. Hasta que no haya una denuncia quiero que mantengan esto en secreto. Igual no ha pasado nada. Quiero que revisen todas las cámaras por si alguien las ha manipulado. Ya sé que es prácticamente imposible pero no quiero errores. Tenemos que estar seguros de lo que ha pasado — dijo en un tono que implicaba una orden.
– Pero …
– No hay peros. Limítense a descubrir lo que ha pasado y resolver el enigma — dijo mientras se daba la vuelta para marcharse.

Lo vieron irse rápidamente, sin mirar atrás, con la misma prisa con la que había llegado. Se miraron entre ellos y volvieron a fijar la vista en las pantallas. Tendrían que revisarlo todo de nuevo y buscar algún error porque tenía que ser eso.