Debe ser un país de cagones

Uno de mis rituales definitivamente no extrictamente religiosos cada vez que voy a Asia de vacaciones es el del botiquín que me llevo conmigo para cubrir escenarios no deseados de drama asociado a enfermedad. Mi primera vez, me compré un botiquín con vendas, tiritas, tijeras, hilos especiales, pinzas y otro montón de coñas y lo complementé con paracetamol, medicinas para resfriados y para el dolor y además con píldoras antidiarréicas. Creo que de todo lo que cargué, usé dos tiritas. En el segundo año, me compré un nuevo botiquín, más pequeño pero igual de bien equipado y de nuevo, añadí medicamentos y cremas a mi antojo. Otra vez, si usé algo, fue una tirita. A partir del cuarto año, los botiquines se quedaron en mi casa y solo pillaba alguna tirita, aunque seguí llevando conmigo una o dos pastillas de paracetamol y las antidiarréicas, que caducan cada dos años, así que el tercero, tiro la caja que no he usado nunca y me compro una nueva, algo en lo que he reincidido ayer. Mi primera vez fui a una farmacia y compré las pastillas allí. A partir de la segunda, descubrí que prácticamente cada uno de los supermercados holandeses y las cadenas de droguerías que venden medicamentos tienen en su marca blanca las dichosas pastillas, todos con el mismo componente, en la misma proporción y yo juraría que hasta las pastillas son las mismas. Este año, siendo como soy una máquina para rastrear productos, decidí mirar de antemano y veo que el precio varía entre los cinco leuros de la tienda más cara a algo menos de dos leuros del supermercado con la opción más barata. Apunté en mi lista de la compra el producto y el super y como tengo tiempo hasta la semana que viene, lo dejé ahí para algún momento en el que pase cerca de uno de esos supermercados.

Ayer después del cine paré por el lidel, el alemán ese que para mí es el absolutamente mejor y que en los Países Bajos solo venden sus productos, no tienen ninguna otra marca. Tienen una sección pequeña con algunos medicamentos y cuando iba hacia la caja esa en la que tú te escaneas tu compra y te ahorras la interacción con la cajera porque en la era del buenismo parece que hay que dorarles la píldora y preguntarles por sus preocupaciones, sus familias y sus sueños y yo como que no tengo paciencia para tanto, así que he aprendido a pesar la fruta, a buscar las verduras en los menús y no le doy ni las gracias a la máquina, que manejo perfectamente sin haber hecho ningún curso. Bueno, que iba hacia esa parte del supermercado y casualmente cruzaba la zona en la que están los medicamentos, que es un pasillo enfrente de los congelados. Mi visión periférica, entrenadísima porque yo no leo libros y la he ajustado a otro tipo de mensajes, vio como de pasada diarreeremmer, que es el término científico-holandés para las medicinas con loperamida, que es el componente que usan todos en una proporción de 2 miligramos, que no sé como lo han calculado. Me detengo en seco y allí, junto a las cosas para resfriados y dolores de cabezas, están vendiendo el dichoso producto y lo ofrecen con el increíble precio de un leuro y cuarenta y siete céntimos de leuro, con lo que arramblé con la caja que me servirá para las próximas dos o tres vacaciones en Asia y que por supuestísimo, espero no usar nunca jamás.

Por fin llegamos a lo que quería comentar. En el lidel no ponen productos que se muevan lentamente en sus estanterías, esa gente va más a vaciar el supermercado por completo cada día, así que si se han decidido a vender en sus estanterías esa medicina, este debe ser un país de cagones, aquí tiene que haber mucho cagao y la diarrea tiene que estar fluyendo como agua de manantial de montaña. O eso, o como todo el mundo está aprovisionando antes de comenzar las vacaciones, debemos estar en temporada y por eso apareció la medicina por allí e igualmente desaparecerá dentro de un par de semanas.

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