Vídeos en Kuala Lumpur y mastodontes aéreos en Frankfurt

Esta serie épica de vídeos comenzó en la anotación Vídeos de Manila, Puerto Princesa y la playa del Nido en Palawan y complementan e ilustran la narración legendaria del viaje a las Filipinas que empieza en El comienzo de otro gran viaje

Mira que hemos avanzado y tras infinidad de documentos terroríficos, por fin llegamos al cierre de la serie más dinámica que se haya visto jamás en la Bobosfera, esa amalgama de egos elefantiásicos de gente que va tan sobrada que ni necesita el CaraCuloLibro y que tiene su máximo representante en Distorsiones, el aclamado por muchos como el mejor blog sin premios en castellano. Por supuesto, jamás en la vida veremos vacía MI LISTA DE DESEOS ya que aquí son todos truscolanes de pura sangre corrupta.

Dejamos atrás las maravillosas Filipinas y estamos en Kuala Lumpur, capital de Malasia y la ciudad en Asia en la que más veces he estado ya que ha sido el punto de entrada y salida a esa región del mundo un montón de veces. Al llegar allí desde los Países bajos via Frankfurt, justo a la entrada (o salida) de KL Sentral había una procesión budista en la que celebraban el cumpleaños del susodicho. Inicialmente pensé que estarían rezando o pidiendo por los colegas de su secta que las pasan canutas en Nepal pero después recordé que en mayo es cuando esta gente monta los fiestotes y aquello no tenía nada que ver con Vietnam. El documento en el que se ve alguna carroza que parece un puticlú de las afueras de metrópolis, está aquí:

Procesión budista cerca de KL Sentral en Kuala Lumpur

Al regresar a la ciudad después de casi tres semanas en las Filipinas, tenía un día entero para pasarlo en la ciudad y volví a visitar el centro histórico y entre otros lugares pasé por el barrio chino, que es como un zoco gigantesco y en el que también hay un montón de hoteles baratos, baratísimos, de precio de pura risa y en los que en ocasiones, las habitaciones dan una grima que no veas o son viveros de mosquitos con instintos asesinos. El vídeo está aquí:

En el barrio chino de Kuala Lumpur

La lista de ciudades con monorail en el universo conocido o por conocer es muy limitada y uno de los más famosos es el de Kuala Lumpur, el cual conecta la estación de tren KL Sentral con el triángulo de oro en el que están casi todos los centros comerciales y los lugares de juerga para turistas. El monorail no es rápido y recorrer la distancia, que no es mucha, toma bastante tiempo. Aún así es muy popular y en este vídeo tenemos uno de esos aparatos entrando a la estación en la que yo estaba. El vídeo está aquí:

Monorail entrando a la estación en Kuala Lumpur

Para acabar esta epopeya, nos trasladamos mágicamente al aeropuerto de Frankfurt en el que el airbus A340 que me llevaba acababa de aterrizar. Pasábamos junto a la parte de la terminal en la que los teutones tienen los gigantescos airbus A380, ese avión que parece una urbanización de barriada periférica con casas de dos plantas. Este estremecedor documento que cierra esta serie está aquí:

A380 en el aeropuerto de Frankfurt

Y ya está. Este es el punto y final. Todos sabemos lo increíbles y perfectos que podían haber sido los vídeos si alguien hubiera hecho realidad MI LISTA DE DESEOS pero no estaba de ser y por eso hemos tenido que padecer con lo que hay. La colección completa está en mi álbum de vídeos en las Filipinas

Pateando en Kuala Lumpur y el largo regreso a casa con trompicones

El relato comenzó en El comienzo de otro gran viaje

El último día de las vacaciones es un día eterno que combinado con un viaje de quince o dieciséis horas en dirección contraria al tiempo, acaba siendo eterno. Comenzó tres horas antes de la hora Virtuditas y este cambio substancial me ha descubierto que Malasia está en la zona horaria errónea, le pasa como a España, que el empeño de ponerla en la hora Central Europea hace que la gente tenga una vida que va contra el reloj biológico. Pasé del desayuno del hotel y me fui a desayunar a un Oldtown White Coffee que hay en la misma calle y que tiene una selección enorme de cosillas para comer y opté por las tostadas kaya de Singapur con su mantequilla de maní. Después tenía una pequeña misión. Quería comprar mango seco para tener una provisión mayor, ya que me traje de las Filipinas pero pensaba facturar y llevar algo más. Tras probar y fracasar en varias tiendas conseguí en el mini-mercado del centro comercial Nu Sentral y de bonus, resultó que vendían el Filipino y los mangos de ese país son los mejores que he comido nunca-jamás.

Después, volví al hotel, hice la maleta y me preparé para dejarla allí mientras pasaba el día en la calle. El gran drama que sucede siempre es que en Kuala Lumpur siempre hay bochorno y sudas más que el coño de una coja que hace footing. Por un momento pensé en resrevar una habitación en un cutre-hotel solo para darme una ducha, pero por suerte me enteré que hay un nuevo hotel dentro del aeropuerto, uno que está una vez has pasado el control de seguridad y tienen un servicio en el que por diez leuros te puedes duchar, con lo que elegí esa opción. Eso implicaba tener una bolsa para equipaje de mano en la que además de la cámara y el iPad, tendría que llevar una muda de ropa limpia. Mi plan para el día era hacerme la caminata de la Pequeña India, después la de la caminata del Patrimonio histórico y finalmente irme a un centro comercial para ver una peli. Según los folletos de las caminatas, que me costó encontrar ya que están bien escondidos en la página de información turística de la ciudad, cada una toma al menos dos horas. Deberían especificar que ese tiempo se calcula para seres humanos que no son profesionales como yo y para culocoches y culomotos. Mi hotel ya está en la zona hindú, con lo que la distancia hasta el lugar era nula. En el folleto, que por supuesto tenía en versión electrónica, explicaban uno de los grandes misterios que me rodeaban en Kuala Lumpur. Tanto en mi primera visita en este viaje como en la segunda, es salir de la estación de tren, llegar a la calle del hotel y en un tramo de algo más de cien metros, me cruzo como con ocho o nueve ciegos. Ver uno es normal, ver dos es especial, pero ver tres o más y además, lanzándose a la carretera sin rumbo fijo y sin hacer líneas rectas es como espectacular y hasta pensé en comprar un billete de lotería y pasárselo por la chepa a alguno porque aquello era como una señal del universo. Resultó que un poco más abajo del hotel está el instituto de los susodichos, donde los entrenan (sin mucho éxito) y en ese barrio viven legión.

La zona hindú se conoce como Brickfields. Mi primera parada y muy cerca de la entrada a la estación de tren fue para ver la Vivekananda Ashram, una especie de edificio usado para eventos culturales y religiosos por los hindúes y con una estatua en la entrada del Swami que le da nombre. Por allí la calle se llena de columnas, hay una fuente enorme y tiene más pinta de barrio hindú. Segui a la catedral ortodoxa siria de Santa María, iglesia construida para esa comunidad, la cual tiene un número significativo de miembros que llegaron como refugiados después de la Primera Guerra Mundial. La siguiente iglesia era Nuestra Señora de Fátima, esta creo que es católica y se curra a los tamiles, teniendo la misa en su idioma. A mí, que soy un inculto de qué no veas, me parecen indios pero seguro que ni es lo mismo ni es igual. Después pasé por la Iglesia Evangélica Luterana y empecé a dudar de si aquello era el barrio hindú o el cristiano. Lo siguiente en la ruta era el monasterio y templo budista de Maha Vihara. Al parecer los árboles del jardín son esquejes de cierto árbol sagrado que hay en Sri Lanka. Estos estaban en plena campaña de recogida de lo que sea para mandarlas a Nepal. El siguiente templo era hindú, el Sri Sakthi Karpaga Vinayagar y en su interior hay una estatua hecha con una pieza de granito de casi dos metros que no vi porque el pordiosero de la puerta al que hay que pagarle para que te deje pasar me daba un asco horrendo y NI MUERTO me quito los zapatos para andar por el templo, así que me limité a fotos de la fachada para mayor disgusto del populacho. Después vi la iglesia Metodista Tamil, curiosa porque el edificio es triangular y se ve bonito y queda bien en las fotos. Después pasé junto al Madrasatul Gouthiyyah, lugar para los musulmanes hindúes, aunque estaba cerrado a esa hora. Cerca de los raíles del monorail y visible desde el mismo hay una escuela metodista para chamas y tiene una torre con un reloj que a fuerza de verla desde el monorail, le acabas haciendo foto cuando la tienes tan cerca. Resultó que esto estaba prácticamente al lado de mi hotel. Después pasé el edificio de la asociación de ciegos malaya y que explicaba la cantidad exorbitante de ciegos que hay en la zona. El siguiente fue el templo hindú Sri kandaswamy, el más espectacular y al que por descontado, tampoco entré. Había una chama haciendo fotos afuera y cuando intentó entrar y vio al leproso del puesto y lo de los zapatos, escapó corriendo como truscolán que ve guardia civil. Lo último que vi en esta caminata fue la preciosa iglesia del Santo Rosario. Allí, en lugar de regresar andando a la estación (unos doscientos metros) y coger el metro para ir al comienzo de la siguiente, opté por ir caminando, ya que mil quinientos metros no es distancia. Una consecuencia directa de mi decisión es que no creo que haya taxista en esa ciudad que estuviese en activo y libre que no me haya pitado seis o siete veces para ver si quería usar su vehículo. Mi destino era la Plaza Merdeka, la Dataran Merdeka, el corazón de toda la época colonial. Comencé con el Museo Nacional Textil, con un edificio precioso de ladrillos rojos en estilo Moghul con unas cúpulas muy musulmanas y sus ventanas con arcos. Después pasé nuevamente por la Fuente de la Victoria, ya centenaria, traída del Reino Unido y con elementos de Art Nouveau. Esta le fascina al clan de los selfis que seguramente no han visto una cosa así en su vida. El siguiente edificio es el Restoran Warisan, también precioso, también de estilo Moghul y que en el pasado era un museo y ahora es un restaurante para turistas de tres plantas. En la puerta y por la calle había algún tipo de evento y estaba lleno de puestos vendiendo comida y el que me aterrorizó hasta las lágrimas fue uno de CHURROS hechos con una manga pastelera, que no tenían nada que ver con el producto original, que parecían trozos de mierda enorme y con un cartel espeluznante en el que los llaman dónuts y dicen que son PARA HOMBRES. Tengo foto que veremos y con la que nos reiremos próximamente. El chamo me intentó vender uno pero le eché una maldición rumana y salí por patas. Por allí esta la Galería de la Ciudad de Kuala Lumpur, museo o galería cuya obra maestra es una maqueta de la ciudad (toma, toma y toma …). Por fuera el edificio es muy bonito. A ver si se gastan unos leuros y se compran algo de arte o contratan a la superdotada aquella que rectificó el Ecce Homo. También pasé junto a la biblioteca de Kuala Lumpur, aunque por ser domingo estaba cerrada. Me salté algunos de los edificios porque los tengo muy vistos, hice alguna foto de la fachada del edificio del Sultan Abdul Samad y me reí lo que quise o más con los ensayos de algún número de baile que había más tarde en el lugar por algo relacionado con UNICEF y en el que los bailarines tenían superpoderes mariquitas, vamos, que con el aceite que perdían si se envasa te puedes montar un negocio. Como había completado las dos caminatas en menos de dos horas, me fui al Mercado Central para curiosear y me metí por el barrio chino, aunque me agobia el exceso de turistas y los puestos de venta de Maifren, que es como te llaman todos y acabé saliendo por patas de allí y acercándome a la parada del monorrail más cercana, desde la que fui hasta la parada que me deja cerca del centro comercial Pavilion, gigantesco y que ya conozco. Opté por ir a ver una película allí y la sala estaba petadita de gente. Al salir cené temprano en el lugar y allá sobre las siete de la tarde, fui hasta la parada más cerca del hotel en monorail, recogí mi mochila y fui en el KLIA Express hasta el aeropuerto. En el camino, reorganicé mi equipaje con la mochila de mano, que era la bolsa de quince litros a prueba de agua y una vez en el aeropuerto tenía que esperar un poco para facturar y haciendo tiempo me cambié de zapatos y le puse los candados a la mochila. Había hecho la facturación online y solo tenía que dejar el equipaje, con mi mochila pesando ocho kilos y en la mano otros cinco. Después pasé el control de seguridad y de pasaporte, cogí el tren a la terminal satélite y busqué el hotel en el que hay duchas. Pagué mis diez leuros y las instalaciones eran de fábula y me pegué una ducha de rescandalo. Restaurado y re-vigorizado, me compré un batido y me senté en un rincón a ver episodios de series esperando la hora del embarque. Cuando sucedió, el avión iba petado hasta los alerones, sin espacios libres y a mi lado se sentó el chamo Mojamé, que pa’ mí que era de Indonesia. Cerraron las puertas del avión y nos hicieron esperar casi tres cuartos de hora porque había temporales espeluznantes en la ruta al pasar por la India y habían decidido desviar los aviones por Sri Lanka pero había tanto tráfico desviado que los controladores no daban abasto. Después de despegar, nos dieron la cena y me pasé siete horas durmiendo. Con el desvío, el vuelo se alargó hasta las trece horas y media y entre el retraso y esto, mi conexión en el aeropuerto de Frankfurt peligraba. Al aterrizar, básicamente había comenzado el embarque de mi vuelo. Salí, alguien me dijo que corriera como si detrás de mi viniese una hueste de truscolanes y eso hice. Pasé el control de seguridad entre terminales por un puesto expreso, pasé el control de pasaporte lentísimo por culpa de un hijoputa-terrorista musulmán-de-mierda que se metió en una de las dos ventanillas reservadas a pasaportes Europeos con sus chochos emburkados y con pasaporte de país enemigo y corrí la maratón para llegar al avión el último. Al parecer había otros dos pasajeros en el avión de Kuala Lumpur que iban hacia Amsterdam pero esos no lo consiguieron. Me guardé el medio-emparedado que me dieron en el avión para comérmelo en mi casa y al llegar a Schiphol no tenía mucha fe en que mi mochila apareciera pero lo hizo. La recogí y cogí el tren para ir a Utrecht, la guagua para llegar a mi casa y así acabaron las vacaciones en las Filipinas del año 2015, un país fantástico que se merece que comente mis impresiones en una anotación separada, ya que esta es demasiado larga. Como dato anecdótico, esta es la única anotación del viaje escrita en Europa y no en el día en el que sucedió la acción.

Viajando a Manila

El relato comenzó en El comienzo de otro gran viaje

Como ha sucedido en un montón de viajes, Kuala Lumpur es el lugar perfecto para conectar con cas todos los países del entorno, mayormente gracias a Air Asia, línea aérea de bajo costo y que ha ganado un montón de años el premio a la mejor del universo, aunque imagino que después del avión que se les cayó el otro día no se lo darán en al menos dos años. Como cuando compré el billete no tenía nada claro lo que quería, elegí entrar al país por el norte. Ahora, sabiendo lo que sé, habría ido directo a Cebu o Kalibo, pero bueno, hasta los seres infinitamente superiores como yo pueden tropezar en una laja. Mi avión salía a las nueve, el desayuno del hotel a las siete y por tanto, me lo perdí y a las seis de la mañana caminaba a la estación de tren, la cual está a unos cinco minutos. Desde allí tomé el siguiente KLIA Express, que a esa hora son cada quince minutos. En media hora llegamos al aeropuerto y aproveché para desayunar. Air Asia vuela desde la nueva terminal, la KLIA2, la cual todos recordamos que inauguré el año pasado. El lugar ha cambiado un montón, con todos los negocios en pleno funcionamiento. Pasé el control preventivo de seguridad, crucé el Sky Bridge que ya hemos visto hasta en vídeos y bajo el que pasan los aviones, pasé el control de seguridad y me acerqué a la puerta desde la que salía mi avión. En ningún momento nadie controló mi mochila así que nunca llegaron a saber que llevaba un kilo más de los permitidos. Una de las cosas que me fascina de la compañía anteriormente mencionada es su puntualidad y a la hora prevista se produjo el embarque y la salida. El vuelo es de unas tres horas y media, aunque mirando en el mapa del mundo todos estos sitios parece que están uno al lado del otro, lo cierto es que hay kilómetros entre ellos. 

Desde el avión, pasamos por encima de cientos o quizás miles de islotes y atolones, lo cual nos recuerda que el Pacífico es totalmente distinto al Atlántico, mar de pocas islas y de menos islotes. En el medio del océano, aparecen anillos de arena rubia preciosos desde el aire. En un par de momentos hubo aviso de turbulencias pero no se llegaron a producir. Yo debo ser uno de los julays más agraciados por la suerte. Todos los años me hago una jartá de vuelos y nunca me pillan esos meneos terribles que muchos mentan aterrorizados y con lágrimas de cocodrilo en los ojos. Esperemos que la cosa siga así. El aeropuerto de destino es el de Clark, famosa base aérea estadounidense y que ahora se usa también para vuelos civiles con el aeropuerto rebautizado como Diosdado Macapagal International Airport. El nombre es muy pachanguero pero el aeropuerto es minúsculo. Salí del avión, pasé el control de pasaporte prácticamente sin decir ni pío. Pensaba que me pedirían prueba de la existencia del billete de salida y me preguntarían cosas o al menos eso le ha sucedido a otra gente pero lo que es a mí, cuando vieron que no tengo un iPhone como mis amigos ricos sino que soy uno de los del pueblo, me estamparon el pasaporte y seguí camino. En la puerta, taxistas gritando que no veas. Saqué dinero en un cajero, me fui al cutre bar de llegadas y me compré una botella de agua y un refresco. Pregunté y me dijeron que tenía que esperar por la guagua. 

Veinte minutos más tarde apareció una pero como nadie decía nada, le pregunté a los polis y me dijeron que era la mía, de la compañía Philtranco y que te lleva a la parte sur de la ciudad de Manila. Según mi libro, el billete vale 11 dólares. En la realidad, costaba seis leuros. Yo fui la única persona que se subió y pensé que aquello debía ser un negocio ruinoso. El resto de los pasajeros se montaron en jeepneys, una especie de evolución agitanada de los jeeps americanos estirados como el chicle y con toda la parte de atrás para que la gente se siente sin espacio alguno entre ellos  y viajar. Por fuera los hay muy pachangueros, tuneados al máximo Todas esa gente iba a una estación de guaguas cercana desde la que podían tomar guaguas a Manila. Resultó que nosotros también íbamos hacia allí y yo ya estaba dentro. La guagua se llenó hasta la bandera, después subieron vendedores de huevos de codorniz o algún otro tipo de pájaro, de chicharrones, de manices y de un montón de cosas más y el cobrador los echó, cerraron las puertas y salimos. El viaje fue de unas dos horas y media para hacer unos setenta y cinco kilómetros. El tráfico en Manila es terrible. De repente se cerraron los cielos y llovió lo qe no está escrito, se volvió a abrir y salió de nuevo el sol, se subieron algunos más pero mayormente la gente según entramos en la ciudad se iba bajando, sempre en paradas con nombres españoles como Cubao, Muñoz, Ortigas (sí, sin hache de lerdo), Bonifacio, Guadalupe, Buendia, Ayala, Magallanes, Libertad y similares. Cuando llegamos a la zona de la estación EDSA, me bajé y agradecí a todos los dioses del universo la existencia de los mapas de HERE en mi Güindous Fone. Desde allí hasta el hotel era un kilómetro y medio y la idea era ir en taxi pero finalmente, decidí aventurarme y fui andando, cruzando un mercado fascinante, viendo niños sin padres por las calles, mendigos y de todo, aparte de un tráfico estruendoso y una contaminación épica. Llegué a mi hotel, el Tune Aseana y tomé posesión de mi habitación sobre las cuatro y media de la tarde. Después me di un garbeo por la zona, me compré una tarjeta SIM de prepago y activé mi contrato de treinta días y 750 megas por seis leuros y medio y volví a agradecer a los dioses mi teléfono de pobre, ya que no tienen tarjetas nano para los ricos, con lo que los dueños de teléfonos amanzanados tienen que cortar la tarjeta si es que tienen una tijera o joderse. Me di un paseo por la zona del hotel pero estaba cansado de tanto meneo, el jetlag me tenía desquiciado y opté por cenar por allí, acostarme temprano, levantarme temprano y explorar Manila  por la mañana del día siguiente. Durante toda la noche, el tráfico no paró, los camiones no dejaron de tocar sus pitas, la getne igual y terminé poniéndome los tapones en los oídos. No quiero ni pensara como tuvo que ser para la gente que dormía en las plantas inferiores, yo estaba en la décima, la más alta del hotel. 

Así fue como añadí un nuevo país a la lista de aquellos por los que he pasado. 

El relato continúa en Callejeando por Manila y el salto a Puerto Princesa

El comienzo de otro gran viaje

No me voy a poner a contar mis miserias en la semana previa al viaje de vacaciones porque entonces no acabaría nunca. Digamos que enlazar dos fines de semana con salidas al extranjero y una semana loca de preparativos y trabajo no es saludable y acabé durmiendo mal o nada y con una bola de nervios permanente en el estómago. De hecho, hasta el miércoles que fui a visitar a mi amigo el Rubio no decidí nada. Ese día descarté ir por el norte de Luzon y centrarme en Palawan (básicamente Nido y Puerto Princesa) y las Visayas (yendo desde Cebu a Kalibo con múltiples paradas. Para cuando salí de Holanda tenía el hotel de Kuala Lumpur, el de Manila y un billete de avión para volar a Puerto Princesa. Nada más. 

Mi último día, el sábado, creo que me dormí sobre las dos de la mañana y me levanté a las seis y media. Preparé el blog para que siguiera funcionando, hice la mochila, una, dos, tres veces, seguí apilando cosas y desechando. Por la mañana trabajé en el jardín, cortando el césped, quitando malas hierbas y plantando calabazas y millo. También charlé un rato con mi vecino y le asigné un par de tareas. Por supuesto, me eché el JIÑOTE y desayuné pannenkoeken, algo que echaré de menos en estas semanas. Me afeité por primera vez en una semana (la falta de tiempo …) y sobre las cuatro de la tarde dejé mi casa con mi mochila de cuarenta litros y nada más. 

Facturé por Internet y así, al llegar al aeropuerto, imprimí de nuevo mis tarjetas de embarque y fui directo al control de seguridad. Pasé sin problemas, ni con la bolsa de plástico de 0,9 litros resellable de cierta compañía de muebles sueca y que llené con todos los líquidos que espero usar ni con las pequeñas tijeras que hay en mi kit de emergencia. Maté el rato chateando con el Rubio y otros amigos y a la hora esperada, embarcamos. Volaba con Lufthansa, compañía famosa por la mala leche de sus pilotos deprimidos. Salimos con cinco minutos de adelante y nos dijeron que el vuelo sería de cuarenta y cinco minutos hasta Frankfurt, con lo que las azafatas tuvieron que correr parar repartir las mitades de emparedado y las bebidas, con todos los alemanes eligiendo botellas de cerveza. La única línea de bandera rastrera y que no te da nada es Liberia, pero en precios son tan caros o más que los otros. En menos que nada llegamos a mi primer destino, tuve que cruzar el aeropuerto para llegar al punto en el que estaba mi segundo avión, un Airbus A340 que me llevaría hasta Kuala Lumpur. No puedo decir por qué pero lo cierto es que ese tipo de avión me da mal rollo y eso que solo me había montado dos veces anteriormente. Hice unos sofisticados cálculos para elegir fila y asiento y acabé en la fila 40, en ventana y sin nadie sentado a mi lado. El avión no iba completamente lleno, aunque sí que bastante lleno. Todos ocupamos nuestros asientos y sobre las diez de la noche cerraron las puertas para salir. Comentar que mi tiempo de escala en Alemania era oficialmente de una hora y al final fue una hora y cuarto El avión salió lentamente y comenzó a buscar el punto de despegue acompañada de otro montón de aparatos que iban hacia Asia. Despegamos, ascendimos y en las primeras dos horas nos dieron unos aperitivos y la cena. Algo que nunca había visto en las aerolíneas que había usado hasta ahora era la variedad de alcohol que tenían. La azafata venía con un carrito con ginebra, ron, whiskys, vinos y demás. Después de cenar, me puse el antifaz, los tapones en los oídos y reo que en total dormí siete horas, aunque de cuando en cuando me desperté. Por la mañana (o por la tarde para nosotros), nos dieron el desayuno y sobre las cuatro y media de la tarde aterrizaba en Kuala Lumpur. Pasé el control de pasaporte en un minuto y sin tener que esperar por el equipaje facturado, salí por patas a la estación de tren que hay en el sótano del aeropuerto. Allí tomé el KLIA Express y media hora más tarde estaba en la capital de Malasia. Elegí un hotel cerca de la estación de tren, ya que la ciudad la tengo muy vista y ya ni voy a la zona del triángulo de oro, que es por donde acaban casi todos los turistas. El año pasado inauguraron justo en esta época un mega-centro comercial pegado a la estación y con eso lo tengo todo. El hotel es el Hotel Summer View, que por supuesto, no tiene vistas ningunas de verano. Después de largar la mochila y ponerme las sandalias Moisés, me acerqué a la zona del centro comercial, controlé el barrio, me compré el billete de tren para la mañana siguiente y al regresar, cené en un hindú. Se me olvidó comprar hojas para mi máquina de afeitar y tuve que regresar. En ese segundo viaje, me crucé con una cabalgata gigantesca de budista, con carrozas y de todo. No sé si era para celebrar algo de ellos o por Nepal. Que yo recuerde, una de las mayores celebraciones de los budistas es en mayo, pero creía uqe era más bien a mediados de mayo. 

Y así fue el día del Gran Salto, desde Utrecht a Kuala Lumpur usando guagua, tren, avión pequeño, avión grande y tren.

El relato continúa en Viajando a Manila