Desde Utrecht a Kuala Lumpur

Una vez más, me pongo a escribir el relato del viaje en el que estoy embarcado durante el mismo, aprovechando el teclado bluetooth y el iPad. Como dije hace unos meses, en esta ocasión la aerolínea que elegí para saltar a Asia fue Etihad, la hermanita pobre de Emirates. Ganó la selección no por los precios más baratos sino porque tenía un vuelo que salía el jueves por la noche y en Holanda el viernes era festivo, con lo que me permitía maximizar las vacaciones. Para cuando salí de mi casa, llevaba una bolsa con nueve kilos pero en la que al sacar la cámara me quedaba con seis y medio y la podía llevar como equipaje de mano. Fui a Schiphol usando la guagua hasta Utrecht Centraal y desde allí el tren y vine llegando al aeropuerto a las seis y media, tres horas antes de la salida del vuelo. En ese instante los mostradores de facturación estaban en hora punta y la cola era épica No pude facturar por Internet porque compré mis billetes por una agencia de viaje, lo cual me sirvió para ahorrarme cuarenta leuros pero me bloqueaba lo otro. Hice la cola, algo más de media hora y para cuando me llegó el turno, me ofrecieron seiscientos leuros por quedarme en tierra. Como no me cambiaban el vuelo a Phuket, que era mi condición, no pudo ser. Si lo hubieran hecho, me salto Kuala Lumpur, me espero unas horas y voy directamente a Phuket y además, gano pasta. En el primer avión me tocó asiento del medio, el malísimo casi peor y tal y como iba el avión, estaba claro que no lo iba a poder cambiar. Embarcamos en hora, en un Boeing Dreamliner que me dio la impresión que estaba petadísimo de asientos en la clase turista, los pasillos eran estrechísimos, prácticamente del ancho de los carritos de las azafatas. El avión se llenó hasta la bandera y con todos dentro, cerraron las puertas y arrancamos. Mi memoria de Etihad viene de hace tres años, la primera vez que fui a las Filipinas y en ese tiempo han empeorado. Ahora son rácanos y es casi como volar con Liberia. Nos dieron una comida y yo aproveché para dormitar hasta el momento en el que la vinieron a servir. Justo en ese instante, cuando la azafata está a la altura de nuestra fila, la chama mira hacia atrás, sale corriendo, dice que le dejen paso y pasó algo. Más tarde vimos a otra azafata venir con una botella de oxígeno y después se llevaron a una terrorista-musulmana emburkada pero sin su mochila hacia la parte delantera. A la vieja, que era la prima fea de Doña Rogelia y tenía más bigote que un chamo, le dio algún tipo de bajona. Un hindú a mi lado, en lugar de cruzar los dedos y rogar para que no regresemos al aeropuerto, se quejaba de la mierda de servicio de la aerolínea. El hindú le ha quitado otros veinte puntos de karma a su país, el cual ya estaba muy bajo en mi lista de destinos y ahora está incluso por debajo de Francia, el país de los controladores-aéreos terroristas. El otro pasajero junto a mi era un chino, integrante de una excursión en la que había como cuarenta en el avión, todos con bolsas de tiendas de marca, todos gritando y comportándose como verduleras, que los chinos son terribles en los aviones.

Cuando la azafata recuperó el control, regresó y siguió dando la comida. Yo me jinqué el papeo y después seguí durmiendo. Se supone que los Dreamliners tienen mucha más humedad en cabina que los aviones viejos. Aquel no. El aire era como de secador y la garganta se me ponía como una jarea. No nos dieron nada cuando llegábamos a Abu Dhabi, lo cual es rácano pero mirándolo bien, siempre me encochino en los aviones. El aeropuerto de Abu Dhabi no es el de Dubai. Aún no han terminado el nuevo y siguen con uno que es como la T1 a T3 de Barajas, un sitio parcheado y viejo. En el tiempo que tenía por allí, aproveché para caminar de banda a banda y procurar no dormirme.

Mi segundo vuelo, el de Kuala Lumpur, embarcó en hora. Al pasar el control me dijeron que me habían cambiado de fila, pero seguía en pasillo y no en ventana. Este avión ya era más lo esperado, con burkas a punta pala, pavas con el trapo de limpiar por la cabeza estilo malayo y turistas y en realidad, reconocí a varios que vinieron conmigo desde Amsterdam. El avión no estaba en una pasarela así que nos llevaron en guagua hasta el mismo solo que aquello es el infierno y entre la guagua y el avión te descompones y con la puerta abierta, el avión era una sauna. No se llenó del todo y cuando ya habían cerrado las puertas el piloto anunció un retraso porque iban a meter más carga y entre pitos y flautas, salimos una hora más tarde y todo ese tiempo, con el aire acondicionado al ralentí. Finalmente despegamos, el avión se empezó a enfriar y en ese caso era un A330-300, cuya principal ventaja es que la configuración en zona turista es de 2+3+2. Nos dieron un almuerzo y como no quería dormirme, me dediqué a ver episodios de series. Antes de llegar a KL nos dieron un bocadillo. Aterrizamos sobre las diez de la noche hora local, con lo que sin contar el desfase horario, habían pasado veinticuatro horas y media. El control de pasaporte fue el más lento que he vivido en Malasia, aquello estaba petado. Después me compré el billete para el tren rápido, bajé a la terminal, esperé cinco minutos y veintiocho minutos más tarde estaba en la ciudad. Mi hotel, el M&M Hotel está muy cerca de la parada del tren. Tomé posesión de mi habitación casi a la medianoche y me acosté directamente.

El relato continúa en Kuala Lumpur a Phuket

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