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Sombras en la noche

Abrió los ojos al despertarse de pronto. Estaba muy oscuro, solo unos delicados rayos de luz entraban a través de la ventana y por el tipo de luz que traían debían ser lunares. Pese a no recordarlo supuso que escuchó algún ruido fuera de la casa, quizás un animal pasando junto a la puerta.

Se dio la vuelta y se puso boca arriba. Sus ojos se comenzaron a habituar a la falta de luz y poco a poco comenzó a discernir las formas de los muebles y las líneas de la habitación. Hacía frío. Se colaba por los bajos de la puerta. Mirando hacia el techo sus ojos creaban formas con las sombras, imaginaban seres que su cerebro inmediatamente etiquetaba. Entre todo ese universo gris destacaba un punto negro, una marca situada directamente sobre ella. Trató de enfocarla pero no había suficiente luz y no podía verla claramente.

En su cabeza pensamientos sueltos se despertaban y le llegaban por ráfagas. ¿qué preparar para cenar mañana? … Me compro aquellos zapatos que vi el otro día … ¿adonde iremos de vacaciones este año? … Será cierto lo de Teresa … hilos de pensamiento que se sucedían sin orden mientras ella trataba de centrarse y volver a recuperar el sueño.

El punto negro aumentaba de tamaño lentamente pero aún no podía distinguir lo que era. Fijó su atención en el mismo y por instantes parecía moverse. Aún era muy pequeño. Se llevó las manos a la cara y se restregó los ojos. Quizás era una de esas manchas que vemos en ocasiones al no estar habituados a la oscuridad, esas zonas negras que nos acompañan mientras caminamos por pasillos sin iluminar en nuestro camino hacia el baño y que por la mañana habrán desaparecido. Se fijó en una de las paredes y allí no estaba. Era raro porque si fuera una de esas sombras tendría que verla en el mismo lugar. Cerró un ojo y dejó el otro abierto. Seguía allí, ahora sin perspectiva de distancia pero en el mismo lugar y puede que un poco más grande.

Cerró los ojos y decidió que no merecía la pena perder el tiempo con aquello, que era mejor volver a los sueños, ya fueran dulces o terribles. El frío le golpeaba un poco en la cara y se tapó dejando solo una pequeña zona expuesta. Aplastó la cabeza aún más en la almohada para que esta la rodeara y notó en sus orejas el frescor de la tela. Se quedó quieta, respirando tranquilamente y no sucedió nada. Esperó un par de minutos y trató de despejar su mente pero no lo conseguía, el cerebro seguía desbocado y no podía dormirse. Abrió los ojos de nuevo.

La mancha negra era enorme y ahora estaba sobre ella. Trató de enfocarla y después de unos segundos una inquietante idea surgió de algún remoto lugar de su cabeza. Era una araña que descendía desde el techo, una araña grande y peluda que estaba bajando directamente hacia su cara. Ahora la podía ver claramente, distinguía sus partes y la certeza de su descubrimiento la impulsó para saltar de la cama horrorizada.

Al ponerse en pie y verlo desde otra perspectiva notó que lo que a ella le parecía desmedidamente grande no era más que un pequeño insecto pero aún así no se sintió tranquila. No le gustaban las arañas. Es más, las odiaba. Una sombra se movió tenuemente en la ventana y al mirar hacia allí vio unos ojos que la observaban fijamente. Por fuera de la casa alguien estaba espiándola. Pensó que estaba dejándose llevar por el pánico y que seguro que era una de esas jugarretas de nuestro cerebro al levantarnos y trató de distinguir los contornos familiares del paisaje que se podían ver por la ventana pero seguía viendo una forma humana, quieta y que la miraba atentamente.

Ahora no sabía si prestar más atención a la araña que se dirigía hacia la cama o a aquella sombra que podía ser una persona. En los instantes que dudó la sombra se movió y ahora no tuvo ninguna duda. La espiaban. Se acercó temblando a la ventana y pudo ver la fugaz estela de una vieja que corría por el camino alejándose de la casa, cubierta con telas negras y con unas manos arrugadas y a las que la luz de la luna volvía grises agarrando un palo alargado. La vieja se detuvo después de unos pasos y miró hacia atrás y en su rostro pudo ver odio y rencor.

Se acercó a la mesilla de noche y cogió el teléfono. Estaba apagado. Pulsó con desesperación el botón de encendido y la espera hasta que el teléfono estuvo operativo le pareció interminable. La araña ya era historia, no le preocupaba en absoluto. Ahora lo que quería era pedir ayuda a alguien. Se sentó en el borde de la cama para hacer la llamada y tras unos momentos se acordó de la araña. Saltó como un resorte e inmediatamente sintió picores por todo su cuerpo, como si la araña se hubiera multiplicado y cientos de ellas la atacaran.

En todo este tiempo no se le había ocurrido encender la luz, seguía en la penumbra. Fue en el momento en el que activó el interruptor cuando vio el hacha alzado en el aire y cuando reaccionó y fue a gritar lo sintió golpeándola en el cuello y separando la cabeza del cuerpo. El cuerpo se desplomó mientras la cabeza golpeaba la pared y rebotaba cayendo sobre la cama. La boca seguía abierta, como si siguiera a punto de lanzar su alarido. La sangre comenzó a extenderse por las sábanas mientras la araña corría asustada por la luz y se refugiaba dentro de la boca.

La casa de la montaña

Cuentan que las luces de la casa se podían ver encendidas en las obscuras noches de invierno, que la gente escuchaba gritos lejanos que provenían del interior del edificio. Muchos en el pueblo juran haber visto esas luces y escuchado los gritos pero lo único cierto es que la casa está abandonada desde hace más de un siglo y se está cayendo a cachos.

Ya nadie sabe muy bien quién vivió allí y los registros del pueblo desaparecieron en alguna de las batallas que sucedieron por aquellos lares durante la segunda Guerra Mundial. Tampoco hubo nunca mucho interés por ocupar el edificio y devolverle algo del esplendor que quizás tuvo en su momento. Está lejos de todo, sin carreteras ni caminos que te acerquen, sin agua en sus alrededores y acompañada por un espeso bosque que parece rodearla aunque no se atreve a tomar posesión del terreno y quizás las vistas serían lo único que animaría a alguien a mudarse allí. Ni siquiera los jóvenes del pueblo subían al lugar. No hablaban de ello pero lo temían.

El día que la caravana de vehículos llegó al pueblo nadie se lo esperaba. Se pararon a comprar algunas provisiones en el lugar. Decían pertenecer a un grupo de meditación y querían perderse en el campo durante una semana, en algún sitio lejos de todos. Las tres horas de caminata les pareció algo bueno ya que así estarían solos. La falta de agua no les importaba, la llevarían con ellos y si necesitaban más mandarían gente al pueblo. Alguien les marcó en un mapa el camino y los vieron subir por la ladera, ayudándose unos a otros y muy decididos.

Esa fue la última vez que se supo de ellos. Fue hace dos semanas. Nunca volvieron a bajar. Y lo malo es que nadie quería subir.

Avisaron a la policía estatal y estos mandaron un equipo de investigadores. Estuvieron merodeando alrededor de los coches de los excursionistas y tomaron muchas notas pero no hicieron ningún esfuerzo por ir tras ellos. Se marcharon prometiendo volver y cuando lo hicieron era otro equipo, más preparados para subir a la montaña. Tenían emisoras y subieron siguiendo el mismo camino. En ese grupo iba yo.

Al salir del pueblo probamos las emisoras y contactamos con nuestros compañeros. Todo iba bien. El día era perfecto para caminar, ni muy frío ni muy caluroso. Llevaba una pequeña mochila con algo de equipamiento médico y agua. Si veíamos algo raro avisaríamos para que manden el helicóptero así que no teníamos que preocuparnos y llevar un exceso de equipo.

Caminar por el monte es siempre agradable, es una actividad que te permite pensar en tus cosas ya que es muy mecánica. De cuando en cuando veíamos aparecer la casa a lo lejos y así sabíamos que la dirección era la correcta. Eso y un GPS que marcaba nuestra posición en unas cartas militares. Tras una hora habíamos recorrido más de la mitad de la distancia y el paisaje comenzaba a cambiar, era más agreste, con menos senderos creados por los animales. Cuando nos metíamos en el bosque caía la temperatura y nos rodeaba una penumbra bastante espesa. Las pinochas cubrían el suelo y a veces tenía que andar con cuidado para no resbalar. En lo alto de los árboles se oía de cuando en cuando un pájaro pero mayormente predominaba el roce de las ramas y las hojas. No había ningún tipo de matojos bajo la cúpula formada por los árboles. Solo veíamos otras plantas en los claros en los que parecían haberse refugiado. Unas zonas extrañas en las que los árboles habían muerto o desaparecido. Algunos de esos claros eran más grandes que los otros y varios parecían recientes.

Mirando hacia la casa me pareció ver luz en una ventana pero la impresión fue muy fugaz y no pude confirmarla. Ya estábamos cerca del lugar y no veíamos ningún rastro de los desaparecidos. Me maravilló el tamaño del edificio. Era más bien una mansión de dos plantas con al menos cinco ventanas por cada lado. Parecía tener una planta cuadrada. No había cristales en las ventanas. Para construirla seguro que subieron todos los materiales con burros o caballos. Las vistas eran preciosas, con todo el valle a sus pies. A lo lejos se podía ver el pueblo y la carretera que llegaba serpenteando al mismo. Nos dividimos en dos equipos. Yo entraría con un compañero en la casa y los otros dos revisarían los alrededores. Nos acercamos al hueco de la puerta, la cual había desaparecido seguramente comida por el tiempo. Encendimos las linternas y entramos cuidadosamente. No había arañas ni rastro de otros animales. Únicamente el tiempo parecía erosionar el edificio y pequeños montones de polvo se acumulaban en algunos rincones. La casa estaba vacía, sin muebles, sin nada. Una sucesión de habitaciones en muy mal estado y en las que la madera se estaba pudriendo. No nos atrevimos a subir la escalera porque no daba la impresión de aguantar el peso de una persona y en un tramo estaba rota pero allí no había entrado nadie.

La puerta trasera estaba tirada sobre el suelo de la cocina y desde allí se salía a una especie de patio posterior. Allí no había nada. Ni nadie. Avisamos al otro equipo usando las emisoras y ellos tampoco vieron nada. Ni mochilas, ni restos de hogueras o de un campamento. Nada. Allí no había estado nadie en mucho tiempo. No había ni dibujos en las paredes de esos que dejan los jóvenes cuando hacen sus excursiones para fumar y beber escuchando música.

El edificio no parecía tener sótano, al menos no había ninguna entrada. Caminamos por los alrededores y lo único peculiar era la forma en la que la vegetación se detenía en sus alrededores y se negaba a avanzar hacia la casa, como si alguien o algo aún ejerciera de jardinero y no permitiese la invasión de las plantas.

Volvimos hacia el pueblo por otro camino y tampoco encontramos nada que se saliera de lo habitual. En una ocasión escuchamos un grito desgarrado pero pudo ser algún ave. El sonido me puso los pelos de la nuca de punta, parecía una mujer a la que estaban torturando. Seguimos la dirección del ruido pero solo encontramos un claro, una de esas anomalías en el bosque en la que un pequeño matorral estaba comenzando a crecer.

Al final de la tarde estábamos de vuelta al pueblo sin noticias de la gente desaparecida. Dos equipos más de rastreo se unieron a nosotros y en los días siguientes batimos la zona pero nunca encontramos nada. Tras unas semanas las familias de algunos de ellos se llevaron los vehículos. Nunca sabremos qué pasó en aquel lugar o a donde fueron los excursionistas. En el pueblo nadie habla de la casa en lo alto de la montaña. Algo malo vive allí y lo mejor es dejarlo en paz.

El autoestopista

Mil campanas suenan en tu corazón
que difícil es pedir perdón
ni tu ni nadie, nadie
puede cambiarme

Se miraban mientras cantaban el estribillo a pulmón abierto. Pese a llevar años escuchando y cantando esta canción no se cansaban nunca de oírla. Es un clásico, superó la barrera de lo efímero y entró en el paraíso de las canciones que perdurarán por siempre. La canción continuaba sonando y ellas seguían cantando, ahora con la conductora más atenta al coche. Eran amigas desde siempre o al menos eso les parecía. Juntas atravesaron los años turbios del instituto y la universidad, se graduaron con honores y ahora trabajaban en la misma empresa. Lo sabían todo la una de la otra, no tenían secretos ni querían tenerlos. Son amigas, las mejores, amigas para siempre.

Seguían cantando cuando vieron a un joven en la cuneta de la carretera haciendo autoestop. Levantaba el dedo y a sus pies tenía una mochila. Debía ser siete u ocho años más joven que ellas. Tenía buen aspecto.

¿Lo recogemos? — Preguntó María José
— dijo María Jesús

Frenaron sacando el coche ligeramente de la calzada y el chico agarró la mochila y comenzó a correr hacia el vehículo. Venía sonriendo. Abrió la puerta trasera y lanzó en el interior la mochila, entrando tras ella. Era alto, más alto que ellas, de pelo castaño y con unas gafas de pasta que le daban un aspecto como de intelectual. Tenía un hoyuelo pronunciado y sus ojos parecían brillar con luz propia, una luz verde e intensa que hipnotizaba. Su chaqueta moldeaba una figura de deportista y sus manos grandes y con unas uñas muy hermosas y cuidadas lo situaban fuera del entorno de los trabajos manuales. Cerró la puerta del coche y saludó:

Hola, me llamo Javi. Gracias por parar y recogerme
Yo me llamo María José — dijo la conductora — pero todo el mundo me llama María
Y yo soy María Jesús y también me puedes llamar María — le dijo la chica que iba en el asiento del acompañante.
Si a ambas os tengo que llamar María seguro que nunca se sabe a cual me refiero — les dijo medio en broma, mirando a una a través del espejo retrovisor y a la otra a la cara.
No te preocupes. Nosotras lo sabremos — respondieron al unísono

El coche estaba arrancando y reincorporándose a la carretera. No había tráfico ninguno, era un camino que a otras horas del día tenía mucho tráfico pero no al anochecer, cuando la gente ya ha vuelto a casa y descansa esperando el día siguiente.

¿Hacia dónde vas? — Preguntó María José
A Madrid — dijo Javi
Es tu día de suerte, nosotras también vamos hacia allí. Haremos el viaje juntos — le dijo María Jesús
Genial

Subió el volumen del equipo de música y comenzó a sonar la canción de Mil campanas y ambas se pusieron a cantar como si él no estuviera allí. Era un tanto surrealista ir en aquel coche, con aquellas mujeres que daban la impresión de estar volviendo de una excursión, tan felices y dicharacheras y tan entregadas a la canción. Al terminar pasó un segundo y volvió a comenzar la misma canción y ellas volvieron a cantarla, como si fuera la primera vez, como si no la hubieran escuchado unos instantes antes. Cuando acabó volvió a comenzar y de nuevo volvieron a cantar, siempre haciendo los mismos gestos, siempre volviendo las caras a mirarse en el mismo instante, estaban empezando a parecerle un disco rallado pero no dijo nada.

Diez minutos más tarde y tras otras tres tandas de la canción las interrumpió. Hasta ese momento ellas parecían ignorarle, cantaban sin parar y al terminar la canción se reían y volvían a cantar al comenzar de nuevo. Justo estaba acabando en ese instante cuando les dijo:

¿Siempre escucháis la misma canción?
¿Por qué? ¿No te gusta? — le dijo María algo, no se acordaba si María José o María Jesús. Comenzaba a darle la impresión que el viaje iba a ser muy largo y duro hasta Madrid. No le costaba dinero pero aquello sería como una jornada en el purgatorio, con aquellas dos cantando todo el tiempo la misma canción.
Sí me gusta pero es extraño que solo escuchéis una canción. No sé, no es lo habitual. Es más normal que la gente escuche la radio o tenga alguna selección de canciones o el disco de un grupo pero no una única canción — les dijo tratando de parecer amigable y comprensivo.
A nosotras solo nos gusta esta canción y por eso solo la escuchamos. Además, es uno de los éxitos del momento — dijo María Jesús
Fue un éxito hace veinte años por lo menos, no es una canción nueva. Ese grupo ya ni existe. Se separaron. Carlos Berlanga murió y Alaska y Nacho Canut formaron un grupo nuevo, Fangoria. La época de Alaska y Dinarama quedó hace mucho tiempo atrás — trató de no sonar pedante y procuró enfocarlo desde el punto de vista informativo. Esto era historia de la música española y aunque muy anterior a su época, lo sabía ya que forma parte del conocimiento urbano, son casi una leyenda.

El coche comenzó a detenerse de nuevo. María Jesús y María José parecían estar enfadándose. La música ya no sonaba. En el coche la temperatura estaba descendiendo rápidamente. Al hablar de nuevo, se formó una pequeña nube de humo.

Quizás sea mejor que me baje. Gracias por recogerme. Seguiré andando — dijo mientras comenzaba a tirar de su mochila para sacarla del coche.
Te odiamos — dijeron al unísono

El coche comenzaba a desvencijarse, el asiento en el que estaba no era más que un manojo de muelles oxidados, el volante y la radio desaparecieron, también el cristal delantero y el trasero. Ellas comenzaron a perder trozos de carne y el pelo se les caía transformándose en fantasmas horribles. En su lado no había puerta y aterrorizado buscó salir lo antes posible. Dejó la mochila atrás y al girarse se cortó con algún saliente. Recogió la mano instintivamente y la protegió con su pecho. Inmediatamente comenzó a sangrar abundantemente. No se detuvo ni a mirarla. Siguió intentando salir. Las jóvenes ya no existían, eran dos figuras horrorosas que lo miraban con cuencas de ojos vacías. De nuevo comenzó la música aunque en esta ocasión venía de ninguna parte, parecía estar en el aire. Estaba aterrorizado. Cayó fuera de lo que parecían ser los restos de un vehículo que había sufrido un accidente en aquel lugar y vio que seguía en el mismo sitio que lo habían recogido, únicamente unos metros más adelante, en el lugar en el que había visto los restos del coche.

Se levantó como pudo y se echó a correr por la carretera, alejándose del lugar. La música seguía sonando en su cabeza, cada vez más alta.

Detente — escuchó también dentro de su cabeza. Frente a él estaban los dos espíritus y no quiso dejar de correr. Quería escapar, huir de aquel lugar y no volver a mirar atrás. Vio las sombras comenzar a moverse en su dirección y no pudo hacer nada por evitar que lo alcanzaran.

Lo golpearon con saña. Embestían y con sus golpes iban desgarrándolo, provocándole heridas, mientras él gritaba y les pedía que lo dejaran en paz. Después de un rato se quedó quieto, callado, muerto, tirado en la cuneta con una expresión de pánico en su cara y uno de sus ojos al lado del cuerpo. Ellas volvieron al coche y la música sonó de nuevo. Cantaban felices y en unos instantes el coche fantasmal se puso en movimiento y desapareció.

Planta 33 - capítulo decimocuarto

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Entró en la sala con prisa y únicamente se detuvo cuando se encontraron cara a cara. Lo llamaron minutos antes pero por suerte aún estaba en la oficina y pudo llegar rápidamente. Estaban en uno de los edificios anexos a la Basílica de San Pedro, en el sótano y desde allí se controlaba toda la seguridad del complejo mediante un entramado de cámaras y sensores conectados al sistema. Una empresa de seguridad privada era la que se encargaba de patrullar y comprobar las alarmas y solo cuando se verificaban entraba en juego la Guardia Vaticana. Reciben el pomposo nombre de Servicio Vaticano de Seguridad y ellos eran los que habían avisado. En los monitores se podía ver todo lo que estaba sucediendo en ese momento en el perímetro del pequeño país.

– Cuénteme que ha pasado - dijo sin mostrar ninguna preocupación en su tono de voz.
– Esta tarde, justo antes del cierre, dos jóvenes subieron a la Cúpula de la Basílica. Las cámaras registraron su subida pero nunca bajaron. Han desaparecido. Es como si se las hubiera tragado la tierra. Lo último que sabemos de ellas es que cerca de las cinco estaban arriba en el mirador y cuando subió el vigilante para mirar y pedirles que bajaran no encontró a nadie — dijo el vigilante que parecía estar al mando.
– ¿Se sabe quienes eran? ¿Están seguros de que desaparecieron? ¿No habrán bajado despistando las cámaras? — preguntó. Su trabajo era conseguir respuestas y la única forma de hacerlo es haciendo las preguntas adecuadas.
– No. Es imposible. Tanto la subida como la bajada están monitorizadas y no hay manera que esquiven nuestras cámaras. Están en puntos que no tienen ángulos muertos. Han desaparecido, así de sencillo — confirmo el vigilante.
– ¿Subió alguien más?
– No. Estaban solas. Fueron las últimas en subir a la Cúpula. El vigilante de la entrada las recuerda. Dos chicas, jóvenes, hablaban entre ellas y antes de comprar la entrada preguntaron si era posible porque la hora del cierre estaba muy cercana. Las cámaras las muestran subiendo, hablando entre ellas. No sabemos lo que dicen porque no tenemos audio pero no parecían particularmente preocupadas y ni siquiera se pararon a descansar. Llegaron arriba sin más problemas. — informó.
– De acuerdo. Además de revisar las cintas habrán hecho algo más imagino — dijo con un tono algo irónico.
– Sí. Hemos rastreado completamente las escaleras, simultáneamente la subida y la bajada y hemos mirado alrededor de la cúpula. También en los tejados de los alrededores. Hemos buscado trozos de ropa o marcas de algún tipo que muestren que alguien estuvo allí pero no hay nada. Su rastro se pierde en la última cámara y no parece que hayan saltado desde allí — dijo el hombre un tanto molesto.
– ¿Está la Policía Italiana informada?
– Sí. Como sabe trabajamos con ellos. Han mirado en sus sistemas pero aún no hay ninguna denuncia por personas desaparecidas. Es muy pronto y seguramente eran turistas. Pueden pasar días hasta que la recibamos — Se miraban mientras hablaban estudiando los gestos de su adversario. Aunque trabajaban en el mismo lugar eso no quería decir que fueran amigos y ambos recelaban del otro. A unos les tocaba lidiar con los problemas y resolverlos mientras los otros hablaban con la Curia Romana y salían en las fotos con sus vistosos trajes.
– Está bien. Manténganme informado. Hasta que no haya una denuncia quiero que mantengan esto en secreto. Igual no ha pasado nada. Quiero que revisen todas las cámaras por si alguien las ha manipulado. Ya sé que es prácticamente imposible pero no quiero errores. Tenemos que estar seguros de lo que ha pasado — dijo en un tono que implicaba una orden.
– Pero …
– No hay peros. Limítense a descubrir lo que ha pasado y resolver el enigma — dijo mientras se daba la vuelta para marcharse.

Lo vieron irse rápidamente, sin mirar atrás, con la misma prisa con la que había llegado. Se miraron entre ellos y volvieron a fijar la vista en las pantallas. Tendrían que revisarlo todo de nuevo y buscar algún error porque tenía que ser eso.

Planta 33 - capítulo decimotercero

A trompicones y parando y arrancando de cuando en cuando pero aún así seguimos avanzando en esta historia que comenzó en Planta 33 - Capítulo primero y deja que te cuente un secreto, al llegar al final de cada capítulo hay un enlace para saltar al siguiente

Millones de personas han pasado por el Vaticano y seguro que hubo tantas razones como individuos. La mayor parte van allí porque es el corazón de la religión católica, el lugar en el que más de mil millones de personas depositan su fe y la casa del máximo gobernante de dicha institución. Para Paola y María la razón era mucho más sencilla, querían ver la Basílica de San Pedro, andar por ese espléndido templo construido entre otros por Rafael, Miguel Ángel o Bernini. Por eso, cuando llegaron a la parte superior de la cúpula diseñada por Miguel Ángel se miraron y se cogieron de la mano. Este era un momento mágico, uno de esos instantes que compartes con gente muy especial y que recordarás años más tarde en incontables conversaciones. Ellas salieron a la balconada en el instante en que uno de los últimos rayos de sol se abría camino entre las nubes y creaba un sendero dorado a través de la ciudad. Desde allí arriba Roma era un mar de cúpulas de basílicas, campanarios y edificios llenos de antenas de televisión y de satélite. Las famosas siete colinas y los edificios no muy altos le daban a la ciudad ese peculiar aspecto de ordenado caos en el que las iglesias parecían predominar y donde todo estaba presidido por el castillo de San Angel y el río Tíber. El instante era aún más especial porque estaban solas y allá arriba solo escuchaban el susurro del frío viento. La oscuridad comenzaba a ganar la guerra contra la luz y por todas partes se veían luces que se encendían para iluminar las calles.

Desde donde se encontraban hacían fotos y señalaban edificios que podían reconocer. Los jardines de la Ciudad del Vaticano se veían preciosos, exquisitamente cuidados y solitarios. En la Plaza de San Pedro los últimos turistas hacían fotos y los destellos de sus flashes se podían ver desde allá arriba como diminutas explosiones. Algunos operarios colocaban vallas en la plaza seguramente preparando algún evento del Papa y desde aquella privilegiada posición parecían un ballet que ejecutaba una curiosa coreografía.

Seguían admirando la ciudad desde allá arriba cuando escucharon un sonido peculiar que venía del otro lado de la cúpula. Paola tardó un rato en reconocerlo porque no es el tipo de ruido que uno espera en un sitio como ese pero al final dedujo que se trataba del timbre de un ascensor al abrirse la puerta. Escucharon voces quedas que comentaban algo en algún idioma extraño. Después de unos segundos las voces dejaron de oírse y se escuchó claramente la puerta de un ascensor que se cerraba.

De entre las cosas prácticamente imposibles en este mundo que haya un ascensor en la parte superior de la cúpula del Vaticano es una de ellas. Por algo es de pasar por una taquilla en la que ya te advierten que hay que subir un montón de escalones. Sencillamente eso no puede ser. Paola siempre ha sido la más osada y sin dudarlo un solo instante avanzó para ver lo que había al otro lado. María dudaba un poco pero cuando vio que se quedaría sola decidió seguirla. Dieron la vuelta al lugar y allí no había nada, ninguna puerta de ascensor que pueda traer visitantes de cualquier tipo.

–¿Qué crees que ha sido? — preguntó María
– No lo sé. Sonaba a un ascensor y gente que se bajaba pero aquí no hay nada. Es imposible, estamos en la cúpula del vaticano y hasta aquí no llegan ascensores — respondió.

En ese instante volvieron a oír el sonido de la campana del ascensor y el sonido provenía del otro lado, de aquel en el que habían estado hasta unos segundos antes. María sujetó la mano de Paola y se miraron desconcertadas. Algo extraño estaba sucediendo allí. Fueron avanzando lentamente hacia el lugar en el que se encuentra la entrada. Esta vez no se oían ruidos, estaba todo en silencio. Todo parecía normal con el aire frío golpeándolas y recordándoles que era invierno y que incluso en la Ciudad Eterna hay estaciones. María apretó fuertemente la mano de Paola cuando lo vio, clavándole las uñas. Se quedó quieta y si no es porque Paola la arrastraba no se habría movido. En el lugar en el que debía estar la puerta ahora podían ver no la familiar entrada de las escaleras sino un moderno ascensor, vacío y esperando a sus pasajeros. En el indicador luminoso aparecía el número treinta y tres. Se pararon frente a la puerta sin saber muy bien que hacer.

– Antes no estaba aquí y ni siquiera debería estar ahora. Esto debe ser una trampa, un truco de algún programa de esos en los que se ríen de la gente — dijo Paola
– Pero en el Vaticano, en este sitio, no es posible, no creo que los curas lo permitan. — dijo María.
– Vamos a entrar y comprobarlo, si es una broma, hagámoslo con estilo y que no vean solo nuestras caras de pánico — animó Paola.
– No sé, no me hace gracia, esto no debería estar aquí
– Venga mujer, anímate, vamos dentro del ascensor y veamos que pasa

Entraron despacio y de verdad que parecía un ascensor, quienquiera que lo hizo realizó un trabajo perfecto. Cuando ya estaban dentro miraron el panel y Paola pulsó el botón de la planta baja. Un par de segundos después la puerta se cerró y el ascensor se puso en movimiento.

La cúpula del Vaticano estaba vacía. No había nadie ni nada anormal. El vigilante la rodeó un par de veces y cuando estuvo seguro se acercó a la puerta de bajada y comenzó el descenso.

Este relato continúa en Planta 33 - capítulo decimocuarto

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Planta 33 - capítulo duodécimo

Cuesta creerlo pero a este capítulo le preceden otros once y puesto que es un relato, no creo que sea muy buena idea el leerlo sin saber lo que sucedió anteriormente. Piensa que esto es como una madeja de hilo y por suerte solo tienes que tirar de Planta 33 - Capítulo primero para llegar al comienzo y al final de cada capítulo encontrarás el enlace al siguiente.

Después de comerse el helado se volvieron a poner en marcha. El cuerpo les pedía a gritos quedarse allí sentadas disfrutando al calorcito del local pero para eso no habían venido de visita a Roma. se abrigaron y volvieron a la calle. Cruzaron antiguos callejones y pese a que algún observador pudiera pensar que iban sin rumbo fijo, tenían muy claro cual era su objetivo. Al llegar al río Tíber lo bordearon y afrontaron con ganas el puente del Castillo de San Ángel. En la actualidad es un puente peatonal y algunos turistas se hacían las típicas fotos con la vista al fondo del castillo o del Vaticano. Se detuvieron y le pidieron a una pareja si les podía hacer una foto a ellas dos. Se abrazaron dejando a un lado el Vaticano, la plaza de San Pedro. La luz del día empezaba a perder intensidad pero aún no había problemas y la lluvia se había detenido. Recogieron su cámara y miraron la foto. Era perfecta. Siguieron el paseo y se asombraron con la majestuosidad del castillo, un edificio de forma extraña a la vera del río y que parecía unido al Vaticano por una muralla. En el pasado había sido residencia de Papas y lugar de defensa y aunque en la actualidad era uno de los museos nacionales, la muralla seguía allí para recordarnos su historia.

La avenida estaba flanqueada por hindúes que vendían trípodes a los turistas y que desplegaban sus cosas sobre una manta probablemente para poder salir corriendo más rápidamente si veían a la policía, ya que ellos debían pertenecer a las mafias que controlan este tipo de negocios. Un poco más adelante se pararon a contemplar la gloriosa vista de la entrada al Vaticano con esa soberbia columnata de Bernini. Aunque ya comenzaba a ser tarde la calle estaba bien concurrida. Fueron acercándose procurando sortear los vendedores callejeros que proliferaban por allí como por ningún otro sitio de la ciudad. Aquello ya debía ser territorio de la ciudad del Vaticano y los curas deben ser más condescendientes porque se apiñaban los vendedores en los lados de la acera, prácticamente todos ofreciendo lo mismo y gritándole a las chicas al pasar precios y piropos como forma para reclamar su atención. Ellas se dejaban querer, sonreían y seguían andando. En un momento determinado la Plaza de San Pedro se despliega con todo su encanto y al fondo se ve la Basílica de San Pedro, el corazón del catolicismo, el diminuto estado que al mismo tiempo es la sede de una de las religiones más poderosas del mundo. La plaza es grandiosa, con las dos fuentes a los lados y esas columnas que tocan el cielo. A la derecha podían ver los controles de seguridad y se acercaron. Era tarde y prácticamente no había gente entrando así que fue cosa de unos instantes. Al pasar bajo los arcos de seguridad estos pitaron pero los guardas no las obligaron a quitarse los abrigos, les indicaron que siguieran. Una mujer se quejaba porque no la dejaban pasar con su perro, el cual llevaba un abrigo y miraba indiferente sin saber que todos los problemas eran por su culpa. Como tenían algo de tiempo entraron primero en la basílica. Es un edificio enorme que muestra el poder de la Iglesia y de Dios. Se acercaron a la Piedad de Miguel Ángel y la miraron a través de los cristales que la protegen. Tanta belleza concentrada en una roca que fue moldeada por las manos de un genio. El altar, con su baldaquino fue otro de los puntos en los que se detuvieron a mirar, abobadas y despertó sus recuerdos de misas y otros eventos transmitidos por la tele, con toda la pompa de la curia vaticana y pensaron en la de Papas que habían oficiado misa en aquel lugar. Daba igual el sitio al que miraras, en todos lados había algo que merecía la pena ver. Un montón de curas y monjas las rodeaban, moviéndose de un lado a otro, parándose a persignarse y rezar frente a esta o aquella imagen.

Bajaron a ver las tumbas de los Papas y les sorprendió lo sencilla que era la de Juan Pablo II, el Papa con el que habían crecido y prácticamente el único que habían conocido. Estaba muy cerca de la tumba de San Pedro, el primer Papa y uno de los doce Apóstoles a los que Jesús envió por el mundo para difundir la buena nueva del Reino del Señor. Una monja rezaba frente a la tumba en silencio. Al salir retrocedieron de vuelta a la entrada y se acercaron a las taquillas para las entradas a la cúpula del Vaticano. Quedaban unos veinte minutos para cerrar y no había nadie haciendo cola. El sacerdote que estaba en ellas les dijo que tendrían que darse prisa y que al cerrar les informarían por megafonía para que bajaran. Les dio entradas para subir por las escaleras pero como no había nadie les dijo que usaran el ascensor. Le agradecieron el gesto. Avanzaron hasta el final de aquel patio y pulsaron el botón del ascensor. Llegó al poco y se subieron. Medio minuto más tarde estaban en la parte superior de la basílica y frente a ellas tenían la espléndida cúpula. El camino estaba bien señalizado y comenzaron la ascensión contando los pasos. Un cartel avisaba que toda aquella zona estaba controlada con cámaras de seguridad y que aquellos que destruyeran o ensuciaran serían expulsados. Justo al lado del cartel había un montón de grafittis de gente que no se daba por aludida. No había más nadie en el lugar y no se escuchaban otras voces. Fueron subiendo los más de trescientos escalones a su ritmo, parándose a coger aire y observando detenidamente el camino. En ocasiones las paredes se curvaban porque estaban andando entre dos cúpulas, pero no se hacía agobiante.

Al superar los doscientos cincuenta escalones sabían que estaban cerca y pronto fueron doscientos setenta y cinco, trescientos y así, cerca de las cinco de la tarde se asomaron a Roma, la ciudad Eterna, desde lo alto de la Basílica de San Pedro.

Si quieres seguir leyendo, salta a Planta 33 - capítulo decimotercero

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Planta 33 - capítulo undécimo

Aunque comenzamos con la segunda parte del relato y por ahora son líneas independientes, yo te sugeriría que ataques los diez primeros capítulos para ir entrando en situación. Haz clic en el siguiente enlace para ir a Planta 33 - Capítulo primero.

Segunda Parte

Acababan de almorzar y se refugiaron del frío de la calle en una heladería cerca de la Fontana di Trevi. El local tenía un aspecto decadente, como si hubiera quedado anclado en los años cincuenta y nadie se hubiera apercibido de que ha pasado medio siglo desde entonces. Un camarero aún más viejo que el local y vestido de forma impecable con un traje entre azul y púrpura las recibió ensanchando su bigote y mostrando los agujeros entre sus dientes negros mientras les sonreía. Su pelo lo sujetaba una masa gelatinosa que brillaba reflejando la luz del local y parecía llevar purpurina en la cabeza aunque seguramente solo era la caspa atrapada por el gel fijador. Les señaló una mesa junto a las puertas que dan a la calle y que en verano están abiertas de par en par. Las mesitas minúsculas eran de forma circular y malamente había espacio para dos personas. La carta era tan grande que sobresalía de la mesa. Se miraron y sonrieron entre ellas. Era el primer viaje a Roma de Paola y María. En realidad era su primer viaje sin padres o algún adulto que las controlara. Este era el viaje de su independencia y se lo estaban pasando muy bien. No lo habían podido hacer en el verano porque una de ellas había tenido que estudiar para pasar algunos exámenes en Septiembre y por eso lo retrasaron. La ciudad no tenía el encanto de los días largos y soleados pero seguía siendo hermosa y lo que perdían en sol y calor lo ganaban en tranquilidad porque las calles no estaban tan llenas de turistas y se podían visitar los distintos lugares sin hacer infinitas colas.

Esa mañana la habían pasado en el centro, entre iglesias y plazas con fuentes bellísimas. La entrada en el Panteón fue mágica, con una lluvia fuerte que golpeaba el cristal que cierra la cúpula y creaba sombras chinescas en el suelo mientras el crepitar de la lluvia resonaba en toda la sala y parecía como si los mismos dioses estuvieran tocando los tambores en el cielo para recibirlas en su casa. Se quedaron boquiabiertas, mirando la magnificencia de un lugar que no parece creado por el hombre, un sitio que pone en jaque todo aquello que siempre hemos creído. Pese a la calefacción hacía frío en el interior del templo y al hablar podías ver la pequeña nube de humo que se formaba en la boca de los pocos visitantes que deambulaban por el lugar, cuchicheando en voz baja por miedo a que algo o alguien del otro mundo los abofeteara y les reclamara el respeto que debían mostrar ante esta obra divina.

Había un servicio de misa y decidieron quedarse. Un hombre les advirtió que cerrarían las puertas y no podrían salir hasta que hubiera acabado pero no les importó. La misa fue tan mágica como el sitio en el que estaban. La voz del cura recorría la sala circular y subía a la bóveda y volvía rebotando en las paredes como un eco despistado. La magia de la palabra de Dios parecía funcionar en aquel recinto. Dentro de la iglesia (o del templo) solo estaban ellas y un pequeño puñado de feligresas, viejas sin nada mejor que hacer que formaban la parroquia y cuatro monjas que posiblemente estaban de visita en Roma y que miraban tan encandiladas como ellas a su alrededor, sorprendidas seguramente por la forma extraña de aquella iglesia. En lo alto seguían oyendo la lluvia aunque ahora era más suave. A la hora de comulgar se acercaron con el resto. La mano del cura estaba muy arrugada y temblaba ligeramente. Al terminar la misa se volvieron a abrir las puertas y un pequeño grupo de turistas corrió a refugiarse al interior, acompañados por el sonido de sus cámaras y los destellos de sus flashes que trataban de recoger todo aquello que veían. Uno grababa una película y giraba sobre sí mismo con la cámara en alto. Se acercaron a la tumba de Rafael para mirarla por última vez. Con la de santos que ha hecho la iglesia y ninguno de los grandes creadores que han logrado que la casa de Dios sea más bella ha sido santificado. Después salieron a la calle. Según su guía turística por allí cerca también estaba la Iglesia de San Ignacio. Entraron a verla. A primera vista no es nada del otro mundo, al menos no en una ciudad en la que cada iglesia o basílica está construida para superar a las anteriores, para gritar más alto que nadie el poder de Dios. En el libro decía que tenían que buscar un punto amarillo en el suelo cerca de la salida. Lo encontraron. Se pusieron sobre él y miraron la bóveda, llena de pinturas y soberbia en su estilo. Era sencillamente perfecta. Al mirar el resto del techo veían unos frescos con San Ignacio frente a Cristo en el cielo. El hombre que lo había hecho era un genio, todo parecía estar en tres dimensiones, era casi real. Leyeron que la bóveda no existe, es solo una pintura y el efecto se pierde cuando dejas el punto amarillo. Avanzaron por la sala y al mirar hacia arriba lo pudieron comprobar. En donde antes había una bóveda perfecta ahora se veía una pintura con ángulos extraños. Simplemente mágico. Dolía pensar que todo esto se había hecho cientos de años atrás en una época en la que no tenían la tecnología de la que disfrutamos nosotros. Los diferentes altares estaban sobrecargados con joyas y pinturas exquisitas. Un grupo de turistas acababa de entrar y su guía les explicaba el truco para mirar hacia arriba. Eran americanos. Posiblemente jamás habían oído hablar de la Compañía de Jesús y de lo que habían significado en la historia del mundo.

Salieron a la calle y buscaron algún restaurante en el que almorzar. La zona está llena de sitios turísticos y como no querían perder mucho tiempo entraron en uno de ellos. Se pidieron pizzas. Tras la comida les apetecía un helado y sabían de un sitio cercano que había aparecido en infinidad de películas, una heladería de una calidad incuestionable y que entre sus clientes tenía al Santo Padre. Así habían llegado a aquel sitio.

Cada una se pidió un helado de dos sabores y no tardaron en traerles una copa enorme llena de helado. Estaba delicioso, sencillamente perfecto. El sabor explotaba en la boca y desde allí transmitía sensaciones a todo el cuerpo. Lo acompañaban con una galleta. Faltaban palabras para describir la perfección de los sabores, la sutileza con la que se mezclaban los ingredientes y el exquisito placer que producían en el paladar.

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Planta 33 - capítulo décimo

Este es la décima anotación de la historia Planta 33 que comenzó en Planta 33 - Capítulo primero.

En el interior del ascensor olía a desinfectante, a esos productos que neutralizan olores con otros más fuertes. La luz del fluorescente parpadeaba creando luces y sombras que se alternaban a mi alrededor. El segundo botón estaba encendido y en muy poco tiempo el ascensor se detuvo y las puertas se abrieron tan bruscamente como se habían cerrado. Me quedé mirando hacia afuera sin salir. Miré de nuevo hacia los controles del ascensor y vi que solo había doce plantas. Ni siquiera sabía si Jorge había desaparecido aquí. Pulsé el número doce y las puertas volvieron a cerrarse. El ascensor cogió velocidad. Los números se sucedían rápidamente y de alguna manera parecían cambiar en perfecta sincronía con los parpadeos de la luz. En mi bolsillo el teléfono vibró al recibir un mensaje. De forma instintiva metí la mano para sacarlo y mirar en la pantalla. Aborté el gesto cuando fui consciente del mismo. El ascensor estaba a punto de llegar a la planta doce. Al abrirse las puertas salí.

Parecía una planta normal de un edificio de apartamentos. Nada extraño. Cerca del ascensor estaba la abertura para tirar la basura y el buzón de correos. Una puerta pequeña tenía una chapa que avisaba que estaba reservada para el personal de mantenimiento. El pasillo no estaba muy bien iluminado pero tampoco a oscuras. Busqué la puerta de la escalera y la abrí. Era de esas que una vez se cierra no te permite abrirla desde el otro lado así que antes de salir procuré buscar algo para trabarla. No había nada, salvo una papelera, la cual arrastré y bloqueé la puerta. Pulsé el interruptor para encender la luz y subí los escalones rápidamente. Las escaleras acababan en el siguiente tramo bloqueadas por una puerta con un candado. Allí no había más plantas. Recordé lo que me había dicho Jorge sobre el edificio y no cuadraba. Volví a la planta doce. Desde la puerta más cercana al ascensor un ojo me miraba a través de la mirilla. Lo podía ver moviéndose con curiosidad e incluso se escuchaba la respiración. Debía ser un anciano, alguien con los pulmones quemados por la edad y a quien le costaba empujar algo de aire allí dentro para mantener la maquinaria en funcionamiento. Volví al ascensor y en ese momento se abrió la puerta

- Kto as mekl — o algo parecido que no entendí en absoluto.
- Perdón, no la he entendido, ¿qué ha dicho? — Era una mujer mayor, muy mayor. Tenía un camisón viejo y sucio que le quedaba por encima de los tobillos. En su pelo se alternaban canas con rastros de viejos tintes y claros en los que directamente faltaba el pelo. Unas viejas gafas colgaban cansinamente de la enorme nariz y prevenían su caída con una cadena que rodeaba el cuello de la mujer. Me miró desconcertada durante unos momentos, como si estuviera procesando la información que le había suministrado.
- ¿Qué hace aquí? — me dijo en inglés con un fuerte acento. Debía ser rusa, como todo por esta zona. Aún no conseguía entender lo que había traído a Jorge a un sitio como este.
- Nada, ya me iba. — le dije sin entrar en detalles.
- Le he visto subir por las escaleras y sé lo que busca. No lo haga. Váyase y no vuelva más — la miré extrañado. No sabía a cuento de qué venía el discursito pero en cierta forma sonaba a advertencia.
- ¿A qué se refiere? ¿Qué es lo que no debo hacer? — dije. Ella me miró y por un instante vi en sus ojos lástima por mi.
- Será mejor que no busque porque al final puede que acabe encontrando aquello que no desea — me dijo con su acento extraño, arrastrando las palabras y remarcando las erres. Se dio la vuelta y sin decir nada más cerró la puerta de su casa.

Me quedé boquiabierto. Esta sí que había sido una experiencia extraña. El ojo volvió a aparecer en la mirilla e inmediatamente se posó en mi. Me sentí incómodo y me di la vuelta para volver al ascensor. Entré y pulsé el botón del segundo piso. las puertas se cerraron. Yo miraba al frente y algo llamó mi atención. Por el rabillo del ojo juraría que había visto más botones en el ascensor, que las otras plantas existían. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y rápidamente miré hacia el panel de control en el que solo había doce plantas. Mantuve mis ojos fijos en los botones mientras bajaba. Ni siquiera parpadeé. Cuando alcanzamos la segunda planta y se abrió la puerta, salí sin dejar de mirar hacia los botones. La puerta se cerró y miré hacia el final del pasillo. Todo parecía normal. Era idéntico al de la planta doce. Mientras andaba miré todas las mirillas pero nadie parecía estar observándome. Llegué junto a la puerta y toqué el timbre.

Fin de la Primera Parte

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Planta 33 - capítulo noveno

Los navegantes casuales que han arrivado por esta página merecen saber que Planta 33 comenzó en Planta 33 - Capítulo primero y el de hoy es el noveno capítulo.

Fue como si hubiera cruzado un portal y viajado en el espacio a otro lugar en la tierra. Parpadeé dos veces para intentar que se difuminara el espejismo pero no sucedió así, las cosas siguieron tal y como estaban. Miré a mi alrededor sin poder creerlo. Se supone que estaba en los Estados Unidos de América, o en América como preferimos llamarla y allí todo estaba escrito en ruso o en algún idioma parecido. La gente llevaba esos gorros que se ven en las viejas películas y que siempre llevan los comunistas. No podía ser cierto. En la esquina había un local que semejaba una droguería pero en sus escaparates todos los productos eran rusos, cosas que jamás había visto en la vida. Un horrible maniquí llevaba unas ropas extrañas. En su interior unas señoras se gritaban unas a otras hablando. Las podía escuchar desde la calle. Allí la única nota discordante era yo. Volví a comprobar el papel por si me había equivocado de parada pero por desgracia era la correcta, Ocean Parkway. Decidí no prestar más atención a lo que sucedía a mi alrededor y encontrar el sitio. Prefería no pensar por qué mi amigo Jorge había elegido aquel lugar para quedarse en Nueva York, con toda una ciudad llena de hoteles y él se viene a la única parte que parece sacada de otro país. Allí el frío era más intenso que en Manhattan y podía oler el mar, un mar frío e inhóspito. A través de un callejón vi la playa. Unas nubes enormes volaban veloces y amenazaban con cubrirlo todo en minutos. Seguramente nevaría ese día. Metí las manos en los bolsillos y me apresuré.

Un edificio enorme destacaba sobre el resto. Era un bloque de apartamentos. En los bajos había una biblioteca en la que se mezclaban los libros en inglés con otros en ruso. Junto a la puerta dos hombres hablaban en un idioma extraño. Me miraron con curiosidad y sabía que si les preguntaba igual me podrían indicar el camino pero no quería arriesgarme a no entenderlo. Eso sería demasiado para mi. Cuando los dejé atrás llegué a la entrada principal del edificio, un jardín que esperaba el calor para volver a la vida y que ahora estaba lleno de trozos de fotos recortadas. En todas faltaba un pedazo, como si alguien hubiese decidido arrancar ese trozo de los recuerdos de su vida y después no había quedado contento con el resultado. Recogí una foto. En ella se podía ver a una chica bastante guapa junto a una señora muy vieja, arrugada como un lagarto y con una sonrisa que desvelaba una boca negra y con un solo diente, una pieza marrón que marcaba el centro de la boca. sus ojos aparecían hundidos entre arrugas y estaban llenos de vida. Me eché la foto en el bolsillo. Llegué al portal y pulsé el botón del conserje. Una voz de acento extraño respondió

- ¿Qué desea? — dijo sin andarse con rodeos.
- Hola, me llamo David y venía para visitar a la señora Smith — le dije dando la mayor cantidad posible de información. Esta nueva moda de los condominios se estaba extendiendo por todo el país. Se quitaban los porteros automáticos y se pone a alguien que controla la entrada del edificio, día y noche. Supuestamente aumenta la seguridad. Se oyó un zumbido agudo y la puerta se abrió sola. Entré y se cerró detrás de mi. Tuve que esperar unos segundos para que se abriera la segunda puerta. Un chorro de aire caliente me recibió en el interior. Me acerqué al conserje. Era un hombre mayor al que la corbata y la camisa de vestir le quedaban demasiado falsas. Tenía pinta de maleante y traté de atisbar algún tatuaje que asomara por los puños de la camisa. Su pelo raleaba y clareaba y un fino manto de caspa parecía disfrutar de un periodo de floración. La caspa se mezclaba con algún tipo de gomina y creaba pelotillas grises. El hombre me miró seriamente. A su lado tenía un ordenador viejo que hacía un montón de ruido. El teclado estaba negro del uso y la pantalla la rodeaban un montón de notas amarillas. Sacó un libro y buscó la última página escrita.

- Tendrá que inscribirse, todas las personas que entran en el edificio tienen que hacerlo — me dijo girando el libro hacia mi y dándome un viejo bolígrafo que estaba mordido por su parte superior. Desprecié el bolígrafo y saqué el mío, toda una obra de ingeniería. Probablemente me había costado más de lo que este hombre recibía como salario. Escribí mi nombre y apellidos, el apartamento que iba a visitar y la fecha y hora de entrada. Dejé en blanco la casilla con la hora de salida. Cuando terminé lo volví a girar y él estudió detenidamente mi caligrafía como si estuviera tratando de descifrar alguno de los misterios fundamentales.

- Espere un momento — me dijo y cogió un teléfono que estaba sobre el mostrador. Marcó una extensión y esperó con la vista perdida en algún lado, como si yo ya hubiera dejado de existir. Alguien respondió al otro lado y hablaron durante unos instantes en ruso o en algo parecido. Cuando acabó la conversación, colgó y volvió a mirarme — Puede subir, el ascensor está a mano derecha, en el corredor. Vaya a la segunda planta y cuando salga gire a la derecha y camine hasta el final del pasillo, es el último apartamento.

En ese instante hubo un fuerte zumbido y vi que alguien estaba en la puerta de fuera. Cogió el mismo teléfono que había usado para llamar a la casa y comenzó su ciclo nuevamente

- ¿Qué desea? — lo dejé y salí hacia el ascensor. No era uno, eran dos y ambos estaban en la planta baja. Me subí y pulsé el dos. La puerta se cerró rápidamente y al arrancar el ascensor dio un tirón brusco.

Si quieres seguir leyendo la historia, sigue el enlace hacia Planta 33 - capítulo décimo

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