Arquitectura Efímera

Hoy quiero que deis un paseo conmigo por lo que han sido nueve meses contando pequeños cuentos, cada uno inspirado en una canción y siempre acompañados de una foto. Me ha tomado un tiempo completar esta serie que desde su comienzo tomó vida propia y siguió caprichosos caminos, asomando y escondiéndose a su gusto. La idea vino del disco Arquitectura Efímera de Fangoria y los títulos de las historias corresponden a las canciones de dicho disco.

Es también lo más íntimo que encontraréis en ésta bitácora. Cada historia surgió de un estado anímico, de una imagen que quedó grabada en mi retina, de una frase oída al pasar por una esquina. Todas ellas forman una unidad llamada Arquitectura Efímera y me gustaría que esta anotación sirva como índice y como presentación de cada una de ellas. Me gustaría también dar las gracias a todos los que me han dado su opinión sobre las mismas, la mayor parte de las veces usando métodos que no dejan huella en la bitácora.

AdiósEl arte de decir que noEn otro mundoEntre mil dudas
Interior de una nave espacial abandonadaHoy aquí, mañana veteLa diferencia entre la fe y la cienciaLa mano en el fuego
Miro la vida pasarNadie mejor que túRetorciendo palabrasTeatro del dolor

Miro la vida pasar

Mientras tanto miro la vida pasar
y no sabes cuánto cuesta creer que no volverás ??

La mano en el fuego

?? no lo hago solo por ti
y no me voy a arrepentir ??

Interior de una nave espacial abandonada

Hoy me ha dado por pensar ??
que estás más lejos que ayer ??
y sigo esperando ??

Nadie mejor que tú

Nadie mejor que tú podrá ??
?? decidir cambiar
Nadie mejor que tú para encontrar ??
?? otra realidad

Retorciendo palabras

?? de que sirve un futuro ideal
construido en terreno ilegal ??
o un pasado que me hace dudar ?? del presente

Hoy aquí, mañana vete

?? y no sé como pudiste hacerlo
no sé por qué dijiste aquello ??
pero lo nuestro ha terminado
no quiero volverte a ver ??

En otro mundo

?? sabes que yo estoy en otro mundo
con un sueño eterno inalcanzable
piensas que es posible conquistarme ??

Entre mil dudas

Entre mil dudas naufragué
entre tus brazos me olvidé
perdido el norte me encontré
entre la angustia y el placer

La diferencia entre la fe y la ciencia

Cual será la diferencia
entre el fe y la ciencia.
Somos santos y demonios
somos invencibles.

Teatro del dolor

?? que mal final de un mal guión
que absurda decisión
por eso aquí se acaba la función.

El arte de decir que no

?? el arte de decir que no de forma natural
la ciencia del perfecto adiós, tajante y sin dudar ??

Adiós

?? adiós, adiós, adiós
volveremos a vernos
adiós, adiós, adiós
te echaremos de menos ??

Adiós

Adiós

El eco de los tacones al golpear el suelo salpicaba sus oídos mientras caminaba a lo largo del pasillo, un túnel infinitamente blanco, como corresponde a los hospitales. Una única lágrima remoloneaba en su mejilla, dejándose querer, sin terminar de caer. Su agitada respiración añadía un contrapunto al sonido de los tacones. Si se cruzó con alguien, ella no lo vio. La envolvía una burbuja de irrealidad.

Atrás quedaba toda una vida, en aquel lecho neutro y aséptico que trataba de inspirar una sensación de limpieza y lo único que lograba era provocar la lástima del que lo visitaba. No quiso girar la cabeza. Allí dejaba un amigo, un amante, un esposo, una parte de su vida o quizás el todo. Sujetaba el crucifijo entre sus manos y en ese momento supo que éste final no acababa nada, que la vida sigue y aunque queramos no nos podemos bajar. Sabía que en el futuro trataría de reponerse y también sabía que no es tan fácil olvidar como pensaba. La eternidad del morir viviendo era lo que le deparaba el futuro.

Llegó a la puerta y la abrió para enfrentarse a su familia. De algún lugar sacó una sonrisa y la dibujó en su rostro cuidadosamente. Arrancó la lágrima con el puño de su camisa y se enfrentó a la realidad. No le hizo falta decir nada. Todos corrieron a abrazarla, entre sollozos. En su cabeza pensamientos sueltos revoloteaban sin sentido. ¿Qué le diría cuando lo encontrara en la eternidad? ¿Qué sonará dónde él esté? ¿Que pensará de sus sueños en común? ¿Jugará alguien a ser su dueño?

El mundo real la arrastraba de vuelta. En su cara aparecían nuevamente las lágrimas, aunque esta vez venían en torrente. Trataba de comprender lo que le decían pero no atinaba a responder adecuadamente. Alguien o algo la sujetaba con fuerza.

Cuando abrió los ojos estaba en el suelo. Parecía que le habían dado con un martillo en su cabeza. Una punzada de dolor le cortaba el aliento. Un montón de gente la miraba desde arriba, con caras de preocupación y de susto. Una enfermera agitaba el aire frente a su cara, como tratando de espantar malos espíritus. Recordó por qué estaba allí. Ya lo echaba de menos y eso que se acababa de marchar.

¿Estaría él caminando hacia la luz? ¿Habría alguna luz? Su profunda fe se estremeció con las dudas que nunca antes había tenido. Hasta ahora todo lo que acontecía entre la vida y la muerte había sido teoría, lo había visto siempre desde lejos, tras la barricada. Pero esta vez era distinta. Había sucedido junto a ella y no podía esconderse o negarlo. No es lo mismo confortar a otros que padecerlo en tu propia carne. No encontraba consuelo. Su corazón se rasgaba y por las brechas que surgían se le escapaba la certeza que tanto necesitaba. Sus sentimientos parecían negarse a comprender lo que su mente racional les decía. El presente era un lugar en el que no quería estar y el futuro ya no valía nada. Quería volver al pasado, volver con él y pasar allí los eones, hasta que juntos emprendieran el camino hacia el otro lado. Sintió una ciega rabia por su desfachatez, por dejarla atrás y marcharse de esa forma. La rabia quedó ahogada por su amor. ?l nunca la habría dejado. ?l se fue obligado, después de luchar incansablemente contra un cáncer que siempre quiso ganar y al que fue imposible derrotar.

Se incorporó y consiguió sentarse en una de las sillas de la sala con la ayuda de los suyos. Puso la cabeza entre sus manos y se dejó ir. Los sollozos que hasta ahora había tratado de retener escaparon aliviando su dolor y humanizando su rostro. Lo iba a echar mucho de menos.

… adiós, adiós, adiós
volveremos a vernos
adiós, adiós, adiós
te echaremos de menos …

Aquí concluyen las historias inspiradas en el disco Arquitectura Efímera. Para leer más historias de esta serie, haced clic en este enlace.

El arte de decir que no

El arte de decir que no

Al cruzar el pórtico retrocedí mil años. El aroma del incienso me cubrió completamente, despertando recuerdos dormidos desde siempre. La multitud se movía bulliciosamente y yo me dejaba llevar por ellos. Imaginaba como debía ser cuando Aladino andaba por ese mismo callejón, portando su lámpara. Aladino y el genio, maravillándose con los exóticos productos que los vendedores voceaban continuamente. Todos me miraban con una amplia sonrisa y gesticulaban para que entrara en su tienda. Todos me veían como una fuente de ingresos, fuente apetitosa y fácil de engañar.

Presentía que por esas mismas calles paseó Gulliver en alguno de sus viajes alrededor del mundo. Junto a mí podía sentir los fantasmas de todos los que en los últimos dos mil años habían estado allí. En aquel lugar el pasado se unía al presente y al futuro, formando una entidad única.

La marea humana me llevó hacia un recoveco en el que un viejo vendía sus frutas. Sentado en el suelo, su cara ilustraba la historia del lugar. Un pellejo curtido por el sol y el calor, unas manos nudosas acostumbradas al trabajo duro, unos músculos sin grasa, preparados para tan duro ambiente. El hombre vestía una chilaba blanca, inmaculadamente blanca. A pesar de estar sentado en el suelo no se veía ni una sola mancha en su ropa, ni un atisbo de suciedad. Desplegó una enorme sonrisa al verme, una sonrisa que enseñaba sin complejos los vacíos entre sus dientes. Me enganchó con su sonrisa. A veces es tan fácil claudicar.

Comenzó a ofrecerme todo tipo de frutas. Naranjas, mangos, aguacates, papayas. Yo gesticulaba diciendo que no, pero el no se rendía. Hablaba rápidamente, en árabe, seguramente alabando las bondades de sus productos. Yo no entendía nada y movía frenéticamente la cabeza, tratando de hacerle entender que no quería comprar fruta. El seguía repitiendo su letanía de forma infatigable. A mí no me gusta perder los papeles ni el sitio y el me estaba llevando a su campo de batalla. Me sentí impotente.

En un descuido me agarró la mano. Ahora era oficialmente su prisionero. De vez en cuando chapurreaba alguna palabra en algo que parecía inglés, pero yo seguía sin entenderlo. Mientras me incitaba a comprar sus productos, mi mente flotaba hacia otros mundos, tratando de imaginar la cantidad de mentiras, traiciones y promesas vacías que se habían forjado en aquellas calles a lo largo de la historia. Yo solo era el penúltimo eslabón de una cadena que no tenía fin. El hombre debía ser uno de los fantasmas que moraban en aquel lugar y todos sabemos que es muy difícil tratar con fantasmas de oficio.

Sentí que me sacudía la mano y volví a prestarle atención. Se estaba enfadando porque yo no reaccionaba. Es la forma en la que me defiendo. Un mecanismo de supervivencia como otro cualquiera. Cuando la batalla está perdida, me quedo quieto y espero a que acabe todo. Siempre me ha funcionado. No podía comunicarme con él, aunque eso no parecía detenerlo. Me gustaría poder decirle que no sin sentirme mal, pero eso es algo que no puedo hacer.

Nadie nos prestaba atención. El mundo continuaba su cansina marcha y nosotros no éramos más que una pequeña grieta en el engranaje, un suspiro en un océano de vientos. Miré a los ojos al viejo y vi en ellos vida, pasión, historia, sufrimiento, rabia, odio. Vi tantas cosas que me asusté un poco. Decidí rendirme. Señalé al montón de aguacates que tenía y le indiqué tres con los dedos. La sonrisa del viejo se ensanchó hasta el infinito. Había vencido y lo sabía. Ya podía añadir una nueva muesca en su bandolera. Otro iluso que caía en sus garras. El hombre me los puso en la mano y los tuve que poner en una de las bolsas que llevaba. Me decía algo, repitiéndolo lentamente pero yo no lo entendía. Supongo que era el precio que tenía que pagar, pero yo no conseguía comprenderlo. Hacía grandes gestos. Supongo que quería que negociáramos el precio, pero yo no valgo para eso. Saqué un billete de mi cartera y se lo dí. En su cara vi que no estaba contento con mi actitud. ?l esperaba que yo participara en el juego del regateo, que alargara nuestro contacto y que gritara e hiciera como que me marchaba. Yo no hice nada de eso. Me quedé esperando a que me devolviera el cambio, si es que había algo que devolver. Negociar puede ser al final un maldito ejercicio, sobre todo cuando lo has de hacer con gente como yo, gente que no sabe como hacerlo.

El hombre asumió que no iba a haber ningún regateo y entre murmullos y maldiciones metió la mano en el bolsillo y sacó un fajo de billetes. Escogió unos cuantos y me los dio. Yo dejé de existir para él en ese instante. Comenzó a buscar una nueva víctima.

… el arte de decir que no de forma natural
la ciencia del perfecto adiós, tajante y sin dudar …

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Teatro del dolor

Teatro del dolor

Miró las llamas comerse la foto. Así acababa todo. Sin embargo, quemando las fotos no obtuvo la satisfacción deseada. Un huracán barrió sus recuerdos y lo lanzó de nuevo a revivir los momentos de felicidad, los momentos que esa foto representaba. Eran otros tiempos. Todos eran felices, eran jóvenes y no se preocupaban, no eran conscientes de que mientras estaban allí, en aquella fiesta, posando para la foto, avanzaba el tiempo, que la vida es sólo una charada.

Vivió de nuevo aquel momento, se encontró de nuevo con sus amigos, bebiendo, en una de esas fiestas de sábado a las que solía acudir y en las que siempre representaba su papel, ahora lo sabía, ese gran papel en el que como siempre estaba muy bien. Que gran actor de tragicomedia que fue siempre. Si entonces hubiera sabido lo que ahora conocía, que mal final de un gran guión podría haber evitado. Todo habría sido distinto. Ella no lo habría dejado, su amor no habría ardido igual que ahora ardía la foto. Lo peor que le puede pasar a uno es vivir el futuro. Sobre todo cuando este no es como lo habíamos soñado. Añoramos el pasado, queremos revivirlo para cambiar cosas y evitar lo inevitable. No nos damos cuenta de que por mucho que cambiemos, seguiremos tomando absurdas decisiones que nos llevarán a donde no queremos ir.

Su corazón roto se negaba a reconocer lo inevitable. Que la función había acabado, que después de que se apaga la ovación final, sólo queda la soledad. Eso es lo único que tenía ahora. Ella se había ido, sus amigos, los mismos que juraron estar siempre con él, también se marcharon y lo dejaron, siguieron con sus vidas, sin mirar atrás. El telón había caído. Ahora sólo sentía su decepción y humillación y pensaba que no podía llegar más bajo. La vida enseña sus lecciones a palos y cuando crees que ya has tocado fondo, te muestra fosas insondables y te lanza a ellas. El mundo es un escenario donde todo empieza y acaba, y no somos más que marionetas que corren por el sin poder controlar sus vidas.

Confiaba en que el fuego que ahora consumía sus recuerdos lo purificara, le abriera las puertas de una nueva obra, con nuevos actores. Nuevas esperanzas e ilusiones. Esta vez haría lo imposible para que todo saliera bien. No se podía permitir más errores. Estaba cansado de llegar al final de la función, de ver como todos abandonaban el teatro dejándolo atrás. Quería marcharse con ellos, ser uno más, formar parte del público. Maldijo su suerte y allí mismo, frente a las llamas, juró que no volvería a cometer errores.

Su gran amor debía seguir ahí fuera, esperando, sin saber que sus vidas estaban destinadas a encontrarse. Tenía que seguir buscando y tenía que hacerlo mejor. Esta no era la primera vez que lo quemaba todo, aunque siempre esperaba que fuese la última. Siempre deseaba hasta las lágrimas el poder dejar este teatro del dolor en el que le había tocado vivir. Ansiaba lo que la vida siempre le había negado: ser una persona normal. Ser un gran actor no le había valido de nada, no le había traído la felicidad, ni el amor, ni todo aquello por lo que lloraba. El dinero, la fama, no sirven si al llegar la noche no hay alguien a quien amar, alguien que te espere y te de la bienvenida al entrar en el hogar.

A lo lejos sonaban unas campanadas que anunciaban algo, algún oscuro presagio, quizás más dolor. Su sonido llegó flotando por el aire y lo despertó de su ensimismamiento. Miró la caja y entre lágrimas cogió otra foto y la echó al fuego.

… que mal final de un mal guión
que absurda decisión
por eso aquí se acaba la función.

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