De templos por Chiang Mai

El relato comenzó en Otro de esos saltos gigantescos

Mi primer día en Chiang Mai comenzó saliendo a desayunar cerca del hotel, ya que los que he estado eligiendo no incluyen desayuno, algo que realmente me la trae al fresco si puedes comer lo que te apetece por la zona por un par de leuros. Después hablé con la dueña del hotel, el Varada Place y me explicó las cosillas de la ciudad además de dejarme una bicicleta, un lujo asiático ya que siempre me pego unos pateos de rescándalo. En una agencia de viajes al lado contraté una excursión de dos días (con noche en algún lugar exótico) para ir a caminar a la jungla, lo cual sucederá en el siguiente capítulo del relato. Después cogí la cámara y mis cosillas y me fui hacia el centro de Chiang Mai para hacer turismo. De entrada todo el mundo iba en dirección contraria hasta que me di cuenta que esta gente conduce como los ingleses, del revés. Después tuve que captar el concepto de lanzar la bicicleta desde el primer al tercer carril ninguneando el tráfico y los coches se van adaptando al flujo. Es algo fascinante. La ciudad está rodeada por un foso de agua y el tráfico fluye de manera endemoniada, con calles de un único sentido que de repente transmutan y se vuelven de dos direcciones. Aunque no estaba en mi lista original, vi un templo y paré. Se trataba del Loke Molee y me sonaba familiar porque resulta que esta gente por aquí hacen los templos como en Birmania y uno es un experto en los de ese país, como se verá en la serie de fotos que acaba de comenzar. Desde allí retomé el plan previsto y fui al Wat Phra Singh, el templo más espectacular de Chiang Mai y el único en el que te cobran cuarenta céntimos por entrar. Como en los templos budistas birmanos, es una sucesión de edificios de diferentes propósitos y en los que hay Budas de pie, tumbados, sentados y demás. Flipé en colores y en blanco y negro con los monjes recubiertos de cera. Por aquí, parece que cuando los monjes más chachosos la diñan, les ponen una capa de cera de velas y los exponen en posiciones budistas. A-Lu-Ci-Nan-Te. Entre eso y que en cada templo parecen tener un pelo del mismísimo Buda, el joputa debía ser más peludo que la Pantoja, porque entre la de pelos del chamo que vi en Birmania y los que he visto en Tailandia, hay como para tres pelucones de drag-queen. En el edificio principal comían jóvenes que se preparan para ser monjes e hice un pequeño vídeo en el que se les puede ver comiendo y aquellos que lo vean, igual hasta notan las dos pellejas hiper-mega vestidas en el suelo del templo y que son Lady Boys o eso que en la Isleta se denominaba maricones. En ese mismo video también se ve uno de los monjes encerados con lo que en una sola toma de treinta segundos he condensado prácticamente todos los tópicos tailandeses. Solo me faltó la chama escupiendo bolas de ping-pong por la pipa del coño mientras fuma por la misma.

Desde allí seguí la ruta hasta el Wat Chedi Luang, el cual tenía una estupa enorme, de unos noventa metros, que se desmoronó en un terremoto en 1545 y que ahora es solo de sesenta metros. Se nota que los dioses no prestan demasiada atención a sus sucursales en la tierra. En este templo y durante ochenta años tuvieron al Buda Esmeralda, el cual juraría que he visto en alguno de estos países. Tras el paseo por el complejo de edificios y las fotos correspondientes seguí hacia la plaza en donde está el monumento de los Tres Reyes y desde allí fui hacia el Wat Chiang Man, otro templo en el que veneran dos imágenes viejísimas de Buda, encerradas entre tres filas de barrotes (a ver quien va a querer robar esa porquería que no tiene ni pedrolos ni nada). Al parecer uno de los budas, tallado en piedra, es del siglo VI (uve-palito) antes del Jesucristo que fundó la secta de los tocamientos a menores.

Desde allí crucé la muralla por el este y fui al Wat Bupparam, un templo que parece sacado de un parque de la Disney, con mucho colorín y horteradas a tutiplén. El templo también tiene un pozo al que no se permite la entrada a las hembras. Desde allí y con la caló al máximo regresé al hotel, recargué mi botella de agua y me fui en bici hacia la zona del aeropuerto para ir al Wat Umong, el cual es un templo en medio del bosque, muy distinto de los otros. Supuestamente se construyó en 1380. Bajo la estupa hay túneles decorados, una curiosidad que no había visto en los otros templos budistas de Tailandia. En el lugar también hay un lago con un agua turbia que al parecer era pura y cristalina hasta que se metió en la misma el presidente de truscoluña, ese país que no lo es y que jamás existió y el agua adquirió el color de la mierda, el color oficial de los truscolanes, los cuales son los mierdosos en traducción al español o cualquier otro idioma. Tras esta visita, Buda mismamente le dijo a sus discípulos que con los truscolanes se aplica la regla del moro y que dice que truscolán bueno, muerto. No se si fue en este templo o en otro anterior pero me tropecé con una figura de una especie de Buda gordo, obeso, encochinado. Al lado explicaban que no es Buda y cuentan la historia de este monje, el cual era tan bello, tan bello, tan bello, que la gente lo confundía de lejos con el mismísimo Buda y cuando lo veían venir se preparaban para recibirlo. El hombre estaba traumatizado por esta belleza que lo condenaba y por eso se encochinó y se volvió obeso y gordo, para así no se nunca más bello y que a Buda no lo cofundan. En fin, que no hay más que decir.

Regresando y con el cielo amenazando lluvia fui a Wat Suan Dork, el templo del jardín de las flores, con una nave enorme y mucho colorido. Al lado de la estupa principal hay un bosque de pequeñas estupas, aunque algunas las estaban reparando. Me recordó a algunos templos en Birmania.

Desde allí y visto que la lluvia era casi inminente, volví al hotel e hice algo casi único y que solo ha sucedido en dos ocasiones anteriores. Fui a pelarme a un barbero fuera de Gran Canaria. Este evento que llega a su tercera edición viene precedido por otra pelada en Holanda a manos de un turco o marroquí y de una pelada en Mandalay. La peluquería me la recomendaron en el hotel, me dijeron que fuera a la del mariquita que está en la misma calle. Cuando entré flipé porque el chamo o llevaba una lata de medio litro de refresco en el pantalón, o tenía un talegazo que ya lo quisieran para sí los toreros. Fue verme y se puso todo emocionado. Me lavó la cabeza tapándome los ojos con una toballa, con lo que estoy seguro que el champú fue una lefada del garrafón que tenía entre las piernas. Después me quitó el melenón y le dije que guardara esos kilos y kilos de pelos que los míos son casi tan buenos como los del Buda y si piensan expandir la religión, pueden poner de los míos en los nuevos templos. El hombre estaba emocionadísimo y se miraba al espejo como para ver que tal quedaba a mi lado. Yo temblaba por si aquello acababa con Final Feliz (para él) pero no fue así. La pelada me costó una fortuna, casi tres leuros y medio. Después fui a cenar a un restaurante de comida del norte de Tailandia, con influencias Birmanas y me costó cuatro leuros y mirando en tripadvisor, la gente se queja de que el sitio es caro, hay que ser rastreros y truscolanes, señores, la comida estaba tirada. Después regresé al hotel ya que al día siguiente salía de caminata temprano.

El relato continúa en Caminando en la jungla durante dos días

2 respuesta a “De templos por Chiang Mai”

  1. El barbero ese debía tener mucho caché, porque te cobró por el corte de pelo casi tanto como pagaste para cenar en el sitio «caro». Te quedó bien?

  2. Yo estoy confuso, no se si el país está lleno de «Estufas» o «estúpidas», lo digo porque hasta hay bosques con ellas que no las escribes bien porque pones «estupas» 🙂
    Aquí también los llamamos maricones…
    Salud

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