Cuando aquel se quedó en silencio

Hace unas semanas vivimos una situación inédita y que tenemos que resolver ya mismo para que la próxima vez haya un protocolo de actuación clarito, clarito, como el agua de naciente. Todos sabemos que el mejor blog sin premios en castellano lo leen cuatro julays y comentan dos, aunque mayormente comenta uno y la otra va al rebufo. Esto es así desde hace la tira de tiempo, vamos, no desde siempre pero desde hace un montón.

Sucedió que el ancestral comentarista desapareció de súbito sin dejar una nota comunicando su ausencia como es de rigor. Simplemente, un día comentaba con su fertilidad habitual y al siguiente nada, ni al otro, ni al otro, ni más allá. Lo mismo sucedió en su blog, que se quedó congelado en una anotación. El módulo de comentarios de ésta bitácora está ahí mayormente para él y al dejar de comentar, nos quedamos con mi ego infinito y sin réplica. Tras un tiempo, la segunda comentarista indagó a través de comentarios pero resultaba que yo sabía lo mismo que ella ya que no hubo aviso previo y asumía que la diñó, solo que al movernos en el entorno digital y tal y tal, estamos fuera del grupillo que se entera y si ninguno de ellos lo anuncia al menos en los comentarios de su blog, pues no nos enteramos. En la segunda semana de silencio digital y tal y tal le hice una búsqueda al nombre que tengo de cuando enviaba las postales para ver si pillaba la esquela, si es que todavía se hacen esas cosas y entramos en la fase dos, el finiquito digital y tal y tal. Esto coincidió con mis vacaciones a Gran Canaria y en esos mismos días decidí que TRES SEMANAS es el límite tras el que se puede dar por finiquitado digitalmente a cualquier comentarista extremadamente regular que desaparezca. No parece existir un código de conducta que hay que seguir para dejar de comentar en bitácoras y la gente como que desaparece de súbito y en el pasado todos recordamos a Darliz, que desapareció digitalmente hace más de un año y a la que me refiero de cuando en cuando como la digitalmente difunta, ya que no sabemos si en la otra dimensión, que también es real, sigue de carne y hueso o allí también se desvaneció y o la enterraron o la quemaron o le congelaron la cabeza, como a Disney. Mientras estaba de vacaciones y antes de recuperar el contacto, determiné el protocolo a seguir en este caso con la fase dos. Como sé que tiene fotos suyas en sus anotaciones, la idea era saquear y afanar algunas de ellas y montar un vídeo de estos lacrimógenos con una música que ya tengo elegida y que no pienso rebelar. Por supuesto y conociendo sus gustos, el vídeo acabaría con un despegue, un avión elevándose al cielo y ahí terminaría. Mientras me atorraba en la playa de la Garita a base de bien y escuchaba audiolibros ya lo tenía todo maquinado cuando respondió al correo electrónico que le había mandado y tuvimos que posponer la operación.

Esto puede suceder en un futuro, que siempre esperamos que sea muy lejano pero que igual no lo es, así que confío que de la otra parte se hayan tomado medidas para que cuando le de el jamacullo, que alguien informe al menos a través de los comentarios de su blog de lo sucedido, o que se lo digan a la otra comentarista en el CaraCuloLibro del que está tan enganchada, que yo de eso no tengo.

Otra vez helado

VW en versión esfera

El sábado estuve en Amsterdam para ir al cine y entre películas pasé por el Kalvertoren, un pequeño centro comercial en la calle Kalverstraat que recientemente ha sido remodelado y ahora lo llaman Kalverpassage, pero vamos, que sigue siendo una colección de tiendas en las que gastar tu dinero. El cambio más drástico parece ser que ahora, el pasillo por el que se circulaba es el Art Passage y lo están decorando con arte moderno, ese que se hace para HELARTE y que tiembles con el súbito bajón de temperatura corporal. La pieza principal era una esfera hecha con un VW escarabajo, aquellas preciosidades de hace mil años y que aquí un artista indonesio destruye y convierte en una bola, en la que aún se puede reconocer el coche pero que da pena, ya que esto, más que arte, es un atentado contra un objeto que ya era bello.

Hey Joe tu pomada

Hey Joe tu pomada

Una de las cosas que hago siempre que paso por Gran Canaria es ir a la barbería, que ahora y gracias al modernismo y al CaraCuloLibro se llama peluquería pero que allí siguen afeitando a gente y cortando el pelo y tienen hasta la cosa esa que da vueltas con colores a la entrada, con lo que ha sido, es y será una barbería.

Mi cabezón lleva en las mismas manos una purriada de años, ya que llegué a ellos después del periplo del Éxodo, que hasta se escribió y se han hecho películas. Mi Éxodo no comenzó en Egipto sino en la calle Rosiana, donde yo iba a un barbero que además era testigo de Jehová y trataba de convertirme y me regalaba sus biblias falseadas y todo. Los nietos de este señor iban a mi colegio y de cuando en cuando jugábamos juntos, pero me acabaron cansando con tanto panfleto de su Dios y tal y tal, que entre su casa y la mía no había ninguna papelera disponible y cuando mi madre me los interceptaba, me echaba un rollo que no veas y hasta me amenazaba con llamar a Don Manuel para que me exorcizara o me diera una jalá, según le conviniera más. Volviendo al barbero, el éxodo llegó cuando a aquel hombre como que se le notaban demasiado los síntomas del Parkinson, que cogía la tijera y empezaba a agitarla alrededor de mi cabezón y yo me meaba allí de puro miedo, así que anuncié a mis padres que ni jarto de Clipper de fresa volvía allí. Entonces mi padre me llevó a su barbero, que estaba en la punta de abajo de la calle Luján Pérez, y que era un chamo muy dicharachero. Todo fue bien por un par de años hasta que el colega trincó un cáncer o algo así, seguramente porque respiraba tanta laca y durante unos meses lo sustituyó una chama. La japuta era mala, mala, mala, pelando y después de que una de las veces que fui me dejó peor que como entré, renuncié y continué el éxodo hacia la calle Faro, muy cerquita de ellos y en donde comencé con otro peluquero. Este tenía un asistente que después de unos años lo traicionó y montó su negocio en la cercanía pero yo seguí con él y su tropa, que tenía a tres jóvenes trabajando con él. Después, allá por el 2010 o así la palmó y de repente desapareció la barbería y dos de los barberos abrieron otra en la misma zona, también en la calle Faro, que es a la que voy desde entonces, con lo que pese a los cambios de ubicación, se puede decir que en el árbol de los barberos, continúo en mi tercera iteración. Es rara la ocasión en la que acudo y aquello está vacío, son muy populares y siempre está petado y hay que esperar. Cuando estoy allí sentado, matando el rato con las asombrosas conversaciones de las barberías, que son casi lo mejor del universo, enfrente de mi y colocado bajo el mostrador para que los que estamos sentado lo veamos está el cartel de la foto, ese que dice HEY JOE tu pomada y siempre que lo veo me parto de risa porque me imagino que al pobre Joe le tienen que dar por el orto que no veas y por eso va a todos lados con su pomadita, para que le duela menos.

Exagerando un montón

Abrigadas en exceso

Cuando estuve en Gran Canaria en Navidades, como siempre, me fascinó la manera que tienen los locales de exagerar con las temperaturas. Estábamos con mínimas de dieciocho grados y la gente que abrigaba de una manera exagerada y en la misma calle me podías ver a mi en pantalones cortos y con las cholas Moisés y a una chama como la de la foto, con una imagen tomada con cámara oculta en la guagua y que llevaba más capas que una cebolla. Debía tener camisilla, camisón, camiseta, camisa, abrigo, el trapo de limpiar las ventanas anudado al cuello como bufanda, un cuarto de litro de laca para proteger el pelo del frío, guantas, compresa, braguitas, bragas, medias, calcetinas, pantalones y solo Dios sabe qué más. Con la cantidad de ropa que llevaba yo podría sudar y perder al menos un kilo de peso al día, además de apestar más que el coño de una corredora de maratón al terminar la carrera. Ella y su amiga hasta comprobaron que todas las ventanas de la guagua estuviesen cerradas. Supongo que estas no sobreviven en Holanda y probablemente se les camba la peluca del susto si me ven salir de mi casa con cinco grados bajo cero y una camiseta y sobre la misma una chaqueta ligera que es impermeable, transpirable y cuya misión es protegerme del viento y de la lluvia y que con su sellado hermético me permite usar el calor corporal para mantenerme calentito. Con esa chaqueta, que no tiene forro interior, unos guantes y una banda para las orejas, yo me muevo perfectamente, ya sea andando o en bicicleta.

Lo más asombroso es que en la playa, mientras yo tomaba el sol, había gente equipada como la beba de la foto cerca de mi, disfrutando de un día de playa de invierno. Parece que de lo que se trata es de exagerar y de engañarte a ti mismo pensando que es invierno, cuando aquello son temperaturas de primavera o verano.