Décimo sexto y décimo séptimo días. Kuala Lumpur

El relato de este viaje comenzó en Camino a Kuala Lumpur y Tienes un índice con todos los capítulos en Viaje a Malasia del 2009: Índice con toda la historia.

Ya estamos llegando al final del viaje. Al día siguiente por la noche volvía a los Países Bajos. Al llegar a hotel y tomar posesión de mi increíble habitación con vistas a las torres Petronas tuve que esperar un rato porque estaba cayendo el diluvio universal. Lo bueno de ese país es que fuera de la época de los monzones, la lluvia dura un rato y después se quita y el día vuelve a estar fantástico. Cuando escampó salí y me dirigí a la zona de Bukit Bintang donde están los grandes centros comerciales. En línea recta desde mi hotel me topé con uno llamado Pavilion Kuala Lumpur que debe ser el más nuevo. Es una auténtica pasada, monstruosamente grande y lujoso. Desde allí seguí hacia los más convencionales y en el BB Plaza busqué y encontré unos pantalones ligeros porque los últimos que me quedaban limpios estaban demasiado sudados para llevarlos en el vuelo de vuelta. También fue allí donde compré unos cuantos souvenirs, varios de ellos ya los conocéis puesto que acabaron en las manos de los comentaristas habituales y una vez completadas las compras ya era hora de comer y me dirigí a un restaurant llamado Bijan que estaba recomendado en mi guía Lonely Planet y que se especializaba en comida Malasia. El restaurante estaba de bote en bote pero una de las ventajas de ir solo es que siempre es más fácil que te consigan una mesa. Me pedí un plato de entrantes con marisco y el mejor segundo que tenían en la carta y que también era con marisco, en este caso con King Prawn que yo entendía que eran Langostinos del copón. Para acompañarlo me pedí arroz frito con gambas. Puesto que era mi última cena, ya me daba igual que me pillara la diarrea máxima. Para beber zumo de sandía con algo más que no sé ni que era. La camarera alucinó con el pedido y me dijo que definitivamente, me iba a jartá. Ya con los entrantes hubiera sido suficiente para una comida y para cuando llegó el plato principal con el arroz acompañante me di cuenta de mi error. Los Langostinos eran más bien como cigalas crecidas y de esos había ocho en el plato. Veinte minutos más tarde yo sudaba copiosamente y pensaba que me moría allí mismo de la embolia tan grande que tenía. Me lo comí todo porque estaba de morirse de bueno y tuve un embarazo instantáneo por la cantidad masiva de comida que ingerí.

La camarera vino con recochineo a ofrecerme un postre pero yo estaba cambao y decidí saltarme esa fase de la cena. El precio de la cena fue de risa. En total, incluyendo propina, 144 Ringgit o veintiocho euros, una auténtica burrada para Malasia y una auténtica ganga para lo que estamos acostumbrados a pagar en Europa por comidas más bien mediocres. Caminé de vuelta al hotel resoplando como un mulo y me di un baño de casi una hora para ver si con el agua tenía un parto de esos acuáticos y menos dolorosos.

Por la mañana del día siguiente me levanté temprano ya que el programa era ajustado. Antes de bajar a desayunar le hice una visita al retrete y descargué todo el exceso de equipaje que llevaba, el cual era bastante. Había pensado en un desayuno frugal pero al final me pudo la gula y me endiñé una tortilla con queso y cebolla, tostadas, dulces varios, más de medio litro de zumo de naranja, café y un par de magdalenas. No creo que lo haya comentado pero en todos los hoteles de lujo en los que estuve probé los cruasanes y puedo confirmaros que allí no tienen ni puta idea de como hacerlos. Les quedan terribles aunque quizás sea que en esas latitudes no hay los ingredientes adecuados para el hojaldre. En fin.

Salí del hotel como un boliche, por primera vez cargando la mochila grande de la cámara y decidí tomar el monorail para ir hacia mi destino. En el hotel me habían aconsejado un taxi pero yo decidí caminar. Eran las ocho y pico de la mañana y la temperatura en la calle ya superaba los treinta grados. Fui hasta el final de la línea del monorail en KL Sentral. En esa estación es donde tomaba el tren para ir al aeropuerto por la tarde así que me sirvió para controlar el terreno. Pregunté por las indicaciones para ir al Kuala Lumpur Bird Park y me lo explicaron. Se veía sencillo. La distancia era de un kilómetro y doscientos metros. Fácil y sencillo. Después de cuatrocientos metros andando bajo un sol abrazador decidí que quizás había cometido el mayor error de mi vida. A los ochocientos metros pensaba que me moría y ya me cambaba un poco como la atleta aquella que llegó al final de una marathon toda doblada. En los últimos cien metros si no lloré fue porque ni siquiera tenía agua en los lagrimales. Mi camisa parecía recién sacada de un barreño de agua y mi pantalón tanto de lo mismo. Compré la entrada para el parque, carísima, casi ocho euros o 40 RM y saqué la cámara, le puse el objetivo 70-200mm f/2.8 y crucé la puerta que separa el mundo exterior del mayor aviario del mundo, una especie de jaula gigantesca en la que los pájaros vuelan y se mueven con libertad (dentro de los límites, claro). El lugar tiene unos ochenta y cinco mil metros cuadrados lo cual os puede dar una idea. En su interior todo tipo de aves, águilas, halcones, loros, guacamayos, avestruces, flamencos, búhos y muchísimas más, repartidas en cuatro zonas diferenciadas y en algunos casos pudiendo interaccionar con los animales. Me pasé allí dentro casi tres horas haciendo fotos como loco y solo paré para tomarme un helado monstruoso y beberme dos botellas de agua.

Al salir cometí el segundo error más grande de mi vida y opté por bajar andando a la ciudad para aprovechar y hacer unas fotos del Masjid Negara, la Mezquita Nacional. Las fotos las hice pero volví a sudar como un cochino y lo peor fue que desde allí me acerqué a la Vieja estación de tren de KL que según mi guía merecía la pena ver. Ciertamente la visita estuvo bien pero la estación está aislada de la ciudad y para llegar a la misma, los supuestos doscientos metros que me separaban de ella fueron toda una aventura cruzando carreteras de varios carriles acompañado por unos chinos que estuvieron en varias ocasiones a punto de morir. De alguna forma lo logramos y en la estación de Maharajalela tomé el monorail para volver al hotel. Los conserjes se descojonaban cuando me vieron entrar, más sudado que el chichi de Pamela Anderson.

Fui a mi habitación y como me quedaba algo más de una hora antes de tener que dejar la habitación, me puse el bañador y fui directo a la piscina. La piscina es de esas que dan la sensación de ser infinitas y en las que el agua parece caer directamente hacia el abismo. Está en la cuarta planta del hotel y tiene una vista BRUTAL de las torres Petronas así que me pegué mi tiempo restante metido en el agua mirando hacia las torres, disfrutando de la vista y recordando algunos de los grandes momentos de este viaje por Malasia. ya más recuperado fui a la habitación, me duché y me vestí sacando todo mi equipaje. Lo dejé en la consigna del hotel y puesto que aún me quedaban cuatro o cinco horas hasta tener que ir al aeropuerto aproveché para volver al centro comercial Pavilion Kuala Lumpur y allí fui al cine a ver Star Trek. Paseando por el centro comercial entré en una tienda de música y películas y veo que están promocionando la edición de tres discos de lujo de la película Twilight y su precio era de quince eurolos. Pregunté y me confirmaron que eran DVD para todas las regiones del mundo y salí con esta pequeña debilidad en mis manos.

De alguna forma el tiempo se me pasó volando y sobre las siete de la tarde volví al hotel, me despedí de los empleados y uno de ellos me llamó un taxi que me llevó hasta KL Sentral por cuatro perras gordas. Allí me compré un billete para el tren, el cual salía unos minutos más tarde y me senté en el mismo a disfrutar del viaje de media hora hasta el aeropuerto.

Lo que sucedió a partir de ese momento pertenece al capítulo final de este relato.

El relato acaba en Décimo séptimo día. Kuala Lumpur a Utrecht

8 opiniones en “Décimo sexto y décimo séptimo días. Kuala Lumpur”

  1. Según leo lo que cuentas me voy imaginando esas temperaturas y esos paseos con ese calor y pienso que con esa humedad yo nunca me hubiera ido andando. Claro que yo también estoy por aqui a 30 y muchos grados y no me dan ganas ni de poner el ie en la calle.

  2. El mayor problema es la cantidad de sudor y la sensación de agotamiento pero por lo demás, suena peor de lo que es. Unos días antes me dijeron que en la ciudad estaban a 39 grados con la misma humedad, lo cual debe ser infinitamente peor.

  3. Me llama mucho la atención que con esos calores matutinos seas capaz de meterte esos barreños de comida, bien a la cena o al desayuno, hombre, aquí no es que yo sufra mucho el sol, pero cuando pega, ensaladita, fruta, carne plancha… vaya, que malditas las ganas de meterme todo eso entre pecho y espalda.
    Lo de los pájaros debió estar muy bien, el sonido no era atronador?

  4. Virtuditas, yo me crié en Gran Canaria. Con calor o sin calor, si hay marisco de por medio me encochino igual.
    El parque de los pájaros tenía el ruido de las aves pero no mucho porque es monstruosamente grande y supongo que con esas temperaturas tampoco les da por ponerse a gritar.
    Off-topic: El gran evento del verano está a punto de suceder. En unos días el contador de la barra lateral superará la mayor conjunción de doses que se ha visto nunca por esta bitácora.

  5. cuando leo estos post, te aseguro que me angustio, me parece estar en una sauna de sudor constante…
    Menos mal que la piscina me refrescó algo.
    Salud

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