El salto a Hanoi

Aunque alguno pueda creer que lo de viajar es una rutina que tengo muy bien ensayada, sigo poniéndome nervioso siempre que tengo que comenzar uno y siempre hay una nube sobre mi cabeza con la sensación de que me olvido algo importante. El jueves pase las ocho horas en la oficina repasando mi lista y tratando de encontrar alguna ausencia en la misma. Al salir, después de las despedidas de rigor, tomé el tren para Utrecht y mientras llovía pedaleé a casa de un compañero al que acaban de operar para hacerle una micro-visita. De allí salí escopeteado para la casa de mis vecinos y despedirme de ellos también. No me acuerdo ni de lo que cené ese día pero lo que si es cierto es que a las siete estaba en clase de italiano para asistir a la ultima y con la que terminamos el nivel 2. A las diez, mis compañeros y el profe se iban de copas y yo regresaba a casa para culminar los preparativos, repasarlo todo, repasar el repaso, escribir un par de anotaciones para la bitácora (una de ellas el cutre-resumen de hoy) y entre pitos y flautas me acosté a la una y me levanté a las seis y veinte. Lo más importante de la mañana del viernes era el cortado de las uñas, que si se me olvida, acabo como en Malasia, caminando por las ramas de los arboles como un pajarraco feo de lo grandes que las tenia. Tras esto, dos nuevos repasos y salí con OCHO kilos exactos de equipaje para facturar y cinco y pico de equipaje de mano (cámara, iPad y cargadores).

Tuve un momento de alarma camino de la parada de guagua porque pensé que me dejé algo atrás y al regresar descubrí que lo llevaba conmigo. Fui en guagua a la estación y allí tuve que correr un poco para no perder el tren a Schiphol. Llegué al aeropuerto a las nueve.

En un momento de iluminación de esos que solo pueden ser debidos a mi Ángel de la Guarda, dos días antes se me ocurrió sacarme la tarjeta de embarque por Internet y gracias a eso, en lugar de cincuenta personas delante, tuve una. Elegí el asiento 32H por aquello de tener pasillo y más espacio para los pies. La compañía escogida es Malaysia Airlines ya que me permitían comprar un billete con destino Hanoi y regresando desde Saigón. Mi avión salía a las doce pero parece que con lo volar no progresamos y cada vez hay que llegar antes al aeropuerto. Fui a pasar el control de pasaporte y una chama rubia con dos tetas como dos carretas me manda pa’ la izquierda y allí en lugar del humano habitual me encuentro que han puesto maquinas para el control de pasaportes. Cuando me llega el turno entro, la maquina escanea el mío y comienza a pitar como una tragaperras. Se acerca la pasma, me sacan de allí, miran mi pasaporte y me dicen que como se me ocurrió meterme en ese sistema si mi pasaporte no tiene er’chip, por ser un clásico del 2003. Les dije que la culpa es de la tetuda que nos manda a nosotros los euroPEDOS a la izquierda y así sin mas me dejaron seguir. Me acerqué a la puerta de embarque y aunque aún faltaba tiempo me quedé allí viendo a la gente de un vuelo a USA y como les hacían mil tropelías y al que más o el que menos le metían el dedillo en el culo en busca de objetos y sujetos terroristas. Maté el tiempo hablando y chateando con el Rubio y otros amigos. A las once comenzaron a llenar el gran pájaro y a las doce despegábamos para saltar más de diez mil kilómetros hasta Kuala Lumpur.

Soy un friki de cuidado y había visto TODAS las películas del sistema de video bajo demanda y las que no, aun no se han estrenado en Holanda y no quería verlas en micro pantalla. Por suerte me fui bien aprovisionado y vi nos cuantos episodios de “Física o química”, jugué, escuché música y me encochiné y estoy seguro que todos habéis visto la foto en comida en fotos. Dormité un rato pero sin muchas ganas. Llegamos a KL a las seis de la mañana, medianoche en Holanda. Mi vuelo de conexión salía a las nueve y pico así que maté las horas paseando y chateando gracias a las tres horas de Wifi que te dan gratis. En Schiphol te dan una. En los aeropuertos españoles no te dan ni agua ??

El segundo vuelo salió con diez o veinte minutos de retraso. No lo sé a ciencia cierta porque me dio un jamacullo y me quedé dormido presto-súbito y solo me desperté cuando olí el desayuno. Después de eso seguí durmiendo hasta el aterrizaje. Tomar tierra en Hanoi fue toda una experiencia. Un minuto antes (o menos) de hacerlo, una vieja decidió que era un buen momento para levantarse a buscar algo y hubo un instante de histeria hasta que la lograron sentar y amarrar. La pista, en lugar de asfalto era como de baldosas y el avión vibraba que no veas y los neumáticos hacían un ruido terrorífico. El avión todavía corría por la pista cuando se levantaron dos vietnamitas y los azafatos volvieron a salir corriendo para sentarlos. Después nos tuvieron como quince minutos esperando hasta que nos asignaron el lugar para aparcar. Salimos y me fui a buscar mi visa, la cual tenia concedida pero debía pagar y recogerla. Pasé el control de pasaporte, recogí mi mochila y salí a encontrarme con el chamo que me vino a recoger. El trayecto del aeropuerto al hotel tomó unos 50 minutos para hacer veíntipico kilómetros y lo flipé. El ganador fue un chamo en motocicleta que llevaba de paquete una nevera con congelador que le levantaba la moto obligándolo a alongarse hacia adelante para no hacer el caballito.

A las dos de la tarde, hora local y nueve de la mañana en Holanda llegaba a mi destino ??

El relato continúa en Callejeando por el centro de Hanoi