Copitos de nieve

Exclusión de irresponsabilidad: Seré breve y conciso. Sensibleros, panolis y pollabobas abstenerse de seguir leyendo. Lo que sigue es la pura deformación de la realidad fruto de una mente sometida a condiciones de presión extrema.

Esta semana mi amado jefe me la ha dedicado a la formación, ese supremo arte que consiste en sentarte en un aula con un montón de panolis a los que en la mayor parte de los casos no conoces y dormitar colectivamente hasta que llega la siguiente pausa para tomar ese delicioso café holandés que es lo más próximo al agua chirria. Estos tres primeros días he tenido un curso y los próximos dos días tendré otro que promete ser más interesante, sobre todo porque me permitieron elegir a los participantes y he creado una mezcla explosiva que debería darme temática para despertar esta aletargada bitácora.

Hablando del curso que acabo de completar, me tuve que sentar junto a un tipo al que no había visto en mi vida. La culpa fue mía por llegar tarde el primer día, lo que me impidió poder elegir asiento. El tipo es un hombre en la cuarentena a simple vista normal. Tras pasar estas veinticuatro horas juntos (repartidas en tres tandas de ocho horas, que no quiero que penséis mal), me ha provocado severos daños cerebrales de dudoso alcance y me temo que tendré que pedir asistencia psicológica al chino o al turco para que evalúen las pérdidas.

Lo primero que pasó fue que el curso era en neerlandés. O sea, tres días sentado oyendo a un tipo hablar en su lengua materna, pillando el 70 o el 80 por ciento y el resto imaginándolo. Tiene mérito que haya sacado un ocho en el examen final. Me he sentido tan orgulloso de mi mismo que se me ha olvidado recordarle al mariquita de mi planta que por mucha minifalda que se ponga sigue teniendo rabo entre las piernas y esto es algo que hago todos y cada uno de los días de su vida para mantener el buen rollito entre compañeros.

Hablando del que me tocó en suertes, tardé un tiempo en captar la pauta. Al principio, con mi máxima concentración en el profesor no me daba cuenta de lo que pasaba allí. Ahora que lo pienso, la primera vez que noté algo raro fue la tarde del lunes. Se me ocurrió mirar hacia la ventana y pensé que estaba nevando. Veía los copos flotando en el aire, dejándose acariciar por el aire en su lenta caída al suelo. Me pareció algo hermoso como siempre que veo nevar. Es lo que tiene el haber nacido en las Canarias, que a fuerza de criarme sin ver la nieve, ahora no me canso de verla. Y por eso el Dios de los católicos me ha castigado con estos inviernos tan blandengues, que aquí no hay forma de que nieve. Parece que ahora el famoso invierno nórdico es propiedad exclusiva de la España peninsular y por estos lares nos tenemos que conformar con medio centímetro de nieve de vez en cuando, una cantidad tan ínfima que ni cuaja ni permite hacer unas fotos decentes.

Así que estaba mirando esa poca nieve caer y pienso para mis adentros: “Está nevando dentro de la clase ….. Coño, eso no puede ser. Lo dejé pasar y seguí a lo mío. La mañana siguiente se hizo la luz. El tipo que estaba al lado mío comenzó a limpiarse los hombros. Volvió a nevar dentro de la clase. Era caspa, masivas cantidades de caspa que acumulaba al rascarse compulsivamente la cabeza y que después de un rato liberaba lanzándola a la atmósfera. Nunca había visto una capa tan grande y repugnante. Eran como unos grisáceos copos de maíz de cierta marca que a muchos gustan para desayunar. Al mirar su cabeza vi que las raíces de su pelo eran la mayor factoría de caspa del universo universal. La caspa se agarraba al pelo hasta que las ennegrecidas uñas del colega la arrancaba del lecho materno y la lanzaba hacia los hombros, primera parada en su viaje hacia el suelo.

Me entraron unos picores por todo el cuerpo horribles, pero especialmente en la cabeza. Traté de alejarme del tipo pero no hay mares lo suficientemente grandes para que me vuelva a sentir seguros. Me pasé el resto del martes y todo el día de hoy obsesionado, esperando que comenzara a sacudirse los hombros para levantarme rápidamente y salir del aula, con cualquier excusa. Espero no volver a verlo en mi vida. Veo caspa por todos lados. Y mi cerebro no para de imaginar crueles escenas. Me dijo que estaba casado y no puedo dejar de pensar en su esposa debajo de él, en la postura del misionero y este tipo lanzando esos pedazos de copos sobre sus ojos cuando se la está endiñando o el hombre entrando a la cocina y sacudiéndose los hombros mientras preparan la cena y aliñando la ensalada con ese toque tan especial, o esa toalla que usa para secarse el cabezón, que debe tener una textura repugnante. En fin, prefiero pasar página y no volver a pensar más en ello.