Un pedazo de regreso de que te cambas

El relato comenzó en Desde Utrecht a Kuala Lumpur

Mi último día en Asia comenzó desayunando tostadas kaya, a las que estoy más enganchado que varias perras en celo y que ya he encontrado la pasta en mi supermercado chino favorito, así que las incorporaré a mi dieta próximamente. Ese día por la tarde tenía que ir al aeropuerto y como Kuala Lumpur lo tengo bien visto, no me apetecía hacer turismo y darme un baño de calor, que en esa ciudad parece que viven en los treinta y un grados de día y de noche. Después del fracaso de la tarde anterior buscando una funda para mi iPad, me fui al centro comercial que hay junto a KL Sentral y lo rastreé como un perro de caza, sin suerte alguna. Volví al hotel, que está como a doscientos metros, saqué el equipaje de la habitación y lo dejé en la recepción e hice lo que haría cualquiera en su sano juicio. Me fui al cine, por supuesto, en el mismo centro comercial ese a doscientos metros. Por un leuro más podía ver la película en Dolby Atmos así que pagué los cuatro leuros y quince céntimos de la entrada y me fui a ver Han Solo: Una historia de Star Wars – Solo: A Star Wars Story. Después de acabar la película, me quedaba dinero y elegí almorzar por allí en alguno de los mil millones de restaurantes que tienen y acabé en uno con comida típica de Penang en donde comí muy bien y después en otro local me jinqué un helado. Con eso más o menos me había quedado sin moneda local y cuando regresabaal hotel para recoger la bolsa, pasé junto a una especie de chiringuito de venta de fundas de móviles, le pregunté a la pava y resultó que tenía dos tipos de funda de iPad y uno me molaba y cuando me dijo que costaba cinco leuros en moneda malaya, se me puso la sonrisa esa diabólica de Genín, sonrisa que se me torció cuando la chama me dijo que no aceptaba tarjeta. Esta debe ser la única vez en la historia del universo que alguien sacó diez leuros en un cajero de otro país para comprar dos fundas, ya que de paso le agencié una a mi madre, que también ha cambiado su iPad y tiene uno como el mío. Una vez en el hotel, pillé la bolsa, regresé a KL Sentral y tomé el primer tren al aeropuerto y vine llegando allí sobre las cuatro y algo de la tarde.

Como en los sótanos del mismo hay una especie de tiendas supermercados, hice una batida sin suerte buscando mango seco. Visto el fracaso, subí y facturé la bolsa, con cuatro kilos de peso y me dieron las dos primeras tarjetas de embarque y me dijeron que la tercera la conseguiría en un futuro cercano. Pasé el control de inseguridad y el de pasaporte y después fui hasta la terminal satélite a esperar la hora de salida del avión. Como cierto comentarista tiene una fijación enfermiza con vídeos despegando y aterrizando, me agencié asiento de ventana en la parte trasera del avión y tras un estudio muy completo de los que había disponible, pillé el que tenía la máxima probabilidad de conseguir que al lado mío no se sentara nadie y tuve tanta suerte que sucedió como esperaba. El embarque fue eficiente y salimos en hora. Por delante nos esperaban como siete horas de viaje pero mi objetivo era acostumbrarme a la hora europea, así que opté por no dormir y me dediqué a ver episodios de algunas series y jugar con el iPad en su flamante funda nueva. Creo que no grabé el despegue porque allí no se veía nada, pero no se lo digáis al ancestral que se enrabieta. El aterrizaje sí que lo grabé, en Abu Dhabi y después tenía unas tres horas de conexión, que aproveché para buscar un mostrador de la aerolínea y que me dieran la tarjeta de embarque que me faltaba y en la que no podía cambiar el asiento y me tocaba en el medio.

En la idea original iba a dormir en el segundo avión pero resultó que a mi lado se sentó una psicópata, neurótica, chiflada y en necesidad de un pollote para relajarla un poco. De lejos parecía un ser humano normal pero fue sentarse y comenzó con las neuras. Lo primero fue que allí apestaba y tanto yo como la vieja que iba por el pasillo nos olíamos con disimulo el sobaquillo pero no, ninguno apestábamos pese a las horas viajando. La tipa cuando pasaron con la comida dijo que no, después sacó una bolsa con su propia comida, que igual era lo que apestaba y montó un número para que le trajeran cubiertos y una bandeja vacía. Tras esto se fue al baño como veinte minutos porque no podía aguantar el hedor y volvió con un perfume y casi nos mata a todos los que estábamos en las cuatro filas de la zona echando una cantidad ingente de perfume. Tras eso perdió la tapa del perfume, encendió el flash del teléfono para usarlo como linterna y comenzó a gatear y rastrear básicamente el avión entero buscando la preciosa tapa de su precioso perfume. Allí no durmió nadie gracias a esa #HIJALAGRANPUTA. Cuando aterrizamos, se quedó en el avión buscando la tapa de su perfume. Espero que el mal de ojo que le eché ya haya florecido y que esté a tres metros bajo el suelo bien pronto. El avión iba a Belgrado, capital de Serbia y ciudad y país por la que no había pasado nunca. Tengo un aterrizaje épico que igual hasta veremos algún día. En el túnel de conexión entre el avión y el aeropuerto se puso la policía para controlar pasaportes y allí se montó una pelotera, con todo el mundo histérico porque muchos, como yo, teníamos una conexión de cincuenta minutos y nuestros embarques ya habían comenzado. Los polis iban a por pasaportes no europeos o serbios, con lo que me dejaron pasar y corrí hasta el otro extremo del aeropuerto, en el que tenía que pasar un nuevo control de inseguridad para entrar en la sala de embarque. Me hice el lolailo, dejé la botella de agua de medio litro en mi mochila, la pasé por la máquina y NO LA VIERON. Por eso no tengo fe ninguna en esos controles, en este viaje he pasado en tres ocasiones líquido por tres aeropuertos distintos sin problema alguno. Después tuve que esperar un rato hasta que nos llamaron para embarcar. Mi asiento era en la segunda fila.

El vuelo final era con Air Serbia o algo así y no veas con las azafatas. Parecían madrastras malas de películas de dibujos animados, eran todas unas bordes, como si se les hubiese agriado la leche en las ubres. Trataban a la gente a gritos, que igual es lo normal en Serbia, pero vamos, que te encoges y te quedas quieto no sea que una de esas saque el machete y te de el finiquito. El vuelo era de unas dos horas así que la sesión de abusos de las chamas fue más bien corta. Vinimos llegando a Amsterdam sobre las ocho de la mañana. De nuevo, control de pasaporte en el túnel de salida del avión ya que los holandeses no se fían de los serbios, igual que estos no se fían de los moros. Tras este nuevo control, fui a la sala a recoger mi bolsa facturada que solo tardó una hora en salir. Con esto del ahorro lo de la recogida de equipaje en algunos aeropuertos es eterno. Cuando por fin nos encontramos, que yo la daba por perdida con tanto salto, bajé a la estación subterránea de tren del aeropuerto y pillé el siguiente a Utrecht. Desde la estación de la ciudad pillé la guagua a mi casa y alrededor de las nueve y pico de la mañana del lunes había llegado a casa.

FIN

Desde Pulau Kecil hasta Kuala Lumpur

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Cuando llega el final del viaje tenemos una larga secuencia de traslados y en mi caso, comenzaron la mañana del sábado para ir desde las islas Perhentian hasta Kuala Lumpur. Ahora que lo he vivido, habría sido mejor coger un avión más tarde porque lo que yo no recordaba, es que aunque hay barcos yendo todo el día desde tierra a las islas, los regresos son a las ocho de la mañana, a las doce y a las cuatro y mi avión salía a las tres menos veinte, con lo que el de las doce era muy apurado y tenía que irme a las ocho. Por suerte me despierto con los nativos y a las siete ya estaba en el centro de buceo para despedirme de todo el mundo y desearnos todo lo mejor, siempre. Después saqué mi bolsa de la habitación en la que he vivido una semana y desayuné en el hotel. A las ocho menos diez estaba en el embarcadero, en el que un chamo nos divide por compañías o algo así. Resultó que salvo por un chamo y el Elegido, el resto como que se fueron en su hora y a nosotros nos dijeron que nuestro barco estaba en camino pero tuvimos que esperar hasta las ocho y veinte. Cuando llegó, en el barco solo había otras tres personas con lo que al menos no fuimos apiñados, como en algunos de los otros barcos.

El regreso toma una media hora con la lancha a todo meter. Al llegar al embarcadero de tierra, un taxista me ofreció llevarme por quince ringgit menos del precio oficial, o sea, por sesenta. Al cambio eso es unos once euros o así por un viaje en taxi de una hora hasta el aeropuerto. Nunca entenderé por qué los turistas no nos agrupamos en la isla y así compartimos taxis, casi todos salían con una o dos personas, con lo que allí hay muchos que están viviendo de nuestra desidia. Llegué al aeropuerto sobre las diez de la mañana con lo que tenía cuatro horas y pico y el ramadán había empezado dos días antes y en ese estado, islámico hasta la médula, eso significa que los bares, restaurantes y cafés no abren hasta las tres de la tarde durante esas semanas, con lo que en el aeropuerto no podías ni tomarte un cafelito. Había una tienda y esa era la única opción. Cada uno mató la espera a su manera. Yo viendo episodios de series y jugando con el iPad. Saqué mi tarjeta de embarque de la máquina que hay en el vestíbulo del aeropuerto y cuando se abrió el embarque entregué mi bolso. Después crucé el control de inseguridad y a esperar que llegara el avión, que fue puntual. Con AirAsia, si no pagas te dan asiento de en medio y si son una pareja, les dan también asientos separados para asegurarse que pagues si quieres ir con tu grupo.

El vuelo fue de una hora, bastante rápido y al aterrizar diluviaba en el aeropuerto. Salimos del avión, fuimos a recoger el equipaje y tuvimos que esperar un rato. Mientras esperaba me compré un billete de ida y vuelta para el tren. Después, recogí la mochila, bajé a la estación y pillé el tren a Kuala Lumpur. Tomé posesión de mi habitación en el hotel y decidí ir a uno de los centros comerciales para ver si veía una funda para el iPad. Elegí uno que está completamente dedicado a la tecnología, con electrónica, fotografía, telefonía y demás. Ya había estado allí hace unos años y ha cambiado un poco. Ahora está dominado por la telefonía y aquí, las marcas que están pegando son Xiaomi, OPPO, Huawei, una que vende teléfonos que promociona el portugués futbolista del Madrid, que se ven súper-cutres y que seguro que él no usa y también había mucho cartel y puestos de la empresa de los kabezudos-koreanos-de-mielda, aunque no parece que con los precios que tienen sean muy populares. De lo que yo quería, nada de nada. Me pateé el centro comercial, al que llegué usando el mono raíl y después continué hacia otro, el Lot10, que no me moló nada y como siempre, terminé orbitando hacia el Pavilion, que para mí es el mejor de los que hay en la ciudad y que tiene una planta con una zona de restauración de fábula. Cené por allí y ya era casi las nueve de la noche, así que volví, solo que en vez de usar el mono raíl, pillé uno de los trenes ligeros/metro que tiene Kuala Lumpur, que va menos lleno de gente que el otro, que se peta que no veas. Una vez en la estación, volví al hotel y me dormí bastante pronto.

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Viajando a las islas Perhentian desde Kuala Lumpur

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Nos habíamos quedado durmiendo en un hotel en el aeropuerto, en la terminal KLIA2, que básicamente usa AirAsia. Me levanté temprano, como siempre y después de ducharme y dividir las cosas en los dos grupos, el facturado y el otro, fui a la terminal, imprimí mi tarjeta de embarque, imprimí la etiqueta para el equipaje y después fui a una de las máquinas para hacer la facturación de equipaje, que es algo que haces tú solo una vez tienes la etiqueta. Siempre alucino con la cantidad de ineptos que hay en el mundo, tienen como diez máquinas, dos empleados y todo el mundo hace cola para que ellos los ayuden cuando la máquina tiene una preciosa pantalla en la que te explica, con imágenes en movimiento, lo que tienes que hacer y si eres incapaz de procesar esa información, la paga de totorota la tienes asegurada.

Después de facturar, regresé al hotel y aproveché para desayunar. Me puse tibio y luego hice uso del cepillo de dientes y la pasta de dientes de cortesía para lavarme los dientes y dejar la habitación sobre las ocho de la mañana. Metí una pequeña botella de agua del hotel en mi bolso de mano y me fui tan contento a pasar el control de inseguridad. No saqué la botella, me hice el lolailo y acerté, los tíos estaban de charla y ni miraban y se veía allí preciosa la botella en la pantalla y a nadie le importaba. Te lo digo y te lo repito, Merilléin, si alguien quiere hacer un atentado terrorista en Europa o en América, lo mejor es entrar por uno de estos aeropuertos en los que el personal de seguridad es contratado entre vagos y primos. Se me olvidó sacar dinero en un cajero automático y por supuesto, una vez estás dentro no habían. Pasé la hora y diez minutos hasta que comenzaba el embarque caminando. Como no quise que se repitiera la debacle que provocó Genín, tenía asiento de en medio, eso sí, en la séptima fila. Entramos al avión y a mi lado iba una pava que según se llenó se cambió a otro asiento porque quería estar con una amiga, así que yo me puse en el del pasillo. Me dio un jamacullo antes de que empezaran a mover el avión y me quedé dormido. Me despertó un grito estruendoso y veo a un azafato corriendo hacia atrás. Al parecer estábamos a punto de despegar y un pollaboba se le ocurrió que ese era un buen momento para buscar algo en los compartimientos superiores y se había levantado, había abierto el compartimiento y estaba buscando. Lo pusieron a caldo de pota, aunque para mí que al colega, que seguramente es la primera vez que volaba, se la sudaba. El vuelo en sí es de un poco menos de una hora. Al llegar, salimos del avión y como sabía el precio del taxi, miré en Grab, el programa de taxistas y gente que transporta que funciona por toda Asia y me llevaban por menos dinero al puerto de Kuala Besut, así que pedí transporte y en seguida me asignaron uno, que me mandó un mensaje por el programa diciéndome que me esperaba en la puerta D. Fui por un cajero automático, saqué dinero, llegué a la puerta y allí estaba el colega. Después tuvimos una hora de transporte para llegar al muelle, por carreteras llenas de carteles y banderas como si fueran las fiestas del pueblo pero el chamo me dijo que era por las elecciones que habían tenido lugar un par de días antes.

El trayecto tomó efectivamente una hora y el colega me dejó en una de las empresas de los barcos, de la que por supuesto se lleva comisión, aunque como todas cobran lo mismo, a mi eso me la suda. Compré mi billete de ida y vuelta a las islas, pagué la tasa por entrar en una zona supuestamente protegida y que es una manera del gobierno local de sacarse una pasta y después me metieron en el siguiente barco que salía.

El trayecto en la falúa tomó una media hora. Yo me bajaba en la primera parada, la bahía de coral, ya que ahí es donde está el club de buceo con el que había contactado y que se llaman Sea Voice Divers. Han construido un pantalán para que te dejen los barcos con lo que ya no hay que saltar en la arena. Fui al club de buceo y allí un chaval llamado Alex me recibió y se quedó con mis cosas mientras yo iba a buscar algún lugar en donde quedarme. Lo encontré en el Ombak, uno nuevo y que tiene un edificio de dos plantas de los de verdad, no una choza. Cogí dos noches en la única habitación que tenían libre porque los fines de semana las Perhentian se petan con turistas malayos. Después volví al club, me tomaron todos mis datos, comprobaron mis credenciales y ya quedamos que bucearía al día siguiente. Después cogí la cámara e hice fotos de la bahía de coral y fui por el nuevo paso que han hecho cruzando la isla hasta la playa Larga, que ha cambiado un montón desde el año 2009 y que ahora está mega-urbanizada. Aquello ya no tiene la pinta de cutre-destino para mochileros y la cosa es que los cambios han sido para peor. Hice otra ración de fotos por ese lado y después volví y me piré a la playa toda la tarde.

Regresé a la habitación para ducharme, vestirme, coger la cámara e ir a hacer fotos de la puesta de sol, ya que este lado de la isla es el que mira al oeste. Fue espectacular. Después fui a cenar a un antro llamado Owen y parece que toda la isla tuvo la misma idea y estaba petadísimo. Yo llegué antes que la marabunta. Después de cenar volví a mi habitación y creo que caí muerto muy pronto.

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Desde Nusa Lembungan a Kuala Lumpur

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Todo lo bueno se acaba y el buceo en Indonesia llegó a su fin. Ahora que he estado allí, creo que podría haberme saltado Amed e ir directamente a Nusa Lembungan, allí hay cosas más curiosas para ver. Aún así, en ambos lugares me divertí. Me levanté como siempre, desayuné a las siete y después me centré en tomar el sol y bañarme en la piscina. Pasé allí unas horas y sobre las once ya me duché, me vestí, empaqueté agrupando las cosas en dos equipos, las valiosas que van dentro de mi bolsa a prueba de agua y el resto que iban sencillamente en la bolsa de cuarenta litros. En esta ocasión y por las restricciones de AirAsia, que a veces pesan, tenía que facturar, aunque creo que el total fueron cuatro kilos. Me despedí de la gente del club y me pasaron a recoger sobre las doce y cuarto en una camioneta que va recolectando pasajeros para uno de los barcos. La compañía se llama Rocky y es muy conveniente porque en el billete también está incluido el traslado al aeropuerto. Te llevan a su oficina y allí haces la facturación, que no es otra cosa que comprueban que estás en la lista de los pasajeros que han pagado, te preguntan por tu destino y te ponen una pegatina en el pecho con el destino y el número de personas de tu grupo. Después esperamos a que cargaran en el barco las mochilas y maletas, tenemos que quitarnos los zapatos y ponerlos en unas cajas grandes y como el barco está en la arena, entras en el agua, que en este caso llegaba a las rodillas para acceder al barco, con cinco motores fuera borda. Me senté en la parte de atrás porque sabía lo que había y se petó, un lleno casi absoluto. Los que van adelante llegan con la almorrana medio estrangulada de los culazos épicos que se dan. Los que iban en el lado izquierdo además tenían que cerrar las ventanas porque les entraba agua y después de un rato también de nuestro lado, con lo que nos atorrábamos allí dentro. Por suerte el viaje es de media hora hasta Sanur. En ese momento la marea estaba muy baja y para colocar el barco en la zona de la playa en la que paran les costó un güevo y parte del otro. A todo el mundo les entra histeria colectiva por salir pero aquello hay que vaciarlo, tanto de pasajeros como de equipaje y la operación toma unos minutos. Después nos agruparon en la zona, nos pusieron un barreño para que mojáramos los pies y quitarnos la arena y a mi me pusieron con los que iban al aeropuerto. Nos llevaron a un aparcamiento y allí nos vino a recoger una furgoneta que vivió sus años de gloria en la época del NoDo. Por supuesto las salidas del aire acondicionado eran puramente ficticias. El viaje al aeropuerto tomó más o menos una hora, no por la distancia, sino por el tráfico horrible que hay siempre alrededor de Kuta. Además, se han inventado un peaje para entrar en la carretera que lleva al aeropuerto y las colas para pagar el peaje son horrendas.

Al bajarnos, fui a facturar y les expliqué que por culpa de Genín no podía hacerlo por Internet. Como al viejo se le antoja el ver esas mierdas de vídeos, intenté comprar un asiento de ventana, que valía dos leuros pero a la hora de pagar, mi banco o MasterCard consideran que esa compañía aérea no es un medio seguro de pago y me exigían que use el aparato que genera códigos, que obviamente, me dejé en Holanda porque Agoda ya está en la lista blanca y no lo necesitaba. En su programa para el teléfono, la opción de cancelar parece no existir y tampoco en su página web, así que se pegaron la semana mandándome dos correos al día diciéndome que tenía que pagar y yo sin poder hacerlo y acordándome de Genín. Finalmente la chica de la facturación me dijo que ella tampoco lo podía quitar pero que allí podía pagar en efectivo, así que les di el dinero de lo que me quedaba de las rupias indonesias y espero que Genín disfrute el vídeo de ese despegue porque el resto de vuelos NO PAGARÉ y ellos jamás me asignarán ventana. La maleta facturada pesaba cuatro kilos y después de dejarla fui al control de pasaporte, que fue lentísimo y al de seguridad. Una vez en el lado seguro del aeropuerto de Bali, busqué un sitio para comer algo y gastarme el poco dinero que me quedaba. Después se trataba de esperar hasta la hora del embarque y me dediqué a pasear, hacer mis ejercicios de Duolingo y jugar con el iPad. Embarcamos en hora y salimos en hora. En el asiento detrás de mi se sentó una china gilipollas que apoya las rodillas contra tu asiento y se pasa el viaje dándote golpes en la espalda. Espero que pueda volver a andar porque en una de esas recliné el asiento y el golpe en sus rodillas fue épico. Cuando se quejó, le dije que se sentara como una persona normal y que si ella podía reclinar su asiento, yo podía hacer lo mismo con el mío. No volvió a moverse en todo el vuelo y cada cuarto de hora le echaba un mal de ojo, con lo que esa va a parir una colección de subnormales truscolanes sin parangón en la historia de la estadística.

El vuelo fue de unas tres horas y vinimos llegando a Kuala Lumpur a las nueve y media de la noche. Ni me molesté en grabar el vídeo porque afuera no hay nada y tres minutos de pantalla en negro no molan nada. Salimos y me aseguré de dejar pasar a la china para ir detrás de ellas por el avión pisándola y dándole golpes en las piernas y sonriendo como un cura desquiciado en la puerta de un colegio de niños a la hora del recreo. El control de pasaporte fue súper-rápido, me compré una tarjeta prepago para la semana que me queda, recogí mi bolsa y caminé al centro comercial que está adosado a la KLIA2, la flamante y espectacular terminal de bajo costo. Había reservado una suite por doce horas en el Plaza Premium Lounge – Transit Hotel KLIA2 ya que me salía lo mismo que pagar el hotel en la ciudad con el tren de ida y vuelta y como mi vuelo de la mañana era a las diez, ganaba horas de descanso y además, te daban tanto la cena como el desayuno. La idea está genial pero les fallan algunas cosillas. Las puertas deben ser de cartón porque se oye todo afuera y hay gente entrando y saliendo continuamente. Además, en mi habitación había como una segunda puerta cerrada con llave que supuse que era para conectar habitaciones, cuando ya me iba a acostar, cerca de las doce, me tocan y un empleado me dice que tienen que pasar a esa habitación porque es un cuarto de control y hay algún problema con algo que tienen que apagar y encender. Los dejé entrar pero lo flipé y mi comentario para ellos en ciertas páginas de críticas de hoteles será como para mojar con pan. Y así acabó el día en el que me levanté en Indonesia y me acosté en Malasia y por si alguien ha perdido el hilo, salí de los Países Bajos, pasé por los Emiratos Árabes Unidos, después llegué a Malasia, de allí salté a Tailandia, desde esta di un salto a Singapur y desde allí seguí a Indonesia, desde donde volví a Tailandia. Aún me queda pisar otros dos países antes de llegar a los Países Bajos.

El relato continúa en Viajando a las islas Perhentian desde Kuala Lumpur