Ciudadano van der Chino

En la vida de todo ser humano hay un momento muy especial que por desgracia no recordamos. Es ese en el que sacamos el cabezón del recipiente en el que nos han contenido durante nueve meses y si hay suerte puedes oler pasados unos instantes el fabuloso aroma de una hamburguesa recién hecha en cualquiera de esos restaurantes de comida basura que reciben ese nombre porque la carne no parece carne, las verduras no se las pondrías ni a los cerdos de una granja de Chernobyl y el refresco viene en vasos enormes y llenos de hielo y son más agua que otra cosa.

En la línea del tiempo ese momento llega muy pronto y por eso no lo podemos disfrutar como deberíamos. Sin embargo, unos pocos afortunados reciben la exclusiva oportunidad de nacer por segunda vez, de revivir ese instante mágico y lo pueden hacer siendo adultos. No es algo que tú, o tú o incluso aquel pueda hacer. Tienes que cumplir una condición muy particular. Has de nacer como ciudadano de un país hereje, de una tierra en la que no hayan rubios y después de unos años de duro entrenamiento, después de aprender la lengua sagrada neerlandesa o copiar en el examen que viene a ser lo mismo, después de aprender sobre la cultura holandesa, su forma de vida, su maravillosa historia, después de todo esto recibes una carta en la que te informan que aceptan tu solicitud y tras pasar un último trámite te darán el sacrosanto pasaporte holandés, ese libro que te abre las puertas del cielo, que te vuelve bendito a los ojos del gran Dios de los cristianos.

Esa última prueba, la definitiva, ese momento tan especial es llamado la Ceremonia de Bienvenida. Es el momento en el que vuelves a nacer, escupes y pisoteas la mierda de pasaporte de tu país tercermundista de origen y se te llena el corazón de orgullo al saber que vas a ser holandés. Para ese día tan especial cada ayuntamiento prepara una fiesta en la que los nuevos ciudadanos reciben la bienvenida al Primer Mundo.

A mi amigo el Chino le llegó su hora la semana pasada. Mediante una carta certificada y bendecida por el gobierno holandés se le informó que el martes pasado decía adiós a la mierda de pasaporte chino y a partir de ese instante sería conocido como Burger van der Chinees o Ciudadano van der Chino. El hombre no cabía en sí de gozo porque desde que nació, desde que vio la luz del sol por primera vez sabía que su aspiración máxima era llegar a ser holandés, ser conocido como ciudadano del país del queso y pasear por el mundo con orgullo. El día designado se puso sus mejores ropas de saldo y fue al salón de recepciones del ayuntamiento de la ciudad de Utrecht en el que tendría lugar la ceremonia. Estaba muy nervioso por tener que afrontar ese momento tan importante de su vida.

Al llegar lo recibieron unas chicas rubias guapísimas envueltas en velos que dejaban ver todo el material que había bajo ellos y que se agitaban al ritmo de música holandesa y se ponían duros los pezones con cubitos de hielo para enaltecer a la audiencia. Esas chicas son vírgenes auténticas, seleccionadas entre lo más granado de la población y podrán poner en su currículo que han colaborado a recibir a la nacionalidad verdadera a nuevos ciudadanos. Hasta hace unos veinte años lo de encontrar vírgenes era una tarea relativamente sencilla pero desde que Colgate hizo los tubos esos grandes que parecen consoladores y se empezó a importar en Europa las bananas de Costa Rica es cada vez más difícil encontrar una virgen de verdad. Para suplir la carencia primero se echó mano de las cuervos, las hijas del profeta, esas que no comen carne de cochino, no te miran a los ojos y se tapan con trapos la cabeza. La gente se quejó porque el espectáculo había perdido mucho y además eso de que las cuervos no follen está por demostrar, que algunas son arretrancos sobradamente conocidos. Se pensó en cambiar la ceremonia, en alterar el protocolo y saltarse la Ceremonia de Bienvenida con las vírgenes desnudas pero eso sería tanto como negar nuestro nacimiento, aunque a nadie se le ha ocurrido pensar que las mujeres que paren no son vírgenes, lo normal es que en algún momento anterior al embarazo pierdan ese pequeño sello que certifica su producto. Así que en un país de hombres y mujeres pragmáticos echaron mano de la ciencia y listo. Un día antes de la ceremonia se les restaura el himen a las vírgenes con un poquito de plastilina y así se puede considerar que técnicamente son nuevamente vírgenes.

Tras el sobeteo y los rozamientos con las vírgenes que simulan el nacimiento llega la ceremonia del cordón umbilical en la que se le corta al nuevo ciudadano un mechón de pelo y en caso de calvos se echa mano del pelo del sobaco o del vello púbico. Después se les dan unas tortas en el culo y a mi amigo el Chino se le saltaron las lágrimas cuando le arrearon en el trasero para que llorara por primera vez siendo holandés. Mientras lloraba una de las vírgenes se acercó a cada uno de los candidatos y le ofreció el pecho para que mamara la santa leche neerlandesa y recibiera su bautismo en la nacionalidad verdadera. El Chino no tuvo mucha suerte con la hembra que le tocó y como la tipa estaba cargadísima de silicona acabó chupando plásticos y otras materias que seguramente sean cancerígenas. Aún así, disfrutó el momento y cuando acabó su primer biberón de auténtica leche holandesa firmó los papeles, la gente lo felicitó y lo abrazó y le sugirieron que se tiña el pelo de rubio y afronte esta nueva etapa de su vida con optimismo.

A partir de ahora, el hombre anteriormente conocido como el Chino será el Ciudadano van der Chino aunque en esta bitácora seguiremos llamándolo el Chino porque hay confianza.

4 opiniones en “Ciudadano van der Chino”

  1. hehehe, una bonita historia, me lo he pasado muy bien leyéndola.
    Un buen comienzo para este fabuloso día.
    Saludos

  2. Me he “partido la caja” leyendo la historia del chino. ¿No sacaste fotos del evento? Yo quiero ver a esas vírgenes de quirófano !!!

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