Archivo para la categoria de ‘Relatos’

Planta 33 - capítulo octavo

Si estás siguiendo esta historia desde el principio te puedes saltar este párrafo. Si acabas de descubrir Planta 33 y quieres leerla completa, vete a Planta 33 - Capítulo primero y disfruta con la lectura.

La parada de la línea B no quedaba muy lejos del hotel. Afuera el viento helado me raspaba la cara como una cuchilla. Con tantos rascacielos las calles parecen túneles de viento que golpean a los peatones y los obligan a buscar refugio. Una mujer llevaba un niño en un cochito, completamente cubierto por una cubierta de plástico. El chiquillo me miró asombrado desde su refugio. Llevaba un gorro de los Yankees de Nueva York y el abrigo lo hacía parecer un muñeco gordo y torpe. Llegué a la boca del metro y bajé las escaleras. La parada de la calle Cuatro es un punto de intersección de líneas y al entrar te encuentras con los torniquetes y el guardia de seguridad. Compré un billete en una de las máquinas. Opté por el pase para una semana porque sale más rentable que los individuales. Crucé y una vez dentro busqué los carteles que me indicaran el camino hacia la línea Q en dirección a Brooklyn. Un grupo de personas corría para llegar al andén, quizás sabedores de los horarios. En una esquina un anciano trataba de entrar en calor metiéndose papeles de periódico dentro del abrigo. Una mujer trató de darle un dólar pero el hombre rechazó indignado la limosna y farfulló algo que no pude entender.

Al llegar al andén me alejé del borde. Siempre me ha dado miedo estar cerca de las vías, pienso que alguien me empujará y moriré entre golpes de la corriente de alta tensión que alimenta los trenes y los desgarros producidos por este último al chocar conmigo a alta velocidad. Seguro que alguien ha hecho un estudio estadístico y es casi imposible que eso suceda pero prefiero no tentar a la suerte. La gente seguía llegando y se repartían por el andén, unos leyendo el periódico, otros escuchando su música y algunos hablando por teléfono. Una pareja discutía sobre algo y subían el tono de su voz por momentos. La gente que estaba más cerca los miraba con recelo. Ellos no parecían darse cuenta o quizás no les importaba.

A lo lejos se oían ruidos que fueron aumentando y pronto vimos aparecer un tren por el otro andén. Al detenerse se abrieron las puertas y un río de gente saltó y comenzó a andar con paso ligero hacia las salidas. Algunos se detenían perdidos y eran atropellados por los que llevaban detrás. Un ciego trataba de avanzar usando su bastón y la gente se volvía irritada cuando los golpeaba pero al verlo se apartaban con miradas avergonzadas. Somos así de hipócritas. Si no fuera ciego buscarían bronca pero como el hombre ya hace un gran esfuerzo para valerse por sí mismo, nos tomamos deportivamente el golpe. El bastón del ciego producía un ruido rítmico al golpear en el suelo, similar al de un metrónomo. Cuando acabó de salir la gente del interior del vagón los que esperaban fuera se lanzaron a su interior para conseguir asiento. Los vagones del metro de Nueva York solo tienen asientos en los lados para que haya más espacio para la gente que va de pie. Nadie se fija en los otros y resulta extraño ver a una persona ceder su asiento a un anciano o a una mujer embarazada. En una ciudad tan poblada la gente se mueve en transporte público y parecen no notar la existencia de los otros, o la niegan directamente. Se oyeron unos pitidos y las puertas se cerraron. El metro se marchó tan rápido como había llegado, acelerando y arrastrando su ruido hacia algún otro lugar.

En menos de un minuto apareció otro tren y este venía a nuestro andén. Tuve suerte y quedé cerca de una puerta. La gente se agolpaba detrás de mí y a mi lado. No salieron muchos y nosotros nos apelotonamos en su interior. La línea B es muy popular porque es una de las líneas expreso, no para en todos lados. Aún así calculé que me tomaría al menos media hora llegar hasta la zona de Conney Island. Un chino dormitaba en uno de los asientos, cayendo sobre la persona que estaba a su lado y despertándose de un brinco cada vez. Se disculpaba y al instante estaba de nuevo dormido.

Al cruzar el puente de Manhattan atisbé la estatua de la Libertad a lo lejos, entre los hierros del puente. Su antorcha dorada brillaba como un faro. El metro redujo la velocidad al pasar por el puente. Supuse que si van a la velocidad normal igual se desmorona. Todas estas infraestructuras llevan años en funcionamiento y aunque Nueva York es la capital del mundo, no significa que se gasten mucho dinero en mantenimiento. Una vez cruzamos a Brooklyn se fue vaciando poco a poco y en la parada de Prospect Park conseguí un asiento. A mi lado un negro con el pelo rebelde tecleaba algo en un Blackberry. Cuando lo miré pensé primero en la palabra negro pero inmediatamente fue censurada en mi cerebro y sustituida por la expresión persona de color. Me imaginé volviéndome transparente y desapareciendo por la falta de color y me reí en voz baja. El negro me miró entre asombrado y molesto y volvió a concentrarse en la pantalla. Su pelo pedía a gritos no un corta sino una podada. Podía escuchar la música que estaba oyendo porque la llevaba tan alta que escapaba a sus auriculares y me llegaba alta y clara. Era algún tipo de rap, con ese ritmo machacón y esas voces repetitivas que parecen estar diciendo siempre lo mismo. Más adelante el chino seguía durmiendo y ahora solo se despertaba al llegar a las estaciones.

En una parada llamada Kings Hwy se bajaron casi todos los que quedaban. Cuando las puertas estaban a punto de cerrarse el chino se despertó, miró desorientado hacia afuera buscando los carteles con el nombre del lugar y cuando lo vio saltó de su asiento agarrando la mochila y dirigiéndose hacia la puerta. No le dio tiempo. Golpeó la puerta con rabia pero eso no la abrió. Me miró frustrado y vio mi sonrisa. Se quedó de pie junto a la puerta hasta que llegamos a la siguiente parada. Yo seguí hasta Brighton Beach. Me bajé para transbordar a otra línea. Una sola parada y llegué a Ocean Parkway. Caminé hasta el final de la plataforma y bajé las escaleras para salir. Al final de las mismas pasé de nuevo por un torniquete y respiré el aire de la calle. Saqué un papel de mi bolsillo con las indicaciones para ir al edificio en el que se había quedado Jorge y después de leerlo detenidamente me eché a andar.

Si quieres seguir leyendo la historia, sigue el enlace hacia Planta 33 - capítulo noveno

Technorati Tags:

Planta 33 - capítulo séptimo

Hace más de seis meses comencé a escribir Planta 33. Por desidia no había tocado la historia hasta hoy pero como habrás visto el título y te preguntarás por los capítulos anteriores, salta a Planta 33 - Capítulo primero para que la leas desde el comienzo y al final de cada capítulo tendrás un enlace al siguiente.

Al salir del túnel Manhattan te golpea en la cara. Es otro mundo, algo que no puedes encontrar en ningún otro lugar. La carretera desaparece comida por grandes rascacielos que lo rodean todo, que te aplastan con su masivo tamaño. Ni siquiera tienes tiempo de verlo venir porque tus ojos aún se están acostumbrando a la luz cuando la sombra de esas moles gigantescas te vuelve a cegar. El taxi avanzaba a trompicones entre el tráfico, bajando Manhattan en dirección a Washington Square. Un mendigo trataba de calentarse usando los vapores que salían del suelo y que eran producidos por las máquinas de calefacción de los edificios. A su lado tenía un carro de supermercado lleno con sus cosas, posiblemente heladas por el frío. En una esquina había un pequeño puesto con un vendedor que atendía una cola de agresivos ejecutivos que querían comprar un café y un bollo. El taxista blasfemaba en su propia lengua mientras no nos movíamos. El taxímetro avanzaba lentamente, como un reloj y aproveché para comprobar mi correo usando el teléfono.

A la altura de la calle Catorce nos alcanzaron las sirenas de los bomberos. En Nueva York siempre hay coches de bomberos corriendo de un lugar a otro, cortando el tráfico y desplazando esas enormes máquinas que siempre parecen a punto de volcar cuando giran en una esquina. Siguieron su camino pasando entre el tráfico. El taxista ni se inmutó, acostumbrado como estaba a estas interrupciones. Un poco más tarde me dejaba a la entrada del Hotel.

El portero no acudió a abrirme la puerta y ayudarme con el equipaje porque no lo tienen. Forma parte del encanto de este hotel. Es un pequeño trozo de Europa en la Gran Manzana, con su aspecto decadente y sutilmente recargado. En su interior, los colores caoba te golpean como una bofetada. Todos los rincones parecen abarrotados con detalles y adornos fuera de lugar. Me atendió una joven amable que se estaba trabajando su propina. Sabía mi nombre y me ayudó para que el siempre tedioso proceso del registro acabara lo antes posible. Había reservado una habitación Deluxe Queen, las mejores que tienen. Me recordó que si quería podía concertar una cita con el entrenador personal para usar el gimnasio y me aconsejó que visitara el restaurante, el cual ha sido recomendado en varias ocasiones por los mejores críticos culinarios de la ciudad. Se sabía muy bien la lección. Te lo decía y parecía que era la primera vez que esa información salía de sus labios, que se estaba dignando en compartir un gran secreto contigo. Me dieron una habitación con vistas a la calle. Desde mi ventana podría ver a un lado Washington Square y al otro el Empire State Building. Cogí la tarjeta que abre la puerta de mi habitación y le dejé diez dólares de propina. El ascensor desde afuera parecía como de otros tiempos, con una aguja que señalaba el piso en el que se encontraba. Llegó y con un suave zumbido se abrieron sus puertas. Por dentro estaba completamente reformado. Recordé que la recepcionista me dijo que usara la tarjeta de la puerta con el ascensor. La introduje en la ranura correspondiente y se cerraron las puertas. Me pregunté como sería cuando suben varias personas o cuando alguien te lleva algo a la habitación, porque allí no había botones para pulsar.

La puerta se abrió en mi planta y busqué mi habitación, la 609. La moqueta había sido cambiada recientemente y aún olía a nuevo. En las paredes un montón de cuadros de viejas estrellas de Hollywood parecían mirarme. Encontré la puerta de mi habitación y usé de nuevo la tarjeta. entré y la puerta se cerró sola. No era muy grande, al menos para lo que suele ser habitual en los Estados Unidos. Estaba decorada con el mismo estilo que la recepción, con ese aspecto rancio y de Vieja Europa. Sobre la enorme cama había tres cuadros, uno de Greta Garbo, otro de Rita Hayworth y otro de Clark Gable. En la ventana una máquina de aire acondicionado ronroneaba empujando aire caliente dentro de la habitación. Me acerqué a mirar el baño. Era grande y estaba muy limpio. Lo presidía una enorme bañera con una grifería de esas que solo ves en casas de señoras mayores. Un montón de toallas descansaba sobre un pollo de mármol. En algún lugar escuché una sirena de ambulancia que se desvaneció a los pocos instantes. fue en ese momento cuando me di cuenta: Estaba en Nueva York.

Abrí mi pequeña maleta, saqué la ropa y la coloqué en el armario. Sobre el escritorio puse el ordenador y lo conecté. Tenía Internet en la habitación y aproveché para comprobar el correo y la bolsa. Dejé el portátil encendido. De manera mecánica, casi sin darme cuenta, recoloqué todas las cosas sobre la mesa hasta ponerlas en el orden que a mí me gusta. Una vez alguien me dijo que a veces daba miedo, que mi obsesión por el orden no debía ser muy sana.

Sobre la cama había una pequeña chocolatina, una cortesía del hotel. La abrí y me la comí de un mordisco. No había venido a la ciudad para hacer turismo, así que cogí mi chaqueta y salí de la habitación. Al llegar a la recepción le pregunté a la chica por la parada de metro más cercana y salí a la calle bien abrigado. había llegado la hora de averiguar lo que le había pasado a Jorge.

Si quieres seguir leyendo la historia, sigue el enlace hacia Planta 33 - capítulo octavo

Mis plegarias atendidas

Este relato está inspirado en la canción del mismo título del disco El extraño viaje de Fangoria. Puedes leer otras historias en El extraño viaje

Mis plegarias atendidas

Renuncio a conformarme con soñar, a mirar desde un lado del camino la vida y verla pasar sin hacer nada por subirme a ella, sin intentar siquiera conseguir aquello que soñé siendo niño. Quiero mi pedazo del pastel, que se derrumben las horas que he perdido en suplicar y se abran los mares de la esperanza, que mis plegarias sean atendidas.

Miré hacia la cruz en la que reposaba un hombre que murió por salvar a los otros, con su gesto cansado, su sufrimiento marcado en la cara. El artista que hizo la talla había expresado tanto, había logrado que sus ojos mostraran confusión sin mala intención y mientras nos mirábamos a los ojos puede sentir algo dentro de mi revolviéndose, todas mis promesas incumplidas reclamaron su pago, su ejecución inmediata. Una vieja rezaba mascullando sus Padres Nuestros y Avemarías y sus oraciones parecían el ronroneo de una vieja máquina, una señal codificada que quizás me estaba mandando aquel al que miraba para mostrarme el camino a seguir pero no supe apreciar el mensaje.

Me miré las manos, hermosas, blancas y bien definidas, con unas uñas perfectas y delicadas de las que me sentía tan orgulloso. En ese momento vi la sangre que cubría mis manos, el jugo de la vida de todos aquellos que se cruzaron en mi camino y a los que tuve que matar, sin dudarlo un instante, sin avergonzarme. El único arte que domino es el de matar, nadie puede igualarme a la hora de planear y ejecutar un asesinato o una matanza. Soy un virtuoso. He pasado mi vida recibiendo encargos y ejecutándolos con la precisión de un cirujano, cortando vidas y eliminando problemas. Gracias a eso me puedo permitir la vida que llevo, las casas que he comprado, los regalos que he hecho y las dudas que he sembrado entre los míos, aunque nunca nadie se ha atrevido a preguntar, quizás porque temen la respuesta y prefieren no saber. Volví a mirarme las manos. Curiosamente hoy no lo hago por dinero sino por placer, por zanjar una deuda con mi pasado y cerrar un círculo que lleva mucho tiempo abierto. Ya va siendo hora de dejar de renegar de mí, mirar al frente con la cabeza bien alta y no agacharla cuando los ojos de los demás se posan sobre mí. Sonreí pensando que a cada cerdo le llega su San Martín y más cuando la iglesia en la que me encontraba estaba consagrada a dicho santo.

Me levanté y caminé hacia una puerta situada en un lateral. La crucé y entré en la sacristía, una sala adusta y mal iluminada. Seguí por el pequeño pasillo hasta la casa en la que vive el cura y entré por la cocina. Pasé al salón y desde allí a un pequeño despacho. Sus ojos me miraron sorprendidos pero con el aplomo que le da su sotana. Se levantó para recibirme y me preguntó lo que quería. Le dije que había llegado la hora de pagar, ajustar nuestras cuentas. Pude ver en sus ojos que no me reconoció así que le refresqué la memoria. El pequeño luisito, el mismo que lo ayudaba en los servicios de los fines de semana dos décadas atrás, aquel chiquillo pelirrojo y lleno de pecas al que le faltaba una paleta y que seseaba al hablar. El hombre sonrió al recordarme y levantó las manos como para abrazarme. Mantuve la distancia. Le pregunté si lo había olvidado y no parecía saber de lo que estaba hablando. Me quedé sin aliento y un sudor frío cubrió mi frente. Siempre me pasa lo mismo, da igual las veces que lo hagas, matar produce un subidón y no me demoré. Saqué el cuchillo y antes que pudiese gritar lo degollé. La sangre roja y viva salía a borbotones de su garganta y manchaba el alzacuellos, sus ojos se cristalizaron, su mirada perdió el enfoque y en unos segundos comenzó a caer al suelo.

Murió allí, casi sin hacer ruido. Le di una patada y lo aparté para marcharme. Sentía que estaba escupiendo en lo que creo y aunque no lo hice por dinero en mi bolsillo parecía notar el peso de una bolsa de monedas, las mismas que le dieron a Judas por su trabajo. Tantos años deseando lo que ahora estoy negando que cuando llegó el día y lo conseguí lo único que quería era tratar de salir de allí y marcharme para nunca volver.

No sé lo que quiero, reflexioné sobre mis ambiciones y lo único que vino a mi cabeza era la imagen de ese Cristo crucificado mirándome con su gesto cansado y el sufrimiento marcado en su cara. Ya no importa nada. A lo hecho, pecho. Salí de la casa del sacerdote por la puerta principal y en aquel desierto callejón cerré mi pasado. A cada paso parecía sentirme más ligero, podía volver a volar, conquistar el mundo si era necesario porque al fin era libre de mi pasado …

Mis plegarias atendidas
me hacen dudar
una vez más …

Technorati Tags: ,

Corazón de ángel

Una fina lluvia caía silenciosamente mientras a lo lejos se escuchaba el ruido de las hojas de los árboles mecidos por el viento. Los ladridos de un perro llegaban apagados por la distancia e imaginó que el animal estaría nervioso. A los lados de la carretera el fango lo cubría todo. Caminaba despacio y aunque estaba solo sabía que lo observaban. Unos instantes más tarde notó un brazo sobre su hombro. A sus pies, los restos de un accidente de coche y tres personas muertas, una de ellas decapitada. Una niña pequeña yacía malherida en el suelo, sangrando y aún inconsciente. Seguía cogida a la sillita para el coche. Su vestidito rosado se teñía de rojo oscuro, sus manos perdían color e iban adquiriendo un tono blanquecino. El recién llegado se agachó a acariciar el pelo de la niña.

- ¿Por qué lo has hecho? – le dijo de una forma casual. En algún lugar cercano alguna parte del vehículo se había desprendido y se oyó un gran estruendo al caer al suelo. La carretera estaba desierta, solo ellos dos y las personas del accidente.

- ¿Por qué, por qué, por qué? Preguntas mucho, le quieres buscar una explicación a todo. Lo hice porque tenía que hacerlo, porque era conveniente – respondió mientras miraba alrededor buscando la cabeza que había perdido un cuerpo y no lograba encontrarla – la muerte forma parte de la vida, al menos de la suya.

La niña se comenzó a convulsionar y trató de contener la hemorragia. Presionó su pequeño cuerpo sobre el lugar del que manaba la sangre y sintió ganas de liberarla de la silla y abrazarla pero sabía que no era una buena idea, que podía haber más lesiones. Aún seguía inconsciente.

- Te voy a contar por qué lo hice. Es por ti, para ayudarte, para que comprendas finalmente que no es el mío el camino equivocado, es el tuyo – dijo el otro mientras se giraba hacia él. Se fueron acercando lentamente, manteniendo sus miradas clavadas y preparándose para la confrontación que en ese instante parecía inevitable – son sus favoritos y Él no ha hecho nada por ayudarla, los ha dejado a su suerte. Por eso merecen morir, porque Él ya no los quiere y por eso luchamos contra nuestros hermanos, porque vosotros seguís intentando defender a estos seres de su destino. Afróntalo, eres un Ángel, eres algo que está por encima de los humanos, no eres uno de ellos y con tus obras ofendes tu propia naturaleza. Déjate llevar, libérate y ven con nosotros de cacería, ellos no merecen la pena.

- No, no, no… ¿Cómo puedes decir que ya no los quiere? ¿Cómo puedes dudar de la obra de nuestro Padre? Los hizo distintos a nosotros, efímeramente hermosos. Sus vidas son instantes del tiempo, anécdotas intrascendentes de las que no queda constancia. Con ellos nació el tiempo o acaso no recuerdas como era antes, como vivíamos y siempre era lo mismo, no había nada que distinguiera un momento de otro porque el tiempo no pasa por nosotros. Gracias a los humanos tú y yo descubrimos que hay una secuencia de sucesos, nuestro pasado nació de los recuerdos creados por el tiempo, nuestro presente y esta lucha eterna no tendría sentido sin el tiempo y gracias a los humanos existe el futuro, la incertidumbre de lo que está por venir y aún no sabemos – se dejaba llevar por la elocuencia y por un instante olvidó que aquel lugar era el escenario de un crimen horrible, un asesinato sin sentido.

- Déjate de boberías. Sabes tan bien como yo que ellos son el enemigo y que acabando con ellos no hacemos nada malo. Lo aberrante es esa Guerra Eterna en la que nos enfrentamos porque vosotros no queréis reconocerlo. Da un paso adelante y únete a nosotros, afronta de una vez que dentro del corazón de todo ángel hay un demonio y conviértete en el lobo que diezma el rebaño. No me mires así, no voy a luchar contigo. Eres mi hermano, uno de los nuestros y si tengo tanta paciencia contigo es porque aún creo que puedes cambiar – le dijo al ángel susurrando cada palabra muy cerca de su oído.

- ¿Por qué crees que tienes razón? ¿Qué es lo que te hace estar tan seguro? – preguntó el ángel al demonio.

- Por la misma razón por la que tú estás dudando. Porque nosotros también somos parte de su creación, porque quizás, solo quizás, los humanos son una prueba que aún no hemos superado, porque a lo mejor los creó para que nosotros le demostráramos nuestra devoción incondicional acabando con ellos y vosotros les habéis permitido convertirse en un cáncer que terminará por dividirnos a todos, mantenéis esta Guerra Fraticida solo porque creéis poseer la Verdad pero Él no os dijo que lo hicierais, quizás no nos habla por vuestra culpa, porque esperaba que todos reaccionáramos unidos y vosotros habéis creado la discordia, sembráis la duda y cosecháis cizaña. A mí me llamas demonio pero eres tú el que se apodera de la voluntad de su Dios y dice hablar en su nombre. Tú eres el demonio y no yo, que sigo mis instintos y hago aquello para lo que fui creado – el discurso del demonio fue haciendo mella poco a poco en el ángel, que reflexionaba sobre lo que estaba escuchando. A sus pies la niña se convulsionaba más despacio, iba perdiendo su vida mientras el agua de la lluvia regaba la sangre por el asfalto, dándole brillos rojizos.

- Está bien. Me rindo. Que sea lo que Dios quiera – dijo el ángel mientras sus ojos cambiaban de color y pasaban de un alegre castaño a un fortísimo azul. Sus rasgos se endurecieron y replicaron los del otro, su pelo se volvió rubio y su cuerpo ganó en tamaño. Ahora parecía un aguerrido guerrero nórdico, frío y cruel, casi idéntico a su compañero. Mientras hablaban se escuchó un estertor apagado y la niña murió. Su cuerpo quedó enganchado en la silla, inerte, rodeado de sangre. Sintió una pena infinita, la lástima de saber que una criatura divina acababa de desaparecer. Al instante asumió que en realidad no le importaba, que él era un ángel, o quizás un demonio, que nació inmortal y jamás podría morir. La pena se convirtió en odio. Miró de nuevo el lugar del accidente y la muerte sembrada allí.

- Vamos. Tenemos mucho que hacer – dijo y se dieron la vuelta. Mientras caminaban sus cuerpos se fueron desvaneciendo y pronto en aquel lugar solo se podían escuchar los ladridos del perro y el crujir de las hojas agitadas por el viento …

Nota: Me apetecía experimentar con las dos caras de la moneda y ver lo que podía surgir. Si quieres leer lo que ocurrió en el otro lado, busca en Guerra Eterna el corazón del demonio.

Guerra Eterna

Yo no elegí mi destino. Yo no pedí ser quien soy, no hice nada que no estuviera ya escrito en el Gran Libro y no puedo escapar a esta maldición que ha caído sobre mí. Yo no soy libre — dijo resignado y sin mirar al otro a la cara. Estaban en una vieja iglesia en algún lugar del centro de Europa, uno de esos edificios pequeños y oscuros casi sin ventanas en los que el aire tiene substancia y los rayos de luz cuando consiguen entrar marcan su traza en el mismo. Un crucifijo carcomido por las termitas descansaba junto al altar de piedra, hecho de una pieza única de roca y basto en su diseño. Parecía frío y poco cristiano y ni siquiera los utensilios del cura distribuidos sobre el mismo conseguían humanizarlo. Unas pocas velas creaban tinieblas en la iglesia y desde una de ellas, a punto de acabarse, salían volutas de humo que buscaban el negro techo para fundirse en ese falso negro y darle algo de brillo. Solo había seis bancos, tres a cada lado, lo que nos da una idea de lo pequeño del lugar. Junto a la entrada principal, la única, una cuerda se bamboleaba cansinamente, esperando que alguien tirara de ella para que la campana solitaria hiciera su trabajo. Solo ellos dos estaban en el recinto sagrado, de pie y en guardia.

Un montón de instantes se encadenaron en un silencio solo roto por el crujir de la cuerda y por los chillidos del viento que llegaban desde la puerta y algún cristal roto en las ventanas. Ambos eran conscientes de lo importante que era aquel encuentro, en la Guerra Eterna jamás se habían parado a hablar, se conocían desde siempre y sin embargo eran unos perfectos desconocidos el uno para el otro. Se acercó a un rincón en el que había una pequeña Virgen y velas apagadas, cogió una de ellas, la encendió y se la puso a la Virgen. Los destellos arrancaban colores gastados de la imagen y lanzaban sombras que parecían volar a su alrededor buscando algo. Se volvieron a mirarse. Ambos estaban cansados. Se acercó al otro y le puso una mano sobre el hombro. Fue un movimiento casual, de amigo, pero él lo rechazó con vehemencia. Sus ojos se cruzaron.

Yo no puedo cambiar quien soy — le dijo — he de seguir hasta el final porque no hay más alternativas. Quiero que lo comprendas.

No es cierto. En tu interior tienes lo necesario para rebelarte contra tu destino, puedes alzarte de entre los tuyos y alterar la línea que según tú está tan claramente definida. Tiene que salir de tu interior, solo tú puedes hacerlo pero no quiero que me digas que no es posible. Lo es. Mira a tu alrededor. Este mundo cambia constantemente, se salta capítulos que ya estaban escritos y crea otros de los que no sabíamos nada. Mira en tu interior. Tú también cambiaste, en un momento determinado de tu vida abandonaste el sendero y elegiste otra ruta. Ahora puedes volver al camino principal, puedes volver a unirte a nosotros. Nadie te juzgará, no podemos hacerlo porque también nosotros pecamos. Te abrazaré como a un hermano y te protegeré con mi vida si fuera preciso.

Después del vehemente discurso se quedaron mirándose uno al otro, el Bien y el Mal cara a cara. Aunque parecían hermanos y adoptaban formas humanas, no lo eran. Los Soldados de Dios llevan desde siempre en guerra, sin un claro ganador, batallas fratricidas entre dos facciones que quieren al mismo Señor. Ninguno puede explicar por qué su lado es el bueno, por qué ellos deben ganar y los otros merecen la derrota. Su Dios jamás ha expresado preferencia alguna sobre unos u otros. En realidad los dejó a todos de lado y eligió la Tierra, ese planeta en el que a partir de una única célula surgió la vida, se diversificó y con ella llegó el azar y un montón de leyes que cambian con el tiempo y que no parecen tener lógica alguna. Los hombres no son más que un estadio de ese planeta que goza del antojo del Dios de todos, una minúscula y errática etapa que parece abocada al desastre, que culminará con la destrucción completa de la vida en la Tierra o con la consagración de los hombres como los Hijos de Dios. Por eso su guerra es tan estúpida. Ambos han perdido. Han ganado los hombres. Hagan lo que hagan no habrá diferencia, Él no les prestará atención, no le interesan. En algún momento de la eternidad se cansó de ellos y ni siquiera se dieron cuenta. Tan enfrascados estaban en la Guerra de todas las Guerras, aquella que enfrenta al Bien contra el Mal, los Ángeles contra los Demonios, ángeles todos porque surgieron de una misma raíz.

El ángel miró a su hermano demonio y en sus ojos se podía ver su resolución. Quería que se uniera a él, que cambiara de bando. Quería romper el equilibrio entre los dos grupos. El demonio dejó que lo mirara y mientras pensaba en lo cansado que estaba, en la eternidad que llevaban luchando, saltando de batalla en batalla, siempre vivos, siempre iguales, sin vencedores ni vencidos.

En el corazón de todo demonio hay un ángel — insistió — Vuelve con nosotros, regresa a casa …

¿Por qué? ¿Qué ganaría? ¿Cual es la diferencia entre este o aquel bando? Todos estamos perdiendo o es que no lo puedes ver — sus preguntas no esperaban respuesta porque ambos saben que no la hay. La luz seguía entrando en la iglesia por las pequeñas ventanas y creaba claros y oscuros unidos por el brillo del polvo en el aire.

¿Por qué? Porque perteneces al grupo de los demonios, porque vuestra mera existencia es una aberración hacia Nuestro Señor, porque Él no está contento con lo que hacéis o cómo lo hacéis. Por eso, porque estáis equivocados y porque hay que restablecer el equilibrio para recuperar su favor. Vuelve con nosotros, por todo esto, si tú lo haces otros te seguirán, serás un ejemplo y quizás consigamos acabar con esta Guerra Eterna — de nuevo sonaba a gran discurso, a drama épico y tuvo que reconocer que se dejaba llevar por el momento, que le encantaba ese tono melodramático y que él sabía que si triunfaba en su empeño no sería por su palabrería, que el cambio debía venir del demonio.

Nuestro Dios ya no nos quiere. Ríndete a la realidad. Da igual si volvemos a ser uno, si nos presentamos ante Él como hermanos. Nos vencieron los humanos y es a ellos contra los que tenemos que luchar, son ellos el enemigo a batir, es lo que ni tú ni tus hermanos angelicales podéis ver — el demonio también sabía que estos mismos argumentos los llevaban usando desde tiempos inmemoriales y se repetían una y otra vez con la única diferencia del lugar en el que lo hacían. Su guerra se desarrollaba ahora en la Tierra, en el Paraíso de su Dios, en el Edén que surgió de la Vida. Resultaba irónico que todos hubieran acabado allí, en aquel planeta. Para ellos que tenían todo el Universo a su alcance y que podían ir adonde quisieran y terminaron confinados voluntariamente en aquel pequeño lugar, en aquella roca llena de vida mortal.

Así sea. Vuelve con los tuyos Hermano, regresa con los demonios y sigue desafiando a tu Dios, sigue rompiendo su alma …

Adiós Ángel, volveremos a encontrarnos … una y otra vez … hasta el final de los tiempos.

La pequeña iglesia quedó en silencio, ambas presencias desaparecieron dejando en su lugar un aire frío con un olor dulzón. Unos instantes más tardes se abrió la puerta y entró la primera anciana. Casi era la hora de la misa del domingo, la hora del único servicio semanal que se hacía en aquel lugar dejado de la mano de Dios …

Cuando escribí la historia sabía que serían dos partes, un juego en el que cuento más o menos lo mismo pero mirándolo desde ángulos distintos. Si te apetece seguir leyendo y quieres ver el otro lado entonces te sugiero que saltes a Corazón de ángel

Fantasmas

Este relato está inspirado en la canción del mismo título del disco El extraño viaje de Fangoria. Si quieres leer más historias de esta serie visita la categoría El extraño viaje

El extraño viaje: Fantasmas

A cada instante me juro ser valiente y no abandonar. Sé que no va a ser fácil y quizás no lo consiga pero he de intentarlo. Cuando ella me besó y salió aquella mañana nunca pensé que sería la última vez que nos veríamos, que ya nada sería lo mismo.

Pasé el día como siempre, ganándome el pan sin sudor pero con ingenio. Cerré algunas transacciones, leí los informes que mi secretaria había puesto sobre la mesa y aún tuve tiempo para enterarme de los cotilleos de la oficina. Era un día tranquilo con un gran colofón: una cena con mi esposa en el jardín de nuestra casa, a la luz de las velas y rodeados por rosas que además de ser preciosas llenaban con su dulzona fragancia el ambiente. Ese día no celebrábamos nada especial, era solo una de esas cenas en las que pasábamos un tiempo juntos y disfrutábamos de la mutua compañía. La llamé a la hora de comer y quedamos en que cocinaría yo porque iba a regresar primero a casa. Al volver pasé por el supermercado y compré las cosas que me hacían falta. Quería preparar salmón al horno con verduras y seleccioné un buen vino para acompañarlo. De postre elegí nuestro helado favorito. Le pondría unas fresas y lo cubriría con miel caramelizada. Una comida sencilla y sabrosa. No tenía que preparar muchas cosas así que me relajé en casa y me senté en el jardín a escuchar el canto de los pájaros y ver sus peleas domésticas, sus riñas por el espacio o la que podría ser la compañera para el resto de su vida. Era un día muy apacible.

De alguna forma lo supe. Era feliz y un instante más tarde sentí como si el fuego andaba junto a mí, no pude evitar esa sensación irracional. Miré mi reloj que marcaba las siete y cuarto. Una pena infinita me apresó en sus redes. La llamé pero no respondió. Me salió directamente el contestador de su teléfono. Llamé a su oficina y nadie cogió el teléfono. Deseché la corazonada e intenté volver a centrarme en todo lo bello que me rodeaba. Miré hacia el cielo y vi una forma similar a la de un corazón dibujada por la estela de los aviones. Era un corazón que se agrandaba y deformaba por momentos, un corazón que parecía luchar contra fantasmas y que terminó por explotar.

Intenté volver a llamarla pero de nuevo me saltó el contestador. Supuse que se le había agotado la batería del teléfono y estaría ya en camino. Para algunas cosas es muy despistada. Entré a la cocina y encendí el horno para calentarlo. También puse un caldero al fuego para hervir las verduras. Corté algo de pan y saqué de la nevera un poco de queso para untar. Estaba preparando la mesa cuando me llamaron. Era un número desconocido, una de esas llamadas sin identificación.

Al otro lado una voz seria y formal me preguntó mi nombre y si la conocía a ella. Respondí afirmativamente mientras dejaba de ver a mi alrededor porque los ojos se me estaban llenando de lágrimas. Ahora que lo pienso fue en ese momento, quizás el instante más dramático de mi vida cuando tuve un acceso egoísta y solo se me ocurrió en pensar lo que iba a costarme la idea de olvidarla. Esa voz portadora de malas noticias me dijo que había sufrido un accidente con el coche y estaba en el hospital. Se negó a pasarme más información. Le dije que iría inmediatamente. Apagué el horno y la cocina. Lo hacía de forma automática, sin pararme a pensar en lo que estaba haciendo. Metí las cosas en la nevera y antes de salir fui a nuestro dormitorio. Pasé la mano sobre la colcha de la cama, rozándola con las yemas de los dedos. La habitación olía a ella, a su perfume, a su esencia.

Ya en el coche traté de centrarme y prepararme para lo que estaba por venir. Siempre me pongo en el peor escenario así que asumí que mi presentimiento previo era la confirmación que necesitaba. Rechacé el pensamiento y traté de ser positivo, de nadar contracorriente. En ese instante ya me sentí solo, sin un hombro en el que apoyar mi cabeza, sin esa brisa matutina que te arrancaba una sonrisa y supe que quizás había llegado el momento de pagar cada sueño que ya traicioné.

En el aparcamiento del hospital tuve un acceso de pánico, de dejarlo todo y salir de allí corriendo sin mirar atrás. Lo superé al recordar su beso de despedida y con prisas me acerqué a la recepción. Antes de decirme nada me obligaron a rellenar unos formularios. Yo solo quería verla, saber como estaba pero ellos únicamente veían papeles y más papeles y no les interesaba el drama que yo estaba viviendo.

Tras una eternidad vino un doctor a hablar conmigo. No hizo falta que dijera nada. Su cara me lo confirmó. El hombre trataba de poner distancia entre ambos como si yo fuera un apestado que iba a tocarlo y contagiarlo con alguna terrible enfermedad. Quizás creía que me tiraría a sus brazos. Me mantuve firme. Le pedí que me dejara verla. Fuimos juntos hasta una fría sala en la que un tubo fluorescente crepitaba y lanzaba destellos blancos. Junto a la puerta pude ver su fantasma, una tenue imagen que me miraba con lástima y resignación. Estaba tan bella como el primer día que nos conocimos. A cada instante me juro ser valiente y no abandonar.

¿Com qué fantasmas he de luchar,
de qué otro infierno me he de salvar?

Una luz en el cielo

Una estrella errante cruzaba el cielo y eran muchos los que la miraban. Les asombraba su perfecto arco, su brillo y la belleza y elegancia de algo tan sencillo. No comprendían nada de física y no sabían por qué se producía el fenómeno y ni siquiera les preocupaba. Tampoco se dejaban llevar por la brujería y el esoterismo. Aún faltaban miles de años para que llegaran a ese nivel. Ahora se limitaban a sobrevivir, a pasar el día sin mirar más allá de la próxima comida, de la próxima noche y su instinto de supervivencia los dominaba.

Sin embargo no eran bestias, no eran animales inconscientes. Con esfuerzo lograron desarrollar un tosco idioma que les permitía transmitirse las cosas más básicas, tenían montadas guardias en su perímetro para recibir avisos con tiempo y planear una defensa y bien mirado no les iba mal. Dentro de un tiempo y a golpe de casualidad llegarían nuevos adelantos, seguirían avanzando y sofisticándose hasta que pasadas unas decenas de miles de años saltaran a la galaxia. Nada de eso les preocupaba ahora. Sólo aquella estrella que iluminaba la noche y cuyo brillo era tan fuerte.

Por la mañana la estrella seguía allí, un poco más grande y ni siquiera la luz del día conseguía ocultarla. Buscaron comida, se agruparon junto al agua y de cuando en cuando miraban sobre su hombro y la veían en el cielo, un punto que iba creciendo. Esa noche estaban intranquilos, como el resto de animales. Aquello no era normal. Algún instinto para el que aún no habían creado palabras los instaba a marcharse, a emigrar hacia otros lares. Se miraban entre ellos y miraban a sus niños que dormían abrazados unos a otros para darse calor pero no terminaban de decidirse porque aquel era un buen lugar, con abundante comida, bien protegido y en donde su vida había mejorado considerablemente. Ya lo habían defendido en dos ocasiones de ataques de otros clanes, grupos que como ellos reconocían la ventaja estratégica que tenían por el sitio. En ambas ocasiones hubo algunos muertos pero ganaron. Capturaron algunos bebés que unieron a los suyos. El número es algo muy importante y cuantos más son, más difícil será el vencerlos.

En aquel sitio en un futuro lejano se alzaría una gran ciudad, próspera y llena de mercaderes que venderían rarezas y tesoros traídos de tierras extrañas pero para eso aún debía pasar algo de tiempo. Por ahora no eran más que una banda de animales con algo de inteligencia que miraban abobados hacia el cielo sin entender el por qué aquella luz se estaba cayendo y continuaba creciendo e incrementando su brillo.

Alguno pensó en esconderse para que no le diera la luz, en enterrarse durante unos días hasta que todo pasara. Era su instinto el que le pedía que actuara de esa forma, que se escondiera o huyera. No hicieron caso, siguieron con sus vidas tranquilas ajenos a su sino.

Ya no había noche. La luz del día se prolongaba con la luz que irradiaba de aquella estrella por la noche y sin ser tan fuerte sí que les permitía ver a su alrededor. Muchos animales se habían marchado en una huida sin precedentes en la que enemigos mortales corrían hombro con hombro.

Al final todo sucedió de golpe. La luz creció en intensidad, comenzó a incrementarse la temperatura y aunque se metieron en el agua no fue suficiente porque esta se calentó y terminó por quemarlos. Así fue como murieron, sin comprender lo que les estaba sucediendo, sin entender que su planeta estaba siendo arrasado por una enorme bola de fuego a la que no podría sobrevivir nada y que se llevaría el planeta que se había topado en su camino hacia la colisión con el sol.

Fue uno de los muchos mundos en los que a lo largo de la historia del universo se pudo haber originado una civilización inteligente pero que por causas naturales nunca lo consiguió.

Un marido abatido

Este relato comenzó en La mensajera

Aún no se han puesto de acuerdo sobre el comienzo del fin, el día que la rueda se atascó y el mundo tal y como lo conocemos dejó de funcionar. Hay muchos que se han montado sus teorías, que han buscado razones para explicar lo inexplicable, intentando comprender para poder reparar, volver a nuestra vida anterior, a nuestros problemas, alegrías y tristezas. Si esos que tanto quieren saber descubrieran la verdad quedarían horrorizados porque como todas las grandes cosas de esta vida, el final no lo comenzó un enorme y dramático evento. En realidad pasó desapercibido hasta un tiempo más tarde. Todo comenzó en una tarde de rebajas en la que una madre se fue de compras con su hija. Fue la niña la que vio las luces, la que habló con ellas y las ayudó a conseguir su fin. Ella no sabía lo que hacía, fue manipulada por un poder superior para conseguir un fin que seguramente estaba escrito desde hacía mucho tiempo.

La pobre chiquilla presenció la muerte de su propia madre y fue incapaz de impedirla, al igual que previamente había predicho las muertes de dos hermanos. Ella jamás pidió poseer ese poder, ni siquiera llegó a entenderlo. No pudo explicar a los demás lo que había sucedido, lo que le habían dicho o quién se lo había dicho. Para ella el descubrimiento fue terrorífico, no era algo bonito y agradable que te alegra los ojos sino más bien una maldición que te azotaba sin tregua. Cuando la gente acudió a sus gritos en la planta alta del centro comercial lo único que vieron fue a una niña con su madre muerta al lado. En un intento por burlar al destino había vuelto a enviar el ascensor a la planta superior pero no sirvió de nada. Hay cosas que no se pueden solucionar y la muerte es una de ellas. La niña se agarraba a su madre y se negaba a salir del ascensor. Al sacarla gritó, pataleó y arañó a todo el que tuvo cerca. El personal de la ambulancia intentó calmarla sin éxito y finalmente tuvieron que ponerle un tranquilizante. Eran los mismos que habían atendido a la otra persona muerta en aquel sitio. La policía también hizo acto de presencia y hubo reuniones con los gerentes de dicho negocio.

Una persona muerta por atropellamiento en tu aparcamiento es mala suerte pero si le sumas dos mujeres que han caído fulminadas y todo ha sucedido en un corto periodo de tiempo, es más que probable que haya algo más. Se cerraron las entradas al centro comercial y se invitó a los clientes que no habían presenciado nada a que se fueran a sus casas. Los negocios cerraron varias horas antes de tiempo. Los testigos permanecían sentados en una de las cafeterías esperando que les tomaran declaración. Nadie sabía a ciencia cierta lo que había pasado. Los rumores entre ellos eran variados: Un atentado terrorista con armas químicas, un ajuste de cuentas entre bandas, una sobredosis por drogas, otra muerte más por malos tratos y así sucesivamente. Cada uno lanzaba su teoría y la ligaba al par de hechos que conocía para darle autenticidad. Otros inventaban descaradamente sin importarles que no hubiera nada de cierto en sus palabras. Los que les escuchaban distorsionaban la realidad y agrandaban su historia y así la iban transmitiendo, amplificada hasta niveles que rozaban lo absurdo.

Así que detrás de todo esto solo tenemos una niña que fue enviada al mismo hospital que llevaron a su madre, la primera sedada y la segunda muerta. Allí la fue a recoger su padre, aún bajo la impresión recibida al conocer la noticia de la muerte de su esposa. Primero firmó unos papeles para que procedieran a hacer la autopsia a su esposa y le mostraron el cadáver. Uno de los tragos más amargos que tiene que pasar uno es el de visitar la morgue de un hospital. Es un sitio inhumano, frío y siniestro en donde se nos despoja de todo y se nos convierte en carne de almacén. Se nos archiva en pequeños cubículos como si fuéramos productos congelados y se preservan los cuerpos de la descomposición. Allí, bajo la luz de un fluorescente que fallaba haciendo ruido y creando luces y sombras vio por última vez a su esposa, la mujer con la que quería compartir el resto de su vida. Después, llorando, subió a buscar a su hija para llevársela a casa. Cuando la vio le dio un abrazo y no tuvo fuerzas para responder a las preguntas de la niña. Ella quería saber donde estaba su madre y él no podía hablar de su ser querido sin echarse a llorar. Le dieron las bolsas que llevaban ambas y con su hija de la mano salió al aparcamiento para coger el coche e ir a casa. Iba a ser una noche muy larga y aún tenía que organizar muchas cosas. La niña no le dijo nada de lo que había pasado y él no le preguntó. Ahora ella era todo lo que tenía en esta vida, a través suyo viviría su amada esposa. En su cara, en sus gestos, en su forma de arreglarse el pelo la vería todos los días.

Hazle caso

Este relato comenzó en La mensajera

Es curioso como reaccionamos ante las desgracias ajenas. Nuestra curiosidad nos puede y siempre queremos verlo todo con nuestros ojos, queremos ser testigos y dar nuestra opinión, aunque a la hora de la verdad no hagamos nada. Somos espectadores natos, mirones a los que la desgracia ajena atrae más que nada.

Con los gritos y los avisos se disparó ese sucio instinto de la gente que estaba en el centro comercial. El corrillo alrededor de la mujer caída iba en aumento pese a los esfuerzos de los agentes de seguridad, que intentaban convencer a los clientes para que se fueran a otro lado. La chica estaba bocabajo. Nadie la había movido. La ambulancia llegó pasado un rato. Comprobaron que estaba muerta, que no se podía hacer nada por ella. A su alrededor decenas de teorías eran formuladas por expertos instantáneos en el tema, gente que con un solo dato, el de la mujer muerta, montaban su teoría de la conspiración, veían sus peones negros y blancos y los movían por el tablero de la vida. Solo una persona en todo el centro comercial no parecía interesada. Ni siquiera estaba en esa planta. Mientras esto sucedía una mujer arrastraba a su hija en dirección opuesta. Iban contra corriente, aunque pasados unos metros ya nadie parecía saber lo que en esos instantes acontecía en la planta baja y se dedicaban a sus compras habituales, a mirar escaparates y probarse ropa que seguramente no comprarían.

La niña lloraba desconsoladamente. No ofrecía mucha resistencia a su madre pero tampoco cesaba su llanto. En la mano libre tenía un par de bolsas que arrastraba por el suelo. En un momento dado se pararon. La mujer se puso frente a su hija y cogió un pañuelo de su bolso para obligarla a sonarse. La chiquilla lo hizo. La tensión entre ambas era palpable.

- ¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué le has dicho eso a la joven? ¿Qué es lo que te pasa? — le gritó la madre.
- Yo no lo hice. Yo solo le dije lo que me dijeron las luces. Yo no quería que le pasara nada. Yo solo quería ayudarla — respondió la niña llevándose las manos a los ojos mientras seguía gimoteando. Su respiración aún era agitada. Algunas personas las miraban con curiosidad al pasar pero seguían su camino sin más. Ver a una madre reprender a su hija no es algo extraordinario. Sucede todos los días, en todos lados. Forma parte de nuestra vida.
- Y deja de hablar de luces. No hay ninguna luz. Deja de decir mentiras. Me estás asustando.
- Si hay luces. Yo las vi. Vinieron y me hablaron. Son muy bonitas, como fuegos artificiales que lanzan chispas. Yo las vi — confirmó la niña.
- No. No las hay. Basta ya. Déjalo. Se lo voy a decir a tu padre. Hoy te has pasado, has ido muy lejos — le reprendió la madre.
- Pero …
- Pero nada. Déjalo ya. Nos vamos.

La mujer volvió a agarrar a su hija del brazo y cuando comenzó a tirar de ella la niña se quedó completamente quieta, como absorta, con la vista clavada en algún lugar perdido. Ella intentó moverla pero sin éxito. Le gritó para que se pusiera a andar pero la niña no parecía estar escuchando, parecía estar ida. Tras unos instantes una chispa volvió a lucir en sus ojos y empezó a llorar con más fuerza.

- ¿Y ahora qué? ¿Qué te pasa? Muévete que nos vamos, deja de comportarte como un bebé.
- No. No. No. No quiero. No quiero. Dejadme en paz. Marchaos. No quiero hablar con vosotros. Marchaos ya — decía la niña hablando con alguien que no estaba allí. La madre miraba a su alrededor desconcertada, sin saber que hacer. Una mujer la miraba con el gesto fruncido, seguramente pensando lo mala madre que era, lo mal que estaba tratando a la niña. Ella no sabía que hacer, no sabía como reaccionar. Era un mal día.
- Vamonos. A casa. Ahora — trató de razonar con su hija. Trató de convencerla para que reaccionara y se pusiera en marcha.
- No mamá, mejor nos quedamos aquí. No quiero irme. No quiero que nos vayamos — gritaba la niña bastante alterada.
- ¿Por qué? ¿Qué te han dicho esta vez?
- Nada. No me han dicho nada — mintió la niña.
- Entonces nos vamos.
- No. Nos quedamos aquí. No podemos salir.
- Ya está. Ya tengo suficiente. Vamos — y arrastró a la niña hacia uno de los ascensores que llevaban al aparcamiento. La empujó hacia el interior y bloqueó la puerta para que no pudiera salirse. La chiquilla forcejeaba y lloraba intentando escaparse. La puerta se cerró y la madre respiró aliviada.
- Vas a morir mamá. Vas a morir. Me han dicho que al llegar al garaje morirás, que te dará un infarto. Han venido a buscarte. No quiero que vayamos al coche. No quiero — gritó la niña.

El ascensor volaba hacia su destino. La mujer miró a su hija asombrada mientras bajaban y sentía un hormigueo en el estómago. Intentó pulsar el botón para detener el ascensor. Lo intentó. De verdad que sí. En algún lugar dentro de ella algo se rompió. Nunca llegó a hacerlo. Su hija fue lo último que vio mientras caía en el piso del ascensor y la puerta se abría en el garaje. Entonces pudo ver las luces.

Este relato continúa en Un marido abatido