Capítulo noveno: Los isleños en el camino a Biloxi

Tras una pausa para recuperar el resuello he vuelto a retomar el diario por entregas del viaje a Luisiana del año pasado. Ya casi hemos llegado al final. Si quieres leer la historia siguiendo su secuencia natural, entonces deberías empezar por leer London Heathrow y después continuar con Capítulo primero. El comienzo en donde se habla del viaje, Capítulo segundo: Plantation Country y como cruzamos este territorio de plantaciones yendo hacia Baton Rouge, Capítulo tercero: Cajun Country 1 y nuestro primer contacto con el Swamp, Capítulo cuarto: Cajun Country 2 y el segundo contacto con el Swamp, Capítulo quinto: Nueva Orleans 1 y nuestro primer día en The Big Easy para continuar con Capítulo sexto: Nueva Orleans 2, Capítulo séptimo: Nueva Orleans 3 y finalmente leer Capítulo octavo: Nueva Orleans 4.

Tras la experiencia alucinante del día anterior, con la cena bajo la lluvia con banda de Jazz, nos levantamos el domingo dispuestos a dejar Nueva Orleans atrás. Aprovechamos para disfrutar de un último desayuno en el Café Du Monde e hicimos unas compras de última hora en el centro comercial que está junto al centro de Convenciones. Era temprano y aquello estaba bastante vacío.

Nuestro plan no estaba muy definido y el día anterior el colega que nos invitó a cenar nos había recomendado que fuéramos por la costa hacia Biloxi y Gulfport y de ser posible visitar Ship Island. Nos regaló un mapa en el que además nos indicó los sitios en los que deberíamos parar a comer por ser restaurantes de gran calidad. En el camino planeábamos visitar la Parroquía de San Bernardo (Saint Bernard Parish), el lugar donde se asentaron los descendientes de Canarios al llegar a estas tierras. Con ese bagaje salimos de la ciudad. Pasamos junto al campo de batalla de Chalmette, el que había visitado en barco de palas y decidimos detenernos para una visita rápida ya que mi amigo, con su sacrificio en aras de la ciencia y el progreso al acudir a ese congreso de malabaristas y chimpuneros desquiciados, no lo había podido ver.

Museo Canario en Saint Bernard ParishContinuamos hacia el museo de los Isleños y después de pararnos a preguntar lo encontramos. El edificio estaba cerrado pero en la parte de atrás había una oficina en la que estaba un señor, el cual al vernos noveleriando por el exterior salió a hablarnos. Fue decirle que éramos Canarios auténticos, de la Isleta mismamente, que es algo así como el Santo Grial de la raza, el lugar donde se encuentran los crisoles que generan los canarios más puros y el señor se echó a temblar de la emoción. Nos agarró del hombro y nos dijo que de allí no se movía ni Dios. Abrió el museo para enseñárnoslo, explicándonos todo. Tenían música Canaria, grabaciones de gente contando recuerdos de la tierra que se vieron forzados a dejar, ropas típicas y demás. También había un libro en el que estaban apuntadas todas las familias que llegaron desde el archipiélago, con los nombres y el barco que los trajo. Es el registro de todos ellos, el corazón de su historia. Cuando acabamos con el museo nos llevó a una casita que habían hecho y que mostraba como vivían los colonos al llegar a ese nuevo país, un lugar cubierto de agua y de animales que jamás pudieron imaginar.

Interior de vivienda en el museo de los IsleñosNos contó lo dura que fue la vida de los Isleños al comienzo, lo mal que lo pasaron porque sus conocimientos no eran los adecuados y como tuvieron que aprender a sobrevivir fijándose en los Indios. Tenían algunas barquillas expuestas y aperos de labranza. El hombre estaba en su salsa, feliz como un niño chico. A media visita se las apañó para avisar a otros y una señora vino corriendo a vernos. No lo puedo confirmar, pero con la velocidad con la que se presentó, imagino que las enaguas quedaron por el camino. Pasamos una mañana fantástica con ellos. Nos contaron su historia, como les habían prohibido hablar el español a comienzos del siglo veinte para que se integraran con los americanos y el trauma que supuso ese castigo del gobierno americano, que impidió que los padres se pudieran comunicar con sus hijos. Ahora están tratando de recuperar el idioma y les enseñan a los niños el español en la escuela. Nos explicó que por su bajo nivel, San Bernardo siempre se inunda y que cuando se trata de salvar la ciudad de Nueva Orleans de las aguas, se hace a costa de inundar San Bernardo, una zona de gente pobre y humilde, que se aferran a su tierra porque es lo único que tienen. En las semanas pasadas hemos visto como toda aquella zona quedó cubierta por tres metros de agua. Todo lo que poseían se perdió. Se recuperarán de esta pero la próxima volverá a golpearles porque la historia siempre se repite con los mismos.

Antes de dejar a los Canarios y vista su amabilidad para con nosotros, me acordé que en mi maleta llevaba un montón de paquetes de caramelos Tirma para mi tío. Ya me habían dado problemas en los aeropuertos, así que decidí que uno de esos paquetes se merecía el quedarse en ese lugar y con esa gente. Les regalé el kilo de caramelos y el hombre los cogió como quien recibe las tablas de los mandamientos. Insistí para que se los comieran pero imagino que acabaron en las vitrinas, con otros productos manufacturados en las Canarias, como homenaje a una tierra para ellos legendaria.

La tierra de los IsleñosNos dijeron que había otro museo en la zona y llamaron para avisarles de que íbamos en camino. Ya estaban en la puerta cuando llegamos. Este era más sencillo que el de ellos y estaba más orientado hacia la forma en la que vivía la gente en aquella zona en el siglo XIX. Al acabar esta segunda visita enfilamos hacia Biloxi. En lugar de coger la autopista íbamos por una carretera de esas que te lleva por en medio de todos los pueblos. Cruzábamos la frondosa naturaleza y de repente se abría un claro y aparecía una calle llena de casas y comercios, alguna gasolinera y cuando salíamos del pueblo volvíamos a estar rodeados por árboles y agua. Paramos a comer en uno de los lugares que nos recomendó el profesor de cocina y la comida fue deliciosa. No puedo poner el nombre del sitio porque no consigo encontrarlo en mis notas. Era uno de estos sitios de películas americanas con camareras muy amables y en los que el coche de la policía está en la puerta y el ayudante del Sheriff mata el tiempo quitándose la raña de los dientes con unos palillos.

Tras el ágape, seguimos la ruta y llegamos por la tarde a Biloxi y Gulfport, un lugar en la costa de Misisipi lleno de casinos. Como la ley del estado no permite el que hayan casinos en el mismo, todos están construidos en el mar, a un metro de la costa, donde parece ser que no se aplica la ley esa. Los había de todas las formas posibles, muy del estilo espectacular de los americanos para este tipo de edificios. Nos quedamos en un Holiday Inn y por la noche fuimos a un MacDonalds a buscar una hamburguesa para cenar pero no hubo suerte. Mi amigo entró a pedirlas y volvió con dos capuchinos, porque eso fue lo que entendió la chica y el no tuvo redaño para partirle el corazón a la pobre con el disgusto, con lo que nos tuvimos que conformar con café de esa cadena. Rondando la zona con el coche nos metimos por una carretera que se alejaba del frente marítimo. En primera línea están las playas, los casinos y los puertos deportivos, junto con los comercios. Detrás están los edificios públicos, como escuelas y demás. Tras ellos, las casas de la gente de clase media/alta. Seguimos avanzando y llegamos a la clase media, tras los que venían los negocios más modestos y que no están relacionados con el turismo. Tras ellos estaban las vías del tren y al pasarlos llegamos a territorio comanche, la zona sin ley en donde viven los marginados. Dimos la vuelta y volvimos escopeteados al mundo en el que nos movemos habitualmente, que yo en esos entornos hostiles seguro que no sobrevivo.

Así acabó este día de transición en el que conocimos un poco de la historia de los Isleños en Luisiana.

2 opiniones en “Capítulo noveno: Los isleños en el camino a Biloxi”

  1. Aquí lo tienes. Ay que ver que poca fe tenemos por aquí. Todo lo que ha pasado en este viaje es tan real como la vida misma y por si alguien duda, tengo un testigo, pero el mamón no comenta porque los profesores universitarios están por encima del bien y del mal y de los comentarios de bitácoras de mierda.

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