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La hora de Gran Canaria

Una sombra en el cielo

Una vez más, me pongo en ruta y muevo el chiringuito. Esta semana estaré en Gran Canaria celebrando la llegada del verano y la noche de San Juan. Serán siete días de playa, sol y descanso. Como siempre, Distorsiones sigue funcionando con el piloto automático y dependiendo de las redes desprotegidas que consiga yo asomaré de cuando en cuando. No sean malos y aquellos que lo deseen, ya saben como contactar conmigo.

Little Italy, Chinatown y muchas más compras

Ya estamos cerca del final del relato de este viaje que comenzó en Saltando un océano en seis horas y media.

El sábado volvía a ser jornada para pasar con la familia pero también queríamos hacer algo de turismo. Después de desayunar bajamos hasta Union Square, que está en un barrio precioso y en donde los sábados hay un mercado de productos orgánicos que merece la pena visitar. En ese mercado se pueden comprar unas tartas y unas magdalenas absolutamente deliciosas, al igual que sucede con las frutas y verduras. Mientras paseas por allí estás rodeado de auténticos neoyorquinos, que hacen sus compras y si el tiempo lo permite, se sientan por el parque a disfrutar leyendo el periódico o hablando con los amigos.

Tras un rato volvimos al metro y seguimos bajando hasta Spring St. en donde salimos para visitar Little Italy (la Pequeña Italia), ese barrio que hemos visto en tantas películas de gangster y que actualmente está desapareciendo y transformándose en una expansión de Chinatown. En una de las calles se estaba montando una feria, con sus puestos de venta, los chiringuitos de comida y demás y en un extremo de la calle, una virgen acompañada por un señor en su altar. Mi madre salió disparada a encenderle una vela y dejarle un dólar, el cual se pegaba con un alfiler en un enorme cojín. El señor le terminó regalando a mi madre una estampita de la virgen. Nos paramos a tomar un café italiano con dulce en un local que estaba muy bien pero del que no recuerdo el nombre. Llamaban la atención todos los empleados hablando entre ellos en italiano. De la paz y al alegría latina de Little Italy pasamos al caos de Chinatown, sitio que te entra inicialmente por el olfato. Hay decenas y decenas de sitios para comer, supermercados pequeños en los que exponen todo tipo de animales muertos y asados que cuelgan de garfios y esperan entre visitas de moscas que alguien se los lleve. Por todos lados hay una miríada de chinos tratando de venderte algo, de llevarte a algún rincón o simplemente, mirando a la gente y escupiendo continuamente. En el momento en que llegamos a la Canal Street comenzó a llover. Estábamos al lado de una relojería y mi tío insistió en que entráramos para ver si tenían el Tissot que yo buscaba. Lo tenían, el Tissot T-Touch de titanio y el precio era muy económico. Además, si pagaba en efectivo no me cobraban impuestos. El reloj fue directamente a mi muñeca y en unos minutos volvía a ser capaz de mirar la hora usando mi mano, de saber en donde está el norte magnético, la altitud, la presión atmosférica o la temperatura. Me juré a mí mismo que sería lo último que compraba en ese viaje. Llovía copiosamente y nosotros teníamos que llegar hasta el Chase Manhattan Bank de Canal Street, en donde habíamos quedado con la prima de mi madre para almorzar por allí. La calle se había llenado de chinos que vendían paraguas, todos sincronizados y pendientes de los peatones para ofrecer su mercancía. Compramos dos enormes y ya en el banco aproveché para sacar dinero.

Una china se acercó para ofrecernos relojes y bolsos de marca falsos, algo que nos habían contado otros españoles que es muy típico. No los tienen en la calle, los esconden en la parte trasera de los locales y una vez picas el anzuelo, te llevan al sitio en donde te lo enseñan todo sin que la policía “teóricamente” lo sepa. Eso no se lo cree nadie. Los polis cobran pasta por hacerse los locos. No solo ahí, sucede por todos lados. En la zona del Rockefeller Center habíamos visto tres días antes a un hombre vendiendo chorradas en la calle y un policía al que le estábamos preguntando la dirección más cercana para tomar el metro estiró la mano y el vendedor le plantó en ella un fajo de billetes mientras nosotros alucinábamos en colores y el poli ni se inmutaba y seguía con su explicación.

La china era muy persistente y logró colocar un Rolex falso. Los trajo un chiquillo que salió de un restaurante, enseñó la mercancía, hizo la transacción y corrió de vuelta al restaurante mientras dos policías debían andar cegados por las nubes y no veían nada. Yo hacía fotos por la zona y trataba de recuperar el olfato, severamente torturado por los fuertes aromas que hay en el lugar. Entramos a comer en uno de los restaurantes y lo primero que noté fue el brutal descenso de temperatura. Mira que a los americanos les fascina el estar rodeados de aparatos de aire acondicionado que los mantienen a temperaturas extremas, pero aquello ya era demasiado. Les pedí que apagaran el ventilador que teníamos encima de nuestra mesa pero no sirvió de mucho. Salí de aquel lugar con un resfriado que me duró hasta la vuelta a los Países Bajos. Tras la comida, la china nos esperaba en la puerta para llevar a mi madre a mirar bolsos falsos de marca. Le colocaron también unas gafas y la mujer salió de allí tan contenta, con su mercancía oculta en una bolsa gris, aunque lo más curioso es que todos los turistas que iban por la calle tenían esas bolsas así que queda meridianamente claro que todo el mundo compra cosas falsificadas por allí.

La tarde la pasamos de compras, divididos en dos grupos distintos y para cenar compramos comida y nos la comimos en el aparhotel.

El relato continúa en Bryant Park es un lugar muy especial

El Guggenheim, el MOMA, el Rockefeller Center y los estudios de la NBC

Tendrás que comenzar en Saltando un océano en seis horas y media si quieres leer el relato al completo.

El viernes teníamos una agenda algo apretada ya que yo quería ver varias cosas antes de que mi tío llegara a Nueva York para pasar el fin de semana con nosotros. Nos levantamos temprano y nos encontramos conque una grúa se había descuajeringado en Manhattan y habían muerto dos personas además de destrozar parte de un edificio colindante. Todas las teles transmitían el evento con frecuentes conexiones al lugar de los hechos y ese despliegue tan típicamente americano. Casualmente el sitio estaba cerca de nuestro destino original, que no era otro que el Solomon R. Guggenheim Museum. Subimos en metro hasta la zona y después tomamos un autobús. Si queréis un buen consejo, pedid el mapa del metro y el de autobuses y abusad de vuestra tarjeta de viajes ilimitados en transporte público. Vuestras piernas os lo agradecerán. Ya hace dos años cuando estuve por la zona el edificio estaba en obras y parece que no han acabado. Por fuera da lástima y carece de la espectacularidad del de Bilbao. Pasamos por el museo como un rebaño de hipopótamos por un prado de hierba, arrasándolo todo y posiblemente sin paladear todo ese arte que tienen ahí dentro. La principal exposición era una llamada Cai Guo-Qiang - I Want To Beleive, bastante espectacular y que realmente despertaba emociones en las personas que la veían. Es lo bueno de ser un cacho de carne con ojos, que uno no se emociona hasta las lágrimas con un par de trazos hechos por alguien posiblemente metido en drogas y mantenido por alguna viejilla viciosilla y sin embargo ve una banda de lobos estampándose contra un muro de cristal y se te ponen los pelos de punta. Después de este museo bajamos al MOMA, el famoso Museum Of Modern Art que personalmente creo que le da de bofetones al otro. No solo porque el edificio es una auténtica pasada sino por su contenido. Subimos a la última planta para ver las mejores obras, que tienen en los pisos superiores, todo ese festival de Picasso y Vincent van Gogh y después de ver la zona nos metimos en la cafetería a tomarnos un capuchino y disfrutar de las espléndidas vistas que hay desde allá arriba del parque interior que tiene el museo y que está lleno de esculturas.

Tras esta pausa continuamos la visita y nos centramos en las piezas de arte moderno que tienen en exposición, esas sillas preciosas, la movidas del Andy Warhol y demás. Quiero aprovechar para recordar a los intelectuales que lo han visto todo a través de la Wikipedia y de Internet que no hay nada como las visitas a los lugares donde se encuentran los originales y que solo vivimos una vida y hay que aprovecharla al máximo. Acabamos la visita en el jardín del museo, disfrutando de una cabra de hierro que tienen allí y sentados al solito. Nos fuimos a comer a los restaurantes de la Grand Central Station y por la tarde nos dirigimos al Rockefeller Center en donde teníamos reservadas entradas para dos de los tours que hacen. Primero hicimos el Rockefeller Center Tour en el que caminamos por el interior y el exterior del complejo mientras el guía nos explicaba y enseñaba las obras de arte con las que están adornados los edificios y la historia detrás de todo aquello. Estuvimos junto a las estatuas de Prometeo y del Atlas sujetando el mundo, disfrutamos con las pinturas del español Jose María Sert, entramos en los grandes vestíbulos de los edificios decorados con todo lujo de detalles y vimos los jardines y la calle privada. Una de las curiosidades que aprendí fue que en ese edificio se usó por primera vez aire acondicionado y calefacción y lo solucionaron poniendo unas especies de floreros enormes por los pasillos que en el medio tienen el aire y han de cambiar las plantas todos los meses porque no sobreviven a esos chorros de aire frío. También vimos columnas con los tubos de calefacción por dentro. Lo mires desde un punto de vista artístico, arquitectónico o de ingeniería, ese lugar es fascinante. Yo ya había estado en la zona pero está clarísimo que una buena explicación ensancha nuestro universo.

Vimos fotos de como era la zona antes de que construyeran el Rockefeller Center e incluso pasamos junto a la única casa del único tipo que no les quiso vender su hogar y al que ahogaron entre los rascacielos. Te puedes pasar un día entero en ese lugar, visitando además de estos edificios la Catedral de San Patricio, el MOMA y el Radio City Music Hall porque todo está en ese lugar. Cuando acabó este paseo por el complejo de edificios comenzaba nuestro segundo tour, el NBC Studio Tour. Mis padres no lo supieron apreciar pero a mí casi se me caen los pelos de los brazos de tanto escalofrío porque nos adentramos en un montón de historia. Lo primero es ver una película en la que se habla de la NBC y de su historia y después subimos en los legendarios ascensores del Rockefeller Center a los estudios. Cuando se hicieron estos ascensores se pensaba en el lujo y son de lo más. Estuvimos en el plató donde se rueda el show de Conan O’Brien, un programa que yo veía mucho hace unos años y con el que me partía de risa. Ahora ya no lo ponen en la televisión holandesa :-( Nos explicaron los diferentes trucos y te quedas de piedra cuando descubres como te engañan por la tele, como las cosas parecen enormes y no lo son. Allí me enteré que en el año 2009 este hombre reemplazará a Jay Leno, que ha decidido retirarse y para ello le están construyendo su propio estudio en Los Angeles. Salimos del Studio 6A y fuimos al Studio 8H, el lugar en donde se graba el legendario SNL (Saturday Night Live), el programa que lleva treinta y dos años en antena y de donde han salido la mayor parte de los grandes cómicos norteamericanos. Cuando estás sentado en los mismos asientos para el público que se instalaron allí para el primer programa, flipas en colores. La leyenda cuenta que les prestaron los asientos de un estadio con el compromiso de devolverlos cuando cancelaran el programa y ahí siguen. También supimos que originalmente el estudio era de radio y que su acústica es casi perfecta, llegando a tal grado que han sido innumerables los artistas que los han alquilado para ensayar en el lugar. También por ser un estudio de radio el público no tiene una visión muy clara del escenario, sobre todo porque frente a ellos ponen los catorce cambios de decorados que se usan a lo largo del programa y la gente que asiste como público lo ve todo más bien a través de pantallas de televisión. Decir que para conseguir entradas hay que darse de hostias. Yo salí de allí con esa cara de felicidad absoluta que se te queda y después nos llevaron a otro estudio en donde dos de las chochas que participaban en el tour participaron en un ejemplo de creación de programa de noticias con predicción meteorológica. Fue fácil escogerlas porque la mayor parte de las mujeres eran como morsas en estado adulto y por mucho que le pongas a la cámara un objetivo de Ultra Wide Angle, no cabían en la toma al completo.

Después de esta tarde en el Rockefeller Center volvimos al aparhotel y una vez llegó mi tío nos fuimos a cenar juntos a un restaurante italiano en el cruce de Lexington Avenue con la 39th Street. Estábamos entrando ya en la recta final y el cansancio comenzaba a notarse pero aún así, nosotros a piñón fijo para tratar de ver el máximo posible de cosas.

El siguiente capítulo es Little Italy, Chinatown y muchas más compras

La Estatua de la Libertad, Ellis Island y Lower Manhattan

A veces llega algún despistado directamente a una de estas anotaciones y es bueno que sepas que el comienzo del relato de mi vieja a Nueva York comenzó en Saltando un océano en seis horas y media.

El jueves, con el tiempo a nuestro favor, volvimos a bajar al Lower Manhattan para ir a visitar a la Gran Dama de la Libertad. Si en diciembre, cuando estuve la vez anterior, no había cola alguna, ahora aquello parecía un país cualquiera del tercer mundo en el día del reparto de harina. Yo tenía clarísimo que no nos bajaríamos en la isla porque para conseguir entrada con la que subir al pedestal de la Estatua de la Libertad hay que ir un par de días antes y realmente no merece la pena. Desde el barco se tiene una vista increíble de la estatua y lo que quería era ir a la Isla de Ellis para ver el museo. Estuvimos más de una hora y media en la cola hasta que pasamos el control de seguridad y conseguimos entrar en el barco. En ese tiempo algunos se desmayaban y la gente ni se movía para ayudarlos por no perder el puesto. Lo de la Seguridad es un poco paranoico. Todavía no entiendo por qué tienen esos controles tan rigurosos para ir a una isla en la que solo hay una estatua. En el barco, nos posicionamos para tener una vista más que excelente de la Estatua de la Libertad y por casualidades de la vida nos tocaron unos españoles al lado, los cuales no tenían ni idea de lo de reservar para poder subir al pedestal.

El viaje en ferry toma unos minutos y al aproximarnos para atracar se pueden hacer fotos a porrillo de la Estatua de la Libertad y mientras vamos hacia ella de Manhattan y su peculiar línea de rascacielos. Una gran mayoría se bajó y hacia la Isla de Ellis íbamos muchos menos. Allí nos bajamos. Para aquellos que no lo sepan, durante más de sesenta años Ellis Island era el lugar en donde recibían a los inmigrantes que llegaban a los Estados Unidos. Por allí pasaron más de doce millones de inmigrantes de los que descienden directamente más de cien millones de personas en Estados Unidos hoy en día. En el museo vemos las diferentes salas en las que los revisaban, dormían, les daban de comer, los curaban y explican de una forma muy didáctica todo esto. Con algunas de las cosas se te ponen los pelos de punta. Es un paseo totalmente recomendado a quien vaya a la ciudad y si el día se presta, es un lugar perfecto.

Cuando acabamos volvimos a tomar el ferry para ir al Battery Park y mientras caminábamos por el mismo notamos un poco de revuelo y algo que parecía una grabación de televisión o cine. Estaban muy cerca de donde están la Esfera y la llama eterna que conmemoran la destrucción de las Torres Gemelas el 11S. Esta Esfera, creada por el escultor alemán Fritz Koenig, estaba junto a las Torres Gemelas y cuando la recuperaron de los escombros la pusieron en el parque. Es uno de los puntos más visitados de la ciudad, un lugar de silencio y respeto por los caídos. Creo que cuando acaben la reconstrucción de la zona la moverán a su lugar original. Retornando al tema, por allí cerca había un equipo de cine y la curiosidad nos pudo, así que nos acercamos y de un solo vistazo supe que era Woody Allen el que estaba rodando. Es casi como ver a uno de los Arcángeles, no me tiré de rodillas allí a adorarlo porque se me rompían los vaqueros de marca. Según nos explicaron los que nos mantenían algo alejados, rodaban una escena en la que una de las protagonistas de su última película compra un helado en el parque. Estuvimos un rato mirándolos y tras este instante divino seguimos nuestra ruta. Íbamos a volver a la zona por la tarde pero volvimos al aparhotel para reposar el almuerzo y la siesta.

Mientras descansaban mis padres yo subí a la 59 con la Quinta Avenida para honrar al Supremo Hacedor y comprarme un Mac mini en su Gran Templo. La tienda apple merece ser visitada por la espectacularidad del recinto. Uno de los amables vendedores me ayudó en la operación y en menos que canta un gallo tenía a mi pequeña preciosidad en mis brazos por primera vez, un momento de gran magia en el que nos abrazamos y supimos que estamos hechos el uno para el otro. Casi me llevo un iPod Touch y dos o tres cosas más pero me contuve. Chinos y rusos insistían a los empleados pidiéndoles iPhones, de los cuales no había ninguno. Regresé y lo dejé a buen recaudo. Esa tarde teníamos previsto un plan de compras en la Tienda a la que van todos los turistas europeos. Está en Fulton Street, exáctamente delante del agujero que quedó con la desaparición de las Torres Gemelas y se llama Century 21. Es un lugar para comprar sólo ropa de marca a precios de carcajada limpia. Yo salí con un par de vaqueros por cuatro perras gordas y a mi madre le atacó el mal de la Visa y se nos escapó por la tienda cogiendo de todo. Los empleados reponían a la misma velocidad con la que la gente les arrancaba las cosas. Trajes de marca, camisas fastuosas, pantalones de precio de ojo de cara en Europa allí no pasaban de los treinta dólares. No teníamos manos suficientes cuando dejamos el lugar y con todo ello bajamos hasta Wall Street para pasar por el centro económico del Universo. El sitio está protegido como si fuera zona militar. Desde allí seguimos hacia South Street Seaport que mis padres no habían visto y estuvimos paseando por el lugar y tomándonos algo. Nos acercamos al comienzo del Brooklyn Bridge y cuando se hacía de noche volvimos. Cenamos en un restaurante cerca de donde nos quedamos.

Ese día ya teníamos claro que habría que comprar otra maleta porque ya no teníamos espacio suficiente en las que llevamos.

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Naciones Unidas y una vuelta alrededor de Manhattan con saludo a la Gran Dama

Si quieres leer el relato de este viaje a Nueva York desde el comienzo tendrá que viajar hacia atrás en el tiempo y comenzar por Saltando un océano en seis horas y media.

El único día que había previsto mal tiempo procuré hacer algo que no nos forzara a estar en la calle. En The Weather Channel repetían cada cuatro minutos que iba a llover un montón en la zona y desde la undécima planta del hotel veía que todo el mundo caminaba con paraguas aunque no llovía. Como estábamos cerca de las Naciones Unidas, nos acercamos paseando por la Tercera Avenida para matar allí la mañana. En el camino vi una joyería en la que vendían relojes Tissot y como quería comprarme uno, entré a preguntar el precio. No tenían el que me gusta a mí y quedaron en pasarme la información en un par de horas. La dueña de la joyería y su empleado eran judíos, de esos como los que se ven en las películas, con sus ricitos y todo. Al llegar a Naciones Unidas pasamos el control fronterizo o de seguridad porque al entrar abandonas los Estados Unidos y estás en territorio internacional. La ubicación del complejo de edificios es fantástica, junto al agua y en medio de Manhattan. Teníamos que esperar un rato hasta que comenzara el tour en español y dedicamos ese tiempo a curiosear por la tienda y tomarnos un café. La gira te lleva por las diferentes salas de dicha organización, lugares que hemos visto miles de veces en las discusiones internacionales y en donde Nicole Kidman bordó su papel. Para mí era la segunda vez que visitaba el lugar y noté que el guía que nos tocó omitía un montón de información que había recibido en mi visita anterior así que me dediqué a completar dichas lagunas e ilustrar a mis padres en el asunto. Por culpa de la lluvia no habían izado las banderas en el exterior así que tendré que volver y espero que en mi tercera visita haya más suerte. Al andar por este edificio te das cuenta de lo necesitados que están de dinero. Las instalaciones están avejentadas, los sistemas de traducción son de la época en la que España ganaba en Eurovisión y la impresiónque te deja es de algo de abandono.

Al acabar la visita el mal tiempo parecía haber desaparecido misteriosamente y un espléndido sol brillaba en el cielo azul intenso. Pasamos de nuevo por la joyería en donde me dijeron el precio del reloj y me pidieron que los llamara más tarde para decirme cuando lo podían tener y nos fuimos a almorzar al sótano de la Grand Central Station, sitio en el que tienes una miriada de diferentes lugares para comprar la comida que te gusta. Por la tarde, mientras mis padres se echaban la siesta yo tomé el metro hasta Fulton Street y paseé hasta South Street Seaport, al final de la Fulton Street, el lugar en donde durante más de ciento ochenta años estuvo el principal mercado de pescado de la ciudad. Ahora la zona es muy turística, con bares, restaurantes, un pequeño centro comercial a la vera del Manhattan Bridge, unas vistas alucinantes y entre los museos del lugar, la exhibición de Bodies (cuerpos), que era mi destino. Siempre he sentido una gran fascinación por ver esos cuerpos preservados de alguna manera y mostrando todos los secretos de nuestra máquina. Salí maravillado después de ver tendones, músculos, órganos, huesos, venas, arterias, tumores y demás. Una auténtica pasada si tienes el estómago suficiente y no te sientes incómodo por estar rodeado de decenas de cuerpos muertos y medio desollados.

Volví a nuestro apartahotel y llamé a la joyería. El precio del reloj había cambiado y además tenía que pagarles el transporte desde el distribuidor hasta su local. Mandé al puto ladrón a la mierda y no lo llamé judío porque lo es en realidad y no lo estaría insultando. Salimos de nuevo a la calle y tomamos el autobús M42 para cruzar la isla de Manhattan hasta el otro lado por la calle 42, algo que sin tráfico posiblemente se puede hacer en un par de minutos pero que nos tomó casi una hora. Íbamos al Muelle 83 (Pier 83) para hacernos el crucero de dos horas nocturno (2 hours Harbor Lights Cruise). En el barco había más españoles que americanos. Saliendo desde la calle 42 daríamos toda la vuelta a Manhattan en dirección sur y subiríamos hasta las Naciones Unidas para dar la vuelta y regresar. El guía nos iba explicando los edificios y algo de la historia de esta ciudad que creció de sur a norte y en donde hay tantos lugares que nos suenan. Pasamos cerca del Madison Square Garden, el muelle en el que debía atracar el Titanic y todos alucinaron con el enorme hueco que ha quedado después que un atajo de hijosdeputa terroristas musulmanes de mierda destruyeran el World Trade Center. El silencio cuando miramos esa cicatriz que tratan de arreglar solo se ve interrumpido por el ruido de las cámaras. Al pasar al otro lado de Manhattan vimos desde el agua South Street Seaport, pasamos por debajo del majestuoso Brooklyn Bridge, puente que celebró tres días antes su cumpleaños número ciento veinticinco. A su lado la Watchtower de los testigos de Jehová, esa chusma que no se cansa de tocar a nuestras puertas para tocarnos las pelotas. El siguiente puente, el de Manhattan siempre tiene algún metro cruzándolo y ese lado de la ciudad, visto desde el agua, está lleno de parques y edificios de apartamentos. Después de un rato llegamos a la altura de las Naciones Unidas y pudimos disfrutar con los edificios desde el agua. Al girar el barco la temperatura descendió como diez grados y casi todo el mundo salió a escape para el interior, incluyendo a mis padres. En la ruta de vuelta comenzaba a oscurecer y la ciudad se llenaba de luz, cambiaba su aspecto y cobraba aún más vida. Los puentes se tornaban mágicos y tras pasarlos enfilamos hacia la Isla de la LIbertad en donde pudimos saludar a la Primera Dama, esa preciosidad que da la bienvenida a aquellos que llegan por barco. Siempre siento escalofríos cuando la veo.

Pasé un frío de morirse pero me mantuve en cubierta y me harté a hacer fotos. Al llegar, salimos acompañados de un montón de españoles y volvimos a tomar el autobús M42, aunque en esta ocasión nos bajamos en Times Square para ver el Centro del Universo de noche, con todas esas pantallas encendidas, ese derroche de luz y la animación del lugar. No he visto ningún otro rincón de una ciudad con tal capacidad para sorprenderte y asombrarte. Estábamos cansados así que optamos por comprarnos unas porciones de pizza que eran como pizzas medianas completas en Europa y ahí lo dejamos por el día.

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Más compras y escalando a la cima de la ciudad de noche y de día

El relato de las aventuras de este viaje a Nueva York comenzó en Saltando un océano en seis horas y media.

El lunes era el Memorial Day en los Estados Unidos, día de fiesta nacional en el que se honra y recuerda a los caídos en todas las guerras en las que han participado los americanos. Quizás por eso Nueva York estaba tan abarrotada de gente. Ese día aún estábamos con la familia durante parte del mismo y aprovechamos para dejarnos caer por Macy’s y su mega-hiper tienda junto al Empire State. No hay palabras para describir esa tienda. Pensad en un montón de Corte Inglés apilados y os haréis una vaga idea. Son casi cien mil metros cuadrados de superficie de exposición, una burrada. Dejé allí a la familia y yo me marché a otro de los grandes templos de Nueva York: la tienda B&H Photo Video. Si nunca has oído hablar de esta tienda, está claro que no te interesa la fotografía porque son los amos, los reyes del mambo en este sector. Han duplicado el espacio y eso que antes ya se decía que allí está todo lo que existe en el mundo de la fotografía profesional. Su sistema de envío de mercancía a las cajas mediante unos trenes aéreos que transportan todo es fascinante y solo por eso merecen una visita. La tienda es propiedad de judíos y todos o casi todos sus dependientes tienen el gorrito típico. Allí mi Mastercard sufrió una de las crisis más grandes que ha tenido en mucho tiempo. Cayeron un filtro UV para mi objetivo (el anterior se me rompió en una caída tonta de la cámara), una mochila Lowepro Primus que es la bomba y de la que estoy totalmente enamorado, un x2 extender con el que duplicar el rango de alcance de mi 70-200 mm y un objetivo de ojo de pez con el que espero descubrir una forma nueva de ver las cosas. Salí de allí feliz y contento y me reuní con los míos en uno de los restaurantes del Macy’s, el cual tiene un montón de ellos repartidos por todo el complejo. Se trataba del Cuccina & Co. en el que las hamburguesas son de película. Tras almorzar nos despedimos de la familia y ya solos continuamos un rato más de compras antes de volver al apartamento con uno de los famosos taxis amarillos, los cuales ya he comentado que son baratísimos.

Después por la tarde comenzamos con el turismo de verdad y volvimos al Empire State Building para ver la ciudad de noche desde su terraza. Merece la pena subir pese a las colas y todo el tedioso y horrible proceso que conlleva. Primero hicimos cola para pasar el control de seguridad, un trámite estúpido porque hasta los más tontos saben que los terroristas prefieren entrar de otra forma. Después tuvimos que hacer la cola para comprar las entradas, la cola para que nos tomen la fotografía obligatoria que luego no compras y la cola para esperar el ascensor que te lleva al piso ochenta. Desde allí te hacen pasar por otra cola en la que tratan de alquilarte el audífono con la explicación de lo que puedes ver y finalmente la cola del ascensor que te lleva a la planta ochenta y seis. Tras todo este procedimiento, sales y te encuentras con la maravillosa vista de la ciudad iluminada a tus pies y se te olvida todo por lo que has pasado. Hice un montón de fotos y disfrutamos como enanos antes de volver a ponernos en la cola para bajar al piso ochenta, la cola para bajar al nivel de entrada, en ese ascensor que cuando desciende lo puedes notar en tus oídos y luego pasar por la tienda para ver la foto y no cogerla y sin darte cuenta ya estás en la calle y has subido al Empire State Building. Ese día ni siquiera cenamos de lo llenos que estábamos de comida y nos fuimos temprano a dormir.

Al día siguiente lo primero que hicimos fue volver al Empire State Building para ver la ciudad desde lo alto de día. La entrada sale bastante cara, así que lo que habíamos hecho es comprarnos el New York Pass en su versión de siete días, con el cual teníamos acceso a casi todo sin pagar y pudiendo repetir en días distintos. Volvimos a pasar por todas las colas y procesos, aunque esta vez, como era temprano y ya no estábamos en día de fiesta la cosa fue mucho más rápida y después de hacernos fotos arriba y ver la ciudad, aprovechamos también para ver la película de Skyride, una atracción muy curiosa y divertida en la que pareces volar sobre la ciudad viéndolo todo.

Al salir volvimos a tropezar en la piedra del consumismo y además de arrasar con un H&M, nos centramos en la ropa y productos de marca con descuentos masivos del Macy’s. Al visitante neofito le interesa saber que si vas al Visitor’s centre de Macy’s y te identificas como turista, te dan una tarjeta válida por unos días con la que consigues un 11% de descuento en casi todo. Esto se une al mega descuento gracias a la cotización del dólar y a que las cosas allí son más baratas. Los italianos arrasaban con la ropa de sus diseñadores y yo casi me caigo muerto cuando fui a comprar toballas para mi casa y me encontré que ahora las tengo de la marca Lacoste y me costaron prácticamente nada. Nos tuvieron que echar del lugar porque es muy fácil entrar pero casi imposible salir y nos volvimos en taxi ya que la multitud de bolsas que llevábamos no era muy práctica para el transporte público. Dejé a mis padres durmiendo la siesta y yo me fui a hacer fotos en los alrededores de la Grand Central Station. Por la tarde habíamos quedado con la prima de mi madre para ir a uno de los restaurantes Dallas BBQ de la ciudad. Yo ya había estado en uno de ellos la vez anterior. Sirven unas costillas casi tan buenas como las del Café Cartouche en Hilversum, lugar que como todo el mundo sabe tiene las mejores costillas del mundo. En el local de Nueva York las cantidades de comida son masivas. Si vas por la ciudad busca uno de sus restaurantes y date un atracón, son bastante económicos y su calidad es excelente. Hay uno en Times Square y otro justo al lado del edificio Dakota, el lugar en donde vivía John Lennon y en cuya puerta fue asesinado. Tras la cena fuimos a un sitio del que ya no recuerdo el nombre pero que está especializado en chocolate para tomarnos unos cócteles fríos hechos con chocolate que estaban deliciosos.

En lugar de tomar el metro, volvimos en autobús subiendo por la Tercera Avenida y de esta forma viendo un poco el bullicio de las calles y observando el gran Empire State Building, el cual está siempre ahí, esperando para asomarse. Mientras pasas por la ciudad te suenan familiares un montón de rincones, ves a esa gente que espera el taxi con la mano levantada, a chicas con traje de fiesta y zapatillas deportivas, gente haciendo footing por las calles y todas esas droguerías que permanecen abiertas las veinticuatro horas y que uno no sabe muy bien como pueden ser rentables cuando hay una en cada esquina, junto al Starsucks de turno. Para el día siguiente estaba previsto lluvia y mal tiempo así que había planeado una jornada alternativa.

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Dos primeros días para disfrutar con la familia

El relato de las aventuras de este viaje a Nueva York comenzó en Saltando un océano en seis horas y media.

A la hora de contar el viaje a Nueva York, creo que voy a agrupar las cosas para hacerlo algo más corto y concentrado. Como íbamos bastante sobrados de tiempo nos lo tomamos con bastante calma. Al llegar fuimos a nuestro apartamento en Murray Hill East Suites, en la calle 39, prácticamente al lado de la Grand Central Station. Yo lo había buscado en páginas de apartamentos pero aquello es más bien un hotel en el que las habitaciones son pequeños estudios o apartamentos de uno o dos dormitorios. El nuestro estaba en la undécima planta y era sencillamente perfecto. Mi tío y una prima de mi madre vinieron a recibirnos y juntos nos fuimos andando a la Grand Central Station y desde allí bajamos a Greenwhich Village para cenar en el restaurante El Paso, en donde nos juraban que se pueden comer unas langostas increíbles. Todos pedimos lo mismo y la verdad es que la comida estuvo deliciosa. Terminamos la velada en el Café Reggio, muy cerca del Washington Square Park y en donde afirman que se sirvieron los primeros capuchinos en Estados Unidos. Ese día estábamos agotados y nos fuimos a dormir pronto.

El domingo nos lo tomamos con calma y optamos por ir de paseo. Subimos andando por la Quinta Avenida, boquiabiertos como gente de campo ante la grandeza de los rascacielos y lo apabullante de las tiendas. Entramos en la Catedral de San Patricio en donde el precio de encender una vela en esta época es de dos dólares, mucho menor que cuando estuve allí en Navidad. Al llegar a Central Park entré a la verdadera catedral de la ciudad, la tienda Apple de la Quinta Avenida y si pusieran una imagen de Steve, le besaba las uñas negras de los pies sin dudarlo un solo instante. La gente compraba iPods y ordenadores como loca. Cruzamos hacia el otro lado de Manhattan adentrándonos un poco en Central Park y parándonos para descansar un rato. A la hora de almorzar nos fuimos al Whole Foods que está en el edificio Time Warner de Columbus Circle. Es una buena opción para el turista que quiere comer algo de calidad o quiere comprar la comida y llevársela al parque y disfrutar almorzando en ese legendario lugar.

Tras la comida volvimos a saltar con el metro y fuimos al Soho, donde buscábamos una tienda de una marca de ropa. La encontramos después de andar un rato, soltamos un montón de dinero allí y nos equivocamos de estación de metro lo cual nos obligó a hacer dos transbordos. Nuestro destino final era Brighton Beach, al sur de Brooklyn, justo al lado de Coney Island. Ya he hablado de esa zona porque allí fue donde me quedé en mi anterior visita. Es el barrio de los ucranianos y por allí si hay algo que no se habla es inglés. Aprovechando que el día se prestaba estuvimos paseando por la playa y para cenar nos dimos un atracón de langostinos. Después volvimos a Manhattan, lo cual toma cerca de una hora porque el metro para en todas las esquinas que te puedas imaginar y en fines de semana no hay metros express. De esa forma terminó nuestro segundo día en Nueva York (y el primero completo), otro día que pasamos con la familia y tratando de adaptarnos al cambio horario.

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Saltando un océano en seis horas y media

Los grandes viajes comienzan con la tensión de revisar el equipaje una y otra vez y tratar de descubrir aquello que das por descontado que estás olvidando. Es una batalla contra uno mismo porque en algún lugar de tu cabeza un pequeño pajarito te sopla cosas con una voz muy baja y para cuando lo escuchas ya es muy tarde.

El día anterior a nuestro viaje ya estábamos con la casa regada de maletas y elegíamos aquello que queríamos. Nos íbamos con lo mínimo imprescindible porque los Estados Unidos es como un inmenso centro comercial de rebajas y saldos, gracias a la crisis y a la desgana de su moneda. Para que mi maleta llevara algo le puse dos abrigos que pensaba tirar y cogí la friolera cantidad de tres pares de calcetines, tres gallumbos y tres camisetas. Todo lo demás tendría que adquirirlo allí.

Pasaportes, tarjetas de embarque impresas, papeles con la reserva del apartamento, de la New York Pass y demás se apilaban entre mis cosas, junto con cargadores y toda la parafernalia de la cámara.

Salimos antes de las nueve hacia el aeropuerto, con un taxi que nos llevó a la estación de tren. Ese día estaba previsto la realización de obras en las vías cercanas al aeropuerto y por eso habíamos calculado algo más de tiempo. Tomamos el tren, el cual salió a su hora y nos habían dicho que nos dejaría en Amsterdam Zuid WTC, una parada antes del aeropuerto y allí tendríamos que transbordar a otro tren. Al llegar, salimos el par de cientos de personas que íbamos hacia el mismo destino y según los paneles teníamos que esperar diez minutos. A la hora a la que debía llegar el tren anuncian que lo han cancelado y que el siguiente llegará quince minutos más tarde. Todo el mundo se lo tomó a la tremenda pero yo a estas cosas les veo el lado positivo: por culpa del retraso, me devuelven el dinero de los billetes y hemos hecho un viaje gratis al aeropuerto. Con la alegría de saber que había recuperado el dinerillo esperamos al siguiente tren y di instrucciones precisas a mis padres porque sabía la que se montaría cuando apareciera. Los cinco minutos que nos separaban de la estación subterránea de Schiphol los hicimos en un vagón más lleno que los trenes de la India, con la gente y las maletas mezcladas sin orden ni concierto.

En el aeropuerto compramos un par de cajas de bombones Leonidas y fuimos a facturar. La gente se apelotona en los primeros mostradores y los últimos están casi vacíos. Gracias a que había llenado todos los datos desde mi casa esta operación no nos tomó mucho tiempo. Los despistados han de dar un montón de información que será usada por las autoridades americanas para detectar a hijosdeputa terroristas islámicos. Aún tuvimos tiempo de pasear por la terraza del aeropuerto y ver los aviones llegando y marchando, una hermosa danza que es vigilada atentamente por unos frikis que equipados con unos monoculares espectaculares apuntan las matrículas de todos los aviones que ven y lo registran todo en sus ordenadores. Supongo que cada loco disfruta con su tema y estos tienen pinta de ser de cuidado.

Tras el control de pasaportes, cambié algo de dinero en dólares y nos sentamos a tomar un café mientras esperábamos el embarque. Volábamos con Delta, una aerolínea nueva para mi. Además del vuelo sin escalas y del buen precio, los elegí porque prefiero un Boeing 767 a un 747 o un Airbus A340. Estos dos últimos aviones son sencillamente demasiado grandes y terminas en una fila como la de un cine solo que tienes que aguantar ahí un montón de horas. En el 767 teníamos los tres asientos del centro, con salidas a los pasillos por ambos lados, lo cual es perfecto. En este tipo de vuelos, cuando el destino es Estados Unidos, el control de seguridad se pasa junto a la puerta de embarque y a la vez hay también interrogatorios de todo tipo que se centran en esa obsesión que tienen con las baterías de tus aparatos electrónicos y la gentuza que las pueda haber tocado. Tras este rollo ya estábamos listos para entrar en el avión, cargados de equipaje porque Delta te deja llevar dieciocho kilos de equipaje de mano.

Hicieron un embarque por zonas y así no hay tanto follón. Ya dentro tomamos posesión de nuestros asientos y nos preparamos para un viaje interminable. En realidad las noticias fueron excelentes y gracias al fuerte viento nos comunicaron que llegaríamos en seis horas y media. Salimos con retraso pero la llegada fue en hora. En el aire, el avión se comportó maravillosamente y disfrutamos con la comida, las películas y de cuando en cuando me eché una pequeña siesta. Al ir hacia América desde Europa viajas con el tiempo y llegamos a nuestro destino dos horas después de haber salido, según la hora local. En Nueva York el clima era excelente. Tras salir nos metieron en uno de los sótanos en los que se pasa el control aduanero. No sé por qué en los Estados Unidos siempre hacen esto en sótanos. Eran unas colas enormes y la gente se pone nerviosa con sus formularios en los que siempre te queda la duda de haberla cagado y haber puesto algo mal. Cuando nos tocó la vez, nos hicieron las fotos que engrosarán las bases de datos de posibles terroristas, nos tomaron las huellas dactilares y el hombre nos deseó una buena estancia en el país. Casi estábamos dentro. Solo nos faltaba recoger el equipaje y salir a la calle. Lo primero fue fácil y después buscamos la salida. Un hombre se acerca a nosotros y nos ofrece un taxi para llevarnos a la ciudad. Yo ya sabía que la tarifa para ir del aeropuerto JFK a Manhattan es plana y vale cuarenta y cinco dólares más peajes y propina y me sorprendió que el tipo no estuviera en su taxi. Cuando intentó llevarnos a un aparcamiento me detuve y vi que la parada estaba cerca. Le dijimos que se fuera con viento fresco y nos acercamos al lugar en el que tras diez minutos de espera llegó nuestro taxi amarillo y comenzaron nuestras vacaciones en Nueva York.

La historia continúa en Dos primeros días para disfrutar con la familia.

Interior de la St Patrick’s Cathedral

En el interior de la mayor de las dos catedrales de la Iglesia de Irlanda el tiempo parece haberse detenido hace unos siglos. No es una iglesia católica y según el chófer del autobús turístico que nos paseaba por la ciudad, es preferible arder mil años en el infierno a entrar en ese lugar, un comentario hecho con el típico cinismo irlandés.

Puedes leer el relato que acompaña a estas fotos en Primer día en Dublín. Lluvia y encuentros divinos y si quieres ver otras fotos de la ciudad están en el Album de fotos de Dublín.