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Índice de las Memorias de Sudáfrica

memorias de sudáfrica 2005
El relato del viaje a Sudáfrica ha terminado y ya va siendo hora de agrupar todas las historias en un único índice que las una a todas. Un lugar para saber cual es el orden correcto y para poder descargarlas todas. Sin más, aquí está:
- 1. Memorias de Sudáfrica. Camino al fin del mundo
- 2. Por fin en uMhlathuze
- 3. Mi vida en uMhlathuze
- 4. Es un mundo lleno de zulúes
- 5. Hluhluwe Imfolozi Park
- 6. Greater St. Lucia Wetland Park
- 7. Richards Bay y una cena para recordar
- 8. Richards Bay - Martes negro
- 9. Richards Bay - miércoles de calvario
- 10. Richards Bay - Jueves de pasión
- 11. Richards Bay – Todo comienzo tiene un final
- 12. Aeropuerto de Johannesburgo y un salto de once horas

Si quieres ver las fotos de este viaje, están agrupadas en el álbum de fotos de Sudáfrica.

12. Aeropuerto de Johannesburgo y un salto de once horas

memorias de sudáfrica 2005

Los mismísimos arcángeles del cielo cantan con gozo porque al fin ha llegado el final a esta historia. Te deben temblar las piernas de la excitación al saber que este es el último episodio, que ya no habrá que leer más nada sobre este viaje que comenzó en Memorias de Sudáfrica. Camino al fin del mundo y después siguió con Por fin en uMhlathuze, Mi vida en uMhlathuze, Es un mundo lleno de zulúes , Hluhluwe Imfolozi Park, Greater St. Lucia Wetland Park, Richards Bay y una cena para recordar, Richards Bay - Martes negro, Richards Bay - miércoles de calvario, Richards Bay - jueves de pasión y llegó hasta Richards Bay - todo comienzo tiene un final.

Nos habíamos quedado despegando de Richard’s Bay. La siguiente hora y media fue mucho más tranquila de lo esperado. No hubo turbulencias y nos limitamos a beber, como todo el mundo en aquel trasto. Yo procuré controlarme porque al llegar tendría que pasar solo unas horas en el aeropuerto y no era plan de estar muy pasado. Únicamente hubo unos meneos del quince en el aterrizaje, con los turbopropulsores haciendo un ruido extraño como si perdieran el agarre del aire. Mientras aterrizábamos se veía una nube negra a lo lejos. Al tomar tierra nos quedamos parados en medio de la nada. El piloto nos informó que hasta unos minutos antes había habido una terrible tormenta sobre Johannesburgo y que el aeropuerto tenía todas las salidas canceladas hasta que mejorara la situación. Por culpa de esto tardaríamos en poder salir del avión porque debían buscarnos un lugar para aparcar ya que las zonas habituales estaban completas. Encerrados allí lo único que se podía hacer era beber y el azafato se dedicó a repartir cervezas a diestro y siniestro. Por la ventana se veía los aviones de aerolíneas africanas de las que nunca había oído hablar. si alguna vez os habéis preguntado sobre lo que sucede cuando los aviones se retiran, yo lo puedo responder: acaban en África. Una colección de viejos DC-8, DC-9, Boeing 727 y cacharros que ni siquiera puedo identificar pintados con colores exóticos y parcheados hasta el infinito estaba aparcada allí. Tras unos veinte minutos de espera nos dejaron desembarcar. Recogimos maletas, meamos y aproveché para meter el portátil en el trolley antes de salir fuera. Allí nos despedíamos. Mi escolta se iba a su casa a través de un servicio privado de transporte que lo llevaría (ya que allí todo es muy seguro) y yo me quedaba en el aeropuerto esperando las horas que faltaban para que despegara mi vuelo. Tenía que ir desde la terminal nacional a la internacional, una caminata de unos cuatrocientos o quinientos metros. El hombre me dijo que no la hiciera solo así que me planté por allí hasta que vi un grupo que iba en mi dirección. Me llamó la atención la gente que estaba en las cintas mecánicas. En cada una de ellas, al final de la misma, había uno o dos tipos que te agarraban y te echaban fuera de ella si te quedabas rezagado. Yo no tengo problemas de ningún tipo con este tipo de cacharros pero vi un negrito que debía ser la primera vez en su vida que se subía en semejante medio de transporte y la verdad que lo trincaron y lo pusieron fuera como si se tratara de un mueble. Una mujer peleaba con sus maletas y los tíos no tuvieron ningún tipo de miramientos. Atravesé el espacio entre terminales sin más problemas y nada más entrar en la Internacional busqué el mostrador de KLM para enterarme de la hora de facturación y comprobar que la gilipollas que cagó mi reserva no la había pifiado también con esta.

Una vez me dieron garantías de que todo estaba en orden y de que tenía que esperar al menos cuatro horas para facturar me quedé más tranquilo. Inicialmente había pensado cogerme un tour e irme a ver la ciudad durante unas cuantas horas pero al final desistí. Estaba cansado y no me apetecía que la tormenta cambiara de rumbo y me tuviera que quedar allí. Al marcharme del mostrador noté que llevaba una nube de moscas a mi espalda. Eran como de metro ochenta o más y negras como el carbón. Me seguían por todos lados y puedo aseguraos que no era para pedirme autógrafos. Busqué la consigna y me deshice de la maleta allí mismo, quedándome solo con la mochila. Los moscones seguían detrás de mí y después de mirar vi que todos los blancos parecían estar agrupados en la zona de llegadas frente a las entidades de cambio de divisas. Me fui allí y me senté junto a una chica. Había un remolino de negros que circulaba alrededor de esos bancos como hienas esperando a tirarse sobre su presa. Nosotros éramos la presa. Nunca en mi vida me había sentido tan intimidado en un aeropuerto y os aseguro que he estado en muchos. Era una situación absurda y la policía del aeropuerto no parecía hacer nada para evitarla. Hablando de la autoridad, noté que cuando eran blancos patrullaban en grupos de dos y cuando eran negros en grupos de seis. Cada uno que ate cabos que después siempre me acusan de tener ideas locas. En un momento en el que un grupo se marchó hacia una cafetería me fui con ellos y me metí allí a almorzar. Los moscones se quedaban en la puerta y los empleados del local los echaban sin miramientos. Un hombre gritaba por un teléfono móvil porque le había desaparecido todo el equipaje y según la aerolínea había llegado sin problemas. El tipo estaba desesperado. Unas chicas habían acampado al fondo de la cafetería y daba la impresión que iban a pasar allí bastante tiempo. De alguna forma pasaron las horas y llegó el momento en el que se abrían los mostradores de facturación. Recogí mi maleta de la consigna y me puse en la cola. Jamás había visto un aeropuerto tan caótico, ni siquiera los americanos. Teníamos que pasar varios controles antes de llegar al lugar en el que se factura y como no hay espacio la gente se apiña con maletas y demás parafernalia, con familiares que se despiden y con rateros que buscan como levantarte las cosas.

El primer control era de pasaporte, el segundo para ver que estaba en la lista de pasajeros y en el tercero me pesaron el equipaje y me dieron un papel en el que decía el peso y que tenía que llevarme conmigo. Además me informaron que la compañía KLM había decidido plastificar todo el equipaje facturado para evitar los robos en el equipaje de sus pasajeros. El comunicado era muy frío y profesional pero la idea de fondo es que aquello está lleno de ladrones porque yo no veo a una línea aérea haciendo de organización no gubernamental a menos que no le quede más remedio. En el cuarto control me agarraron la maleta y me la devolvieron como un caramelo, recubierta de plástico. Facturé y conseguí asiento de pasillo, que era lo que esperaba. Una pareja en el mostrador de al lado montaba el cirio porque les querían cobrar una pasta gansa de exceso de equipaje y decidieron marcharse sin facturar, seguramente a aligerar la maleta y recargar el equipaje de mano. Tras quedarme más tranquilo por tener asiento asignado y mi maleta en zona “segura” seguí hacia el control de pasaportes de la policía de fronteras. El tipo me preguntó un montón de boberías y ni recuerdo lo que le respondí. Al final me estampó mi pasaporte y entré en la terminal. Aquello debía ser la zona segura. Aún me quedaban unas horas y mi instinto derrochador se desbocó. Me dediqué a gastar dinero. Compré regalos y demás. También me compré una almohada para el cuello y un antifaz, que el vuelo era de noche y mi empresa no paga clase business, que en eso sí que son miserables.

Cené en uno de los restaurantes que había por allí. Sabía que en el avión me iban a dar comida pero así y todo comí. En una de las veces que fui al baño me encontré que había un tipo con un trapo que acosaba a la gente y pretendía que le dieras dinero por limpiarte las manos después de mear o cagar. El tío seguía a la gente hasta los retretes y se quedaba detrás de la puerta hablando con ellos tratando de hacerse el chachi y el amable. Salí por patas de aquel baño. Más tarde veo que la mujer que se encarga de la limpieza estaba limpiando las papeleras. Rebuscaba en ella y se echaba en los bolsillos todo lo que veía que le gustaba. Estamos hablando del interior de la terminal internacional del aeropuerto de Johannesburgo, no de una calle en una ciudad con problemas. La cosa era un poco patética. A la hora de entrar en el avión, cuando vamos a entregar las tarjetas de embarque me quedé blanco: el tipo que las recogía era el mismo que te intentaba limpiar con un trapo en el baño. Imagino que se gana un sobresueldo entre vuelo y vuelo con ese otro trabajo.

Me atrincheré en el avión. Como siempre, yo no hablo con los que se sientan a mi lado y ni les eché un vistazo. Bueno, uno sí. Eran dos tipas blancas, sudafricanas, que debían ir a Europa por vacaciones y que antes de salir el avión ya se estaban emborrachando a base de vinito. Otra colega, unas filas más atrás pasó corriendo hacia el baño pero no consiguió llegar y vomitó antes de alcanzarlo. La azafata le echó una bronca. Al otro lado del pasillo (ya he dicho que tenía asiento de pasillo) había dos negras con un bebé. No hace falta mucho intelecto para saber que era la primera vez que volaban en un avión. Saltaban al mínimo ruido. Les dieron el cinturón para bebés y la azafata no les explicó como usarlo así que la tipa se lo puso al chiquillo mal. En una de las ocasiones en que pasó la azafata le expliqué el problema y más tarde lo corrigieron. Despegamos con casi una hora de retraso. Ya era cerca de medianoche y nos dieron la comida enseguida para que la gente se pudiera dormir.

Las sudafricanas a mi lado se estaban poniendo ciegas a botellitas de vino y las negras al otro lado optaron por poner al chiquillo a dormir en el suelo y usar la cuna que les puso la azafata delante de ellas para guardar las cosas. En ese ambiente me quedé dormido. Me desperté cerca de las cuatro de la mañana. La azafata pasaba dando helados y cogí uno y un par de vasos de agua. Me lo tomé y decidí caminar un rato. Conecté mi iPod y escuchando el hang up de Madonna me fui de paseo. Trataba de desperezar los músculos que de tanto estar sentado se terminan atrofiando. Encontré que en uno de los habitáculos de las azafatas se estaba tranquilo y me puse a bailar allí mismo. Según el GPS estábamos en algún lugar del centro de África, en el medio de la nada. Yo me dejaba llevar por la música bailando sabedor de que todos dormían y mi sentido del ridículo no tenía nada de lo que preocuparse. Una mano se posó en mi hombro y un sudor frío me recorrió. Era una azafata joven. Me quitó uno de los auriculares y se lo puso. Comenzó a bailar conmigo. En algún lugar a once mil metros de altura en medio de un continente muy oscuro yo bailaba una canción de Madonna con una perfecta desconocida. Fue un momento mágico. Cuando acabó la canción cada uno siguió por su lado y no volvimos a cruzarnos. Ella debía atender en otra parte de aquel monstruo enorme.

Conseguí dormir un par de horas más y después de eso ya no pude y me tuve que conformar con ver películas, escuchar audiolibros y hacer sudokus. De haber tenido el portátil operativo habría escrito algo pero como dije un par de capítulos atrás se escoñó el penúltimo día y no había forma de que el maldito trasto arrancara. Vi que las negras se levantaban buscando el baño pero no daban con él. Me acerqué a la puerta y se lo indiqué a una de ellas. Entró pero no puso el fechillo así que me tuve que quedar allí guardando su decencia. Por la mañana nos dieron un desayuno copioso y entre pitos y flautas llegamos a Ámsterdam. Tras once horas un jumbo es un chiquero en el que todos los pasajeros han ido almacenando mierda durante todo ese tiempo y las mantas andan regadas por todo el suelo.

Así fue como acabó el viaje a Sudáfrica y así es como terminan estas Memorias de Sudáfrica.

Fin.

Si quieres ver las fotos del viaje a Sudáfrica las puedes encontrar en el álbum de fotos de Sudáfrica.

11. Richards Bay - Todo comienzo tiene un final

memorias de sudáfrica 2005

Ya casi hemos llegado. Puedo oler esas tres letras mágicas que concluirán esta sucesión desafortunada de eventos. Me preocupa que no seas capaz de encontrar el camino entre tanta letra sin ton ni son así que te quiero indicar la ruta y para ello deberás retroceder a Memorias de Sudáfrica. Camino al fin del mundo y después seguir con Por fin en uMhlathuze, Mi vida en uMhlathuze, Es un mundo lleno de zulúes , Hluhluwe Imfolozi Park, Greater St. Lucia Wetland Park, Richards Bay y una cena para recordar, Richards Bay - Martes negro, Richards Bay - miércoles de calvario y finalmente llegarás a Richards Bay - jueves de pasión.

Me levanté más excitado que las amígdalas de Garganta Profunda y tarareando el Siete Horas de Bebe. Me duché, obré por última vez en aquel retrete e hice la maleta. Fui a desayunar saltando como como un cabrito de contento. Me empaqué a comer: huevos revueltos, tostadas, salchichas, panceta de cerdo, zumo, café con leche, cereales y yogur. Me tuvieron que sacar de la mesa a rastras porque estaba que no podía moverme.

El plan era sencillo: si no sucedía nada antes de las doce de la mañana me podría marchar. Si había un problema, por pequeño que fuera, me tenía que joder y quedar otra semana. Una mente maquiavélica como la mía a estas alturas ya no se permitía errores y decidí jugar sobre seguro. Tras más de una semana y media en Sudáfrica ya conocía más o menos como pensaban los zulúes y cuales son sus puntos débiles. Camino de la oficina del cliente le pedía al colega que me llevara a una tienda. Compré una caja de bombones para cada operadora y otra para la chica de seguridad. Hice lo mismo con las operadoras del otro cliente. Pensé en flores pero no estaba muy seguro de que funcionaran. Anteriormente había visto que los zulúes tienen muy desarrollado el instinto de la propiedad y que les gusta recibir regalos. Cuando le di a la vigilante los caramelos Fisherman’s Friends, los guardó sin echar una mirada a las demás y jamás les ofreció uno y desde ese momento yo obtuve ventajas muy evidentes en mi trato. Lo mismo pasó cuando le regalé a otra de las chicas una moneda de un euro. Así que opté por el chantaje emocional que esto no podía fallarme.

Llegamos a las oficinas y mientras mi colega se iba a la sala de servidores yo regalé los bombones. Una caja para cada una y otra para la que me permitía pasar sin ningún control. Cada una de las cajas envuelta en papel de regalo. Desaparecieron en milisegundos de la vista y todas se desvivieron en atenciones hacia mí. Les expliqué de una forma clara y sencilla que si se producía algún problema ese día y yo no me podía marchar, tendrían que devolverme los bombones. Me aseguré de que captaran el concepto. Después de eso me fui a despedirme de los jefes. Me di el paseo de rigor por la planta de los directivos estrechando manos y escuchando buenos propósitos. Todo el mundo parecía encantado de la vida porque los problemas se habían solucionado. Yo parecía ser el único que dudaba pero lo cierto es que comparado con el sistema que me encontré, aquel era mucho más estable y gracias a pequeñas modificaciones las chicas podían hacer su trabajo más fácilmente. Allí todo el mundo daba por supuesto que volveré para la segunda fase, término con el que se refieren a las inversiones programadas para el año 2006 en las que incorporarán una nueva tanda de aplicaciones de mi empresa y lo complicarán todo aún más.

La despedida de las chicas fue muy tierna, con todas cantando algún tipo de canción zulú tradicional y despidiéndonos en zulú. Les prometí que las llamaría de vez en cuando para hablar con ellas y he cumplido mi promesa.

Nos fuimos al otro cliente, los que usaban nuestro servidor para otras cosas. Por allí también todo estaba tranquilo desde que les prohibimos eso. Les di a las chicas su regalo y les conté las condiciones para recibir el mismo. Mientras hacía la gira de los gerentes y estrechaba manos a diestro y siniestro me mandaron un mensaje al móvil dándome las gracias. En el caso de este cliente también tenían que ampliar la memoria de varios de los equipos y allí todo el mundo juró por las bragas de Madonna que así lo harían. Ya eran las diez de la mañana y solo quedaban dos horas hasta que pusiera tierra de por medio. Sobre las once nos despedimos de la tropa para ir al aeropuerto. Con sólo tres vuelos regulares al día no es que sea un lugar muy concurrido pero uno nunca sabe y como sigan el black empowered podemos tener algún problemilla. La segunda despedida fue tan entrañable como la primera solo que estas no me cantaron. Siempre tuve más confianza con las otras.

Al llegar al aeropuerto nos ponemos en la cola para facturar. Esto suena normal pero no lo es. Se trata de un avión con cuarenta asientos, así que dice muy poco del aeropuerto el que haya cola cuando casi no tienen que hacer nada. Al llegar mi turno la chica me dice que no encuentra mi reserva. ¡Plof! Ese fue el sonido de mis huevos al desprenderse. Llamé a Holanda a la agencia que nuestra multinacional tiene contratada y les expliqué en pocas palabras el problema. Una vez lo comprendieron también les dije que como yo no saliera de allí, mejor se marchaban del país porque volvería dispuesto a liquidarlos a todos. Desde los Países Bajos llamaron a la aerolínea y en diez minutos estaba todo solucionado, mi maleta facturada y mi móvil sobre la mesa junto a una cerveza de medio litro. Todos los pasajeros estaban en el bar bebiendo y fumando. En la media hora que tuvimos que esperar nos tomamos un litro de cerveza. Allí todo el mundo hablaba y miraba las oscuras nubes que cubrían el cielo. Algunos pensaban que el viaje sería movido y otros que no pasaría nada. Nos llamaron para pasar el control de seguridad y entrar en el avión, que todo se hacía de un tirón. El control fue de risa porque pitaran o no pitaran los arcos los policías te dejaban seguir. Nos fuimos andando al avión. Antes de despegar la mitad del pasaje ya había ido al baño, un pequeño cuarto con una puertita plegable situado en la parte delantera. El piloto nos dijo que no había que preocuparse, que no habría muchas turbulencias y a falta de otra cosa tuvimos que creer en su palabra. Cuando el avión comenzó a correr y nos alzamos sobre el lago que está junto a la ciudad, respiré tranquilo. Richards Bay era historia y comenzaba la vuelta a casa.

Sólo queda un episodio y habrá terminado todo. No te detengo más, salta y corre hacia Aeropuerto de Johannesburgo y un salto de once horas

10. Richards Bay - Jueves de pasión

memorias de sudáfrica 2005

Siento una perturbación en la fuerza que me confirma que está cercano el final de este viaje, que la historia está a punto de llegar a su fin y podremos continuar con nuestras plácidas vidas una vez le hayamos dado carpetazo. También presiento que quizás andas leyendo esto porque el supremo hacedor de los buscadores te depositó aquí sin advertirte que el comienzo está en Memorias de Sudáfrica. Camino al fin del mundo y después siguió Por fin en uMhlathuze, Mi vida en uMhlathuze, Es un mundo lleno de zulúes , Hluhluwe Imfolozi Park, Greater St. Lucia Wetland Park, Richards Bay y una cena para recordar, Richards Bay - Martes negro y el último episodio ha sido Richards Bay - miércoles de calvario.

El día anterior hice un gran envite. Además de actualizar las centrales telefónicas y ponerles la última versión del software disponible, implementamos un nuevo parche para los equipos de las operadores y el servidor. Habitualmente tocamos uno sólo de esos puntos y vemos lo que pasa pero el tiempo iba en contra y ya era la hora de las bravuconadas. Lo mejor de los jefillos es que te dejan tirado a las primeras de cambio y aunque se movilizaron ejércitos de desarrolladores en tres continentes, si salía mal yo sería el único culpable y pagaría quedándome una semana más. Por la mañana, sobre las siete hora local, seis en Europa, el parche final estaba listo. Lo instalé y cruzamos los dedos de los pies, de las manos e incluso los huevos. Si hubo un día en el que necesitaba mi suerte a mi lado, era ese. La dueña del sitio en el que nos hospedábamos sabía que ese día era el envite final y nos preparó un almuerzo para llevar de escándalo, con mis bocadillos favoritos.

El plan era sencillo. Nos dividíamos en dos grupos. Dos tipos se iban al cliente que hacía trampa y yo y el sudafricano que me hacía de sombra al otro lugar. Él se parapetó en la sala de servidores y yo en la recepción con las operadoras. Así pasaron las horas. No hubo un solo problema durante todo el día. El servidor parecía funcionar como la seda al igual que las máquinas de las chicas. La gente que trabaja en este negocio es de memoria corta y a poco que todo va bien comienzan a montar bulla, felicitarse unos a otros, congratularse y chuparse las pollitas por haber triunfado. Yo no doy nada por supuesto y mucho menos cuando todo está tan suelto y tan en el aire. Por la tarde, a las cuatro, aquello iba viento en popa. Desde Holanda nos llegaban correos de todo tipo de gerentes felicitándose por tamaño triunfo. Los japoneses también mandaban correos pero su inglés es aún peor que el de mi amigo el chino y nunca tenemos muy claro lo que quieren decir. Los americanos preparaban una nueva versión de su parte por si fallaba la que teníamos. A los demás eso les parece normal pero a mí cuando alguien hace eso me está diciendo que no tiene fe en la que ha hecho y sospecho. De cualquier forma no pasó nada en ninguno de los dos sitios.

Decidimos celebrarlo a lo grande, con un opulento banquete y una borrachera de las de resaca legendaria. Salimos del hotel en dirección al restaurante, porque el tipo que me llevaba privaba como un príncipe y conducía, algo al parecer normal en aquel país. En el restaurante la camarera nos dio el disgusto de la noche: tendríamos que comer rápido y salir por patas porque en una hora y media comenzarían los controles de alcoholemia en las carreteras de la ciudad y serían masivos. Así no me extraña que la gente beba, si ya se sabe cuando te van a controlar no hay gracia. El restaurante además preparó una serie de platos que ya tenían listos y de esa forma todo el mundo comía más rápido. En una hora estábamos cenados y servidos. Opté por una cesta de frutos del mar, llena de langostinos, cangrejos, calamares, pescado y demás delicias marinas fritas y servidas sobre un lecho de papas fritas y cubierto por una salsa. La presentación era en una cesta, como decía el nombre del plato. Me quedé bien lleno y al mismo tiempo que todo el mundo salimos a escape del local. En todos los restaurantes de los alrededores parecía estar sucediendo lo mismo. Según me dijeron los controles son para los pollabobas que no van a comer a restaurantes y no se enteran de este tipo de eventos. A propósito, pagué yo, como habíamos acordado antes de conocer el pequeño problema técnico.

Como ese día deambular en el exterior iba a estar complicado nos fuimos al hotel. Allí nos servimos cervezas, biltong y comenzamos con el ritual de la bebida social sentados en la piscina, con los pies dentro de ella porque el tiempo estaba muy bueno. Los mosquitos eran como abejas de grande y yo me dedicaba a estallarlos con la palma de la mano. Ni os creeríais la cantidad de sangre que pueden llevar esos cabrones. Uno de los tíos me preguntó si me había puesto la vacuna contra la malaria y le dije que no. Todo el mundo se quedó en silencio y me aconsejaron que en caso de tener migrañas al volver que fuera al médico y pidiera que me hagan la dichosa prueba. No es que vaya a pasar nada pero por si acaso. Se me puso un mal cuerpo de cojones. Para este tipo de cosas yo soy muy aprensivo y pese a haberme criado en la Isleta, que es un lugar en el que te curtes, siempre te queda la duda sobre si me habré ablandado con mis años de estancia en el primer mundo.

La dueña del hotel nos regaló una botella de amarula que nos bebimos allí mismo. Yo a esas alturas ya era adicto a ese licor. También nos regaló un montón de cervezas y en mi caso un bote de la salsa que tanto me gustaba para los bocadillos, una salsa llamada Blatjang (africaner) o Chutney (inglés) que me traje conmigo de vuelta y que estoy racionando para que me dure el resto de mi vida. Arrasamos con el bar. Cuando me fui a la cama caminaba cambado por el pasillo y echaba burbujitas por la boca. El que se quedaba al final del corredor iba a cuatro patas para evitar caerse con el terremoto. A la mañana siguiente mi portátil estaba roto, su disco duro había dejado de funcionar. Me pregunto si fue por tenerlo continuamente encendido y trabajando al 100% de CPU o por alguna hostia que pude haberle dado al llegar a la habitación en tan deplorable estado. Eructaba como una soprano que ensaya para la ópera y parecía un surtidor de cerveza a pleno rendimiento, largando amarillo espumoso a destajo.

Y así, semiconsciente me fui a dormir en la que esperaba fuera mi última noche en Sudáfrica. Ni siquiera me molesté en apagar la luz o detener la máquina de aire acondicionado.

Sigue adelante y salta conmigo hacia el siguiente capítulo de este relato de mis viajes. Lo encontrarás en Richards Bay - todo comienzo tiene un final

9. Richards Bay - Miércoles de calvario

memorias de sudáfrica 2005

Ya sé que es más cómodo comenzar más cerca del final ya que así caminamos menos pero te ruego y te pido que eches el freno y retrocedas al comienzo de los tiempos, al menos para esta historia qu e echó a andar con la Memorias de Sudáfrica. Camino al fin del mundo y después siguió Por fin en uMhlathuze, Mi vida en uMhlathuze, Es un mundo lleno de zulúes , Hluhluwe Imfolozi Park, Greater St. Lucia Wetland Park, Richards Bay y una cena para recordar y llegó hasta Richards Bay - Martes negro.

El miércoles me jugaba todas mis cartas para poder volver a Holanda esa semana. Ya sé que muchos dirán que mejor te quedas allí y tal pero lo cierto es que el miércoles de la semana siguiente venían a mi casa a instalarme la nueva caldera mixta y cancelar la cita después de haberla hecho dos meses antes no era una opción válida. Con el invierno ya encima, quería tener mi calentador funcionando a todo trapo y ahorrando un veinticinco por ciento de energía.

Ese miércoles teníamos que actualizar todo el software del otro cliente. Por rabia con los que nos montaron el cirio el día anterior y nos engañaron no comunicando toda la información decidimos no ir por su empresa aquel día, para mostrarles un poco de desprecio y que captaran el mensaje. Los llamamos y les dijimos que si tenían problemas, que se jodieran por estar haciendo cosas no permitidas con nuestros servidores. Me pasé gran parte de la mañana con las chicas zulúes de la recepción. Me contaron que en su pueblo es la mujer la que lo hace todo. Ellas crían a los niños, llevan la casa, trabajan y sacan adelante el clan familiar. Sus maridos son guerreros que han de protegerlas de cualquier peligro. Ahora que han entrado en una sociedad más avanzada, ellos aún no han encontrado su sitio y se dedican al alcoholismo y la delincuencia. Algunos trabajan pero son los menos y están mal vistos. Para las mujeres zulúes es normal el tener que hacerlo todo y no les extraña que mientras ellas van por la calle con un perolo sobre la cabeza con veinticinco litros de agua y controlan cinco chiquillos que las siguen y corretean por todos lados mientras vuelven a casa, sus maridos se tocan los huevos y no hacen ningún esfuerzo por ayudarlas. Había una mujer limpiando los jardines del complejo de edificios en el que me movía que llevaba pintada la cara de blanco, una pintura como sucia. Parecía una mezcla entre fantasma de poca monta y folclórica en programa del corazón. Los blancos me dijeron que hacía eso para indicar a los machos en disposición de follársela que tenía la regla y ese chocho no valía la pena, porque según ellos esta gente no practica la penetración en vaginas con derrames sanguíneos. La explicación me dejó tan contento pero por si acaso les pregunté a las chicas de la recepción. Su historia fue totalmente distinta: la mujer se ponía ese ungüento blanco asesorada por el brujo de su tribu para evitar quemarse por el sol ya que trabaja en el jardín. El producto que pone sobre su cara está hecho de ciertos lodos que le proporciona el brujo y que debidamente mezclados con agua y extendidos sobre el careto, te transforman en folclórica fantasmal. Esta explicación también me dejó tan contento aunque despertó la duda sobre estos dos mundos condenados a entenderse y que pese a estar tan cerca uno del otro son tan ignorantes.

Por la tarde, a las cuatro cero cero tumbamos el primer nodo, el central y en quince minutos lo recuperábamos sin problemas. Mientras nosotros hacíamos esto teníamos dos equipos en los nodos dos y tres. Esos también se recuperaron y comenzamos con las estaciones remotas, salpicadas por toda la costa de aquella zona del país. Durante las siguientes horas fueron cayendo uno a uno y volviendo a la vida con una nueva versión de software. Todos salvo dos que dieron problemas y en donde tuvimos que aplicar algo de magia para resucitarlos. Cerca de las ocho nos faltaba solo uno y el tipo que tenía que hacerlo es un pejiguera de cojones, un gandul que se para a hablar hasta con las piedras y por eso no había terminado. El hombre ese funciona con pilas de las baratas porque se queda sin energía media hora después de entrar a trabajar y se pasa el resto del día hablando y tomando café. Visto que el cabrón pretendía que lo esperáramos decidimos dejarlo tirado y marcharnos a cenar, que las cocinas de los restaurantes cierran pronto y no era plan. Él se rebotó un poco cuando le comunicamos la buena nueva pero se tuvo que joder.

Al ser noche cerrada y estar a veintipico kilómetros de la ciudad con un gueto entre nosotros y la misma, los de seguridad nos escoltaron de vuelta. Dos vehículos de esos que suelen ir a la guerra a matar a la morisma, uno delante y el otro detrás de nosotros, con negros feroces encaramados en ellos con unas metralletas impresionantes. Esos negros son zulúes, guerreros. Las empresas de seguridad los contratan porque para este tipo de trabajo son los mejores. Aquellos antes de preguntar se aseguran de incorporarte unos cuantos agujeros nuevos y una vez dejas de moverte vienen a hablar contigo. Los tíos además son chulos de cojones, supongo que porque ellos siguen haciendo lo que un buen hombre zulú debe de hacer.

La gente que vive en las chabolas a lo largo del camino se escondían a nuestro paso y los que llegamos a ver procuraban caer sobre las luces de los vehículos para que se viera que no llevaban arma ni suponían ningún peligro. A la salida del gueto nos despedimos de nuestra escolta y nos encaminamos a uno de los restaurantes en los que ya había comido, uno que se encuentra sobre la bahía y tiene unas vistas del puerto y la ciudad preciosas. Ese día no llovía y cenamos en la terraza. El atracón de comida lo regamos con cervezas africanas (yo, ellos preferían Amstel holandesa pero yo no viajo hasta allá abajo para tomar cervezas de mi país). En los sitios en los que cenábamos siempre hay que dejar alrededor de un diez por ciento de propina, que es lo que se llevan los camareros porque parece ser que su sueldo es miserable (y en algunos casos me han dicho que trabajan solo por las propinas). El resultado de esto es que la camarera o el camarero que te toca se desvive para que te sientas contento. La tía que estaba en nuestra zona, además de estar como para untarla con nocilla y merendar, cada vez que venía parecía Kim Basinger en nueve polvos y media corrida. Se restregaba y se agitaba como una bandera en un mástil. Era una cosa increíble. Tenía unos pezones como chinchetas de duros y unas micro-bragas que no dejaban ningún espacio a la imaginación. Una vez consiguió nuestro dinero ni nos miró más la muy puta y centró su atención en los que aún no habían pagado. Sobre las once de la noche nos dedicamos a llamar a nuestros jefes para informar del éxito de la misión, que si uno se jode y trabaja hasta tarde lo menos que ellos pueden hacer es mamarse esas llamadas fuera de hora.

Si conseguía que aquel sistema funcionara bien hasta el viernes (o sea dos días), entonces podría marcharme sin problemas. Los sudafricanos querían cuatro días de prueba pero con encanto y con sibilinas palabras conseguí rebajarlos a dos. Ellos ni se dieron cuenta de que se las metí doblada. Como este famoso parche número siete era vital, también informé a los programadores holandeses, americanos y japoneses que como aquello no funcionara tarde o temprano me verían la jeta y les cortaría los huevos uno a uno y los pisotearía, freiría, asaría y aplastaría para asegurarme que ningún hijoputa con título de médico se los volvía a pegar. A mi jefe, hombre cándido donde los haya, le dije que como yo no saliera de Sudáfrica esa semana se podía olvidar de mí en dos meses porque pensaba agarrarme una depresión y al jefe de mi jefe le dije que ya podía movilizar a las tropas de rescate porque allí se podía montar el Belén como me tuviese que quedar. Es siempre bueno tener a la gente despierta y mantener el espíritu de alegría y felicidad alto. Las llamadas entre jefillos de aquí y de allá se sucedían y todos estaban consternados, palabrota que no tengo ni puta idea sobre lo que significa pero que a los jefes les llena la boca.

Esa noche me fui a dormir más tranquilo sabiendo que de una forma o de otra me quedaban cuarenta y ocho horas en sudáfrica. Antes de cerrar los ojos y encontrarme con Morfeo apagué el móvil por si algún amigo sentía la imperiosa necesidad de enviarme un mensaje.

Ha sido bien duro pero habiendo llegado hasta aquí quiero darte ánimos y reconfortarte porque el final está bien cerca y pronto podrás cerrar este capítulo de mi vida y seguir adelante. Te invito a que continúes con esta historia en Richards Bay - jueves de pasión

8. Richards Bay - Martes negro

memorias de sudáfrica 2005

No querido, este no es el comienzo. Prepárate porque tendrás que embarcarte en un viaje muy largo antes de llegar a este punto. Al principio estaba Memorias de Sudáfrica. Camino al fin del mundo y después siguió Por fin en uMhlathuze, Mi vida en uMhlathuze, Es un mundo lleno de zulúes , Hluhluwe Imfolozi Park, Greater St. Lucia Wetland Park y Richards Bay y una cena para recordar.

Después del tremendo susto de la noche anterior tendría que haberme imaginado que aquel día no iba a transcurrir por un buen camino. Nos desayunamos con la noticia de que una conocida del hombre que trabajaba conmigo había sufrido un accidente en una carretera y casi no lo cuenta. Además de dejar su coche inservible los que se pararon no sólo no la ayudaron sino que robaron todo lo que pudieron. El sentimiento de rabia y frustración entre los blancos era palpable y también el odio de los mismos hacia los otros, esos que controlan de facto el país y que lo están conduciendo lentamente hacia el caos y la destrucción. Volví a escuchar las típicas retahílas y los deseos de que el Sida acabe con esos que jamás deberían haber salido del bosque. Cada cuerda tiene dos lados y seguro que las historias del otro lado serán por el estilo pero yo no las he podido oír así que he de juzgar parcialmente y condenar desde el lado que conozco.

Ese día llovía con rabia y saña desde por la mañana. Era una lluvia pesada y consistente, como si alguien se hubiera dejado un grifo abierto en el cielo y no hubiera forma de cerrarlo. El calor le daba un sabor dulzón al aire y lo pegaba a tu cuerpo con una humedad cansina que parecía disfrutar arrancando toda la energía de uno. Salté del coche y corrí a refugiarme en las oficinas de nuestro cliente. Me debí levantar con el pie izquierdo porque esa mañana nuestra aplicación reventó tantas veces que hubo momentos en los que se activó el modo nocturno y los clientes recibían un mensaje de que aquello estaba cerrado por haber llamado fuera del horario de oficina. Se desencadenó el infierno allí dentro. La tensión subía por segundos. mi billete para volver al día siguiente se canceló y oí por primera vez que quizás tendría que quedarme una semana más. Las operadoras estaban con los nervios a flor de piel y su jefe andaba como un gato en un tejado, caminando sigilosamente y dispuesto a saltarnos a la yugular. Hacia medio día hablé con uno de los jefes de desarrollo en Holanda y le expliqué lo que quería de ellos: todo el equipo de desarrollo software trabajando por turnos si era preciso así como los equipos japonés y norteamericano. Le expliqué que me importaba una puta mierda la diferencia horaria y que hiciera lo que quisiera pero que quería todo funcionando como la seda para el día siguiente o yo empezaría a señalar gente con el dedo. También le conté un par de detalles extraños que vi en la sala de servidores y de los que nadie nos había hablado anteriormente.

Una hora más tarde habían sacado de la cama a dos japoneses, el americano iba camino de la oficina y en Holanda tocaban las campanas a rebato. Mis colegas comenzaron a llamarme preocupados. Los cuchillos volaban por el edificio a diestro y siniestro y los gritos y desplantes eran la tónica. Investigué el problema de la sala de servidores y descubrí una tabla a la que agarrarme en caso de hundimiento. Comuniqué la noticia a los Holandeses y comenzaron a volar los correos sobre África, el Atlántico y el Pacífico. Esa noche varios colegas del trabajo no durmieron y al día siguiente a las ocho de la mañana hora sudafricana, las siete en horario central europeo, teníamos un nuevo parche en nuestro poder, denominado parche siete.

Me dediqué a estudiar más cuidadosamente los hábitos de trabajo de la gente allí y descubrí la lógica que explicaba las reventadas de nuestra aplicación y pude provocar esos accidentes sin problemas. Es la primera vez que eso sucedía en más de un mes y el hecho de que alguien pudiera hacerlo despertó la esperanza ya que saber como se produce es el primer paso para repararlo. Sobre el funcionamiento incorrecto se podía trabajar de una forma técnica pero sobre el mal uso de los equipos solo hay una solución y es humana. No les gustó escuchar mi informe y tuvieron que reconocerlo a regañadientes. El tipo que estaba conmigo estaba asombrado porque él tampoco se esperaba que ellos estuvieran haciendo aquello. De hecho, se agarró tal rebote que nos marchamos de allí para visitar al otro cliente no sin antes expresar nuestra decepción con ellos y particularmente con el cabrón que un par de horas antes quería nuestras cabezas.

En el otro cliente las cosas iban de puta madre pero ellos no estaban infringiendo las reglas del juego. Las zulúes de la recepción estaban encantadas de verme por allí. Creo que ya he contado que en aquel lugar la seguridad es máxima y los controles son frecuentes y exhaustivos. No recuerdo haber dicho que la chica de seguridad estaba media mala, al igual que una operadora y yo les regalé una bolsa de caramelos Fisherman’s Friends. La de seguridad a partir de entonces cuando me veía llegar me abría la puerta para que pasara sin comprobar mi permiso, sin mirar mi equipo y sin hacerme pasar el control obligatorio de alcoholemia que debía pasar el resto de la gente. Todo el mundo me miraba asombrado porque ella simplemente me sonreía, abría la puerta y yo tiraba para dentro. Algunos dirán que es potra o una trola pero lo cierto es que cuando quiero puedo ser encantador, aunque el encanto me dura lo que un caramelo en la puerta de un colegio de estudiantes japonesas en edad de menstruar. Al día siguiente íbamos a realizar la actualización del software de esta gente, tarea que nos tomaría varias horas y para la que se requerían varias personas porque eran cuatro ubicaciones diferentes y más de dieciocho nodos. Yo coordinaría desde allí y me encargaría de recuperar los sitios con problemas en caso de que hubiera alguno. Dos equipos saldrían en Jeeps a través de las dunas hacia los sitios remotos y con suerte en unas cuatro horas tendríamos todo acabado. Nos dedicamos esa tarde a comprobar los servidores, preparar las cosillas y verificar por enésima vez que todo el mundo sabía lo que había que hacer y como hacerlo.

Después de la tensión de la mañana tuve una nueva conferencia con los americanos, los japoneses y los holandeses cerca de las cinco de la tarde. Sabiendo que todo el mundo estaba trabajando y la cosa volvía a estar bajo control nos fuimos a cenar. Esa noche optamos por uno de los bares en el muelle, un lugar famoso por sus cócteles y por los postres. No teníamos reserva y nos pusieron en la terraza. Normalmente esto no es ningún problema, pero cuando ten encuentras en medio del diluvio universal y la lluvia parece no tener fin, no mola mucho el tener que comer fuera bajo unas sombrillas de madera que amenazaban con venirse abajo en poco tiempo. Nos escoramos todo lo que pudimos y cruzamos los dedos. Sin viento no había problemas pero como soplara algo de brisilla estábamos bien jodidos. Al menos con esto hubo suerte y pudimos cenar sin más problemas. Mientras cenábamos la mujer de mi compañero lo llamó para contarle que una de las madres de sus alumnos (ella es la dueña de un colegio) se había cargado la puerta de seguridad de la escuela al salir con el coche, la puerta se había cerrado y ahora no la podían abrir estando todos los chiquillos dentro del colegio y los padres en la calle con sus coches esperando. Aquello tenía pinta de desastre máximo y el hombre se amargó del todo y puesto que no conseguimos animarlo, lo emborrachamos.

Llegamos a nuestro hospedaje tarde y más pasados que las bragas de Marujita Díaz. Allí nos dedicamos a beber chupitos de Amarula, que es lo más delicioso que he tomado en mi vida en lo referente a licores. No recuerdo cuantos fueron pero sí os puedo decir que esa noche me importaba un carajo si alguien quería entrar en mi habitación y limpiarla de cualquier traza de aparato electrónico, dinero o cualquier otra cosa.

Y así transcurrió el día que todo se torció y mi feliz horizonte se llenó de oscuras nubes.

Prepárate para dar un nuevo salto si quieres continuar con la lectura de este relato. En esta ocasión irás hacia Richards Bay - miércoles de calvario

7. Richards Bay y una cena para recordar

memorias de sudáfrica 2005

Tras una pausa eterna de la que sólo yo soy responsable, retomo el relato de este viaje que me llevó a Sudáfrica a finales del 2005. No me sorprendería que hayas caído aquí siguiendo alguna extraña marea de esas que sacuden frecuentemente la red. Como seguro que querrás leer esto desde el comienzo de invito a saltar a Memorias de Sudáfrica. Camino al fin del mundo y si quieres seguir el orden correcto después deberás leer Por fin en uMhlathuze, Mi vida en uMhlathuze, Es un mundo lleno de zulúes , Hluhluwe Imfolozi Park y Greater St. Lucia Wetland Park.

Ha pasado un tiempo desde que dejé estancado el relato del viaje a Sudáfrica y de alguna forma siento que quiero acabarlo y completar ese capítulo de mi historia. Como los siguientes cuatro días no fueron muy significativos, los voy a sintetizar en una única historia y dejaré el día del retorno para el final. Rectifico, mi locuacidad no me lo permite y de una sentada solo he podido condensar las cosas de un día así que me temo que seguiremos con el ritmo de una historia por día. Dios, mi memoria no me perdona ni esto.

Habíamos acabado el fin de semana en el que conocí a los hermanos león, leopardo, rinoceronte, hipopótamo, jirafa, búfalo, elefante, impala y a muchos más. Ver los animales tan de cerca y en su ambiente natural es algo que marca, al menos en mi caso.

El lunes, tras ese fin de semana tan apoteósico, llegué a la empresa que habíamos parcheado la mañana anterior y la gente poco menos que me adoraba. Yo ya les advertí de que el problema no estaba solucionado pero que íbamos por el buen camino. El tío que me acompañaba de nuestro socio sudafricano no se cansaba de decirles que aquello estaba solucionado en un noventa por ciento o más. Le tuve que advertir que dejara de dar porcentajes porque la informática no es una ciencia exacta y además yo conozco a nuestros equipos de desarrollo. Las zulúes ya andaban encantadas conmigo y ahora que estaban más relajadas me contaban cosillas más interesantes. Creo que ya he dicho que una de ellas iba a ir a un evento en otra provincia, a tres horas de allí, durante el fin de semana. Me contó que era un acto de orgullo minusválido en el que gentes de todo el país con algún tipo de minusvalía se reunían con el presidente y cantaban, bailaban, comían y demás. Ella camina de una forma rara, según parece por un amigo cocodrilo que se le antojó probar su carne. La chica lo lleva muy bien y suple ese problema con alegría y encanto. Está muy orgullosa de su problema porque le permitió conseguir el trabajo y ahora que gana dinero puede ayudar a otros con problemas. Personalmente creo que esa chica podría conseguir cualquier cosa en la vida si se lo propusiera. Los zulúes son muy territoriales y no tienen una clara noción del mundo, incluso los que han ido a la escuela y han recibido educación. Debe ser algo relacionado con su idioma porque no conciben la idea de grandes continentes. Saben que vengo de Europa pero lo ven como algo que puede estar veinte kilómetros más arriba. Traté de conseguir un mapa mundi pero hasta que encontré uno me conformé con enseñarles la ubicación de Holanda, España y las Canarias con un billete de diez euros. Saber que soy de África también los unía a mí de una forma extraña. Uno de los blancos me dijo que esa gente me trataba con una afinidad que daba miedo. Además se hablan entre ellos y en esta segunda semana ya me saludaba todo el mundo por allí.

Como llevaba las fotos de los safaris fotográficos en el portátil se las enseñé pero no conseguí impresionarlos porque ellos se han criado entre esos animales. También tenía las fotos de Valencia, las de mi casa y algunas de Bélgica y Holanda. Esas sí que les impresionaron. Fliparon con la nieve, con las calles holandesas y con el agua y los canales. Me preguntaban si no era peligroso andar por allí con esos canales en los que los cocodrilos te pueden atacar tan fácilmente y no creo que me creyeran cuando les dije que nosotros no tenemos cocodrilos. De Valencia se quedaron boquiabiertos con los grandes edificios. Una de las chicas me confesó que algún día quería ir a ver una isla que esa era su máxima aspiración. Habiendo nacido en una no entiendo cual puede ser la atracción pero ella lo tenía idealizada. La otra chica, la simpática me dijo que estaba ahorrando dinero para ir dentro de cinco años a Europa con su marido para ver ese gran país. Será la primera vez que viajen en avión y que salgan de su provincia.

Sobre el medio día me fui a un centro comercial a comprar un par de CDs para hacer una copia de seguridad de las fotos del fin de semana, que uno es de natural precavido y hace siempre copias de seguridad de los documentos importantes, algo que os recomiendo encarecidamente. El centro comercial está cerca de donde estamos y fuimos andando. Con más de treinta grados las calles son bastante interesantes. Todos esos zulúes con sus paraguas negros para ir a la moda y los blancos sin embargo sin paraguas o gorros disfrutando del sol de verano. Las tiendas estaban concurridas y me llamó bastante la atención que casi no habían negros y los que se veía estaban trabajando. Otra pruebilla de que el sistema no anda muy compensado. aproveché para comprar alguna cosilla de higiene en el supermercado Spar que había allí. Es increíble como las cadenas estas están de norte a sur por todo el universo. De vuelta al trabajo me pegué el maravilloso almuerzo que me preparaba cada mañana la señora del hotel y esperé hasta que llegó la señora del café por nuestro despacho. Es una mujer vieja, muy vieja, negra como un tizón y arrugada hasta el infinito y más allá. Llega con el sonido de una campana arrastrando un carrito en el que trae el café y el té. Todos los empleados de aquel lugar tienen sus propias tazas que probablemente se han traído de casa. Ella ya sabe lo que quieren y se los pone sin mediar palabra con ellos. Conmigo no habla y son las chicas zulúes las que le piden lo que quiero en zulú. Supongo que no habla inglés. Ella me prepara mi café, le pone azúcar, me lo revuelve y te lo da sin la cuchara. Más tarde vendrá a buscar las tazas y se las lleva para lavar devolviendo las que son de la gente de por allí.

Ese fue uno de los pocos días que acabamos temprano y con ese glorioso día terminamos en la piscina del sitio en el que nos quedamos tomando unas cervezas Hansa bien frías y comiendo Biltong, esa carne seca que está tan rica. Para celebrar el éxito del día anterior y la paz de aquel día reservamos mesa en un restaurante llamado la pequeña Suiza que según parece es de lo más exclusivo de la ciudad. Está cerca de la bahía en un lugar precioso. Es pequeño y parece que sirven la mejor carne de aquella zona. Cuando llegamos aquello parecía cualquier antro europeo, lleno de posters en los que mezclaban paisajes suizos con holandeses, ingleses, franceses o belgas y adornado con todo tipo de chorradas sacadas de visionar con iteración y alevosía la serie Heidi durante varias veces seguidas. Todo lo que me habían dicho fue poco. La carne no estaba buena, estaba de morirse de buena, deliciosa, sublime, imperiosa. Me quedé encochinado. En el local había una separación entre fumadores y no fumadores bastante drástica. Los que le dan al humo estaban encerrados en otro cuarto con cristales en el que se veía una nube tóxica por no tener ventanas. La gente entra allí con los chiquillos que disfrutan y gozan de ese aire tan saludable obligados por sus padres, que por supuesto saben lo que es mejor para sus vástagos. Cuando nos trajeron la cuenta y vi el precio me quedé blanco. Era uno de los sitios más caros de aquella área, uno de esos lugares a los que no se puede ir todos los días porque te revienta el presupuesto. La cena para tres personas costó TREINTA €uros, dinero con el que en Holanda malamente pagas los entrantes en cualquier restaurante medianamente decente. Les dije que a esa cena pagaba yo, que mi empresa me devuelve el dinero y por tan poca cantidad no voy a desajustar el presupuesto de esa gente.

Desde allí nos fuimos a un pub y estuvimos bebiendo hasta que pasábamos más tiempo de camino al baño que sentados en la mesa. Esa noche me acosté y sobre las tres de la mañana fui arrebatado de los brazos de morfeo bruscamente. El shock fue brutal. Pensé que era el fin de mis días, que una banda de forajidos había entrado en mi habitación y tenía que rendir cuentas al altísimo. Salté de la cama y sin pensármelo corrí hacia el Panic Button dispuesto a pulsarlo y solicitar la ayuda del equipo de seguridad con sus fusiles y todas sus armas. Cuando ya lo iba a pulsar vi algo iluminado sobre la mesilla de noche. Era el puto teléfono móvil. Para poder oírlo cuando mi jefe y amigos me llaman le había puesto el volumen al máximo y alguién había decidido mandarme un mensaje de madrugada. Me cagué en todos los muertos de quien quiera que sea y cuando miré el mensaje se trataba de mis amigos holandeses que estaban tomando un capuchino en Sydney y me comunicaban tan importante noticia. A veces me pregunto por qué no puedo tener amigos normales y por qué no vivo en mi barrio, sin dejar nunca mi tierra como los zulúes. En lugar de eso peregrino por el mundo y mis amigos andan desperdigados por cinco continentes. Corremos siguiendo al sol y a los vientos alisios y mantenemos el contacto de mil formas distintas. Somos una generación atípica y creo que no nos damos cuenta de ello, lo vemos como algo normal. Les devolví el mensaje dándoles las gracias por haberme despertado y contándoles que ayer mismo merendaba entre hipopótamos y cocodrilos.

Y así sin más acabó este nuevo día en Sudáfrica.

Para continuar con la lectura de este relato tendrás que seguir leyendo Richards Bay - martes negro

Albúm de fotos de Sudáfrica

Elefantes jugando

Soy consciente de que aún no he terminado de relatar el viaje a Sudáfrica y creedme si os digo que las pesadillas que tengo por sentirme tan culpable no me dejan dormir. La semana que viene haré un esfuerzo infrahumano y terminaré aquello que debería haber acabado hace cosa de un mes. Para que veáis mi determinación y mi falta de alevosía, comenzaré por poner el álbum de fotos de Sudáfrica. Si quieres leer el relato de dicho viaje, tienes su índice en Memorias de Sudáfrica.

Elefantes jugandoImpalaJirafaNidos de pájaros tejedores
Búfalos junto al aguaRinoceronteCebrasImpalas
Monos babuinosÁrbolHipopótamoAtención peligro: Hipopótamos y cocodrilos
CocodrilosNialasKudúsOutboardsPanic Button

Code of Dress - Código de Vestimenta

Code of Dress

Code of Dress, originally uploaded by sulaco_rm.

Estando en el club de esquí acuático de Santa Lucía (estamos hablando de Sudáfrica) disfrutando de la visión de hipopótamos y cocodrilos nos metimos en el bar a tomar unas copas y tomé esta foto a la entrada. Tendréis que ir a flickr si queréis ver las notas sobre la misma. No tiene desperdicio.

En grande se puede ver la prohibición de entrar con armas. El cartel superior es el código de vestimenta en el bar y tiene perlas como el no permitir el uso de chalecos en su interior (intuyo que chalecos salvavidas), no permitir que niños menores de dieciocho años entren en el local, lo cual me parece inaudito porque ya desde los trece años se me hace duro el llamar a alguien Niño y finalmente no poder llevar comida ni bebida a la zona del billar, lo cual estaría bien si no fuera porque no existe billar en el local y fuera del mismo hay una piscina y no un estanque, que sería lo más apropiado para esa palabreja.