Causa y tórrido efecto

¡Loado sea el señor! ¡Aleluya! Hemos tenido un día de verano. ¡UN DÍA! Ha sido algo maravilloso. De repente las nubes se alejaron de nosotros, el viento amainó, el sol surgió en toda su gloria y por unas horas nos pudimos sentir y vestir de verano. Casi 30 grados.
Supe que era verano por la mañana en el trabajo cuando se cumplió la primera ley del verano: los transexuales no operados (en terminología turca travestidos) se ponen malos en verano. Esta ley NUNCA ha fallado. Mi compañera con interfaz USB (o mi compañero con falda que diría el otro) siempre cae malo cuando la temperatura supera los 24 grados centígrados. Unos, los más crédulos, los más tontos y los más ignorantones, sostienen que se resfría. Otro, el malvado intelectual subdesarrollado nacido en las Canarias tiene una teoría diferente, una teoría que puede revolucionar la ciencia tal y como la conocemos. El mismo J. J. Benitez me da la razón en todos y cada uno de los episodios de su serie Planeta Encantado. hay sucesos inexplicables, cosas que escapan a nuestra comprensión, enigmas que nunca desvelaremos porque su verdad acabaría con nosotros, pero también hay hechos y es un hecho científico totalmente comprobado que los tíos que se meten la polla entre las piernas y se ponen unas bragas ajustadas para que no se note el paquete, esos tíos sufren un huevo cuando la temperatura sube de los veinticuatro grados y como la polla les suda, les roza y se tienen que ir a casa porque así no se puede trabajar. Y Sanseacabó. Esto va a misa. Lo siento chicos, la vida es dura, pero alguien os tiene que decir las verdades. Así que cuando a las diez de la mañana me vi a la reinona diciendo a diestro y siniestro que se iba a casa porque se sentía mal lo supe, lo sentí, lo noté, lo sudé: ¡Ha llegado el verano!

Y me tomaran por loco y no me creerán, pero jamás ha habido un día de más de veinticuatro grados en este país en el que mi compañero semi-transformado no se haya tenido que marchar a su casa, literalmente con el rabo entre las piernas.

Visto lo efímero que es el verano por aquí, organicé actividades en el exterior durante todo el día, como paseo en el centro de la ciudad a la hora del almuerzo para tomarme unas birras con un colega y de paso calibrar el estado de la Nación, lo que vulgarmente se puede definir como visionado de coños en la calle mayor del pueblo. Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que las mujeres que van en bicicleta cuando llevan minifalda son unas guarrillas a las que se les ve todo el chumino. Y por si os queda alguna duda, os invito a leer mi tesis Las minifaldas no son para las bicicletas.

Por la tarde, culminada la jornada laboral, desgaste físico con la bicicleta y por la noche, salida al centro del pueblo a disfrutar nuevamente de la fauna. En esta ocasión con mi amigo el chino, que es más raro que el titanio. Un calor de justicia y el puto chino emperrado en meterse en un bar, sin darse cuenta de que las terrazas se han hecho para días como este. Tras convencerlo, nos ubicamos y ponemos los marcadores a cero. El gran certamen de ChoChoVisión 2004 daba comienzo y los respetables miembros del jurado estaban a punto. ChoChos holandeses, surinameses, hindúes, italianos, griegos, alemanes, franceses, ingleses, irlandeses, franceses, sudamericanos, de casi todos los lugares del mundo. Unicamente faltan a la cita los procedentes de los países musulmanes, porque sus mujeres por culpa de su religión han de taparse el susodicho con al menos diecisiete capas de ropa. Quiero que todos juntéis vuestras manos, miréis al cielo y le deis gracias a Dios por el cristianismo, porque de no ser por las religiones cristianas, ahora mismo los negocios más rentables serían las fábricas de tela y nosotros no podríamos ver un coño ni en el museo del Prado.

Después de dos horas de dura selección y con unas cuantas finalistas, sucedió algo curioso. El camarero de la terraza le cobró a todo el mundo, pero por alguna razón se olvidó de nosotros. Cuando pensamos que venía a cobrarnos, nos comunicó que en ese instante acababa su mísera jornada laboral y que a partir de ese momento para pedir bebidas había que ir al interior del local. Se me abrieron los cielos. Si queríais una señal, ahí la teníais. El mismo Dios católico me perdonaba la deuda. Me constó un poco explicar al chino el concepto del SINPA, pero una vez lo captó, perdió el color y temí que no fuera a funcionar. Su habitual amarillo se convirtió en un blanco cadavérico que me hizo temer que se desmayaba allí mismo. Lo tranquilicé y le dije lo que se dice en estos casos: ?sigue al líder??. Me levanté y me marché. El otro salió tropezando y totalmente abochornado detrás de mí. Pero lo hizo y hoy me siento muy orgulloso de él. El primer SINPA es el que siempre se recuerda. Tuve que caminar con el chino como veinte minutos para que se tranquilizara, porque los niveles de adrenalina se le habían descontrolado, pero ya estaba hecho. Nos fuimos sin pagar.