El Deutsches Museum y regresando a casa

El relato comenzó en Regresando a Munich

El último día en Munich comenzó a las nueve de la mañana haciéndonos el segundo Virtuditas, aunque si tenemos en cuenta que nos acostamos casi a las tres y tras tomar una cantidad de alcohol dantesca, tiene mérito. Desayunamos, dejamos las mochilas en el hotel y nos lanzamos a la calle. Mi amigo me pidió que no andáramos mucho porque no tenía el cuerpo para esos trotes y nos lo tomamos a la ligera, o sea, pasear por el centro y tan pronto fueron las once, ir a un bar a beber. Después regresamos al bar de los fans del FC Bayern München y allí a la chita callando, me bajé un litro de cerveza y mi amigo litro y medio. En el bar solo estaba el dueño/camarero y un grupo como de rumanos que jugaban sin parar en una tragaperra. El hombre nos confirmó que hay muchísimos más frikis que van allí con frecuencia y charlamos un rato con él. También le preguntamos por los sirios ya que ambos nos acordábamos de aquellos reportajes en la tele y la prensa con cienes y cienes de presuntos terroristas-musulmanes y no vimos uno solo en todo el fin de semana. Nos dijo que según pasó la fiebre mediática los mandaron tan lejos de la ciudad como pudieron y se aseguraron de que no puedan encontrar su camino a la misma. Sobre la una y media de la tarde mi colega regresaba a su casa en tren así que pasamos por la estación y nos despedimos, jurándonos por Snupi y hasta por las bragas más sucias de Mafalda que el año que viene nuestros caminos se cruzarán en Berlín. A mí me quedaban unas horas y quería visitar el Deutsches Museum, que al parecer es uno de los mayores museos de Alemania.

Munich desde el Deutsches Museum

Este museo, al parecer, es el más grande del mundo y del universo conocido en lo relativo a ciencia y tecnología. El museo está en una isla en el río Isar, que es el que pasa por la ciudad y del que yo jamás había oído hablar por culpa de mi ignorancia superlativa. Este río desemboca en el Danubio. Entre las cosas flipantes que tiene el museo está la sección de minería, con una mina hecha por debajo del museo por la que caminas. Tremendo pasote. También tienen una reproducción de las Cuevas de Altamira con lo que ya me puedo ahorrar el viaje a la original, si es que se puede entrar por allí.

Submarino en el Deutsches Museum

En el vídeo anterior, camino junto a un submarino que han abierto como si fuera una lata de sardinas para que los seres humanos privilegiados como yo puedan verlo. Cerca del final del vídeo, en la punta de delante del trasto está el trono, el retrete para los jiñotes. El vídeo está reproducido al doble de la velocidad a la que fue grabado.

Munich desde la azotea del Deutsches Museum

En la primera foto de esta anotación, que es un panorama, ya se puede ver la ciudad desde una terraza en la azotea del museo y en el vídeo que precede a este texto, tenemos más de lo mismo pero en movimiento. Además se puede ver el fabuloso día, con sol y nubes, aunque en lo relativo a temperatura, estábamos a unos seis grados.

Cray 1

En la sección dedicada a la historia de los ordenadores tenían un Cray 1. Por supuesto, a vosotros los seres inferiores esta palabra con número no os dice nada pero os puedo asegurar que a todos mis amigos cejijuntos y a un servidor nos la pone morcillona al instante. En años pasados seguramente mejores, hablar del Cray 1 era soñar en ovejas eléctricas. Esa máquina se usó para hacer los efectos especiales de Tron y yo todavía la veo y lloro de emoción. Para poner en perspectiva el trasto, decir que un iFone 5s como el de mi madre tiene una potencia unas mil veces superior con lo que mi madre se podría montar una película muchísimo más fabulosa y ni siquiera tendría que usar el teléfono para los efectos especiales todo el tiempo, los podría hacer en los intermedios de los programas de gritos de Telajinco que tanto le molan. Si no llega a ser porque había un montón de gente en el museo, me toco allí mismo y le dejo mi ofrenda al Dios de los bitios y octetos.

Estuve en el museo casi tres horas antes de ir al aeropuerto, en el que me quedó tiempo para cenar y en lugar de cerveza, optar por algo más mundano como las bebidas azucaradas. El avión volaba casi a las nueve de la noche y al llegar al aeropuerto tenía un problema muy específico. El hotel en el que nos quedamos estaba bien y era super-céntrico pero en lo relativo a las paredes, optaron por el papel de cebolla y podías oír perfectamente lo que sucedía en las otras siete habitaciones de la planta. Eso me echaba un montón para atrás con el JIÑOTE, el mayor acto de creación que puede hacer un humano y por eso, desde que llegué a Múnich el viernes, estaba de sequía. El domingo por la noche, el peso y la presión eran tremendas y según pasé el control de inseguridad, me busqué un baño para pujar y traer al mundo a mi pequeño gran germano. Tenía tanta mierda dentro que estaba como estreñido y por más que lo intenté, no salió ni la cabecita, así que me puse a andar por la terminal durante media hora para que cogiera la posición correcta, volví a un baño y cuando ya me iba a rendir, se produjo el gran milagro y tupí el retrete, con lo que me mantuve en el baño hasta que no había una multitud por allí para que no asocien mi cara con la del pedazo de regalo que dejé en el retrete.

Esta parte del viaje era la más crítica ya que a partir de las diez y media de la noche, solo hay dos trenes más en dirección a mi casa desde Eindhoven, uno a las once y el último a las once y media, y la hora de aterrizaje prevista en Eindhoven era a las diez de la noche, con lo que si acumulábamos una hora de retraso, ni de coña hago la conexión. Por suerte, la aerolínea era transavia y no vueling, compañía que considera una ofensa imperdonable con sus clientes el no añadir al menos una hora de retraso a sus vuelos. El avión llegó diez minutos antes de tiempo y salimos en hora, aterrizando en Eindhoven a las diez menos cinco. Pillé la guagua a la estación y llegué allí con seis minutos para la conexión con el tren de las diez y media. Al llegar a Utrecht no tenía una bicicleta en la estación como es habitual y por leyes del capullo de Murphy, perdía la conexión de guagua y tenía que esperar quince minutos por la siguiente más el tiempo que tarda en ir a mi casa así que cambié el plan, fui en tren hasta la estación que está a un kilómetro y pico de mi casa e hice el último tramo andando y viene llegando a ese lugar hipotecado que llamo hogar más o menos a la hora que debería haber salido la guagua desde la estación central de Utrecht. Así fue este increíble y alcohólico fin de semana en el que comí solo carne de cochino y tomé tantos litros de cerveza que no tengo dedos suficientes para contarlos.

La próxima parada en mi gira continua por el mundo será en Gran Canaria.

3 opiniones en “El Deutsches Museum y regresando a casa”

  1. Once de la mañana y bajando un litro? argh… y por cierto, una escapada muy completa, pero no hacía falta que también completases tanto la descripción de tu estreñimiento. Serás cerdaco…

  2. jajajaja Di que si, hay que dejar el pabellón del jiñote bien alto, y si es en el extranjero, mejor que mejor, que se queden con nuestros truscos…jajaja
    Ese es el tipo de museo que me encanta, pero hasta ahora el de la guerra en Londres, es insuperable, es probable que un dia de estos vaya y por supuesto en orden de prioridades esa será la Nº 1 por encima del resto.
    Salud

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