Chino, costillas y pajaritos

Con motivo de las celebraciones de cierto evento que sucedió esta semana quedé ayer para cenar y tomarme unas copas con el chino, que al fin y al cabo se tendrá que joder y ayudarme en la mudanza igual que yo hice con la suya. Estas cosas es mejor tenerlas atadas y bien atadas así que estoy recurriendo desde ya mismo al chantaje emocional y a recordarle a los colegas las deudas que han contraído conmigo a lo largo de estos cinco años.

Después de encontrarnos en el centro de la ciudad (seguro que echaré Hilversum de menos), decídimos ir al Café Cartouche para cenar. Ya he hablado de ese sitio anteriormente, con lo que podéis aprovechar para repasar detalles. Al ser miércoles no había casi gente, solo cuatro alcohólicos locales hartándose a beber. El tipo nos ofreció el menú pero como sabía lo que quería yo me pedí directamente mi costillar con salsa picante. El chino, que sabe que va a tomar lo mismo se molesta en revisar el menú que se conoce al dedillo para terminar pidiendo también costillas picantes. Algún día supongo que entenderé al fin por qué tiene que mirar una carta que tenemos más vista que las tetas de la Veneno.

Nos asignan una mesa en el desierto café. Entran dos zorrillas nórdicas, de esas modelo rubio natural, metro ochenta de altura y nada de vergüenza. Después de revisar todo el puto local las muy zorras se ponen en la mesa junto a la nuestra y empiezan a fumar como carreteras. Si el local está lleno me jodo, pero con todo el espacio libre que había eso fue mala leche. Su primer movimiento fue agresivo así que correspondía devolver el golpe con uno de igual o superior magnitud. Cambié al chino de sitio para tener campo abierto hacia ellas y empecé a estornudar por culpa del humo escupiendo una fina lluvia de saliva. Un sublime detalle. No tardaron ni un pis pás en virarse hacia nosotros y echarme una mirada de esas de amor infinito por tu desgracia. Les sonreí enseñando mi perfecta dentadura y continué a lo mío, pringándolas todas con mis fluidos. Las cabronas tuvieron aguante o les mola la marcha, porque las puse que parecían cazafantasmas después de una dura jornada de trabajo de todas las babas que tenían encima.

El chino me aplicó el tercer grado y le tuve que dar todo tipo de detalles sobre la compra, inventándome los que no sabía para que no me atosigue y me pregunte lo mismo mil millones de veces, que el tío es más persistente que el bigote de la Pantoja. La conversación era un poco surrealista, porque el hombre estaba en plan Yoda y me pegó la forma de hablar, así que el me preguntaba ¿Tú casa comprar cuánto por? y Yo le respondía Mucho dinero ser, pero casa con jardín gustar y por eso querer. El chino asentía sabiamente, soplaba para devolverle a aquellas dos tipas su humo asqueroso y seguía interrogando: ¿Sabes cuándo casa recibir? y yo negaba vehementemente con la cabeza antes de decirle Aún no saber pero diciembre antes de espero. Los cuatro alcohólicos, el camarero y las dos putillas rubias estaban fascinados escuchándonos, creo que no se lo creían. Esto les pasa por no ser fans, porque cualquiera que vea la saga de las Galaxias habitualmente sabe que hablar estilo Yoda es lo más sencillo del mundo, ya que tiene una gramática simple. Tras un rato de charla irreal apareció la camarera con los platos de ensalada, se fue y volvió con dos bandejas con unos costillares inmensos y con papas fritas (patatas para los no residentes en Canarias). Habitualmente ponen bastante cantidad en ese sitio, pero es que esta vez se pasaron. Cuando vi todo aquello le pedí a la camarera que se fuera, trajera dos cacharros y les pusiera las hierbas a las cabras de mierda que estaban fumando al lado nuestro ya que puestas a consumir hierbajos, mejor que fueran estos. La camarera no supo captar mi sutil humor y nos dejó los platos de verdulería.

De la cena he de decir que no recuerdo más que parecía no acabar nunca. Fui capaz de comerme unas pocas papas y todas las costillas, ayudando la cosa a bajar a base de cerveza de trigo. Hubo un momento en que pensé que me moría. Aún me faltaban costillas por comer y estaba tan inflado como un pez tamborín. Sudaba mientras pujaba para bajar aquello y en uno de esos esfuerzos se oyó un ¡Chof! y se me salió el ombligo. Me quedé que parecía una muñeca chochona, con aquel apéndice peludillo saliendo de la camisa. Traté de empujarlo hacia adentro pero no funcionó. Me despreocupé y decidí seguir comiendo. Cuando terminé, me levanté como pude de la mesa, me fui al baño, me encerré en el retrete y creé la madre de todos los eructos. Volví y seguí como si no hubiera pasado nada, aunque las caras de horror confirmaban que todo el mundo oyó aquel lamento estremecedor que salió de mi garganta.

El chino no pudo con las costillas. Le sobraron bastantes pero me dijo que es que se iba a morir allí mismo si seguía comiendo, o más precisamente dijo Yo más comer poder no, lleno estar. Ser mucha comida. Nos quedamos como media hora en silencio, tratando de que la comida consiguiera encontrar acomodo en nuestros estómagos abombados.

Decidimos, o más bien decidí que teníamos que ir a caminar. O eso, o me marchaba para mi casa para morir en el sofá echando una siesta a las ocho de la noche. Al levantarnos comprobamos lo jodida que estaba la situación. Yo me iba hacia adelante del peso de la tripa y el chino echaba el cabezón que Dios le dio hacia atrás para compensar. En estos casos lo único que se puede hacer es acelerar el procesamiento de la pitanza para expulsarlo lo antes posible. Como aún llevaba comida en el gaznate, que parecía un mirlo encochinado, opté por el 7+1. Esta técnica ancestral me ha salvado en más de una ocasión del colapso completo. Algunas conocidas mías lo llaman el baile del pajarito, pero yo prefiero la numerología, que impone más. En esencia se dan siete pasos y al octavo se agitan los brazos como un pájaro, se menea la cadera cuatro veces en círculos, se agacha uno para empujar la comida y se acaba con un salto. De esta forma se agiliza la transición desde el estómago hacia los intestinos y se desaloja el buche.

El chino me miraba sin decir nada hasta que no se pudo aguantar más: ¿Hacer tú raras cosas hoy? a lo que le respondí Comida hacia abajo empujar, estar muy pesado y bueno no ser. Cruzamos miradas y una corriente de comprensión infinita cruzó la distancia que nos separaba. Nos hicimos kilómetros de esta guisa, aleteando, girando cadera, agachándome y saltando. El colega decidió probarlo y hubo unos momentos en los que incluso llegamos a estar sincronizados.

Tanto ejercicio no es bueno. A base de empujar ya sabéis lo que pasa. Las leyes de la física son sumamente crueles y desplazando, desplazando, el aire comenzó a acumularse al final del camino, allí donde la luz del sol nunca golpea. Los remolinos de aire interiores amenazaban con un estropicio lo que me obligó a improvisar. De repente me paré, me quedé con la vista perdida mirando un campo y esperé a que pasara un coche, momento en el que descargué y arranqué a andar nuevamente. El chino preguntó ¿Que tú mirar? y le dije Bonitos campos admirar, hermoso ser. Quizás jardín de mi nueva casa querer como este hacer. Una nube de horror pareció cubrir su rostro y me dijo Tú loco estar. Cementerio esto ser. No bonito. Tú lápidas en tu jardín no querer. Tuve que darle la razón. Con el esfuerzo para tirarme un peo (pedo fuera del archipiélago Canario) no me había fijado que aquello era un puto cementerio. Seguimos la caminata. Me volvió a dar otro apretón. Me volví a detener.

Otra de estas pausas melancólicas mirando hacia el interior de una casa y cuando pasó un coche aproveché el ruido para ejecutar mi descarga tóxica. El chino se abstuvo de preguntar, pero al final la curiosidad le pudo: ¿Algo pasar en la casa que tú ver?, no supe que decirle así que inventé la respuesta: Las cortinas bonitas ser, yo la tela admirar y en copiarlas pensar. El colega no dijo nada, pero esta claro que debe juzgar mi gusto como bastante malo. Son las cosas del comer, que uno ha de exprimir su creatividad para no decir claramente que estaba rajándome que era un gusto.

Hubo un momento en que supe que se imponía volver a casa para sentarme en el trono y soltar lastre. El colega parecía empeñado en que nos tomáramos una última cerveza pero corté por lo sano. El trayecto a casa fue una pesadilla. Todos los sensores de mi cerebro mandaban señales de lo que parecía inminente. Una vez notificadas las partes sobre el retorno, las bielas comenzaron a girar y a empujar los desechos para ubicarlos en línea de salida. Unos sudores fríos me recorrían. No podía incrementar la velocidad para evitar un accidente, así que seguía mi cansina marcha mientras la presión iba en aumento. Cuando alcancé el buzón de mi casa me tuve que apoyar en la pared. Cuando abrí la puerta de la calle y acaricié despreocupadamente a la Macarena pensé que me cagaba allí mismo. Subí las escaleras en plan porteador de un paso de semana santa, con pasitos cortos. En el camino salió la china a saludarme pero cuando me oyó mascullando mi saeta, con los ojos cerrados y plenamente concentrado se volvió a meter en su casa.

Llegué a la puerta al borde del colapso. Fui directo al baño y envié un mensaje de los que no se olvidan fácilmente, un paquete de esos que marcan la historia. Al final acabé tirado en el sofá pujando y tratando de sobreponerme a la peor de las digestiones. Lo bueno de estas cosas es que en dos semanas ya no me acordaré de nada y volveré a emboliarme con un plato de costillas de cerdo.

4 opiniones en “Chino, costillas y pajaritos”

  1. Juas juas juas, el mejor relato de hace mucho, me parto el culo gracias a mi imaginación fotográfica. Yo tengo un recuerdo parecido 🙂

  2. A mí también me parece genial pero cuando ves el número de comentarios da la impresión de que no ha gustado. Hablo de dos putas con succiones de cantante raperas y tienes más de treinta comentarios y creo un clásico para esta bitácora de baja estofa y nadie comenta. En fin.

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