Desastre ferroviario

El lunes pasado estaba desganado y reconozco que no di un palo al agua en la oficina. Me dediqué a hacer rondas de café y tertulias de despacho, temas en los que me doctoré hace bastante tiempo con nota y en los que soy un reconocido maestro. Uno de mis colegas suele llegar temprano y se marcha a casa sobre las cuatro y media y me preguntó si quería ir con él en el tren así que desde las dos apagué el ordenador y me dediqué a la vida social esperando el momento de partir con la mochila preparada. El Chino me había mandado un correo para ver si nos íbamos juntos pero no me apetecía esforzar el cerebro con traducciones complejas y además me agobia, que todavía no se puede creer que me gasté un dineral en el sofá y el sillón de mi salón y siempre que me ve me lo reprocha.

A la hora acordada nos fuimos al aparcamiento de bicicletas en donde me esperaba la Macarena, esa santa que me lleva a sus lomos todos los días. Mientras pedaleábamos hacia la estación le contaba a mi compañero que la Macarena está enferma, tiene un mal que la está matando y el cual tendremos que atajar de una manera contundente. Su problema está en la rueda trasera, la cual está perdiendo rayos a velocidad de vértigo. Ya se han caído cuatro y tengo que hacer algo. Lo jodido era explicarle el asunto al hombre porque yo desconozco como se dice rayo de bicicleta en inglés pero algo me dice que no es como en español. Por suerte soy de palabra fácil y entre metáforas y símiles el hombre entendió lo que le decía e incluso me dijo la palabra en holandés, la cual por supuesto ya olvidé. Hay un cruce super-peligroso que me encanta para con este tío. ?l levanta la cabeza rubia, mira al frente y me dice, tú sígueme y no te pares y pasamos entre coches, guaguas y camiones con todo el mundo frenando como pueden. Se supone que allí rige la regla de la mano derecha, la mano de las pajillas, esa que dice que si del lado de la mano con la que te la cascas no hay coches viniendo hacia ti entonces tu tienes el derecho de paso y el deber inalienable del onanismo. Siempre he querido saber qué regla rige para los zurdos porque ellos se tocarán con la mano izquierda, haciendo poluciones invertidas.

Ya se me fue el baifo como siempre. Llegamos a la estación y allí no hay ningún tren indicado en los paneles. Aquello huele a drama en ciernes. Tampoco había gente en el andén y el tren debía estar por llegar, es hora punta y ese lugar del universo debería estar más concurrido que el entierro de una folclórica. Nos acercamos a uno de los empleados de la compañía de ferrocarriles y nos dice que no hay trenes en dirección a Utrecht por un problema con las líneas eléctricas y que debemos ir vía Amersfoort. Eso es una putada del copón porque el tren que va en esa dirección estaba abandonando la estación en ese mismo momento y tendríamos que esperar media hora. Decidimos no creer a aquel cabrón y esperamos el milagro que no sucede. A falta de cinco minutos para la llegada del tren alternativo nos vamos al andén adecuado que no está lleno, está abarrotado. Allí hay más julays que en un concierto de los Coquillos. Avanzamos hacia el final porque uno que es intelectualmente avanzado ha descubierto que recientemente comenzaron unas obras en la estación de Hilversum y los trenes tienden a detenerse un poco más adelante de lo que solía ser habitual. Conseguimos montarnos y hasta encontramos asiento. Dejo a la Macarena pegada a la puerta y me despreocupo que para algo ya es mayorcita y sabe cuidarse por sí misma. Al llegar a Amersfoort nos entretenemos con la charla y cuando me doy cuenta estamos por parar y la puerta que se va a abrir es la del lado en que se encuentra la Macarena. Me saco un kleenex usado y entre gritos y codazos me abro paso entre la multitud hasta llegar a la puerta con el tiempo justo para agarrar a la pobre bicicleta y evitar que se caiga.

Nuestros caminos se separaron en dicha estación y yo tenía que coger otro tren que supuestamente salía de cierto andén según nos habían dicho por megafonía en nuestro tren pero allí no había nada indicado. Los cientos de personas que debíamos continuar viaje en aquel sentido nos quedamos en la pasarela aérea, a medio camino de todo, esperando a que se clarifique la situación, lo cual sucede cuando vemos al tren llegar y salimos en estampida para cogerlo. Entre golpes de canilla con las ruedas de la bici y empujones entro en el tren en un vagón en el que ya hay otras cinco bicicletas y cuarenta personas. Estamos todos de pie, sobaco contra cara, sin intimidad ninguna, mirándonos las pupilas y todos con nuestros iPods cargaditos de música y audiobooks. En ese instante, apresado entre dos gorilas rubios y con la fresca visión del coño de una que consiguió sentarse al final de las escaleras y que gracias a su minifalda nos deleita con ese bodegón de papayo, justo en ese instante me suena el teléfono móvil o mejor dicho, me vibra. El tipo que lo lleva encajado en su paquete me avisa para que lo coja y no me queda más remedio que hacer malabarismos, soltando la mochila para pillar la llamada. Es mi amigo el Chino preguntando la hora a la que me marcho para irnos juntos. Le explico el problema de trenes y lo que he tenido que hacer pero no me entiende. Se lo vuelvo a explicar con todo el mundo mirándome. Ataco la tercera ronda de explicaciones con ímpetu y la gente se comienza a impacientar porque no se pueden creer que la persona que está al otro lado de la línea sea tan lerda. Por suerte para ellos no conocen a mi amigo y sus vidas transcurrirán entre miserias y desgracias sin jamás haber visto el reverso zarrapastroso. Básicamente la información que quería enviar se podía resumir en problemas en la línea de tren que va hacia Utrecht, tienes que coger el tren que va a Amersfoort y allí cambiar para Utrecht, calcula cuarenta minutos de retraso por culpa de esto y que te vaya bonito. Simple y sencillo, hasta un chiquillo de catorce años de estos que salen ahora de la escuela sin saber leer ni escribir lo podrían comprender pero no mi amigo el Chino. Tras este tercer intento fallido tengo que hacer aquello que quería evitar, tengo que mandar el mensaje en Chinistaní, el idioma que entiende el colega. Procuro bajar la voz pero allí me escucha todo Dios: Tú casa poder ir no, tú Amersfoort coger tren debes en andén otro y hora diferente y luego cambiar en esa estación a tren nuevo con destino Utrecht debes hacer, tiempo más tardar y cena enfriar, trenes abarrotados estar, gente muy mala y a ti mirar si tú por teléfono así hablar, mañana quedar para caminar y comer juntos por la gloria de Hong Kong. Cuando terminé la parrafada allí no volaban ni las moscas. Se podía escuchar los cerebros analizando la información y buscando los puntos de agarre para entender el mensaje. Las caras de incredulidad estaban todas fijas en un único punto, en mí. El Chino al menos comprendió el asunto y mandó acuse de recibo y terminó la conversación dejándome en evidencia ante tan selecto público, que sonreía posiblemente pensando que me estaba cachondeando de alguien. Después de cruzar por un montón de villorrios que están al noreste de Utrecht llegamos a la gran ciudad casi sin aire en el vagón y más recalentados que el conejo de la Loli. Salí al fresco aire libre y después de tragarme unas cuantas bocanadas rearmé a la Macarena (que viaja en el tren doblada en dos) y nos fuimos a casa, perdiendo por el camino otro rayo. Pobrecita mía, este fin de semana la tendré que operar y su vida penderá de un hilo. Si no triunfo, está condenada a morir, pero lo de su operación y recuperación posterior será otra historia.

8 opiniones en “Desastre ferroviario”

  1. Bueno… al menos tenías algo que te alegrase la vista, el bodegón papayo XDD. En Madrid, el Metro en hora punta parece esas cámaras infames que se usaban para gasear Judíos de lo mal que huele.

    Porque uno es educado, que si no verían lo que es sufrir cuando el nene contraataca y abre las puertas del infierno, dejando que la miasma lo invada todo…
    El día que mate a una vieja de un pedo me detienen de fijo. XDDD

  2. Sí, los trenes de dos pisos son una bendición con esas escaleras empinadas y que acaban en un asiento abatible que les encanta a las tías con minifalda. Yo también he disdrutado de malos olores recientemente. Lo tengo en el tintero para contarlo.

  3. yo tengo una pregunta, es que en Holanda todavía no llegaron las bragas??? desde que leo este blog, y me consta que hace tiempo, creo que solo hablaste de unas tipo faja-cortina que llevaba una mora, y del resto, todas con el potorro al aire, viejas, jóvenes, todas! Que pasa, que no se lo lavan y lo sacan a airear por el olor a bacalao que crían, las muy cerdas?? Por erotismo lo dudo mucho….

  4. Llevarlas las llevan, pero se compran esas transparentes que lo desvelan todo y así les va. O directamente no llevan ninguna, que también lo he visto.
    Pasa también con los tíos no te creas, aún recuerdo el día que vi a uno en bicicleta en el centro de Utrecht con un pantalón vaquero recortado y los huevos colgando por un lado y el tan feliz. Fue antológico.

  5. Creo que la única solución posible al problema de Macarena es amputar e implantarle un miembro nuevo. No sufrireis mucho ni tu ni ella y quedará como nueva.
    (En el caso de mi James tuve que amputar y reimplantar los dos miembros anteriores y me salió por un pico)

  6. Ayer estuve en una tienda de bicicletas para comprar el material para la operación y no lo tenían. Como no lo consiga pronto esta pobre revienta.

  7. No es más fácil cambiar la rueda directamente?
    Quicir, que los radios rotos solo joden la rueda, no la bicicleta al completo. Sobre todo si tenemos en cuenca que ese tipo de bicicletas que se doblen son bastantes caras. Y ya se que el dinero no es un problema 4 U pero no hay necesidad de deshacerse de todo un mito como es la macarena.

  8. bishop, son bicicletas pequeñas y cambiar la rueda trasera no es tan sencillo, es la rueda en la que está la tracción …. Al final no conseguí los dichosos rayos. Tendré que ir durante la semana a alguna tienda especializada en Hilversum.

Comentarios cerrados.