Choque de culturas

En el tren uno tiene oportunidad de observar a los individuos sin que esté mal visto el mirarlos fijamente. Es uno de esos lugares en los que las reglas que rigen nuestras vidas se retuercen y de los meandros que forman surgen excepciones. Yo suelo aprovechar estas lagunas para zambullirme a fondo en el lucrativo arte de la observación, arte del que malvive esta bitácora y sin el que debería limitarme a copiar y pegar noticias de otros sitios, como hace la mayoría.

El otro día cuando me subí al tren para ir al aeropuerto se dio una circunstancia curiosa. El tren anterior había sido cancelado y eso había acumulado una cantidad de gente superior a la habitual, sobre todo si tenemos en cuenta que era a las dos de la tarde. En el arcén había un grupo numeroso de lo que toda la vida hemos llamado negros pero que ahora con tanta norma escrita por subnormales camuflamos eufemísticamente como personas de color, lo cual siempre me ha hecho preguntarme si soy transparente, o si lo mío es únicamente tonalidad. El resto del andén eran los típicos rubios de mierda propios del país, un español que se ha ganado el cielo con creces y algunos otros de razas variadas.

Cuando llegó el tren, todos los negros se subieron en el mismo vagón. Eran estudiantes y debían volver a casa. Como en Hilversum hay algunas escuelas muy específicas, es normal que venga gente de otras ciudades a estudiar. El vagón estaba dividido en dos secciones. Una grande y otra pequeña, heredadas de los tiempos en los que se separaba a los fumadores de los no fumadores. Ahora que los que aspiran humos son proscritos sociales, ambas zonas excluyen el tabaquismo, pero la separación queda. El grupo de chicos se sentó en la parte más amplia, en donde habían unos 40 asientos. En la otra parte, donde sólo habían dieciséis nos sentamos el resto. Yo elegí la parte más pequeña del vagón porque cargaba el equipaje, ya que era el día que viajaba e Málaga y la puerta que me pilló más cerca fue la de ese lado. Aquello se llenó al completo. Los rubios entraban, miraban el otro lado y cuando veían el negrerío salían por patas hacia nuestra zona, que acabó atestada de cabezones de pelo color paja. Me descojono yo de la gente que se da golpes en el pecho y dice en voz alta que no es racista. Lo podéis llamar como queráis, pero lo que pasó allí es racismo puro y duro. Hasta que no se bajaron la gente no se movió al otro vagón. Encima me miraban con mala cara porque yo puse mi maleta y ocupaba el sitio que podrían tener dos seres inhumanos, así que venían dispuestos a pillar el asiento y cuando la veían se marchaban con el rabo entre las piernas, porque me negué en redondo a quitarla de allí cuando había tanto espacio vacío en el lado oscuro.

Después de que se vació mi vagón se subieron dos parejas con niño. Una la formaban dos chinos con una hija y la otra eran dos holandeses con hijo. Siempre que veo a una mujer china me descubro ante ella con respeto, porque con los cabezones que tienen todos ellos es increíble que puedan parir esos chiquillos, que su hija tenía un pedazo de testa como un balde de grande. Podéis hacer un pequeño ejercicio de visualización cerrando los ojos y pensando en ese parto, con esa mujer dilatando para que le salga ese cabezón … …. uuuuuurrrrr.

Los chinos hablaban entre ellos y su hija hablaba sin parar. La chiquilla saltaba, gritaba, jugaba, preguntaba por todo lo que veía, se reía, lo trataba de tocar todo y parecía viva. En el otro lado del pasillo, los holandeses no se hablaban, tenían la vista perdida en el horizonte, sin mirarse directamente y su hijo estaba sentado en la silla del coche mirando a la niña china con envidia malsana y sin decir ni pio. El chiquillo tenía más o menos la misma edad que la otra. Estuvieron así hasta que todos nos bajamos en el aeropuerto. Unos pasándoselo bomba y mostrando llevar sangre en el cuerpo y los otros en plan meditativo. Cualquiera que observa esta escena por primera vez puede pensar que hay algo malo. En realidad los holandeses son así. Es su cultura. Siempre me ha fascinado como esos niños pequeños se mantienen tan quietos y tranquilos. Les enseñan a ser fríos y distantes desde pequeños. Es algo que llevan en la sangre. Ellos a nosotros nos ven como gritones y sandungueros, latinos al fin y al cabo y no se dan cuenta que su comportamiento es el anómalo, que no es normal sentarte con una persona y no tener nada que decirle durante media hora e ignorar a tu propio hijo y no hacerle siquiera una caricia. En el aeropuerto todos nos separamos. Los chinos se fueron con su escándalo hacia la terminal de llegadas y los holandeses me siguieron en silencio hacia la zona de facturación.