Melaka

El relato de este viaje comenzó en El comienzo de otro gran viaje

Mi asignatura pendiente de mi viaje del 2009 a Malasia fue Melaka. Aunque desde el principio había planeado pasar por la ciudad, al final me faltó tiempo y preferí ir a Taman Negara. En este viaje sí que no lo he dejado pasar y para los que se cansen pronto, ha merecido la pena. El día comenzó con cientos de chinos gritando desde las siete de la mañana. Me quedo en un hotel en Chinatown en el que la clientela son los europeos que buscamos lo exótico y los chinos que llegan en hordas numerosas a recorrer Malasia. Las tres habitaciones que hacían frontera con la mía tenían chinos y desde esa hora empezaron a gritar, llamarse por teléfono, dar golpes en las puertas y demás. Por suerte yo ya estoy hecho a los madrugones y no me pillaron durmiendo. Me duché y bajé a desayunar. Tenían una mezcla de desayuno europeo, malayo y chino. Yo opté por el europeo con un par de cosas chinas raras que me llamaban la atención.

Después me preparé para salir. Parecía que iba a llover así que metí en mi bolsa impermeable el paraguas junto con un par de cosas más. Estaba en un sitio tan fantástico que mi guía de la ciudad incluía mi hotel entre los puntos que había que visitar en su ruta andando así que enganché en ese punto y me dejé llevar. El Hotel Puri era originalmente la mansión de una familia china adinerada. Gran parte de los edificios se han respetado. Dicen que el hombre tenía una casa tan grande que en su interior albergaba hasta un zoológico, algo así como la de Michael Jackson pero sin operaciones de estética  y narices raras. Justo enfrente del hotel está la mansión Chee, la cual en la actualidad es un templo pero no está abierto al público. Al lado del hotel tenemos la asociación Eng Choon que tiene una entrada espectacular y dos deidades taoístas en su interior que se pueden ver. Retrocedí por la calle, llamada por los holandeses como la calle Heeren o de los caballeros y fui al Museo Baba-Nonya de le herencia cultural pero estaba cerrado aunque por lo que leí en la guía, lo que tienen dentro ya lo he visto más o menos en mi visita a Malasia anterior. Por allí también está la Casa Malaqa con un montón de antigüedades. Después seguí hacia la calle Jonker?s en la que esa misma noche habría mercado nocturno y visité la tumba de Hang Kasturi, un héroe local que vivió en el siglo XV. Posiblemente hoy en día solo la visitan los turistas que leen sobre él en su guía de viajes. Resulta raro que en medio de una calle haya una tumba.

Algo que no me gusta de Melaka y que es similar a Penang es que al salir de los edificios no hay acera, hay una especie de acequia por la que corren aguas de dudoso origen y de horroroso olor y después la carretera. Caminar por estas calles con el tráfico resulta algo molesto y peligroso. Al menos con el hedor después de un tiempo te acostumbras y ya no lo hueles.

Volviendo al paseo, después de la tumba visité el Templo Guanyin, un edificio pequeño y con mucho color rosa dedicado a la diosa budista de la compasión. Comentar que para esta primera parte de las visitas me puse las cholas Moisés con calcetines y la razón es sencilla. Aunque los templos chinos son bastante seguros y los zapatos no desaparecen, en mi ruta había un templo hindú y esa chusma lo de robar lo llevan en la sangre y si no que me expliquen como hasta han puesto un cartel en la puerta del templo advirtiéndote que si dejas algo allí, no llores cuando desaparezca (tengo foto que en este tribunal aceptamos como evidencia número 1). Por eso elegí las zapatillas y opté por una pequeña parada en el hotel para cambiarme de zapatos una vez terminara con el área. Al salir de este templo seguí callejeando entre tiendas y bares y llegué al templo Wah Teck Kiong, uno muy pequeño que está casi pegado al templo de Guangfu, otro minúsculo pero que al parecer tiene sus seguidores. En ese mismo tramo de la calle hay un zapatero llamado Wan Aik que hace unos zapatitos de madera que parecen para muñecas y que al parecer hubo una época en la que eran muy populares. Por desgracia para él, las mujeres de la ciudad ahora prefieren productos de marca reconocida.

Pasada la zapatería llegué a los dos grandes templo del barrio chino. Primero entré en el templo Xianglin, el cual tiene la forma de un templo clásico budista Chino. Me pareció demasiado frío e impersonal. Enfrente está el templo Cheng Hoon Teng, el cual data de 1646 y es el templo budista más antiguo de Malasia. El edificio es grande y precioso y por supuesto, allí queman incienso por toneladas. Estaba petadísimo de gente haciendo ofrendas y pidiendo milagros. Este templo está dedicado a Kuan Yin, la diosa de la compasión. Cuando lo construyeron se trajeron todos los materiales usados de China y hasta los artesanos que lo levantaron fueron traídos expresamente para esa obra. El edificio ha ganado un premio de la UNESCO por la labor que han hecho para restaurarlo. La verdad que es bonito. La gente le pone incienso a la diosa y se lava la cara con el humo del mismo teniendo a 30 centímetros de ellos un cartel que les pide que no lo hagan escrito en chino, malayo e inglés.

Desde allí fui hasta la mezquita Kampung Kling la cual es también una de las más antiguas de Malasia. Tiene una sola torre de minarete. En su interior no había más que una persona y los chinos de los alrededores lanzaban miradas de esas que aniquilan desde los bares de enfrente. Está claro que aunque lleve allí unos siglos aún no la ven como algo del barrio. Siguiendo un poco más en la misma calle llegamos al templo Poyyatha Vinayagar Moorthi, uno de los primeros templos hindúes de Malasia y el lugar en el que me podían robar los zapatos si los dejaba en la puerta. No me pareció gran cosa y tuve que verlo a paso ligero para que el pordiosero que se arrastraba para tocarme no consiguiera alcanzarme. Cuando salí le devolví su mirada de odio multiplicada por cien. Este templo se hizo en 1781 y la culpa es de los holandeses que entonces ya eran muy tolerantes.

El último templo (y que seguía estando en la misma calle) es el Sanduo, otro con múltiples deidades en su interior. Tras ver este tenía que desandar parte del camino y como ya había visto el terreno aproveché para comprar algunos souvenirs en una tienda que tenía buenos precios y al volver al hotel a cambiarme los zapatos los dejé allí.

Caminé toda mi calle al completo (calle Heeren) y crucé el puente sobre el río Melaka. El río apestaba con un hedor insoportable. Aunque han hecho un esfuerzo tremendo para dejar la zona preciosa, el agua sigue estando contaminada hasta más allá de todo aquello que os podáis imaginar y particularmente en marea baja el tufo es legendario. Al otro lado del puente la Plaza principal en la que se encuentra el Stadhuys o ayuntamiento. El edificio tiene el nombre con el que se referían los holandeses al ayuntamiento. Es muy bonito y hoy en día alberga un museo muy interesante y enorme que me recorrí al completo. Se cree que este es el edificio holandés más antiguo de Asia Al lado del ayuntamiento está la iglesia de Cristo, la cual para hacerla se trajeron todos los ladrillos desde Zeeland en el sur de los Países Bajos (y la zona de la que es oriundo mi amigo el Rubio y su esposa). Cuando la ciudad cayó bajo el control de los británicos, estos la convirtieron en una iglesia de su rama del cristianismo. Es bastante amplia por dentro pero no dejan hacer fotos (por alguna tocada de güevos porque allí no hay nada que pueda dañar un flash si es que alguien lo llega a usar). En el techo hay unas vigas impresionantes de quince metros de largo que fueron cortadas cada una de un solo árbol.

Entre la iglesia y el ayuntamiento hay una fuente muy bonita y aparcados a su alrededor, los trishaws más horteras que he visto en mi vida. Son frikis de verdad, totalmente engalanados con flores de plástico por todos lados y muchos llevan altavoces con música, así que pasa uno con música de Wham, otro con heavy metal, otro con música china y podría seguir llenando páginas y no me creeríais. Menuda horterada más grande. Uno de los tipos se tomó a pecho el captarme como cliente y sacarme la pasta y terminé por mandarlo a hacer puñetas. Cada vez tengo menos paciencia con los acosadores de turistas.

Por detrás del Stadhuys está el camino para subir hasta la antigua iglesia de San Pablo, la cual está en alto. La levantaron los portugueses en 1521 y actualmente está en ruinas, aunque la fachada permanece intacta. En ella pasó unos años San Francisco Javier, que parece que obró varios milagros por allí y su cuerpo una vez falleció permaneció nueve meses en la misma hasta que se lo llevaron a la India. En la puerta de la iglesia, en lugar del campanario típico tiene un faro que pusieron los ingleses. Este santo tuvo mucho amor y afinidad por un jovencito japonés que lo adoraba y que claro, hoy en día los dos serían portadas de periódicos y revistas y la iglesia lo estaría tapando todo porque esto no huele nada bien, que ya sabemos de que palo es el amor de los curas católicos.

Saliendo de la iglesia bajé hacia la Porta de Santiago (A?Famosa), lo único que queda de la fortaleza que construyeron los portugueses en 1511. Es uno de esos sitios que hay que visitar para hacer la foto pero no tiene nada especial. Aunque aquí acababa el paseo, retrocedí hasta el ayuntamiento y fui hasta la Iglesia de San Francisco Javier, la cual visité aunque no tiene nada de especial.

Era la hora del almuerzo y elegí un par de sitios. El primero de ellos era según la guía el restaurante más popular de la ciudad, con grandes colas para comer. Se llama Hoe Kee y quizás porque ya eran pasadas las dos no había cola y me sentaron inmediatamente. Allí se pueden pedir dos cosas: bolas de arroz con pollo o cabezas de pescado. Yo opté por el primer plato. La comida estaba deliciosa y cuando la mujer me informó que le debía 1.25 euros (a precio de cambio de hoy) me dio un síncope. Si no es por los dientes negros y la lengua gorda y repelente, allí mismo le doy un rosco de que te cambas. Al salir busqué el embarcadero para hacerme el crucero por el río Melaka ya que a estas alturas, la marea había subido y no olía tanto.

El mini-crucero dura tres cuartos de hora y te llevan por el río y vas viendo diferentes zonas de la ciudad. Está curioso y como siempre, el punto de vista desde el agua es distinto a los demás. Lo más emocionante sucedió cuando regresábamos y vimos un par de lagartos GIGANTES caminando por el paseo que bordea el río. Eran de esos de tamaño de perro grande, casi como cocodrilos. Mi madre que le tiene pánico a una lagartija, ve uno de estos y se mea encima instantáneamente.

Tras lo del río visité una dulcería que recomendaban en mi guía y me compré un par de tartitas y después fui a un centro comercial cercano, me aprovisioné en un Carrefour de productos de higiene y como había un cine y ya tenía más o menos liquidada la ciudad aproveché y entré a ver una película. Al salir fui andando hasta Chinatown y ya había comenzado el mercado nocturno. Las calles se habían vuelto peatonales y en las mismas, cientos de puestos vendiendo de todo. Además de hacer fotos y curiosear, fui saltando de puesto en puesto comiendo y así cené. PIllé unos Dim Sum, unas tortas rarísimas, almejas a la barbacoa, galletas rellenas de salsa de judías y unos bapao raros. En uno de los templos que visité por la mañana habían puesto un karaoke y los viejillos cantaban. En otra zona del mercado había un escenario en el que iban subiendo señoras a torturar los oídos del público, el cual nunca aplaudía las actuaciones cuando terminaban.

En otro punto de la calle había un local en el que un julandro elevado a la enésima potencia bailaba con unas señoras más bien patosas. Era como una clase de Fama pero con orcas y ballenas y como tenían la puerta abierta, nosotros los turistas les hacíamos fotos y nos reíamos de ellos.

Y más o menos así transcurrió el día en el que por fin visité Melaka.

El relato continúa en Tránsito de Melaka a Kuala Lumpur

Tránsito de Phnom Penh a Melaka

La de hoy ha sido la jornada de tránsito más larga de este viaje. Comenzó antes de las siete terminando de meter las cosas en la mochila para después desayunar ya que a las ocho me recogía un taxi para llevarme al aeropuerto de Phnom Penh. Podía haber elegido el ir en tuk-tuk pero la verdad, no me apetecía estar todo el día sudado por culpa de ese bochorno extremo que hay las veinticuatro horas del día en Camboya. En el hotel se despidieron todos de mí. Siendo un negocio pequeño y como he pasado por allí dos veces, conozco hasta los lagartos de las paredes. El taxista era un chico joven que parecía tener miedo a conducir. A mí me ponen al volante de un coche en ese país y no sabría como afrontar la falta de reglas de tráfico (o la existencia de otras desconocidas) pero se supone que él vive y trabaja allí y debería moverse sin problemas. Al llegar a los cruces se quedaba esperando y tras un rato los que venían detrás comenzaban a pitarle y eso lo ponía en movimiento. El aeropuerto está a unos pocos kilómetros pero en una ciudad tan caótica nos tomó casi tres cuartos de hora. En la terminal de salidas no dejan entrar a Camboyanos que no tengan billete para viajar, lo cual la convierte en un paraíso sin niños pidiendo ni mendigos sin piernas arrastrándose para dar lástima de la gente y conseguir una limosna. Había unos pocos mostradores de facturación y en las pantallas no estaba mi vuelo. Pregunté y me dijeron que solo anunciaban la salida dos horas antes pero también me dijeron el número de los mostradores que iban a abrir y me puse en cola.

Para facturar hacen falta cuatro personas por mostrador. Una es la que realiza el trabajo propiamente dicho, otra la observa y le sugiere cosas secretas al oído, la tercera mantiene la fila en orden y si es necesario nos recoloca y la cuarta recoge la etiqueta para el equipaje que le suministra la primera, se la pone a la maleta mientras tanto la primera como la segunda persona lo miran y después desplaza la maleta a la cinta. Pese a la multitud, son más lentos que una sola persona realizando todas las tareas en cualquier aeropuerto europeo. Una vez me dieron la tarjeta de embarque y los cuatro me desearon un buen viaje me acerqué al mostrador en el que tenía que pagar EL IMPUESTO DE SALIDA. En Camboya, si sales del país por avión, has de pagar 25 dólares de impuestos. Si a eso le sumas los veinte dólares que me costó el visado de entrada, a lo bobo me sacaron 45 dólares que acabaran en manos de los corruptos que gobiernan, ya que este país es uno de los más corruptos del mundo. En la escalera mecánica que te lleva a las puertas de salida comprueban que has pagado el impuesto y después una tropa de funcionarios revisan tu pasaporte y marcan tu visado para que tengas que volver a pagar si entras al país y más tarde una pequeña manifestación de gente te hace pasar el control de seguridad.

Después de todo esto ya estás en la zona segura del aeropuerto y alucinas con los precios del café y las cosas. Son más caros que en Madrid Barajas, que ya manda güevos. Entre tanto robo, al menos te dan Wifi gratis y en la hora que estuve allí les pegué un tajazo de 350 megas para poder ver el último episodio de Doctor Who. A la hora de embarcar allí no había nadie y diez minutos más tarde aparecieron los mismos de la facturación y se repartieron las tareas y comenzamos a entrar en el avión. Iba lleno más que nada por una excursión de británicos que volvía a su país via Kuala Lumpur. El avión es un Boeing 737-400, con más años que las gafas horrorosas de Rocío Jurado, aquellas que parecían parabrisas de camión de chaperos.

Como el aeropuerto solo tiene una pista, tuvimos que esperar a que aterrizara un avión de las líneas aéreas Vietnamitas antes de entrar en pista y dirigirnos al extremo de la misma. Allí dio la vuelta y podíamos ver viniendo en nuestro sentido al avión del otro país que acababa de aterrizar y que también tuvo que dar la vuelta para volver hacia la zona en la que se sale de la pista. Al despegar se ve como han deforestado casi todo el país y se lo están cargando. Yo aproveché el vuelo para comerme el almuerzo que nos daban y ver el episodio que había descargado y casi sin darme cuenta ya estábamos en Kuala Lumpur.

El vuelo dura dos horas pero añade la hora de diferencia horaria y al aterrizar eran pasadas las dos de la tarde. Este ha sido el aterrizaje más duro de toda mi vida. El hijoputa del piloto dejó caer el avión a pelo y la gente gritó cuando golpeamos el suelo como si nos estuviéramos estampando. El avión rebotó y hasta se escoró a un lado. Si lo que pretendía era dejarnos el cuerpo desasosegado, lo logró. Pasé el control de pasaportes, recogí mi mochila y me acerqué a la terminal de autobuses. Mirando las páginas de las compañías de transporte había descubierto que una llamada Transnacional tenía cuatro conexiones diarias con Melaka desde el aeropuerto. Al llegar a su ventanilla descubrí que habían cancelado el servicio un mes antes. Me compré un billete de autobús para ir a Chinatown ya que desde allí se supone que salen los autobuses que van a esa ciudad. El viaje dura unos cuarenta y cinco minutos ya que el aeropuerto está a 75 kilómetros de la ciudad. Conviene recordar que dentro de este aeropuerto está el circuito de Formula 1 en el que se celebra el gran premio de Malasia (o algo parecido). Eran casi las cuatro y media cuando llegué al lugar y me informaron que tenía que tomar otro autobús para ir a una estación que está en Bukit Jalil. Otra guagua que tardó casi un cuarto de hora en salir y que tardó media hora en llevarnos a ese sitio. Finalmente compré mi billete y me dijeron que debía ir al andén 5 y buscar el vehículo con matricula 5400. Lo encontré y tomé asiento. Las plazas son muy cómodas, hay mucho espacio entre butacas y las mismas son anchísimas. No salimos hasta casi las seis de la tarde y el viaje duró hora y media. Llegamos pasadas las siete de la tarde a la estación de autobuses de Melaka Sentral, la cual está fuera de la ciudad. Es enorme y tiene una especie de centro comercial adosado. Busqué la parada de taxis y tomé uno para que me llevara al hotel, a donde llegué cerca de las siete y media de la tarde.

Se llama el Hotel Puri y la foto de la habitación que me asignaron la podéis ver a continuación:

Hotel Puri - Melaka - Malasia

Está en Chinatown en Melaka, la zona más folclórica y en donde están todas las atracciones turísticas con lo que desde aquí puedo darme los garbeos sin más problemas. Después de tomar posesión de mi habitación para las siguientes dos noches salí a cenar por la zona y a darme un garbeo. Así acabó esta eterna jornada de transición que comenzó en la capital de Camboya y acabó en la ciudad malaya de Melaka.

El relato continúa en Melaka