Big Eyes

Uno de los directores americanos más interesantes es Tim Burton. Siempre ha seguido su propio camino, con un cine que está totalmente desligado de lo que se hace en sus tiempos. A él le van cierto tipo de historias, siempre con un reverso anormal, bordeando un precipio que no en todas las ocasiones podemos ver y con personajes que en muchas ocasiones son histriónicos. Aunque sus películas no siempre funcionan conmigo y en algunas ocasiones he salido del cine deseándole que tenga en su árbol genealógico un truscolán, no por eso dejo de ir a verlas y así, la semana pasada fui a ver Big Eyes, película que en España estuvo en los cines desde el día de Navidad y que imagino que ya habrá desaparecido.

Una julay se casa con el primo segundo del Guaca y éste la esclaviza para hacerse rico y chimpún

Una mujer se marcha de casa con su hija en una época en la que esto estaba muy mal visto. Comienza una nueva vida e intenta ganar dinero pintando. En un parque en el que vende sus cuadros en domingo conoce a un tipo muy exótico del que se enamora. El colega ve el potencial en ella y cuando son sus cuadros los que la gente quiere, como se casan, la hace firmar con su apellido y dice que él es el autor. Se convertirá en un chamo famosísimo viviendo de este engaño hasta que ella lo deja y se destapa todo.

Si yo no tuviese una tremenda alergia a los museos de arte moderno, igual hasta me habría sonado familiar lo de esta pareja del artisteo. Lo cierto es que como buen cacho de carne con ojos en mi vida había oído hablar de ellos, aunque creo que he visto tarjetas en tiendas con esos niños de ojos grandes que me daban mal yu-yu, ya que más bien parecen truscolanes a punto de robarte la cartera. Dicho esto, la historia sigue a la artista, vemos de pasada como deja a su marido y comienza su nueva vida de madre separada, los problemas que tiene y como por necesidad acaba casándose con Keane, el cual resulta ser un charlatán del copón y que la explota todo lo que puede. La película tiene en muchos momentos un aspecto visual que la hace parecer un docu-drama televisivo, una de esas reconstrucciones de hechos reales con actores y que en muchas ocasiones tienen un texto en pantalla avisándote. Amy Adams está adorable y le da vida a su papel y en mi caso Christoph Waltz sobra. No se que le ven en los Estados Unidos a ese actor alemán que importó Tarantino pero yo no lo soporto. Siempre hace el mismo papel, abusa de su fortísimo acento alemán hablando inglés (que por supuesto, se pierde en el doblaje) y no tiene encanto alguno. Por supuesto hay una cantidad cercana al cero absoluto de química entre ambos.

Aunque la película entretiene y es interesante, en algunos momentos es repetitiva. Vemos a la protagonista pintando cuadros doscientas mil veces y quizás se podían haber ahorrado tres cuartas partes de esas escenas y contarnos otra cosa. La parte final, con Hawaii y testigos de Jehová resulta muy interesante, así como el juicio. Pese a todo, la peli no aburre ni te deja mal cuerpo.

No es cine para los miembros del Clan de los Orcos y también tengo mis dudas que los más exquisitos de los sub-intelectuales con GafaPasta la puedan apreciar.

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