Como dicen en todas las guías turísticas, si vas a visitar nada más que una plantación, visita la de Laura. El edificio está siendo restaurado y es la más auténtica, la menos adaptada al turismo. El paseo con guía te permite ver como vivían en esas grandes plantaciones y escuchar historias sobre los esclavos. Ver el libro de los Esclavos y sus casas es algo emocionante. El edificio está situado a la vera del río Mississippi pero no se puede ver desde el mismo. El día que nosotros estuvimos allí diluviaba y eso estropeó un poco las fotos.
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Ayer buscando algo en los archivos encontré las fotos del viaje a Luisiana y veo que no las había agrupado así que vamos con el álbum de fotos de Plantation y Cajun Countries, en los alrededores de Nueva Orleans. Como cuando salieron publicadas no solía poner una foto diaria, creo que en los próximos días las iré republicando y cada una de ellas tendrá su momento de gloria. Quien se quiera leer la crónica del viaje, que busque en las categorías el American Tour 2004. |
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En uno de los dos tours en los que paseamos por los pantanos que rodean Nueva Orleáns (swamp) hice esta foto de una isla de jóvenes cipreses en un claro en el que sobresalen del agua los troncos de otros cipreses talados. En esta zona el hombre demostró su ansia más depredadota arrasando un paraje natural de valor incalculable para vender la madera de estos árboles.
Los esclavos vivían en estos barracones situados tras la casa de los amos. En las películas siempre me dio la impresión de que sus casas estaban escondidas y lejos de las mansiones, pero la realidad es que estaban a unos pocos metros de aquellos a los que servían. Escuchando la historia que nos contaban en la visita guiada por la plantación de Laura, te puedes hacer una idea de lo dura que tuvo que ser la vida para esta gente.
Tras una pausa para recuperar el resuello he vuelto a retomar el diario por entregas del viaje a Luisiana del año pasado. Ya casi hemos llegado al final. Si quieres leer la historia siguiendo su secuencia natural, entonces deberías empezar por leer London Heathrow y después continuar con Capítulo primero. El comienzo en donde se habla del viaje, Capítulo segundo: Plantation Country y como cruzamos este territorio de plantaciones yendo hacia Baton Rouge, Capítulo tercero: Cajun Country 1 y nuestro primer contacto con el Swamp, Capítulo cuarto: Cajun Country 2 y el segundo contacto con el Swamp, Capítulo quinto: Nueva Orleans 1 y nuestro primer día en The Big Easy para continuar con Capítulo sexto: Nueva Orleans 2, Capítulo séptimo: Nueva Orleans 3 y finalmente leer Capítulo octavo: Nueva Orleans 4.
Tras la experiencia alucinante del día anterior, con la cena bajo la lluvia con banda de Jazz, nos levantamos el domingo dispuestos a dejar Nueva Orleans atrás. Aprovechamos para disfrutar de un último desayuno en el Café Du Monde e hicimos unas compras de última hora en el centro comercial que está junto al centro de Convenciones. Era temprano y aquello estaba bastante vacío.
Nuestro plan no estaba muy definido y el día anterior el colega que nos invitó a cenar nos había recomendado que fuéramos por la costa hacia Biloxi y Gulfport y de ser posible visitar Ship Island. Nos regaló un mapa en el que además nos indicó los sitios en los que deberíamos parar a comer por ser restaurantes de gran calidad. En el camino planeábamos visitar la Parroquía de San Bernardo (Saint Bernard Parish), el lugar donde se asentaron los descendientes de Canarios al llegar a estas tierras. Con ese bagaje salimos de la ciudad. Pasamos junto al campo de batalla de Chalmette, el que había visitado en barco de palas y decidimos detenernos para una visita rápida ya que mi amigo, con su sacrificio en aras de la ciencia y el progreso al acudir a ese congreso de malabaristas y chimpuneros desquiciados, no lo había podido ver.
Continuamos hacia el museo de los Isleños y después de pararnos a preguntar lo encontramos. El edificio estaba cerrado pero en la parte de atrás había una oficina en la que estaba un señor, el cual al vernos noveleriando por el exterior salió a hablarnos. Fue decirle que éramos Canarios auténticos, de la Isleta mismamente, que es algo así como el Santo Grial de la raza, el lugar donde se encuentran los crisoles que generan los canarios más puros y el señor se echó a temblar de la emoción. Nos agarró del hombro y nos dijo que de allí no se movía ni Dios. Abrió el museo para enseñárnoslo, explicándonos todo. Tenían música Canaria, grabaciones de gente contando recuerdos de la tierra que se vieron forzados a dejar, ropas típicas y demás. También había un libro en el que estaban apuntadas todas las familias que llegaron desde el archipiélago, con los nombres y el barco que los trajo. Es el registro de todos ellos, el corazón de su historia. Cuando acabamos con el museo nos llevó a una casita que habían hecho y que mostraba como vivían los colonos al llegar a ese nuevo país, un lugar cubierto de agua y de animales que jamás pudieron imaginar.
Nos contó lo dura que fue la vida de los Isleños al comienzo, lo mal que lo pasaron porque sus conocimientos no eran los adecuados y como tuvieron que aprender a sobrevivir fijándose en los Indios. Tenían algunas barquillas expuestas y aperos de labranza. El hombre estaba en su salsa, feliz como un niño chico. A media visita se las apañó para avisar a otros y una señora vino corriendo a vernos. No lo puedo confirmar, pero con la velocidad con la que se presentó, imagino que las enaguas quedaron por el camino. Pasamos una mañana fantástica con ellos. Nos contaron su historia, como les habían prohibido hablar el español a comienzos del siglo veinte para que se integraran con los americanos y el trauma que supuso ese castigo del gobierno americano, que impidió que los padres se pudieran comunicar con sus hijos. Ahora están tratando de recuperar el idioma y les enseñan a los niños el español en la escuela. Nos explicó que por su bajo nivel, San Bernardo siempre se inunda y que cuando se trata de salvar la ciudad de Nueva Orleans de las aguas, se hace a costa de inundar San Bernardo, una zona de gente pobre y humilde, que se aferran a su tierra porque es lo único que tienen. En las semanas pasadas hemos visto como toda aquella zona quedó cubierta por tres metros de agua. Todo lo que poseían se perdió. Se recuperarán de esta pero la próxima volverá a golpearles porque la historia siempre se repite con los mismos.
Antes de dejar a los Canarios y vista su amabilidad para con nosotros, me acordé que en mi maleta llevaba un montón de paquetes de caramelos Tirma para mi tío. Ya me habían dado problemas en los aeropuertos, así que decidí que uno de esos paquetes se merecía el quedarse en ese lugar y con esa gente. Les regalé el kilo de caramelos y el hombre los cogió como quien recibe las tablas de los mandamientos. Insistí para que se los comieran pero imagino que acabaron en las vitrinas, con otros productos manufacturados en las Canarias, como homenaje a una tierra para ellos legendaria.
Nos dijeron que había otro museo en la zona y llamaron para avisarles de que íbamos en camino. Ya estaban en la puerta cuando llegamos. Este era más sencillo que el de ellos y estaba más orientado hacia la forma en la que vivía la gente en aquella zona en el siglo XIX. Al acabar esta segunda visita enfilamos hacia Biloxi. En lugar de coger la autopista íbamos por una carretera de esas que te lleva por en medio de todos los pueblos. Cruzábamos la frondosa naturaleza y de repente se abría un claro y aparecía una calle llena de casas y comercios, alguna gasolinera y cuando salíamos del pueblo volvíamos a estar rodeados por árboles y agua. Paramos a comer en uno de los lugares que nos recomendó el profesor de cocina y la comida fue deliciosa. No puedo poner el nombre del sitio porque no consigo encontrarlo en mis notas. Era uno de estos sitios de películas americanas con camareras muy amables y en los que el coche de la policía está en la puerta y el ayudante del Sheriff mata el tiempo quitándose la raña de los dientes con unos palillos.
Tras el ágape, seguimos la ruta y llegamos por la tarde a Biloxi y Gulfport, un lugar en la costa de Misisipi lleno de casinos. Como la ley del estado no permite el que hayan casinos en el mismo, todos están construidos en el mar, a un metro de la costa, donde parece ser que no se aplica la ley esa. Los había de todas las formas posibles, muy del estilo espectacular de los americanos para este tipo de edificios. Nos quedamos en un Holiday Inn y por la noche fuimos a un MacDonalds a buscar una hamburguesa para cenar pero no hubo suerte. Mi amigo entró a pedirlas y volvió con dos capuchinos, porque eso fue lo que entendió la chica y el no tuvo redaño para partirle el corazón a la pobre con el disgusto, con lo que nos tuvimos que conformar con café de esa cadena. Rondando la zona con el coche nos metimos por una carretera que se alejaba del frente marítimo. En primera línea están las playas, los casinos y los puertos deportivos, junto con los comercios. Detrás están los edificios públicos, como escuelas y demás. Tras ellos, las casas de la gente de clase media/alta. Seguimos avanzando y llegamos a la clase media, tras los que venían los negocios más modestos y que no están relacionados con el turismo. Tras ellos estaban las vías del tren y al pasarlos llegamos a territorio comanche, la zona sin ley en donde viven los marginados. Dimos la vuelta y volvimos escopeteados al mundo en el que nos movemos habitualmente, que yo en esos entornos hostiles seguro que no sobrevivo.
Así acabó este día de transición en el que conocimos un poco de la historia de los Isleños en Luisiana.
Las plantaciones que lindaban con el río Misisipi eran grandes empresas que además de terrenos tenían esclavos, los cuales pertenecían a las mismas. Por eso, en cada una de ellas existía un libro en el que se anotaba el número de esclavos que existían, sus relaciones, si eran vendidos o si se compraban nuevos. El libro de esclavos era la bitácora de la plantación, el registro de su historia. Las vidas de esas personas sin ningún derecho quedaban registradas allí, de una forma fría y profesional.
Ahora sólo queda el libro como testigo de otra época y de otros usos.
Un candil cuelga perezoso en los bajos de la Plantación de Laura mientras llueve sin descanso y a menos de cien metros de nosotros, el río Misisipi camina con resolución hacia el mar. La plantación de Laura es uno de los lugares que merece la pena visitar en aquella zona, sobre todo si queréis ver un poco de historia y contemplar como se vivía en los tiempos de las grandes plantaciones. El edificio está siendo restaurado con el dinero que sacan de las visitas.
¿Qué se siente cuando estás en esta tumba completamente atestada? En un espacio minúsculo ya han metido trece fiambres y la cuenta sigue creciendo. Fijaros que han tenido que pulir la piedra en varias ocasiones para recomponerla y añadir nombres.
Imagino que no habrá trece ataúdes apilados, ni trece individuos bien vestidos esperando el día del juicio final. Hay rumores de que Henry y Charles no se llevaban nada bien y han terminado uno encima del otro. Es lo bueno que tiene la muerte que pone a cada uno en su sitio.
La mayor potencia del mundo crea una serie de fortificaciones a finales del siglo XIX para defenderse de agresiones externas, pone en ellas unos cañones espectaculares y estos no duran ni cien años.
El cañón de la foto jamás fue usado. Se descompuso sin haber pegado un pepinazo. Digo yo que los cañones con cientos de años que hay repartidos por toda Europa y que aún siguen de una pieza son un claro ejemplo de que a veces la tecnología nos permite fabricar cosas más vistosas pero menos duraderas.


















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