Capítulo Sexto: Nueva Orleans 2

Esta narración comenzó hace un tiempo. Tienes suerte y podrás disfrutar de la secuencia completa si sigues los siguientes enlaces. En primer lugar deberías leer London Heathrow y después continuar con Capítulo primero. El comienzo en donde se habla del viaje, Capítulo segundo: Plantation Country y como cruzamos este territorio de plantaciones yendo hacia Baton Rouge, Capítulo tercero: Cajun Country 1 y nuestro primer contacto con el Swamp, Capítulo cuarto: Cajun Country 2 y la última anotación fue Capítulo quinto: Nueva Orleans 1.

Con más de un año de retraso y con la desgracia aún reciente, va siendo hora de recordar aquellos maravillosos días que pasamos en Luisiana el año pasado. Las palas del Creole QueenMi segundo día en Nueva Orleans comenzó con un crucero por el río Mississippi en uno de esos barcos con ruedas de madera (paddlewheeler) que siempre hemos visto en las películas. Se trataba del Creole Queen. El mini crucero pasaba por delante del French Quarter, el Cabildo y bajaba río abajo hacia el lugar en el que tuvo lugar la batalla de Chalmette, uno de los puntos culminantes de la guerra de la independencia norteamericana. El viaje en aquel trasto fue increíble. Las palas golpeaban el agua y hacían un ruido muy especial al empujar. El viento agitaba la enorme bandera norteamericana. Ver la ciudad desde el agua era increíble. El viaje en sí duraba alrededor de una hora. Barcos enormes cruzaban por el río Mississippi, super-petroleros y demás. Tenían banderas de todos los países. Venían a buscar petróleo. Nuestro barco era un enorme anacronismo de otra era en aquellas aguas.

Cuando llegamos al campo de batalla, justo frente al embarcadero hay una mansión de tipo sureño construida después de la batalla. La casa está vacía y con toda la planta inferior abierta. Se llamaba la plantación Malus-Beauregard. Cañón en el campo de batalla de ChalmetteSimplemente cruzas por ella para llegar al campo de batalla, que no es más que una enorme extensión abierta de cesped con un obelisco a un lado. Allí, en aquel lugar, el general Jackson se enfrentó a los ingleses y los venció el 8 de enero de 1815 en la batalla de Nueva Orleans. Esta fue la última batalla entre británicos y americanos y forjó el orgullo de nación americana además de convertir al general Jackson en un héroe nacional. Nadie daba un duro por los gringos pero de alguna manera consiguieron ganar. En aquel lugar se encuentra también el obelisco que conmemora la batalla. Subí hasta arriba y me llevé la desilusión del milenio. Las ventanas estaban cubiertas con unas mallas super molestas que no permitían hacer fotografías, por motivos de ?seguridad??. Abajo se quedó casi todo el mundo escuchando la historia que contaba el guardia nacional, un tipo que le daba un nuevo sentido al término fascista y que dejó caer un par de comentarios sobre lo necesario que era para el mundo que el ejército americano los salvara de todos sus males y luchara contra el terrorismo. Su público eran mayormente esos norteamericanos gordos como cerdos, sudorosos y que ya estaban agotados por el paseíllo desde el barco. También había una fauna muy especial por allí. Eran unos frikis de cuidado que portaban una mochila horrorosa y más parecida a un ataud, hecha como de cuero negro, pero del barato que se usa en los sofás de las casas de los que no se pueden pagar el auténtico (en Canarias a eso en mi barrio se le llamaba escai). Para mí era muy fácil identificarlos porque mi amigo también tenía una de esas mochilas. Era el regalo para los que habían venido al congreso de cosmetología y patrañas similares que servía de excusa para nuestro viaje. Parece que muchos decidieron fugarse ese segundo día y estaban allí pasándoselo bomba, arrastrando sus horrorosas mochilas. Ni siquiera alcanzo a describirlas pero os aseguro que jamás habéis visto algo tan feo, grande e inútil. Casi todos tenían gafas de culo de botella, paletas pronunciadas, camisetas de cuadro, pantalones arremangados a la altura de los sobacos y se ajustaban como un guante al estereotipo de profesor chiflado. Los había japoneses, chinos, españoles, alemanes, americanos, rusos y de cualquier lugar que os podáis imaginar, todos cortados por el mismo patrón. Yo al mirarlos me apenaba por esas pobres mujeres que tendrán que cerrar los ojos y copular con ellos para garantizar a la especie la supervivencia de los más inteligentes. Está claro que Dios reparte de todo y a unos nos hace tontos y resultones y a otros listos y familiares de Tizio.

Después de un tiempo en aquel lugar, con el fascista aquel adoctrinando a los niños de un colegio sobre la guerra sobre el terrorismo y dejándolos que tocaran y cogieran su fusil (que espero estuviera descargado) volvimos al barco para retornar a la ciudad. En la vuelta teníamos un almuerzo criollo delicioso, según la publicidad. En la práctica era comida de catering en platos de plástico. Me vendieron también un montón de fotos pequeñas tomadas a la entrada del barco y que venían como imanes de nevera. Uno lo podéis encontrar en casa de mis padres y el otro en la mía.

Al llegar a la ciudad, aprovechando que ya estaba almorzado, me fui a completar la visita al centro centrándome en los edificios. Cabildo, Catedral de San Luis y General JacksonEstuve en la catedral de San Luis, una iglesia preciosa, católica por supuestísimo. También visité el Cabildo, convertido en el Museo del estado de Luisiana. Este edificio fue construido por los españoles y ahí fue donde se firmó la transferencia de los territorios de Luisiana al gobierno americano. El Cabildo tiene toda la solera y el sabor de los grandes edificios de nuestra época colonial. Es imponente. La sala capitular te deja sin aliento. En su tiempo la usaron como sala del tribunal supremo de Luisiana. En la actualidad este museo guarda gran parte de la historia de este pueblo. Uno de los objetos más famosos es la máscara funeraria de Napoleón Bonaparte, supuestamente forjada a partir de un molde de la cara del colega que su médico personal tomó instantes después de que falleciera, para que después digan que los médicos son de fiar. Se dice que sólo existen cuatro copias de ese molde. Hay otras cosas que pertenecieron a Napoleón, del que hubo incluso un colega que planeó un complot para liberarlo de la isla en la que estaba preso y traerlo a estas tierras. En el Cabildo hay una sala de banderas en la que las españolas tienen un lugar prominente.

También estuve en el 1850 de de la calle de San Pedro, en la famosa casa de Pontalba, ubicada en el Lower Pontalba Building. La casa lleva ese nombre por la baronesa de Pontalba, la cual a pesar de su apellido era una mala persona y es la responsable que la plaza de Armas, que es como se conocía a la plaza frente al Cabildo, fuera renombrada como plaza del general Jackson. La tipa odiaba todo lo que era francés o español. La casa que se puede visitar muestra como vivían los ricachones en aquella época, con un lujo exquisito y en la parte de atrás los cuartos de los esclavos. El edificio además fue uno de los primeros que constaba de dieciséis viviendas unifamiliares, con sus respectivos esclavos. Merece la pena la visita. Está muy bien conservada y nos deja entrever lo que fue la vida en otros tiempos en aquel lugar, tanto de los ricos, como de los que les servían.

Madame Johns legacySiguiendo con mi visita cultural estuve también en Madame John’s Legacy, una de las pocas viviendas de la época francesa que quedaron en la ciudad después de los incendios. Es un edificio de madera, bastante austero en su exterior y sin el encanto y alegría de las casas estilo andaluz. En su interior han puesto un museo, el cual no me impresionó en absoluto, aunque me encantó el edificio con su aura tan oscura y sus rincones casi sin luz.

Cuando acabé la visita a estos lugares históricos volví al motel a esperar a mi colega. Esa noche teníamos el evento cumbre del congreso: la cena en el Hilton. Todos los frikis que estaban sueltos en la ciudad encerrados entre cuatro paredes y dándole rienda suelta a sus excentricidades. Esta cena marca además un hito en mi vida. Es la única vez que he pagado ochenta dólares por una comida, repito 80 dólares. Y lo peor es que la comida dejó mucho que desear. Imaginad como se puede alimentar a más de 700 personas simultáneamente. Posiblemente las cosas estaban cocinadas al menos con horas de antelación y mantenidas en caliente. Como siempre llegamos tarde y nos colocaron casi frente al escenario. En nuestra mesa había todo tipo de bichos raros. Yo resplandecía como un planeta entre tanto ser anómalo. Había un tipo de una universidad cercana que si no tenía cuatro dedos de frente, tenía seis. También había una tipa científica que me ponía los pelos de punta del miedo que daba. Dicen que su artículo fue muy bueno, porque allí todos escribían artículos que posteriormente exponen en salas vacías para mayor gloria de la investigación y el desarrollo. Respirad tranquilo porque con vuestros impuestos en todos los países se paga a una elite intelectual que nos garantiza el progreso. No recuerdo las conversaciones con detalle, aunque me marcaron de por vida. Esa gente era incapaz de dejar de hablar de su trabajo y de su pequeña área de especialización. Te contaban unos rollos macabeos que no le interesaban a nadie. Yo cuanto más escuchaba, más daba gracias al señor por tenerme en la industria privada.

Tras el atraco a mano armada que fue la cena, se oye un tumulto y se abre la puerta principal. Un estruendo me alarma. Todos se están levantando y aplaudiendo a rabiar. Al principio no veía nada pero luego pude ver que el pequeño Yoda en persona entraba en la sala a lomos de un Segway, dando más bandazos que un borracho al volante. El tío casi se mata en aquel trasto diabólico. Al estar más cerca vi que no era el gran y sagrado Yoda, sino un japonés cabeza de billar y feo como el solo con esa sonrisa tenebrosa que tienen todos y los ojos arrugados de tanto achinarlos. Se bajó del cacharro como pudo o como Dios le dio a entender. Ahora comprendo por qué el presidente americano casi se mata usando uno. No parece ser cosa sencilla. El colega subió al escenario y comenzó a golpear el micrófono con el solo objeto de causarnos una sordera permanente. Cuando el silencio se apoderó de la sala, empezó a hablar.

Después de dos frases pensé que sucedía algo malo con la megafonía. No lograba entender una puta palabra de lo que decía. Lo achaqué a mi incultura y a mi deficiente inglés. Tras un rato el americano que tenía a mi lado me preguntó si entendía algo porque hablaba inglés ?europeo??. Le dije que yo no pillaba una mierda, que debía ser algún dialecto británico. Preguntamos en la mesa y ninguna de las diez personas sabía lo que decía aquel tipo. En algunos momentos debía hacer bromas y el mismo se reía de ellas, mientras todos lo mirábamos aterrorizados. Como nadie me cree habitualmente grabé con la cámara de fotos un vídeo que suelo usar para aterrorizar a mis vecinos. Ese mismo vídeo lo han usado en varios programas de ocultismo para justificar las cacofonías. Para hacer las cosas más intrigantes se solapó la megafonía con los transmisores de los camareros y a veces lo dejábamos de oir a él y en su lugar se escuchaba a otro repartiendo órdenes e insultando a diestro y siniestro. Nosotros nos reíamos y el japonés, que iba a su bola, se rebotaba porque no eran momentos de chistes en su trascendental discurso que merecería aparecer en la escena final de cualquier película épica. Algunos camareros trataron de encontrar la fuente de las interferencias sin éxito, con gran alegría por nuestra parte. Cuando dejó de hablar le aplaudimos a rabiar y el hombre venga a doblarse con tanta reverencia, emocionado hasta las lágrimas por tremendo éxito. Le dieron hasta flores para su tumba lo cual pareció agradarle. Hay que ser hijoputa para regalar una corona de flores a un tío que hace un discurso. Nosotros le hacíamos fotos para recordar y poder reírnos en el futuro y él venga a posar encantado de conocerse a sí mismo. Después dieron premios a los mejores artículos. Si tenemos en cuenta que el congreso continuaba hasta el día siguiente, es cuanto menos una falta de respeto que se den los premios el día antes con un montón de gente exponiendo los suyos después de que se sabía que eran una mierda. No me meto en esto que el mundo de la investigación de elite es muy peculiar y no quiero despertar insensibilidades. Alguna de las tías premiadas no consiguen que se las follen ni aunque paguen, lo cual os debería dar una idea de la calidad del material. Sé de buena tinta que una de ellas llevaba un billete de cien dólares en la cartera por si la trataban de violar en las inseguras calles de la ciudad y a pesar de que lo intentó, los tíos no cogían el dinero y salían corriendo despavoridos al verla. All that Jazz!Cuando terminó el evento el japonés trató de salir en plan romano en su cuadriga con el Segway pero no consiguió ni subirse ni usarlo. Y después dicen que hasta un niño lo puede manejar. Imagino que serán niños no japoneses.

Acabamos el día en Bourbon Street escuchando Jazz en vivo y tomando cerveza.

2 opiniones en “Capítulo Sexto: Nueva Orleans 2”

  1. Oye, deberías publicar un libro con todos estos artículos. Son geniales. Hay escritores y periodistas por ahí con decenas de publicaciones y no tienen ni la mitad de gracia, ni estilo a la hora de escribir… y muchos de ellos no escriben más que dogmáticas gilipolleces de partido político.

  2. Es entretenido, pero no mucho más. Cada vez que los releo corrijo cosas que quedan mal. De todas formas me halaga y muchas gracias. Creo que completaré esta serie de un tirón porque si no no lo acabaré en la vida.

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