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El día que subí en dos ocasiones al cielo

Los grandes días de nuestra vida pueden comenzar de cualquier forma. Normalmente no los elegimos nosotros sino que son ellos los que llegan y se plantan afianzando sus raíces y haciendo que los recordemos por siempre. El día que todos recordaremos de este año comenzó despertándome a las seis y media de la mañana. Por ironías del destino, volvía a los Países Bajos desde Gran Canaria. A las siete y cuarto ya estaba en la cola de facturación, el único español entre ciento y pico neerlandeses. la chica que se encargó de mandar mi trolley hacia las cuevas insondables del aeropuerto me asignó un asiento en la penúltima fila y me confirmó que la tendría al completo para mi.

En el control de seguridad solo se hablaba de una cosa, de lo que sucedería esa noche. Nuestro avión llegó a la hora prevista y salimos con precisión digital. Me gusta sentarme en el lado izquierdo del avión para despedirme de mi isla. Veo el puerto de Taliarte, Melenara, Playa del Hombre, la casa de mis padres en la Garita, la playa de la Garita y justo allí los aviones giran y se adentran en el océano dejando en mi retina la imagen de la playa en la que paso tantas horas. Siempre siento que es en ese momento, cuando miro hacia abajo y un escalofrío me recuerda que aquí queda una parte de mi vida, es ahí cuando comienzo a desenredar un ovillo que tiene un fino hilo que me mantiene conectado a mi tierra aunque viva a más de tres mil kilómetros. Después me relajé y aproveché para ver los tres últimos episodios de la primera parte de la temporada final de Battlestar Galactica, una serie que para mí es sencillamente la mejor serie del mundo, la única que me he comprado y que no me canso de ver.

Hice una pausa cuando alcanzamos el sur de Portugal y el piloto nos avisó. Miras desde allá arriba y parece increíble que se pueda ver la forma de la península Ibérica, ese mapa que aprendimos a dibujar de pequeños. Ves los ríos y sus nombres te vienen a la memoria sin hacer esfuerzo aparente, aunque detrás hay años de recitarlos, memorizarlos y aprender la geografía de un país que algunos niegan.

La torre Eiffel jugaba a esconderse entre nubes cuando la saludamos y pronto estábamos descendiendo para tomar tierra en Eindhoven, tras pasar sobre Bélgica. La morriña que se activa al dejar atrás Gran Canaria siempre desaparece cuando veo esa tierra verde y maravillosa que es Holanda. Si además aterrizas y la temperatura es de veintiún grados, esto es lo más cercano al paraíso que puede estar cualquiera en este mundo.

En el aeropuerto tres aviones de Ryanair acompañaban al nuestro de Transavia. Las maletas salieron pronto, algo que siempre me ha gustado de estos aeródromos pequeños. Me acerqué a la parada de autobús y aproveché para hablar con Waiting y ver como iba a ser la cosa. Me dio un disgusto cuando me dijo que íbamos a ver el partido con el Enemigo y no me refiero al marico hechicero ese que tanto gusta de acosar y después hacerse la víctima inocente acusando a sus propias víctimas y lloriqueando para que los cuatro mamarrachos y pela-nabos que no saben de la historia ni el prólogo salten a defenderlo y justifiquen su acoso. No, por enemigo se entiende que hablamos de fans de Alemania que se sentarían con nosotros para ver el partido, compartir mesa y comida porque a tu enemigo ya se sabe que hay que tenerlo bien cerca y a los otros, a esos como el marico hechicero que te desea todo lo mejor siempre mientras busca la forma de clavarte el puñal, a esos despreciadlos, ninguneadlos y borrad su existencia de vuestras vidas.

Después de hablar con ella le llegó el turno a mi amigo el Rubio que me pedía que fuera a su casa para ver el partido con doce holandeses, que por descontado, iban por España porque aquí, en esta tierra, España está y estará siempre por encima de Alemania.

Llegué a mi casa, dejé el trolley, saqué los quince kilos de comida que traía, recogí mi bandera española, esa que todos y cada uno tenemos en nuestra casa y particularmente los que vivimos fuera y sentimos los colores de nuestra patria en el corazón y me puse una camiseta roja con el toro de Osborne, ese que hasta los extraterrestres saben a qué país identifica unívocamente y a lomos de la Vanilly, una de las dos bicicletas de segunda mano que dan el cante y que compré para poder dejarlas en el centro de la ciudad (la otra es la Milly) salí hacia la estación de tren. Allí enganché con el tren que me llevó hasta Amsterdam y después de una combinación de transporte público que llegaba con una puntualidad fantástica llegué a casa de Waiting. Ahora que lo pienso, en el mismo día volé, fui en autobús, tren, metro, tranvía y bicicleta. Todo un despliegue para alcanzar mi destino final.

Una vez en Amsterdam, desplegamos la bandera en la ventana para que todo el mundo sepa que allí se vivía la fiesta. Mientras llegaban el resto de integrantes de nuestra quinta, nos pusimos a preparar la comida con la que picotearíamos. Yo vine cargado con cosillas para hacer montaditos y en un rato los teníamos listos. Entre los asistentes estaba Miguel Pinto otro espíritu inquieto que deja a la gente asomarse a su mundo a través de una bitácora.

El enemigo, los alemanes, se sentían algo intimidados por nuestra bulla, por los gritos y el escándalo. Ellos son más silenciosos. Cuando comenzó el partido estábamos todos tensos, sobre todo con los diez primeros minutos. después llegó el gol de la victoria y la locura, la cual se pudo oír en varias manzanas porque si la casa no se hundió, fue por los fuertes cimientos que tiene, aunque os aseguro que esa casa hoy tiene al menos veinte centímetros menos de altura porque hemos saltado hasta tocar el cielo, un cielo de felicidad y alegría que nos unió a todos, españoles y hermanos de América. Después del gol vino el sufrir y rezar para que el partido llegara a su fin, gritar una y otra vez con todas esas oportunidades que no terminaban de cuajar y una vez llegó ese pitido que pedíamos a gritos hacia un árbitro al que acusamos de todos los crímenes del mundo llegó la fiesta, la celebración, la liberación de toda esa tensión acumulada.

Volví a casa en volandas, cruzándome con grupos que recorrían Amsterdam con banderas y pitas, gritando y jaleando el nombre de España. De regreso a mi casa, con la bandera como capa, atravesé Utrecht tropezando con grupos de despistados que volvían muy tarde a sus hogares y que al verme aplaudían y rendían honor a nuestra bandera. Ha sido un día larguísimo, de casi veinticuatro horas, hermoso como pocos, el día que todos juntos subimos al cielo.

Vuelvo al norte

Una sombra en el cielo

Mudando la piel, abrasado por el sol, muy descansado y rodeado de cabezas de queso, cuando leáis esto yo estaré deshaciendo el camino y saltando tres mil kilómetros hacia el norte para volver a Holanda. Atrás he dejado la melena que me quitó el peluquero y un montón de piel que se me ido cayendo. Esta noche, como casi todos los españoles, veré ese partido histórico que salvará al país de la crisis, disparará el número de embarazos, empujará las acciones de las empresas que fabrican cerveza y que recordaremos durante mucho tiempo.

Desde acá para allá o quizás sea de allá para acá

Puede que la razón esté en que lo hago prácticamente todos los meses pero lo cierto es que la rutina de preparación de los viajes la tengo muy trabajada y cada vez me sale mejor. Voy apilando todo lo que me quiero llevar en el dormitorio de invitados y a la hora de hacer la maleta, me toma menos de cinco minutos y no me suelo dejar nada atrás. En mayo fue Zaragoza, después vino Nueva York, que llegó hasta Junio y ahora Gran Canaria. Tres lugares distintos, tres compañías aéreas y tres viajes que requerían diferentes cosas. Lo que toma más trabajo es la preparación de la bitácora. Cuando en diciembre del año 2005 elegí tener cierta regularidad a la hora de escribir, mi mundo virtual salió ganando pero en las épocas que tengo vacaciones me obliga a un incremento de la actividad para prever posibles apagones o simplemente porque voy a desconectar completamente. Así que mi viaje a Gran Canaria comenzó escribiendo un par de horas el día antes y dejando al menos material para tres días, además de todas las fotos de la semana.

El domingo, desayuno copioso y variado para acabar con la comida que no va a sobrevivir toda una semana. Comencé con unos huevos revueltos con cilantro y seguí con fresas y un gran vaso de leche. Mi vecino recibió las instrucciones pertinentes ya que se ocupa de la casa y el jardín en mi ausencia y a la hora planeada me acerqué a la parada de autobús con la mochila y el trolley. El autobús llegó con dos minutos de retraso, algo prácticamente inaceptable y que por poco me arruina el buen humor del día. Recuperó el tiempo perdido en la ruta y nos dejó en la estación tres minutos antes de la hora de llegada. Compré mi billete para el tren y me acerqué a un cajero para sacar dinero. Podría hacerlo en Gran Canaria, en cualquier cajero, de cualquier red y en ninguno me cobrarían comisión alguna porque ese es el compromiso de mi banco, el poder sacar dinero en todos y cada uno de los países de la vieja Europa sin pagar comisión. Sin embargo, siempre estoy leyendo en la prensa española sobre movidas raras con cajeros y supongo que perdí la fe y prefiero llevar el dinero conmigo desde Holanda.

En el tren, un grupo de rusos celebraba la victoria de la selección de su país frente a la neerlandesa y la gente les lanzaba miradas cargadas de mal de ojo. Afuera hacía un montón de calor y las vacas agitaban las colas espantando a las moscas mientras comían para seguir produciendo leche. Holanda es un lugar maravilloso, lleno de lugares que parecen sacados de postales, con ese verde intenso de la hierba, el agua que forma una tela de araña inmensa que recorre todo el país y esa deliciosa sensación de dejadez que da el no tener montañas en el horizonte.

Cuando llegamos a Eindhoven recorrí la estación buscando algún lugar para comprar algo que me faltaba pero no hubo suerte. Me acerqué al autobús y en menos de cinco minutos ya estábamos en ruta hacia el aeropuerto de Eindhoven. Para aquellos que visitan Holanda a lomos de Ryanair o transavia y quieren ir desde este aeropuerto hasta Amsterdam o Utrecht hay dos posibilidades. Una es usando los medios de transporte público y la otra es con una compañía de autobuses que tiene un servicio directo desde el aeropuerto hasta Utrecht y Amsterdam. Yo prefiero el transporte público porque no me fío de la autopista A2, que es por la que ha de circular ese autobús y que ostenta todos los récords de atasco en este país. El autobús 401 te lleva por varios de los distintos campus que tiene la empresa Philips en Eindhoven. Además de pasar por delante del estadio, visitarás los distintos lugares en los que se diseñan muchos de los aparatos que te rodean.

Al llegar al aeropuerto tenía que esperar un rato para facturar y lo que hice fue conectarme a Internet y matar el rato. Cuando me dieron mi tarjeta de embarque le pedí a la chica que me pusiera en la última fila y así fue. Subí a la terraza para tomarme un capuchino mientras los aviones llegaban y se volvían a marchar y más tarde pasé el control de seguridad y me senté en la sala de espera.

A la hora de embarcar, entramos a la carrera en el avión porque al parecer todo el mundo tiene pánico de ver su asiento birlado por otros, algo que casi nunca sucede. Una mujer que rompía las barreras del concepto de obesa y las superaba tranquilamente se arrastraba por la pista en dirección al avión y terminó sentada delante de mi, en la penúltima fila, con dos asientos y uno de esos cinturones para bebé que usó para poder amarrarse. Resoplaba como un caballo viejo mientras su marido trabajaba de lacayo personal y traía y llevaba todo lo que ella pedía. Pensé que al despegar echarían el asiento hacia atrás y reducirían mi espacio vital (compuesto por tres asientos) pero no fue así, seguramente ni llegó a descubrir en donde estaba el botón para mover el respaldo.

Despegar en el aeropuerto de Eindhoven es una gozada. Cierran la puerta, encienden los motores, arrancan y despegan, casi sin que pase nada de tiempo. El piloto nos dijo que había un fuerte viento de morro y que por eso tardaríamos cuatro horas y cuarenta y cinco minutos, bastante más de lo que suele ser habitual. Una vez te obligan a apagar tu iPod y tu teléfono móvil estás en manos de esta gente así que te resignas y esperas. En esas hora aproveché para ver dos episodios de una de las series que sigo, escribir algo y escuchar un montón de Podcast que se apilaban en mi reproductor de mp3 desde que fui a Nueva York.

Estábamos pasando sobre Lisboa cuando me metí en el baño para la descompresión. Solté todo ese aire que acumulo desde que despegamos y que pugna desesperadamente por emigrar y buscar nuevos mundos. Gracias a Dios los ruidos del avión camuflan los estampidos subsónicos que se producen allí dentro.

Aterrizamos con casi tres cuartos de hora de retraso y mientras la gente se levantaba y se ponía histérica pensando que la isla se va a marchar y hay que salir cuanto antes, yo me dediqué a echarme una partidilla al juego al que estoy enganchado en el teléfono. Al salir, me acerqué a la cinta para recoger mi equipaje y tuve suerte ya que salió de las primeras. Mis padres ya estaban esperando y así, sin prisas y con alguna pausa puedo decir que ya estoy acá o quizás sea allá.

Bryant Park es un lugar muy especial

El domingo por la mañana nos fuimos a desayunar a una cafetería de esas que se ven en las pelis. Nos pusieron unas raciones monstruosas. Mi huevos revueltos eran tres huevos como de avestruz de lo grandes que debían ser, porque aquello parecía más media docena. Como debieron pensar que no sería comida suficiente venían con papas machacadas, tres tostadas y una cantidad ingente de café chirrioso de ese que tanto gusta a los americanos. Pensé en echar una jiñada en el lugar para desalojar algo del exceso de equipaje que llevaba en encima. Nos fuimos caminando al Bryant Park, uno de mis rincones favoritos de la ciudad, muy cerca de la Grand Central Station y al lado de la Biblioteca pública. El parque está lleno de sillas y mesas que se pueden usar libremente. Nos compramos unos refrescos y nos sentamos allí, al solito, a pasar la mañana tranquilamente. Junto al parque se estaba organizando una cabalgata de Filipinos que celebraban el aniversario de su independencia, ya que todos sabemos que las Filipinas fueron hace mucho tiempo parte del gran Imperio Español. Algunas de las filipinas asustaban con unos trajes que no les ponen ya ni a las muñecas Nancy y tenían una carroza de Miss Filipinas caducada de Nueva York que se ganó la atención de mi cámara de fotos.

Lo de la cabalgata de filipinos resultaba fascinante, aunque mi capacidad para concentrarme en un evento es muy limitada y desde Bryant Park hay unas vistas del Empire State Building absolutamente geniales. Mi tío se marchaba temprano y lo acompañamos en el metro, aunque nosotros seguimos hasta la Calle 14 en donde nos bajamos para comprar una maleta. Por esa zona se venden baratísimas y de hecho, compramos un trolley por cuatro perras gordas. Volvimos al aparhotel en guagua, por una ciudad medio desierta por ser domingo. Esa tarde pasé por última vez por el Templo a honrar y presentar mis respetos a su Estivísimo, ese santo varón que dirige Apple y que ha instalado su gran catedral en la Quinta Avenida. Por la Quinta Avenida había otra cabalgata aunque esta era de judíos que celebraban algo aunque no sé muy bien lo que era. Una banda de nazis protestaba en la calle y los judíos radicales se encaraban contra ellos y se insultaban unos a otros agitando sus pancartas.

Me acerqué al Carnegie Hall para hacer unas cuantas fotos y después subí por Broadway Avenue hasta el Lincoln Center, lugar en el que está el legendario Metropolitan Opera House. Es una pena que estén en obras y no haya podido hacer fotos muy buenas pero aún así, mereció la pena el paseo hasta este lugar. Desde allí fui de nuevo a Times Square y entré en el museo de Madame Tussot. El que hay en Amsterdam siempre me ha parecido un poco flojo y ahora que he visto el de Nueva York, veo que es del mismo estilo y que las figuras esas de cera o de algo parecido no son lo mío. La gente se hacía fotos con las estrellas y yo debía ser la única persona que veía aquello demasiado falso.

Después me recorrí todas las tiendas de souvenirs de la zona buscando uno muy específico que me habían encargado y que no encontré y volví andando hasta nuestro hotel, cruzando Manhattan y haciendo fotos de todo lo que veía. Llegué muerto de cansancio.

Por la noche cenamos otro plato de comida masivo en el mismo sitio en el que habíamos desayunado. Salimos de allí cambados de tanta comida. Aprovechamos para preparar las maletas y dejarlo todo listo para el día siguiente.

La hora de Gran Canaria

Una sombra en el cielo

Una vez más, me pongo en ruta y muevo el chiringuito. Esta semana estaré en Gran Canaria celebrando la llegada del verano y la noche de San Juan. Serán siete días de playa, sol y descanso. Como siempre, Distorsiones sigue funcionando con el piloto automático y dependiendo de las redes desprotegidas que consiga yo asomaré de cuando en cuando. No sean malos y aquellos que lo deseen, ya saben como contactar conmigo.

Little Italy, Chinatown y muchas más compras

Ya estamos cerca del final del relato de este viaje que comenzó en Saltando un océano en seis horas y media.

El sábado volvía a ser jornada para pasar con la familia pero también queríamos hacer algo de turismo. Después de desayunar bajamos hasta Union Square, que está en un barrio precioso y en donde los sábados hay un mercado de productos orgánicos que merece la pena visitar. En ese mercado se pueden comprar unas tartas y unas magdalenas absolutamente deliciosas, al igual que sucede con las frutas y verduras. Mientras paseas por allí estás rodeado de auténticos neoyorquinos, que hacen sus compras y si el tiempo lo permite, se sientan por el parque a disfrutar leyendo el periódico o hablando con los amigos.

Tras un rato volvimos al metro y seguimos bajando hasta Spring St. en donde salimos para visitar Little Italy (la Pequeña Italia), ese barrio que hemos visto en tantas películas de gangster y que actualmente está desapareciendo y transformándose en una expansión de Chinatown. En una de las calles se estaba montando una feria, con sus puestos de venta, los chiringuitos de comida y demás y en un extremo de la calle, una virgen acompañada por un señor en su altar. Mi madre salió disparada a encenderle una vela y dejarle un dólar, el cual se pegaba con un alfiler en un enorme cojín. El señor le terminó regalando a mi madre una estampita de la virgen. Nos paramos a tomar un café italiano con dulce en un local que estaba muy bien pero del que no recuerdo el nombre. Llamaban la atención todos los empleados hablando entre ellos en italiano. De la paz y al alegría latina de Little Italy pasamos al caos de Chinatown, sitio que te entra inicialmente por el olfato. Hay decenas y decenas de sitios para comer, supermercados pequeños en los que exponen todo tipo de animales muertos y asados que cuelgan de garfios y esperan entre visitas de moscas que alguien se los lleve. Por todos lados hay una miríada de chinos tratando de venderte algo, de llevarte a algún rincón o simplemente, mirando a la gente y escupiendo continuamente. En el momento en que llegamos a la Canal Street comenzó a llover. Estábamos al lado de una relojería y mi tío insistió en que entráramos para ver si tenían el Tissot que yo buscaba. Lo tenían, el Tissot T-Touch de titanio y el precio era muy económico. Además, si pagaba en efectivo no me cobraban impuestos. El reloj fue directamente a mi muñeca y en unos minutos volvía a ser capaz de mirar la hora usando mi mano, de saber en donde está el norte magnético, la altitud, la presión atmosférica o la temperatura. Me juré a mí mismo que sería lo último que compraba en ese viaje. Llovía copiosamente y nosotros teníamos que llegar hasta el Chase Manhattan Bank de Canal Street, en donde habíamos quedado con la prima de mi madre para almorzar por allí. La calle se había llenado de chinos que vendían paraguas, todos sincronizados y pendientes de los peatones para ofrecer su mercancía. Compramos dos enormes y ya en el banco aproveché para sacar dinero.

Una china se acercó para ofrecernos relojes y bolsos de marca falsos, algo que nos habían contado otros españoles que es muy típico. No los tienen en la calle, los esconden en la parte trasera de los locales y una vez picas el anzuelo, te llevan al sitio en donde te lo enseñan todo sin que la policía “teóricamente” lo sepa. Eso no se lo cree nadie. Los polis cobran pasta por hacerse los locos. No solo ahí, sucede por todos lados. En la zona del Rockefeller Center habíamos visto tres días antes a un hombre vendiendo chorradas en la calle y un policía al que le estábamos preguntando la dirección más cercana para tomar el metro estiró la mano y el vendedor le plantó en ella un fajo de billetes mientras nosotros alucinábamos en colores y el poli ni se inmutaba y seguía con su explicación.

La china era muy persistente y logró colocar un Rolex falso. Los trajo un chiquillo que salió de un restaurante, enseñó la mercancía, hizo la transacción y corrió de vuelta al restaurante mientras dos policías debían andar cegados por las nubes y no veían nada. Yo hacía fotos por la zona y trataba de recuperar el olfato, severamente torturado por los fuertes aromas que hay en el lugar. Entramos a comer en uno de los restaurantes y lo primero que noté fue el brutal descenso de temperatura. Mira que a los americanos les fascina el estar rodeados de aparatos de aire acondicionado que los mantienen a temperaturas extremas, pero aquello ya era demasiado. Les pedí que apagaran el ventilador que teníamos encima de nuestra mesa pero no sirvió de mucho. Salí de aquel lugar con un resfriado que me duró hasta la vuelta a los Países Bajos. Tras la comida, la china nos esperaba en la puerta para llevar a mi madre a mirar bolsos falsos de marca. Le colocaron también unas gafas y la mujer salió de allí tan contenta, con su mercancía oculta en una bolsa gris, aunque lo más curioso es que todos los turistas que iban por la calle tenían esas bolsas así que queda meridianamente claro que todo el mundo compra cosas falsificadas por allí.

La tarde la pasamos de compras, divididos en dos grupos distintos y para cenar compramos comida y nos la comimos en el aparhotel.

El relato continúa en Bryant Park es un lugar muy especial

El Guggenheim, el MOMA, el Rockefeller Center y los estudios de la NBC

Tendrás que comenzar en Saltando un océano en seis horas y media si quieres leer el relato al completo.

El viernes teníamos una agenda algo apretada ya que yo quería ver varias cosas antes de que mi tío llegara a Nueva York para pasar el fin de semana con nosotros. Nos levantamos temprano y nos encontramos conque una grúa se había descuajeringado en Manhattan y habían muerto dos personas además de destrozar parte de un edificio colindante. Todas las teles transmitían el evento con frecuentes conexiones al lugar de los hechos y ese despliegue tan típicamente americano. Casualmente el sitio estaba cerca de nuestro destino original, que no era otro que el Solomon R. Guggenheim Museum. Subimos en metro hasta la zona y después tomamos un autobús. Si queréis un buen consejo, pedid el mapa del metro y el de autobuses y abusad de vuestra tarjeta de viajes ilimitados en transporte público. Vuestras piernas os lo agradecerán. Ya hace dos años cuando estuve por la zona el edificio estaba en obras y parece que no han acabado. Por fuera da lástima y carece de la espectacularidad del de Bilbao. Pasamos por el museo como un rebaño de hipopótamos por un prado de hierba, arrasándolo todo y posiblemente sin paladear todo ese arte que tienen ahí dentro. La principal exposición era una llamada Cai Guo-Qiang - I Want To Beleive, bastante espectacular y que realmente despertaba emociones en las personas que la veían. Es lo bueno de ser un cacho de carne con ojos, que uno no se emociona hasta las lágrimas con un par de trazos hechos por alguien posiblemente metido en drogas y mantenido por alguna viejilla viciosilla y sin embargo ve una banda de lobos estampándose contra un muro de cristal y se te ponen los pelos de punta. Después de este museo bajamos al MOMA, el famoso Museum Of Modern Art que personalmente creo que le da de bofetones al otro. No solo porque el edificio es una auténtica pasada sino por su contenido. Subimos a la última planta para ver las mejores obras, que tienen en los pisos superiores, todo ese festival de Picasso y Vincent van Gogh y después de ver la zona nos metimos en la cafetería a tomarnos un capuchino y disfrutar de las espléndidas vistas que hay desde allá arriba del parque interior que tiene el museo y que está lleno de esculturas.

Tras esta pausa continuamos la visita y nos centramos en las piezas de arte moderno que tienen en exposición, esas sillas preciosas, la movidas del Andy Warhol y demás. Quiero aprovechar para recordar a los intelectuales que lo han visto todo a través de la Wikipedia y de Internet que no hay nada como las visitas a los lugares donde se encuentran los originales y que solo vivimos una vida y hay que aprovecharla al máximo. Acabamos la visita en el jardín del museo, disfrutando de una cabra de hierro que tienen allí y sentados al solito. Nos fuimos a comer a los restaurantes de la Grand Central Station y por la tarde nos dirigimos al Rockefeller Center en donde teníamos reservadas entradas para dos de los tours que hacen. Primero hicimos el Rockefeller Center Tour en el que caminamos por el interior y el exterior del complejo mientras el guía nos explicaba y enseñaba las obras de arte con las que están adornados los edificios y la historia detrás de todo aquello. Estuvimos junto a las estatuas de Prometeo y del Atlas sujetando el mundo, disfrutamos con las pinturas del español Jose María Sert, entramos en los grandes vestíbulos de los edificios decorados con todo lujo de detalles y vimos los jardines y la calle privada. Una de las curiosidades que aprendí fue que en ese edificio se usó por primera vez aire acondicionado y calefacción y lo solucionaron poniendo unas especies de floreros enormes por los pasillos que en el medio tienen el aire y han de cambiar las plantas todos los meses porque no sobreviven a esos chorros de aire frío. También vimos columnas con los tubos de calefacción por dentro. Lo mires desde un punto de vista artístico, arquitectónico o de ingeniería, ese lugar es fascinante. Yo ya había estado en la zona pero está clarísimo que una buena explicación ensancha nuestro universo.

Vimos fotos de como era la zona antes de que construyeran el Rockefeller Center e incluso pasamos junto a la única casa del único tipo que no les quiso vender su hogar y al que ahogaron entre los rascacielos. Te puedes pasar un día entero en ese lugar, visitando además de estos edificios la Catedral de San Patricio, el MOMA y el Radio City Music Hall porque todo está en ese lugar. Cuando acabó este paseo por el complejo de edificios comenzaba nuestro segundo tour, el NBC Studio Tour. Mis padres no lo supieron apreciar pero a mí casi se me caen los pelos de los brazos de tanto escalofrío porque nos adentramos en un montón de historia. Lo primero es ver una película en la que se habla de la NBC y de su historia y después subimos en los legendarios ascensores del Rockefeller Center a los estudios. Cuando se hicieron estos ascensores se pensaba en el lujo y son de lo más. Estuvimos en el plató donde se rueda el show de Conan O’Brien, un programa que yo veía mucho hace unos años y con el que me partía de risa. Ahora ya no lo ponen en la televisión holandesa :-( Nos explicaron los diferentes trucos y te quedas de piedra cuando descubres como te engañan por la tele, como las cosas parecen enormes y no lo son. Allí me enteré que en el año 2009 este hombre reemplazará a Jay Leno, que ha decidido retirarse y para ello le están construyendo su propio estudio en Los Angeles. Salimos del Studio 6A y fuimos al Studio 8H, el lugar en donde se graba el legendario SNL (Saturday Night Live), el programa que lleva treinta y dos años en antena y de donde han salido la mayor parte de los grandes cómicos norteamericanos. Cuando estás sentado en los mismos asientos para el público que se instalaron allí para el primer programa, flipas en colores. La leyenda cuenta que les prestaron los asientos de un estadio con el compromiso de devolverlos cuando cancelaran el programa y ahí siguen. También supimos que originalmente el estudio era de radio y que su acústica es casi perfecta, llegando a tal grado que han sido innumerables los artistas que los han alquilado para ensayar en el lugar. También por ser un estudio de radio el público no tiene una visión muy clara del escenario, sobre todo porque frente a ellos ponen los catorce cambios de decorados que se usan a lo largo del programa y la gente que asiste como público lo ve todo más bien a través de pantallas de televisión. Decir que para conseguir entradas hay que darse de hostias. Yo salí de allí con esa cara de felicidad absoluta que se te queda y después nos llevaron a otro estudio en donde dos de las chochas que participaban en el tour participaron en un ejemplo de creación de programa de noticias con predicción meteorológica. Fue fácil escogerlas porque la mayor parte de las mujeres eran como morsas en estado adulto y por mucho que le pongas a la cámara un objetivo de Ultra Wide Angle, no cabían en la toma al completo.

Después de esta tarde en el Rockefeller Center volvimos al aparhotel y una vez llegó mi tío nos fuimos a cenar juntos a un restaurante italiano en el cruce de Lexington Avenue con la 39th Street. Estábamos entrando ya en la recta final y el cansancio comenzaba a notarse pero aún así, nosotros a piñón fijo para tratar de ver el máximo posible de cosas.

El siguiente capítulo es Little Italy, Chinatown y muchas más compras

La Estatua de la Libertad, Ellis Island y Lower Manhattan

A veces llega algún despistado directamente a una de estas anotaciones y es bueno que sepas que el comienzo del relato de mi vieja a Nueva York comenzó en Saltando un océano en seis horas y media.

El jueves, con el tiempo a nuestro favor, volvimos a bajar al Lower Manhattan para ir a visitar a la Gran Dama de la Libertad. Si en diciembre, cuando estuve la vez anterior, no había cola alguna, ahora aquello parecía un país cualquiera del tercer mundo en el día del reparto de harina. Yo tenía clarísimo que no nos bajaríamos en la isla porque para conseguir entrada con la que subir al pedestal de la Estatua de la Libertad hay que ir un par de días antes y realmente no merece la pena. Desde el barco se tiene una vista increíble de la estatua y lo que quería era ir a la Isla de Ellis para ver el museo. Estuvimos más de una hora y media en la cola hasta que pasamos el control de seguridad y conseguimos entrar en el barco. En ese tiempo algunos se desmayaban y la gente ni se movía para ayudarlos por no perder el puesto. Lo de la Seguridad es un poco paranoico. Todavía no entiendo por qué tienen esos controles tan rigurosos para ir a una isla en la que solo hay una estatua. En el barco, nos posicionamos para tener una vista más que excelente de la Estatua de la Libertad y por casualidades de la vida nos tocaron unos españoles al lado, los cuales no tenían ni idea de lo de reservar para poder subir al pedestal.

El viaje en ferry toma unos minutos y al aproximarnos para atracar se pueden hacer fotos a porrillo de la Estatua de la Libertad y mientras vamos hacia ella de Manhattan y su peculiar línea de rascacielos. Una gran mayoría se bajó y hacia la Isla de Ellis íbamos muchos menos. Allí nos bajamos. Para aquellos que no lo sepan, durante más de sesenta años Ellis Island era el lugar en donde recibían a los inmigrantes que llegaban a los Estados Unidos. Por allí pasaron más de doce millones de inmigrantes de los que descienden directamente más de cien millones de personas en Estados Unidos hoy en día. En el museo vemos las diferentes salas en las que los revisaban, dormían, les daban de comer, los curaban y explican de una forma muy didáctica todo esto. Con algunas de las cosas se te ponen los pelos de punta. Es un paseo totalmente recomendado a quien vaya a la ciudad y si el día se presta, es un lugar perfecto.

Cuando acabamos volvimos a tomar el ferry para ir al Battery Park y mientras caminábamos por el mismo notamos un poco de revuelo y algo que parecía una grabación de televisión o cine. Estaban muy cerca de donde están la Esfera y la llama eterna que conmemoran la destrucción de las Torres Gemelas el 11S. Esta Esfera, creada por el escultor alemán Fritz Koenig, estaba junto a las Torres Gemelas y cuando la recuperaron de los escombros la pusieron en el parque. Es uno de los puntos más visitados de la ciudad, un lugar de silencio y respeto por los caídos. Creo que cuando acaben la reconstrucción de la zona la moverán a su lugar original. Retornando al tema, por allí cerca había un equipo de cine y la curiosidad nos pudo, así que nos acercamos y de un solo vistazo supe que era Woody Allen el que estaba rodando. Es casi como ver a uno de los Arcángeles, no me tiré de rodillas allí a adorarlo porque se me rompían los vaqueros de marca. Según nos explicaron los que nos mantenían algo alejados, rodaban una escena en la que una de las protagonistas de su última película compra un helado en el parque. Estuvimos un rato mirándolos y tras este instante divino seguimos nuestra ruta. Íbamos a volver a la zona por la tarde pero volvimos al aparhotel para reposar el almuerzo y la siesta.

Mientras descansaban mis padres yo subí a la 59 con la Quinta Avenida para honrar al Supremo Hacedor y comprarme un Mac mini en su Gran Templo. La tienda apple merece ser visitada por la espectacularidad del recinto. Uno de los amables vendedores me ayudó en la operación y en menos que canta un gallo tenía a mi pequeña preciosidad en mis brazos por primera vez, un momento de gran magia en el que nos abrazamos y supimos que estamos hechos el uno para el otro. Casi me llevo un iPod Touch y dos o tres cosas más pero me contuve. Chinos y rusos insistían a los empleados pidiéndoles iPhones, de los cuales no había ninguno. Regresé y lo dejé a buen recaudo. Esa tarde teníamos previsto un plan de compras en la Tienda a la que van todos los turistas europeos. Está en Fulton Street, exáctamente delante del agujero que quedó con la desaparición de las Torres Gemelas y se llama Century 21. Es un lugar para comprar sólo ropa de marca a precios de carcajada limpia. Yo salí con un par de vaqueros por cuatro perras gordas y a mi madre le atacó el mal de la Visa y se nos escapó por la tienda cogiendo de todo. Los empleados reponían a la misma velocidad con la que la gente les arrancaba las cosas. Trajes de marca, camisas fastuosas, pantalones de precio de ojo de cara en Europa allí no pasaban de los treinta dólares. No teníamos manos suficientes cuando dejamos el lugar y con todo ello bajamos hasta Wall Street para pasar por el centro económico del Universo. El sitio está protegido como si fuera zona militar. Desde allí seguimos hacia South Street Seaport que mis padres no habían visto y estuvimos paseando por el lugar y tomándonos algo. Nos acercamos al comienzo del Brooklyn Bridge y cuando se hacía de noche volvimos. Cenamos en un restaurante cerca de donde nos quedamos.

Ese día ya teníamos claro que habría que comprar otra maleta porque ya no teníamos espacio suficiente en las que llevamos.

El relato continúa en El Guggenheim, el MOMA, el Rockefeller Center y los estudios de la NBC

Naciones Unidas y una vuelta alrededor de Manhattan con saludo a la Gran Dama

Si quieres leer el relato de este viaje a Nueva York desde el comienzo tendrá que viajar hacia atrás en el tiempo y comenzar por Saltando un océano en seis horas y media.

El único día que había previsto mal tiempo procuré hacer algo que no nos forzara a estar en la calle. En The Weather Channel repetían cada cuatro minutos que iba a llover un montón en la zona y desde la undécima planta del hotel veía que todo el mundo caminaba con paraguas aunque no llovía. Como estábamos cerca de las Naciones Unidas, nos acercamos paseando por la Tercera Avenida para matar allí la mañana. En el camino vi una joyería en la que vendían relojes Tissot y como quería comprarme uno, entré a preguntar el precio. No tenían el que me gusta a mí y quedaron en pasarme la información en un par de horas. La dueña de la joyería y su empleado eran judíos, de esos como los que se ven en las películas, con sus ricitos y todo. Al llegar a Naciones Unidas pasamos el control fronterizo o de seguridad porque al entrar abandonas los Estados Unidos y estás en territorio internacional. La ubicación del complejo de edificios es fantástica, junto al agua y en medio de Manhattan. Teníamos que esperar un rato hasta que comenzara el tour en español y dedicamos ese tiempo a curiosear por la tienda y tomarnos un café. La gira te lleva por las diferentes salas de dicha organización, lugares que hemos visto miles de veces en las discusiones internacionales y en donde Nicole Kidman bordó su papel. Para mí era la segunda vez que visitaba el lugar y noté que el guía que nos tocó omitía un montón de información que había recibido en mi visita anterior así que me dediqué a completar dichas lagunas e ilustrar a mis padres en el asunto. Por culpa de la lluvia no habían izado las banderas en el exterior así que tendré que volver y espero que en mi tercera visita haya más suerte. Al andar por este edificio te das cuenta de lo necesitados que están de dinero. Las instalaciones están avejentadas, los sistemas de traducción son de la época en la que España ganaba en Eurovisión y la impresiónque te deja es de algo de abandono.

Al acabar la visita el mal tiempo parecía haber desaparecido misteriosamente y un espléndido sol brillaba en el cielo azul intenso. Pasamos de nuevo por la joyería en donde me dijeron el precio del reloj y me pidieron que los llamara más tarde para decirme cuando lo podían tener y nos fuimos a almorzar al sótano de la Grand Central Station, sitio en el que tienes una miriada de diferentes lugares para comprar la comida que te gusta. Por la tarde, mientras mis padres se echaban la siesta yo tomé el metro hasta Fulton Street y paseé hasta South Street Seaport, al final de la Fulton Street, el lugar en donde durante más de ciento ochenta años estuvo el principal mercado de pescado de la ciudad. Ahora la zona es muy turística, con bares, restaurantes, un pequeño centro comercial a la vera del Manhattan Bridge, unas vistas alucinantes y entre los museos del lugar, la exhibición de Bodies (cuerpos), que era mi destino. Siempre he sentido una gran fascinación por ver esos cuerpos preservados de alguna manera y mostrando todos los secretos de nuestra máquina. Salí maravillado después de ver tendones, músculos, órganos, huesos, venas, arterias, tumores y demás. Una auténtica pasada si tienes el estómago suficiente y no te sientes incómodo por estar rodeado de decenas de cuerpos muertos y medio desollados.

Volví a nuestro apartahotel y llamé a la joyería. El precio del reloj había cambiado y además tenía que pagarles el transporte desde el distribuidor hasta su local. Mandé al puto ladrón a la mierda y no lo llamé judío porque lo es en realidad y no lo estaría insultando. Salimos de nuevo a la calle y tomamos el autobús M42 para cruzar la isla de Manhattan hasta el otro lado por la calle 42, algo que sin tráfico posiblemente se puede hacer en un par de minutos pero que nos tomó casi una hora. Íbamos al Muelle 83 (Pier 83) para hacernos el crucero de dos horas nocturno (2 hours Harbor Lights Cruise). En el barco había más españoles que americanos. Saliendo desde la calle 42 daríamos toda la vuelta a Manhattan en dirección sur y subiríamos hasta las Naciones Unidas para dar la vuelta y regresar. El guía nos iba explicando los edificios y algo de la historia de esta ciudad que creció de sur a norte y en donde hay tantos lugares que nos suenan. Pasamos cerca del Madison Square Garden, el muelle en el que debía atracar el Titanic y todos alucinaron con el enorme hueco que ha quedado después que un atajo de hijosdeputa terroristas musulmanes de mierda destruyeran el World Trade Center. El silencio cuando miramos esa cicatriz que tratan de arreglar solo se ve interrumpido por el ruido de las cámaras. Al pasar al otro lado de Manhattan vimos desde el agua South Street Seaport, pasamos por debajo del majestuoso Brooklyn Bridge, puente que celebró tres días antes su cumpleaños número ciento veinticinco. A su lado la Watchtower de los testigos de Jehová, esa chusma que no se cansa de tocar a nuestras puertas para tocarnos las pelotas. El siguiente puente, el de Manhattan siempre tiene algún metro cruzándolo y ese lado de la ciudad, visto desde el agua, está lleno de parques y edificios de apartamentos. Después de un rato llegamos a la altura de las Naciones Unidas y pudimos disfrutar con los edificios desde el agua. Al girar el barco la temperatura descendió como diez grados y casi todo el mundo salió a escape para el interior, incluyendo a mis padres. En la ruta de vuelta comenzaba a oscurecer y la ciudad se llenaba de luz, cambiaba su aspecto y cobraba aún más vida. Los puentes se tornaban mágicos y tras pasarlos enfilamos hacia la Isla de la LIbertad en donde pudimos saludar a la Primera Dama, esa preciosidad que da la bienvenida a aquellos que llegan por barco. Siempre siento escalofríos cuando la veo.

Pasé un frío de morirse pero me mantuve en cubierta y me harté a hacer fotos. Al llegar, salimos acompañados de un montón de españoles y volvimos a tomar el autobús M42, aunque en esta ocasión nos bajamos en Times Square para ver el Centro del Universo de noche, con todas esas pantallas encendidas, ese derroche de luz y la animación del lugar. No he visto ningún otro rincón de una ciudad con tal capacidad para sorprenderte y asombrarte. Estábamos cansados así que optamos por comprarnos unas porciones de pizza que eran como pizzas medianas completas en Europa y ahí lo dejamos por el día.

El relato continúa en La Estatua de la Libertad, Ellis Island y Lower Manhattan